Summary: Él era su guardián, quien la protegía de todo. Cuando su dolor dejó de ser físico, comenzó a replantearse qué clase de protector era, si ella estaba sufriendo de todas formas. – "¡Por favor! ¡Por favor, termina con todo! Por favor... Has que deje de doler."
Pareja: Kagome/Sesshomaru
Rated: M. (18+)
Descargo de responsabilidad: Los personajes no me pertenecen.
Nota: Uff, que capitulo más difícil de lograr. tres versiones diferentes, ninguna parecía gustarme y al final, termine por escribir una totalmente nueva. Una de las tres primeras, contenía una confrontación, lo sentí muy pronto. Aún no es el momento, pensé y volví a escribir. La segunda versión, contenía un lemmon, me gustaba pero... ¡También era muy pronto! La tercera versión, era muy sosa... Le faltaban escenas, era demasiado corto. Y al final, terminé con esta, siento que le falta un "no se qué" - pero me convenció mejor que las tres versiones anteriores.
Espero que sea de su agrado :3 ~
Last Chance
Segundo Arco: Immortals.
Presente.
Su mente daba vueltas entre dos realidades. Sus recuerdos, y recuerdos que cree, nunca vivió. Sin embargo mientras más recuerda, más similitudes encuentra. Acaso... ¿Acaso era algo que olvidó?
¿Algo que su subconsciente trató de mantener vivo en su interior?
Años atrás.
Pequeñas gotas de lluvia caían sin cesar. Cubriendo el cielo, nubes opacas y grises. Parecía que siempre llovía en esa ocasión. Ni aun cuando venía sola, era diferente. Siempre, siempre, el cielo acompañaba sus lágrimas.
Y Como en cada ocasión, él estaba presente. Siempre acompañándola en todos los momentos difíciles que había atravesado. Como la lluvia. Con el pasar de los años se volvió algo completamente normal, que él viniera con ella en esos momentos tan íntimos. Tan profundos y únicamente de ella.
Aquella rosa roja...
Una sonrisa triste se posó en sus labios al verlo ya esperando.
Compasivos ojos dorados voltearon a verla. Estaba completamente empapado, su cabello negro se aferraba con fuerza contra su rostro, cubriendo sus hombros desordenadamente. Le tendió la mano y sin dudar ni un instante la apretó contra su pecho.
Un cálido aliento rosó su oído, y el tenor suave de su voz la alcanzó.
"Llegas tarde, Kagome."
500 años en el Pasado.
Luces en diferentes tonalidades azules, envolviéndola suavemente. Su mente siempre evocó el pensamiento de los brazos de un dulce y antiguo amante. Calidez, seguridad. Era irónico que, generalmente, era su transporte a una muerte casi certera.
Después de todo, cada batalla, era tan solo un punto más en la guerra que vivían. La guerra que consumía sus almas poco a poco. Paso a paso.
Muerte a muerte.
Y aun tan lejos del final... Tan lejos de completar el Tama.
Tan rápido como inició, terminó. Cielo azul podía verse en lo alto. Claro y suave, el día recién iniciaba. El olor inconfundible del humo alcanzó sus sentidos y rápidamente, temiendo lo peor, comenzó la subida por el pozo.
Una pálida mano con garras, la ayudó a salir. La diversión era fácil de leer en su mirada dorada. Y la confusión la inundó. La risa de una niña hizo eco a su alrededor, acompañada de murmullos incesantes y difíciles de comprender.
Un tenor suave y bajo, la alcanzó. Y su corazón se derritió.
"Llegas tarde, Miko."
Presente.
Nunca había dado importancia real, a los sueños que tenía. En los cuales una mirada dorada, y un vacío incomprensible en su interior, era lo único que recordaba al despertar la mañana siguiente.
Sentimientos que había escondido dentro de su corazón, tan fuerte que creyó olvidar, intentaban escapar de su interior. Era la misma sensación cálida que dejaban los recuerdos extraños.
Era el mismo sentimiento, la misma clase de amor. Esa que te seguía incluso más allá de la vida.
'Incluso... Incluso más allá.'
