DISCLAIMER: Los personajes del anime y el manga de "Candy Candy" no me pertenecen, son propiedad de kyoko Mizuki, Yumiko Igarashi y Toei Animation Co., yo solo los suelo tomar prestados para inventar con ellos historias.

Amigos bellos, hemos llegado a la parte final de esta historia y les agradezco una vez más por haberme acompañado a lo largo de la narración de esta pequeña aventura. Les envío un saludo especial a Leer Campbell, Shaoran Li, Mizuki Leafa y Majito por dejarme sus comentarios, aunque no les he podido responder quiero que sepan que los he leído y les agradezco inmensamente por todo su apoyo y el aprecio. Espero pronto poder compartirles más historias (y terminar también las que tengo inconclusas, que verguenza jejeje).

Respecto a este capi, ADVIERTO que tiene una escena un poquito apasionada jajaja, entendiéndose que nuestra dulce parejita está en plena edad de las hormonas alborotadas y a flor de piel, lo cual es el tema principal del fic.

Parte V

"Existen más de mil razones

sentir amor, paz y armonía

poder unir dos corazones disfrutando de la vida.

Meterte en lo desconocido

y descubrir más emociones,

dejándote llevar a un mundo desatado

de pasiones..."

("El tacto de su piel" -Lidia)

Tal como por ahí uno de los hermanos dedujo, el establo se encontraba casi vacío y relativamente limpio pues no hacía mucho la Sra. Elroy después de enterarse de que Albert había estado viviendo en la mansión sin su permiso, había enviado sirvientes a limpiar. Por ello, agradeciendo a las casualidades de la vida aquello que constituía entonces una comodidad y en vista de que la tormenta no daba señales de concluir, pronto los chicos se pusieron manos a la obra en tomar unos pedazos de leña que habían apilados en una esquina para encender dentro una nueva fogata que sirviera como calefacción. No tardó en oscurecer y con ello el temporal se volvió más intenso, por lo que los cuatro comprendieron que iba a ser una larga noche y así terminaron por ubicarse alrededor de la pira, escapando del frío que empezaba a imperar en el ambiente nocturno.

Ese día para Candy había sido épico, sus ropas se habían mojado primero en el lago, luego secado al calor de la tarde y vuelto a empapar al anochecer. Se había reído como no lo hiciera en mucho tiempo y repletado de comida después hasta decir basta. Nunca lo iba a olvidar. Y aunque otros de carácter más serio como Archie, renegaban de la situación, mostrándose preocupados de adquirir un resfrío, ella no podía encontrarla más que divertida.

Debían quitarse las vestimentas húmedas al igual que el calzado para ponerlos a secar junto al fuego si querían alejar de ellos el fantasma de la gripe, así que había que dejar de lado formalidades y vergüenza, más como caballeros que eran los tres muchachos teniendo en cuenta que ella era una señorita, no dudaron en ofrecerle la única toalla que quedaba limpia para pudiera cubrirse al tener que quedar en ropa interior. Candy agradeció la consideración.

-Candy por favor discúlpanos por tener que soportar el desagradable espectáculo de ver nuestros poco atléticos cuerpos- expuso Stear tratando de sacar como siempre con su buen humor algo gracioso hasta de la más peculiar circunstancia, pero Candy solo movió la cabeza haciéndole saber que ninguna disculpa hacía falta.

-Crecí en el Hogar de Pony cuidando a un montón de niños que eran y son como mis hermanos. No hay nada que haya visto en ellos que no tengan ustedes- profirió con mucha simpleza y seguridad, sin embargo su voz empezó a vacilar al notar que Anthony se empezaba a desabrochar la camisa mientras la atendía y aquello la hizo al final tartamudear y olvidarse del resto de lo que iba a decir. Un repentino y molesto rubor le sobrevino casi enseguida como acompañamiento y sintiéndose algo turbada prefirió excusarse de continuar con la plática exponiendo que se encontraba muy cansada debido a todas las actividades del día y solo quería dormir, por lo que sin perder tiempo se apresuró a un rincón un tanto oscuro y apartado del lugar para desvestirse. Luego regresó a tumbarse junto a la hoguera para tomar una siesta a la espera de que la lluvia cesara. Los chicos no le dijeron nada.


