Harry Potter es de Jotaká Erre.

Es un auténtico milagro que esté actualizando esto, no os emocioneis demasiado. No olvidéis pasaros por Penitence de Aretha Atrahasis para conocer más puntos de vista importante de esta historia.

Pequeños datos (que seguimos aclarando y tal pero .-.) de interés: La gente de Slytherin está confusa y asustada, y como en todo ser humano, buscan un refugio emocional. Lord Wicca y Lady Walpurgis se han convertido en ese refugio, esa seguridad que les ofrece algo de tranquilidad en los días de post guerra. Suena incoprensible, pero lo es. Para mejores datos, la N/A de Aretha es más completa (porque es historiadora y ella al menos, no como yo, es lo bastante buena como para explicar estos fenómenos con ejemplos reales) porque yo soy mala persona.

El fic NO ESTÁ EN HIATUS. Lo que pasa es que estudio y trabajo y tengo ansiedad y tengo cosas de las que ocuparme y tengo pocas ganas (y menos tiempo) de ponerme a escribir. Dalia, como toda hija de dios, lidia con su propia vida, y eso a veces es más que suficiente para no querer escribir. Esperamos que nonos regañeis mucho y que os siga gustando el fic, porque aunque tardamos (y yo encima soy un poco borde a veces ;_; ) seguimos adorando esta historia y nos seguimos maravillando con vuestra emoción por él. Gracias por todo c:

WARNING: VIOLENCIA GRÁFICA, SANGRE, VÍSCERAS, EXPLOSIONES, ATAQUES DE ANSIEDAD, UN PSICÓPATA ANDA SUELTO POR ESTE FIC Y ESTÁ SEDIENTO DE SANGRE Y UN SINFÍN DE COSAS MAS PROPIAS DE UN ATAQUE/ATENTADO. Esta parte del fic es necesaria para seguir con la historia, pero si te la quieres saltar, no hay problema.


Vita

Bloque I ― Finis Gloriae Mundi.

VII

Basta el instante de un cerrar de ojos para hacer de un hombre pacífico un guerrero. — Samuel Butler.

Octubre, 18.

(00:00:00:01)

Pocas cosas la aterran más que el silencio. Pocas cosas le recuerdan las horas de agonía que pasó encerrada en la Sala de los Menesteres. Pocas cosas hacen que se sienta enferma.

Pero este silencio agonizante que planea sobre Hogsmead hace que se dé cuenta que siempre hay algo peor.

ººº

Theodore ignora prácticamente por completo la conversación entre Lady Walpurgis, el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras y Longbottom. Deja pasear sus ojos por el pueblo, leyendo las expresiones aterradas de todos los presentes.

―Alguien debe ocuparse de esa de ahí arriba, Greengrass ― dice Longbottom apretando los dientes.

Suspira pesadamente y da un paso hacia delante.

―Y alguien va a ocuparse de ella ― anuncia tranquilamente tratando de contener su sádica emoción ―. Profesor, supongo que no me castigará por usar un Avada Kedavra en esta ocasión, ¿verdad? Es defensa propia.

―Nott, una maldición imperdonable es una maldición imperdonable, sea la situación que sea.

―Una lástima.

No escucha la última orden del auror, y tampoco los gritos de todas las personas que tratan de huir, desquiciadas por el horror que temen volver a presenciar. Theodore se siente rodeado de una enfermiza y energizante sensación de poder cuando los ojos de la mujer lo miran fijamente desde las alturas.

La mortífaga sobre el tejado de la tienda de antigüedades es a penas un par de años mayor que él. Estaba en su mismo equipo de instrucción y solía hablar de lo mucho que le gustaría beber directamente del cráneo de un niño muggle.

Esta joven, llamada Tina Haik, fue la mayor fascinación de Theodore Nott. No porque la creyese realmente fascinante, sino porque tiene una habilidad realmente sorprendente.

―Creí que morirías durante la guerra ― dice ella quitándose la capucha, dejando ver su extraño y espectacular cabello azul ― y que no tendría el placer de volverte a ver.

―Sobreviví para poderte ver la carita de nuevo ― contesta él sacando su varita.

Tina se ríe y un segundo después la tiene delante. Después detrás. Después está sentada en un banco y más tarde aparece a su lado, mirando sus reflejos en la ventana de una de las casitas del pueblo.

―Has mejorado. Eres más rápida.

―Veamos si puedes seguirme el ritmo, Nott.

