Disclaimer: NO poseo los personajes pero si el OC.
Importante: Las letras en cursiva son las oraciones en alemán.
Capítulo 7: Cuatro días con ellos.
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El primer y segundo día de entrenamiento no fue nada fuera de lo normal. Los chicos hacían ejercicio como si les pagaran por ello y Hana tendría que traerles bebidas o cocinar para ellos. No se molestó en hacerlo porque todos le caen bien (hasta el molesto de Fukui).
Pero en el tercer día de entrenamiento, dicho rubio hizo que todo fuera un poco insoportable de llevar. Gracias a su fabulosa personalidad.
Los muchachos estaban haciendo lo mismo, pero el calor en este día era especialmente insoportable. Por lo que el chico de cabello purpura se quitó la camiseta que llevaba porque estaba demasiado caliente (y oh sí, sí que lo era) revelando su torso largo y bien formado, mientras el sudor hacia que su piel brillara.
En ese momento, a Hana no le importó que estuviera sudando. Ella literalmente se lo comió con los ojos.
―¿Te traigo un balde para que dejes caer la baba ahí? ―preguntó Fukui al darse cuenta de que la tonta rubia no despegaba los ojos del chico aún más tonto.
―¿Eh? ¿Qué? yo….no…. ―Hana apartó la mirada rápidamente.
―Hana-chin… ―la voz la hizo saltar y chillar. ―Átame el cabello.
―S-sí... ―Hana sacó una cinta elástica y le hizo señas al muchacho para que se sentara.
Al tenerlo tan cerca el corazón de la rubia empezó a latir con velocidad. Hizo su trabajo rápidamente, pero ella casi se vuelve loca cuando lo vio. Puede parecer ridículo, pero con el cabello fuera del camino, su mirada parece tener un toque más…. ¿sensual? tal vez eso acentuaba su atractivo sexual (omitiendo el hecho de que está semidesnudo). La chica se preguntó cómo se vería sin el corto pantalón y sin la ropa interior….
Hana movió su cabeza de lado a lado. ¿Qué era lo que estaba pensando? o ella estaba lo suficientemente loca como para imaginar cosas raras sobre su amigo, o el calor ya le tostó el cerebro.
Luego el equipo tomó un descanso. Y Fukui, de repente, decidió enseñarle a la chica que no es la gerente pero hace el trabajo de uno, como jugar baloncesto. Ella dudaba en hacer algo como eso porque nunca se interesó por los deportes. Sin embargo, el chico mayor insistió y la arrastró a la cancha.
Para ser más pequeño que ella, era demasiado fuerte. Recordó como la cargó y caminó con ella como si no pesara nada.
―Esto es estúpido. ―protestó Hana. ―No quiero hacer esto, Fukui-sempai.
―Deja de quejarte, mujer. ―dijo Fukui cogiendo el balón. ―Vamos a trabajar en tus habilidades de reflejo.
―¿Qué?
―Te pones nerviosa fácilmente y reaccionas muy mal cuando estás asustada.
―¿Y eso que tiene que ver?
―Bueno. No queremos tener una gerente que no solo no sabe jugar baloncesto, sino que es un peligro para nosotros. ―dijo el rubio.
―Yo no soy su gerente. ―Hana negó rápidamente.
―Bien, pero haces el trabajo de uno, y siempre estás con nosotros.
―No le veo el sentido.
―Digamos que estás anotando algo y alguno de nosotros se acerca ti y tu, por estar tan inmersa en lo que piensas o escribes, te sorprendes y apuñalas al pobre al hombre, probablemente hasta la muerte, en la nariz, justo como lo hiciste con Atsushi.
Hana no estaba segura sobre qué cosa ofenderse más.
1. el hecho de que ese enano asumió que ella era demasiado despistada o lo que sea.
2. el hecho de que él la caracterizó como si dañar narices fuera su hobby.
―Qué ejemplo tan estúpido. ―murmuró la chica. ―No voy hacer esto. ¡Yo no soy violenta!
―Nunca dije que fueras violenta. Solo que eres un poco nerviosa. ―dijo Fukui.
