Hola a todas y a todos, les agradezco muchísimo a quienes se animaron a comentar y a poner ésta historia en favoritos; me ponen muy contenta! También decirles que ésta historia no es la típica inocente y llena de amor y felicidad, es una historia madura, subida de todo; obviamente existen sentimientos que iran descubriendo poco a poco por ahora se dejan llevar por la pasión.

Advertencia: Lemon suave.

Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 2

**Irrefrenable**

Ese día había comenzado como cualquier otro miércoles, con la certeza de quedarse mirando a la preciosa Sakura mientras ella leía, fantaseando con ella. No tenía fantasías carnales, le daba cierta vergüenza pensar en ella de esa forma, la veía demasiado perfecta como para mezclar conceptos, ponerla a la altura de alguien como él, que pagaba por obtener unas pocas caricias o se limitaba a conseguir a alguna mujer por una noche y abandonarla al amanecer dada su vaga disposición a buscarse una mujer con la que comprometerse. Pero a veces no podía evitarlo y, cuando dormía, soñaba con ella, con su cuerpo desnudo y suave.

Todo iba según lo previsto, Sakura con su traje de monta y su expresión de eterna melancolía entrando al establo, Shaoran cogiéndola por la cintura para ayudarla a subir a la yegua, después rodeando su delgado tobillo con una mano para meter su pie en el estribo…Estos eran los únicos momentos en los que podía tocarla, y aquel día se excedió en sus funciones. Tenerla tan cerca que podía respirar el aroma del jabón que usaba en el baño podía hacer que cualquiera perdiera la razón y él perdió el juicio por completo.

Le acarició el tobillo con el pulgar, por encima de la gruesa bota de montar. Ella se estremeció y lo miró desde arriba, con ese sonrojo que lo volvía loco, las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos y una expresión mezcla de asombro, cautela…e interés. Shaoran dejó de mirarla de inmediato y fingió no sentirse impulsado a desmontarla para besar aquellos labios delicados y tocarle las mejillas sonrojadas y rodeó a la yegua para meter el otro pie de Sakura en el estribo. Ésta vez no la acarició, ni siquiera volvió a mirarla y emprendieron la marcha hacia el claro.

Cuando llegaron, el día estaba fresco y despejado. Shaoran estuvo incómodo la mayor parte del trayecto, porque no podía dejar de pensar en el destello que había visto en los ojos de esa ninfa y la cabeza le daba vueltas. Mientras él se encargaba de que los caballos estuviesen cómodos pastando por los alrededores, ella sacaba su manta de cuadros y la extendía sobre la hierba. Buscó la roca en la que siempre se sentaba y lanzó disimuladas miradas a la muchacha, esperando a que se quedase mirando el lago.

Estuvo a punto de sufrir un paro cardíaco cuando comprendió lo que sus ojos estaban viendo. Mientras él quitaba los arneses y acomodaba a los caballos, Sakura se había desabrochado uno por uno los botones de su vestido y la pesada prenda se había deslizado por su delgado cuerpo hasta quedar desparramada sobre la manta de cuadros. Él sólo la contempló en silencio, manteniendo la compostura en todo momento porque desde donde él estaba, de momento sólo podía verla de espaldas; sintió que si se daba la vuelta y la veía desnuda, su cerebro explotaría dentro de su cabeza.

—Shaoran. Ven, por favor —pidió ella quedamente, rodeándose la estrecha cintura con sus esbeltos brazos. Deseó ser viento para rozar aquella piel caliente, pero no se movió de donde estaba, porque si lo hacía, corría el riesgo de acariciarla y no parar nunca.

—Hace demasiado frío. Vístete —respondió cortante. No tendría que haberse dejado arrastrar por un capricho, no tendría que haber dejado que su mano le tocase el tobillo, tendría que haberse controlado.

«Lo sabe», pensó él. «Sabe que llevas meses comiéndotela con los ojos».

—Ven aquí, Shaoran —insistió ella todavía de espaldas, pero con un tono que exigía obediencia.

Se aproximó, incapaz de negarle nada, y se agachó con presteza para recoger el vestido y ponérselo sobre los hombros, le resultaba incómodo que ella se hubiera desnudado sin previo aviso y temía que en cualquier momento se diese la vuelta y se mostrase tan desnuda como cuando vino al mundo. No quería morir con la cabeza licuada a causa del impacto. Pero justo cuando la tela rozaba sus hombros, ella se dio la vuelta y lo miró a los ojos y él se quedó como un imbécil con el traje en las manos haciendo un gran esfuerzo por no mirarla más abajo del cuello.

Siempre había deseado a Sakura, siempre desde que la conoció. Hasta ahora lo sobrellevaba con resignación porque jamás había albergado la esperanza de tener algún tipo de contacto con la menor de los Kinomoto, más allá del entrenamiento con los caballos. Ella siempre había estado fuera de su alcance, eso lo sabía bien y nunca había hecho nada para llamar su atención. Pero aquella mañana le había acariciado el tobillo, ¿Habría sido ese gesto el desencadenante de esta situación?