Cuando alza la varita ella ya ha desaparecido. Se mueve tan deprisa que parece haber más de una Tina, pero Theodore conoce sus patrones de memoria, él mismo la ayudó a controlar su magia para no seccionarse al aparecerse tantas veces seguidas.

Sabe que cada siete apariciones tiene que descansar durante quince segundos y que no puede lanzar hechizos mientras esté apareciéndose.

Se concentra en seguirla con los ojos tratando de averiguar el próximo lugar en el que se aparecerá. Cuenta todas las veces que la joven desaparece y esquiva doce hechizos a duras penas.

Ha mejorado considerablemente pero su mejor baza, ahora mismo, es hacerle creer que puede subestimarlo.

Necesita paralizarla. Pero también necesita saber cuando. Respira hondo y cierra los ojos durante unos segundos.

―¡Grave error! ― grita Tina al verlo concentrarse ―. Has perdido ― le susurra al oído esta vez al aparecerse detrás de él.

Ahora.

Esta ha sido la aparición número siete. Ahora debe aprovecharse de los quince segundos que emplea para descansar antes de su siguiente racha de apariciones sin descanso. Theodore se da la vuelta tan deprisa que parece haber dado diez vueltas sobre sí mismo. Ni si quiera anuncia el hechizo, sólo lo dispara en el pecho de la mortífaga.

―Esto ha sido demasiado fácil, querida Tina... Me siento profundamente decepcionado... Esperaba una considerable mejoría en tu tiempo de descanso y que, al menos, te molestases en pensar en un nuevo patrón además de "arriba-abajo-derecha-derecha-izquierda-derecha-arriba". Aunque sí diré que me parece fantástico que seas capaz de lanzar ataques durante tus quince segundos de descanso. Única mejoría en tu ataque.

Tina, petrificada en su sitio con una expresión horrorizada y sorprendida, sólo puede mover sus ojos de un lado a otro tratando de verlo mientras se mueve a su al rededor.

―Hay que castigarte, Tina. Lady Walpurgis esperaba que fueses de gran ayuda en su momento, no esperaba tamaña traición. Pero creo que nuestra señora ahora está muy ocupada. Tendré que hacerme cargo de esto yo mismo.

El filo de la navaja refleja el horror en sus ojos.

ººº

Hermione Malfoy (nacida Granger).

(1980-2078).

Muere en casa, tranquilamente. Una taza de té humea sobre la mesa, la música suena en la lejanía. Draco se da cuenta de que se ha marchado cuando el libro entre sus manos cae al suelo. Cuando va a recogerlo, murmurando que tiene que tener más cuidado, se da cuenta de que sobre la página ha caído una lágrima. Su rastro húmedo recorre las arrugas de su mejilla y ha acabado en la sonrisa con la que Hermione se ha ido.

Le gustaría poder afirmar que se encuentra bien y que está tranquila. Le gustaría poder tomar una gran bocanada de aire y lanzar un hechizo protector, pero algo dentro de ella le está diciendo que, en vez de resistir, debería ser la primera en salir corriendo hacia un lugar seguro.

Pero Hermione Granger no nació para huir. No nació para esconderse. No sobrevivió para convertirse en una cobarde.

Agarra su varita como si fuese el único objeto capaz de mantenerla serena y le dedica un breve pensamiento al señor Malfoy, encerrado en su cuarto, prisionero en el cuerpo de un animal que seguramente detesta.

―Tengo... ― toma una honda bocanada de aire y frunce el ceño ― Tengo que hacerlo... Vamos, Hermione... Respira, joder, respira...

¿Es capaz de aparentar tranquilidad o su cuerpo está mostrando la histeria que la recorre con cada rayo de colores que ve?

―¡Protego Centuriae!

La barrera protectora aparece de nada y la ciega durante unos segundos. Consigue enfocar sus ojos frente a ella cuando el agarre de Greengrass se hace todavía más fuerte. Como un torniquete que trata de contener la hemorragia de angustia que desprende.

―Diles que se refugien en las casas.

Sabe que lo que le está diciendo tiene sentido. No está capacitada para luchar pero sí para dirigir a los inocentes hacia un lugar seguro. Aún así se siente presionada entre el terror y el deber. Correr o matar, esa es la decisión a la que se ha estado enfrentado durante todo un año y ya no está segura de poder tomarla con tanta facilidad como antes.

―Debo... Debo luchar...

