Capítulo 11
La puerta que no se abrió
Se quedó así, de pie, sin apenas moverse, y sólo recordando el respirar. La mirada dolida de ella, las lágrimas de la chica, y ver a Hermione alejarse corriendo del lugar, eran lo único que llenaban su mente. Se sintió idiota. Era un cobarde por haberla hecho llorar. ¿Pero acaso no había sido ella la que había sacado el tema de Weasley? ¿A caso era culpa suya el que él se pusiese agresivo al hacerle saber que aquella comadreja idiota también tenía sentimientos por ella, y era una amenaza contra lo que él mismo sentía por la Gryffindor?
Suspiró. Tenía que reconocer que él no estaba libre de toda la culpa. Él también la había hecho llorar, ¿no era así? Y además había sido tan idiota como para seguir culpándola por cuestiones que la pobre muchacha no alcanzaba a comprender, llamándola sangre sucia de nuevo...
Se dio media vuelta, y se acercó a la mesa volcada. Recogió todas las cosas que habían caído de ella con lentitud, y en completo silencio. Le pasó la varita a la redacción que hasta hacía unos minutos habían estado elaborando en plena calma, para limpiarla de toda la tinta que se le había derramado encima. Guardó varios libros en su mochila, y cuando estuvo completamente llena, aquellos pocos que no cupieron los llevó en el brazo.
Salió del aula sin hacer ningún ruido. Lo que acababa de ocurrir se repetía una y otra vez en su mente, y las palabras de Hermione aún retumbaban en su cabeza.
Ella acababa de confesar que le gustaba él. Quizá a regañadientes y de mala gana, pero había admitido que tenía sentimientos hacia el rubio. Y él, todo idiota, se había quedado callado.
Pero es que él no tenía aquel valor estúpido que caracterizaba a un Gryffindor. Él nunca hubiera podido admitir que él también tenía sentimientos por ella, aunque éstos le quemaban por dentro y amenazaban por desbordarse cada vez que la besaba. En su mente, y hasta cierto punto en su corazón, el orgullo Slytherin lo llenaba por completo. Rebajarse a querer a una sangre sucia, olvidar su status, ignorar todos aquellos ideales bajo los que se había criado y creía ciegamente…
Y volvió a sentirse cobarde, poca cosa. Refugiarse detrás de aquellas ideas que sus padres le habían metido en la cabeza, era un completo y total acto de cobardía. Después de todo, por eso había sido sorteado en Slytherin. Las cualidades que más lo definían eran su bajeza, la manera en que manipulaba a los demás para obtener lo que quería, y cómo en peligro inminente, era más importante salvar su propio pellejo, que el de los demás.
Bajo esa nueva luz, el ser un Malfoy lo ponía en el lugar de una persona sin escrúpulos, sin valores, sin empatía. Con esas cualidades, era obvio que no era digno de Hermione, una Gryffindor hecha y derecha: leal, valiente, sin el temor de actuar por el bien de los demás, así fuese sacrificándose a sí misma. Fue por ello que, durante un fugaz instante, en su mente pasó la idea de que quizá, Weasley fuera mejor para ella. Vaya, con semejante comparativa, ¡cualquiera era mejor para ella que él!
Caminó en silencio por los pasillos, los cuales se encontraban ya casi vacíos. Por los grandes ventanales se podía ver como el sol comenzaba a ponerse. Pero el Slytherin no veía nada. Después de todo, perdido en sus pensamientos, apenas y era consciente de por dónde iba.
Sus pies se movían automáticamente, situándose uno delante del otro, llevándolo escaleras abajo, hasta llegar a las mazmorras. Ignorando a los otros Slytherins que se dirigían allí también, el muchacho de cabello rubio platinado finalmente se detuvo frente al tapiz que ocultaba su sala común, donde pronunció la contraseña, y entró con paso aún perdido. Sin detenerse a mirar a las pocas serpientes que habían cenado ya, y se encontraban sentados en los sillones de cuero oscuro conversando animadamente, se dirigió a su dormitorio, donde aventó la mochila y los libros al piso, y se dejó caer en la cama.
¡Por Merlín! ¡Qué no hubiera dado para decir que ella también le gustaba!
