DISCLAIMER: Los personajes del anime y el manga de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co., yo solo suelo tomarlos prestados a veces para inventar con ellos historias de amor, como esta. =)

Hola amiguitas bellas!, estoy de vuelta aquí trayéndoles la siguiente parte de este pequeño fic, agradeciéndoles inmensamente además por el buen recibimiento que le han dado.

A Stormaw, Mizuki Leafa, Lucero Santoskoy, Asuna-San1998, ArleniFerreyraPacaya y TamyWhiteRose les envió un saludo especial. Muchísimas gracias chicas por sus reviews, su interés y su apoyo, y así mismo a todos quienes estén leyendo esta historia en silencio. Un gran abrazo.

Belén

Parte II

El viaje hasta los linderos de Lakewood les tomó poco más de cuarenta minutos, en especial debido a que Stear les propuso desviarse del sendero original para tomar un atajo que no hacía mucho había descubierto en miras de ahorrar tiempo. Trayecto que sin embargo no les pareció tan largo por recorrerlo entre bromas y risas, ya fuera porque el muchacho inventor errara el camino o porque el coche armado por él mismo, su "obra maestra" según contaba, pareciera de un momento a otro como querer desbaratarse al atravesar un terreno pedregoso, siendo el capot la primera pieza que cayera sin que él hubiese aplastado el botón para ello, lo cual provocó una burla general.

Candy lo estaba pasando genial, no recordaba la última vez que se había reído tanto. Ese día, contando con permiso y sin supervisiones, todo asemejaba ser perfecto. Estaba en compañía de sus mejores amigos y del chico de sus sueños, qué podía ser mejor. Por primera vez en mucho tiempo volvía a sentirse libre y ahora además con derecho a ser feliz. El destino le había premiado por sus silenciosos sufrimientos otorgándole una nueva familia y permitiéndole además estar al lado de su gran amor. Agradecía al cielo cada día por el montón de bendiciones.

Sus tres paladines juntos en definitiva podían alegrarle hasta en el momento más oscuro… mas no podía pasar por alto su predilección por uno… por aquel cuya mirada penetrante podía deslumbrarla como un rayo de sol.

Como intuyendo sus repentinos pensamientos, Anthony quien viajaba a su lado en el asiento trasero al sorprenderle contemplándolo al disimulo, le sonrió con coquetería y complicidad, haciéndola de inmediato enrojecer y mirar erguida hacia el frente. Candy agradeció a la suerte que los chicos quienes iban entonces discutiendo algo sobre carreras de automovilismo (Archie reclamándole a su hermano que si se creía piloto para conducir de esa manera y éste respondiéndole que si así lo fuera, él como copiloto no serviría para nada) no notaron su estado de turbación, pero el joven rubio quien concentrado en ella no se perdía ninguno de sus actos, consciente de que la causa de su sonrojo era su proximidad, no desaprovechó la oportunidad de dar otro certero avance para conquistarla.

Despacio sobre la superficie del acolchonado asiento deslizó su mano hacia la de ella, atrapándola a la escondida y haciéndola sobresaltar en un principio, pero así mismo imposibilitándola de poner objeción. Ya habían tenido la oportunidad de tomarse de las manos en un par de ocasiones y cada vez que podían caminaban del brazo mientras platicaban, no obstante esta vez ambos sabiéndose rodeados de un ambiente especial lleno de alegría, encontraban aquella acción particularmente significativa, intuyendo que ni bien el vehículo se detuviera y se les presentase el momento de estar a solas, hablarían del montón de cosas importantes que tenían pendientes.

Y como un regalo, la fortuna les concedió el deseo a sus ardientes almas, ya que pocos minutos después, Archie pidió de favor que pararan un rato porque necesitaba orinar de urgencia. Para esos momentos pasaban por una zona de cultivos de fruta y Stear indicó que se bajaría también a recoger manzanas alegando que sería bueno acompañar el montón de delicias y golosinas que las cocineras les prepararan y enviaran en una cesta de picnic para el almuerzo, con algo sano. Una excusa razonable, aunque tanto ella como Anthony comprendían no sin sentir un poco de vergüenza que era para otorgarles algunos instantes de privacidad.