Geengrass le grita algo a la cara antes de agarrarla y mirarla fijamente a los ojos. Le susurra por encima de los labios, casi como si estuviera a punto de besarla, pero el temblor en sus manos y el brillo en sus ojos carecen de amor y ternura.

―Hermione, mírame Hermione ― le dice con la voz contenida cuando ve que deja vagar sus ojos por el pueblo ―. Has hecho suficiente por este mundo, nadie te juzgará o pensará mal de ti si corres y te escondes, pero antes de hacerlo dile a todas estas personas que te están esperando que corran a esconderse y levanten todos los hechizos protectores que puedan.

Es ahí cuando Hermione recuerda una de las tantas cosas que aprendió en el campo de batalla: protegerse es clave. Parece algo nimio, una obviedad, pero cuando la histeria te convierte en víctima de su dictadura, sólo puedes pensar en atacar a diestro y siniestro y te conviertes en esclavo de la violencia.

Respira profundamente y mira brevemente a la Slytherin antes de darse la vuelta y gritar órdenes a diestro y siniestro. Debe dirigir a todos los alumnos a Honeyducks para que pasen por el pasadizo. Hay que hacerlos llegar a Hogwarts de una sola pieza.

Es Hermione Granger, es heroína de guerra y está tan aterrada que tiene ganas de tirarse al suelo a llorar y dejarse morir de angustia. Pero también es la cría de segundo año que hizo una poción Multijugos en un cuarto de baño; es la bruja más inteligente de su generación; es quien ha perdido a sus padres para darles una vida mejor, sin peligros. Es la mujer que ha luchado por valores amenazados pero vencedores.

A veces lo que hace que un héroe sea valiente es el hecho de que sepa lo que es el miedo. Y lo acepte.

―¡Vamos, vamos, corred! ¡Ginny! ― la pelirroja se da la vuelta en un santiamén, su varita en la mano preparada para cumplir órdenes ― ¡Hay que dirigirlos a Honeyducks, eres la encargada de la retaguardia, protege cuanto puedas!

La pelirroja asiente y sale corriendo, Hermione pasa sus dedos por el largo cabello de Luna, quien acaba de pararse a su lado calladamente. Sin despegar sus ojos del frente y sin detener sus pasos Hermione da sus instrucciones.

―Eres quien sabe más hechizos sanadores. Asegúrate de curar a quienes puedas hasta que podamos llegar a Hogwarts a través del pasadizo.

―¿Honeyducks? ― pregunta con voz suave siguiendo algo invisible con los ojos ―. La taberna de Aberforth ha quedado destrozada. Menos mal que sigue de vacaciones.

―Lo sé, pero aunque estuviese aun en pie es mala opción: está demasiado lejos y seríamos todos un blanco demasiado fácil en campo abierto. Además, creo que serías mucho más útil en la casa de los gritos.

Luna asiente y acelera un poco más el paso hasta llegar el frente. Con una floritura cierra todas las calles por las que puedan ser atacados e impide el paso a algunos alumnos que iban a desviarse. Después, a toda prisa, se desvía del resto de alumnos para salir del pueblo.

―¡Todos a Honeyducks! ― escucha que grita Finnigan ―. ¡Vamos, muchachos, corred!

Hermione suspira y deja que todos los demás alumnos la adelanten. Se da la vuelta y comprueba que no queda nadie a parte de los que se han quedado a luchar. Algunos cuerpos se desparraman en las esquinas, pero decide ignorarlo todo hasta que sea el momento de lamentarse. Alza las manos y anuncia un hechizo protector. El escudo se levanta y cierne sobre ella, protegiendo a penas una manzana del pueblo.

El resto está a merced de la guerra.

ººº

Astoria Greengrass.

(1984-2017).

Astoria Greengrass, tocada y saqueada por el horror de la post-guerra mágica, consagra su vida a ayudar a toda víctima de un conflicto armado. Una infección se lleva su vida cuando es voluntaria de la Cruz Roja ayudando a los refugiados Sirios.

Corre.

Corre.

Corre y suelta un sollozo cuando ve que a Daphne a penas le quedan fuerzas para seguir repeliendo los hechizos del mortífago. Quizás sea eso lo que la haga correr más deprisa, quizás sea eso lo que la haga valiente durante unos segundos.

―¡Aléjate de mi hermana, asqueroso mortífago!

