Mi vida por un sueño VII
CAPÍTULO VII
THE PLAZA HOTEL
768 5th Ave
New York, NY
1:10 hrs.
El frío que casi desquebraja mis huesos prácticamente me impide pensar. No puedo llorar, desde hace mucho tiempo me es cada vez más difícil hacerlo, quizás porque mi corazón se endurece a cada golpe o es porque no me permito sentir las cosas en su total magnitud hasta que no pueda analizarlas y sobre todo en ocasiones como ésta.
Sola en medio de la nada, pero a mitad del sinnúmero de recuerdos que alberga esta ciudad, me dejo caer dolorosamente en la primera banca de piedra que me acoge. El jardín es hermoso, la fuente y sus luces serían dignas de apreciación si no fuera porque definitivamente he dejado mi alma olvidada en ese restaurante.
Quizás es esa la misma razón por la que el llanto se niega a aparecer. La quinta avenida al frente de mis ojos y yo sólo quisiera no existir en este momento. Un pequeño recuento del pasado me hace maldecir el momento de mi nacimiento, así de grave es mi juicio hacia el pasado. De no haber nacido, absolutamente nada de esto hubiera sucedido y la clara sensación de que esto abarca la totalidad de mi existencia es la que me hace renegar de mi propio nacimiento.
Hace tiempo que dejé la mayor parte de mis vicios, pero ahora mismo muero por un cigarro y un trago bien servido. Si no fuera quien soy ahora, seguramente me perdería en el primer bar abierto para ahogar mis pensamientos hasta que dejen de existir.
Lo único que protege mi pecho del frío inclemente de Central Park es la maldita carpeta que me ha anclado aquí. En ocasiones nos convencemos de que las cosas son más importantes que las personas y el pretexto material ha sido suficiente como para que yo no haya decidido correr y perderme sin rumbo. Solamente no sé a dónde me llevará esto.
Me repito que es importante, que son documentos cruciales para la vida de él y que yo no tengo ningún derecho de mirarlos o quedármelos. Sé que no son más que pretextos, que ella bien le puede dar otra copia, que él puede pedírsela, que simplemente estoy buscando un maldito pretexto para correr a buscarlo, pero no puedo evitarlo, la sensación táctil de la piel de que está hecha la carpeta me hace sentirlo cerca, que mi piel tenga contacto con algo que le pertenece a pesar de lo terrible del objeto o su contenido. Es suyo, es parte de su vida, es algo que el tuvo en sus manos.
Sé que esto raya en lo enfermo, aferrarme a un maldito objeto con el que él tuvo contacto y que me haga sentir que lo tengo cerca, que es como si me tocara a mí, es estúpidamente doloroso. Acaricio la superficie de piel y hago caso omiso del resto del universo, me concentro en la sensación, visualizo su mano tocando el mismo lugar donde yo toco, trato de percibir lo que él sentía en ese momento, me transporto a su ser, a sus ojos, su aliento cálido. Estúpidamente cierro los ojos para intensificar la sensación y perderme en ella a pesar se tener la certeza de que esto no es más que una despedida, que nuevamente caigo en el ritual doloroso de decirle adiós a la nada.
Duele el saber que las despedidas son una constante más que un final, no sé si un día dejará de doler su ausencia y que cada encuentro no signifique más que un nuevo e inevitable adiós. La pregunta es por qué me lo permito, por qué estoy irremediablemente condenada a perderlo, cuándo decidió mi alma que este era el martirio perfecto, su castigo predilecto. No me acostumbro, a pesar de las innumerables ocasiones en las que lo he tenido que afrontar, mi alma se niega a acostumbrase, aprender que él no significará nada más en mi vida que dolor, pero es esta sensación en mi piel, la certeza de que cuando lo siento cerca no hay más allá en mi alma que él.
Sé que lo único que he aprendido es a engañarme, cerrar los ojos y aparentar que lo sé, que ya sé vivir sin él. Me engaño y lo sé, pero de qué otra manera pretendo seguir viviendo si no es así, sería imposible. Si Piper no hubiese llegado a mi vida tan a tiempo, estoy segura que la primera opción siempre hubiera sido el escape, que la única opción posible siempre hubiera sido el no seguir viviendo. Lo hago por ella, siempre fue la única ancla que me mantuvo sujeta a la vida sin duda alguna, pero infortunadamente nunca ha sido suficiente como para hacerme feliz. Mentiría si pensara lo contrario y no es que minimice el amor que siento por mis hijos, pero en la cruda y brutal realidad es que si ellos no estuvieran aquí, yo definitivamente ya no lo estaría.
Nunca he pensado en pegarme un tiro o lanzarme desde un balcón, pero sí sé que mi carrera autodestructiva me hubiese llevado sin lugar a dudas a ese irremediable final que busqué como enloquecida desde que la adolescencia me alcanzó o quizás mucho antes.
He aprendido a hacerme creer que soy feliz, que disfruto de la vida al máximo, pero es mentira. En la soledad de mis pensamientos siempre encontraré ese dejo de tristeza que sólo desaparece cuando estoy con él, por más doloroso que me parezca o absurdo, pues me he convencido de que mi vida no depende de nadie y mucho menos de un hombre, pero estoy aquí, a la mitad de la gran manzana persiguiendo un sueño que siempre ha terminado en pesadilla vívida.
Un nuevo calosfrío recorre mi ser y lo atribuyo al clima. Me obliga a abrir los ojos de golpe pues siento la necesidad de guarecerme de lo que sea que me esté destrozando el alma en este momento. Lo veo, en ese momento mis ojos imprimen la imagen a fuego en mi alma. Frente a mí cruza la calle sin mirar siquiera si su vida corre peligro en el intento, la diagonal de la muerte que emprende no es poca cosa a pesar de la hora y el escaso tráfico en la quinta avenida.
Lo sigo con la mirada imposibilitada a actuar, quizás es la estúpida idea de que no es más que un deseo materializado, que mi mente no hace más que jugar con mis anhelos. Parpadeo para embestir de realidad lo que observo y a pesar de ello permanece, lo que me indica que no es un sueño, que no es un espejismo que desaparecerá en cualquier momento.
Quisiera gritarle pero en este momento mi cuerpo está paralizado por completo, inmóvil y petrificado. ¿Qué es lo que espero de esto? Estaría actuando como si nada en mi vida me importara además de él, lo cual es casi ciento en su totalidad, pero a mi mente viene mi vida construida a la distancia sobre los cimientos del olvido.
Si he logrado estabilizar mi vida ha sido gracias a que he derrumbado mi pasado para construir mi presente sobre él. ¿Qué pasaría con todo eso si en este momento decidiera correr tras él? Evidentemente debía haber pensado en todo eso antes de venir aquí, pero nuevamente caí presa de mi propio engaño.
La maldita carpeta me trae de vuelta a la realidad, quizás no es a mí a quién busca, quizás no soy yo la razón de su carrera desaforada. Me recrimino mi estúpido pensamiento inicial, por qué he de pensar que todo eso que estoy presenciando es producto de un sueño romántico de cuento de hadas cuando la realidad es mucho más verdadera que eso. Soy una estúpida infantil si me trago mi propia fantasía de cuento.
