Harry Potter es de Jotaká Erre.
Recuerda que si quieres conocer la historia desde el punto de vista de Draco Malfoy y todas sus impresiones (así como la de otros personajes que serán mencionados pero desde cuyo punto de vista no se va a escribir en este fic) tienes que ir a leer Penitence de Aretha Atrahasis.
Vita
Bloque I ― Finis Gloriae Mundi.
IV
¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo? ― Cicerón
Septiembre, 23. Año 1998.
Llueve.
Lluvia inclemente que cae sobre el suelo de piedra. Un constante suicidio, una ruido breve e incansable que se repite una y otra vez. En sus oídos. En las calles. En sus recuerdos. En sus propias venas.
Llovía el día que mató a alguien por primera vez. Le temblaban las manos, le tembló la voz al pronunciar el hechizo, le temblaron los huesos al comprobar lo que acababa de hacer.
Eras tú o él había dicho Harry después de agarrarla del brazo para seguir corriendo. Tenían que huir, tenían que esconderse. No sabían si vendrían más carroñeros como aquel o si le había dado tiempo a delatar su posición. Hermione no debía pensar pero por alguna sádica razón no dejaba de hacerlo.
A pesar de que debía estar atenta al camino empedrado, a las posibles amenazas, lo único que veía era el cadáver golpeado por la lluvia.
Eso es lo que ve ahora. Frente a ella, a unos metros de las enormes puertas de madera que dan a los jardines, bajo la incansable y fría lluvia de Octubre. Un cuerpo inerte vestido de negro. Ojos hieráticos y vacíos que la miran desde lo más profundo de sus más negros recuerdos. Una visión tan clara que ni si quiera es capaz de saber si es una visión.
―Granger ― escucha en la lejanía una voz autoritaria ― ¿Sabes quien soy?
A pesar de que han hablado poco desde el día de su cumpleaños y que sólo se saludan en ciertas ocasiones siente que podría reconocer a Daphne Greengrass en cualquier parte del mundo. Cuando alza los ojos se da cuenta de que los tiene anegados de lágrimas y cuando va a hablar se da cuenta de que empieza a hiperventilar.
―Eres Daphne ― dice con la voz tomada ― Daphne Greengrass.
La rubia le arranca algo de entre los dedos rígidos y tira de su brazo libre. A partir de ese momento vuelve a sentirse como todas las veces que ha tenido que correr por su vida. Todo a su al rededor es un borrón mareante, incansable. Los sonidos se agolpan en sus oídos, no la dejan en paz.
Lluvia. Los gritos de Ronald. El Horrocrux colgado de su cuello una vez más. La risa de su madre y las bromas de su padre. El carroñero apuntándola con su varita. Avada Kedavra saliendo de sus labios. La muerte. El desasosiego. El terror. Las noches en vela.
―¡No quería hacerlo! ― grita de repente, presa de la agoniosa culpa ― ¡No quería hacerlo pero tuve que hacerlo! ¡Iba a matarnos! ¡A todos, a todos nosotros! ¡Yo no quería pero tuve y―
Los ojos verdes de Greengrass se clavan en los suyos. Fieros, opacos. Carentes de ilusiones pero decididos a seguir mirando hacia delante. Ve que la mujer está a punto de abrazarla pero Hermione se resiste. ¿Quien es ella para recibir consuelo? Ella, que ha matado cuando su deber era salvar vidas. Ella, que ha mancillado vidas al fallarle a cientos de personas. Ella, que por proteger a sus padres los ha perdido y, de paso, se ha perdido.
¿Qué consuelo hay para los que son como ella? ¿O acaso no hay nadie como ella...?
―Tranquilízate, vamos. Vamos, Grangerr, reacciona. Esta no eres tú.
La voz de Greengrass es tranquila a pesar de la fiereza de sus gestos al tratarla de detener los ataques de la Gryffindor. Se cuela en su canal auditivo, acalla los recuerdos y la lluvia cesa poco a poco.
Cuando detiene sus movimientos, cuando la histeria deja de estar presente en todo su cuerpo, se da cuenta de que estan las dos tiradas en el suelo en un aula que no ha visto jamás. Ahí, ambas escudadas tras la cortina de cabello rubio de la Slytherin se da cuenta de varias cosas: no sabe dónde está el señor Malfoy; Croockshanks acaba de maullar lastimosamente; los ojos de Daphne Greengrass están tan muertos como los suyos propios y eso la hace sentir menos sola.
ººº
Octubre, 5. Año 1998.
Las clases siguen avanzando. Las hojas se han empezado a caer. Los pasillos se llenan de aire cálido a fin de preservar a los habitantes del frío que ya ha anunciado su regreso. El señor Malfoy sigue siendo un hurón, ella sigue siendo una sombra de lo que fue y Daphne Greengrass es una constante cada vez más agradable en su vida. Comparten silencios y sonrisas cómplices en el aula vacía en la que tuvo su ataque de histeria hace dos semanas.
Hermione se para bajo el marco de la puerta y mira fijamente a la joven rubia al fondo del aula vacía que no parece haberse dado cuenta de que ha entrado. ¿Quien es realmente Daphne Greengrass? se pregunta la Gryffindor mientras se acerca con paso tranquilo a la mesa que la Slytherin y ella han comenzado a compartir.
La ventana da a los jardines pero los cristales están llenos de polvo y no dejan distinguir demasiado bien el exterior. A pesar de ello la luz que entra es lo bastante fuerte como para poder estudiar, dibujar o simplemente esperar.
Esperar.