Pero claro, los segundos se agotan muy deprisa. Astoria se da cuenta de que a penas es capaz de recordar un hechizo lo bastante potente como para poderse proteger y se siente incapaz de decir uno que sí incapacite a su enemigo.

¿Va a morir así? ¿Patéticamente? Retrasando la muerte de su hermana muriendo antes, maravilloso.

Bombarda.

El mortífago explota desde dentro. Puede ver cómo la piel de su rostro se desgarra y una de sus manos se desprende limpiamente del resto de su cuerpo. Una de sus venas se mueve como si fuese un látigo cuando la pierna izquierda sale disparada.

Sólo Theodore Nott tiene la capacidad de hacer un Bombarda lento. Uno que te haga ver cómo la víctima del hechizo, sea humana o no, queda destrozada a cámara lenta. Es así de sádico.

No puede detener la arcada de horror que le sacude las entrañas y deja salir todo el contenido de su estómago. Se siente asqueada consigo misma pero se siente totalmente histérica de rabia cuando su hermana comienza a gritarle que no sirve para esto.

No sirve para nada.

Va a salir a morir. A morir de odio y morir de amor por aquellos que considera suyos. Ya no tiene una madre que le acaricie el pelo y un padre que se muera de devoción por ella. A penas reconoce a esta hermana suya. A penas entiende en qué consiste vivir y siente que nunca podrá llegar a saberlo pero algo dentro de ella se muere por saber lo que es sufrir. Lo que es la pena, el dolor, la angustia, el horror, la miseria, el cansancio, la lucha. Algo dentro de ella desea saber para poder ayudar a aquellos que viven eso cada segundo de sus vidas.

Es consciente de que la gran mayoría de sus compañeros han huido y estan a salvo a estas alturas, pero no se arrepiente de haberse quedado. Quiere demostrar (demostrarse, demostrarle a su hermana) que no es sólo una niña rica, que también puede hacer cosas por si misma aunque no sea la mejor.

No quiere ser la hermana de Lady Walpurgis eternamente, aunque no sepa lo que significa eso realmente. Quiere que la respeten por ser ella misma y no por ser la hermana de alguien a quien a penas conoce.

De repente alguien la agarra desde atrás. Astoria trata de zafarse, desesperada, y suelta un chillido ahogado por la mano del extraño, que la presiona contra sus labios. Su atacante le da la vuelta y la sujeta con firmeza. La fuerza del auror la asfixia y el color de sus ojos la atormenta.

―¿Quieres callarte? Vas a descubrir nuestra posición.

A penas es un susurro pero el enfado es tan evidente que Astoria no es capaz de reclamarle el haberla sorprendido de esta forma. La joven se libra del agarre de su profesor y siente la vergüenza y la inquietud trepar por sus extremidades.

―¿Estás herida? ¿Te duele algo?

¿Que si le duele algo? ¿Qué no le duele? Porque a estas alturas le duele hasta pestañear y está harta de toda esta situación. Pero quizás haberse encontrado con el profesor sea su oportunidad. Sin duda él puede ofrecerle los recursos que necesita para llegar a un lugar seguro. Y deshacer de los posibles peligros con mayor facilidad.

―Vale, no estás herida ― corrobora el hombre con un asentimiento después de mirarla de arriba a abajo ―. Asegúrate de no hacer ruido, quédate aquí hasta que el equipo de aurores llegue…

―Usted estaba peleando con Daphne. Acordaron cubrirse las espaldas.

El auror frunce el ceño profundamente cuando vuelve a poner su atención en ella.

―¿Y qué importa ahora eso? Lo importante es que te escondas y no reveles tu posición bajo ninguna circunstancia y...

Astoria levanta la mano, contrariada, para interrumpirle.

―Daphny debe cubrirle las espaldas, ¿cómo ha podido ser tan irresponsable?

Se siente mal por usar un apelativo tan humillante para referirse a su hermana, pero el orgullo (y una extraña satisfacción) la impulsan a dejar a su hermana en vergüenza: no está cumpliendo con lo que debía cumplir. Ahora es su oportunidad para destacar por encima de ella, demostrar que es capaz de hacer precisamente lo que su hermana mayor ha fallado. Y para coronarlo todo: a quien tiene que ayudar es a Haimitch. Maravilloso.

—Soy auror, puedo manejármelas sin que alguien me cubra las espaldas, es más, ¿tú quién eres para hablar así de una compañera tuya? No debes…

—Daphny es mi hermana mayor, y dado que ella no está con usted yo ocuparé su lugar.

