Harry Potter es de Jotaká Erre.
Recuerda que si quieres conocer la historia desde el punto de vista de Draco Malfoy y todas sus impresiones (así como la de otros personajes que serán mencionados pero desde cuyo punto de vista no se va a escribir en este fic) tienes que ir a leer Penitence de Aretha Atrahasis.
Vita
Bloque I ― Finis Gloriae Mundi.
III
En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días ― Sealtiel Alatriste
Septiembre, 12. Año 1998.
Coloca un libro en su bolso. También un cuaderno y un bolígrafo. Una botellita de gel desinfectante para las manos, crema hidratante, unos caramelos de menta y unas gafas de sol. Observa el contenido de su bolso durante unos segundos, como si necesitara meter más cosas dentro y acaba por agarrarlo finalmente sin introducir nada nuevo.
Se mira en el espejo en silencio. Observa detenidamente su atuendo (un jersey azul y unos vaqueros demasiado anchos. Sus zapatillas ya son viejas, pero se niega a tirarlas, y una chaqueta azul marino) y decide que va vestida de forma apropiada para visitar a sus padres.
Antes de marcharse se despide de Croockshanks con un abrazo que parece eterno y que se acaba rompiendo con el gato salta al suelo desde sus brazos. Lanza un maullido severo, como si la regañara por tratar de perder el tiempo y atrasar el momento de partida y ella suspira pesadamente. El señor Malfoy está dormido a estas horas, aunque ya esté bien entrada la mañana. Parece que todos los días son domingo para él a pesar de que hoy es jueves.
La bruja coge su varita y sale de la habitación sin volver a mirar atrás. A estas horas la gran mayoría del alumnado está en clase y otros muchos estan en los terrenos de la escuela. Aun así se las ingenia para toparse con el muy reducido grupo de Slytherin que está repitiendo su séptimo año. Ninguno le dedica una palabra, pero todos ellos asienten brevemente con la cabeza en señal de saludo. Ella lo devuelve con la misma sobriedad y continua su camino.
¿Cómo es ser un Slytherin hoy en día? Ya no están cubiertos de la gloria que parecía sempiterna. Ya no están parapetrados bajo los dogmas y los prejuicios. Cada uno de ellos ha visto y vivido un pedazo del horror y ahora se enfrentan, como todos, a las consecuencias de sus actos. A lo que es realmente una postguerra.
Hermione siempre ha disfrutado mucho de la historia, tanto muggle como mágica, y siempre se ha preguntado por qué se le dedican temarios completos a las guerras pero a penas unos pocos párrafos al después. Siempre se hablan de las reformas políticas, de los tratados, de las consecuencias económicas, de lo que ocurre con la población (estadísticamente hablando) pero nunca se dedica un pensamiento a las cosas que debieron de vivir las personas que sufren el hecho de haber sobrevivido.
Quizás simplemente debamos sentirnos agradecidos por haber sobrevivido piensa con amargura, la bilis subiendo por su garganta con sólo pensar en esa posibilidad. Quizás simplemente debamos seguir con nuestras vidas sin pensar en nada, olvidando todas las cosas que hemos hecho.
Pero Hermione no cree en el olvido. Cree en la redención, en la lucha encarnizada. Cree en los huérfanos de espíritu, en los que lo han perdido todo por tratar de ganar una miseria. Cree en la reconstrucción del mundo sobre nuevos cimientos aunque no pueda situarse en un mapa.
La puerta del despacho de McGonagall se abre después de anunciar la contraseña ("Lita Lorita") y las escaleras de piedra la invitan a pasar. El eco de sus pasos le recuerda que todavía no se han colgado todos los cuadros. Muchos quedaron destrozados durante la última batalla. Quemados, rotos, desgarrados. Otros tantos se han perdido. Muchos otros han pedido no ser colocados nuevamente en las paredes del castillo. No quieren ver más horror. No quieren enfrentarse a nada. La Dama Gorda ya no guarda la entrada a la Sala Común de Gryffindor, ahora es una joven hermosa pero de carácter agrio la que pide la contraseña.
―Oh, Señorita Granger, ya ha llegado.
McGonagall cierra sus cuadernos con tranquilidad y se levanta para recibir a su alumna.
―¿Puedo asumir que todo va perfectamente con el señor Malfoy?
―Sí, Profesora ― contesta Hermione con un encogimiento de hombros ― Pero no he venido para quejarme ni nada parecido.
―Veo por su atuendo que ya es hora de que se marche. ¿Sabe cuando volverá?
―Sólo estaré fuera unas horas.