Razono y recapacito, se supone que no corrí al aeropuerto en este instante pues pensaba la manera de devolverle los documentos que deben ser cruciales para su vida en este momento, ese fue el pretexto al que me aferré y ahora que tengo la oportunidad en mis narices de entregárselos me paralizo por un corazón adolescente que se siente nuevamente enamorado de un sueño.
La respuesta es evidente, le entrego los documentos y me marcho. Se acabó, estoy construyendo nuevamente un sueño sobre el vació y sin sustento alguno.
Me levanto con los documentos y la determinación entre las manos. Comienzo mi andar hacia la entrada del hotel y mientras espero a que la luz del semáforo me indique que puedo cruzar, lo que se atraviesa en mi camino es otra visión.
MADISON AV.
New York, NY
1:05 hrs.
Conduzco con parsimonia, no tengo ninguna prisa de llegar a casa o a ese lugar que en definitiva ya no será más mi casa.
No lloro, hace tiempo que prometí no hacerlo más por él, por lo menos no quiero hacerlo el día de hoy a pesar de que signifique el final de todo un ciclo de vida. Me repito una y otra vez que es el padre de mis hijos y que nunca dejará de serlo, que en el fondo sé que es un hombre maravilloso aunque confundido, que su único pecado ha sido amar demasiado y sin duda, que ese amor no haya coincidido con la decisión formal y legal. No ha amado a su esposa, pero sin duda ha amado hasta ser capaz de destruir absolutamente todo lo que la vida le ha regalado a manos llenas.
Sé que mi padre diría que lo justifico, que es un imbécil que solamente ha querido jugar con fuego y se ha quemado, que simplemente ha disfrutado de los placeres de la vida y que esta es la consecuencia lógica, pero me niego a creerlo. A pesar de todo lo que he sentido, no puedo ser ajena y ciega ante su sufrimiento, porque yo lo he visto luchar años y hasta el cansancio, el agotamiento espiritual que hoy le pasa factura es el que lo tiene en el estado en el que se encuentra.
A pesar de que la velocidad a la que voy es ínfima, el departamento está tan cerca que no me ha dado tiempo de pensar, así que paso frente al edificio y no me detengo. Me pregunto qué diablos voy a hacer ahí, la inercia me ha hecho conducir hasta aquí a pesar de que el lugar al que me debía dirigir era otro.
Su imagen clavada en mis pupilas se repite incansable, él parado en la acera viéndome partir.
¿Y si estoy equivocada? ¿Si todo lo que dije y pensé no es más que producto de mi imaginación e inseguridad como él dijo? Un sentimiento de desesperación se apodera de mí, la duda me asalta y no tengo defensa. Son muchos años, somos un matrimonio y tenemos hijos, ¿qué me hizo pensar que era el final? ¿Y si todo lo que necesita es a su esposa y sus hijos a su lado para superar esta etapa como muchas otras?
Mi pie responde al pensamiento y pisa el acelerador, no a fondo pues me ganaría una multa, pero sí lo suficiente como para sentir que podré llegar a tiempo, no sé de qué, pero a tiempo para resarcir mi estupidez.
¿Si quiero luchar por él, qué me lo impide? Es mi esposo, son mis hijos, es mi familia. He cedido a la idea de que no es digno de mi nivel luchar por algo que no debería ser luchado, pero soy mujer, una como cualquier otra. Por qué no reconocer que en su momento los celos corroyeron mi alma, que cuando ella se fue sentí un alivio inmenso y que pensé que a partir de ese momento todo estaría bien. ¿Si me equivoqué? ¿Si me equivoco ahora?
Tomo la segunda avenida y las calles, a pesar de pequeñas, me parecen eternas. Agradezco que la hora sea un poco menos problemática, pero en esta ciudad no existe hora en la que no haya una infinidad de autos que te impidan circular a la velocidad que mi alma requeriría.
Me repito una y otra vez tratando de convencerme "No estás luchando por un hombre, está tratando de rescatar a tu familia" y eso sostiene mi pie en el acelerador a la velocidad adecuada.
El Plaza se encuentra ahora a dos semáforos de distancia y me pregunto qué es lo que busco, qué es lo que pienso encontrar ahí. Yo les di la oportunidad de encontrarse en ese lugar, yo la traje hasta aquí y fui por ella al otro lado del mundo para lograrlo, pero ya estoy casi a un lado del hotel y la duda me detiene.
E 59th st y 5th Av.
1:15 hrs.
Esto no puede ser más que un maldito juego del destino y su correspondiente parábola. Yo a punto de cruzar la avenida para encontrarme con él y mientras espero a que el semáforo cambie y me ceda el paso, lo que veo es la camioneta de Tea detenerse frente a mi observando directamente hacia la entrada del Plaza.
No me ve, no sabe que estoy aquí congelándome los huesos esperando cruzar y encontrarme con su marido. Ella nos dio la tarjeta, no puede suponer otra cosa, pero qué diablos hace aquí, qué es lo que espera ver, cuáles fueron sus intenciones desde un principio y que la han hecho venir a verificar que sucediera. O ese puede ser mi grave error, quizás lo que hace en este lugar es verificar que no sucederá.
THE PLAZA HOTEL
Pasillo del piso 10
768 5th Ave
New York, NY
1:20 hrs.
-Vas a despertar a todo el mundo, deja de golpear la puerta de esa manera.
La voz proviene del final del pasillo, parece espectral y lejana de lo bajo que se emite desde los labios de su emisora.
Me niego a girar y percatarme de que lo que mis oídos escuchan no es más que una alucinación auditiva y de mi boca escapa la pregunta más estúpida que he formulado en mi vida.
-¿Qué haces aquí?
La respuesta no hace más que confirmar que no era a mí a la que esperaba ver, que seguramente había algo orquestado más allá de mi conocimiento. Qué diablos voy a saber sobre lo que pudieron haber hablado mientras él la acompañó al carro. Doy por un hecho que me estoy inmiscuyendo en un asunto de dos en el que sólo se me pidió intervenir por un último acto de desesperación.
-Entregarte esto, supongo que es importante.
Soy un imbécil redondo, no sólo he sentido que la vida se me iba, que como siempre mi destino dependía de un instante y nuevamente, cuando el instante llega no puedo hacer más que echarlo todo a perder con tan solo abrir la boca, pero es que no puedo sacar conclusiones por más que mi alma ruegue por un milagro. Sé que no está aquí por mí, que ha decidido apoyar a la mujer que está decidiendo destruir todo aquello por lo que he luchado y sacrificado.
-Gracias…
No sólo he escuchado los golpes sobre una puerta desde que las del elevador se abrieron, sino además sabía perfectamente de quién se trataba. Mis pasos me aproximan hasta él y éste no hace más que aguardar con la espalda recargada sobre la puerta y las piernas estiradas como un niño, no se mueve, no se incorpora, simplemente espera. Se ve agotado, su aspecto no es el más alentador, las gotas de sudor corren por sus cienes y la corbata cuelga de su cuello como a punto de caer de él.