Está siendo totalmente ridícula, siente la vergüenza en lo más profundo de sus entrañas. Pero este hombre está dispuesto a irse por ahí a ser un héroe, confiando totalmente en su entrenamiento y habilidades. Sí, muy probablemente sea un lastre, pero también puede ayudar. Es buena en encantamientos (aunque hace un momento no fuese capaz de hacer nada por proteger a la propia Daphne...) y quiere demostrarle a su profesor que puede servir de algo.

―No.

Su voz es asquerosamente autoritaria. Puede imaginar las palabras que vienen a continuación, y sin duda la asquean más que el aspecto de una mandrágora.

―Eres una alumna ― prosigue el auror sin despegar sus ojos de los de ella ―, no tienes formación alguna y si me sigues sólo me molestarás. Te quedarás aqui, escondida, sin decir nada, sin hacer nada. Y es una orden.

La deja con la palabra en la boca. Se marcha sin mirar atrás, armado de su varita y su determinación. Astoria se siente mal, porque sabe que debería obedecer, pero su orgullo (y la extraña sensación de sentirse culpable si no sale a ayudarlo) es demasiado fuerte. Sale a toda prisa detrás del auror, que sin duda corre muy deprisa para tratar de despistarla, y se refugia cada pocos metros detrás de alguna casa o en cualquier esquina.

Es a unas pocas calles de la plaza principal del pueblo que ocurre la desgracia. No lo ve venir, mucho menos lo presiente, pero llega como un rayo negro y ataca al profesor de Defensa con un limpio movimiento de varita.

Astoria se lleva las manos a la boca para contener el grito. Es posible que el mortífago no sepa que está ahí escondida, revelar su posición sería un gravísimo error. La joven se siente incapaz de asomarse al exterior para saber qué va a ser del hombre, pero algo dentro de ella la obliga. La voz de su hermana retumba en su cabeza una y otra vez: "Debes ser testigo de tus irresponsabilidades".

El primer grito de Haimitch es contenido. Un gemido que nace en las entrañas y que se abre paso hasta los pulmones. Parece querer contenerse, o simplemente está todavía algo mareado por el golpe. Astoria mira hacia el techo, sus ojos muy abiertos, enrojecidos y secos, observan fijamente un punto cualquiera, y espera no tener que escuchar ningún otro sonido. Espera que alguien vaya a rescatarlo.

Espera.

Pero el sonido de los hechizos y de los gritos no se detiene. Aprieta su varita con una mano, aprieta la mandibula con fuerza, como si pudiera masticar las piedras, y toma una gran bocanada de aire. "Debes ser testigo de tus irresponsabilidades".

Cuando se asoma, de espaldas al mortífago, siente que su aliento se corta. La única mano visible de Haimitch parece agarrarse a la tierra, desesperada por mantenerse junto a este mundo. Los gritos han desaparecido, pero el movimiento tembloroso de sus extremidades le indica que sigue vivo. Es ella quien debe detener al atacante si no quiere que acabe demasiado rápido.

―Vamos, Astoria ― se dice a sí misma en un susurro ―. Vamos, no seas una niña. No seas una niña.

Siente su garganta contraerse cuando un nuevo grito desgarra el aire. Justo en ese momento el mortífago se aparta un poco, una risa siniestra colgando de sus labios, y deja a la vista el rostro del auror. Haimitch la mira. Uno de sus ojos está cubierto de sangre y una enorme herida le cruza la cara desde la sien hasta el labio superior, en diagonal.

No sabe si la ve. No sabe si es consciente, pero la estudiante siente una arcada de ira y pena.

Podría desarmarlo con un Expeliarmus e incluso, quizás, paralizarlo por completo. Podría hacer muchas cosas, pero la imagen de tortura que presencia la deja absolutamente horrorizada. Casi le parece estar oliendo el dolor del auror. Casi le parece que su agonía burbujea en sus propias venas. Se siente presa del pánico, y entonces Astoria se da cuenta de que sí, efectivamente, es una niñata caprichosa y cobarde que quiere demostrar tantas cosas inútiles que nunca va a conseguir hacer nada de provecho.

Se siente pequeña e insignificante, pero sabe que cualquier persona, por diminuta que sea, puede marcar la diferencia. Aun así, en este caso, no será ella quien lo haga.