―Activaré la Red Flu nuevamente dentro de cuatro horas, ¿es suficiente?
―Por supuesto.
Ambas brujas se despiden antes de que la más joven se interne dentro de la chimenea. Hermione agarra los polvos Flu con inusitada fuerza, le tiembla el puño unos segundos antes de abrir sus dedos y marcharse.
―¡Hospital mágico de San Mungo!
Minerva se queda parada en mitad de su densa alfombra, observando fijamente la humeante chimenea de la que acaba de desaparecer su alumna predilecta.
Es totalmente consciente de la agonía arrasadora que traspasa los ojos de Hermione Granger cada vez que da un paso pero ahora mismo acaba de ver algo todavía peor. La incertidumbre, desconcertante desconocimiento, pintada en las facciones de esta niña convertida en mujer.
Sabe que visitar a sus padres, ayudarles a recobrar la memoria, es algo que la joven bruja necesita y desea vehemente pero, sinceramente, Minerva opina que Hermione se está precipitando. Se vuelca en algo que podría tomar mucho más tiempo de que espera. Busca equilibrio en unas personas que no la recuerdan. Trata de encontrar alivio en el calor de unas personas que, quizás, ya ni si quiera existen.
―No te preocupes tanto por la señorita Granger, Minerva.
―¿Y cómo no voy a hacerlo, Albus? ― contesta la Directora sacudiendo la cabeza, apesadumbrada ― Cada vez que la miro a la cara me parece estar viendome a mí misma.
―Esa es una sensación de la que siempre me has hablado, amiga mía. La señorita Granger siempre ha sido, sin lugar a dudas, una versión joven y moderna de ti misma. Por eso siempre ha sido tu preferida. Aunque nunca podrá destronar a Potter.
―Potter era tu protegido.
McGonagall regresa a su mesa a fin de terminar con los papeleos y su taza de té, a punto de quedarse fría.
―Lo era, pero únicamente porque yo podía darle la información que necesitaba. Sin duda de haberla tenido tú lo habrías ayudado mucho más de lo que yo hice.
La anciana sonríe quedamente y observa las cartas que guarda al fondo de su cajón. Todas ellas son de sus alumnos pero debe reconocer que las de Potter siempre están algo más apartadas, una forma de reconocerlas más fácilmente.
Aparta los documentos con su brazo y coloca sobre la mesa un pergamino nuevo y un tintero sin estrenar. Quizás es hora de dedicarle unas pocas palabras al Niño Que Vivió.
ººº
El Hospital mágico de San Mungo huele a antiséptico y a hechizos protectores. Los pasillos son terriblemente blancos, te hacen sentir como si fueses una terrible mancha a erradicar. El ala en la que están sus padres es el Alade Psiquiatría, que abrieron cuando internaron a Frank y Alice Longbottom. Desgraciadamente no existe una parte específica para hechizos desmemorizadores tan potentes como el que ella misma empleó en su momento.
La sanadora Sullivan, una mujer muy eficiente a pesar de lo joven que es, es la encargada de cuidar de sus padres y de intentar encontrar un remedio al hechizo que los ha dejado sin la gran mayoría de sus recuerdos.
Hermione camina con paso tranquilo hacia la habitación 873, la que comparten Christine y Roger Granger. Cuando entra los encuentra sentados a cada lado de un tablero de ajedrez, ambos terriblemente concentrados. La saludan brevemente con una sonrisa y vuelven a su actividad sin volver a reparar en ella.
Hermione, con el corazón henchido de pena y alivio a la misma vez, se dedica a colocar bien las almohadas, revisar las tablas de sus padres (aunque no entiende demasiado lo que ocurre supone que si sus padres estuvieran enfermos la doctora se lo diría...) y recolocar las flores en el florero de la mesa que separa la cama de su madre de la de Alice Longbottom.
―¿Sabe cuándo podremos marcharnos? ― pregunta su madre con ese tono que sólo emplea cuando no conoce a la persona a la que se dirige ― No nos dicen nada de nada...
―Todavía no lo sé Señora Granger ― contesta la castaña con una tenue sonrisa, destrozada al ver que los ojos de su madre no son más que un vacío visceral ― Pero pronto lo sabremos.
―Eso espero ― contesta el hombre sin apartar sus ojos verdes del tablero ― Estoy harto de estar aquí para nada.
Hermione encaja el golpe como buenamente puede. Se sienta junto a ellos, pero sin invadir demasiado su espacio, y saca un libro de clase para repasar la lección que estarán dando hoy en Pociones y a la que no va a poder asistir.
¿Por qué viene?
