Summary: Él era su guardián, quien la protegía de todo. Cuando su dolor dejó de ser físico, comenzó a replantearse qué clase de protector era, si ella estaba sufriendo de todas formas. – "¡Por favor! ¡Por favor, termina con todo! Por favor... Has que deje de doler."

Pareja: Kagome/Sesshomaru

Rated: M. (18+)

Descargo de responsabilidad: Los personajes no me pertenecen.

¡Advertencia! Este capítulo comienza con contenido sexual. ¡Han sido advertidos!

Nota: Sé que muchos esperan a que esté con Sesshomaru de inmediato lastimosamente esto aún no se dará. Creo que todos sabemos que está casada con Yuki y tiene un hijo con él, desde el primer capítulo. Así que espero sean pacientes, estará con Sess, pero aún no. Así que no se desesperen, y lo repito nuevamente: Estará con él. Todos lo sabemos. :3 ~

No me odien por este capitulo :c


Last Chance

Primer arco: Preludio al Dolor.


Dos años después.

Sus respiraciones eran jadeantes, sus labios rojo carmesí. ¿Cuántas veces la había besado ya? Sin resistirse un momento más, volvió a estrellar sus labios sobre los de ella. Con hambre, con calor, movía sus labios en perfecta sincronización.

Sus manos estaban por todo su cuerpo, sacando poco a poco la ropa que lo separaba de la calidez de su piel. Soltó sus labios suavemente y sonrió ante la mirada perdida que ella tenía. Su orgullo saltó a la cima al saber que era él quien la veía así. Sabiendo que él y solamente él la vería así, con la respiración jadeante y las mejillas sonrojadas. La mirada perdida en deseo.

Sólo él.

Colocando besos mariposa al azar por su cuello, sonreía ante los intentos de ella por decir su nombre. La quería. Maldita sea que la quería.

No sabía si era simple deseo de ser el único para ella, o eran esas mismas emociones de las que tanto había escuchado hablar. Amor. Sinceramente no lo sabía. Pero no le importaba, porque lo único que realmente quería era estar con ella.

Al diablo las emociones.

Trazó sus manos sobre sus pechos y volvió a sonreír cuando la sintió temblar. Era tan malditamente inocente que se moría de ganas por corromperla por completo. Una oleada de celos inundó su mente al pensar que quizás otro hombre pudiera tenerla así, y presionó sus caderas con fuerza contra las de ella. Le haría saber, le haría comprender a su cuerpo que sólo él le daría este placer.

Sólo él.

Tomando uno de sus pezones en la boca, movía su lengua lentamente sobre él. Deslizó lentamente una de sus manos hacia abajo, sin detener sus atenciones buscó su rostro y la besó lentamente al mismo momento que introdujo uno de sus dedos dentro de ella.

Estaba tan húmeda. Tan apretada. Dioses la quería ahora.

Tuvo que resistir el impulso de tomarla en ese mismo momento. Se recordó mentalmente que ella aún no estaba lista, aún no. No sería un bruto, con ella no. La iba a hacer pedir, rogar que la tomara. Y cuando estuviera completamente perdida en el mar de sensaciones que ocasionaba en su cuerpo, recién ahí la tomaría.

Introdujo otro de sus dedos dentro de ella y sintiéndose dominante le exigió: "Di mi nombre, Ka-go-me~"

Sonrió antes de aumentar el ritmo de sus atenciones.

"Y-Yuki..."


Cerró los ojos con enojo. ¿Por qué estaba tan en sintonía con sus emociones aún? ¿Por qué no podía simplemente obviar este tipo de reacciones? ¿Por qué la vida era tan perra a veces?

Nuevamente esa inconfundible y maldita sensación dolorosamente ardiente, recorrer su cuerpo. Y sabía que era por ella.

Porque ella estaba con ese.

Y no con él.

Porque ella se había enamorado de otro. Otra vez. E ignorando todas las señales que los kamis le mandaban, se fue con él. Con Yuki.

"¡Maldita sea!" Rugió con furia. "Maldita sea..."

¿Por qué ella no se daba cuenta que el hilo rojo del destino realmente existía?

¿Acaso ya no podía verlo?

¿No se daba cuenta que estaba con la persona equivocada? ¿Qué mientras ella reía y disfrutaba con ese, él estaba acá esperando que se dé cuenta de la verdad? Que viera lo que él había estado viendo por los últimos cuatro siglos, desde que había admitido que realmente se había enamorado de ella.

Eso mismo que ella le había dicho que existía hace quinientos años, esa misma cosa que ella le dio nombre. El hilo rojo del destino.

Sabía que ella no tenía recuerdos de los cinco años que pasó en el pasado, pero aún así... Por qué no podía verlo. ¿Por qué?

Abrió los ojos, tratando de ignorar el dolor que recorría su cuerpo y calmar su alma. Tratando de que su bestia volviera a su confinamiento.

No podía culpar a nadie más que él.

Porque aunque quisiera odiarla, sabía que la culpa era nada más que suya. Porque había sido el mismo quien dejó que Yuki tomara su lugar.