No supo cuánto tiempo había transcurrido cuando se despertó pero por la baja intensidad de las llamas frente a ella y al tocar su ropa que yacía ubicada sobre una pila de leña no muy lejos de su alcance, ya casi seca, comprendió que su letargo debió durar varias horas y que para entonces debía ser con probabilidad bastante pasada la medianoche. La lluvia que había disminuido en cuanto a precipitación pero que todavía afuera se escuchaba moderadamente fuerte, les había atrapado allí.

Dentro no obstante, todo se encontraba en completa calma y al no oír rumores de voces, supuso que todos se encontraban dormidos. Al levantar la cabeza hacia el frente, vio que Stear y Archie yacían acostados al otro lado de la hoguera y por la forma en que descansaban pacíficamente (el primero roncando a pierna suelta como si estuviera en la cama de su propia habitación y el segundo con la boca abierta, contrastando con toda su acostumbrada elegancia), pudo comprobar su teoría.

Más entonces escuchó que algo caía entre las llamas y se achicharraba detrás de ella, causa por la que todavía soñolienta se dio la vuelta creyendo que podía tratarse de algún insecto, intentando eso sí hacer el menor ruido pues no quería por nada del mundo interrumpir el dulce sueño de Anthony... Inmensa fue la sorpresa por lo mismo que se llevó al descubrir que el joven en cuestión se hallaba bien despierto y pensativo, sentado con los brazos apoyados en las rodillas y la vista fija en el fuego en tanto lanzaba a las brasas para no aburrirse pequeños bultitos de hojas elaborados con la mano, entreteniéndose en verlos arder.

Atónita pero a la vez fascinada, permaneció conteniendo la respiración durante unos instantes, insegura de si hablarle o no, más él, apuesto y atrayente saliendo de su concentración reparó de pronto en su silencioso e intenso escrutinio, observándola así de una manera tan necesitada y melancólica que terminó de derretirle el corazón.

No hizo falta por ende que se lo pidiera para que se levantase y fuese hacia él. Anthony se alegró de inmediato al verla acercarse y con una sonrisa en el rostro se llevó el índice a los labios solicitándole con complicidad que mantuviera el sigilo, a lo que ella asintió procediendo a sentarse con cuidado a su derecha.

Allí entre tímidas miradas y sin saber bien cómo lidiar en esos momentos con la repentina proximidad y la oscuridad, Candy con su alma bondadosa decidió dar el primer paso para quebrar el cohibimiento entre ambos, considerando que la toalla que le cubría desde los hombros hasta los tobillos era una prenda lo suficientemente grande como para cobijarlos a los dos. Motivo por el cual sin detenerse a pensarlo mucho, con rapidez la abrió para envolverlo con ella también.

Anthony no se lo impidió, demasiado deslumbrado por su accionar y por el hecho de tener su lindo cuerpo de jovencita púber tan cerca del suyo, como innumerables veces en sus más profundos sueños, por tratarse de algo prohibido, lo había ansiado, le siguió la corriente.

No intercambiaron palabras entonces pero al notar Candy su mirada masculina disimulada para no parecer grosera sobre su fisonomía menudita no pudo evitar que le aflorase un ligero sonrojo, algo que le contagió de inmediato a su vez también a él, porque no tardó en notar un rubor de color de manzana cubriendo sus perfiladas mejillas.

-Lo siento- se animó por fin a decirle Anthony en un susurro –Me comporté como un tonto y te arruiné parte del día con ello- reconoció

-No digas eso- contestó ella contemplándolo con ternura –Tú jamás podrías arruinar mis días… porque los haces especiales-

-Candy…- suspiró él y sin contenerse más, le acarició un lado del rostro –Tú haces mi vida especial y es por eso que siento estos celos… porque no quiero perderte- confesó

-Creo que empiezo a comprenderte… porque en mi caso es igual- añadió ella sin poder dejar de mirarlo a los ojos, sorprendiéndolo –Yo también temo tanto perderte-

Inmensamente agradecido por la retribución de sus sentimientos, Anthony con caballerosidad atrayéndola un poco más hacia él, le dio un largo beso en la frente, hablándole con ello de su amor con mayor claridad de la que se hubiera atrevido a declararle con su boca, y después sin romper esa deliciosa cercanía consiguió que ambos despacio se recostasen, procediendo a cubrir sus cuerpos con la larga toalla a manera de manta como protección del frescor nocturno.