Cumpliendo con lo que su hermana siempre le ha dicho, Astoria contempla, agazapada, toda la sesión de tortura. Ve la sangre correr y los espasmos brutales de su profesor, quizás inconsciente, o quizás a punto de morir. Cuando el mortífago se cansa, o da por muerta a su víctima, le escupe en la cara y se desaparece. Deja tras él una estela brumosa y negra que anuncia su retirada.

Nada más comprobar que el mortífago se ha marchado Astoria corre hacia su profesor, casi sin aliento. A penas ve por dónde pisa, sólo desea llegar hasta él y apretarlo. No sabe si va a encontrarse con un cadáver o aún queda esperanza, pero no quiere que se vaya solo.

―¡Haimitch! ― se arrodilla a su lado y lleva sus manos cubiertas de tierra al cabello del hombre ― Oh Merlin bendito, ¿qué te ha hecho...?

No recibe respuesta. La herida es monstruosa, mucho más grande de lo que pensaba, y sangra abundantemente. La mitad del rostro de Haimitch está cubierta de sangre, no puede saber si queda color natural en su piel. Lo sacude como buenamente puede y le da unos cuantos golpes en la cara. No sabe muy bien cómo encontrar su pulso, pero lo intenta igualmente. No siente nada bajo sus dedos.

―Lo siento, lo siento... ― murmura lastimeramente agarrando las manos huesudas del hombre ―. Lo siento tantísimo...

Solloza como una cría, se deja caer sobre su pecho y cuando escucha a los aurores y medimagos llegar hasta ella es incapaz de decirles que todo esto es culpa suya.

ººº

Theodore Nott.

(1981-2004)

Desaparece después de que se declare su orden de búsqueda y captura por el asesinato de Merle Schiller.

A Lady Walpurgis le gustan muchísimas cosas. Le gusta el orden. Le gusta dar ordenes. Le gusta ser la mejor, le gusta destacar. Le gusta que la gente se sienta segura en su presencia, le gusta saber qué ocurre en todo momento.

Dado que conoce muchas de las cosas que le gustan, tambien sabe que esto no le gustará en lo más mínimo. No está cumpliendo en absoluto con su misión. Y debería de estar de camino a Honeyducks, ayudando a Zabinni (que muy probablemente ya haya huido y se haya puesto a buen recaudo) para que los alumnos lleguen a Hogwarts lo antes posible.

Pero está tan bonita. Tan indefensa... Sabe que su cuerpo sigue caliente a pesar de la palidez que la delata. Ha muerto desangrada, esta seguro. Puede oler todavía el maravilloso rastro de magia negra, la increíble sensación de horror que la ha envuelto mientras sentía la vida escaparse de sus dedos. En su boca siente el sabor de la satisfacción, el placer terrible (en absoluto sexual) que le recorre las entrañas con cada segundo que pasa mirandola.

Tiene lo ojos verdes. Miran hacia el cielo gris con una expresión de horror y abandono, prácticamente puede ver su resignación al entender que iba a morir de esa forma, sin un motivo ni una explicación.

Saca la varita y se acuclilla junto a su cabeza. Pasa sus dedos por su larga cabellera azabache, enredada y sucia, y se deja conmover por el olor a champú que todavía desprende.

No sabe su nombre, y no hay escudo ni corbata que delate su Casa, pero por sus facciones deduce que es una alumna de cuarto o quinto, una que ha podido ver (y entender) los horrores de la guerra de la que todavía ninguno de ellos ha podido escapar. Cuando acaricia sus labios rojos, secos (una puerta hacia la más sofocante y negra nada) siente un escalofrío recorrer la punta de sus dedos. Aprieta la varita, asustado de que pueda desaparecer ahora que la necesita tanto.

La carne se abre, deja paso al músculo y más tarde al hueso. Theodore llena de cortes el cuerpo de la joven, maravillandose con las diferentes tonalidades de carmesí que guarda en su interior. Le fascina especialmente el que tiñe el borde de sus bragas azules a causa de una perforación brutal en las costillas, sin duda la causa de su muerte. Imaginar los pulmones siendo perforados, llenandose de sangre, provocandole una terrible sensación de ahogo a la víctima le hace soltar una carcajada. No somos nada ante la muerte, mucho menos cuando es tan cruel como para no hacer distincciones entre sus víctimas.

