Disclaimer: NO poseo los personajes pero si el OC.
Capítulo 11: Volvamos.
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Si de algo hay que tener la plena certeza en la vida, es del apetito bestial que posee Murasakibara Atsushi.
Bueno, en realidad eso no es un secreto para nadie, incluso Hana era consciente de su "hambre", pero ¡por favor! se había comido tres platos de curry (y mitad del de Hana), una hamburguesa, una bolsa de papas fritas y encima el postre. Hana no estaba segura de que pensar. Tal vez y su estómago era un agujero negro.
En este mundo todo es posible.
Ahora, por fin se encontraban en la dichosa competencia de baloncesto callejero para sacar a Himuro de allí porque según Murasakibara, los jugadores de Yosen no pueden jugar en partidos que no sean única y exclusivamente oficiales. Eran órdenes de los altos mandos, osea la entrenadora, y nadie quiere ver a la entrenadora Araki enojada.
Y volviendo al apetito del muchacho…. ¡Le había pedido el favor a la chica de que comprara golosinas! Hana en realidad estaba muy sorprendida. Si su madre lo viera, seguro diría que debía ir al psicólogo para manejar su ansiedad. A Hana le hizo eso cuando ella comía jabón…
Bien, la comparación no es válida.
Al salir de una de las tiendas del lugar, fue a la cancha, donde el gigante le dijo que estaría, y por fin sus ojos registraron la emo presencia de Himuro. Al parecer el de cabello purpura había llegado a tiempo para detener el partido.
La rubia estaba tan contenta de ver a Himuro que corrió hacia él y se le tiró encima como una gacela.
―¡Tatsu-kun!
―Llegan tarde, Atsushi, Hana. ―dijo el pelinegro.
―Lo siento pero Atsu-chan se perdió. ―contestó la rubia. La pérdida había sido ella, ¿pero a quien le importa eso? a Murasakibara no pareció molestarle.
―Ha pasado tiempo, Murasakibara-kun. ―un tipo bajito habló. Ahora es cuando Hana se dio cuenta de la presencia de las otras personas.
El más alto saludó al peliceleste y luego procedió a revolver su cabello, diciendo que quería aplastarlo. Y oh si, Hana tuvo la certeza de que podía hacerlo.
―¡No puedes hacerlo eso a Tetsu! ―fue entonces cuando Hana tuvo que bajar su cuello considerablemente para ver a la chica que había gritado aquellas palabras.
En sus días en el internado tuvo una amiga realmente pequeña (en realidad, la mayoría de mujeres en su presencia son bajas) y aquella chica desprendía toda la dulzura y ternura del mundo. Y la rubia se hizo a la idea de que entre las chicas más bajas, más tiernas se comportaban.
Oh, pues la que estaba en frente retumbó por completo su teoría con aquel grito parecido al de los gladiadores en la película 300. Pero, había que darle un punto a favor, tenía un cabello lindo (ignorando la paleta de colores que este era).
Con la intención de dejar de ser aterrorizada visualmente, miró al muchacho que estaba a su lado.
Mala idea.
Cabello rojo con matices negras en las puntas y rostro de delincuente fue lo que Hana pudo ver. Ella ya quería volver a casa, seriamente.
Pero luego de que la más baja y el más alto de las personas presentes tuvieran una discusión parecida a la de una madre con su hijo acerca de que el lavado de manos es higiénico y de cómo se debe revolver el cabello del chico sin expresiones, Hana decidió que no eran tan malas personas como parecían. Incluso le pareció divertido el verla intentando pronunciar el nombre de Murasakibara correctamente, pero sin éxito alguno. Al final ella se resignó y decidió llamarlo Musaki. Muy original, la chica era muy original.
Entonces aprendió sus nombres. Kuroko Tetsuya, Kagami Taiga y Ritsuka. Ellos eran de la preparatoria Seirin. Siendo los dos primero titulares en el equipo, y la niña la gerente. La rubia ya había tenido oportunidad de escuchar acerca de ellos de boca de Kazumi.
Conocer personas nuevas es muy divertido, pero ellos ya debían volver a casa.
―Como sea. Tatsu-kun, no puedes jugar en partidos no oficiales. ―informó Hana.
―Es por eso que vinimos a detenerte. ―Murasakibara terminó.
―Ya veo, es una pena. ―en realidad a Hana no le habría importado dejarlo jugar, pues sabía que él quería, pero las reglas son las reglas y están para cumplirlas.
―Por eso vámonos. ―Murasakibara arrastró a Himuro y Hana fue detrás. Hasta que Kagami lo agarró del hombro y lo detuvo; diciendo que no dejaría que interfiriera en su juego contra Tatsuya y quien sabe que más cosas.
Parecía serio, la verdad.
Pero, una vez más, Murasakibara nunca se toma nada en serio (a no ser que le robes dulces, Okamura ya lo experimentó).
―¿Qué pasa con tus cejas? ¿Por qué están divididas en dos? ―preguntó. Y entonces le arrancó un pedazo de estas a Kagami.
Eso hasta a Hana le dolió (ella entiende lo que es la depilada, por favor). Ritsuka no pudo contener su risa y terminó en el suelo riendo sin control. Ella era malvada riéndose del dolor ajeno.
―¡Duele! ¿¡Qué estás haciendo, bastardo!?
―Son tan largas… ―el más alto no estaba escuchando para nada, claramente.
―¿¡Estás escuchando!?
―Ya cállate. Muro-chin, Hana-chin, ya vámonos.
Con una provocación bastante estúpida por parte de Kagami hacia Murasakibara, se logró que el juego diera su inicio.
La rubia no sabía quién era más idiota. Si el que provocó, o el que se dejó provocar.
Sin más que hacer, se sentó junto con Ritsuka en las bancas. Y la chica es totalmente rara. Hana nunca había visto tantos corazones palpables alrededor de una persona. Sin duda alguna ella estaba admirando a uno de los jugadores en la cancha. Tal vez y uno de los chicos con quien venía era su novio.
El partido no se pudo completar porque la lluvia descendió en un tiempo realmente malo. Y por fin, empapados hasta los huesos (porque en un solo paraguas no caben tres personas) se reunieron con sus sempai.
―¿Qué demonios les pasó? ―preguntó Fukui. ―Apestan a pañal de bebé.
―Eso fue porque nos caímos. ―contestó Himuro.
―¿Por qué se demoraron tanto? ―preguntó Liu. ―Pensé que me iba a quedar sentado en este asiento de por vida.
―Muro-chin se encontró con su hermanito. ―informó Murasakibara. Himuro les había hablado de la amistad que tenía con Kagami. Ahora Hana le encontraba la razón de ser al anillo que cuelga de su cuello.
―¿Tienes un hermano? ―Okamura le preguntó al pelinegro.
―Si.
―¿Por qué no nos habías dicho?
―No creí que fuese necesario. ―Himuro se encogió de hombros. ―De todas formas, gracias por haberme acompañado aquí. Lástima que nos separamos.
―Bien hay que volver. ―dijo Hana.
Para las próximas salidas (si es que acepta ir en una de nuevo) Hana debe tener en cuenta que los imprevistos con estos chicos son el pan de cada día.
Pero es divertido; siempre y cuando no afecten su integridad física.
