Harry Potter es de Jotaká Erre.
Recuerda que si quieres conocer la historia desde el punto de vista de Draco Malfoy y todas sus impresiones (así como la de otros personajes que serán mencionados pero desde cuyo punto de vista no se va a escribir en este fic) tienes que ir a leer Penitence de Aretha Atrahasis.
Vita
Bloque I ― Finis Gloriae Mundi.
La gente se cree que es inmortal, por eso se quedan quietos y se acogen a una rutina quedándose allí paralizados ― Feliz de Azua
II
Septiembre, 2. Año 1998.
La casa es ridiculamente pequeña. Las cortinas siempre están echadas no dejan que entre el sol casi nunca. Las paredes están forradas con fotografías y un horrible papel pintado de color azul. Las molduras son de yeso amarillento y ha podido ver muchas motas de polvo por la casa.
En definitiva, piensa, las cosas están fatal. No sólo tiene que acostumbrarse al hecho de que camina sobre patas palmeadas o que se balancea de forma ridícula a causa del peso de sus alas. También ha de aguantar a una niña chillona y las extrañas miradas de su madre.
Lucius se remueve un poco cuando ve que la niña se acerca a él con una sonrisa gigantesca y una toalla.
―¡Cuá, ven aquí!
Según las palabras del vesternario que le explicó su nueva condición de pato ("Señor Mlafoy, es usted ahora un ánade real. Podría decirse que es el pato más arisco de todos pero confío en que eso para usted no será una característica nueva. Con respecto a su nueva vida puedo decirle que pasará la mayor parte del día durmiendo y sentirá deseos de alimentarse por la noche. Hablando de alimentación, puede comer de todo. No se extrañe si siente deseos de comer ranas. Y recuerde nadar y hacer ejercicio físico. Si desea volar... Bueno. Inténtelo, pero no la lie demasiado") ahora tiene que nadar. Nadar bastante. De hecho es algo que le apetece.
Aún así es incapaz de dejar que la niña (Aquarius, vaya un nombre...) lo coja. Siente una total desconfianza hacia ella. Pero lo ha acorralado en una esquina del salón, así que no tiene escapatoria posible.
―Vamos, tienes que nadar aunque sea un rato. Voy a llevarte a la bañera.
¡A la bañera! ¡Pero bueno! ¡Él debería de nadar en un lago o algo así, por favor! ¡Una bañera, qué cutres son estos muggles!
Su ira e indignación se manifiestan cuando abre las alas y comienza a sacudirlas. De su garganta sale el graznido más horroroso del mundo. Trata, por todos los medios, de demostrar que no está conforme con nada de esto. La niña abre mucho los ojos y cae de espaldas de repente.
―¿Aquarius? ― escucha la voz de la mujer cuando ésta se asoma desde la cocina ― ¡Aquarius, dios santo!
La joven madre se acerca a toda prisa y se acerca a la niña. Lucius observa la escena con ojos atentos. No pretendía que la niña cayera, sólo quería asustarla un poco, y sin duda la reacción de la madre es un poco exagerada. Aquarius ni si quiera llora, sólo está un poco confundida.
―Estoy bien, mami.
La mujer no le hace caso, estira suavemente el vestido de la niña y la examina con cuidado, buscando alguna herida. Una fina capa de sudor se ha instalado en sus sientes y puede ver que la vena de su cuello está muy hinchada. Un ataque de ansiedad, probablemente. Lucius arquearía una ceja si la tuviera.
―Vamos. Ve a lavarte las manos.
―Pero tengo que meter a Cuá en la bañera, mami. Tiene que nadar un rato.
La mujer sonríe brevemente.
―Haremos que Cuá se acerque a la bañera por su propia voluntad. En cuanto sienta el agua cerca querrá bañarse un rato. Vamos, la cena está casi lista.
Aquarius echa un último vistazo al pato y se marcha sin decir nada más. Su madre, cuyo nombre ha descubierto que es Clara, se queda durante unos instantes y luego lo mira fijamente. Sus ojos son verdes, tristes, apagados. También ve miedo y resentimiento en ellos.
―Mira, ya he perdido a mi marido por culpa de gente como tú. No estoy dispuesta a que también le hagáis daño a mi hija. Ya ha sufrido bastante con todo esto, he tenido suficiente. Hemos tenido suficiente. Aqua no perderá el contacto con el mundo de su padre por culpa de intransigentes racistas como vosotros.