De esa manera, como dos niños inmersos en una travesura, se sonrieron tratando de contener las ganas de reírse, sin embargo pronto la conciencia de lo que estaban haciendo les hizo tornarse serios… pero no por ello decidieron alejarse el uno del otro.

Anthony presionó entonces dos dedos contra sus labios y luego los colocó sobre los de ella, transfiriéndole un casto beso que emulaba al que se moría por darle pero se contenía al tener presente que no era lo correcto allí ni en esos momentos. Candy lo entendía a la perfección y en respuesta, sin contemplar más formalidades se aventuró a abrazarlo presa de su espontaneidad y también debido a lo fácil que le resultaba ahora que eran tan cercanos desde hacía varias semanas.

Él era en definitiva la persona que más quería, el chico de sus sueños, el causante de sus delirios, quien lograba enchinarle la piel. Estar junto a él se le asemejaba a la adrenalina que sentía cuando solía colgarse de cabeza de más pequeña, cual malabarista, de las ramas de los árboles. Una emoción que le envolvía y de la que no se quería jamás apartar. Despertaba en ella sensaciones intensas que reconocía a veces comprometedoras pero a las que no podía renunciar. Todo su mundo se había vuelto del revés desde que lo conociera y hasta ahora no podía parar de caminar en medio de ensoñaciones ni siquiera por el hecho de vivir a su lado. Ansiaba así que pudiera llegar el día de formalizar las cosas de esa tierna relación que en secreto ya tenían aunque no lo hubiesen todavía conversado a fondo y anhelaba un feliz porvenir juntos hasta volverse viejitos, porque lo amaba… y estaba segura de ello, aparte de que lo mejor era saber que él la amaba también. Anthony, aunque sonara cursi, era lo mejor de su vida, el verdadero motor que le animaba a levantarse cada día y ser mejor… A veces incluso pensaba que el destino los había hecho colindar como piezas de un rompecabezas, para complementarse el uno al otro en sus vacíos y soledades y en sus penas secretas que antes no habían compartido con nadie, porque él era un huérfano de la vida después de todo al igual que ella y quizá por eso se lograban entender de una manera especial que otros no estaba al alcance de otros.

Con el rostro escondido contra su recio pecho y pensando en todo aquello, Candy pudo percibir su varonil aroma embotándole los sentidos, al igual que oír su apresurado corazón tan entusiasmado como el suyo. El acoplamiento de los latidos de ambos le pareció así el sonido más adorable del planeta.

En un gesto incontenido de cariño, él correspondiendo a su actitud mimosa, apoyó su cabeza sobre la suya, hundiendo el rostro en su cabello. Expresión que la llevó a ella en su afán por responderle a juntar de forma delicada su pequeña nariz contra la bronceada piel de su pecho que le asomaba entre los pliegues de la camisa abierta y lo sintió de inmediato temblar un poco debido a ello. Una reacción que en algunos segundos adicionales generó que con ímpetu la encerrara en un profundo abrazo, haciendo que sus cuerpos cuan largos eran entraran en contacto a totalidad.

Candy sintiéndose sorprendida pero no por ello menos dichosa, se acomodó contra él en respuesta como un conejito buscando refugiarse a la sombra de árbol, algo que despertó la ternura en Anthony haciéndole escapar un suspiro. Era la primera vez que podían estar así, compenetrados en tal intimidad, siendo para ambos la mejor sensación del mundo.