Algo que Hermione hace a diario. Espera nuevas cartas que contestar. Espera buenas noticias de la sanadora de sus padres. Espera que sus ganas de salir adelante regresen. Espera la muerte, la desesperación, los recuerdos, la angustia. Espera otra profecía que ayudar a cumplir, otra persona a la que sanar. Espera el momento del día en el que pierde los papeles y la dignidad. Espera. Sólo espera.
―No pensaba que vinieras hoy ― escucha que comenta la rubia sin despegar sus ojos verdes de su pergamino ―. Normalmente estás en clase a esta hora.
―He decidido no ir a la clase de hoy.
Greengrass levanta la cabeza para mirarla. Puede ver que en su expresión no está la extrañeza que vería en sus amigos (que sentirían una mezcla de incredulidad y preocupación) sino una muda pregunta, una invitación silenciosa a hablar si así lo desea. Puede ver que no le interesa saber por qué está faltando a clase para resolver sus dudas, sino que trata de hacerle ver que, si así lo desea, puede confiarse a ella.
Hermione aprecia a Daphne Greengrass. Encuentra en su compañía una comprensión tierna que sólo ellas parecen poder sentir. Ve en sus miradas el mismo terror, la misma resignación. Y en sus dibujos, los que lleva con ella a todas horas, puede ver el desgarrador sentimiento de pérdida que la estrangula sin descanso. Pero a pesar de todo eso Hermione no encuentra el valor para abrirse, porque ni si quiera ella es capaz de darse respuestas. Ni si quiera ella sabe por qué ha decidido no ir a clase.
Así que sólo se encoge de hombros para restarle importancia a la situación y se sienta frente a su comapñera. La Slytherin no dice nada más, no la atosiga con preguntas. Acepta su muda respuesta como si le hubiese descrito con pelos y señales cada una de las razones que tiene para no ir a clase ahora. Cuando se fija en el pergamino de la rubia no puede evitar sentir más curiosidad aún hacia ella.
―¿Estás cursando Estudios Muggles?
―Sí. Tengo que hacer una redacción sobre las ― Daphne mira sus apuntes y entrecierra los ojos brevemente ― telenovelas.
―Oh, algunas son muy populares. He oído que la telenovelas latinas son las mejores.
―¿Por qué?
―Pues porque las historias son... Bueno. Estan llenas de tópicos y clichés. Hay mucho drama, muchas mentiras y traiciones. Cosas poco realistas. No creo que una mujer sea capaz de hacerse pasar por su hermana gemela para conquistar al hombre de su vida.
La rubia sonríe brevemente y se inclina un poco sobre la mesa para hablar en susuros con la castaña. Bjaa la voz, con la clara intención de contarle un secreto, a pesar de que están solas en la sala. Aún así Hermione se inclina para acercarse a Daphne y poderla escuchar.
―Quizás en Gryffindor sea absurdo pero en Slytherin hemos tenido de eso. Cuando estábamos en tercer curso una chica de séptimo se tomó una poción multijugos para hacerse pasar por su mejor amiga y así acostarse con su novio.
―¡No puede ser! ― exclama Hermione echándose para atrás ― ¡Pero eso es terrible!
―Fue terriblemente divertido. A día de hoy todavía se rememora la pelea de gatas entre ellas cuando la chica suplantada se enteró de todo. Fue magnífico.
―¿Qué pasó con ellas?
Greengrass se echa hacia atrás en su asiento y mira fijamente a Hermione con sus profundos y brillantes ojos verdes.
―No te creía por una cotilla, Granger.
La Gryffindor enrojece hasta la raíz del cabello y puede sentir hasta su cuello arder de vergüenza. Aparta la mirada y se vuelve a centrar en su tarea de Aritmancia con la esperanza de poder ocultar el sonrojo con su largo cabello.
―Sólo tengo curiosidad. Soy una persona curiosa.
―Curiosa con la vida de otras personas.
―No pongas palabras que no he dicho en mi boca ― contesta Hermione con el ceño levemente fruncido, sus mejillas todavía arreboladas ―. ¡No te rías!
La rubia suelta otra pequeña carcajada y suelta el aire con un suspirado "ay". Hermione la observa mirar su largo pergamino, lleno de notas y esquemas de colores. Daphne Greengrass parece igual de organizada que ella, puede que incluso mejor dado que Hermione no suele usar tintas de colores a fin de no perder el tiempo o distraerse. Cuando la rubia aparta sus cosas para coger el cuaderno de dibujo que siempre lleva consigo Hermione se acerca un poco más a la mesa.
―¿Llevas mucho tiempo dibujando?
―Cuando era niña mis padres vieron que dibujaba bastante bien y contrataron un profesor de pintura. Hago bocetos desde los seis años. Y pinto al óleo y con acuarelas desde los ocho. Podría decirse que llevo toda mi vida haciendo esto.
―No recuerdo haberte visto dibujar o pintar durante los años anteriores.
―Antes era un pasatiempo.
―Lo dices como si ahora fuese una obligación.
Greengrass se recoge la larga cabellera rubia en un moño descuidado, se remanga las mangas de la camisa blanca y se toma su tiempo para escoger el carboncillo con el que va a dibujar hoy.
Le contesta secamente trazando una línea negra sobre la página virgen.
―Puede que lo sea.
ººº
Octubre, 12. Año 1998.
El despacho de Merle Schiller está lleno de cachivaches extraños. Tiene una muñeca encerrada en una urna de cristal rodeada de hechizos protectores, una colección de calaveras de cristal en una estantería, montones de libros antiguos apilados sobre la mesa y decenas de plumas desperdigadas por todas partes, como si esperase tener que escribir estando junto a la ventana y luego tuviera que hacerlo nada más entrar en su despacho.
Merle Schiller tiene el despacho que tendría una persona despistada y creativa. Pero cuando la mira le parece que esta mujer sería incapaz de no crear nada que no sea ganas de arrancarle la ropa.