La mujer aprieta los labios después de su verborrea y se da la vuelta. Antes de entrar nuevamente en la cocina lo mira por encima de su hombro.
―Sube a la planta de arriba, al fondo del pasillo está el cuarto de baño, la bañera está a rebosar de agua. Te será fácil llegar.
Y así, sin tón ni son, Lucius Malfoy se siente un poco mal.
ººº
El maldito animal se pasa el puto día durmiendo. La noche anterior lo ha escuchado merodear por toda la habitación. Supone que si hubiese estado haciendo algo malo Croockshanks la habría avisado.
Teniendo en cuenta que a penas es capaz de dormir, ahora que tiene a un (no tan) indeseado acompañante nuevo siente que no va a volver a dormir como una persona normal en mucho tiempo. Aún así sabe que ese es el comportamiento normal de los hurones y por eso no se lo echa en cara.
Supone que vivir en el cuerpo de un animal hace que muchos de los aspectos de éste influyan en una persona. El señor Malfoy, a pesar de toda esta situación, parece muy cómodo en su casa. No hace demasiado, sólo mirarla fijamente con sus ojillos negros y brillantes, ladeando la cabeza.
Se ha dado cuenta de que lo olfatea todo, sobre todo cuando ella entra en la habitación.
Como ahora.
―He vuelto ― le dice al aire, como si los animales y los muebles pudieran contestarle ― ¿Qué tal Crook?
El gato frota su lomo contra los tobillos de su ama y maulla lastimeramente. Ella se ríe y le rasca las orejas con cuidado antes de dirigirse a la pequeña cocina. Echa la comida de gato en un cuenco y se lo entrega a Croockshanks. Después coloca la comida especial para hurones en un cuenco más pequeño y lo coloca en el suelo.
―Aquí tiene la cena, Señor Malfoy.
El hurón olfatea el aire nuevamente y se acerca al plato. No parece contento al ver el contenido, como todas las veces anteriores que la ha visto pero, esta vez, no se marcha con el hocico apuntando el aire con aire digno. Parece morderse la lengua y tragarse su orgullo antes de ponerse a comer.
―Tiene que entender que como el animal que es usted ahora no puede esperar que lo trate como a una persona. No va a comer usted en la mesa. Primero porque no la hay y no, no me insinúe que mi escritorio es una mesa de comedor ― dice al ver que el hurón mira hacia el mueble con ojos inquisidores ― porque no lo es en absoluto.
Y sin decir nada más recoge sus cosas y se sienta en la silla para ponerse a trabajar. Se enfrasca en la titánica tarea de concentrarse en sus deberes. Suspira unas pocas veces y tacha un par de palabras de su pergamino.
Merlín, está tan cansada...
Las noches en vela pasan factura. La falta de comida también. Es incapaz de centrarse y su vista está algo borrosa. Se muerde el interior de las mejillas y aprieta la pluma con dedos temblorosos. El pergamino desaparece repentinamente.
Frente a ella sólo hay oscuridad, sólo hay gritos y muerte y el aire huele a azufre y terror. Empieza a hiperventilar a pesar de que sabe que sólo está teniendo un flash back. Es algo normal en las personas que sufren estrés post-traumático (lo sabe porque desde hace tiempo quiere estudiar psicología y bueno... Se auto psicoanaliza todo lo bien que puede a todas horas gracias a diferentes libros que ha sacado de la biblioteca sobre ese tema), pero no sabe muy bien cómo lidiar con ellos todavía.
Suelta un gemido lastimero y cierra más los ojos todavía.
―Joder... Mierda...
Frente a sus ojos un rayo verde impacta contra una muchacha de rostro desconocido. Sólo puede ver la rigidez de su cuerpo, la varita caída junto a sus dedos laxos. El enorme charco de sangre que se propaga bajo su cabeza cuando se la abre contra una piedra al caer al suelo.
Quiere morirse.
Se ahoga.
El aire se demasiado denso, espeso. Sabe a tierra húmeda y a gritos contenidos.
Su pulso está tan acelerado que siente que se le van a romper las costillas. Escucha el lastimero maullido de Croockshanks a través de la neblina de terror que la envuelve pero no siente cómo el animal trata de sacarla de su situación arañando suavemente su mano con una de sus garras.
―No. No... ¡No...!
