DISCLAIMER: Los personajes del manga y el anime de "Candy Candy" no me pertenecen. Son propiedad de Kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co., yo solo los suelo tomar prestados en esencia para crear con ellos historias de amor sin fines de lucro para fans.
Hola a todos! Estoy aquí de nuevo con ustedes un día más, trayéndoles un nuevo capítulo de este pequeño fic que ya casi llega a su fin.
Agradezco inmensamente a todos quienes lo están siguiendo, en especial a Olga08, Stormaw, TamyWhiteRose, Kanade Tachibana, Sakura-Chan, Shaoran Li, Majito y Cagalli Yula. Me hace muy feliz amigochos leer sus comentarios y sus palabras de apoyo, les envío un abrazo a cualquier parte del mundo donde se encuentren.
Belén =)
Parte IV
Candy no tardó en encontrar a Anthony. Yacía sentado no muy lejos de la mansión veraniega, al borde del bosque, sobre una gran roca. Había encendido su propia fogata y para entonces se encontraba esculpiendo con una navaja de una rama, una singular estaca lo suficientemente larga que le sirviera para cazar con probabilidad alguna liebre para ponerla después a asar al fuego, desligándose así de la obligación de merendar con el resto del grupo.
-Anthony…- le llamó despacio al acercarse, ya que estaba de espaldas a ella y no quería sobresaltarlo.
-¡Candy!- musitó él con sorpresa pero de forma apagada. Se notaba en su voz que aparte de enfadado estaba triste -¿Qué haces aquí?, deberías estar junto al lago acompañando a Stear y Archibald- mencionó y por la forma en que dijera sus nombres, ella supo que su enojo también iba dirigido a uno de sus primos
-Pensé que tendrías apetito, así que vine a traerte tu parte- expresó ella con bondad, colocando el plato con lo que le correspondía en la superficie de la roca, a su costado. El sencillo menú individual consistía de pescado de asado recién salido del lago, un emparedado de atún, unos cuantos bocadillos del menú que les mandaran de la mansión, jugo de frutas rojas para acompañar y de postre una de las frescas manzanas que Stear se detuviera a recoger en el camino.
-No tenías que hacerlo, no hacía falta- masculló él sin voltearse del todo a mirarla, no obstante ella no pensaba dar su brazo a torcer hasta que se volvieran a amistar.
-¿Ah no, y todo esto?- inquirió señalando las obvias evidencias de su intento por conseguir alimento que iban en contra de sus recientes palabras –Ya sé que estás enojado pero primero piensa en tu bienestar, no has comido nada desde muy temprano…- trató de convencerle para que dejara lo que estaba haciendo y cediera un poco, pero él no la dejó terminar
-… ¿Por qué haces esto?, ¿Por qué te preocupas?- quiso saber ahora sí girándose de lleno y levantando una ceja con creciente curiosidad, después de que con su modismo maternal ella consiguiera capturar su entera atención
-Me preocupo… porque eres muy importante para mí- fue la sencilla respuesta de Candy y ante aquello él no pudo objetar nada más. Su sinceridad y espontaneidad le parecían tesoros.
Candy notó la forma cargada de sentimientos en que la veía y buscando romper el embarazoso silencio, apuró a mencionar lo primero que se le ocurriera.
-Stear recomienda que comas todo. Dice que el menú por completo contiene vitaminas y proteínas que hacen mucho bien a la salud. Ah, y que las manzanas además sirven para quitar cualquier vestigio de mal aliento después de terminar- le contósin sentirse afectada por su anterior frialdad, acompañando lo dicho con una pequeña risilla que logró como quería, terminar de influir en el ánimo de él, quien para su dicha, bajando la cabeza vencido sonrió un poco.