―Es usted el último en llegar. Me preguntaba si lo haría.
La profesora rebusca en sus cajones con intención de sacar una gruesa carpeta amarilla. Cuando lo hace empieza a rebuscar entre todos los pergaminos en su interior. Theodore tiene el privilegio de ver la nota de Daphne en uno de los pergaminos, un "Excelente" en su redacción sobre la programación televisa muggle. Él no entregó esa tarea, no estaba interesado.
―Soy una despistada, esto no es lo que estoy buscando... ― murmura la mujer con el ceño fruncido ―. Debería estar más atenta...
Schiller vuelve a meter la carpeta en su sitio y saca otra de color borgona. Sobre ella está escrito "PROYECTO DE SÉPTIMO CURSO / SLYTHERIN". Merle rebusca un poco y acaba sacando un pergamino de aspecto interminable.
―Bien, señor Nott. Apuesto a que si sigo mandando tareas no me las va a entregar jamás así que creo que esto le interesa. Este proyecto se entrega a final de curso y su calificación será el cincuenta por ciento de su nota final. Le sugiero que acuda a clase con regularidad y participe activamente si desea sacar un "Aceptable" aunque sea en mi asignatura.
―¿Sugiere que no voy a tener ni un "Aceptable" en las demás asignaturas?
A joven profesora abre mucho los ojos y enrojece brevemente levantando la mano en un extraño ademan.
―Lo que quiero decir, señor Nott, es que tendrá que esforzarse si quiere aprobar. O sea, no esforzarse, no es como si usted tuviera dificultades comparado con sus demás comapañeros. Lo que quiero decir es que quizás debería esforzarse más para poder llegar lejos. Y con esto no quiero decir que no vaya a conseguir nada en la vida. Lo que estoy intentando hacerle entender es q-
―La he entendido, profesora. Sé que no soy tonto. No tiene que excusarse, no tiene que preocuparse, no la he malintepretado. Agradezco que se involucre con sus alumnos.
La morena lo mira fijamente, inclinando su cabeza a un lado. La curiosidad sosegada claramente visible en sus facciones afiladas. Sus enormes ojos son más claros de lo que creía, un tono azulado en vez del cálido marrón que esperaba ver. Por alguna razón siente que ese color de ojos le sienta especialmente bien.
Pero lo que más disfruta en los ojos de su profesora es la ausencia total de brillo en ellos, la oscuridad de sus ojeras tapadas con un poco de maquillaje. Puede ver en ellos una oscuridad visceral y venenosa que amenaza con tragársela en cualquier momento. Trémulos y nerviosos, ojos que miran a todas partes a todas horas en busca de un rival, un enemigo, una amenaza.
―¿Cómo vivió usted la guerra, profesora Schiller?
La mujer se sobresalta ligeramente y frunce el ceño levemente cuando lo mira a la cara, pero puede ver la incomodidad que la recorre. Puede verla en la palidez de su cara, la tirantez de su cuello al estirarse, la rigidez de sus hombros cuando se endereza todavía más.
―Eso es algo personal, Nott. No creo que le agradase que yo le hiciera preguntas tan íntimas. ¿Le gustaría que le preguntase qué estuvo haciendo durante la guerra?
―Torturé a algunos alumnos. También recibí la Marca. Fui de los últimos en hacerlo, pero la mayoría de mis compañeros creen que la recibí poco tiempo después de Draco Malfoy.
―Y-Yo... ― la mujer cierra la boca durante unos segundos sin despegar sus ojos de los de él ― ¿Necesita hablar? ¿Necesita desahogarse con alguien? ¿Por eso ha acudido a mi y me está haciendo esas preguntas?
Theodore se encoge de hombros. A diferencia del resto de los habitantes del castillo no parece tener problema alguno a la hora de hablar de la guerra. No, no fue bonito. No fue agradable. No fue entrañable y no guarda recuerdos adorables del curso pasado. Pero tampoco siente la necesidad de ignorar las cosas que pasaron, las cosas que vivieron. Siente que tratar de olvidar los hechos ocurridos en Hogwarts (y fuera de la propia escuela) sería una falta de respeto. No, no una falta de respeto a los caídos y a sus familiares. Más bien una falta de respeto a la historia, a los hechos.
No le importa incomodar al mundo cuando menciona a personas que han muerto, tampoco se muerde la lengua cuando corrige a una persona que asegura que algo pasó hace dos años cuando en realidad sucedió el año pasado. No está dispuesto a callarse, a olvidar, a ignorar la verdad.
Así que no, no tiene la necesidad de desahogarse con su profesora. No ha acudido a ella para quitarse un peso de encima. Sólo desea conocer el peso de ella. El que la hace caminar despacio, el que hace que tenga miedo a ser malinterpretada por los demás, el que hace que tema herir a otros con sus palabras.
―Parece estar usted siempre alerta ― le dice, como si no hubiese escuchado las preguntas que le ha hecho Merle hace un momento ―. Y quizás hablar de ellos pueda ayudarle. No hablo demasiado, profesora, puedo escucharla.
―Se... Lo agradezco, Nott. Es usted muy amable. Pero en el cuerpo de aurores me prepararon para situaciones graves y puedo lidiar con todo esto.
―¿Puede?
Ella abre la boca nuevamente pero sus palabras se quedan atascadas en el fondo de su garganta. Como si hubiese olvidado cómo articular, cómo emitir sonido. Theodore se encoge brevemente de hombros y decide cambiar de tema radicalmente.
―¿Sobre qué debería hacer el proyecto para fin de curso?