Bien podía decirse que si alguien había sido testigo del nacimiento y desarrollo de su secreto idilio, eran los hermanos Cornwell, quienes eran personas de confiar y ellos en el fondo de sus corazones estaban agradecidos con su discreción.

Anthony que había tenido que ocultar la unión de sus manos debajo de la manta a cuadros de picnic, en cuanto se hubo ido el joven de anteojos, pudo hacerlo ahora sí con toda libertad. Su mirada sobre ella, le llegó entonces a Candy cargada de alivio y exenta de incomodidades. Por fin estaban solos.

-¡Vaya! Tanto rato esperando que llegara un momento así, planeando decirte tantas cosas y ahora ni siquiera atino por dónde empezar- expresó rascándose la nuca con la mano libre, por los nervios. Espontáneo gesto ante el cual Candy solo pudo sonreír sintiéndose presa de una timidez que no le alcanzaba aun así a esconder lo adorable que lo encontraba, sobre todo cuando lo advertía de esa manera y más sabiendo que era por su causa.

-Mira bien nuestras manos unidas Candy- continuó Anthony retomando la palabra y añadiendo mayor seriedad a lo que profería, en tanto volvía a centrar su atención en sus dedos entrelazados –Este el símbolo de mi promesa de cuidar siempre de ti… así algún día nos encontremos lejos-

-¿Lejos?- preguntó ella enseguida logrando que su voz resonara por encima de los fuertes latidos de su corazón, que parecía querer salírsele del pecho -…Pero yo no quiero volver a separarme nunca más de ti- le dejo saber con sinceridad, para luego asombrarse y condenarse a sí misma por no medirse en su impulsividad, un comportamiento que bien personas como la tía abuela encontrarían reprochable en una señorita. Una vez más tal como en el jardín de las rosas, había permitido que sus sentimientos hablaran sin control, sin detenerse primero a pensar. Anthony sin embargo, sin darle importancia a su azoramiento sonrió complacido y acto seguido para su completa estupefacción, llevó la unión de sus manos hasta sus labios, colocando allí un fervoroso beso mientras detrás de sus párpados cerrados con firmeza intentaba diluir una notoria tristeza que ella bien sabía era producida por los recuerdos de los amargos días de distanciamiento forzoso entre ambos por su viaje a México. Un sencillo accionar que le permitió percibir la magnitud de cuánto la amaba… En definitiva con la misma intensidad que ella a él.

-Entonces te prometo que lucharé porque así sea- profirió Anthony con toda su formalidad de joven caballero y Candy casi pudo jurar que al igual que ella, hubiese querido en esos instantes abrazarla, pero como ironía del destino sus primos aparecieron justo de vuelta, obligándolos de un sobresalto a apartarse cuando estuvieran a punto intentarlo.

Si Archie, quien fuese el primero en llegar alcanzó a notar algo, no dijo nada. Simplemente se dedicó a ocupar su asiento en completa seriedad y en silencio, actitud que conservaría después durante todo lo que quedaba del trayecto, mientras Stear, quien se situó de nuevo al volante luego de dejar junto a ellos en la parte de atrás una bolsa de lona llena de manzanas, sin reparar en lo que con anterioridad hubieran estado haciendo, retomó el camino recargado de buen ánimo y energía.

-¡Bien tropa, continuemos la travesía!- les animó.


Los límites de la propiedad Ardley colindaban con un hermoso lago debido al cual llevaba su nombre, más allá del cual se extendía un apacible valle coronado por nevadas montañas en la lejanía. Un paisaje de ensueño y sobre todo "personal" que tenían la oportunidad de disfrutar cada vez que ellos quisieran. Algo que reconocían como todo un privilegio.

-¡Es maravilloso!- exclamó Candy extasiando su vista en el horizonte y en la magnificencia de la naturaleza a su alrededor mientras giraba llenando sus pulmones de aire puro de olor a pino y eucalipto.

Aquellos parajes verdes que le recordaban tanto al lugar donde creciera, los había conocido antes gracias a Anthony, en los románticos paseos vespertinos a caballo que ambos compartieran. Atardeceres inolvidables que guardaría en el corazón. No obstante, no importaba cuantas veces los visitara, nunca dejarían de parecerle cargados de magia.