Pero le habían lavado la cabeza durante toda su vida, y muy en el fondo, mientras la besaba, podía sentir que obraba mal. De nueva cuenta, no pudo evitar repetirse aquel mantra: Ella era una sangre sucia. Ella no era digna de él. Era un error enamorarse, ése era el primer punto. ¿A caso no le habían enseñado en casa que el amor era sólo una tontería, un juego de niños? ¿A caso no los Malfoy llevaban ya generaciones casándose sólo por beneficio mutuo? Por oro, por status, por pureza de sangre...
En segundo lugar, se encontraban los prejuicios que cruzaban por su mente todo el tiempo, obra y gracia de su familia, de su apellido. Prejuicios de los cuales dudaba que fuesen correctos, pero siempre regresaban; era incapaz de deshacerse de ellos. Y aun así, él la deseaba tanto…
Escuchó como la puerta del dormitorio se abría, y se apuró a fingir que dormía. No le apetecía conversar con Zack y Nigel, quienes seguramente querrían preguntarle que no había bajado a cenar. Así que se limitó a cerrar los ojos con fuerza, dando la espalda a sus compañeros de dormitorio. Sin embargo, allí en la soledad que le brindaba el dosel de su cama, en lugar de lograr controlar sus emociones y pensamientos, en su cabeza sólo flotaba el nombre de Hermione, y su persona…
Tenía demasiadas emociones encontradas, sentimientos a los cuales ni siquiera conseguía ponerles nombre. Sin embargo, pese a tener un remolino de ideas y sentimientos dando vuelta en su cabeza, un par de horas después de que Nigel y Zack se hubiesen dicho buenas noches, y hubieran apagado la luz, el Slytherin llegó a la conclusión de que, igual que ella la semana pasada, él no podía quedarse con los brazos cruzados. Para bien o para mal, debía aclarar aquel asunto, o estaba seguro que se volvería loco. Quizá un poco de valor idiota tipo Gryffindor no le viniera tan mal…
Se había preparado mentalmente durante toda la noche, por lo que aquella mañana estaba dispuesto a hacer las cosas un poco diferentes. Draco llegó al Gran Comedor a la hora del desayuno, seguido por Zack y Nigel (quienes conversaban sobre la derrota de Hufflepuff contra Gryffindor en el primer partido de Quidditch de la temporada, que se había sucedido el fin de semana pasado), y apenas los tres Slytherins cruzaron las puertas para entrar a la amplia habitación, el rubio desvió (como siempre) su mirada a la mesa de Gryffindor, y sin perder un instante la escaneó, buscado aquella melena castaña, rodeada de la rubia y la pelirroja. No tardó en encontrarla. Hermione se encontraba sentada a la mitad de la mesa, sentada junto a la menor de los Weasley. Nervioso, se acomodó la mochila al hombro, y sujetó los libros que llevaba en el brazo con más fuerza.
Y ante las miradas confundidas de Rozailer y Pragett, el rubio rectificó sus pasos que se dirigían a la mesa de las serpientes, y se encaminó hacia la de los leones. Sus dos compañeros lo miraron alejarse, pues confundidos como estaban, se habían detenido en el punto donde Draco había desviado su andar, sin tener la menor idea de qué se proponía el aludido.
Así que Malfoy continuó avanzando solo, con aquellos libros entre los brazos, prácticamente conteniendo la respiración, hasta detenerse al estar cerca de Granger.
-Te dejaste esto ayer –le dijo mientras le dejaba caer los libros en el espacio vacío que había junto a la castaña. Ginny bajó su cuchara, Neville dejó de mordisquear la pierna de pollo, Luna olvidó tomar de su vaso con jugo de calabaza; y ahora ellos tres veían como Draco Malfoy se quedaba de pie junto a la mesa, con el entrecejo fruncido, y en espera de que la muchacha le respondiese.
Sin embargo, la castaña no le contestó, y se limitó a seguir untando con mermelada su tostada, ignorando las miradas de sus tres amigos, y la presencia del Slytherin.
-Espero y terminemos de una buena vez ese estúpido reporte para Slughorn –continuó Malfoy, intentando hablar con su habitual desprecio (cosa que le costaba trabajo, pues le temblaba la voz), y tratando de pasar por alto el hecho de que ella lo estuviese ignorando a él-. Ya resumí el capítulo quince, puedes revisarlo si quieres.