―¿Qué...? Oh, sí. El proyecto, claro. Bueno, esta es la lista de temas sobre los que puede hacerlo. Hay un máximo de tres alumnos por tema, así que si ve que ya hay tres personas anotadas no podrá hacerlo sobre dicho tema. Deberá escoger.
"La medicina del siglo XX en Inglaterra" ya ha sido cogido por tres alumnos de Gryffindor así como "La Primera Guerra Mundial". Se fija en que Daphne Greengrass ha escogido "El Romanticismo: pintura y literatura". Podría coger ese tema, ninguno de los otros le interesan realmente y podría copiarse de la rubia si el tiempo se le echa encima. Echa un último vistazo por la lista. Pansy ha escogido "Las consecuencias de la bomba nuclear en Hiroshima y Nagasaki" y Blaise ha escogido "El crack del 29". Escribe su nombre junto al de su amiga y devuelve la pluma en su sitio.
―Romanticismo ― declara la profesora como si él no supiera qué temática ha escogido ― Un buen tema. Muy bonito. Si necesita ayuda u orientación no dude en venir. Mi horario de tutorías está en el tablón unto a la puerta, fuera.
―Me he dado cuenta de que su hora de tutoría coincide con mi clase de Herbología de los jueves y la profesora Sprout suele ser bastante estricta sobre la puntualidad en su clase.
―Puedo hacer un justificante para que no se meta en problemas.
―Este es mi primer año cursando esta asignatura, Profesora. Voy a necesitar mucha ayuda, igual que mis compañeros, aunque ellos por orgullo preferirán sacarse las castañas del fuego por sus propios medios. Seguramente acabaré todos los miercoles aquí para hacerle consultas y eso podría... Afectar mi rendimiento en Herbología. ¿Cree que podría ayudarme algún otro día?
Schiller lo mira fijamente mientras se muerde el labio. Su pintalabios rojo se queda adherido a uno de sus dientes pero desaparece en cuando pasa su lengua por encima. Parece ser un tic, algo que hace ya por mera costumbre puesto que la ha visto hacerlo incluso los días en los que sus labios no están pintados.
―Sólo podría darle tutorías extra los lunes a primera hora de la mañana.
―Maravilloso, mi primera clase de los lunes no empieza hasta las once, con usted.
―Oh... Bueno, pues entonces aclarado. Cuando necesite una tutoría extra hagamelo saber con una nota en caso de que no pueda encontrarme.
Theodore asiente y se levanta para despedirse de su profesora. Ella sacude brevemente la mano y vuelve a concentrarse en un cachivache extraño lleno de botones que tiene sobre su mesa.
―Ah, profesora.
―¿Sí?
―Quizás el departamento de aurores la haya preparado para enfrentarse al enemigo durante una guerra. Pero si siente deseos de saber cómo enfrentarse a sí misma después de la guerra no dude en hacérmelo saber.
No espera a escuchar ninguna respuesta, se marcha nada más terminar la frase. No espera que ella vaya detrás de él, muy seguramente Merle Schiller acabará actuando como si nunca hubiesen tenido la extraña conversación de antes. Pero a Theodore le gusta tener todas las puertas y ventanas abiertas, no se conforma con una sola posibilidad.
Sabe que relacionarse (más bien, por ahora, pretender relacionarse) con su profesora podría ser un escándalo terrible y podría meterla en un lío muy grande pero dentro de él está naciendo esa extraña satisfacción que sólo siente cuando se sabe poderoso ante alguien.
Cuando gira la esquina se encuentra de frente con Luna Lovegood. Pequña y diminuta Luna Lovegood, de ojos brillantes y pelo interminable.
―Hola, Theodore Nott ― saluda ella cortesmente con una sonrisa antes de marcharse escaleras arriba.
―Lovegood ― contesta él sin perderla de vista.
Dicen las malas lenguas que Luna Lovegood, la pequeña Lunática, fue capaz de matar a un hombre durante la batalla final. Dicen que no puede tener hijos porque después de violarla reiteradas veces le acabaron extrayendo la matriz. Dicen que bajo su exterior de niña dulce esconde un monstruo sanguinario sin piedad. Dicen que es peligrosa, que es temible. Que si Harry Potter la acepta a su lado debe de ser porque es una gran luchadora y todas las grandes luchadoras son sangrientas y sádicas.
Theodore no se cree ni la mitad de los rumores sobre Lunática Lovegood. Cuando la mira sólo ve a una chiquilla rota, una más de todas las personas que tratan de seguir con sus vidas a pesar de que ya no tienen ganas de hacerlo.
Puede que la violaran, pero extraerle la matriz no es una práctica típica de los mortífagos. Si lo hubiesen hecho ya estaría muerta porque duda que hubiesen dejado a un medimago llevar a cabo la operación y habría acabado desangrada.
Puede que sea una gran luchadora. Pasó mucho tiempo entrenando bajo el mismo Potter y recuerda que siempre ha destacado en las clases de Encantamiento.
Sí, algunas de las cosas que se dicen de Luna Lovegood podrían ser verdad. Lo que no creería jamás, ni aunque le diesen pruebas, es que ella pudiera matar a un hombre.
Ni si quiera la ha incluido en la lista de posibles sospechosos. ¿Quien mató a su padre, quien lo venció? Sabe que fue un alumno pero no sabe cuál. Y no, no ha hecho una lista de sospechosos con el fin de vengar la muerte de su progenitor. Para Theodore la ira y la venganza, a pesar de ser deseos y emociones intrínsecas y fascinantes, son una total pérdida de tiempo. Su padre ahora está en un lugar mejor, o eso le estuvieron diciendo después de que lo enterrara, y no tiene intención de vivir con su memoria atada a los tobillos como una cadena.
Memento Mori decía su padre siempre. Memento Mori se repite él mismo.
ººº
Octubre, 16. Año 1998.