No ha girado la cabeza cuando ha lanzado la pregunta y menos cuando sale de sus labios un cansino "gracias". Es evidente que esperaba algo distinto a mí y la sola conciencia me revienta las venas, aunada a esa sensación de autosuficiencia en él que siempre me ha descolocado y por mucho que me niegue, me trae de vuelta a una realidad a la que no quería regresar. Estar con alguien que te recuerda todos los días lo afortunada que eres de estar cerca de su presencia.
Me aproximo y me coloco en cuclillas a su lado hasta depositar la carpeta pretexto de mi regreso en su regazo, es todo lo que pienso hacer después de que la maldita realidad golpeó de nuevo mi frente. El tono de su voz, el desánimo al formular la pregunta, me indican que está cansado. ¿Está cansado de mí? No pienso quedarme a averiguarlo.
El escueto "gracias" que sale de sus labios sella la realidad, aquí no hay más que lo que siempre ha habido y yo estúpidamente hace tan sólo unos minutos acariciaba la superficie del objeto como si la vida se me fuera el ello. No termino de aprender que los sueños, sueños son; que el amar es un asunto meramente unilateral, que el corazón enamorado siempre guarda la esperanza de ser correspondido, pero que dolorosamente pocas veces es así. Yo he dejado mi alma en girones por la quinta avenida soñando con verlo aunque fuera un instante más y esta es la realidad con la que me encuentro. "Gracias" es todo lo que piensa decir.
Me levanto lentamente pues mi mente ya está viajando a Londres de donde nunca debí salir. Tengo una familia que me ha costado media vida construir, hijos y una pareja que me esperan. No será el cuento de hadas que soñé algún día, pero es lo mejor que he podido conseguir, sacrificando mi alma en el intento y lo estoy poniendo en el filo de la navaja por nada. ¿En qué estaba pensando cuando soñé que esto podría terminar de diferente manera? ¿Cuándo ha sido diferente con él?
-¿A dónde vas?
Mi mano alcanza su tobillo pues es evidente que está dispuesta a marcharse sin más. Ni siquiera me ha mirado a los ojos, depositó la carpeta en mis piernas y se incorporó como si nada. ¿Eso es todo? ¿Hemos llegado hasta aquí solamente para que ella cumpliera con su estúpida labor de solidaridad femenina? ¿De eso se ha tratado todo esto, simple apoyo de género? ¿Fui objeto de una celada feminista esta noche y se atreve a pensar que me quedaré aquí con los brazos cruzados esperando verla desaparecer por el final del pasillo? La detengo, no pienso dejarla ir hasta que me de una explicación.
En cuanto mi gélida mano toca su piel siento el impulso irrefrenable de besarles los pies. Me enloquece esa parte de su cuerpo, es mía y de nadie más, yo la descubrí antes que cualquiera y planté mi bandera. Los zapatos negros de tacón de aguja me pueden hacer perder la razón y el tatuaje en el tobillo; ese par de tortugas encontradas que odié con el alma cuando supe que se las había hecho con él y supongo también por él. Lo lleva tatuado en su piel y es un honor que yo no poseo. Su fría respuesta me saca del mar de sensaciones que invaden mi cuerpo.
-Al aeropuerto, yo ya no tengo nada más que hacer aquí.
Su mano helada sostiene mi tobillo, pero no es el frío contacto el que me hace estremecer, es tan sólo la sensación de la suavidad de sus manos sobre mi piel la que me podría desmoronar hasta mis cimientos en este momento y caer rendida a pedazos entre sus manos. A pesar de eso, hago un esfuerzo sobrehumano por mantener la vertical y responder con la mayor cordura posible.
Al terminar de escuchar mi respuesta siento como libera mi tobillo al instante y dudo en si quiera mirarle, sé que si lo hago me perderé aquí, no encontraré las fuerzas para marcharme. Camino lentamente en dirección al ascensor y pretendo alcanzar mi meta sin voltear atrás.
-Supongo que llevarás ya tu parte del acuerdo… ¿Era necesaria esta encerrona? Trato de imaginar qué pudo haberte dicho para convencerte de esto. ¿De que se trata este jueguito perverso femenino del que he sido objeto esta noche?...
Mi palabras fluyen sin mi consentimiento, pero sé que se irá, que esta decidida a no voltear. Ahora mismo puedo recordad más de una ocasión en la que ha sucedido de la misma manera y nunca ha cedido, nunca a girado para mirarme, siempre se ha ido sin mirar atrás. Sé que es enojo el que habla por mí, pero más allá de eso es la desesperación de la certeza, sé que la perderé nuevamente y sin remedio. Me niego a mirar su partida de nuevo, por eso no levanto el rostro mientras hablo. Siento que soy un alma martirizada en el infierno, donde su único castigo es perderla infinidad de veces. De pronto el silencio que invade mis oídos me suena a coro celestial, el sonido de los tacones alejándose ya no apuñalan mi alma uno a uno. Se ha detenido y viendo la puerta abierta de la posibilidad, prosigo.
-Te conozco, sé que te conozco y aún así no logro imaginar aquello que te trajo esta noche hasta aquí. De verdad que no lo entiendo y lo último que quiero antes de que te marches es que me lo expliques. No necesito escuchar la versión de Tea, lo que necesito que me digas es eso que te hizo viajar hasta aquí sólo para esto.
Me he detenido aún en contra de toda mi voluntad y no tengo claro el por qué. Quizás el tono de afronta, quizás no soporto que piense que soy un ser humano reducido a un solo y primario sentimiento, pero sobre todo no soporto el tono acusatorio en su voz.
-Dime tú, ¿por qué crees que estoy aquí? ¿qué crees que me pudo haber traído hasta aquí?
Le reto sin siquiera voltear a verle, no me quiero arriesgar a hundirme en sus ojos verdes. Simplemente quiero escuchar qué es lo que piensa y de ahí sabré si vale la pena explicar. Puedo visualizar mi pasado plagado de momentos similares en lo que añoré hasta morderme el alma que su respuesta fuera distinta, que una sola de sus ideas concordara con lo que mi corazón pedía a gritos. No recuerdo ahora una sola en la que haya sucedido.
No entiendo el juego y estoy muy cansado para seguirlo. Mi cuerpo me indica una cosa, mi mente otra y mi corazón una muy distinta. Evidentemente sólo quiero escuchar una sola respuesta, pero sé que no sucederá. Sea verdad o no, ella nunca admitiría que cualquier cosa en su vida la ha hecho por mí.
-No lo sé, créeme que si tuviera alguna maldita idea no te lo preguntaría. ¿Por qué viniste mujer?, sólo dime por qué.
Creo que la respuesta sería la más obvia del universo, por qué otra maldita razón atravesaría medio mundo, por qué otra razón he cruzado el país sin nada acuestas y sin mirar atrás, por qué otra razón he abandonado mi vida, mi futuro y a mí misma. ¿Realmente ahora me pregunta eso? Me parece inverosímil que no se de cuenta, que nunca en su maldita vida se haya dado cuenta y eso finalmente me hace girar hacia él, pero guardo la distancia prudente y respondo con la primera verdad que cruza mi mente sin develar mi alma.
-Porque ella me lo pidió.