Se levanta, desconcertada, aterrada, y cae hacia atrás bruscamente. Cuando abre los ojos vuelve a estar en Hogwarts pero su cuerpo sigue bajo los efectos de la ansiedad. Se incorpora como puede, gime presa de la angustia y el terror. Echa un vistazo en derredor, como si en cualquier momento pudiera recibir algún golpe o hechizo. El hurón la mira fijamente desde una de las estanterías del dormitorio.
La vergüenza hace mella en Hermione. Se siente ridícula al permitir que ese horrible hombre la vea en ese estado, aunque algo le dice que es bueno que presencie esto, que vea lo que le han hecho, cómo la han dejado.
Sin casa. Sin familia. Sin paz ni tranquilidad. Ni si quiera se tiene a sí misma...
Se levanta como buenamente puede y se apoya contra una pared. Pero se muere de calor. El fuego recorre todo su cuerpo y lame su piel son miramientos. Hermione se arranca la túnica y se quita la camisa blanca del uniforme. Observa la corbata roja y dorada colgar de su cuello, reposando contra su pecho. Se la arranca como puede, pero se enreda en sus rizos. Suelta el aire contenido y grita.
Deja la corbata tirada en el suelo y la aplasta con la suela de su zapato.
¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser valiente? ¿No podía ser otra persona la que lo perdiera todo para que los demás no perdieran nada? ¿Quién va a ser valiente por ella? ¿Quién va a devolverle sus padres que no recuerdan quien es ella? ¿Quién va a decirle que todo va bien? ¿Quién va a entender lo que es no tener nada dentro?
Vivir por vivir...
Se arranca la falda sin importarle tener a un hombre metido en el cuerpo de un hurón delante. Quiere que vea. Quiere que en la guerra no hay vencedores de verdad. Que si hubiesen ganado ellos quizás él sería la víctima de estos ataques de histeria que la envuelven cada pocos días.
Quiere que vea el horror en su cuerpo.
Pero cuando se da la vuelta para ir al baño se da cuenta de que el animalillo ya no la observa. Sólo mira fijamente la corbata que sigue apresada bajo su zapato. Se los quita a patadas y se encierra en el baño, dispuesta a ahogarse en el vapor de la ducha caliente que tanto necesita.
ººº
Septiembre, 6. Año 1998.
Pocas personas saben que Theodore Nott podría haber terminado sus estudios cuando estaba en quinto curso. ¿Por qué? Es superdotado. Si hubiese hecho el esfuerzo de hacerle saber al mundo lo mucho que sabía y lo adelantado que estaba al resto de su curso lo habrían adelantado de curso. Pero hacer eso significaba hablar y demostrar sus conocimientos. Dos cosas que Theodore Nott odia profundamente.
Por eso nunca ha sentido la necesidad de atender a clase. Sólo con tomar algunas notas sueltas y luego leer el temario siempre se le ha quedado todo. Estudia lo justo para que el mundo no sospeche (y porque, también, le encanta leer) y saca unas notas bastante decentes para mantener un perfil bajo.
Ahora mismo, día 6 de Septiembre, durante la clase de Estudios Muggles, se siente muy agradecido no haber hecho pública su inteligencia, porque entonces nunca podría haber visto lo que está viendo.
Tiene veinticuatro años. No puede tener más. El pelo negro. Terriblemente negro, como alquitrán, le llega hasta la cadera. Ojos serenos, brillantes, enmarcados por espesas y larguísimas pestañas. Los labios pintados de un violeta oscuro. Es más baja que él, y es delgada pero eso no impide que tenga las curvas pronunciadas y generosas.
Se llama Merle Schiller, es mestiza y es la cosa más bonita que ha visto en toda su puta vida.
―He de suponer que han escrito las redacciones que les pedí el primer día, ¿verdad?
Varios alumnos comienzan a sacar sus pergaminos y unos pocos hacen como si no la hubiesen escuchado para pensar en una buena excusa para no haber hecho la tarea asignada hace tres días.
Theodore tampoco la ha hecho, pero no va a buscar ninguna excusa. No la ha hecho simple y llanamente porque tenía otras cosas que hacer (como fundirse con el decorado de su Sala Común y del colegio en general) y cuidar de Pansy, que últimamente está muy extraña.
Cuando la profesora Schiller se acerca a él, con una pequeña torre de pergaminos flotando tras ella, se lo queda mirando fijamente.
―Señor...
―Nott.
―Señor Nott, ¿puede entregarme su redacción?
―No la tengo.
―¿Que no la tiene?