—Vístete. Hace frío.

—Mírame, Shaoran.

—No. Estás desnuda. No quiero mirarte. Quiero que te vistas.

Se sintió orgulloso de ser capaz de mostrarse tan firme, aunque la sombra de decepción que veló los ojos de Sakura le sentó como una patada en el estómago.

—Quiero que hagas algo por mí —continuó ella, fingiendo no haberlo escuchado, apretando los labios en un mohín de lo más entrañable que él no pudo dejar de mirar. ¿Cómo sería sentir esos labios en...? — Quiero que hagas algo para mí.

—No —fue como un ladrido, la situación se le estaba yendo de las manos.

—Quiero que me beses y me toques como haces con esas mujeres del burdel con las que te acuestas.

Compuso su mejor cara de póquer ante aquella insinuación. Aunque su rostro pétreo no mostró ninguna emoción, su cerebro tardó demasiado tiempo en comprender y elaborar una respuesta que estuviese a la altura de su comentario. No pudo lograrlo.

—¿Cómo puedes saber eso? —preguntó. Era la pregunta más estúpida que podía hacerle, se sintió avergonzado de que ella supiese algo así. Avergonzado, decepcionado y furioso, porque, en cierto modo, no tenía que justificarse ante ella y sentía la necesidad de explicarle que a veces cuando no tenía animos de "cazar", pagaba por sexo sucio y depravado porque no podía tenerlo con ella.

—Lo sé. Y sé que cuando estás con esas, piensas en mí. Lo veo en tu forma de mirarme y en la forma en la que no me miras. Mírame ahora, Shaoran.

Extendió los brazos hacia él. La imaginó desnuda, bañada por el sol, la piel suave y tibia… se imaginó sus pechos, su vientre y la curva de sus muslos; pero se negó a mirarla más allá de sus ojos. Con la poca dignidad que conservaba, se dio la vuelta. La deseaba, pero no era esa clase de hombres que se aprovechaba de una locura juvenil transitoria y era evidente que ella lo estaba sufriendo ahora, él ya había pasado por eso hace unos años.

—Vístete. Nos vamos.

Se obligó a sonar grosero para que su rechazo le doliera, aunque a él le doliese mucho más.

—¡No! —su grito sonó estrangulado y al momento siguiente, tenía los brazos de Sakura alrededor de la cintura y sus pechos apretados a la espalda. ¡Qué suaves eran! ¡Y qué cálidos!, daría lo que fuese por poder tocarlos. Ella lo detuvo, aferrándose a su torso con una firmeza sorprendente en un cuerpo tan delgado y frágil en apariencia— Bésame, Shaoran Li. Acaríciame. Sólo eso. Sólo con tus manos y tu boca. Nada más. Eso no es pecado.

Tuvo ganas de reír. ¿Qué sabía alguien tan puro como Sakura lo que era pecado? La mente de Shaoran era pecaminosa, la mente sucia de Shaoran que no dejaba de fantasear con ella mientras embestía con tanta dureza a otras mujeres, que a veces se avergonzaba de su proceder, de tomar un cuerpo ajeno tan sólo para satisfacer su lujuria y su frustración y se le desgarraba el alma con cada noche que pasaba sin ella. ¿Y ella quería que le hiciera lo mismo? ¿Sólo con las manos? ¿Sólo con la boca? No tenía ni idea de lo que decía.

—Hazlo por mí. Compláceme. Tócame. Bésame.

Sólo ella podía usar palabras tan elegantes como aquellas y que no sonaran sucias. Shaoran vaciló sólo un segundo y ella lo percibió, aprovechando rápidamente la situación para sacar toda la ventaja posible. Era una chica lista.

—Eres mío, Shaoran. Ya no puedo más con esto.

Se volvió para mirarla, dispuesto a que comprendiese que no podía hacer lo que le pedía. Ésta era una de las pocas veces en las que Shaoran encadenaba más de dos palabras seguidas y cuando lo hacía, captaba toda la atención de quién le escuchaba.

—Yo no soy tuyo, Sakura. Yo no doy tiernos besos en la boca, yo muerdo y tomo lo que quiero, exijo lo que quiero, cuánto quiero y cómo lo quiero. No puedo acariciarte como me estás pidiendo, no puedo...No a ti, yo cuando toco a alguien más, siempre dejo marcas, siempre hay dolor…y no quiero hacerte daño.

Pero en lugar de amedrentarse, las pupilas de Sakura se dilataron, la respiración le salió entrecortada por sus labios entreabiertos y las mejillas se le pusieron más rojas. La curva de su cuello dejaba al descubierto la tensión de los músculos, así como el movimiento de su garganta al tragar saliva. De nuevo estuvo a punto de perder el control, de tumbarla sobre la hierba y retozar con ella hasta que se hiciese de noche, hasta dejarla tan satisfecha que sintiese al fin y con certeza de que nadie más la desearía tanto como él, pero no quería hacerle eso; no quería solamente tomar su cuerpo sin poder ofrecerle nada más, Sakura estaba fuera de sus dominios; ella jamás perdonaría la mentira y el engaño en el que la había sumido todos esos años, no podía.