Ahí está, en su voz el orgullo Anderson se hace presente, todo su cuerpo me grita que está determinada a algo, su lenguaje corporal avala su respuesta con tal determinación que escucharla me derrumba, si no estuviera tirado en el piso con la espalda contra la puerta, seguramente caería más profundo si pudiera. Sonrío y ahora dejo correr las lágrimas que hace no mucho intenté detener. Comienzo a reír como maniaco, sé que no hay más, que eso es absolutamente todo lo que necesitaba. Ella acaba de poner la lápida sobre mi tumba. Es un dolor inmenso el que atraviesa mi pecho; la soledad, el abandono y los cristales de mi corazón roto caen en pedazos en el fondo de mi pecho y ya no me quedan fuerzas para absolutamente nada más que morir. Ahora sólo quiero que desaparezca como el resto del universo que me aplasta. Necesito espacio para dejar que todo mi dolor me consuma, ahora ya no buscaré a nadie que me ayude, ya no trataré de encontrar un consuelo o algo a lo qué aferrarme. En este instante acabo de perderlo todo.
He sido un estúpido todos estos años y ahora la verdad se me presenta con tacones negros de aguja. Ella tiene una vida, ella ya está mucho más allá de mí, de nosotros. Ya no hay un nosotros. Ni siquiera su voz me logra hacer reaccionar.
-¿David?
Lo veo desmoronarse, deja caer sus brazos a sus costados y la cabeza hace lo propio. Ríe pero sé que esa risa se ahoga en un mar de lagrimas. ¿Yo hice eso? Un rayo de lucidez atraviesa mi conciencia. Si vine aquí fue por él, por ayudarle, por que sabía que estaba al borde de la perdición y lo único que he hecho es lanzarlo al abismo por tratar de proteger mi corazón. No soy consciente de ello pero creo que he corrido en la corta distancia que nos separaba. Me arrodillo junto a él y tomo su cara entre mis manos y me mata tener que percibir su delgadez bajo mis manos. Su rostro está bañado en lágrimas y su característico puchero con los labios me parte el corazón y siento el golpe de llanto estallar detrás de mis ojos igual que él.
Trato de guardar la forma y consolarlo solamente como la mujer que le ha tocado estar a su lado por tanto tiempo como compañera impuesta por el destino. Trato de hacer que fije su mirada en la mía y quiero que mis ojos le hablen de esperanza, pero desisto al instante en el que me doy cuenta de que yo misma no la tengo.
Acaricio sus delgadas mejillas, paso mis pulgares por sus pómulos mientras él mantiene sus ojos casi cerrados por el esfuerzo que le produce el llanto, pero me niego a aproximarme más. Sé que estoy apostando mi alma y mi corazón a una partida perdida, pero mi alma impulsiva no resiste ver su dolor y quedarse inmóvil. Cada instante que transcurre me hace perder un poco de firmeza y voy cediendo ante mi propia necesidad. No puedo estar tan cerca de él y no sentir que muero si mi piel no tiene más contacto con la suya.
Comienzo a besar sus mejilla, su frente y sus ojos. Él no responde, simplemente se deja e incrementa la potencia de su llanto. Entre sollozos me habla o por lo menos eso intenta.
-Déjame por favor… No me hagas esto, me vas a terminar de matar. Mejor vete, no puedo soportar seguir después de sentir… sólo para saber que no volverá a suceder. No me hagas esto, vete por favor. Me estás matando mujer.
A pesar de lo que sus palabras dicen, sus brazos pierden esa inmovilidad y me rodean por la cintura y se deja caer sobre mi pecho. Llora como niño, mientras continúa balbuceando.
-No me hagas esto… No tengo fuerzas, ya lo perdí todo…
Los sollozos se agolpan entre las palabras y es hasta este momento en el que me doy cuenta. "…Ya lo perdí todo" La magnitud de su depresión, es originada por la antelación del golpe que acaba de recibir, él sabía que esto se avecinaba y ella no pudo darse cuenta. Como siempre tenemos la verdad en la cara y buscamos el camino más largo para encontrarla y ahora la entiendo, entiendo que ella en un acto de desesperación haya estado imposibilitada a ver lo obvio y en este instante le agradezco a Tea haber pensado en que yo pudiera estar a su lado para sostenerlo. La mezcla de sentimientos se agolpan en mi pecho al darme cuenta de lo mucho que lo ama su esposa. Yo no hubiera tenido el valor para admitir que alguien más sostuviera al hombre que amo dejando a un lado mi egoísmo y mis celos, no con él. Yo no puedo amarlo de esa manera. Con el corazón en la mano y con la pérdida de envoltorio, le ofrezco el último girón de mi alma.
-Yo estoy aquí y te voy a ayudar a recuperarla. Todo va a estar bien, no vas a perder a tu mujer y tus hijos.
Su voz se corta cuando me dice eso y entonces entiendo que todo este número orquestado por Tea no ha sido más que eso, le ha pedido ayuda a ella para recuperarme, y lo peor, ella ha accedido. Eso solamente implica una sola cosa, para ella no soy nada más que un buen amigo que necesita ayuda y ella ha corrido a pedido de la esposa para hacerlo. No sé por qué diablos pude haber pensado cualquier otra cosa. Ella continúa como si nada, con una de sus manos toma la maldita carpeta en mi regazo para después tomar mi mano.
-Ven, la revisaremos juntos, pero estoy segura que yo puedo habar con ella y convencerla de que ha estado equivocada todo este tiempo. No te preocupes, yo hablaré con ella. Todo se va a solucionar, lo vamos a resolver.
Se incorpora y hace el intento de levantarme junto con ella, aunque solamente tira de mi mano para que la siga en el movimiento. Yo estoy estupefacto, nunca, ni en más locos sueños pensé en presenciar algo así. Ella, Gillian hablándome de recuperar a mi esposa y que ella me ayudará.
Ahora mismo poco me importa lo que vi alejarse en esa camioneta una hora atrás, pues ahora sé que Tea no representa a mi familia, en este instante lo único que me importa es lo que las palabras de Gillian significan y me queda claro que hoy por hoy sólo represento para ella un amigo en apuros que necesita ayuda.
Mi alma petrificada únicamente consigue movimientos totalmente inconscientes. No sé cómo pero consigo ponerme en pie mientras ella desliza la tarjeta en el lector de la puerta y la abre para dejarme pasar y cerrar tras de ella.
Sé que parezco un autómata y que sólo me dejo guiar por sus movimientos, pero mi cerebro está muy confundido como para enfocarse además en las acciones corporales. No sé si es el proceso normal de shock, porque sus palabras me han dejado en ese estado, pero me niego a creerlo, me parece inconcebible que haya cruzado medio mundo sólo para ayudar a Tea.
Ella se dirige a la mesa y coloca la carpeta ahí para luego girarse y mirarme de frente. Yo no puedo con esto, yo no soy capaz de mirarla enfundada en ese vestido negro, con esas zapatillas y no embelesarme con su figura, con su cabello, con esos ojos azules que me miran a la distancia con una infinita compasión. Yo no quiero compasión, no de ella. Me he quedado inmóvil donde me dejó justo a la entrada, con la puerta a mis espaldas.