Le hace gracia cuando se sorprende. Es la segunda clase que tiene con ella, pero joder, qué graciosa es... La ha visto sorprenderse en los pasillos y en el comedor. Siempre se echa un poco hacia atrás, como si lo que la ha sorprendido la estuviese golpeando en el pecho, abre muchos los ojos y siempre repite lo último que le han dicho como si fuese una pregunta. Si lo que la sorprende es un gesto, un objeto o cualquier otra cosa siempre exclama "¡Pero bueno!".
Sí.
Es posible que se esté fijando demasiado en ella.
―No, Profesora, no la tengo.
―¿Y a qué se debe eso?
Theodore sólo se encoge de hombros como si nada y la observa fruncir el ceño con ojos despreocupados.
―Bueno, siento decirle que va a tener que venir aquí después de su última clase, Nott. No se marchará a su Sala Común hasta que no me entregue la redacción.
―Profesora ― llama otra alumna ― Yo tampoco he hecho la mía... ¿También tendré que quedarme después de las clases?
La mujer, a pesar de su tamaño y lo joven que es, al parecer se ha hecho respetar muy rápidamente. Recuerda, de forma macabra e irrisoria, a la propia Minerva McGonagall.
―Por supuesto, señorita Fleming. Todos los alumnos que no me entreguen su redacción deberán venir aquí después de las clases para escribirla y entregármela. Medio metro de pergamino más como castigo.
La mujer se da la vuelta y se dirige a su escritorio nuevamente para comenzar la clase. "El paso de la imagen en blanco y negro al color" escribe en la pizarra con eficiencia.
―¿Eres idiota?
Mira a Daphnee, sentada muy derecha a su lado, que lo apuñala con la mirada. Ojos verdes como las praderas que rodean el castillo. Brillantes como diamantes, llenos de ira, de asco, de derrota.
―¿Perdona?
―¿Por qué no has hecho la maldita redacción? Podría decirse que es prácticamente lo único que tenemos que hacer para aprobar la asignatura. Ya es una suerte que no tengan en cuenta que nunca hemos cursado esta asignatura para que podamos graduarnos, pero si no haces nada por aprobar no vas a conseguir nada, Theodore.
―No tienen en cuenta que no hemos cursado esto nunca porque nos obligan a cursarlo este año.
―Y por eso mismo deberías esforzarte aunque sea un poco y trabajar algo para poder pasar y olvidarnos de este año nefasto que nos espera.
La rubia saca otro pergamino y se pone a copiar todas las cosas que están escritas en la pizarra. Sí. Podría hacerle caso a Daphnee, sacar pluma, tintero y pergamino y ponerse a escribir como si de verdad le interesase todo esto. Pero lo único que le interesa es la mujer que tiene delante, a unos metros.
Aun así su atención se divide entre la profesora Schiller y la joven sentada a su lado. ¿Qué le ha pasado a Daphnee Greengrass? La valiente joven que se enfrentó a sangre de su sangre, a sus propios ideales por salvar a una familia ruinosa, destinada al fracaso. Ahora tiene una mansión destrozada, una hermana que (a ojos de todos) sigue siendo una cría malcriada y unos padres cobardes que confían en que su heredera los va a salvar de esto.
Si su padre estuviera vivo... ¿Esperaría lo mismo de él? ¿Esperaría que él, como su único heredero, limpiase el nombre del apellido Nott? ¿Después de todo lo que han hecho? Su padre, Christian Nott, sin duda ha sido el mortífago más mortífero de todos. Encargado de interrogar a todos los pobres infelices que han caído bajo sus garras, ha creado seres sin nombre, sin recuerdos, sin facciones incluso.
¿Theodore? Puede vivir con eso, porque no es él el que ha hecho todas esas cosas. Sí, su padre lo ha educado con silencio y violencia efímera (pero no por ello menos dolorosa) y lo ha entrenado para ser un digno miembro de las filas del Lord. Theo domina las maldiciones prohibidas con la misma soltura que los mortífagos más experimentados. Algunos dicen incluso que su Crucio es comparable con el de la misma Bellatrix Lestrange.
Decían que sólo necesitaba el mismo sadismo.
Podría decir, sin temor a equivocarse, de que su sadismo es mayor que el de la propia Lestrange. Su sadismo no tiene nada que ver con sangre, vísceras, gritos y llantos. A él lo que le estremece es el dolor emocional de los demás. El que ve en sus ojos tristes, en sus gestos cansados.