Allí a su costado, Candy se sentía tan bien, que hasta le parecía poder comprobar su teoría de que ambos eran un rompecabezas, al igual que la del Génesis que aprendiera según las enseñanzas que le inculcaran sus madres en el Hogar de Pony, en que se dice que Dios creó a la mujer de la costilla del hombre. Ahí, esa madrugada, en ese atemporal lapso de tiempo ella sintió que le pertenecía a Anthony, así como él le pertenecía a ella… y que así había sido de siempre, inclusive si se hubiesen conocido en una vida anterior... de ser eso también posible.

Deslizó entonces sus manos hacia arriba por los delgados músculos de sus brazos, sintiendo por primera vez a plenitud su contextura en las palmas a través de la fina camisa y él así mismo se ocupó en acariciarle la espalda, desinhibiéndose de toda timidez y disparándole con ello destellos de energía por todo el cuerpo, cual si las mariposas que alojaba en su juvenil vientre por su culpa se estuviesen escapando para rodearla a plenitud, alegres del especial momento que estaban viviendo.

Candy trató de calmarse y de cerrar los ojos, pero era imposible e intuía que para Anthony era igual. No le iba a ser posible volver a conciliar de nuevo el sueño estando tan consciente de su mano izquierda descansando protectoramente sobre su cintura, mientras sentía las yemas de los dedos de su derecha viajando con delicadeza a lo largo de su columna vertebral hasta llegar a hundirse en sus rizados cabellos, quizá según él para adormecerla sin saber que con ello estaba consiguiendo todo lo contrario. La piel se le enchinó irremediablemente con su toque y tuvo en un impulso que apretarle la tela de la camisa en la parte de la espalda para intentar controlar un poco el estremecimiento en todo el cuerpo que aquello le ocasionó. Anthony lo notó y en respuesta la aferró más hacia sí.

Candy reconocía que se encontraban sumidos en un roce indecoroso, indecente, indebido, estando encima sus físicos cubiertos por tan poca ropa, más en esos momentos no le importaba al no tener las ganas ni las fuerzas necesarias para separarse, ya que en lo único que podía pensar era en la vigorosidad de él sosteniéndola y en su cálida respiración contra su cuello que de parecer una leve caricia que le causara en algún instante cosquillas se había ido transformando en presurosa de pronto, al mismo tiempo que a ella le sobreviniera esa inusual oleada de… (Aunque le pareciera extraño y le diera vergüenza reconocerlo)… placer.

En cuanto aquella arrebatadora y nueva sensación pasó, y su corazón junto a su cuerpo otra vez lentamente comenzaron a serenarse, Candy advirtiéndose debilitada se abandonó en los brazos de él percibiendo que le sobrevenía un profundo sueño. Anthony entonces se encargó de volver a recostarla con delicadeza sobre el suelo y entre lo último que ella alcanzó a ver antes de perderse en el limbo fue que le acariciaba las mejillas con cariño mientras la contemplaba con ternura como si fuese algo precioso, despejándole el cabello de la cara y haciéndola sentir cada vez más segura de que era como un mago capaz de producirle cosas mágicas. Luego juntó su frente contra la suya con dulzura y colocó un casto beso sobre su respingona nariz.

-…Te amo-

Ya había cerrado los ojos cuando le pareció muy bajito escuchárselo decirle al oído.


El ruido de la bocina del automóvil principal de la mansión les hizo despertarse de improviso a todos cuando ya casi empezaba a aclarar la mañana.

-¿Qué, qué pasa?- clamó Stear levantándose sobresaltado y mirando de un lado al otro desubicado. Susto que se le pasó al colocarse los anteojos.

-¡Pero qué diablos!- renegó Archie dejando de lado las formalidades y soltando una mala palabra despeinado y de muy mal humor –Esta manera de despertarle a uno puede ocasionar un infarto al corazón- protestó

Candy y Anthony también se espabilaron extrañados por el molesto ruido, sin embargo pronto comprendieron que la caótica situación de la naturaleza al final de la tarde anterior ya había pasado y que habían ido a rescatarlos. Los pajarillos ya cantaban en la copa de los árboles dándole la bienvenida al nuevo día pero para ellos dos no hubo mejor manera de comenzarlo que despertando en los brazos del otro.