-¿Qué sucede? Ven, ahora revisamos los documentos, no te quedes ahí parado. Yo estoy aquí.
Me destroza verlo desgarbado y sin ánimos, su delgadez hace que el saco cuelgue con mayor soltura de lo que la moda permite, pero hace unas horas no era así, ahora se ha dejado derrumbar. Está petrificado y yo por mi parte estoy haciendo el mayor esfuerzo que haya hecho en mi vida. Ni cuando me presentó a su esposa tuve que hacer gala de mis dotes de actuación y ahora debo hacerlo por él. A pesar de que todo mi ser me grita que corra, que estoy viviendo la peor pesadilla de mi vida. Él y yo solos en una habitación de hotel, única y exclusivamente para que yo le ayude a salvar su matrimonio, es el pero escenario del que ni en mis peores sueños pude haber imaginado formar parte. Yo que pensé que esta sería mi oportunidad de enfrentar el pasado y recuperar algo que ya había dado por perdido, ahora vuelvo a perderlo de nuevo y sólo por mi estúpido corazón ilusionado con una fantasía imposible.
Me giro nuevamente hacia la mesa pues no puedo soportar más su mirada que me cuestiona. Él sigue sin moverse, no ha dicho una palabra pero sé que me cuestiona y yo no sé si seré capaz de mantener por mucho tiempo más mi careta, así que pretendo asirme a algo y lo único que encuentro es mi voz. Es el último intento de no perder el rumbo y reenfocar mi camino, así que hablo.
-Necesito que me ayudes… no puedo hacer esto si no me ayudas…
Percibo su mirada clavada en mi espalda y siento que no podré sostener más mi fortaleza si sigue viéndome así. Abro la carpeta y comienzo a pasar las hojas sin mirar, ni siquiera puedo hacerlo sin mis gafas y las lágrimas en mis ojos. No lo escucho moverse y sé que me observa. No sé qué diablos espera que yo haga, estoy aquí desgarrándome el alma por tener que ayudarle a recuperar ese algo que lo mantiene vivo y que no soy yo. Los girones de lo que me quedaba de corazón se han calcinado frente a sus ojos, qué más quiere de mí, que pretende que yo haga.
Me estoy muriendo por dentro y él sólo observa. La opresión en mi pecho me hace prácticamente imposible respirar, me duele su mirada, me desgarra su presencia, pero sobre todo el saberlo imposible como siempre. Para mí, para mis adentros y por todo, no puedo evitar que salga una expresión de mis entrañas.
-Maldita sea, no puedo.
La he observado paso a paso, me he dado tiempo suficiente para acallar mi mente y sus estúpidos pensamientos y solamente dedicarme a verla. Sé que está evitando mi mirada y en cuanto se gira hacia la mesa me permite ver su espalda, esa espalda que conozco de memoria como el mapa mejor estudiado en mi historia. Sé la ubicación exacta de cada uno de sus lunares y el que más amo en el costado izquierdo de su omóplato derecho. Su cabello, las ondas perfectamente arregladas en una cascada dorada que acaricia su espalda y sus hombros perfectos. Su cintura diminuta, esa cintura que ha sido mía por años, en donde mi mano se acopla a la perfección y que se siente dueña de ese espacio del universo como de ningún otro. Su cadera tornada y firme, y sus piernas; ¡Dios! Esas piernas cortas que tienen la medida perfecta para mi cintura y la elasticidad sobrehumana que me enloquece, pero a pesar de que su pequeño cuerpo me atrae como un imán, no puedo pensar más que en su aroma, ese olor que ha invadido toda la habitación al instante y azota mi alma de recuerdos.
No me importa las razones por las que vino, está aquí frente a mí. Escucho la maldición que sale de su boca y la veo girarse intempestivamente para dirigirse a mí como un huracán. Con su mirada me indica que me haga a un lado y no sé por qué pero lo hago, esa mirada me controla desde el primer instante en el que la vi y la dejo pasar para únicamente escuchar el sonido de la puerta abrirse y su voz.
-Adiós.
Él se hace a un lado y me deja pasar sin oponer resistencia. Me doy cuenta que estoy jugando un juego estúpido en el que va de por medio mi vida y mi vida ahora está en Londres junto a mis hijos y por qué no, también a lado de mi pareja, de ese hombre que ha sabido comprenderme, apoyarme y sostenerme cuando nadie, absolutamente nadie más lo hizo. Ese lugar ahora tan lejano es hilo de plata anclado a mi casa y del cual tiro desesperada en espera de que sea lo suficientemente resistente como para ayudarme a salir de aquí.
Si David hubiera dicho algo, hecho algo que tan solo me hubiera ayudado a hacer esto soportable, que me hubiera dado tan sólo un punto de apoyo del cual pudiera yo partir para hacer caso omiso del mundo de dolor y sufrimiento que estoy viviendo por ayudarlo a conseguir su objetivo, pero su impasividad me mata. ¿No se da cuenta que al ayudarlo a recuperar lo que siente perdido, la que lo pierde de nuevo soy yo? No puedo soportarlo y no me voy a engañar, de todas las ocasiones que me he tenido que ir, quizás sea esta la más dolorosa. Tengo que salir de aquí ahora. Al abrir la puerta veo la luz del pasillo y siento que estoy liberándome finalmente de algo de lo que nunca he podido superar, estoy a punto de dejar definitivamente el pasado detrás de esa puerta.
Entre lágrimas puedo ver el pasillo y casi puedo sentir como mi alma se detuvo al pasar por su lado, se que la estoy dejando aquí junto a él nuevamente, pero lo prefiero a llevarme únicamente los despojos. La puerta que en un instante estuvo abierta y que me permitió palpar mi inminente escape, regresa de golpe a su lugar lastimando mi mano al soltar con fuerza el picaporte que sostenía. Veo su brazo a un lado de mi cabeza y su mano sobre la madera de la puerta, la ha cerrado con tanta fuerza que el sonido ensordece mis oídos. Me giro y está él y toda su humanidad frente a mí, la parte superior de su pecho y la base de su cuello quedan casi a la altura de mi cara, a pesar de su delgadez, el ancho de su cuerpo no se ha perdido, por lo menos sigue siendo desproporcionalmente grande junto al mío. Su otra mano azota contra la puerta pasando por el otro costado de mi cabeza y entonces su voz corta el aire que termina golpeándome la cara.
-No te creo. No te creo nada.
Su semblante ha cambiado y ahora el verde de sus ojos es el más obscuro que le haya visto. Aquél hombre derrotado y devastado ha desaparecido por completo, parece otro. Me obliga a verle a los ojos con su mirada fulminante y mi respiración se acelera. No sé si es mi reacción ante un acto que parece violento o es que puedo absorber el aroma de su cuello. Siento claramente el circular de mi sangre por todo mi cuero y sé que eso no es bueno.
-Déjame ir David. No puedo ayudarte si me quedo, voy a echar todo a perder. Déjame ir.