-Anthony…- Candy profirió entonces cuidadosa, al tiempo que tomaba asiento en el extremo de la roca con su plato para hacerle compañía al comer -¿Hay algo de lo que quisieras hablar?, ¿algo que te incomode y que me quieras contar?-
Él demoró en contestar. Sin tocar todavía su plato, medio minuto después suspiró y levantando la vista para perderla en las copas de la floresta al final respondió
-Ya no importa-
Era notorio que quería zanjar el tema pero ella creyó que era mejor conversarlo para que no volviese a aflorar en otra ocasión
-…Stear también piensa que tu enojo se debe a lo de Albert- acotó en voz baja con cierta prudencia. Anthony no se movió durante unos instantes pero ella advirtió claramente en su cara que no le agradó la mención del asunto
-Alistear, tan perspicaz como siempre- opinó así, perdiendo la paciencia de nuevo – ¿Y qué piensas tú?-
-Creo lo mismo- admitió Candy -Pero no lo comprendo, ¿Por qué no te simpatiza el Señor Albert? Te he contado que es una buena persona. A lo mejor si lo conocieras…-
-¡No quiero conocerlo!- expresó Anthony tajante, levantándose contrariado –Es más me gustaría que cortaras relaciones con él- manifestó sin dar más vueltas al asunto
-¿Qué?- Candy preguntó impresionada, teniendo que dejar todo a un lado –Pero…yo creí que habías llegado a aceptar que Albert es un amigo, incluso pensé que hasta te caía bien-
-Sí, hasta que descubrí que desde hace meses ustedes dos mantienen correspondencia continua – confesó entonces Anthony con los celos hablando por él, transformándosele después en decepción –He estado al tanto durante semanas pero no te había dicho nada-
-Pero él me salvó la vida, lo que menos puedo hacer es ofrecerle mi amistad, ¿qué tiene eso de malo?- consultó Candy levantándose también, obviando el asunto de la intromisión a su privacidad por parte de él, para no empeorar la situación
-Que tengo miedo que lo prefieras más que a mí- soltó Anthony sin contenerse más y al ver la mirada de estupefacción de ella, se sintió mal, por lo que prefirió alejarse
-…Él es mucho mayor que yo- Candy no obstante, trató de explicarle aún a sus espaldas, para dejarle claro que no se suscitaba nada de lo que imaginaba entre los dos.
-Sí, pero tú crecerás y te convertirás en una mujer encantadora… más maravillosa aún de lo que ya eres- respondió él llegando hasta un árbol y apoyándose con una mano en el tronco, descansando allí del pesar que le producía su inevitable y juvenil desconfianza.
Candy sin embargo, sin perder la esperanza de arreglar las cosas antes de volver a la mansión principal, se acercó despacio.
-Anthony, mantener el contacto con Albert no va a hacerme alejar de ti- empezó a exponerle pero en lugar de calmarle con ello solo consiguió enfurecerlo más
-¡Muy bien!, quieres continuar escribiéndole, ¡hazlo! ¡Es más pídele que te lleve con él de una vez, así me librarás del peso de cuidar de ti, del tormento de siempre estar pendiente de tus pasos y de preocuparme por tu causa!- explotó volteándose hacia ella pero al notar que la estaba hiriendo con sus palabras experimentó una sensación de sobrecogimiento y ablandó su proceder, pues lo que más temía en el fondo era perderla -... quizá logre así sacarte algún día de mis pensamientos… y de mi corazón- concluyó en voz baja y triste, volviendo a caminar hacia el árbol que hacía pocos minutos dejara para sentarse bajo su sombra, arrimado al tronco, del lado en que ella no pudiera verle la cara para que no percibiera el montón de sentimientos encontrados que le invadían.
Candy permaneció en el mismo sitio sin hablar durante un momento más, tal como lo había hecho todo el tiempo mientras él se desahogaba. Las ganas de llorar le inundaban los ojos y le mortificaban dentro del pecho mientras miraba al suelo esperando que su respiración al borde de los sollozos se calmara, pensando inclusive en retirarse, más el recuerdo de las palabras finales de Anthony vibraba también en su mente haciéndole darse cuenta que todo lo anteriormente dicho no era en serio y que él de verdad la quería.
Recordó así una singular táctica para desarmar a cualquier chico que había leído por allí en un libro alguna vez, y aun temiendo en el fondo empeorar las cosas se arriesgó a llevarla a la práctica, pues en su interior urgía la necesidad de que hicieran las paces.
Sin detenerse a pensarlo por ello dos veces, caminó decidida hacia él y ni bien llegó a su lado, se agachó para quedar a su altura y así poder colocar los labios sobre su mejilla en un beso breve pero muy dulce.
-Jamás preferiré a nadie más que a ti- susurró terminando de sorprenderlo, y al ver su éxito reflejado en la cara asombrada y ruborizada del muchacho rubio, no pudo contener una nerviosa sonrisa. Se incorporó de inmediato antes de que él pudiera reaccionar y al igual que hiciera en el jardín de las rosas después de escapársele que le gustaba, se alejó corriendo de allí, sólo que esta vez ya no avergonzada sino victoriosa, sintiéndose sumamente feliz de dejarle saber cuánto lo quería.