-Vaya la guardia nacional no tardó en venir. Deben haberse vuelto locos ayer buscándonos- comentó Stear mientras se levantaba a poner en orden las cosas que tendrían que llevar y a apagar el resto de lo que quedaba de la fogata.

-Pues menos mal y no tardaron más- profirió Archie, notando entonces la indiscutible proximidad de los dos rubios siendo visiblemente para nada de su agrado –Un poco más y ya no aguantaba esto- alegó luego a regañadientes parándose también para tomar su ropa y vestirse.

Anthony y Candy percibieron su mala actitud por su causa y también las miradas de reojo sorprendidas de Stear sin atreverse a regañarles pero tampoco muy de acuerdo, no obstante éste decidió pasar por alto la situación, algo que ellos desde el fondo de sus corazones le agradecieron.

Más tranquilos ambos así se sonrieron, cada vez más cómodos de dejar de esconder de a poco lo que existía entre ellos.

Pocos segundos después el Sr. George acompañado de Dorothy y del chofer de la mansión, irrumpieron en el establo en sus búsquedas

-¡Oh, gracias a Dios!- exclamó Dorothy elevando las manos al cielo, en tanto el responsable George exhaló un suspiro de alivio

-Vieron, les dije que estarían aquí- señaló a su vez el conductor, quien al parecer había sido el de la idea de buscarles allí

-¡Buenos días!- saludaron los extraviados a coro para calmar un poco los ánimos y evitar que los retaran más de lo que por seguro les esperaba en la casa con la tía abuela.

-Buenos días jóvenes señores. Está demás decirles que el día de ayer se excedieron con su paseo y que es hora de regresar de inmediato a la mansión- expresó con seriedad George –Ahora por favor… terminen de… vestirse… para poder partir- concluyó al final un tanto inseguro, sin comprender el porqué de la relativa desnudez del grupo y encontrándola bochornosa.

-Eh, esto- habló Stear quien era el mayor y por lo tanto el líder –Causa de los estragos de la lluvia- se dio a la tarea de explicar para que nadie pensara mal. Sin embargo para algunos aquella razón no fue suficiente para justificar ciertos comportamientos.

-¡Candy, santo cielo, ven aquí!- exigió Dorothy llamándola, asustada de su falta de decoro frente a los chicos, en especial con Anthony.

Candy no dudó en obedecerle apresurándose a recoger sus ropas y en cuanto estuvo parada frente a ella tuvo que enfrentarse también a su mirada interrogativa, más supo comprender su inquietud y negó con la cabeza para que estuviese tranquila, dejándole saber que no había pasado nada a mayores entre su chico adorado y ella, ante lo que la joven nana no disimuló su alivio porque después de todo era su deber cuidarla.

-Estará castigada señorita- le dio a conocer junto a una mirada de censura

-Lo sé… me lo merezco- admitió Candy, aceptando algo que sospechaba al igual que el resto que iba a suceder, en tanto sentía la atención de Anthony no muy lejos a sus espaldas, centrada sobre ellas.

Dorothy solo asintió observándolos a ambos y luego se encaminó hacia afuera.

-Le he dado órdenes a Jhon para que abra la puerta de la casona y puedan acceder a los baños cómodamente a cambiarse. Encontraran además ropa limpia en el coche- indicó George, apurándolos a su vez a todos para salir.

-¡Genial, la tía abuela piensa en todo!- comentó Stear contento y agradecido, dirigiéndose con las cosas a la puerta

-¡Ropa limpia!, ¡Gracias Señor!- exclamó Archie por su parte, siguiéndole

Ya casi todos habían salido pero Candy y Anthony se retrasaron para poder mirarse un instante con complicidad y sonreírse, culpables pero no arrepentidos de su pequeña escena de pasión experimentada, sabiendo que lo que había pasado allí constituía un paso importante en sus vidas. Un pasaje especial que no le contarían a nadie y del que con probabilidad tampoco hablarían, pero que no olvidarían jamás.

FIN


¡Gracias por leer!

Un abrazo a todos y hasta la próxima.

Belén