¿Quien ha sido su verdugo? ¿Y cómo ha sido ella capaz de desafiarlo para matarla de esta forma tan sucia e impersonal? ¿Habría hecho él lo mismo...? No... No, a Theodore le gusta demasiado la falta de luz en las pupilas de los cadáveres, le apasiona demasiado el momento exacto en el que el último suspiro escapa de sus labios, atesora como un enfermo las últimas voluntades que algunos murmuran antes de desvanecerse.

Cuando en el campamento debía presenciar las torturas era el único que miraba con deleite. Los demás estaban obligados (algunos por los instructores otros, como May Queen, por sí mismos) pero él siempre disfrutaba con el espectáculo y fantaseaba con todas las veces que había provocado la muerte de alguien de esta forma.

Y a pesar de su fascinación por el proceso no podía evitar sentir cierta repulsión por algunos de los métodos. ¿Por qué matar de forma tan fría? No había amor ni cariño en los ataques. Rompían el alma de la víctima sin el menor detalle, sin atacar debidamente sus punto débiles. A Theodore le obsesionan los puntos débiles de las personas, esos secretos por los que se dejarían matar con tal de que nadie más los conozca. "¿Cuáles son los de Merle Schiller?" se pregunta algunos días.

Cuando se dispone a hacer otro corte en el brazo de la bruja (esta vez desde la clavícula hasta el codo) otra explosión hace temblar los cimientos de Hogsmead, obligandolo a levantarse a toda prisa. Tendrá que conservar estos recuerdos para fantasear más tarde, es hora de huir y volver al trabajo. Sin embargo, cuando echa a correr hacia la tienda de golosinas, siente una presencia mágica inolvidable.

Daphne no debería de estar por esta zona, pero un presentimiento extraño hace que corra hacia el lugar de donde proviene el olor suave de su magia. La sabe acompañada, pero no sabe de quien, y eso le preocupa aún más: reconoce sin ninguna dificultad la esencia mágica de cualquier mortífago y sabe que ninguna persona que conozca está ahora mismo con Greengrass. Sólo puede significar una amenaza, para quién eso no lo sabe con certeza.

Gira la esquina de la tienda de túnicas baratas con la varita en alto en el preciso instante en el que ese gilipollas la abraza. El largo cabello de Lady Walpurgis queda enrredado entre sus asquerosas manos y la aprieta contra su pecho como si tuviera derecho a tocarla. Daphne no lo aparta, ni si quiera parece contemplar la posibilidad de hacerlo y eso sólo incendia mas su interior.

¿Qué hace?

Nadie es digno de tocar a Daphne Greengrass, no por ello es la bruja más competente, letal e inteligente de su generación (que le jodan a Hermione Granger y sus trastornos y traumas, otra estúpida que trata de destacar sin merecerlo y que se jacta de ello). Él mismo se sabe inferior a ella y es consciente de que es un auténtico privilegio compartir espacio con ella. Pero hay unas normas. Hay unas reglas. Y Scamander las está rompiendo.

La magia hierve en sus venas y por un momento piensa que debería acabar con ese crío maleducado que no entiende de normas no escritas ni de códigos morales; pero a Daphne nunca le ha gustado ver morir a gente. Quizás ese sea el unico defecto que tiene. Pero no importa, le gusta así. Le gusta que sea imperfecta, eso sólo la hace mas inalcanzable.

Octubre, 22. Año 1998.

Doce muertos. Mortífagos y civiles, todos caídos. Muertos.

Hermione se pregunta en qué momento todo esto acabará y cuando será el próximo ataque. Le gustaría saber si hay esperanza para ella y los que la rodean.

―¿Qué opina, Malfoy? ― le pregunta al hurón sin despegar sus ojos de la ventana ―. ¿Cree que saldremos de esta?

Pero el hurón la ignora totalmente a pesar de que la mira fijamente. Puede ver que, en realidad, está pensando en otra cosa para nada relacionada con ella o con lo que está tratando de transmitirle.

Quizás yo no quede nada humano dentro de este cuerpo y tenga que hacerse cargo de él eternamente. Quizás no quede nada humano dentro de nadie.

Hermione pasa el resto del día encerrada en su torre, inalcanzable a ojos de los demás, pero sin duda eso no impide que se sienta juzgada por todo el alumnado que ha sobrevivido. Le parece poder oler sus susurros, llenos de odio y decepción. Protegidos por hijos de mortífagos, traidores a su causa. Protegidos por un joven siniestro, una bruja cuyo nombre los suyos pronuncian con devoción.