Nervioso y molesto a partes iguales, Malfoy desvió su mirada del perfil de Hermione (la castaña seguía sin mirarlo de vuelta) y no pudo evitar mirar a la pelirroja que se encontraba sentada junto a la Gryffindor. Ginny lo miró de vuelta, y confundida como estaba, tampoco dijo nada. Con ello, el Slytherin posó su mirada en Neville, como si estuviera esperando que hiciera un comentario, pero él tampoco abrió la boca. No se atrevió a mirar a Luna. No sería capaz de soportar más silencios provenientes de aquella mesa. Así que esperando que su plan saliese como él lo esperaba, se acomodó la túnica en un flácido intento por aparentar que la manera en que Hermione lo había ignorado le tenía sin cuidado, y finalmente el Slytherin se alejó por donde había venido, hasta volver a reunirse con sus compañeros, y dirigirse a la mesa de las serpientes.
-Así que lo has reprendido –musitó Ginny en voz baja, temerosa de que el rubio pudiese escucharla, y se diera la media vuelta-. Bien por ti Hermione. Espero y ahora comiencen a trabajar en equipo.
-¿Crees que sea lo correcto? –respondió la castaña de vuelta, igualmente hablando en susurros-. Es decir… Todas estas tareas implican pasar demasiado tiempo juntos, y en el caso de Malfoy…
-Simplemente no lo vuelvas personal –intervino la pelirroja, volviendo a centrarse en su desayuno-. Yo sé que hay mucha historia entre ustedes. Entre Harry y él. Entre su familia y todos nosotros. Pero creo que por el bien de todos, es mejor que tratemos de olvidarlo. No tiene caso que nos sigamos aferrando a ello, en especial porque es muy probable que cuando finalice el año, no volvamos a verlo nunca más.
-¿Estás segura? –insistió Hermione, no muy convencida.
-Sólo no lo vuelvas personal –repitió Ginny, apretando suavemente la mano de la castaña, demostrándole su apoyo-. Ese fue el acuerdo entre Zack y yo, por ejemplo. Sesiones programadas en la biblioteca, cada quien investiga y elabora sus temas, no hablamos sobre asuntos personales, y no pasa nada. Cero roces entre Gryffindors y Slytherins. Una superficial unión de las casas, como quieren los profesores. Aunque claro, ayuda el hecho de que Zack sea sangre mestiza…
Hermione asintió. De la manera en que Ginny lo había explicado, sonaba relativamente sencillo. Sin embargo, al mirar de reojo la pila de libros que el Slytherin había dejado junto a ella, la Gryffindor comprendió que, en su caso, aquello era ya prácticamente imposible. Entre ella y Draco aquellas sesiones de estudio se habían vuelto demasiado personales.
Se preguntó si habría vuelta atrás.
Después de intentar desayunar un poco más (y sin lograrlo en absoluto), Hermione revisó la hora en el reloj de Ginny, con lo que exclamó lo más tranquilamente que pudo:
-Creo que es hora de que nos vayamos ya.
Neville se apuró a tomar un último sorbo de jugo de calabaza, con lo que ambos muchachos se pusieron en pie, y tomaron sus cosas.
-Luna, te lo regreso al rato –le dijo a la rubia, mientras pinchaba a Ginny en las costillas, con lo que la pelirroja sonrió divertida.
Neville tomó varios de los libros de Hermione, con lo que los dos Gryffindors llevaban un par bajo el brazo, y de ese modo, se apuraron a salir del Gran Comedor, y del castillo.
-¿Ha pasado algo entre tú y Malfoy? –Neville se animó a preguntar en voz baja, mientras caminaban por los terrenos del colegio, rumbo al Invernadero 7.
-Claro que no –se apuró a mentir ella, sin detenerse-. Es sólo que le he puesto una reprimenda por no haberme estado ayudando con las tareas en equipo –Neville emitió un débil "Ah", y Hermione continuó-. Le he aplicado la ley del hielo, y le he dicho que no la levantaré hasta que termine con el resumen del capítulo quince y…
-¿No es el que te acaba de entregar?
