Resumen:

En el puente, mientras su vida pendía literalmente de un borde, justo antes de tomar la decisión más importante de su existencia, Rose le dijo a Dimitri que lo amaría siempre.

Parada en el borde del puente, no tiene más remedio que elegir definitivamente su destino: Aceptar la eternidad a su lado que Dimitri le ofrece, dar un salto al vacío y acabar de una vez por todas con cualquier posibilidad de una vida junto a él, o matarlo y asesinar su propia alma en el proceso.

Incluso como un Strigoi, Dimitri sigue siendo el corazón que late en su propio interior. Cualquiera de sus opciones la matara en el proceso, literal o metafóricamente. Mientras mira hacia abajo, a las olas violentas del río, saltar parece ser la opción más sencilla para huir de tener que elegir.

Una infinidad de tiempo junto a la persona que ama es más tentador de lo que piensa, aún cuando el amor de su vida en realidad ha desaparecido para siempre y dejado un cuerpo carente de alma y repleto de maldad.

Liberar al verdadero Dimitri de la cárcel siniestra en la que está atrapado fue su misión original, pero mientras siente el frío peso de la estaca de metal en su interior en todo lo que puede pensar es en lo aterrador que sería un mundo sin Dimitri.

Rose pronto descubrirá que siempre, no significa en todos los casos lo mismo.


Un puente a la eternidad

Las nauseas surgieron en ella mientras se sostenía de una de las cuerdas del puente. Su cuerpo agotado estaba parcialmente apoyado contra una de las barras de la enorme estructura de metal. Debajo de ella, muy lejos de donde estaba, el agua se movía en olas furiosas. Ni siquiera un dhampir podría sobrevivir a esa altura, pero sabía que la muerte era indudablemente un mejor destino que aquel que esperaba sobre el firme piso cementado del puente.

La muchacha dio una mirada sobre su hombro para encontrarse con sus ojos, aquellos marrones en los que se había perdido tantas veces durante sus entrenamientos en Vladimir, que la habían transportado a una dimensión diferente a la suya, diferente a la que vivía en ese momento. Pero sus ojos ya no eran marrones; los anillos rojos alrededor de ellos, la palidez mortal que pintaba su piel le hacían recordar que ese monstruo no era aquel hombre que la había hecho soñar... no, ellos no tenían nada en común, ya ni siquiera la apariencia.

«Porque te deseo»

Las palabras se desvanecían en el viento que enraizaba su pelo y erizaba su piel. Ya habían pasado unos cuantos segundos desde que las había pronunciado, pero ella aún estaba allí, inmóvil, suspendida en el tiempo en el borde de los rieles de un puente que se encontraba varios metros sobre el nivel del agua... un sólo pasó en falso y su vida se iría tan rápido como las palabras de Dimitri.

«Porque te deseo»

Había querido decirle que esas no eran las palabras que la harían quedarse a su lado, mucho menos aceptar convertirse en algo como él, pero el shock aún la retenía anclada a aquel terreno letal. Él no había dicho que la amaba, y por alguna razón era aquello lo que la había convencido de que aquel sujeto, aquella cosa, aquel monstruo... lo que fuera, no era su Dimitri. Necesitaba un minuto para llorar su pérdida antes de que tomara una decisión, porque cualquiera de ellas sería definitiva y la más importante que tomaría en su vida, quizás la última, muy probablemente cualquiera fuera su decisión ésta la destruiría.

«Te amo, Roza. Voy a estar siempre aquí contigo. No dejaré que te pase nada»

Nada. Aquella persona que recordaba no tenía nada en común con el ser que tenía congelado frente a ella. Ni siquiera sus voces se parecían... la cálida voz de Dimitri diciéndole que la amaba aquel día en la cabaña parecía tan lejano del gruñido frío del Strigoi mientras clamaba que la deseaba.

Deseo. Dimitri nunca habría utilizado aquel término para describir su relación. Porque su relación iba mucho más allá del deseo; atravesaba la atracción y la lujuria, no lo negaba; pero la base de su relación se asentaba en columnas resistentes de confianza, de respeto y de amor. El deseo era frívolo y vacio, era nada comparado con lo que había tenido con Dimitri, con lo que sentía aún por él.

― Rose, baja de allí― ordenó. Su voz era seca, antinatural, pero a través de aquello podía oír el pánico surgiendo de él.

Ella apartó la mirada una vez más, pero en lugar de centrarse en el vacío que le esperaba allí abajo cerró sus ojos evocando un recuerdo agradable.