La miro a los ojos tan profundo como puedo y encuentro súplica verdadera. En verdad me ruega que la deje ir y en otro momento me compadecería de eso y no podría sostener mi posición por más que quisiera, pero ahora con el dolor de mi alma no puedo dejarla ir hasta que me diga la verdad. A pesar de que mi cerebro lleva años confundido y nuestra última convivencia terminó por darme la puntilla, hay una cosa que puedo ver con claridad y es que no hay una sola posibilidad que me suene coherente, que justifique su presencia en mi vid esta noche.
-¿Qué es lo que vas a echar a perder, lo que te hizo prometerle? ¿Qué diablos fue lo que te dijo para que estés aquí?... ¿Por qué estás aquí? Por favor, dime.
Sus ojos azules me suplican con mayor vehemencia. Noto su respiración entrecortada y no sé bien a bien a qué se deba. Me encantaría pensar que es por mí, que lo que la hace acelera su pulso es mi presencia, pero sé que es la violencia que he utilizado la que la ha puesto en ese estado y conozco a la perfección el origen de su reacción.
-¿Si te digo, me dejarás ir?
Asiento con determinación aunque yo mismo no sé si me creería. Con ella esas son promesas que mi alma no es capaz de sostener, pero que en la práctica nunca he sido lo suficientemente fuerte como para romperlas. Que más hubiera querido yo, que ser lo suficientemente hombre como para prometerle dejarla ir y no hacerlo. Hoy no estaríamos aquí en esta situación.
Puedo percibir con claridad su urgencia de huir. Si algo conozco a la perfección es su espalda al marcharse; esa hermosa espalda que lo mismo me ha significado el paraíso entre las manos, como el infierno de su partida.
Aquella joven insegura que conocí y que quizás hubiera podido convencer, desapareció en el camino y también la vi partir. Su voz es apenas un hilo, pero sólo porque es casi un susurro pues no se permite debilitarla un ápice por miedo a parecer frágil o asustada, más es lo suficientemente baja como para dejarme claro lo que ya está determinada a hacer.
-Déjame pasar, te explico y me voy.
No me muevo pues siento como comienzan a flaquear sus fuerzas, nuevamente me suplica con la mirada, pero me niego a acceder a su petición. Si tiene algo que decirme lo dirá así o no dirá nada. No pienso darle oportunidad de tomar consciencia y las riendas para nuevamente volver a sus máscaras, aunque conmigo sabe que de poco le sirven. La quiero tener a esta distancia para ver en su mirada la verdad en sus palabras. Contrario a lo que me pide, me acerco aún más a su cara hasta que siento que sus dos pequeñas manos se posan en mi pecho deteniendo el camino que había emprendido.
-No por favor. No me hagas esto. A qué estás jugando David.
Siento como sus manos empujan mi pecho alejándome, pero no me importa. Le hablo tan cerca de sus pequeños y carnosos labios que puedo percibir su respiración y cierro los ojos para embriagarme con todo lo que tengo al alcance. Mientras me lleno de su aroma, apenas y alcanzo a susurrarle.
-Di lo que tengas que decir aquí… así como estamos, necesito ver la verdad.
Lo noto determinado a no moverse y no entiendo como pretende que piense con un ápice de claridad teniéndolo así de cerca. Me dice que quiere ver en mi mirada, pero al decirlo mantiene los ojos cerrados. No sé a qué diablos está jugando, ni lo que pretende con esto. Lo conozco y sé que es incapaz de dejar una oportunidad viva. Dejaría de ser él si no intentara aprovechar el momento que se le ha puesto en bandeja para terminar en la cama. Todo es propicio y ahora lo entiendo, pero lo peor es que yo he sido exactamente igual, pero cuando de él se trata he sido incapaz de negarme, por el contrario, muchas veces fui yo la que hizo todo lo posible por que se propiciara el momento. Hoy es distinto, yo soy diferente o por lo menos es lo que trato de repetirme hasta el cansancio a ver si logro creerlo. Como él, yo en su momento no fui capaz de dejar pasar una sola oportunidad de tener sexo con quien me viniera en gana, pero ahora es distinto, con él es distinto. Si no me niego ahora volveré a perder mi alma en una ilusión, pues a diferencia de él, estaría metiendo el corazón entre las sábanas. Trato de concentrarme en las palabras, hago mi mejor esfuerzo por que alguna se articule en mi mente.
-Nosotras sólo queremos ayudarte. Es todo.
Lo dice con tono pausado, firme y seguro. No deja lugar a dudas, dice la verdad, pero al hablar de esa manera, siento su aliento golpeando mis labios y la bestia que vive dentro de mí y que hacía mucho tiempo se encontraba dormida, hace su aparición. Sé que no es todo, que lo que sale de sus labios es una ínfima parte de las razones y sé también que debe haber muchas más. Pero imágenes fuera de todo contexto comienzan a aparecer en mi mente, ahora mismo pierde fuerza cualquier tipo de razonamiento, las imágenes cruzan por mi mente con una claridad apabullante hasta que escucho su voz con un desconcertante dejo de súplica, totalmente fuera de su acostumbrada fortaleza. A su mirada le permite suplicarme, pero su voz solamente lo ha hecho en un tipo de situación y evidentemente no esta.
-¿Me puedes dejar ir ahora?
Sé que no puedo obligarla, que no voy a obligarla. Pero todo mi cuerpo me pide lo contrario. ¡Maldita sea! No es su cuerpo lo que quiero, no es eso lo que deseo, lo único que necesito es sentirla conmigo de nuevo, no quiero volver a la distancia, la lejanía ahora me mataría. A pesar de que sé que lo que vivimos la última vez que nos vimos fue una maldita excepción del destino y que al tiempo sabe sólo como a un sueño, no puedo controlar mi necesidad de ella. Mi deseo es casi incontrolable, pero es muchísimo más fuerte mi miedo a verla partir, mi necesidad de sentir su alma cerca de mi corazón me hace ser capaz de cualquier cosa y la desesperación alcanza mis labios.
-No me dejes ahora por favor…
Y me derrumbo sobre su hombro por la impotencia. Nunca la he obligado y ahora menos podría después de todo lo que hemos pasado. No puedo hacer más que murmurar sobre ese espacio en su cuello del que soy adicto y que es el único lugar al que siento que pertenezco. Si tan sólo supiera que es la dueña de todos mis sueños, de mis anhelos, de mi vida y mi alma enteras.
-No lo hagas ahora por favor. No me dejes.
Su rostro se esconde en mi cuello y habla ahí apagando sus palabras contra mi piel y si no fuera porque se ha derrumbado nuevamente como nunca en mi vida lo había visto, es posible que el sólo hecho de sentir sus labios rosando esa lugar específico que pierde mi mente en un instante, sería yo la que lo tiraría a la cama en el acto. Mis manos reaccionan y lo único que me permito es dejarme llevar por su movimiento, lentamente recorren un poco su espalda hasta alcanzar su cuello y su cabello. Mis inmensas ganas de besarle son casi superiores a mí, así que refreno el impulso. Ahora soy yo la que esconde su rostro contra su pecho. Imprimo en mi abrazo toda la energía posible que evidentemente para mí, estaba destinada a depositarse en sus labios. Necesito poner distancia pero mi cuerpo se niega, así que mi cerebro acude a lo único que encuentra a mano, el terreno neutral, aquél al que he sido incapaz de llegar en mi vida y menos tratándose de él.