La puerta está abierta. Está tan abierta que por un momento piensa que es una alucinación. Es su oportunidad.
Es la oportunidad.
Lucius Malfoy, todo lo orgullosamente que se puede desplazar siendo un pato, alza su (más que de costumbre) largo cuello, fija sus ojitos negros en lo que poco que puede ver del exterior y avanza. Pasito a pasito.
Pasito.
A pasito.
Evidentemente se está aprovechando la situación. Se va a meter en un buen lío. Es evidente que la pobre mujer muggle se ha dejado la puerta abierta para seguir metiendo sus compras en la casa. Es evidente que no debería aprovecharse de eso. Que debería tener más conciencia. Esto podría tener más represalias.
Pero hay algo dentro de él que le dice que tiene algo que hacer. Es como si alguien lo estuviera llamando desde muy lejos, y aunque no entiende el mensaje que le gritan, sí sabe que es importante. Y como el (desgraciado) pato que es Lucius Malfoy le hace caso a su instinto.
Aqua y su madre viven en un barrio bastante normal. Para Lucius es sucio, feo, con poca clase y pobre. Típico de los muggles. Sigue caminando por el caminito que atraviesa el jardín delantero, al que nunca le dejan ir porque "Para eso está el de atrás, Cuá", y llega a la reja negra que lo separa de la calle. Este es su momento. Todo ca sobre ruedas. Bate sus alas y salta tropemente. Pero sus patas son palmeadas, no están diseñadas para agarrar cosas, (ni si quiera cree que estén pensadas para caminar dado el ridículo balanceo de su trasero con cada paso que da.) sólo para nadar. Así que Lucius Malfoy, siempre tan pulcro y elegante siendo humano, ahora se ve encaramado a una vaya de acero pintado de negro, sacudiendo sus alas de un lado a otro, tratando de mantener el equilibrio.
Equilibrio que no recupera.
―He hecho muchas cosas malas. ¿Pero tantas he hecho para merecer esto...? ― se pregunta el hombre mientras sacude todo su cuerpo ― ¿Adónde me voy ahora que he salido?
Lucius mira de un lado a otro la calle desierta. Todas las casas parecer vacías, excepto por la anciana de la casa de rosa a unos metros, asomada a su ventana, como siempre. La mujer lo mira con una expresión disgustada, se aparta un momento de su ventana y regresa a lo pocos segundos con un extraño aparato pegado a la oreja. Lo señala con su arrugado dedo como si le estuviera hablando a él y no a ese extraño artilugio.
Lucius decide ignorarla. Es lo que haría cualquier pato cuerdo.
Se pone a caminar hacia su izquierda. Podría echar a volar pero no está seguro de poder hacerlo a altitudes muy elevadas y prefiere desentumecer sus patas y explorar un poco. Si lo han llevado a una casa muggle será porque tiene que aprender cosas sobre los muggles. ¡Pero no puede aprenderlo todo metido en esa casa eternamente! ¡Algo tendrá que hacer! ¡Se aburre!
Pero sus diatribas se ven interrumpidas cuando una máquina, que sin duda circula a la velocidad del Expresso de Hogwarts, pasa a su lado.
Lucius sacude las alas, suelta unos cuantos graznidos encorelizados y pierde unas pocas plumas. ¡Qué bestias estos muggles! ¡¿Para qué quieren esos cacharros?! ¡Encima huele fatal!
―¿Qué pasa, colega? ¿Es la primera vez que ves ese modelo?
El pato se da la vuelta y se encuentra de frente con un par de perros callejeros que lo miran fijamente. El que parece haber hablado es sin duda un macho, su acompañante es una hembra y parece esperar crías.
―¿Se ha perdido usted? ― pregunta la hembra, que sin duda parece ser muy joven ― Soy Perla y este es mi compañero Visir. Podemos acompañarle hasta el parque más próximo.
Lucius no sabía que podía comunicarse con otros animales. Ni si quiera era consciente de que podía comunicarse en algún momento de toda esta odisea. Se queda mirando a Perla y a Visir fijamente sin saber muy bien qué decir. ¿Le han ladrado? ¿Tiene que soltar uno de sus terribles graznidos...?
―No es necesario que me acompañen, gracias. Sólo con indicarme la dirección será suficiente. No deseo cansarla, cuando mi muj- mi compañera estuvo a punto de... Poner sus huevos... Estaba muy cansada siempre y la veo a usted muy... Voluminosa.
―Oiga sin faltar, señor plumas. Que mi Perla no le ha hablado mal.
―No me ha dicho nada malo, cariño.
―Te ha llamado gorda.
―Es que estoy gorda. Vete tu a saber cuantas crías tengo. Tu vienes de una camada de doce y yo de una camada de dieciséis. Lo mismo tengo veinte cachorros aquí metidos. ¿Usted cuantos hermanos tiene, señor Pato?
―No me gustaría incomodarles con este tema ― contesta Lucius escuetamente pero manteniendo toda la educación de la que es capaz ― No me hablo con ellos.
Porque no tiene hermanos con los que hablar, básicamente. Su madre habría querido más hijos pero Malfoy sólo puede haber uno por matrimonio: varón y puro. Y, a ser posible, más rubio que el sol.
―Vaya, qué lástima... Yo estuve viviendo un tiempo con mi madre y mis hermanos, pero entonces me adoptaron y no los he vuelto a ver.
―Eso que te ahorras ― contesta Visir dejando su trasero sobre la acera, mirando el cielo con aire aburrido ― A mi me adoptaron con mis dos hermanos mayores. A penas me llevo unos minutos con ellos, pero siempre les ha encantado recordarme que soy el pequeño.
―Pero si los adoras.
―¡Intentaron montarte!