La calidez de su mirada aquella tarde en la cabaña la invadió. Dos ópalos marrones mirándola con adoración mientras sus dedos trazaban un camino lento y placentero a lo largo de su clavícula. Sintió como si aún estuviera allí, cada detalle, cada sonido, cada caricia que él le había ofrecido. Su nombre en ruso sonaba como un cantico sagrado a través de sus memorias. Se negó a oír todo lo que ocurría a su alrededor, se obligó a si misma a permanecer en su fantasía. Nada la sacaría de allí. Nada la convencería de que todo aquello estaba perdido para siempre, ni siquiera que el hombre de sus recuerdos estuviera ahora en un estado irreversible de cambio, su alma desvanecida en las tinieblas de una maldad indescriptible, ni que ella misma estuviera parada sobre un puente esperando que saltar de él fuera mejor decisión que dejar su destino a merced de un monstruo sin escrúpulos.

Evocó cada uno de sus momentos con Dimitri antes de su conversión, quería irse con él siendo la última visión de su mente. Cada sonrisa, cada roce accidental e intencional, e incluso cada regaño. Cada palabra de aliento, de fe absoluta y de confianza; la promesa de hacer que su relación funcionara aquella noche en el bosque después del ataque a la escuela... antes de...

No. No iría allí.

Tomando un último aliento de valor se obligó a abrir los ojos, una sola lágrima solitaria marcando un trayecto lento a lo largo de su mejilla. Sin siquiera mirar hacia atrás dio un paso hacia la nada.

Sintió su cuerpo descender y esperó tranquila al abrazo prometido del mar, de las aguas absorbiendo su energía, de su cuerpo hundiéndose en la profundidad.

Pero el impacto nunca llegó. Abrió sus ojos para advertir en la mirada aliviada de aquel monstruo. No era su vida lo que le importaba, ella sabía eso, era que ella fuera quien decidiera que hacer con ella y no él.

Intentó zafarse del agarre de Dimitri, ni siquiera consciente de que su vida dependía literalmente del agarre de de él. No tardó mucho tiempo, ni siquiera necesitó de mucha lucha para que él arrastrara su cuerpo de regreso a la seguridad del puente. Luchó contra la fuerza descomunal de aquella bestia, pero sólo logro acabar acostada contra el cemento frío, él sosteniendo sus muñecas a la altura de su cabeza.

― ¿Cuándo entenderás que no puedes luchar contra mí?― preguntó. Su voz no tenía un sólo atisbo de fatiga.

― ¿Por qué?― jadeó. Cerró los ojos, no se atrevía a volver a mirar aquellos ojos. ― ¿Por qué salvarme si de todas maneras vas a matarme?

― No te mataré. Hace falta mucho más que esto― dijo, soltando una de sus manos. ― Para que quiera matarte, Roza. Pero cuando ocurra, cuando tengas que morir... seré yo quien decida cómo será, seré yo quien lo haga... esto no le pertenece a nadie más, ni siquiera a ti.

― Es mi vida― gruño, revolviéndose.

― Eres mi vida, soy la tuya... ¿recuerdas? Fue una promesa.

― A Dimitri, no a ti... tú no eres él, jamás lo fuiste. Él se ha ido, él se fue, y yo debo ir con él― susurró desesperadamente. ― Fue a él... sólo a él... mi vida, mi alma, mi cuerpo, le pertenecen a él, tú no tienes nada.

― Abre los ojos― ordenó suavemente, sus colmillos rozando la superficie de su piel en su garganta. ― Abre los ojos y dime entonces que no soy yo.

― No― gimió, tragando una exclamación cuando los brazos de Dimitri se encontraron en la cima de sus hombros, presionando dolorosamente contra el piso.

― Abre los ojos, Roza. Tome mi decisión, lo sabes... y lo haré incluso si tu no consientes. Preferiría que recapacitaras y te dieras a ti misma la oportunidad que te estoy dando, que nadie me dio.

― No. Sólo mátame― rogó con cansancio. ― Nunca aceptaré esto.

― Me lo agradecerás más tarde.

― Tú sabes que no... No me tendrás nunca de esta manera, nunca te amaré así, porque los Strigoi no aman, tú eres la prueba de ello― prometió. ― Siempre guardaré rencor por obligarme a convertirme en lo que eres, no importa cuanta maldad se apropie de mi, aún te odiaré por quitarme esto...

― Te estoy dando la posibilidad de elegir...