-¡Opino que deberíamos venir más seguidooo!- sugirió Stear de repente mientras pasaba corriendo colina abajo hacia un pequeño muelle, cual caballo desbocado, llevando un balón de vóley en un brazo y un equipo de pesca en el otro, incluyendo un extraño aparato que asemejaba una caña adicional dentro del morral que cargaba a su espalda -¡Vamos equipo, síganme!-

Candy no pudo más que reírse de sus locuras moviendo la cabeza, pero prefirió permanecer un ratito allí en lo alto, en un pequeño mirador que la tía abuela mandara a construir como monumento del Clan escoces cerca de la casa del bosque (aquella propiedad que pasara durante mucho tiempo deshabitada hasta que su amigo Albert la ocupara de incógnito y que para entonces "ya rescatada" como alguna vez la propia matriarca mencionara, permanecía cercada por seguridad. Un sitio que siempre le traería recuerdos) y desde donde podía apreciarse a plenitud todo el esplendor del lugar. Todo en tanto Anthony y Archie trasladaban la canasta con comida y la de jugos respectivamente, hasta la orilla, no habiéndole permitido cargar con nada a ella aun cuando insistiera en ayudar por ser una dama.

Fascinada por lo tanto de que fuesen tan atentos y galantes, les contempló con cariño al instalar un pequeño campamento, más al pasar de nuevo el chico rubio a su lado después de haber vuelto por la bolsa de manzanas de Stear y por la canasta de los postres, ella que había introducido su fragante rosa blanca en el cesto de estos últimos víveres por no tener otro lugar adecuado donde mantenerla a salvo durante el paseo, teniendo en cuenta el movimiento del automóvil y las singularidades de éste, la extrajo con rapidez para evitar que se le dañara y ambos se sonrieron unos segundos antes de que él continuara su camino abajo.

El corazón de Candy ese día henchía de felicidad y verlos a los tres trabajando como todo un equipo al ir a buscar leña para una fogata que pudiesen encender antes de que diera la hora de volver, le hizo quererlos más.

Anthony varios minutos después al dejar todo listo, volvió a subir la pequeña colina en su búsqueda, y al hallarla entretenida observando ahora sí como Stear volvía al muelle para terminar de armar y luego tratar de poner en marcha un nuevo invento, una caña de pescar moderna que en lugar de carrete tenía un dispositivo en el mango, que permitía subir el hilo de forma automática una vez que el pez mordía la carnada; se arrimó a su lado en el barandal de cemento del mirador para divertirse junto con ella de la peculiar escena, cómica como de costumbre sin proponérselo, proviniendo del ingenioso joven.

Renegando y suplicando para sí mismo que encendiera su invención después de unos cuatro intentos fallidos y encima asustándose por el fuerte ruido que ésta empezara a hacer de manera inesperada al lograrlo, Stear pareció conseguir al término de varios minutos que funcionara bien. Candy por ello sintiéndose contenta del éxito obtenido, le aplaudió enseguida compartiendo su júbilo y contagiándolo a Anthony a que lo alentara también, por lo que Stear agradecido realizó una reverencia a la antigua en reconocimiento por el apoyo, sin perder nunca el positivismo respecto a sus creaciones. Ellos permanecieron sonrientes contemplándolo mientras ponía en ejecución aquel, perteneciente a sus últimos proyectos.

-Un beso por tus pensamientos- oyó Candy que Anthony le decía de pronto muy de cerca, casi al oído, sorprendiéndola y haciéndola sonrojar.

-¿Qué?-

…Y en especial rememorándole aquellas maravillosas dos veces en que la besara en las mejillas. La primera en el jardín de las rosas al tomarla desprevenida, una media hora después de que ella se atreviera a confesarle cuánto le gustaba, y la segunda en el balcón de la mansión en un momento que estuvieran los dos solos después de la reunión de bienvenida que ofrecieran en su honor. Aquellas dulces memorias sumadas a las bonitas que coleccionaría de aquel día, le hacían sentirse convencida de que ya no importaban las peripecias que hubiese tenido que pasar alguna vez porque al fin y al cabo le habían servido para llevarle a vivir todos esos extraordinarios momentos.