Había sido Su voz, la que había dicho eso. Fue ella, la que habló de sentimientos que van más allá del tiempo, más allá del recuerdo.
Habían sido sus palabras, las que trataban de dejar un mensaje a esa persona. Ese misterioso y enigmático ser de cabellos plateados. Incluso ahora, sentía el calor de las lágrimas que cayeron por sus mejillas cuando se alejó de él.
Y ahora... Comenzaba a notar similitudes que jamás había visto.
Porque Ellos tenían el mismo tono de voz.
El mismo, e inconfundible, color de ojos. El tono exacto de oro líquido.
Ellos desprendían la misma sensación de seguridad. Esa que con nadie más pudo encontrar. Esa que, uno podía interpretar como: Hogar. Esa sensación de paz, cuidado... Algo que de niño sólo sientes en los brazos de una madre, pero mucho, mucho más profundo.
Ellos, despertaban en ella, el mismo sentimiento. La misma clase de amor.
Y dolía, dolía darse cuenta, comenzar a entender con recuerdos borrosos y partes faltantes. Lo que su alma había gritado desde el primer momento en que lo vio. Lo que su corazón había aceptado desde el primer instante. Lo que su mirada dorada había desencadenado cuando chocó con la propia, aquella tarde fría en la capilla.
Con la mirada perdida en el pasado, sensaciones, palabras, sentimientos, razones, preguntas, fueron llegando una tras otra, sin descanso. Y con cada una, el dolor en su alma iba menguando.
El vacío en su corazón, iba desapareciendo.
Un profundo y distante susurro, salió de sus labios. Quizás sin que se diera cuenta, quizás era lo que su alma había gritado incontables veces. O quizás, sólo quizás, era lo que siempre había querido tener.
"Sesshomaru..."
Un antiguo recuerdo que jamás debió olvidar.
Y lágrima, tras lágrima, sus mejillas se mancharon con años de pena. Con una década de dolor. Con siglos de separación.
Se quedó totalmente paralizado, con la cabeza apoyada contra la puerta. Con el corazón discordante del resto, y sentimientos a flor de piel. El frío que lo había envuelto durante los siglos que pasó sin ella, comenzaba a desaparecer lentamente.
Su nombre había salido como un susurro lejano, lleno de dolor y pérdida. Era impensable lo que podía lograrse, en él, con tan solo una palabra de sus labios.
Cuando los sollozos en el interior de la habitación se volvieron erráticos y cargados de confusión, abrió la puerta y entró con el paso firme. Sin atreverse a dudar una segunda vez.
Ella lo necesitaba.
La tomó en sus brazos, y la dejó llorar. Segundos se volvían minutos, para convertirse en horas, más las lágrimas parecían no parar. Sus delicadas manos, estaban fuertemente agarradas de su camisa, ahora totalmente húmeda.
Y nuevamente un susurro pareció romper la poca cordura que quedaba en él. Porque de todas las posibles variantes que su mente había predestinado para esta ocasión, ni siquiera una vez la había pensado. Lo sacudió hasta lo más profundo. Tanto que una solitaria lágrima cayó por sus mejillas, perdiéndose en sus cabellos negros.
"Lo siento... Lo siento, Sesshomaru."
Cuando se había levantado, había ido corriendo a la habitación de Seishirou. Y fue una sorpresa total no encontrarlo. La fue aún más grande encontrar un bebé risueño, rodeado de almohadas en el centro de la cama.
Había salido disparada a buscar a Aimi, pensando que Seishirou la cambiaría por un bebé, más pequeño que ella. Con lágrimas cayendo de forma silenciosa, por su pequeña cara, fue con Aimi hacia la habitación de Seishirou.
Pasando por una de las habitaciones cercanas, la mujer notó la puerta entreabierta y el inconfundible sonido de los sollozos. Comprendió rápidamente, el porqué de las lágrimas de Rinni. Y buscando calmar a la niña a su cargo, habló. "El niño en la habitación del Señor Seishirou, es hijo de la amiga de infancia del Señor."
Rinni la miró sin entender totalmente lo dicho, su mente aun creyendo que sería dejada de lado por el niño más pequeño. Frotándose los ojos, para evitar llorar más, esperó una explicación.