― No. No es cierto― murmuró, un leve temblor era evidente en su voz. Ella miró sus ojos, vio la determinación en ellos, no importaba su elección, ella no saldría viva de aquella. Tanto si la convertía a la fuerza o la mataba, o incluso si lograba llegar a la estaca escondida en su ropa y lo mataba a él, sería su muerte su destino cualquiera fuera la resolución de aquella pelea. ― Tú sabes que no me estás dando ninguna posibilidad. Me estas colocando entre la "vida eterna" y la muerte, y aunque sabes que prefiero morir vas a convertirme.

― Tuviste tú oportunidad, Roza― murmuró su nombre de esa manera gloriosa que siempre la capturaba. Negó con la cabeza, tratando de alejar a aquella parte irracional que intentaba convencerla de que aquel era su Dimitri, el mismo que el otro, y no uno diferente. ― Tu pudiste matarme, te hice lo suficientemente fuerte y capaz para destruir cualquier ser que habitara la tierra. Pero te equivocaste. Dudaste, te enredaste en sentimentalismos, te volviste débil. Y aquí estamos.

Ese no era su Dimitri.

En primer lugar, su Dimitri, el otro Dimitri, nunca se hubiera adjudicado su capacidad en el combate, nunca hubiera sugerido que ella era producto del esfuerzo de él y no del propio, que era una construcción ajena a su propia existencia. Lo sabía porque su Dimitri así lo había dejado claro en una ocasión, luego de que ella expresara en voz alta -a traición de su propia voluntad- que ella hubiera acabado en una comunidad de no haberla él defendido aquella tarde en la oficina de Kirova, y no hubiera llegado a nada de no ser por su adiestramiento. Él había asegurado que aquel talento era natural en ella, y que la única ayuda que él le había proporcionado era advertir en aquel potencial.

Por otro lado, Dimitri nunca hablaría del amor como un simple amarre a sentimentalismos vacios. Él era una persona cuya existencia en grandes proporciones era más espiritual que ser, más de una realidad sensible que visible. Esta concepción de Dimitri podría deberse a su propia suposición de él como alguien sublime, como el ente idealizado en perfección que había creado de él a lo largo de su relación, pero era también parte de la realidad. Ella era más del tipo de burlarse de él por su espiritualismo, por sus consejos de "sabiduría Zen", por su manera de vivir la vida como si esta fuera un vivero en el que florecieran milagros todos los días.

«Ese no era su Dimitri» volvía a repetirse interiormente.

― ¿Qué te detiene?

― ¿Mmm?― gimió confundida.

― Ya te he explicado cómo funciona la transformación... no hay dolor, Rose, de hecho puedo hacerlo muy placentero para ti. Y a pesar de lo que creas, estoy vivo, mi corazón late más que nunca... y si, alimentarme de sangre es algo que debo hacer, no es mi elección, es de vida o muerte. Y nuevamente, puedes encontrarlo muy placentero― gruñó. Ambas perlas rojas nunca se apartaron de la mirada de ella. ― Y tu y yo... hemos vivido para el resto todas nuestras vidas, a la sombra de los demás, para los demás, arriesgando nuestras vidas y nuestra cordura... y nunca recibimos nada a cambio, ni siquiera un gracias, hemos tenido que callar y aceptar sumisamente nuestros destino, y además mentalizarnos para creer que los Moroi nos estaban haciendo un favor, como si les debiéramos un gracias por morir por ellos. Y tú y yo...

Rose miró sus ojos, los propios de ellas empañados mientras lo oía. La manera en que había vuelto a repetir tu y yo, tan derrotado, como si no tuviera certeza, como si más bien ya no mantuviera esperanza, de que aquel tu y yo fuera un posible. Ella supo, en aquel momento, sin entender que clase de sentimiento -puro o retorcido- tuviera por ella, que verdaderamente él deseaba darle aquella elección, que en realidad deseaba tenerla a su lado el resto de la eternidad.

El resto de la eternidad. «Pensar que utilizan esto como una línea hecha de amor»

― Tu y yo, Roza. ¿No es lo que quieres? ¿No es lo que ambos queríamos? Y fueron los Moroi los que casi nos separaron para siempre, lo que casi nos hace elegir nuestras carreras, sus vidas, antes que las propias, antes que a nosotros mismos. No les debes nada a los Moroi, ni la preservación de nuestra raza, ni un respeto más que al resto... son tan débiles, tan comunes como cualquier otra especie. Nos han tratado como nada, Roza, como menos que eso... ¿vas a desaprovechar la oportunidad que te doy sólo para pasar tu vida siendo leal a una especie cuya moral se basa en tú sometimiento? ¿Qué te detiene, Roza? ¿Que te detiene de ser mejor que esto?

― Te era suficiente― murmuró, su voz entrecortada. ― Esto... solía serte suficiente.