-Bueno, tengo que ver si es cierto que lo ha hecho, para empezar…
Llegaron al Invernadero en ese momento, con lo que la conversación se vio interrumpida. Después de dejar su mochila en el rincón habitual, así como los libros que llevaba bajo el brazo, Neville se apuró a ir por los sacos de abono, mientras Hermione se entretenía figiendo que buscaba sus guantes de piel de dragón. Sin embargo, apenas Neville se hubo alejado lo suficiente, la chica se apuró a abrir el libro de Pociones del Mediterráneo en el capítulo quince, con el corazón agitado.
Allí, había un trozo de pergamino doblado por la mitad. Hermione no pudo evitar fruncir el entrecejo, visiblemente disgustada. Aquel papel era demasiado pequeño como para albergar el resumen de un capítulo completo. ¡Era un simple recorte del borde de un pergamino! Se preguntó si Malfoy le estaba tomando el pelo de nueva cuenta. Aunque no tardó mucho el que el enojo diera paso a la curiosidad, por lo que asegurándose de que nadie la veía (especialmente Neville), Hermione le dio la espalda al resto del grupo, y leyó el pergamino rápidamente.
Mañana a las ocho en la vieja aula. Tengo algo importante de qué hablarte. Y también tengo el resumen.
-DM
Escuchó pasos detrás de ella, con lo que cerró el libro rápidamente, y se apuró a dejarlo sobre su mochila, junto con el resto.
-¿Ha elaborado el resumen? –preguntó Neville falto de aire, pues se encontraba cargando un gran costal con abono.
-No, pues no –respondió ella, aliviada de que no hubiera notado el recado, y sin perder un segundo, se sacó los guantes de piel de dragón de la mochila-. Típico de Malfoy.
Todo ese día, y el siguiente, le dio vueltas en la cabeza aquella nota que seguía presa en su libro de Pociones. Se mordía el labio cada que lo recordaba, porque pensar en el papel, implicaba pensar en Malfoy, y aquello era más de lo que podía soportar. Inclusive el tener que compartir con él clase de Pociones y Defensa aquella mañana de miércoles, era demasiado para ella, a pesar de que Karstoy se limitó a bombardearlos con teoría y Slughorn consideró que podían trabajar aquel día de manera individual, y en ambas ocasiones se había sentado en extremos opuestos del salón.
Aquella noche, mientras se encontraba sentada en su butaca favorita junto al fuego, en su sala común, Hermione no podía concentrarse. "A las ocho" decía el papel. Su reloj marcaba las siete. Deseaba con todas sus fuerzas no caer en la tentación de atreverse a ir, en el último momento, pero no se sentía tan fuerte como le hubiese gustado.
-Neville me contó que a fin de cuentas, Malfoy no te ha ayudado –la voz de Ginny sonaba lejana.
Hermione alzó su vista del libro de Encantamientos que tenía entre las piernas, y vio cómo su mejor amiga (que acababa de cruzar por el retrato) se sentaba en el suelo, frente a aquella mesa baja, y se apuraba a sacar su tarea de Estudios Muggles de su mochila.
Hermione no supo que responder, por lo que se limitó a asentir en silencio. Estaba por volver su vista a su libro, cuando Ginny continuó:
-No es justo, Hermione. Y lo sabes. Yo sé que lo que menos quieres es tener que trabajar en equipo con él, pero esto es académico; un mal necesario.
-Soy consciente de ello –respondió la aludida, intentando ignorar aquel escalofrío que recorrió su espalda cuando Ginny mencionó la palabra "académico"-. Pero se trata de Malfoy. Con él siempre se vuelve personal.
-Entonces, acúsalo con un profesor. Si quiere repetir séptimo por tercera ocasión, es su problema. Que no te lleve a ti entre sus patas. No dejes que te arrastre a su juego…
Ginny le había dado la espalda a Hermione, pues se encontraba inclinada sobre la mesa, expandiendo sus libros por ella, dispuesta a empezar con aquella tarea.
-Si necesitas ayuda con las investigaciones de Karstoy, siempre puedes pedirme ayuda a mí…
-Lo sé –respondió la castaña, y sin saber por qué, cerró su libro de Encantamientos-.
-Estoy segura de que si hablas con Slughorn, él lo entenderá.
Sin embargo, Hermione ya no escuchaba. Había dejado su libro de Encantamientos a un lado de ella, y se había puesto en pie.
-Acabo de recordar que también tengo pendiente un reporte para Sprout –mintió la castaña-. ¿Crees que Neville siga en la biblioteca?