Quizás sea por eso que le fascina tanto la profesora Schiller.
Esa mujer ha debido vivir los mayores horrores de la guerra.
ººº
Septiembre, 15. Año 1998.
El pergamino intacto frente a ella parece burlarse de ella.
Suspira y se apoya contra el respaldo de su silla. Croockshanks está dormido en su cama, como siempre y el hurón anda curioseando entre sus libros. Lo escucha soltar un gritito para llamar su atención.
―¿Sí?
Al levantarse se da cuenta de que el hurón tiene una pata sobre el lomo de uno de sus libros. Hermione alza una ceja y se acerca con una pequeña sonrisa.
―¿Desea leer algo?
No espera ninguna señal y saca el libro sobre el que se ha apoyado Malfoy. Lo abre y lo coloca sobre la mesa para que el animalillo pueda hacerle compañía. Lo observa mientras este se acerca y se pone a olfatear la hoja antes de mirarla fijamente. Como si estuviera leyendo realmente.
Ni si quiera se ha fijado en qué libro le ha pedido, ya tiene tantos que a duras penas consigue diferenciarlos los unos de los otros. Vuelve a coger su pluma y se inclina sobre el pergamino, dispuesta a seguir con su trabajo para Herbología. De repente escucha algo desgarrarse.
―¿Que...?
Ve, horrorizada, las pequeñas garras del hurón creando gigantescos surcos en las páginas del libro.
―¡Hey! ― exclama Hermione levantándose de un salto, tirando la silla hacia atrás ― ¿¡Qué mierda cree que está haciendo!?
Agarra el libro y tira, pero una de las uñitas de Malfoy seguía agarrada en la página y al tirar escucha el lastimero y agudo grito del pobre bicho. Pero la ira se apodera de Hermione y es incapaz de pensar que le ha hecho daño a la criatura. Cierra el libro y levanta los brazos, como si quisiera estampar el objeto contra el hurón.
―¿Se cree que voy a aguantar esto, Señor Malfoy? ¿¡Cree de verdad que voy a permitir que destroce mi vida y, además, mis malditas pertenencias!? ¡Usted lo tiene todo, ¿verdad?! ¡No sabe lo que es perderlo todo!
Estampa el libro contra una pared, consciente de que la fuerza de su ataque de ira es comparable a la de que sus ataques de ansiedad. Cegada por la rabia, por un sentimiento que la oprime sin manos, se da la vuelta y se tira a la cama sin decir nada más.
Escucha, de fondo, el maullido angustiado de su gato y los lastimeros gemidos del hurón. Pero su pecho duele demasiado. Su dolor la oprime demasiado.
Esta noche duerme por fin.
ººº
Septiembre, 22. Año 1998.
La bañera, aunque es pequeña, se ha convertido en su nuevo rincón preferido de toda la casa. Básicamente porque es cuando lo dejan a su aire. El resto del día se lo pasa dormitando en una cama improvisada o, para su desgracia, en la habitación de Aqua.
La niña tiene el pelo color caramelo y unos ojos impresionantes. Le falta un diente y cada vez que dice una palabra con muchas eses se puede escuchar un silbido traspasar sus labios. Aún así su sonrisa es tierna e infantil a pesar de que sus ojos vagan por las estanterías y las habitaciones con anhelo y tristeza.
―Papá murió, ¿sabes?
Lucius abre un ojo y se remueve en su sitio. Cuando ve que la niña sigue concentrada con sus muñecas decide volver a dormirse.
―Se fue a la guerra porque el mundo mágico tenía problemas. Me dijo que un mago muy malo quería quitarnos nuestros derechos. A los que tenemos una mamá o un papá muggle, digo. ¡Incluso a aquellos que tienen ambos padres muggles!
Lucius abre los dos ojos esta vez y abre el pico. Suelta un pequeño graznido para hacerle saber cuánto le molesta que siga parloteando tanto pero es evidente que Aquarius no lo entiende en absoluto porque se lo toma como una invitación y se acerca a él llevando consigo una muñeca vestida de princesa.
―Hace unos meses vinieron unos señores. Uno de ellos tenía la piel oscura y llevaba un sombrerito muy gracioso que tenía los mismos colores que su túnica. Dijo que quería hablar con mamá, pero yo me escondí tras una esquina porque sabía que venían a decirnos cosas importantes y que mamá no me las iba a contar nunca.