¿Para qué visita a unos padres que no pueden ni recordar que una vez tuvieron una hija? ¿Por que se sienta a su lado, como una burda farsa de los recuerdos tiernos que ahora sólo ella ama, leyendo un libro? ¿La alivia realmente visitar a sus padres o sólo es una forma más de enmascarar su dolor?
Ir a buscarlos a Australia fue traumatizante. La embajada británica tuvo que hacerse cargo de todos los papeleos y crear nuevos recuerdos en la memoria de los Granger para que accedieran volver y, sobre todo, accedieran a ser internados en un hospital. Aunque teniendo en cuenta su estado (un constante vaivén de momentos de lucidez y silencios prolongados que pueden durar días) no fue una tarea demasiado ardua.
Lo que sí es difícil es presenciar su estado sabiendo cómo son (¿eran?) realmente.
―¿Cómo les va con sus compañeros de habitación?
―Hoy ha sido un mal día para ambos... Ayer estaban tan sociables, tan agradables. Alice me pidió que jugáramos a los naipes explosivos.
―Oh, es un juego muy divertido. ¿Jugó con ella?
―No. No me apetecía realmente. Aunque Roger estuvo hablando con Frank.
―Eso es lo que más me desconcierta ― comenta su padre alzando los ojos del tablero ― Puedes hablar con él de todas las fascinantes cosas que sabe hacer y conoce. Puede hablarte durante horas de su madre, de su hijo y luego, de repente, se convierte en un ente silencioso o una persona violenta y llorosa. Es terrible. Terrible.
Hermione no se hace a la idea de que estas personas que lo saben todo de ella ahora no puedan ni relacionarse con ella. Se le hace extraño el poder que tiene, el poder que la ha llevado a borrarse totalmente de la vida de estas personas. ¿Es excepcional la mente humana? ¿No debería de haber un vínculo irrompible entre su madre y ella? ¿O acaso también lo rompió...?
Cuando pasa una hora y media se levanta y se despide de sus padres. Ambos se levantan para agradecerle su visita y preguntarle lo de siempre: "¿Seguro que no te importa venir tan a menudo? Seguro que tus padres te necesitan". Ella no tiene el valor de decirles que es huérfana o de crear una excusa barata. Simplemente sonríe y se marcha. Camina un tramo del pasillo en completo silencio con los ojos fijos al frente a la zona de ascensores que la llevarán a la planta de aparición. Va a pasarse por Diagon Alley y a hacer algunas compras. Quizás se pase por el Londres muggle, la directora no activará la Red Flu hasta dentro de otra hora y media...
―¿Qué me está pasando...? ― murmura llevándose una mano a la sien ― ¿Qué...
―¿Señorita? ¿Está usted bien, necesita ayuda?
La enfermera la mira con ojos preocupados. Hermione sonríe brevemente y vuelve a ponerse derecha antes de contestarle que sólo se ha mareado momentáneamente. Acepta un vaso de agua para prevenir un desmayo o una bajada de tensión y se marcha a toda prisa antes de que la mujer pueda hacerle las temidas preguntas que le hacen siempre: "¿Por qué está aquí?", "¿Ha venido a visitar a alguien?", "¿No es usted Hermione Granger? ¡Oh, sí! ¡Sí que es usted, qué alegría conocerla por fin!".
No, no. No está preparada para ejercer de servicial heroína de guerra. No está en el momento adecuado para ser agradable con todo el mundo. No quiere firmar más autógrafos, no quiere hacerse más fotografías. No quiere volver a salir en la portada de El Profeta.
Está de duelo. Toda ella es duelo y confusión y desea que eso se respete aunque ni ella misma sea capaz de afrontar nada.
ººº
Septiembre, 15. Año 1998.
Su hermana siempre está pintando.
A Daphne siempre se le han dado bien las pinturas, sobre todo las acuarelas. Antes siempre pintaba por hobby, cuando tenía tiempo y le apetecía. Ahora lo hace todo el rato. Siempre lleva un cuaderno de dibujo y diferentes útiles con ella. Siempre está de humor para dibujar, para pintar... Pero nunca comparte sus obras cuando antes las exhibía con gran orgullo.
Parece que no queda prácticamente nada de esa hermana suya.
―Daph.
La rubia se da la vuelta brevemente y cierra el cuaderno con cuidado antes de colocarlo a su lado y darse la vuelta.
―¿Que?
Astoria frunce levemente el ceño y se sienta junto a su hermana mayor. ¿Estará bien compartir con ella sus impresiones? ¿Compartir con ella sus dudas...?