Ginny rio por lo bajo, al tiempo que dejaba de escribir en su pergamino.
-La última vez que lo vi, se encontraba cenando a la mesa de Ravenclaw, con Luna. No sé tú, pero no creo que falte mucho para que le diga que le gusta. ¿Crees que debamos darle una ayudadita?
-Sí, creo que sería lo correcto –fue la respuesta automática de Hermione, y aún sin saber por qué, agregó-. Oye, de verdad tengo que elaborar ese reporte para Sprout, pero me falta un libro que vi ayer en la biblioteca.
-Más te vale que te des prisa, o estará ya cerrada.
-Lo sé. Ya regreso.
-¡Si te encuentras a Neville y Luna no te atrevas a interrumpirlos! –agregó la pelirroja, a lo que la castaña respondió con un simple asentimiento, y sin perder un segundo más, salió de la sala común, y emprendió la carrera rumbo al aquel pasillo del tercer piso.
Sin embargo, cuando salió de la torre, sus pasos se volvieron lentos. Mientras caminaba sola por los poco iluminados pasillos, se abrazaba a sí misma. No sabía si era debido al miedo, o al clima, dado que Octubre acababa de comenzar, y frías corrientes de aire entraban por los grandes ventanales.
El silencio casi absoluto del castillo hizo que se le erizara la piel. Sentía como si la estuvieran siguiendo, pero al llegar a aquel pasillo, no vio a nadie, y sintió un extraño cosquilleo al percatarse de que no se había topado con nadie más mientras caminaba por el castillo.
Y sí, ahí se encontraba de nuevo, de pie frente a aquella enmohecida puerta de aquella vieja aula, con el corazón encogido, pero al mismo tiempo, palpitando a mil por hora. Puso su mano sobre el picaporte, y pudo sentirlo frío. Era ahora o nunca. Ese era el momento en que le diría a Malfoy que se acababa, que no seguiría jugando aquel peligroso juego. Que lo que hubiese pasado se quedaba atrás, lo bueno y lo malo, y a partir de ese momento, aquel encuentro era (ahora sí) exclusiva y únicamente académico.
Pero no se animó a girar el picaporte. No podía, simplemente no podía hacerlo. Los pensamientos se le amontonaban en la cabeza, pero estaba segura de que no podría exteriorizarlos. Por más que tuviera un millón de cosas que decirle a Malfoy, era consciente de que nunca podría pronunciarlas.
Después de todo, ¿para qué la había citado el Slytherin en aquella aula? Dentro de esas cuatro paredes se encerraban recuerdos que no debían de existir. ¿Un Slytherin y una Gryffindor? ¿Un sangre pura y una sangre sucia?
Apretó firmemente el picaporte, preguntándose si valdría la pena exponerse a ello, una vez más. Pero entonces, una oleada de pánico se apoderó de ella, haciéndole pensar lo peor.
De una forma u otra, acababa de confesarle su amor a Draco Malfoy la tarde anterior. Quizá el Slytherin la hubiese atraído allí para ridiculizarla de nuevo. Quizá la serpiente ni siquiera estuviese allí, y el aula se encontraba vacía. Quizá todo aquello ocurrido entre ella y el rubio era simplemente una prueba que confirmaba que debía regresar a los brazos de Ron…
Porque era obvio, más que obvio, que el Slytherin, que un sangre pura, que el mismísimo Draco Malfoy, nunca podría responder a los sentimientos de una Gryffindor, de una sangre sucia, de su enemiga, Hermione Granger.
Y fue en ese momento en que finalmente se dio cuenta de que no podía abrir esa puerta. No tenía caso. Lo que se ocultaba detrás de ella, era una simple ilusión. Una broma. Algo imposible. No podía abrirla. Al menos no esa noche.
Temblando de pies a cabeza, repitiéndose mentalmente que estaba haciendo lo correcto al proteger su corazón de tal amenaza, Hermione se dio media vuelta, y mientras respiraba profundamente intentando calmar aquel nerviosismo, caminó de vuelta a su sala común; puños fuertemente apretados, ojos llorosos.