-…Pensaba en que todo lo pasado… sin importar bueno o malo, no lo cambiaría por nada porque me ha permitido llegar hasta aquí- se armó de valor por lo tanto y le contó –Este ha sido el mejor verano de mi vida Anthony… y no quisiera que terminase nunca-

Él sin dejar de mirarla a los ojos, pareciendo abstraído por sus palabras, tomó gentilmente la rosa que ella protegía entre sus manos y con la misma en un romántico gesto le acarició todo el rostro, haciéndola sonreír.

-Anthony me haces cosquillas- dijo ella riendo

-Quisiera verte reír así siempre- expresó él –Quiero que seas siempre feliz Candy... Este también ha sido para mí el mejor verano. Teniéndote conmigo yo ya soy completamente feliz-

Le estaba hablando con el corazón, lo pudo notar en su mirar lleno de anhelo y ansiedad, al punto de incluso poder jurar que durante una fracción de segundo había colocado la vista sobre sus labios, deseando concretar aquel ansiado beso que ella llevaba soñando desde el instante en que lo conociera. Más, Anthony apenas pudo alcanzar a colocarle la rosa en el cabello antes de que un nuevo grito de júbilo de Stear por conseguir que un pez cayera en el anzuelo dañara el especial momento. Sobrealerta los dos enamorados dirigieron con rapidez la mirada hacia el lago.

-¡Ya picó uno, ya picó uno!- exclamaba el muchacho esforzándose por subir entonces el espécimen atrapado -¡Vaya! y parece que es grande porque me está dando trabajo- añadió, secándose la transpiración de la frente como podía en el antebrazo, pero sin soltar ni un segundo la caña de pescar que estaba funcionando hasta allí de maravillas -¡Eh, esperen! ¡Qué está pasando! ¡No, por qué se está deteniendo… ya no funciona! …¡Ay no!

…Y de repente su acostumbrada mala suerte en esas cosas dejó de hacerse esperar. La singular máquina se detuvo a medio camino de su función y la falta de tensión por ende en la cuerda, le hizo perder a su creador el equilibrio, quien terminó cayendo de forma irremediable al agua con un gran chapuzón ante el asombro de todos. Para variar el pez se le escapó con todo e invento.

-¡Oh!- profirió Candy estupefacta

-¡Aguarda Stear, ya vamos!- exclamó Anthony al ver que había caído en una parte ya honda.

Ambos chicos preocupados así, bajaron de inmediato a ayudarlo.

Corriendo, ágil como una liebre contenta de estar en su hábitat, Candy consiguió llegar primero a la orilla, sacándole de ventaja varios segundos a Anthony, que no pudo hacer más que admirarla impresionado. Y por la mirada de adoración que ella notó le dirigía después al presenciar cómo sin complicaciones lanzaba el sombrero que tuviera en las manos a un lado, procedía a quitarse los botines, tomaba la caña de pescar extra que habían llevado junto al frasco con carnadas sin darle asco e ingresaba al agua (la cual reflejando el color del cielo le recordaba a la tonalidad de sus ojos), supo que contaría con su aceptación así su proceder no fuese nunca del todo el ideal esperado para una damita de sociedad.

-Candy cuánto lo siento, se me escapó una trucha enorme de la que con probabilidad podríamos habernos alimentado los cuatro- excusó Stear apesadumbrado ni bien verla, nadando con esmero para alcanzar la parte del lago donde todavía había piso.

-No te preocupes Stear, fue tan solo una falla, la próxima vez ya saldrá mejor- le animó ella con su dulzura y bondad únicas –Pero sabes una cosa, no hay problema, yo te enseñaré a pescar como los hacen los campesinos- agregó riendo y alejando del joven que por suerte no había perdido sus anteojos en el obligado baño, su sinsabor.

-¡Anthony ven!, ¿nos ayudas por favor?- se volteó entonces a solicitarle al chico que sabía estaba observándolos expectante desde la orilla, invitándole a que se les uniera y él no lo pensó dos veces antes de quitarse la gorra, empezar a descalzarse y arremangarse el pantalón y la camisa, aceptando la petición. Todo mientras Archie, moviendo la cabeza como si fuesen un grupo de niños pequeños los observaba sentado en la hierba donde estaba terminando de colocar la leña para la fogata de más tarde.

-¡Archie, ven!- Aunque le notaban algo disgustado, fue el grito de los tres.


Continuará…