―Son cosas del instinto, cielo.
Lucius decide que la conversación ya es incómoda. Lleva siéndolo desde hace un rato, en realidad, pero ha decidido que este es el punto en el que no puede soportarlo más. Así que les pregunta si le pueden decir dónde está el parque. La pareja de canes se lo indican moviendo sus rabos de un lado a otro y se marchan tranquilamente con paso lento.
Lucius sigue su camino. Se mantiene alejado del borde de la acera y se dedica a curiosear por los escaparates de las tiendas del barrio. Una mercería (llena de ancianas), una pastelería (también llena de ancianas), un kiosko donde venden revistas (vaya. También con muchas ancianas) y finalmente el parque (a rebosar de ancianos y ancianas).
En definitiva Lucius Malfoy llega a la conclusión de que a esta hora (salió de casa a las diez de la mañana) los muggles más jóvenes deben de estar trabajando o haciendo lo que sea que hagan mientras sus ancianos disfrutan de la jubilación. Se sorprende al pensar que es exactamente lo que ocurre en el mundo mágico.
El pato traspasa las enormes rejas del parque y se adentra en el infinito verdor y el relajante silencio. Se acerca a un grupo de señores que juegan al dominó. A Lucius esto le recuerda los últimos días de vida de su padre.
Abraxas siempre había sido un hombre fuerte y de convicciones aún más fuertes. Un orgulloso hombre proveniente de una orgullosa familia y orgulloso abuelo de la próxima y enorgullecedora generación futura.
Abraxas Malfoy era frío en sus ademanes y palabras pero también sabía demostrar su cariño cuando era necesario. Y con su nieto siempre parecía ser necesario serlo. Le traía juguetes, le contaba historias extrañas, lo tenía en brazos a todas horas.
Y una de las cosas de las que más disfrutaba era, precisamente, enseñarle a Draco a jugar al dominó mágico. Ese cuyas fichas cambian constantemente si no tienes cuidado. Un juego sencillo ante ojos necios, pero que en realidad requiere de estrategia y tranquilidad. "Como el ajedrez" solía decir el viejo Abraxas todas las veces que le enseñaba a su nieto a jugar.
―El lago está del otro lado.
Lucius mira a su izquierda. Una ardilla lo mira curiosamente.
―Sólo estoy observando la partida.
―Los humanos son aburridos. Vete al lago, están preparando la migración.
La migración.
Al escuchar esa palabra un extraño sentimiento se apodera de Lucius, quien decide seguir las indicaciones de los diferentes cartelitos que lo llevan hasta el lago. Un lago precioso donde, sin duda, abundan la vida y la alegría. Peces, tortugas, ranas y patos. Muchísimos patos.
―¡Pero bueno, un recién llegado! ¡Bienvenido, tío!
Lucius se ve repentinamente rodeado por otros miembros de su especie. Sacuden sus colitas y parecen contentos de verle. Con sus andares balanceados lo acaban llevando hasta la orilla del lago. El agua está fresca, pero es maravillosamente reconfortante. Ver un espacio tan amplio frente a él le resulta indescriptible. No hay paredes ni un molesto grifo con el que tiene que tener cuidado porque cuando se despista siempre se da un golpe con él en la cabeza.
Sacude sus patas palmeadas y se lanza al agua sin pensárselo dos veces. Las corrientes le hacen cosquillas en la barriga, la brisa lo reconforta, los sonidos de otros animales a su al rededor, aunque sean ajenos a él, lo tranquilizan. Como si algo muy antiguo estuviese renaciendo en su interior. Es reconfortante.
―Nunca te he visto por aquí. ¿Quien eres?
El pato que le habla parece amigable, ojitos brillantes y oscuros que lo miran con curiosidad.
―Soy nuevo en el vecindario.
―¿Ah...? ¿Has venido con otro grupo? ¡Hey, Larry! ¿¡Sabes si ha venido un grupo nuevo!?
Un pato rechoncho se acerca a ellos nadando con tranquilidad. Parece más viejo que los demás patos. Cuando lo tiene delante la expresión de Larry parece mucho más amigable, aunque ligeramente desconfiada.
―No tenía idea de que hubiesen llegado nuevos patos. ¿De donde venís, Cambridge?
―Um, no... ― murmura Lucius mirando a su derecha, donde aparece un nuevo pato, mucho más viejo que los demás ― Me han adoptado.
―¿Que te han adoptado...? ¡Tío..! ¡Vives con humanos...!
Todos los patos se quedan muy callados, sólo sus patitas palmeadas hacen ruido bajo el agua. Comienzan a nadar a su al rededor sin perderlo de vista. Lucius se siente como un hombre rodeado de caníbales.
―Sí. Vivo con humanos a unas calles. Hoy he salido a explorar el vecindario.
―Ostia puta, ¡qué fuerte! ― exclama un pato joven que recibe un alazo en la nuca por parte de un pato más mayor ― Pero si los humanos son... Son el cáncer del mundo, tío. ¿Cómo te dejas adoptar?
―¿Y qué otra cosa iba a hacer? Me acogieron y ya está.
―¿Pero tienes donde nadar? ¿Te dan de comer?
―Si no me dieran de comer estaría muerto ― contesta con simpleza a la pregunta del primer pato que le ha hablado y cuyo nombre desconoce ― Hay una bañera en la casa, nado ahí.
Todos los patos comienzan a murmurar un sinfín de palabras. Lucius sólo consigue entender "Maltratadores", "violadores del orden natural" y "asesinos".
―A mi prima Laurence, Madre Tierra la tenga en su gloria, le pegaron un tiro en el cuello mientras sobrevolábamos un campo de cebada. Sí, sí, te lo juro. Vi cómo la atravesaba de lado a lado y luego se desplomaba. No pudimos hacer nada.