Draco Malfoy había llegado a aquella vieja aula en desuso a las siete en punto. Se encontraba nervioso. No podía creer que hubiera reunido el valor suficiente de darle esa pequeña nota a la sangre sucia Granger. Ignorando sus principios, ignorando las voces que escuchaba en su cabeza, dando la espalda a todo lo que creía, y simplemente dejándose llevar…
Estaba seguro de que estaba cometiendo un error. Sabía que lo pagaría caro, y ni siquiera estaba seguro de si aquello valía la pena; pero no había ya marcha atrás. Por una vez en la vida, se dejaría llevar por lo que dictase su corazón, se tragaría el orgullo, dejaría de ser un cobarde, y confesaría sus sentimientos.
No importase que ella fuese Granger, una sangre sucia. Él se había enamorado de ella; finalmente se había dado cuenta de ello. A pesar de que estuviera mal en tantos niveles, aquello había ocurrido por algún motivo. Que por primera vez en su vida su corazón anhelase algo con tanta pasión debía significar algo…
Estaba tan nervioso que no podía sentarse, así que se encontraba caminando por toda la habitación, con las manos atrás. En una, apretando con fuerza, sujetaba el resumen que debía entregarle a Granger. Y en la otra…
La pequeña rosa negra se balanceaba al compás de sus pasos. Durante unos instantes, Malfoy la contempló, aun debatiéndose entre lo que estaba bien y lo que estaba mal; entre lo que era lo sencillo y lo que era lo correcto. Sin embargo, antes de que todas aquellas dudas le hicieran perder aquel valor, se apuró a alejarlos de su mente, y miró a su reloj de muñeca. Eran ya las ocho en punto. Granger no tardaría en aparecer.
Seguía sin poder creer que estaba por decirle a Hermione Granger que le gustaba. Volvió a bajar la mano, y la rosa se volvió a balancear mientras caminaba.
Iba a decirle a Hermione Granger que le gustaba.
Pero así como llegaron las ocho, dieron las ocho diez. Y posteriormente las ocho veinte. Las ocho y media. Y cuando Malfoy volvió a revisar su reloj, ya eran las nueve en punto.
Se sintió idiota. Miró con asco y odio a la rosa que se balanceaba solitaria en su mano y la aventó al suelo. La pisoteó con odio. ¡Esa sangre sucia se había burlado de él! ¡De un Malfoy! No podía creer que había estado a punto de confesar sus sentimientos, a una chiquilla que en definitiva no valía la pena.
Sin poderse contener de gritar un par de palabrotas, el Slytherin arrugó el resumen de Pociones con todas sus fuerzas, pero consciente de que no podía deshacerse de él, se lo guardó en el bolsillo de la túnica. Entonces, aún cabreado, le dio una buena patada a la mesa, cruzó la habitación, y abrió la puerta de un tirón.
Hecho un basilisco, salió corriendo rumbo a su sala común, específicamente a su dormitorio, sin volver la vista atrás ni una sola vez.
¡Hola a todos y todas, bonito fin de semana! ¿Qué tal les ha parecido el capi de hoy? Si leyeron la historia original, se pueden dar cuenta de que no solo intento dar mejor imagen a Ron, sino también a Ginny. Espero y lo esté logrando (?) Como les había comentado en el capi anterior, creo que de ahora en adelante van a escucharme muuucho el decir que hay cambios en la trama. Dentro de unos cuantos capis estos se volverán muy muy notorios. Digo, por si les apetece leer la historia original ahora sí vean que cambiaron muchas cosas.
Pero fijémonos en Draco y Hermione, que siguen enojados y distanciados. Por más que Draco estaba más que dispuesto a arreglar las cosas, esta vez ha sido Hermione quien lo ha echado a perder (y sin darse cuenta). Creo que el "orgullo idiota Gryffindor" solo puede estar presente en uno de los dos, y no en ambos al mismo tiempo ;)
Las mantendré en ascuas toda la semana, pero les prometo que para el siguiente capi la cosa ya se compondrá y tendremos amors entre nuestros protas. Mientras eso ocurre, favor de dejar su like, follow y review, para indicarme lo que les gusta y lo que no. ¿Vamos mejor que la historia original? ¿Los cambios les están resultado bien o mal? ¿Qué tal las actitudes de Draco y Hermione? Cualquier comentario es bien recibido, así que déjenlos con confianza :D!
Les mando un abrazo y un beso, y nos leemos la siguiente semana. Sigan bellos!