"El pequeño Shippo, es hijo de la joven que está con el señor en estos momentos." Dándole una sonrisa suave, agregó. "El señor no va a cambiarte, Rinni. Ni ahora, ni nunca."
Sin más palabras, entraron en la habitación de Seishirou. Donde Shippo, comenzaba a quejarse. Era un glotón de atención, y parecía que le disgustaba totalmente estar solo por largo tiempo. Aimi lo conocía bien. Era totalmente adorable con las mejillas regordetas, los ojos grandes y risueños de color verde, y unos pulmones de acero.
El niño sabía hacerse notar cuando quería algo.
Tomándolo en brazos, regresó a la cocina. Colocando el niño de cinco meses en la mecedora portátil, comenzó a hacer el desayuno.
Rinni no podía apartar la mirada de Shippo. Azul se Reunió con Verde. Y el bebé comenzó a balbucear feliz, estirando sus brazos pequeños hacia Rinni, la cual respondió con una risa propia, cargada de inocencia y amor innato.
Aimi quedó totalmente paralizada. En la totalidad del tiempo que Rinni llevaba en la mansión, jamás había emitido ni un solo sonido. Un sentimiento de felicidad la inundó lentamente.
Quizás, todo sea para mejor.
Y pidió a los cielos, que así sea.
Había regresado, esperando ver la mirada perdida de su esposa. O escuchar las risas de su hijo. Sin embargo, una casa fría y vacía lo recibió. Con el sol anunciando la mañana, podía asegurar que no habían pasado la noche en la casa.
O el día anterior.
Pasando por la habitación de su hijo, notó que faltaban los juguetes preferidos del niño. Así como la gran mayoría de la ropa. Sino toda. Todos los estantes estaban totalmente vacíos.
Temiendo ver una repetición en su habitación, salió dejando la puerta abierta. Para darse cuenta que el lugar compartido con su esposa, estaba igual de frío. El armario, donde solían reposar sus vestidos, y trajes de fiesta, estaba vacío. Los estantes con sus fotos, recuerdos y regalos de su hermano pequeño, también.
Faltaba toda su ropa, y sus pertenencias más preciadas.
Sin embargo, sobre la cama perfectamente hecha, reposaba algo inocentemente. Un papel blanco, con letras empuñadas perfectas en negro. Una caligrafía que reconoció al instante. Y mientras una solitaria lágrima caía de sus ojos verdes, la ira comenzaba a formarse en su interior.
Te lo advertí.
En sus manos, estaba lo único que mantenía a Seishirou de tomar a Kagome de su vida. Lo que había sido, en antaño, el símbolo de todo su amor y devoción.
Su anillo de bodas.
El último recuerdo, de lo que había sido un amor inocente y puro. Pero frágil. Y aunque su hijo, fuera lo más grande que jamás pudieran tener juntos, ese anillo contenía el recuerdo de sentimientos viejos. Mucho antes que su pequeño niño naciera.
Antes de que él se rompiera por dentro, antes de que se diera cuenta de lo doloroso que podía ser amar.
Contenía los recuerdos, el amor, el cariño. La pasión, el calor. Era lo que le recordaba todos los días que aún podía arreglar las cosas. Que aún podían volver a ser lo que eran, esa pareja de enamorados a los que no les importaba nada más.
Y verlo ahora, descansando inocentemente en su mano, significaba que ya nada podía ser igual. Que ya no habría otra oportunidad para cambiar las cosas. Que su última oportunidad se había ido. Se esfumó entre sus quizás y tal vez.
Su última oportunidad, la tomó Seishirou.
Años atrás.
"¿Nunca sentiste que algo te faltó durante toda tu vida?" Preguntó mirando el firmamento. La noche había caído hacía horas, y ellos, tomando la oportunidad, habían subido al techo de la capilla.
Su mirada dorada la observó, en ellas pudo notar algo lejano, profundo. Pero no pudo saber qué. "Todo el tiempo."