― Y lo eres― murmuró. ― Crees que no, pero sigo viéndolo. Eres preciosa, eres letal -incluso si a veces te desvías del objetivo-, eres leal, y espero que esa lealtad que tienes por los Moroi, por las personas en general, puedas dirigirla a mi si decides despertar.

― Dijiste que era débil― dijo. Intento que su voz fuera firme, pero la traición en su tono la delato. ― Intentas moldearme a tú antojo. Me arreglas con aquella ropa, como si fuera una cualquiera, pretendes comprarme con joyas, intentas cambiarme. No digas que soy suficiente, porque quieres despertarme, quieres a alguien más fuerte, a alguien más letal, a alguien no más leal sino más sujeto a tu causa de matar a los lideres y apoderarte del ejercito Strigoi de Galina.

― Te quiero a mi lado, ¿no quieres eso también? Y quiero que te conviertas, porque sin importar cuán fuerte seas ahora, no lo suficiente para superar a todos los enemigos que te has hecho entre las tropas Strigoi... quiero una compañera para la eternidad, si te dejo dhampir morirías tan pronto como los Strigoi lo dictaminaran -incluso con mi protección- o incluso si no lo hacen no eres inmortal. ― Explicó, una de sus manos aflojando su agarre en la muñeca de ella y deslizándose por la parte interna de su brazo, recorriendo cada centímetro hasta llegar a su hombro, y luego más allá a su garganta... él nunca dejo de mirarla mientras apartaba su pelo delicadamente y deslizaba con anormal suavidad la piel expuesta de su cuello. ― ¿Por qué no vienes conmigo?

«Porque no eres él»

«Porque él se ha ido, y debo ir con él»

«Porque no quiero»

― No puedo― murmuró en cambio, notando la ligereza y libertad de su brazo derecho. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas anticipando el inevitable final. ― No puedo.

― ¿No me quieres?

― No puedo― repitió.

― Será tan fácil― dijo suavemente. Sus labios tan cerca de los de ella pronto eliminaron la distancia. Ella hubiera querido ser más fuerte, pero pronto se encontró correspondiendo a sus caricias, a los movimientos poéticos de sus labios. Se dio cuenta de cuánto deseaba eso, cuanto lo extrañaba, a pesar de que sólo habían pasado una pocas horas desde la última vez que se habían besado.

Quiso decirse que todo era a bien de poder distraerlo, y si, lo era, pero también quería aquello... quería besarlo, quería que estuvieran así hasta fundirse en la nada, hasta que el viento dejara de susurrar y los gritos de las aves se detuvieran al compás de su respiración.

Lentamente, con un recorrido metódico sus manos se deslizaron alrededor de su cuello, tomando las hebras sueltas del largo cabello de Dimitri. Él se animó a alejar la única mano que se aferraba a su muñeca y se deslizó para apoderarse de su cintura. Con un desliz rápido sus dedos estaban rozando la suave piel debajo de su camiseta. Rose ya se había puesto a guiar su mano -libre ahora de toda restricción- por el camino de su espalda, para dejarla caer sobre su propio cuerpo, disimulando entre caricias la intromisión entre ambos cuerpos.

― ¿Qué te impide?― volvió a preguntar él, separándose ligeramente de sus labios. Ella podía sentir el aliento cálido sobre sus mejillas.

No respondió. Sus labios volvieron a unirse en una sola persona, esta vez más por encomienda suya que de él. Él no dudo en responder.

Rose no perdió el tiempo, su mano continuó un furtivo camino en busca del arma mortal que podría tanto salvar su vida como acabar con ella.

― ¿Qué te detiene de venir conmigo?― volvió a separarse y a repetir la misma pregunta.

― Que te amo― respondió, su voz entrecortada por la falta de aliento pero firme en su determinación. Su mano oculta debajo de su propia ropa tocaba el metal frio de aquella estaca. Su otra mano, aún aferrada al cabello del hombre en torno a su cuello.

Rose volvió a atraer a Dimitri a sus labios, mientras él fruncía el ceño en confusión por su respuesta. Ella le permitió dirigirse en dirección a su cuello, primero sus cálidos labios dejando un rastro de besos húmedos y desesperados, luego la filosa punta de sus colmillos, tan letales como extremo metálico de la estaca de plata que comenzaba a posicionarse aún sin tocar el cuerpo de él.

― No te detengas― susurró ella, habiendo elegido su destino, finalmente, como él quería, por fin eligiendo cuál final.