―No soy nerviosa. ―Hana también negó eso.
Fukui rodó los ojos. ―Entonces vamos a probarlo. ―dijo, antes de tirar la pelota hacia ella inesperadamente.
Hana no reaccionó lo suficientemente rápido, por lo que la pelota golpeó directamente su cabeza.
Eso le dolió mucho.
―Lo hiciste mal. ―él sacudía su cabeza mientras ponía sus brazos detrás de la misma. ―No estás consiente de tu entorno.
¿Ella había sido golpeada en la cabeza y a él le preocupaba el entorno?
La rubia se llevó la mano para tocar la parte afectada y sintió que le crecía un chichón. Probablemente ese golpe se volverá morado. Un gemido se escapó de sus labios mientras se derrumbó sobre sus rodillas y sentía que las lágrimas se iban a desbordar.
Murasakibara y Himuro se arrodillaron junto a ella para mirar cómo estaba.
―Fukui, ¿Qué estás haciendo? ―preguntó Okamura.
―Solo tengo un poco de diversión. ―dijo el muchacho.
―Creo que deberías disculparte con ella, sempai. ―dijo Himuro.
―No es mi culpa que no haya atrapado la pelota.
―Fuku-chin, ofrécele una disculpa a Hana-chin. ―dijo Murasakibara poniéndose de pie.
―Déjalo. ―dijo la chica, repitiendo la acción de su amigo. ―¿¡Estás loco!? ¿¡Eres estúpido!? ¡Por eso es que no creces! ¡Cómo me gustaría que él que hubiera recibido el daño fueras tú, maldito enano!
Ninguno entendió nada de lo que la rubia le gritó al muchacho. Pero se imaginaron que eran insultos hacia su persona.
―Ya deja de ser tan dramática. ―dijo Fukui.
Perdiendo la paciencia (justificablemente) Hana tomó el balón y lo tiró hacia el rubio, que por desgracia, se agachó, evitando el golpe. El balón rebotó contra una baranda y atacó la cabeza de Hana una vez más.
Es por eso que ella no usa la violencia.
La chica se tambaleó hacia atrás y, para que la vida le diera la lección de no atentar contra nadie, se tropezó con una pierda y cayó.
La colisión que hizo su cabeza con el suelo la dejó desmayada en el instante. Los muchachos se encogieron ante el sonido que generó el impacto.
―Eso sonó duro. ―dijo Liu.
En un tiempo realmente malo, la entrenadora llegó. Solo para ver la chica de Alemania tirada en el suelo tan muerta como lo sería cualquier persona inconsciente. Y el vice-capitán de Yosen intentado huir pero siendo detenido por sus compañeros.
―Muy bien. ¿Alguien puede explicarme claramente que acaba de pasar? ―preguntó la mujer.
―Nuestro vice-capitán realmente debería dejar de burlarse de Hana. ―dijo Himuro.
Hana se encontró acostada en la cama de su cuarto en la posada con un gran dolor de cabeza. Mirando al techo, se permitió reflexionar.
Por las razones que sea (Hana no entiende) Fukui ha tomado como Hobby molestarla y meterse con ella. Bueno, igual nadie le había preguntado por qué. Simplemente se asume que lo estaba haciendo por diversión. Como la forma en que suele burlarse de Liu, o del propio capitán y sus patillas inusualmente largas. Sin embargo, era respetado por sus compañeros porque era un buen jugador en la cancha.
Pero eso no quiere decir que podía hacer de Hana su desafortunada víctima.
Para su alivio, ya solo quedaba un día de estar aquí. Y ella prometió a si misma que nunca volvería a atacar a nadie. Para eso estaba la entrenadora Araki. Ella sí que supo cómo refinar al rubio.
Y así, decidió quedarse dormida.
A la mañana siguiente, los muchachos salieron de las habitaciones para desayunar y todos estaban esperando a que Hana los recibiera con una sonrisa y con los alimentos listos.
Pero no fue así.
Todos se miraron extrañados. Murasakibara un poco molesto porque tenía mucha hambre y quería probar la deliciosa comida de la rubia. Y así, los titulares del club de baloncesto tuvieron que subir a ver que andaba mal con la chica.
