"Si bien Hermione es quien nos permite ver lo que sucede en la historia, quise escribir el enfoque de Draco; la forma en que sus ojos se abrieron debido a su delicada misión encomendada por Voldemort. Asimismo, esta historia es de clasificación M; no quiero abusar del erotismo más allá de lo meramente razonable, así que no lo incluiré mientras la historia no tome sustancia."

Didi, éste camino lo sigo por ti.

Capítulo III

Draco levantó la vista de forma distraída y al chocar con su mirada frente al espejo no pudo menos que quedarse de piedra. Ya no se reconocía a sí mismo: tenía unas sombras con forma ovalada bajo los ojos; su rostro, siempre altivo, estaba marcado, huesudo, ¿hace cuánto que no comía bien?, ¿hace cuánto que no pegaba un ojo?

Abrió el grifo, llenó sus manos con agua y se empapó la cara. Estaba tan helada, pero no lograba despertarle del todo; tampoco sabía cómo había llegado a esos lavabos.

Sucedió hace unos días, pretendía entrar al baño de los prefectos, tal vez, intentar molestar a algún alumno sólo para demostrarse que seguía siendo el mismo arrogante y despreciativo chico que solía ser; más no podía, la sola marca en su brazo izquierdo, castigo hacia su padre, le impedía vivir, actuar como siempre. Y él no se engañaba, el Señor Tenebroso le había entregado una misión suicida; tanto quería causarle dolor a sus padres que estaba dispuesto a enviar a la muerte a su único hijo. Y no era de menos, ese líder de los sangre limpia era un psicópata ansioso de sentir aunque fuese una mínima emoción. Y él era el escogido para cumplir ese rol.

Por otra parte, estaba el juramento inquebrantable que Snape le hizo a su madre; el sólo hecho de haber aceptado condujo a que todo ese aprecio de años se resquebrajara y su constante asedio al iniciar sexto año, acabó por hacerlo añicos.

Él sabía que sólo reparando ese armario tendría una posibilidad, aunque fuese remota, de acabar con Dumbledore, pero en el fondo temía que éste ya supiera de sus planes. Había algo en esa mirada, en ese andar suyo... Y Snape en medio; si se podía contar con un entrometido, ahí estaba él alzando la mano para ofrecerse voluntario.

Draco sabía que su tía Bellatrix no desconfiaba del mago debido a los celos o a la locura adquirida en Azkaban, siempre existía la posibilidad de que ya no trabajase para su lord... ¿Lord? ¡Qué va! Ese hombre, ese sangre mestiza que pregonaba de la pureza mágica.

Realmente los magos necesitaban de poco estímulo para ser convencidos a unirse a semejante causa; bastaba con que la doctrina fuese lo más irracional posible y se entregaban por completo.

Toda su vida escuchando las historias de su padre, de como el mundo de la magia era mejor bajo su mando, pero ¿qué había obtenido a cambio por seguir su ideología? Sólo degradación; él, Lucius Malfoy, un cobarde, una sombra de lo que había sido, encerrado en una prisión de la que saldría pronto, probablemente, pero no podría echarse atrás a esas alturas, igual que él.

Lucius ya vivía en una prisión, daba igual si recuperaba la libertad... Una celda compartida los unía, después de todo: él, su madre y el mismo Draco, eran los prisioneros de honor.

Cómo desearía ser Potter, estar en el banco del héroe prometía mejores cosas: amigos, risas y la posibilidad de estar cerca de Granger. No es que la amase; sin embargo, si debía ser honesto consigo mismo, era la única persona con la que, si se hubiesen dado las circunstancias, podría haber sido él mismo. Brillante, graciosa, exasperante hasta la médula. Sonrió, porque así era Hermione, una sabelotodo, una dulce sabelotodo y vaya si no poseía un buen derechazo.

Triste él, porque sólo podía rodearse de personas racistas o todos serían torturados y asesinados.

Su madre podría verse como una mujer altanera, pero incluso con toda esa oscuridad dentro de ella , desde que había nacido, le había tratado con ternura, amor. Ella también era capaz de dar y de recibir afecto, aún si su permanente expresión de asco le daba un aire despreciativo, era su amorosa y querida madre.

Lucius quizá no abrazaba, tal vez lo presionaba más de lo normal, más nunca lo había maltratado. Esos eran hechos que todos sus detractores desconocían. Sus padres lo amaban, y había sido un privilegiado hasta en ese sentido.

¿Potter se habría sentido tan miserable con su familia muggle?

Sí, claro que sí, pero pese a todo eso, su naturaleza no era malvada, no como la suya, se dijo. Y con todo ese amor, con toda esa buena fortuna él había resultado de ese modo: Frío, narcisista, duro, frágil, nada recomendable.

Tampoco Potter buscaba la fama, ¿verdad?, ahora lo entendía, ahora que debía perder su alma por una causa perdida que dejaba muy mal sabor en la boca.

Él no quería tratar de sangresucia a Hermione, no quería matar a Dumbledore... Debía hacerlo, así de simple.

- Llego tarde, Draco, una horrible sirena no me dejaba entrar por mi tubería. Todo porque le dije que yo... Que tú... - se sonrojó o eso le pareció al chico.

Y ahí se encontraba él; alguien bien educado, adinerado y terriblemente solitario...

A su lado, Myrtle.