Complacido por su respuesta él no tardó el introducir sus colmillos en la profundidad de su carne, extasiado por el delicioso sabor de su sangre. Ella no se opuso, aún cuando las lágrimas se deslizaban silenciosamente por sus mejillas. Permaneció aferrada a su cabello y a su estaca, sus ojos perdidos en la nada, su mente aferrada a los recuerdos del otro, de aquel que no era ese que drenaba su vida a cada succión.

No podía unirse a él, era verdad. Y no podía hacerlo porque lo amaba, porque siempre lo había hecho, incluso esta versión retorcida de él... pero su lealtad se había quedado con el otro, con la promesa de amor y de sangre que había hecho aquella tarde antes del baile de equinoccio, aquella deuda no explicita que había contraído con su amante en el momento mismo en que decidió aferrarse a las garras del amor.

No podía unirse a él, no porque no quisiera pasar la eternidad a su lado o porque sintiera traicionar sus ideales o su deber con los Moroi. No podía unirse a él porque el Dimitri que recordaba en sus ilusiones no querría aquello, así como no hubiera querido verla a ella en aquel estado. Aceptar despertar sería como traicionar a Dimitri.

Por eso lo liberaría, y se liberaría a si misma. Ya había decidido pasar la eternidad con él, pero no aquella eternidad fría y sin alma, alejada del amor. Ambas existencias cesarían al corte tajante de una puñalada... él por la estaca traidora que ella planeaba utilizar, ella por los colmillos salvajes que drenarían su vida.

De alguna manera supo cual era el momento indicado, aquel del cual no volvería. La debilidad por la pérdida de sangre ya era evidente. Incluso si él se detenía allí ella no sería capaz de sobrevivir.

Inclinó la estaca posicionando la punta sobre su pecho. El movimiento no fue rápido sino torpe por la falta de sus sentidos, pero tan entrometido al deseo primigenio de beber su sangre él no fue capaz de sentir el frió metal contra su corazón... no hasta que fue demasiado tarde.

― Te amo― susurró ella, antes de imitar sus pasos y empujar el arma a través de su corazón. ― Siempre te amaré.

Por fin él se detuvo.

Allí, en medio de la noche, con el viento soplando fuerte, las aves gritando, las olas de agua bailando violentamente debajo de sus cuerpos. Sus colmillos se separaron de su piel.

Por un momento ella pensó que había errado, que quizás había confundido el lugar indicado para clavar la estaca. Después de todos aquellos entrenamientos con él insistiendo en que le dijera el lugar del corazón, después de acabar con tantas "vidas" de Strigoi. Pero él no la atacó; sus ojos en cambio se detuvieron en los de ella, su cuerpo aún sobre el suyo. Ella lo miró de regreso, sus lágrimas empañándole la visión, pero aún siendo capaz de reconocer el cambio... de nuevo, otro momento... cuando sus ojos dejaron de ser los ópalos fríos con anillos rojos a su alrededor y se convirtieron en el cálido marrón de sus recuerdos.

Los ojos de él tampoco tardaron en convertirse en un verano lluvioso, cálidos y empañados en su propio sufrimiento. Rose pudo ver todos los sentimientos arremolinando su mirada... el dolor, la tristeza, la culpa, el arrepentimiento... el amor.

― Ro... Roza― murmuró. Era diferente, y ella supo que era ese otro por el que había estado clamando, que era él, el suyo, el único, el que ella amaba. Y el que la amaba. La versión oscura y despiadada había desparecido, ya nada la separaba de él y su alma. Eran sólo ellos.

Y era el final para ambos.

― Dimitri― sollozó. Sus manos abandonaron el cabello para acariciar su rostro, para examinar una última vez aquella mirada.

Ella vio la debilidad que comenzaba a consumirlo. Había estado bien con dejarlo ir cuando ya lo había perdido, cuando no lo tenía, pero ahora intentaba aferrarlo a la vida. Había extrañado tanto aquella mirada. ¿Cómo podría permitir que cerrara sus ojos ahora?

Deslizo sus manos en torno a la estaca, la sangre filtrándose por sus manos con la misma fluidez que las aguas del rio debajo de ellos. ― No.

― Roza― él mismo dirigió sus manos a la herida, pero esta vez para detenerla. Él entornó sus manos en las de ella, mostrándole sin palabras cual era su deseo. Rose negó, sollozando, pero él la guió con sus propias manos para deslizar suavemente la estaca fuera de su pecho. El metal ahora cálido por su sangre terminó a un lado en el piso de cemento del gran puente.

Él sostuvo sus manos, aferrándose con las últimas gotas de vida a ella.

― Tú me... me salvaste... Gracias, Roza.― suspiró ofreciéndole una débil sonrisa. Ella negó, rogándole a través de su llanto que no la dejara. ― Te... te amo... Siempre.