El pato que está contando su trágica historia se sumerge bajo el agua, cuando sale se sacude para deshacerse de las gotas que le caen sobre los ojos.
―Yo estuve a punto de palmarla también ― comenta otro pato ― Unos bárbaros, os digo. Esos humanos no respetan nada. Tienen domesticados a los gatos y a los perros. Los gatos todavía conservan la dignidad pero los perros... Valientes inútiles... No se dan cuenta de que han perdido la libertad por completo.
―Hace ya varias generaciones, antes de que tú rompieras el cascarón ― dice el pato anciano mirando al pato más joven ― me encontré con un grupo que venía de la lejana China.
Todo el grupo asiente a las palabras del pato viejo. Parecen respetarlo mucho, esperan con impaciencia sus próximas palabras. A Lucius le importa un bledo, pero por respeto al anciano decide quedarse y escuchar la historia.
―Nos dijeron que habían emigrado allí por las corrientes, en fin, no quiero aburriros, mucho etecnicismo aereo. Con todo esto quiero deciros que ellos viajaron a China mientras nosotros pensábamos ir donde siempre. Nos hablaron de la lejana Asia y allí... Allí comen algo que les encanta. Pato a la Pekinesa lo llaman. En Francia atiborran a nuestros hermanos, les obligan a comer sin descanso para luego hacer Foie gras. A nosotros los patos siempre se nos ha cazado por nuestra carne tierna y la variedad de formas de cocinarnos. El hombre, desde que descubrió el fuego, ha olvidado el valor que tienen las vidas de otros seres.
―Pero Abuelo Ceis ― interrumpe el más joven ― El hombre siempre ha cazado. Incluso antes de descubrir el fuego.
El pato anciano mira al más joven con expresión sorprendida.
―¿Quien te ha dicho eso?
―La tía Pat.
―Dile a la tía Pat que cierre el pico, que cuando quiero que me diga dónde está el Oeste bien que no dice nada pero para dejarme en vergüenza sí que habla.
―Abuelo, jubílese ya.
A Lucius le parece estar viviendo otra de las tantas cenas familiares.
ººº
[…] y qué más podría haberle dicho? Así que siento mucho si esta carta está manchada o hay muchos borrones, Teddy está lleno de energía a pesar de lo pequeño que es.
El otro día fui a visitarlo, ¿sabías que la señora Malfoy se ha mudado a casa de Andrómeda? Las primeras veces me pareció muy extraño tenerla ahí, cara a cara, pero ya me voy acostumbrando.
Trata muy bien a Teddy, se nota que lo quiere mucho.
Narcissa Malfoy (aunque ahora que está divorciada lo mismo debería llamarla Black...) es una mujer muy extraña. Andrómeda me ha contado que cuando eran niñas era la más seria de todas las hermanas y que siempre ha tenido un gran sentido del deber.
No me puedo imaginar a esa mujer riendo, de todas formas.
Bueno, me llevo a Teddy al parque, cuidate.
Te quiero, Harry.
ººº
Herms,
Siento haber tardado tanto en contestar a tu última (y muy corta, por cierto) carta pero ahora mismo las cosas en la tienda son todo un caos. George sigue igual que la última vez que te hablé de él, pero Mamá dice que ha mejorado bastante. No sé muy bien qué decirle respecto a eso, supongo que necesita autoengañarse a veces.
Diagon Alley ya ha abiertos sus puertas finalmente. Ha costado mucho limpiar las calles y volver a dejar las tiendas con buen aspecto pero desde hace unos días la gente está más relajada y disfruta haciendo sus compras.
Han arreglado el techo de Gringotts.
También la tienda de Ollivanders ha abiertos sus puertas. Y hay un par de negocios nuevos. Ayer fui a presentarme a una de esas tiendas, una de juguetes mágicos. La chica que atendía me recordó mucho a ti. Tenéis el mismo pelo desordenado.
Oye, igual tienes parientes mágicos y no lo sabes. ¿Te imaginas?
Bueno, te dejo. Tengo gente entrando en la tienda.
Cuidate,
Ron.
ººº
Octubre, 21. Año 1998.
La carta de Harry está llena de manchas aceitosas. Probablemente comida que Teddy se ha dedicado a lanzar por todas partes mientras su padrino la redactaba.
La de Ron... Es igual de evasiva e incongruente que las dos anteriores. Es con quien menos se cartea. Es el que más tarda en contestar a sus misivas. Entiende que tiene muchas cosas que hacer, que sus responsabilidades ahora son mayores... Pero no puede evitar sentir que todo está pasando por otra cosa.
Estúpido beso... Estúpida relación destinada al fracaso...
Hermione guarda ambas cartas en un cajón y se reclina en su asiento. Le duele la cabeza nuevamente y siente que un montón de ideas se están agolpando tras sus párpados.
Su relación con Ronald... Bueno. Era algo que ambos deseaban fervientemente antes de la guerra, y aunque después de ésta seguían queriendo tener ese tipo de relación se dieron cuenta demasiado tarde de que ya no eran las mismas personas. Demasiado callados, tacitrunos, fríos, controladores, paranoicos. Los ataques de ansiedad de Hermione frustraban a Ronald. El silencio del propio Ronald era enfermizo para los oídos de Hermione.
Ávidos por conseguir algo de normalidad, deseosos de conseguir un pedazo de la antigua realidad que vivieron antes de la guerra, se enfrascaron en una relación condenada al fracaso. ¿Qué podían hacer...? Era lo que el mundo esperaba. Harry Potter y Ginevra Weasley unidos para toda la eternidad y los mejores amigos del héroe compartiendo una vida feliz llena de confidencias.