Con la emoción a flor de piel y el corazón latiéndole con el retumbo de un tambor volvió a la fogata a la orilla del lago a retomar su asiento entre quienes ahora aparte de amigos eran sus "primos" en todo lo que dictaba la ley, los simpáticos hermanos, quienes en su ausencia habían superado sus desavenencias previas, entablando una conversación, a la que ella, reuniendo todo su autocontrol para aparentar que no ocurría nada, se unió sin dudar… y quizá hubiese tenido éxito en lo que se proponía de no ser por el fuerte rubor que cubría sus mejillas o el ligero temblor que se advertía en sus manos. No obstante, los chicos muy prudentemente aparentaron no darse cuenta para no hacerla sentir incomoda y tampoco quisieron preguntarle sobre lo acontecido o por qué Anthony todavía no había vuelto.
Por suerte el propio Anthony no tardó en aparecer poco después. Silencioso, un poco rezagado pero volviendo a sentarse junto a ellos para terminar con lo que quedaba de su comida, dejándoles saber que su rato de molestia ya había pasado y que estaba dispuesto a integrarse de nuevo a las actividades del grupo. Otro hecho que los muchachos aceptaron de lo más normal, como si nada hubiera ocurrido. Sólo ella sosteniendo su mirada cargada de amor y de ansias porque se encontraran solos, en cuanto él le devolvió el plato que en su premura por escapar había olvidado, entendió que de alguna manera ese día estaban avanzando en lo que en secreto tenían, a pasos agigantados.
…No se había podido contener y le había robado un beso, tal como le hiciera él a ella en el jardín. No había opción a reclamos, pero a la vez comprendía que había sido como lanzar un leño más a la hoguera de sus corazones y ahora sólo quedaba esperar para que ésta terminara de expandirse. Algo que la llenaba de ilusión y de temor a la vez.
A esas alturas ya estaba cayendo la tarde y mientras terminaban todos de merendar, Stear fue hasta el automóvil y volvió con una guitarra, sorprendiéndolos después a todos con un adicional talento escondido para la música. Y eso que la tocaba de oído, como se preocupó de explicarles, puesto que la tía abuela jamás le hubiese permitido tomar clases al considerar que se trataba de un instrumento indigno para alguien de sociedad.
Entonó entonces melodías populares de América y también escocesas e inglesas mientras los demás coreaban las letras de las que conocían. Fue un rato tan ameno que descuidaron la noción del tiempo y del clima, percatándose solo de la inmensa nube cargada sobre sus cabezas que oscureció la tarde más rápido de lo habitual cuando comenzaron a caer las primeras gruesas gotas de lluvia, símbolo indiscutible de una tempestad que no tardaría en desatarse.
-¡Oh no, un cumulonibus!- exclamó Stear –Debe tratarse del advenimiento del otoño y su primera lluvia. ¡Apresúrense todos, al granero de la casa del bosque!- dio enseguida indicaciones en tanto todos recogían deprisa las cosas, mostrándose de acuerdo sin refutar ya que resultaba imposible con semejante y repentino aguacero embarcarse en el automóvil para volver a la mansión principal.
Anthony intentando principalmente proteger a Candy, no perdió tiempo y le tomó de la mano para guiarla hacia el improvisado refugio, el cual al no encontrarse habitada todavía la casa permanecía vacío y constituía un sitio perfecto para que el grupo pudiera cobijarse hasta que el temporal pasara. Aparte de que era al único lugar en la propiedad, que por estar construido de madera, resultaba más fácil entrar.
Candy no olvidaría como Anthony como todo un caballero, la condujo con cuidado y muy atento por el camino a través de la intensa lluvia, que para entonces mezclada con el calor del suelo ya había empezado a producir niebla dificultando la visibilidad. Le quedaría grabada en su mente la vigorosidad con la que una vez que llegaron, se abrió paso con prontitud para forzar la puerta de tablones de madera con el hombro, permitiéndoles en poco tiempo a todos entrar; y también la forma en que con galanura y sin dejar de mirarla directo a los ojos le solicitó de nuevo su mano para conducirla luego al interior, haciéndole saber que no debía tener miedo de las penumbras porque estaría con ella en todo momento para protegerla como siempre.
Indescriptible la magia que contenía el hechizo que en ella producía, su valiente héroe. A quien no cambiaría nunca por nadie y de cuyo lado no pensaba irse jamás.
Continuará…