Ella sintió su cuerpo aflojarse, y lo recibió entre sus brazos mientras él iba perdiendo más fuerza y se desplomaba en ellos. Con su cabeza apoyada sobre en el pecho, Rose se amarró a él murmurando te amo hasta que la respiración frenética de su amante se esfumó entre el sonido del viento. El sonido de su propio llanto ya se había detenido para dejar que sus lágrimas silenciosas dieran final a aquella fatídica noche.

Entre su último aliento, mientras sus manos sostenían el cuerpo sin vida del hombre que amaba, cuando sus ojos se cerraban por última vez, pudo vislumbrar a su lado la imagen traslucida y fantasmal de Dimitri, como un ángel guardián amparando sus últimos segundos con vida... y sonriendo cerró los ojos, con la certeza absoluta de que ese mismo ser celestial la esperaría y la acompañaría donde fuera para por fin poder tener su eterno "siempre".

- (*‿*) -

Rose despertó en su cama. La pesadilla acerca de aquel día aún permanecía en su interior. El escenario siempre era diferente al de la realidad, pues si las cosas hubieran acabado como en sus sueños, entonces ella no estaría despertando en ese momento ni oyendo la cálida voz de su amante que intentaba tranquilizarla.

Con sólo mirar sus ojos el temor y la desesperación que ardía en lo más profundo de su alma comenzaban a apagarse; ni siquiera tenía que decir nada para lograr tranquilizarla.

― Hey... shh... todo está bien, Roza― susurró. Deslizándose en la oscuridad de la noche, sus manos emergieron de las sabanas y se aferraron a su rostro. Él sabía que tenía que permitirle eso, que ella necesitaba asegurarse una vez más -como cada noche- que sus ojos eran de cálido y sereno marrón, y no de un asesino rojo. ― Estoy aquí, tú estás aquí. Ya ha pasado.

― Dimitri― murmuró en respuesta. Su respiración agitada apenas le permitía completar su nombre. Sintió como él la rodeaba con sus brazos, deslizando sus manos hacia su espalda para acercarla a él, hasta que sus frentes estaban pegadas. ― Yo... yo...

― Lo sé― la tranquilizó. Su voz era firme pero suave, y Rose comenzaba a sentir que los temblores de su cuerpo empezaban a apaciguarse. ― Ha sido un mal sueño. Ya ha terminado.

Ella asintió tranquilamente con un movimiento casi imperceptible de su cabeza. Permitió que él la arrastrara a su lado y que la enfundara en la protección de sus brazos. Apoyó su cabeza sobre el pecho de él, envolviendo su mente en la música sublime del latido de su corazón.

― Me gusta el sonido― explicó en un murmulló, concentrándose en ello. Dimitri sonrió, sabiendo de lo que hablaba.

Incluso después de diez años las pesadillas continuaban frecuentando los sueños de ambos de vez en cuando, escenarios diferentes de muerte y dolor algunas noches dispersas; pero al despertar la realidad los envolvía cálidamente en una mirada, en un abrazo o una simple respiración. Ese era su refugio cada vez que los recuerdos amargos del pasado llegaban a ellos para atormentarlos.

Para Dimitri el tormento era la culpa. Después de tanto tiempo aún quedaban atisbos de ella en alguna parte de su ser. El dolor de sus víctimas continuaba siendo una llama encendida, que no podía ni quería apagar por respeto a ellos. Con ayuda de Rose había aprendido a vivir con eso. Cada mirada que ella le regalaba, cada sonrisa, cada murmullo somnoliento en la mañana cuando despertaba junto a ella. Cada momento único a su lado le recordaban que vivir no era un castigo, a pesar del dolor y el sufrimiento que nadie puede evitar en la vida, a pesar de los momentos menos felices, cada segundo de su existencia compartida con ella era felicidad en su máxima expresión.

Habían pasado por mucho para llegar a donde estaban. Él había cometido errores... muchos más de lo que le gustaba admitir. Durante mucho tiempo se había refugiado en la soledad y la autocompasión, se había alejado de ella, y casi la había perdido. Tuvo que verla ser feliz con otro hombre para darse cuenta de lo importante que era para él, de lo irremplazable que era en su vida.

Quizás no había actuado bien después de eso; confesar su amor por ella cuando ella estaba con otro hombre no había sido lo más noble que había hecho, pero era de las pocas cosas de las que no se arrepentía. Actuar sobre esa confesión quizás tampoco fuera una cosa de la que alardear, pero estando ella allí, incluso si tenía que sostenerla en sus brazos después de una horrible pesadilla, incluso si debían pasarse la vida reconfortándose unos a otros tratando de arrastrar lejos todo el veneno del pasado, era para lo que estaban hechos. Proteger. No sólo a los demás. Sino uno al otro. Hasta el último segundo.