Porque él se había quedado callado cuando ella le había dicho que lo quería. Él le había dado a entender que no sentía nada por ella. Se lamentaba todos los días haber hecho eso. Porque fue días más tarde que Yuki le pidió salir nuevamente, y ella había aceptado.

Él dejó que Yuki tomara su corazón.

Él dejó que ella fuera a sus brazos.

Porque incluso si la amaba, aunque sabía que ella era la única para él, así como para su hermano había sido esa sacerdotisa que lo condenó a un sueño eterno, para él era ella. Sólo ella. En el fondo, tenía miedo.

Miedo.

De que ella lo rechazara cuando supiera la verdad.

Porque pese a haber pasado quinientos años, y ella siguiera siendo la misma, no tenía recuerdos de él. Ella no conocía su verdadera naturaleza en esta vida. Y tan incoherente como sonaba: tenía miedo de que se alejara de él.

Irónico. Era realmente irónico que tuviera miedo de su reacción. Nunca había tenido miedo. Y ahora lo tenía.

Una risa seca y sarcástica. Tenía asco de sí mismo.

Él, el gran y poderoso Daiyoukai de las tierras Occidentales, Rey de la casa de la luna, último Inu blanco del linaje real, tenía miedo de una simple onna.

Daba pena.

La misma sensación molesta volvió a recorrer con fuerza su cuerpo, y estrelló con odio la copa de vino que estaba en su mano contra el suelo.

Cerró los puños con furia y gruñó por lo bajo. "Basta." Pero el ardor no se iba. "¡Basta!"

Una solitaria lágrima rodó por su pálida mejilla, mirando su reflejo en la ventana, cansadas orbes ambarinas le devolvieron la mirada.

"Basta..."


Años después.

"-Puede besar a la novia." Cuando esas palabras resonaron por toda la capilla, los aplausos y felicitaciones inmediatamente colmaron a la pareja de recién casados.

La novia estaba radiante. Simplemente hermosa. Un vestido blanco marcaba completamente su figura, resaltando sus curvas sin dejar de ser modesto, una cola blanca no muy larga caía a sus pies. Un velo bordado preciosamente coronaba su cabeza acompañado de pequeñas flores blancas, contrastaban perfectamente contra su cabellera negra. Sus ojos azules delineados, con tonos negros y platas, parecían vibrar enigmáticamente. Sus mejillas levemente sonrojadas, la sonrisa de felicidad en su rostro completaban su imagen. Realmente hermosa.

Podía notarse la completa mirada de adoración del novio a su mujer. Era el contraste perfecto a ella. Con el esmoquin negro y sus cabellos rubios desordenados. Sus ojos verdes brillaban con amor y felicidad.

La recepción de la boda fue simplemente perfecta. Hicieron el primer brindis, bailaron el primer vals. Nada quedó fuera y todo marchó según lo planeado.

La felicidad de los novios no se discutía y los invitados no podían evitar comentar la hermosa pareja que hacían.

Todo parecía de ensueño a los recién casados.

Lástima que nadie se dio cuenta de la mirada rota de cierto pelinegro de ojos dorados. El amor y el dolor que poseía esa misteriosa mirada ambarina cada vez que se enfocaba en la novia, era desbordante.

El joven soltó un suspiro. Con el pasar de los meses, se había acostumbrado a verla con él. A sentir sus emociones hacia él. Pero verla casarse con él, dolía más que cualquier cosa.

Porque pese a amarla, pese a hacer cualquier cosa por ella, ella se había casado con él. Con Yuki.

Se levantó para marcharse, nadie lo había notado. Así que estaba bien. Quizás era momento de marcharse de la vida de su pequeña Miko. Quizás era momento de tratar de olvidar.

Quizás.


"¿Marchas ya, Seishirou?" Volteó lentamente encontrándose con la mirada confundida de Souta. Asintió suavemente antes de seguir su camino. Sin volver a voltear.

Siento que mi hermana cometió un error al casarse con Yuki.

Souta miró al joven que había llegado a sus vidas hace cinco años, marcharse lentamente. Posiblemente pasaría un tiempo bastante largo hasta volverlo a ver. Porque conocía el dolor que estaba pasando. Esa sensación de pérdida. Esa pulsación dolorosa que arremete contra tu pecho y te rasga en pedazos, tomando todo de ti. Esa sensación de amar y que tus sentimientos no sean devueltos. El desamor.

Porque Kami-sama no une a dos y los mantiene separados.

Miró la mano de Seishirou, y la tristeza nuevamente lo inundó. Si tan solo ella pudiera verlo, ninguno sufriría.

Pese a que lo ama, Sei, ella está destinada a estar contigo.

Volteó la mirada hacia la novia, su hermana. Compartía un tierno beso con su marido. Enfocó su mirar en la mano de ella.

El hilo rojo puede tensarse o enredarse, pero nunca podrá cortarse.


No me odien, ¿Vale? La historia está planeada así, hasta me dolió tener que escribirlo. Pobre Sess ;w;

Nos vemos en el próximo capítulo.

Michelle ~