¿Confidencias?
Rencor y dolor. Podredumbre recorriendo sus mentes y sus cuerpos a todas horas. Silencios envenenados, roces incómodos. Un beso que compartieron bajo la adrenalina. Doce besos entregados en tres meses de relación, todos ellos incómodos e inciertos.
¿Qué puede decir Hermione Granger de su relación con Ronald Weasley?
Que una gran y visceral nada.
―Señor Malfoy ― gira un poco la cara hacia el hurón, acomodado sobre su escritorio ― ¿Usted pensó alguna vez que la Primera Guerra afectaría su relación con su mujer? ¿Pensó alguna vez...? ¿Pensaron que estaban destinados a fracasar y a divorciarse después de esta guerra?
El hurón gira un poco la cabeza. La pregunta es terriblemente insensata y personal. Pero el animal no dice nada, sólo se queda muy quieto. Hermione alza la mano y coloca un par de dedos sobre la cabeza del animalillo para acariciarlo entre las orejas.
―¿Qué cree que pensaría su hijo al saber que la relación que más deseaba se fue al garete porqe no fui lo bastante buena?
ººº
Ocubre, 25. Año 1998.
―Espero una explicación sensata y congruente. Jamás, en todos mis años en la enseñanza, he visto una pelea de tal magnitud.
Uno de los alumnos se encoge de hombros, aturdido. El otro levanta todavía más la barbilla, desafiante. Le parece increíble que el alumno atacado sea uno de Slytherin. Más sorprendente es que el atacante sea Ravenclaw.
A Minerva McGonagall nunca le han gustado los estereotipos. Nunca ha creído que el nombre de una casa de Hogwarts determina la personalidad de quienes la integran. Pero no puede evitar estar apabullada por la situación. Trastocada por lo que ha presenciado en uno de los pasillos de la vieja escuela.
―Yo diría que ha podido ver cosas peores, Directora McGonagall.
―Terence, ¿tiene algo que decir en su defensa? ― contesta la Directora ignorando al alumno de Ravenclaw ― ¿Puede justificar su ataque hacia el alumno Sanders?
―Su hermana era mortífaga.
―Su hermana ― contesta la directora sin despegar sus ojos del Ravenclaw ― Sanders aquí presente estuvo con usted el año pasado en la escuela. No participó en la guerra ni en ninguna batalla al igual que usted pues son todavía menores de edad.
―Su hermana y otros mortífagos atacaron mi ciudad.
Oh, cierto... Terence es hijo de muggles. Uno más de los que han quedado huérfanos al ser sus familias brutalmente asesinadas durante la guerra. Pero eso... Eso no puede justificar el ataque al joven Slytherin. Es un niño más que ha vivido el terror y el horror de una guerra. Él también ha perdido a su familia. Las pérdidas, la muerte, no entienden de bandos. Seas mortífago o aliado de la Orden sientes la pérdida de los tuyos de la misma manera.
―Siento decirle que no podrá asistir a la fiesta de Halloween.
Terence se encoge de hombros nuevamente y se levanta con el cuerpo muy rígido.
―¿Puedo marcharme?
La directora asiente secamente y observa al alumno dirigirse a la puerta con paso tranquilo. Cuando se ha marchado mira al niño rubio que tiene delante. Sus ojos son de color negro, profundos, aterradores. Suspira brevemente y alza el cuenco lleno de galletas que siempre tiene sobre la mesa.
Sanders alza la mano y agarra una galleta de mermelada de fresa con dedos temblorosos. Se la lleva a la boca, mastica pensativamente sin despegar sus ojos de la estantería plagada de libros.
―La guerra no acabará nunca.
―La guerra ha acabado, Sanders. Ya no habrá más terror ni horror. Sólo queda la postguerra, que es más dura. Está llena de rencores y dolor, pero aprenderá a sobrellevarlo. Aprenderá y sobrevivirá. Y será más fuerte.
―La guerra no ha acabado ― repite el niño guardandose la galleta en el bolsillo de la túnica ― No acaba en Slytherin. Nunca nos dejarán paz. Nunca nos dejaran llorar a nuestros muertos porque los suyos eran buenos. Déjeme decirle algo, Directora. Mi hermana era mortífaga, hizo cosas terribles. Pero cuando la detuvieron no se contentaron con esposarla y llevarla a Azkaban. También la violaron y le cortaron las orejas antes de condenarla al beso del Dementor.
El niño se levanta tranquilamente, sacude las pocas migas que se han quedado pegadas a su ropa y se inclina brevemente como despedida. Antes de cerrar la puerta vuelve a hablar.
―Hizo cosas terribles, pero era mi hermana. Y si quiero llorarla tengo el derecho de hacerlo, por muchas cosas terribles que hiciera. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. No lo olvide cuando ocurra otra de esas peleas.
Hello! ¿Qué hay amores? Siento que hayamos tardado tanto, Me quedé bloqueada en una escea, Aretha tuvo trabajos en la Uni y mi nuevo horario de trabajo me impide escribir con la misma soltura que antes. Pero bueeeeeeeno, he adelantado el siguiente capitulo, así que espero que no tardemos tanto la próxima vez.
La relación Daphne/Hermione va avanzando. Aretha y yo estamos muy emocionadas con esta parte del fic. La redención es algo duro y, a veces, puedes encontrarla en la persona que menos imaginabas.
¿Qué os ha parecido la escena de Lucius? He de decir que quería hacerl mucho más graciosa, pero no me ha salido. Ya sabéis que el humor y yo raramente nos llevamos bien... :C
No tengo mucho más que deciros, sólo que os paséis por Penitence en caso de que no lo hayáis hecho ya.
¡Cuidaros mucho, os amo!
Miss Mante.