Para Dimitri, imaginar su vida sin Rose ni siquiera era una imagen que su mente pudiera concebir. No había duda en su mente, que de no haber actuado sobre sus sentimientos primitivos aquella noche en el hotel años antes, de no haberse aferrado a ella, su vida hubiera terminado.

Tal vez no literalmente. Tal vez seguiría respirando, levantándose cada mañana para cumplir su papel en el mundo, para soportar unas horas más y luego otras tantas hasta que ya no tuviera que hacerlo. Pero en sus términos, aquello no era vida en absoluto.

No negaba que existiera el dolor aún, que fuera difícil algunos días. Las pesadillas eran la prueba de que el pasado no era algo que pudiera dejarse a medio camino y continuar sin él. Lamentablemente lo hecho, ya sea voluntariamente o no, era algo que debían arrastrar a cada paso. Pero junto a ella, el pasado era un insignificante esfuerzo.

Su época oscura ya no era lo primero que su mente evocaba por las mañanas. Juntos habían construido muchos nuevos recuerdos a lo largo de los años, mucho más potentes, mucho más indispensables. Así que mientras ella se aferraba al presente, a lo que podía ver y tocar, al color sólido de sus ojos y el sonido constante de su pecho, él rememoraba cada instante de la vida que se habían fabricado para vivirla juntos.

Mientras la sostenía en sus brazos dejando que ella se deleitara con el poema mágico de sus latidos, él trajo a la memoria el momento aquel en el que decidió, en el que comprendió ante todo, que no podría vivir sin ella. Las escenas de la noche del hotel mientras estaban fugitivos, el amor y la sensación de paz mientras sostenía su cuerpo desnudo entre sus brazos. El dolor se filtro en sus recuerdos mientras rememoraba la imagen de ella tendida en el suelo mientras sus propias manos se aferraban a la herida sangrante de su pecho... la desesperación de todas esas horas, cuando no sabía si ella sería capaz de luchar contra las garras astutas de la muerte, sólo le recordaban cuan profundamente devastadora sería la vida sin ella a su lado.

Y luego había despertado, y juntos había atravesado cada momento a partir de entonces con la compañía incondicional del otro. Habían reído y llorado juntos.

Recordó cuando ella por fin había permitido que le colocara un anillo en el dedo, cuando mucho tiempo después le había dejado llevarla de una vez por todas al altar, llamarla su esposa. Respetando sus tiempos habían pasado cinco años desde la restauración para que pudiera verla caminar por los pasillos llevando su vestido de novia, pero no le había importado esperar. Él sabía que su amor no necesitaba ninguna firma, por eso no se había impacientado cada vez que ella corría la fecha de boda con la alguna escusa absurda, porque sabía que la tendría a su lado hasta el último día, siempre fiel y comprometida enteramente a su relación. Ellos habían entendido la importancia de la lealtad unos a otros desde el momento en que se conocieron, y habían sido mucho más serias en cuanto a ello que muchas otras parejas. Eso no había evitado que Dimitri se emocionara cuando la vio entrar por las puertas de una pequeña capilla rusa en Baia, o que perdiera totalmente su razón cuando la había llevado a su habitación la noche de bodas, o que el orgullo emergiera de él cuando ella se había presentado por primera vez a alguien más como la Sra. Belikova -incluso si sólo era para alejar a la empleada del hotel que no dejaba de coquetear con él-.

Ese día competía peligrosamente con la tarde en que Adrian Ivashkov le había confesado que el niño Declan era producto de dos dhampir, un par de años antes a su boda. Ninguno de los dos se había permitido nadar en esperanzas aquel día, porque de no haber resultado ambos habrían caído demasiado profundo.

Esa noche él había tenido que sostenerla en sus brazos asegurándole sinceramente que él no necesitaba ningún bebé para ser feliz a su lado, que ella era la única mujer con la que había imaginado tener una familia, y que si aquello no era posible él ni siquiera podría pensar en formarla con otra que no fuera ella.

Pese a las dudas habían decidido comenzar a tomar precauciones. Frente a todos los deseos ocultos de tener un hijo juntos algún día ambos eran consientes de que ese no era el momento. Ambos eran jóvenes, Rose apenas había llegado a veintena, y si no había sido capaz de convencerla de casarse aún mucho menos podía verla preparada para ser madre, aunque él siempre supo que de serlo sería la mejor.