Una sonrisa suave se colocó en sus labios rosados, antes de voltear la mirada. "Siempre sentí, que había perdido algo." Con una suave risa llenó el lugar, antes de continuar. "Pero nunca pude saber qué perdí. Siento que es algo importante..."
"Sin lo cual, no puedes respirar." Completó su frase, sin verla. Su mirada dorada, perdida en la luna, su mente trayendo a flote recuerdos antiguos.
Ella lo observó en silencio, notando en su expresión una tristeza tan antigua como el tiempo. Y por dentro se preguntó, a quién había amado tan profundamente, que aún entre tanta tristeza y soledad, su corazón seguía pidiendo ese amor.
Una sensación parecida a los celos la inundó. Y trató de suprimirla totalmente. Después de todo, el corazón de Seishirou, ya estaba tomado.
Marcado tan a fondo, que nunca podría amar a otra persona.
Y eso, en lo profundo de su alma, dolió.
Presente.
Incluso en la inconciencia, su alma traía recuerdos tan antiguos como el tiempo. Recuerdos que nunca debería de conocer. Recuerdos de un amor que iba más allá de la muerte. Más allá de todo.
Un Bandido. – Una princesa.
"Incluso si no me amas, te daré las gracias por siempre. Fuiste la luz que iluminó mis días en este castillo. Mi cuerpo débil, nunca pudo abandonar estas recamaras. Gracias." Una suave sonrisa se colocó en sus labios pálidos. "Nunca pensé que conocería el amor." Su respiración era cada vez más lenta, y el brillo de sus ojos azules se iba atenuando lentamente. "Gracias..."
Un Rey. – Una Esclava.
"Incluso si amas a otro, eres mía. Soy tu rey y tú, tu eres mía." Su mirada ardía en furia. Y aun así, ella podía distinguir el anhelo en su interior. Y algo más... "Siempre serás mía."
Un Mortal. – Una Diosa.
"Incluso si no me amas... ¡No dejaré que mueras sin conocer el significado del Amor!" Gritó con furia, impotencia. Desesperados ojos dorados la miraban, pudo notar las lágrimas comenzar a formarse en ellos y por dentro sintió su corazón romperse.
Sabía que por mucho que lo intentara, su destino estaba escrito. Ella moriría al finalizar la noche, y eso, nada podía evitarlo. El oráculo lo había previsto el día de su nacimiento. Con pena y dolor, los dioses del olimpo habían aceptado el destino de la más joven de todos.
Y ella no tenía miedo. Incluso si su alma abandonaba su cuerpo, estaba feliz de haberlo conocido. Y si volviera a nacer, solo podía pedir encontrarse con él, una vez más...
Un Youkai. – Una Miko.
Furiosos ojos café miraban el móvil en sus manos. Lágrimas de frustración se formaban en ellos. Y nuevamente, una llamada sin respuesta. Su compañero, llevaba dos días sin responder ni siquiera un mensaje. Y aunque conocía los términos de su relación dolía su frialdad.
No podía compartir el cuerpo, sin llegar a compartir sus sentimientos.
Sabiendo que era tonto de su parte, se había enamorado de él. De Yuki. Habían sido aventuras de una noche, sin importancia al principio. Pero con el pasar del tiempo, se fueron volviendo más y más recurrentes, había caído en el amor con él. Contra todo pronóstico benigno.
Mizuki sabía que era inútil esperar una llamada suya, cuando estaba en su hogar. Con su esposa e hijo. Con su familia.
Y poco a poco, su corazón se iba rompiendo. Lentamente.
Se sentía cálido. Caliente, tibio. No quería abrir los ojos, no quería desprenderse de esa sensación de paz. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía completa. El vacío en su interior, había sido completo con recuerdos pasados, con una vida perdida.
Todos los fragmentos de su alma estaban nuevamente juntos. Tenía miedo de abrir los ojos y descubrir que todo había sido un simple sueño. Su respiración comenzó a agitarse. Era todo cierto, ¿Verdad?
No podía ser todo un sueño... ¿Podía?
Con una opresión en el pecho, lentamente abrió los ojos. Una mirada dorada, la observaba con preocupación. Sei... No, estaba mal. "Sesshomaru."