Ella comienza a moverse y siento que aún puedo albergar una esperanza. Siento sus brazos rodeando mi espalada hasta subir a mi cuello y con una mano acaricia mi cabello consolándome para después hundir su cara en mi cuello también y abrazarme con fuerza. Ahora yo puedo rodear su diminuta cintura por completo y sentirla pegada a mi cuerpo. Vivo de nuevo sólo con eso. Su voz se escucha a lo lejos desde mi pecho.
-Podemos ser amigos David. Sé que podemos.
En una reacción involuntaria aprieto su cintura con mayor fuerza levantándola un poco y todo mi cuerpo se adhiere al de ella. No quiero escuchar eso, no puedo.
-Por favor Gillian no me digas eso. Yo no puedo ser tu amigo.
Su voz enronquecida lo dice con tal determinación que le creo, sé que es incapaz de considerarme su amiga, pero por ahora es el único puerto seguro al que me puedo anclar para tratar de ayudarlo, de lo contrario la que lo perderá todo seré yo y mi mente ya no sabe las razones por las que se ha convertido ahora en mi cruzada, pero evidentemente no lo dejaré consumirse de esa manera, aunque no lo puedo hacer a costa de mí misma, así que trato de convencerle. Hago énfasis con mi voz y todo lo que tengo a mano.
-Claro que podemos, yo sé que sí…
Ella intensifica sus caricias en mi cuello y cabello y eso no ayuda en lo absoluto.
Él intensifica la firmeza con la que me sostiene por la cintura y esto no me lleva a ningún lugar al que quiera llegar, aunque lo desee con todo mi ser, no puedo permitírmelo, así que con toda la firmeza de que soy capaz, de a pocos me desprendo de su cuerpo sintiendo la clara ausencia de mi alma. La he dejado pegada a él.
Se logra deshacer de mi fuerte abrazo poco a poco, toma mi rostro entre sus manos y al mirarme puedo sentir algo que nunca había sentido con ella. Me mira como me mira Pam y eso me petrifica. ¿En un instante puede verme como su amigo? ¿Qué fue lo que cambió? Rodea mi cintura, pero en el acto su movimiento hace que nos separemos lo suficiente como para que recorra mi brazo y comience a caminar de nuevo hacia la mesa llevando consigo mi mano. Me arrastra hasta allá.
-Mira, podemos revisar los documentos y te aseguro que yo mañana puedo hablar con Tea de todo esto.
Lo tengo tomado por la mano y se deja llevar, pero mientras mis palabras salen como autómata, lo único que mi corazón escucha desde el primer instante y retumba en todas las paredes de mi alma es "Lo he perdido todo" y desde el momento en que lo dijo supe a lo que se refería. Lo que lo tiene así no es otra mujer, no soy yo, no es ninguna de las suposiciones mías o de Tea, es el terror a perder a su familia lo que lo está matando y a mi pesar, si eso es lo que lo devolverá a la vida, yo voy a ayudarlo a conseguirlo. De alguna manera mi corazón ya está entrenado para soportar el fracaso, lo que no logra acostumbrarse es al camino que siempre lo lleva a él. Me resigo, creo que lo que siento ahora es resignación y hasta cierto punto alivio de no verme en la obligación de decidir entre mi vida o él.
-Siéntate.
Lo obligo a sentarse en la silla que se encuentra a mi lado mientras yo permanezco de pie y extiendo los documentos. Al parecer hay una copia para él y su acuerdo de separación y un acuerdo de confidencialidad para mí, pero no alcanzo a ver absolutamente nada más. He olvidado mis gafas no sé donde, supongo que en el bistró.
-¿Qué buscas?
Estúpidamente palpo en mi cuerpo como si tuviera mi vestido algún espacio para guardarlas.
-Mis gafas, así no puedo leer nada.
Prácticamente me ha obligado a tomar asiento en la silla mientras ella permanece de pie a mi lado izquierdo. No sé si es la iluminación de la lámpara que cuelga justo en el centro de la mesa y que su luz cálida enmarca la belleza de su rostro madurado a golpes, pero cada día es más perfecto. La observo palpar su cuerpo caóticamente colocando sus manos en puntos aleatorios, justo donde deberían estar las mías en este momento. Sé perfectamente lo que busca, pero no pierdo la oportunidad de observarla mientras lo hace. Es una niña enfundada en una mujer elegante y de perfecta figura. Son esos instantes en los que ella misma lo olvida en los que mi corazón viaja a ese momento primero en el que mis ojos se inundaron de ella. Comienza a exasperarse y ese es mi pie para aligerar el momento.
Él hace un lado la solapa de su saco y las gafas aparecen como por arte de magia. Hasta entonces observo su posición. Está sentado pero recarga su cabeza en uno de sus puños mientras me observa con atención. Yo en un falso gesto de indignación le arrebato mis gafas de la mano.
-Quería un recuerdo tuyo y además las dejaste sobre la mesa.
Sonrío de lado, sólo él puede tener ese tipo de gestos. Es de los pocos hombre que conozco que a pesar de parecer como cualquiera, se de cuenta de cosas que el resto del mundo no.
Ella me sonríe olvidando por un instante todo el contexto y es entonces cuando las puertas del paraíso se abren para mí. Como sólo ella sabe hacerlo, me sonríe con todo su ser, con su mirada, con sus labios y su cuerpo. Sigo paso a paso cada uno de sus movimientos, su camaleónica presencia hace gala de sus mutaciones, con una facilidad que embelesa, puede pasar de ser una niña refunfuñando a un perfecto adulto adusto, inteligente y sereno. Dios, está por colocarse las gafas y creo que nunca le he dicho lo que eso me produce. A pesar de mi transitar por un sinnúmero de mujeres en mi juventud, siempre guardé una secreta debilidad por las mujeres hermosas con anteojos. Ese aire intelectual mezclado con su frescura infantil, es algo que no he encontrado en absolutamente nadie más.
Sabe que la observo, siempre lo ha sabido. Creo que nunca he podido ocultar mi riguroso escrutinio sobre su cuerpo. Todos los hombre lo hacemos con la mayor parte de mujeres, pero nos focalizamos en áreas específicas, pero no hay hombre que haya estado enamorado, que no conozca palmo a palmo cada milímetro de la piel de la mujer amada.
Tengo a mano su antebrazo y los lunares con los que puedo trazar líneas en un invisible juego de unión de puntos, incluso puedo recordar los patrones mentales que mi cerebro inventaba con cada grupo de ellos. Brazos, cara, espalda. Echo de menos sus pecas y ahora comienzo a reconocer algunas arrugas que no le conocía y me parecen adorables.
El mecanismo del cerebro es más que extraño. El recuerdo de sus pecas me ha trasladado a mi infancia y a la imagen de una amiguita compañera de juego, que en carácter se parece mucho a Pam. Siempre tiuve facilidad para entablar amistades estrechas con las mujeres, cosa que se ha ido un poco al carajo por involucrar el sexo en la fórmula.