Siente la vergüenza, le corroe las entrañas, y el sabor de la bilis se ha convertido en su permanente compañera. Se sobresalta cuando alguien llama a la puerta de su dormitorio. Se plantea seriamente el ignorar la llamada, convencida de que es Ginny quien trata de hacerla salir al mundo exterior (el mundo real, ese lleno de dolor y agonía más allá de su propia existencia).

―Señorita Granger, por favor, abra la puerta.

La voz de la Directora McGonagall no es violenta, mucho menos demuestra enfado. Sólo cansancio. Resignación. Culpa.

Abre la puerta con un movimiento fluido pero no se queda a invitar a la mujer a pasar. Se dirige a la minúscula cocina, calienta agua y se queda mirando la estantería llena de bolsas de té orgánico, dispuesta a elegir alguno concienciudamente.

―¿Cómo ha estado? ― escucha que pregunta la mujer mayor desde la silla detrás de ella.

Hermione se encoge de hombros, como si realmente no tuviera importancia cómo se siente. Se decide por té negro, porque considera que es lo que mejor se adapta a la situación. Echa unas pocas cucharadas en un infusor y lo mete en el agua. Las volutas de té difuminandose en el agua clara le recuerda al humo blanco que se diluye en formas cuando mete la cabeza en un pensadero. Le recuerda a lo negra que era la capa de Lord Voldemort, lo oscuro que era el cielo en la que brilló la Marca Tenebrosa la noche en la que Dumbledor fue asesinado.

Le tiemblan las manos cuando lleva las dos tazas a la mesa.

―¿Ha recibido mucas críticas?

―Muchísimas. Estoy segura de que, de haber sido este otro tiempo, seguramente el señor Malfoy estaría proponiendo mi sucesor.

Ambas giran la cara hacia el hurón blanco que las mira severamente desde un cojín azul. Sus brillantes ojitos negros estan llenos de ira maldigerida.

―Quiero que hable usted con los alumnos.

―Los alumnos no quieren saber nada de mi. Y yo no tengo absolutamente nada que decirles.

―Están preguntando por usted. Muchos, más allá de la casa Gryffindor, ansían saber cómo se encuentra, si necesita ayuda. La han visto, señorita Granger. Han visto, vislumbrado aunque sea, el precario estado de su salud emocional. La necesitan, y usted también a ellos.

Hermione tuerce la boca, cierra los ojos y aprieta la taza ardiendo entre sus manos. El suave pelo de Crookchanks rozandole las piernas cuando pasa bajo la mesa manda suaves escalofríos por su espalda. Se siente sola y se siente miserable, pero no tiene por qué dejar que los demás se den cuenta.

―¿Qué podría decirles yo? Algunos han perdido a sus amigos, hermanos, compañeros de clase...

―Por eso mismo la necesitan. Estan confusos. No saben lidiar con más pérdida. Tampoco consiguen entender por qué han sido rescatados y socorridos por aquellos a quienes marginan y odian.

La directora da un largo sorbo a su bebida antes de mirarla fijamente a los ojos. Puede ver un sinfín de emociones en esos ojos cuyas esquinas estan arrugadas. Tantas que no es capaz ni de ponerles nombre...

―Hermione, a veces es importante recordar que para volver a ser uno mismo, o al menos recuperar parte de lo que eramos, es necesario admitir que no podemos hacernos cargo de ciertas responsabilidades. Usted, por algún motivo que desconozco, prefiere mostrar una fachada de fortaleza que se deshace a cada segundo que pasa aqui encerrada. Le pido que se mantenga firme durante a penas unos minutos frente a ellos, pero que sea sincera sobre la situación.

―Si soy sincera con ellos no habrá esperanza alguna. Sólo veran... Sólo me veran.

―A veces mostrar la verdad, aunque sea dolorosa, es lo más sabio.

La bruja termina su taza de té en apenas unos pocos sorbos pese a que está ardiendo todavía. Cuando se levanta para despedirse, Hermione no le devuelve el gesto. Sólo la mira intensamente, afligida.

―El funeral será mañana. El señor Potter y el señor Weasley ya han confirmado su asistencia.

―Asumo que la prensa estará allí.

Minerva tuerce la boca en una sonrisa triste, se encoge de hombros como un intento de disculpa. Cuando se marcha, Hermione tira la taza al suelo y lanza un grito. No tiene ninguna gana de lidiar con la prensa y todo lo que ello conlleva.