Aquarius se acerca a él como para confiarle un secreto. Ve en sus ojos el terror, la fascinación macabra, la curiosidad propia de una cría que entiende el mundo de la sencilla manera que sólo lo niños pueden vislumbrar.
―Dijeron que Papá había luchado con honor y que había sido víctima de una terrible maldición. Mamá no preguntó qué maldición fue, pero el señor dijo que se fue en paz, luchando por mis derechos y los de muchos otros niños. Y que lo sentía mucho, mucho, mucho, mucho. Mamá me lo dijo unos días después, pero no me dijo lo de la maldición. Dijo que Papá había entregado su vida para salvarnos, que ese era el mayor sacrificio que nadie haría nunca por mí y que debía valorarlo. Luego me dijo que nos seguía queriendo.
¿Quién mató al padre de esta niña?
¿Fue él? ¿Bellatrix? ¿Cissa...?
Tuvieron que luchar en algún momento para poder marcharse de la batalla, sanos y salvos. Quien sabe cómo lo consiguieron, porque sólo recuerda oscuridad y gritos. Los recuerdos son confusos pero en calor de las manos de Narcissa sigue siendo algo latente en su piel a pesar de que ahora la cubren plumas de colores.
¿Cómo está ella? ¿Sabe lo que ha sido de él y de Draco? ¿La han avisado de que no puede ir a visitarlos a Azkaban? ¿Se molestaría si quiera en pensar en ir a visitarlo? Sólo la ha visto dos veces desde que lo encerraron, ambas visitas breves y concisas para tratar los asuntos de su divorcio.
―Mamá no quiere decirme quien mató a Papá ― reanuda Aquarius su relato ― Pero quiero saberlo. Ella dice que no necesito conocer su nombre porque hay que perdonar. Porque Dios es quien coloca las tragedias en nuestras vidas para que las superemos y seamos más fuertes. Dice que saber su nombre sólo haría crecer el odio y el resentimiento y eso me alejaría del camino del Señor.
Lucius no sabe quién es Dios. No sabe quién es su Señor. Sólo espera que no se parezca en absoluto al que fue el suyo hasta hace unos meses. Ahora que la tiene delante, tan cerca, se da cuenta de lo mucho que le recuerda a Draco.
La sonrisa ladeada, la nariz respingona. Piel pálida y un montón de venas recorriéndole las manitas que siempre están agarrando algo. Piernitas ligeras, estables y fuertes pero que todavía se pueden tambalear con torpeza si no tiene cuidado. Ríe a carcajadas. Habla sola. Juega sola. Está siempre pegada a su madre.
Pero son sus ojos, tan parecidos y tan diferentes a los de su hijo, los que le dan escalofríos. Porque esta niña habla de la muerte de su padre con serenidad, con paz, con tranquilidad. Con el aplomo de aquellos que la han asumido y dejado entrar en su interior. Como Draco.
Pero antes.
― ¿Aquarius? Es hora de ir a la cama, jovencita.
Clara entra en la habitación con paso tranquilo. La mujer la coge en brazos con algo de dificultad y la deja en la cama con cuidado.
―Oh, Aqua, eres ya tan grande. A penas puedo cargarte.
―Papá seguro que podría. ¡Era el más fuerte del mundo!
La sonrisa de la madre se vuelve triste y melancólica. Acaricia el cabello de la niña y le besa la frente. Entonces, como cada noche, cada una junta sus manos frente al pecho y agachan la cabeza.
―Señor, protege a mi angelito durante la noche y haz que sus sueños estén llenos de magia hermosa y colores para que despierte con una sonrisa a la mañana siguiente.
Clara abre los ojos y sonríe brevemente antes de volver a hablar, esta vez cogiéndole las manos a la niña. Y ambas hablan en un idioma que no controla demasiado pero que, está seguro, es español. No le sorprende, pocas mujeres en Inglaterra se llaman Clara y es evidente que esta mujer no tiene nada de anglosajona.
―Cuatro esquinitas tiene mi cama ― dicen ambas con las manos cogidas ― Cuatro angelitos que me la guardan...
Pero Lucius no escucha nada más porque se queda dormido, mecido por la voz tranquila de esta mujer tan triste y esta niña tan mayor.
ººº
Septiembre, 30. Año 1998.