―Le he escrito a Draco ― anuncia la más joven, dudosa ― Pero todas mis cartas me han sido devueltas.
―¿Le has estado escribiendo a Draco Malfoy?
En la voz de su hermana encuentra incredulidad y dolor a la misma vez, pero no puede discernir qué puede ser lo que le provoca ambas emociones. Aún así preguntar no es una opción viable, Daphne se cerraría y necesita consultar algo con ella antes.
―Sí, pero como ya te he dicho todas mis cartas han sido devueltas. ¿Crees que no quiere hablar conmigo? ¿O acaso ya no está en Azkaban?
Su hermana la mira fijamente durante un momento muy largo.
Los ojos verdes de Daph son terriblemente claros y están enmarcados por unas pestañas muy negras, cosa extraña teniendo en cuenta lo pálido que es su cabello. Sus labios nunca están agrietados pero son de un rojo intenso, como si siempre los estuviera mordiendo (una forma de anular sus palabras, de retener sus emociones, una manera más de encerrarse en sí misma sin demostrar nada de lo que siente), como si siempre estuvieran llenos de sangre a punto de brotar. Y sus dedos han dejado de estar siempre impolutos porque últimamente siempre están manchados de pintura o restos de carboncillo.
―¿Dónde podría estar sino?
―¿Por qué Theo, tú y los demás os habéis librado de una sentencia pero él tiene que estar encerrado? ― pregunta entonces Astoria poniéndose en pie de repente ― ¿Por qué tú tuviste derecho a la redención y él no?
―¿Preferirías verme entre rejas, Astoria?
Daphne se levanta de golpe, su capa olvidada en el suelo, sobre el césped amarillento. Su hermana la encara, más alta que ella a pesar de que está descalza. Entre las hebras de su cabello se ha quedado enredada una brizna de hierba, de un verdor quebrado que se funde poco a poco con el rubio de su melena.
―A veces somos nuestro propio carcelero.
Daphne recoge sus útiles y se marcha en dirección al castillo dejando a su hermana atrás. Astoria observa la espalda de su hermana, la melena despeinada que vuela al rededor de su cabeza por culpa del viento intenso que comienza a levantarse. Observa lo encorvada que está.
Como si luchara contra algo para seguir avanzando.
ººº
Septiembre, 19. Año 1998.
Cumplir dieciocho años no se parece en nada a lo que esperaba.
No hay una fiesta. No hay unos padres orgullosos que hacen bromas sobre que ya puede apañárselas sola.
Sólo silencio.
No ha abierto las cortinas. Tampoco ha querido salir de la cama. Sólo observa la penumbra gris que la rodea. Sus libros apilados en una esquina, el tintero vacío y seco, unas cuantas velas que encendió anoche.
Sabe que dentro de poco todos sus amigos aparecerán con la intención de sacarla de la cama y hacerla reír. Es su cumpleaños después de todo. Pero Hermione no está de humor para celebrar. Ni si quiera sabe qué está celebrando.
¿Un año más en este mundo que ya no reconoce? ¿Está bien celebrar estar vivo cuando los muertos están en sus ataúdes desde hace tan poco? ¿Es correcto querer vivir cuando otros ni si quiera tienen la oportunidad de elegir...? Cuando les quitaron cualquier posible elección a golpe de varita...
Croockshanks maúlla desde su sitio a los pies de su cama y le clava las uñas en el tobillo, su peculiar forma de recordarle que, a pesar de que es Domingo, ya se le está haciendo tarde. Son sólo las nueve menos cuarto pero Hermione siempre ha sido una persona que gusta de aprovechar los días y suele levantarse a las ocho y cuarto.
Pero no hoy.
―Ahora no, Croock. Es mi cumpleaños, déjame ser una inútil aunque sea hoy.
Pero el animal no parece muy contento con su respuesta y decide clavarle las garras un poco más. Al ver que su ama no se mueve baja de la cama con cuidado y Hermione le pierde el rastro. Estúpidos animales silenciosos...
Justo entonces algo le cae encima, sobresaltandola.
―¡Croockshanks, no tiene gracia!
Pero no es el gato el que está encima de ella cuando la joven se incorpora y se destapa. El hurón la mira fijamente con sus ojillos brillantes. Una mirada llena de petulancia, arrogancia y molestia.
―¿Y usted qué quiere?
El hurón mira a un lado y vuelve a mirarla fijamente. Hermione mira hacia el mismo lado para encontrarse con los platos de sus dos peludos acompañante completamente vacíos. La joven suspira pesadamente y se levanta. Estira sus brazos hacia arriba y se cruje los dedos de los pies antes de echar a andar hacia su pequeña cocina improvisada.