Finalmente me siento y me coloco las gafas para leer el famoso acuerdo de confidencialidad. Trato de concentrarme en eso, pero él no me deja, la punta de su dedo comienza a recorrer la piel de mi antebrazo y parece perdido en un universo lejano. Me observa con tal detenimiento y soy consciente de ello en todo momento, puedo sentir su mirada a kilómetros desde siempre. Quisiera mirarle y perderme en sus ojos, lo que terminaría por quebrantar mi frágil promesa conmigo misma, por lo que redoblo mi esfuerzo por concentrarme en las letras, pero definitivamente no veo nada, sólo estoy al pendiente de él y sus movimientos hasta que su voz me sobresalta. Ha vuelto del universo de sus pensamientos con una pregunta.
-¿De verdad cree que podemos ser amigos?
Sin voltear a verlo siquiera por aquello de romper mi promesa y mantenerme firme, le contesto fríamente y trato nuevamente de concentrarme en la lectura, de la que no he logrado pasar del primer renglón.
-Sí, creo que podemos ser amigos…
Me interrumpe de nuevo dando pequeños golpecitos con su dedo índice sobre mi antebrazo.
-Pero por qué crees que sí podemos. En todos estos años no lo hemos conseguido.
Bajo los papeles que inútilmente trato de leer y comienzo una disertación acompañada de una narración de hechos.
-Nos conocemos mejor que a nadie, hemos vividos cosas que no podemos compartir con absolutamente nadie más en el universo. Hemos pasado los mejores y los peores momentos juntos y sé perfectamente quién eres y tú también sabes quién soy. Conocemos la peor versión de cada uno y aún así estamos aquí. Así que sí, sí podemos ser amigos.
Trato de levantar de nuevo los documentos, pero él posa su mano sobre ellos impidiéndomelo sin perder la postura que tiene desde que se sentó. Me observa con detenimiento con la cabeza de lado sobre su puño.
-Eso me suena más a la definición de mi alma gemela que a la de una amiga. Amiga es Pam…
Sólo escuchar el maldito nombre me revuelve las entrañas. No es que tenga nada en contra de esa mujer, pero evidentemente ni yo soy de su agrado y mucho menos ella del mío.
-Ni la menciones por favor…
Él sonríe abiertamente e impide que vuelva de nuevo a los documentos.
-¿Por qué te cae mal? ¿Te dan celos?
Achico los ojos y ahora sí me tengo que quitar las gafas para verlo directo a los ojos. No sé cual de los sentimientos que acaba de despertar es el que prevalece, o es su megalomanía o el que pueda tener razón lo que me comienza a llenarme el estómago de disgusto.
-No y no tendría por qué.
Me coloco las gafas nuevamente, pero él insiste en no dejarme hacer absolutamente nada. Sé que está tratando de llamar mi atención pues supongo está en pleno acto de evasión y me utiliza de pretexto. Evidentemente no quiere afrontar la realidad y lo que le está destruyendo la vida, pero con evitarlo no logrará nada y menos si me utiliza a mí como escudo protector. A pesar de hacer un esfuerzo por que él note que estoy dispuesta a no hacerle caso, él continúa.
-Pues para no estar celosa haces una excelente imitación.
Ha tocado la fibra y para mí es más que suficiente. Casi azoto las gafas contra la mesa, pues está sacándome de mis casillas aunque creo que eso es lo que pretende.
-Simplemente me cae mal, a cualquiera le puede pasar y no sientas que eres el centro del universo como para que…
Azota los lentes dejando su mano muy cerca de la mía. El gesto me produce gracia, así que tomo su mano pues pretendo que me mire a los ojos. Estoy comenzando a conseguir lo que quiero y es que tire esa careta y sobre todo se olvide de la estúpida idea de los amigos. La interrumpo haciendo claro lo evidente.
-Pero si ni siquiera la conoces, cómo podría caerte mal alguien que no conoces.
No pienso contestarle aunque evidentemente tiene razón, no conozco a la mujer, pero de cualquier manera no me cae bien y tengo todo el derecho del mundo a sentir lo que me plazca. Estoy segura que está buscando otra forma de molestarme y yo trato de evitar su mirada clavando mis ojos nuevamente en los documentos. Mi mirada se ha posado por quién sabe que razón sobre una cláusula que de golpe de vista creo entender, pero que debo releer.
-Oye…
Trato de llamar su atención para seguir con el jueguito que he comenzado, pero su semblante ha cambiado, ahora realmente está leyendo el documento o una parte de él. La veo pasar por varias emociones, pero hay una que identifico de inmediato y las alertas se prenden en mi interior. Mi espalda se irgue preparándome para lo que siga y no me equivoco. Golpea con el documento sobre la mesa y luego lo estruja, se levanta de golpe alzando la voz y yo me levanto a la par.
-¿Qué le pasa tu mujer? ¿Se volvió loca o qué? Ahora mismo me va a escuchar…
Se gira y en un instante comienza a andar enfurecida rumbo a la puerta. En dos pasos la alcanzo para impedir que salga, si bien no tengo ni idea de lo que ha leído, sólo sé que debo detenerla. La tomo por la cintura y en el acto la giro rápidamente pegándola a mi cuerpo intentando detenerla.
-Tranquila, ¿qué pasó? ¿qué es lo que dice el documento?
Ella luche contra mí y mis brazos para que la suelte, pero no pienso hacerlo, ahora realmente está alterada y no sé qué pueda ser tan relevante como para que se ponga así. Me parece no debe haber motivo suficiente para su reacción, pero entonces la escucho.
-Quiere que le haga una prueba de paternidad a mis hijos… Está loca, imbécil o qué…
Siento que un frío recorre mi cuerpo, no sólo porque entiendo su reacción ahora y con mayor razón no le puedo permitir que salga de la habitación o que tome el teléfono, sino por lo que aquello implicaría. Contrario a lo que tenía planeado en cuanto vi su reacción y que era tratar de calmarla o explicarle lo que fuese que la había hecho reaccionar de esa manera, ahora el silencio sella mis labios y ella se detiene al notarlo.
Achica los ojos lanzándome esa mirada fulminante y me hace reaccionar de inmediato, pues no puedo dejar que ella piense que yo tengo algo que ver con esto.
-No, no. Yo no he tenido nada que ver con esto, te lo juro. Yo hasta hoy no tenía idea de nada de lo que sucedió y lo sabes. Debe haber una explicación lógica a todo esto, seguramente ha sido una sugerencia de su padre, no lo tomes personal, ella no es así…
-Pues no me parecía ese tipo de mujer hasta que leí eso, eso es bajo para cualquiera, hasta para un maldito abogado. Eso que carajos les importa, a caso he pedido algo, le he quitado algo a alguien…
Escucho sus palabras y estoy de acuerdo con ella, pero eso no impide que brote este sentimiento enclaustrado por años, aunque hay otra cosa que también cruza por mi mente y es la insistencia de Tea en aquella pequeña frase que repitió en dos ocasiones y ahora cobra sentido con lo que dice el documento, "Todos tus hijos" Los sentimientos se agolpan en mi garganta y las lágrimas asoman.
-¿Qué nos pasó Gillian? ¿Qué diablos nos pasó?
Continuará…