Fue pocos después de vigésimo quinto cumpleaños de Rose cuando el tema volvió a tocarse. Ya estando casados. Lissa y Christian ya habían tenido a su segundo bebé, e incluso Adrian y Sydney se habían decidido a darle un hermanito a Declan. Sus amigos, todas las personas a su alrededor, estaban teniendo hijos y de alguna manera eso había despertado un deseo maternal en Rose.

Estaba preparada, le había asegurado, para probar suerte. Y si las cosas no funcionaban, y realmente el milagro que había traído a Declan al mundo no se producía en ellos, entonces no pasaría nada. Era una promesa que se habían hecho, por el bien de su cordura y de su matrimonio.

El milagro no tardó mucho en llegar. Pocos meses después de que abandonaran los métodos de protección la noticia de que una vida crecía en el interior del vientre de Roza los había tomado por sorpresa a todos, menos a ellos, que para ese momento y rompiendo todos sus límites se habían esperanzado demasiado con la posibilidad. Las personas no tardaron en descubrirlo, y fue sólo gracias a las palabras apaciguadoras de Lissa que los Moroi no habían tenido una mala reacción a la noticia. El embarazo había transcurrido normalmente durante veintidós semanas, y fue quizás el hecho de que durara tanto y de que no hubiera motivos aparentes para que algo saliera mal lo que había golpeado con más fuerza cuando ella comenzó a sentirse mal. Dimitri no olvidaría nunca aquella noche oscura cuando había sido llamado al hospital de la corte sólo para encontrar a su Roza aferrándose entre lágrimas a una de sus almohadas y a una doctora que le decía que el corazón de su bebé se había detenido. Tuvieron su tiempo de duelo, y lloraron juntos a su bebé perdido; y por mucho tiempo no volvieron a intentarlo.

La llegada de Anna en realidad había sido una sorpresa. No estaba en sus planes, había sido un descuido de una noche por parte de ambos. Pero cuando por fin pudieron tenerla en sus brazos después de un delicado embarazo de treinta y dos semanas nada de eso importaba. Ni siquiera la irritación de Rose cada vez que él fue excesivamente cuidadoso con ella, ni el temor de ambos de que lo que fuera que se había llevado a su primer bebé también les arrebatara a ese.

Habían pasado dos años desde que Anna había entrado a sus vidas, y él no podía imaginar que la vida pudiera ser mejor de lo que era. Tenía a la persona que amaba a su lado y a una pequeña niña de dos años a la que ambos adoraban con todo lo que eran. Estaban juntos y eran felices, más de lo que nunca habían sido.

Las cosas salían mal de vez en cuando.

En ocasiones tenían discusiones grandes por cosas triviales, pero eventualmente habían aprendido que en su línea de trabajo ir enojados a la cama no era una opción; no podían permitirse despedirse sin un "te amo" cada vez, porque nadie les aseguraba que tuvieran la posibilidad de remediar ese error más tarde.

A veces terminaban el día exhausto después de un día largo de trabajo y de cuidar a una niña, y a veces dirigían su enojo a la primera persona disponible, que generalmente eran ellos mismos; pero cuando aceptaban sus errores y comprendían que el otro no era responsable, se pedían disculpas y prometían intentar mejorar sus defectos.

A veces, como ese día, perdían a alguien. En lo que hacían, por lo que eran, era algo frecuente tener que sostener a un compañero de guarda en brazos hasta que la vida se apagaba en su mirada. Era algo común, pero ninguno podía aceptar pensarlo como algo normal. Eran noches como esa en las que las pesadillas resurgían y el dolor del pasado llegaba a atormentarlos.

En esos días, todo lo que podían hacer era sostenerse unos a otros y reconfortarse en los cálidos sentimientos que habían nacido y crecido a lo largo de los años. En esos días, y en el resto de ellos, aquello era suficiente. Porque sin importar lo que sucediera, siempre tendrían la certeza de que estarían juntos hasta el final. Durante el tiempo que durara el "eterno siempre" que se habían prometido aquella noche en la cabaña, en el puente, en el altar, y cada día después de aquel.


Por Brenda. I

¡Hola! Bueno, aquí está mi historia. Estoy muy contenta de haber formado parte de este proyecto, realmente es algo que disfrute mucho. Espero que puedan disfrutar de la historia. Cuando me contaron sobre esta idea supe que quería hacer algo después de los libros, pero no sabía como arrancarlo. Y tenía la primera parte de el fanfic -en el puente- guardado en un archivo sin saber muy bien que hacer con él; y afortunadamente me sirvió para arrancar esta historia.

Saludos enormes...