―Siento haber estado remonoleando. Qué egoísta soy a veces. Se me ha olvidado por completo que vosotros también tenéis necesidades. Necesidades importantes, no como mis estupideces.
El gato la mira ladeando la cabeza y se enreda entre sus piernas para agradecerle el que se haya decidido a levantarse para alimentarlo. La joven bruja hace un gesto con la mano y descorre las cortinas para dejar la luz del sol pasar, acto seguido se abren las ventanas. El hurón lo observa todo en completo silencio.
―¿Impresionado? ― pregunta ella mientras coloca unos pocos arándanos en el plato del hurón, que corre hacia ahí para atiborrarse de su golosina preferida ― Estoy segura de que no se esperaba que una nacida de muggles podría hacer magia no verbal sin varita tan temprano.
El señor Malfoy para de masticar sus arándano y la mira fijamente. Un poco de la fruta se ha quedado pegada a sus bigotes y tiene todo el pelo que rodea su boquita teñida de rojo. Hermione se ríe y lo coge con cuidado al darse cuenta de que su compañero ha terminado su desayuno a una velocidad alarmante. Le limpia los bigotes con cuidado usando la manga de su pijama y luego lo coloca sobre su escritorio.
―Ya ve ― le comenta ella con las manos sobre las caderas ― La guerra puede sacar lo mejor de cada uno a veces. También lo peor ― añade de repente con los ojos vacíos, fijos en la pared frente a ella mientras sus brazos caen a cada lado de su cuerpo ― Sobre todo lo peor...
Los gritos se acumulan en el interior de su cabeza y las imágenes vuelven a agolparse frente a sus ojos.
Una niña llorando.
Charcos de sangre viscosa.
Una mujer sujetando el cadáver de su bebé.
Decenas de personas rebuscando en los contenedores de Diago Alley.
Una anciana proclamando el fin del mundo.
Harry Potter jugándose la vida por proteger un mundo que lo acogió como un héroe cuando no era más que un niño.
Albus Dumbledor, inerte y frío, en el césped de los terreno de Hogwarts.
Severus Snape recibiendo la mortal mordida de Nagini.
Luna Lovegood llorando mientras le cuenta que la han estado violando durante todo el tiempo que pasó en las mazmorras de Malfoy Hall.
Draco Malfoy, con la mirada perdida, su cuerpo rígido mientras el Lord Tenebroso lo aprieta entre sus pálidos brazos. Su expresión agria, sus labios fruncidos. El cabello sucio, lleno de polvo, su expresión crispada, deslucida...
―Draco Malfoy... ― murmura quedamente sin dejar de mirar a la pared fijamente ― Draco...
Las imágenes se vuelven borrosas, pero sigue viéndolo, esta vez durante el juicio a su familia. Puede ver el gris acero de sus ojos clavarse en ella, lleno de sentimientos encontrados. Puede ver ira y resentimiento pero también agradecimiento y un dolor que, presiente, es terriblemente profundo.
―¿Ha sabido algo de su hijo? ― pregunta sin mirarlo, sus ojos aún fijos en la pared ― ¿Ha podido hablarle antes de venir aquí...?
Pero no recibe ninguna respuesta. Sólo silencio. Suave y tenue silencio, tan frío como es cálida la luz que entra por las ventanas. Hermione siente tantas emociones en su interior que es como si la estuvieran recorriendo por dentro y por fuera. Acarician su piel, sus entrañas. Apuñalan su alma, sus recuerdos. Apoya sus manos en el escritorio y cierra los ojos para intentar controlarse cuando, repentinamente, escucha un golpe en la puerta de su dormitorio.
La joven Gryffindor se incorpora, confusa, y se acerca a la puerta con paso lento. Cuando abre la puerta Ginny la aparta gritando de alegría.
―¡Feliz cumpleaños! ― corean Luna y Neville con la pelirroja.
―Feliz cumpleaños, Hermione ― repite la rubia, su cabello recogido en una trenza interminable ― Qué bonito día hace. Oh, tienes la cabeza llena de dumplbangs, cuidado, se alimentan de la melancolía de los humanos. Deberías dormir con una bolsa de té bajo la almohada, eso los distraerá.
―Gracias, Luna...
La rubia le sonríe brillantemente y se acerca la ventana con pequeños y saltarines pasos. Neville se acerca a la castaña y le entrega un pequeño paquete.
―Le pedí a mi abuela que te comprara algo dado que no podremos ir a Hogsnead hasta dentro de un tiempecillo y no he podido salir de la escuela para nada que no fuese visitar a mis padres.