Himuro tocó la puerta suavemente, pero no recibió respuesta. Por lo que entonces decidieron entrar.
La habitación se encontraba en penumbra y se podía observar un bulto envuelto en sabanas en la cama. Era muy obvio que Hana no se había dignado a levantare. Fukui, enojado se acercó para zarandear a la mujer pero un gemido lo detuvo.
Liu pensó que era cosa de su imaginación lo que se oyó, hasta que lo volvieron a escuchar.
―¿Hana? ―Himuro la llamó.
Cauteloso, Fukui levantó la sábana blanca. ―Mujer, ¿estás bien?
―¿Qué hacen aquí? ―preguntó ella con voz rasposa.
Okamura por un momento quiso gritar de terror. Y estaba seguro que los otros compartían el sentimiento. Ni siquiera un mapache podría igualar las ojeras que la niña tenía, además de que su piel cremosa ahora estaba pálida. Y por si fuera poco, ella mostraba una mueca de dolor.
―Es tiempo del desayuno. ―dijo Himuro.
―¿Qué? ―ella se incorporó pero dejó escapar otro gemido de dolor llevando las manos a su vientre.
―Hana-chin, ¿Qué te pasa? ―preguntó Murasakibara, comiendo una barra de caramelo.
La mencionada se quedó estática. Por mucho que lo que a ella le sucedía ya no fuera un tema extraño en la sociedad, era muy vergonzoso para ella tener que decirlo delante de cinco hombres. Pero en este momento, son su única esperanza ya que la entrenadora Araki salió temprano.
―Son….son cólicos. ―murmuró la chica.
―¿Qué? ―preguntó Fukui.
―Cólicos. ―repitió, pero aun en tono bajo.
―Hana, habla más alto que no te entendemos. ―pidió Himuro.
―¡Son cólicos! ―esta vez sí lo dijo fuerte. Murasakibara dejó caer la barra de caramelo que estaba comiendo, mientras los otros chicos parecían aturdidos. Hana suspiró y los miró fijamente. ―Tengo cólicos desde la madrugada y no traje pastillas para el dolor como tampoco traje….. ―ella se sonrojó. ―Las….ustedes entienden.
―Creo que sí. ―dijo Liu.
―Yo…no creo que pueda bajar por el momento. Esperaré a que Araki-san vuelva.
―De acuerdo. ―dijo Okamura. Los demás los siguieron.
―Espéranos un momento, Hana-chin.
La rubia no entendió que quiso decir su amigo de cabello purpura con eso pero no le dio importancia. Se recostó en la cama con la esperanza de que el dolor desapareciera pronto, y así, por lo menos poder moverse.
Pero después de diez minutos, los chicos volvieron a entrar en la habitación. Fukui le lanzó una bolsa que tenía el logo de una farmacia. Extrañada, miró el contenido del paquete para encontrarse con las pastillas para los cólicos y las dichosas toallas.
―¿Ustedes…?
―Esto fue cosa de una sola vez. ―dijo Liu rápidamente.
―Jamás en vida volveré a pasar esa vergüenza cuando me preguntaron que como las quería. ―dijo Fukui. Que volvió a perder en piedra-papel o tijera, por lo que le tocó a él preguntar. ―Diarias, nocturnas, con alas, delgadas, ¿Qué demonios son esas cosas?
―Solo les faltó preguntar si querías llevarlas puestas. ―dijo Himuro riendo.
―Eso se puede tomar como tu castigo por hacerle daño a Hana-chan. ―dijo Okamura. Fukui gruñó.
―Hana-chin. ―ella volteó a ver a Murasakibara. ―Te compré pepero…
Ciertamente, el dulce le ayuda mucho cuando está en esos días. Ella tomó el dulce en sus manos, para darse cuenta que ya estaba empezado.
―Muchas gracias, chicos. ―y entonces Hana les brindó una cálida y hermosa sonrisa.
Tal vez, pasar una vergüenza como la de ese día, cuando cinco hombres entraron en una farmacia para comprarle los productos a cierta rubia, valía la pena.