Su hermana es una total estúpida. No se da cuenta de que ya no es una niña pequeña. No, no tiene la marca, como ella. No sabe lo que es perder a sus amigos ni saber que puedes morir en cualquier momento, pero ella también ha sufrido durante esta guerra. Ella también tiene derecho a opinar y a creer en lo que ella quiera.
Desgarra el sobre con dedos temblorosos y saca los pergaminos a toda prisa. Sólo son dos y además las líneas están muy espaciadas así que, en realidad, la carta de su madre podría ocupar únicamente una cara del primer pergamino.
Suspira. Pero no importa.
Ya no importa.
Daphnee, Astoria,
Aquí el cielo sigue siendo azul y las temperaturas no descienden de los veintidós grados. No puedo evitar preocuparme sabiendo que ahora mismo, en Escocia, debéis de estar a doce grados. Abrigaos bien, no querréis resfriaros cuando llegue el momento de examinaros.
Astoria querida, hace poco contacté con la señora Malfoy (aunque no debería seguir llamándola así teniendo en cuenta que se ha divorciado. Qué cosas, lo que hace la gente por poder regresar a cierta normalidad...) pero me ha sido prácticamente imposible mantener una correspondencia normal. Al parecer con la guerra la mujer ha olvidado lo que es tener modales porque suele tardar hasta dos semanas en contestarme y a veces sólo me manda un trozo de pergamino con una frase muy escueta.
¡Pero no te preocupes, niña mía, tu madre conseguirá a Draco Malfoy para ti!
He de marcharme.
Madre.
Como en todas las demás cartas anteriores
(las que guarda en el último cajón de su escritorio.
Todas ellas atadas en un taco gigantesco con una pequeña cuerda.
Todas ellas manoseadas de tantas veces que las ha abierto y leído una y otra vez).
Su madre no pregunta cómo están. Qué hacen. Cómo se encuentran o cual es la situación actual en Inglaterra. Sólo se dirige a Daphnee al inicio de las misivas pero luego no vuelve a decir nada más. Se pregunta si es que le manda otras cartas a su hermana mayor, más personales, más confidenciales. Cartas que tengan que ver con la situación que están viviendo ahora, arruinadas y tristes. Rodeadas de escombros y cuadros destrozados en es mansión que una vez fue terriblemente hermosa.
A Astoria a veces le gustaría que su hermana le confiara cosas. Sabe que la guerra es algo duro y que su hermana, aunque no lo parezca, es de las que peor lo pasaron en su momento. Le gustaría que Daphnee fuese algo más comunicativa, que le dijera cuáles son sus inquietudes, sus temores, sus planes.
Ella también es una Greengrass. Merece saber. Quiere ayudar a reconstruir la mansión, quiere ser un apoyo para esa rubia joven que una vez brilló con la fuerza del sol y ahora parece cubierta por gruesas nubes.
― ¿Debería decirle que ha llegado otra carta de Madre...?
Astoria se muerde los labios y decide que no, por ahora no es el momento de decirle nada a su hermana. No después de la discusión que han tenido esta mañana, desde luego.
"Ya no soy una cría" le ha gritado en la Sala Común ante de ir a desayunar. "No puedes protegerme para siempre. Tengo que vivir, tengo que saber. ¡He crecido!".Pero cuando se disponía a hacer una salida triunfal y orgullosa Daphnee la ha aniquilado con sus palabras.
"Si no fueses una niña entenderías la situación sin necesidad de que yo te la explique, Astoria" le ha dicho ella a lo que ha contestado que si Madre y Padre estuvieran en casa le dirían que la dejase en paz, que merece saber. "Mientras Padre y Madre estén por ahí siendo unos putos irresponsables de mierda, Astoria, estás a mi cargo. Y si te digo que no tienes por qué saber nada no vas a saber nada. Así que ya puedes marcharte a desayunar con la nariz bien en alto".
¡Es tan injusta, tan fría, tan déspota! ¿¡Qué ha sido de su amorosa hermana mayor que velaba por su seguridad y le confiaba sus secretos durante las noches de tormenta y los días soleados!?
¿¡Qué le está pasando al mundo!?
Ahora mismo mi vida es un desastre. lol
Feliz 2016, queridas, queridos, entes del averno que me leen.
No tengo gran cosa que decir, la verdad. Por cierto, si estan preocupadas por Flores para Narcissa sigan preocupadas porque no va a haber acutualización hasta dentro de un tiempo #sorrynotsorry.
Nada más que añadir, bbz.
Mucho amor.