―¿Vas a San Mungo a menudo? ― pregunta Ginny mientras saca el pastel que ha traído de la enorme caja de cartón que cargaba bajo el brazo ― Antes sólo ibas en fechas señaladas.
―He decidido ir a visitarlos más a menudo, sí. Por ahora sólo voy dos veces al mes pero mañana hablaré con McGonagall para hacerle saber que quiero ir al menos una vez a la semana. No sé si eso les ayudará pero odiaría... Odiaría que les pasara algo y no haber estado todo el tiempo posible con ellos teniendo en cuenta que eso... Eso es algo que sí controlo.
Hermione le sonríe cariñosamente y coloca su mano sobre el hombro del joven. Ha cambiado tanto... El pequeño niño que no confiaba en sí mismo ha conseguido grandes cosas. Cosas que nadie creía posibles. Cosas de las que ni si quiera él se creía capaz.
―Vamos, Herms, dile a tu gato que se largue y sopla las velas, que quiero desayunar.
Hermione echa un vistazo por todo el cuarto, pero no hay rastro del hurón Malfoy. Se encoge de hombros ligeramente y se acerca a la pequeña mesa sobre la que se ha colocado el pastel.
―¿No es bonito, Croock? ― le pregunta con voz suave al gato que se ha acercado a husmear la tarta ― Mira qué esmero en la decoración.
Ginny rueda los ojos y enciende las velas con un toque de varita. Mientras le cantan la ridícula canción de siempre Hermione no separa sus ojos de la tarta cubierta de nata. "Feliz 18 cumpleaños, Herms" han escrito con nata teñida de rojo. Hay una pequeña caricatura de ella sujetando muchos libros en una esquina. Es una clara representación de lo que ya no es. Alegre, dedicada y plena.
ººº
Hermione es una persona que se agota emocionalmente con mucha facilidad. En el momento en el que hay mucha actividad y muchas personas a su al rededor suele necesitar mucha paz y mucha tranquilidad.
Por eso se escabulle de su propia fiesta de cumpleaños. Mete en una cesta unos pastelitos, unas pocas cervezas de mantequilla, un libro y decide marcharse a los terrenos para tener su propia y privada celebración. Se lleva con ella a los dos seres que más la mantienen cuerda últimamente (aunque en raras ocasiones: su gato y su (ya no tan) indeseado compañero de habitación.
El señor Malfoy lucha vehementemente para no ser metido en esa jaula, pero ella es más grande y más fuerte y consigue introducirlo en su interior. Lo escucha arañar los barrotes una y otra vez, furioso. Croock la sigue con paso tranquilo, sabedor de a dónde se dirigen y feliz por poder estirar las patas y explorar los terrenos. Sabe que su gato tiene esa necesidad, que tiene que explorar y hacer ejercicio físico, pero la guerra la ha cambiado, la ha convertido en un ser sobreprotector y egoista. No quiere separarse de su mascota, su gran compañía a la que quiere tanto, por miedo a que desaparezca y no lo vuelva a ver...
Se instala tranquilamente a las orillas del Lago Negro. Se descalza, coloca su capa en el suelo y saca su libro. El señor Malfoy da vueltas y vueltas en el interior de su jaula y Croockshanks comienza a corretear de un lado a otro persiguiendo los pájaros.
Hermione se dedica a leer durante gran parte de la tarde y justo cuando su estómago reclama atención escucha un alarido a su izquierda.
Cuando mira hacia allí se encuentra con Daphnee Greengrass, el pelo rubio recogido en una coleta y los ojos verdes soltando chispas mientras sus puños se aprietan cada vez más. El señor Malfoy, que hasta entonces ha estado dormitando, se levanta de repente, alarmado. Clava sus ojitos brillantes en la muchacha y no vuelve a despegarlos. Supone que, siendo ella amiga de su hijo, ha debido de pasar mucho tiempo en Malfoy Hall y el hombre siente aprecio por la joven.
—Pareces una fiera, Greengrass — comenta sin pararse a pensar en lo que está diciendo.
La rubia se da la vuelta de repente y se la queda mirando de forma indescifrable. Se le arruga la nariz de forma muy graciosa antes de contestarle.
—Pareces una muerta, Granger.
No, no se esperaba tamaña respuesta. Sabe que es verdad pero Daphnee Greengrass es la primera persona que se lo hace saber tan directamente. Es la primera persona que le dice la verdad a la cara. ¿No deberían ser sus amigos? ¿No deberían sus amigos dejarle claro lo horrible que está?