Lágrimas silenciosas comenzaron a caer por sus mejillas sonrojadas. Era él. Siempre él. "¡Oh por dios, Sesshomaru!" Lo abrazó fuertemente, temiendo que desapareciera. Temiendo que la oscuridad volviera a cubrir su alma y le impidiera verlo. Sentirlo.
Entre incontables murmullos, y susurros de perdón, él la abrazó. La sostuvo contra su pecho, sintiendo sus corazones latir a la misma velocidad. Al mismo ritmo. Y por primera vez en siglos, se sintió completo.
En paz.
No sabían cuánto tiempo habían estado así. Abrazados, sintiendo la calidez del otro. Juntos. Una mano con garras, pasaba suavemente sobre la cabellera azabache. Kagome soltaba algún que otro suspiro con el pasar de los minutos. Con las mejillas sonrojadas, y una suave sonrisa en los labios, tenía miedo de pronunciar palabra y romper el estado de ánimo calmo de ambos.
Su mente vagaba de pensamiento en pensamiento. Estos recuerdos... Los cuales nunca debió olvidar, días, meses, años que marcaron su vida de forma singular. Única. Los que la hicieron ser quien era. Quien siempre debió ser. Los cuales la llevaron a encontrar al único ser que había despertado en ella, sentimientos únicos. Eternos.
Inmortales.
Sin que se diera cuenta, una lágrima comenzó a caer por su mejilla. Él llevó su mano a ella, y la detuvo. "Miko." Una palabra tan fuerte que parecía un grito, y aun así, tan suave que fue un susurro.
Sus miradas chocaron, y mientras el tiempo parecía detenerse a su alrededor. Sesshomaru juntó sus labios en un beso suave, lento. Con sentimientos a flor de piel, con ganas de más y con miedo a seguir avanzando.
La distancia entre ellos era mínima, los latidos de sus corazones al unísono y por lo que fue una eternidad, un beso tan esperado y devastador, llenó sus almas de calidez. Un beso que tardó quinientos años en llegar a ser. Una promesa. Un deseo.
Cuando se separaron, sus respiraciones jadeantes, eran prueba de su sentir. De su querer. Las lágrimas nuevamente se agruparon en sus ojos. Y ella recordó, su casamiento. Su hijo. Su marido. Y se imaginó el dolor que debió sentir él. El dolor que debió comer por dentro su alma, al saberla suya y de otro. Al saber que ella no estaría con él, porque lo había olvidado.
Un beso...
Con la mirada fija en él, volvió a besarlo, con más intensidad. Con más necesidad. Necesitaba saber que él, estaba ahí. Que no era un sueño. Que no despertaría y olvidaría todo otra vez. Que esta vez sería cierto. Que en esta oportunidad, finalmente estarían juntos.
Un beso que fue el comienzo y el final de todo.
Y entre besos suaves, sus lágrimas seguían cayendo, susurrando palabras de disculpa, de perdón. Quería borrar de su mirada dorada, ese dolor.
Esa tristeza tan arraigada en su interior.
Tiempo desconocido.
La sonrisa que había perdido, hacia incontables años, regresó nuevamente a sus labios. Sabía que de ahora en adelante, todo iría para mejor. Finalmente, estaban juntos. Finalmente... Podría seguir.
Estaba feliz, había costado durar tanto tiempo frenando el siclo de reencarnación. Lo había intentado una vez, para protegerla y había fallado. No había sido lo suficientemente fuerte para resistir. Pero ahora... Ahora todo iría mejor.
Ahora Rin estaba a salvo.
Había logrado su objetivo, el trato con las almas de la perla, tenía un precio a pagar. Un alma por un alma. Él no le robaría a su familia, su manada, la luz. No. Esta vez, él sería fuerte. Sería su escudo. Y aunque nunca volviera a verlos, el sueño de estar con ellos sería suficiente para afrontar la eternidad solo. Gracioso que en la muerte, aprendiera lo que vivo le costó tanto. Aun así, mantendría la esperanza.
Porque él, Inuyasha, no perdía la esperanza, de volver a su manada.
Sí... él podía soñar con eso.
Nos vemos la próxima!
Michelle~