Se echa a reír porque la situación es kafkiana. Es total y absolutamente ridícula. Y como es ridícula decide alargarla más. Cierra el libro con cuidado y despega momentáneamente sus ojos de la rubia para rebuscar en su cesta.
—Hoy es mi cumpleaños. ¿Quieres sentarte conmigo y comer algo?
Le muestra los pastelitos de caramelo y limón con una sonrisa tierna. Su invitación no cae en oídos sordos, puede verlo. La joven arruga más la nariz todavía, el recelo pintado en toda su cara, y da un pequeño paso hacia atrás, entre sorprendida y dudosa.
—¿Por qué? — le pregunta — ¿Por qué me cuentas esto? ¿Por qué me invitas a comer de tu comida? No hay ninguna razón para que lo hagas.
Hermione siente deseos de decirle que en realidad sí hay motivos para hacerlo. Ambas están solas. Ambas están destrozadas. Ambas se están buscando nuevamente. "La guerra ha terminado" siente deseos de decirle. "Ha terminado y ya no tenemos que seguir luchando. Tenemos que aprender a perdonar y perdonarnos y demostrar que la vida sigue. Aunque a veces no queramos" quiere gritarle. Pero no dice nada de todo eso.
—Bueno... Tampoco hay una razón para que no lo haga, ¿no?
Cuando la mira a los ojos puede ver una expresión extraña en las facciones de la Slytherin. Abatida y derrotada, pero con un extraño e intenso brillo en sus ojos que es incapaz de reconocer. La ve acercarse lentamente a ella, le hace un hueco sobre su propia capa y le ofrece un botellín de cerveza de mantequilla recién abierto.
Se quedan las dos en completo silencio mirando al horizonte hasta que un pequeño chillido llama la atención de ambas. El hurón, todavía en su jaula, ha alargado una diminuta pata para dejarla sobre la falda plisada de Greengrass.
—Tienes mascotas muy extrañas, Granger — comenta la rubia sin apartar sus ojos de los del huroncillo, que la mira lastimeramente — Tu gato es enorme y feo y encierras a un hurón albino en una jaula.
—¿Qué puedo decir? — dice la castaña sin despegar sus ojos del señor Malfoy, enternecida por el gesto tierno del animalillo — Soy la Patrona de las Causas Perdidas.
ººº
Octubre, 8. Año 1998.
Engalanan la casa con globos, serpentinas, pancartas de colores y confeti. En la puerta han colgado un payaso que se mueve cuando tiras de una cuerda. Sobre la mesa hay montones de dulces y aperitivos. Zumos y bebidas gaseosas. En la nevera hay una tarta casera de nata y fresas que tiene la forma de una bruja muy guapa y sonriente. Tiene el cabello hecho de caramelo y sus ojos son dos golosinas de color azul. Lucius opina que es un despliegue muy poco elegante.
Cuando empiezan a llegar los invitados la casa se llena de críos y de madres felices. Aquarius recibe sus regalos, abrazos, felicitaciones y corre durante todo el día en el jardín. Aprovechan los últimos días de sol, los últimos días buenos, antes de aparezca el otoño londinense. Ese que parece durar eternidades y que desemboca en un invierno sempiterno que se te pega a la suela de los zapatos.
El pato lo observa todo desde un rincón. Ha conseguido librarse de la atención de todos los niños soltando un graznido amenazador. Sólo permite que Aqua se acerque a él pero porque sabe que únicamente ella podría mantenerlos a raya de verdad.
Observa detenidamente a los niños corretear y jugar felices hasta que escucha una conversación extraña a su lado.
—Mírala... Está tan desmejorada. No entiendo por qué no se marcha a su país. La niña conoce el idioma y podría adaptarse perfectamente.
—No seas tonta. Si se marcha a España no podrá cobrar con tanta facilidad el pago por viudedad.
—¿Cómo murió Phill? — susurra la mujer pelirroja que lleva demasiado maquillaje a la rubia de pelo grasiento y atuendo vulgar — No suelta prenda de lo que pasó.
—Jill dice que posiblemente fuese cáncer. Seguro que no dijeron nada para mantener la imagen de familia modelo.
—Maggie dice que lo vio marcharse durante la noche. Clara estaba muy enfadada, le gritaba cosas desde la puerta. Dice que le dijo algo así como "¡Vete! ¡Vete y lucha por lo que crees pero recuerda que tienes una hija que te necesita!". Luego, y esto no sé si creérmelo porque ya sabes cómo es Maggie, le dijo algo sobre jugar a ser un héroe.
—Quien sabe si fue así realmente. ¿Dónde estaba la niña en ese momento?
—Quien sabe. La pobre muchacha ha debido de ver auténticos horrores.
—Siempre me ha parecido que el matrimonio de esos dos era pura farsa. Nadie está casado más de cinco años y sigue amándose con tal intensidad. Por muy beata que sea no puede ser todo tan bueno...
Lucius se acerca a las dos cotillas y suelta un graznido furioso. Ambas mujeres se sobresaltan y se marchan a paso rápido sin despegar sus ojos del animal.
—No te preocupes por lo que dicen, Cuá. Esto es lo típico. No puedo decirles que mi marido ha muerto en combate, están seguras de que era contable en una empresa a las afuera de la ciudad. Y aunque pudiera contarlo no se lo diría. La muerte de Phill... La muerte de Phill es privada. Es algo que ocurrió porque el Señor así lo quiso. Y yo tengo que aceptarlo para que Aqua pueda asimilarlo mejor.
Lucius observa los ojos de la mujer. La observa detenidamente, consternado. ¿Es así como sobrevive su ex mujer? ¿Es así como ha decidido vivir Cissa? Apartándose brevemente del mundo para aceptar su dolor, su duelo, a fin de poder ayudar a otros?
¿Se quisieron ellos después de los seis primeros años de matrimonio? Claro que la quiso... La adoraba, de hecho. Era preciosa... Recuerda que se colaba en el dormitorio de su mujer a escondidas, a pesar de que ya estaban casados, para dormir con ella todas las noches. Al amanecer volvía a entrar en su cuarto antes de que apareciera su elfo doméstico para vestirle y a ella le trajeran el desayuno a la cama. Todo era perfecto, todo era maravilloso. Más lo fue cuando Draco llegó a sus vidas, pálido y rubio. De ojos grises e intensos. Un niño precioso que lo tendría todo en esta vida.
Toda la miseria y toda la carga de una culpa que nunca debió ser suya. Nunca debió ser repartida entre ellos.
Cuando la fiesta termina Clara recoge todo el estropicio del jardín mientras Aqua está en la bañera. Lucius la vigila desde la puerta porque siempre le ha dado miedo dejar a niños solos durante sus horas del baño por miedo a que pudiera pasar algo.
Antes de acostar a la niña, agotada y sonriente, Clara le hace entrega de un paquete alargado.
—Este es un regalo de Papá, Aqua. Me dijo, antes de marcharse, que debía dártela cuando fueses mayor, porque sabrías cuidarla.
Aqua desenvuelve el regalo y abre la caja con los ojos brillantes.
—¡Es el palo mágico! — exclama la niña, extasiada — ¡Es el palo mágico de Papi!
—Lo es.
—Pero Papi me dijo que yo tendría mi propio palo mágico cuando tuviese once años... ¿No era verdad? ¿Tendré que jugar con el suyo...?
—Cuando tengas once años iremos a por tu propia varita. Ahora eres mayor, Aqua, debes llamarlas por su nombre. Hasta entonces quiero que cuides de la de Papá. Seguro que puedes hacer cosas maravillosas con ella.
La madre le besa la frente tiernamente a la niña y ésta se duerme enseguida, agotada por tanto juego y alegría. Lucius se queda en la penumbra de la habitación, pero algo le dice que ha de bajar a la planta de abajo.
Cuando llega al salón se encuentra a Clara sentada en el suelo, rodeada de fotografías. A su lado hay un cenicero lleno de colillas y de sus labios cuelgan un cigarrillo y lamentos.
—Me la devolvieron el día en el que me lo contaron. Es lo único que quedó de él, al parecer...Es lo único que puedo darle a su hija — clava sus ojos en los del pato y Lucius no puede evitar pensar que la situación es patética — Es lo único que nos queda.
¡Por fin hemos podido actualizar! No sabéis lo contenta que estoy de por fin poder subir un nuevo cap de este proyecto. Últimamente me siento más cómoda con Vita que con Flores para Narcissa, pero es únicamente por el hecho de que en este fic nos centramos más en las emociones que en las acciones, que es algo que siempre se me va a dar mejor, ya ha quedado claro xDDD En todo caso vamos a volver al ritmo de actualización anterior: cada dos semanas tendréis capítulo de Penitence y Vita *heart*
¡Si ya habéis leído el cap de Penitence no dudéis en dejarme vuestras impresiones!
Y si no lo habéis hecho ¡corred!
Muchas gracias por vuestra paciencia y vuestro apoyo, siempre es maravilloso encontrar alertas de favoritos y nuevos seguidores en esta historia.
Miss Mantequilla.