Había tratado de exagerar un poco las cosas que decía, pero había sido comedido en la elección de sus palabras por temor a que sufriera un desmayo si hablaba sin tapujos de lo que verdaderamente hacía cuando estaba con una mujer. Lo peor es que era tan cobarde que no se atrevía a emplear los términos correctos para no ofenderla y por eso su discurso no tenía el poder de convicción suficiente.

Hablar no era lo que mejor se le daba, así que pasó a la acción, deseando que una demostración de dominio pudiera hacer que se replantease las cosas y se vistiera antes de que fuese él quién perdiese el control. Con una de sus manos rodeó la delgada nunca de Sakura y atrapó en un puño sus largos cabellos color miel tirando hacia abajo, pero sin violencia, tan sólo un poco de fuerza para obligarla a levantar la cabeza. Con la otra mano la agarró de la cintura y apretó los dedos en torno a su cadera, deseando que no tuviera la piel demasiado sensible como para dejarle marcas.

—No soy tu hombre, Sakura. No soy delicado. Y tú eres frágil.

Ella volvió a tragar saliva, pero no gritó ni le pidió que la soltara ni trató de zafarse. Simplemente, se excitó aún más. Shaoran notó brotar aquella excitación de su piel desnuda, emanando de ella como si fuese una fuente de calor, hasta que de su boca salió un gemido y supo que se había equivocado en todo, tanto en su patético intento de parecer un hombre rudo y salvaje como en su forma nada caballerosa de llevar el asunto por la fuerza.

Era débil al final de cuentas. Era un ignorante cuando se trataba de fingir en ésta magnitud, un perdedor al que nadie tomaría en serio si se enteraban de la verdad de su procedencia. Por eso personas como ella estaban por encima de mierdas como él, porque así es como se sentía.

—Tócame, Shaoran —suspiró ella una vez más, palpitando de impaciencia.

Decidió hacer un último intento y desplazó la mano de su cadera por la curva de su perfecta nalga, apreciando el cálido rubor de su piel. Sakura se estremeció de gozo por aquella caricia tan simple y se curvó bajo su cuerpo, agarrándole de los brazos con unas manos sin fuerza.

—Te haré daño —masculló él estrujando, ya sin ningún tipo de consideración, su delicada piel. Tenía un tamaño adecuado, cada uno de sus lados le cabía en la mano; metió los dedos entre ambos para tocar una zona que le resultara incómoda, esperando avergonzarla lo suficiente como para que cambiase de opinión. Pero no funcionó, igual que no funcionó todo lo anterior.

—Sé qué no me lo harás, confío en ti Shaoran...siempre confiaré en ti —murmuró ella, con la voz ronca de deseo y un calor abrasador emergiendo de entre sus muslos.

Su férrea determinación terminó de convencerlo. Ella quería que la tocara, que la besara, que la complaciera. No había hablado de abrirse de piernas para él, ni había dicho que quisiera sentirlo dentro de ella o esas cosas que le decían otras mujeres. No buscaba más que eso, sólo buscaba su boca y sus manos. ¿Qué mal podría haber en algo tan sencillo?

Con un movimiento brusco la tumbó sobre la mantita de cuadros, sin dejar de sujetarla por la nunca y sacó la mano de entre sus nalgas. La miró fijamente a los ojos, con una expresión mortalmente seria en el rostro y durante un breve instante, percibió miedo en ella. Separó sus muslos con brusquedad, dejando su intimidad al descubierto.

Y fue así como su fuerza de convicción sucumbió ante ella, ante esa pequeña ninfa de ojos esmeraldas, ante esa pequeña bruja, ese demonio disfrazado de ángel que había aprecido para tentarlo, para hacerlo equivocarse una vez más. Se maldecía internamente por eso, por no poder ser más fuerte, por no poder ponerle límites a esto. Pero cuando llegó a Tomoeda, jamás pensó que la pequeña hija del Señor Kinomoto fuese a causarle esto. Todo sería sencillo, todo estaría bien...que ingenuo que fue al creer en algo así. no podía amarla, no podía desearla más, no podía enamorarse de ella...si es que ya no lo estaba.

Si ella se enteraba algún día de la verdadera razón por la que estaba allí y lo que había hecho durante esos años, estaría perdido.

—No seré rápido. No seré pacífico. Te daré lo que quieres, pero si me suplicas, pararé. Yo decidiré cuándo es suficiente, no te vas a conformar con unas pocas caricias, ¿lo has entendido?

—Sí —respondió, quizá con demasiada presteza, jadeando de impaciencia.

—Bien. Sueltame lentamente los brazos. Sujétate a la manta y no te sueltes bajo ninguna circunstancia. No me toques, Sakura. No me hables. Grita cuanto quieras, pero no me pidas nada porque no te lo daré —escupió las órdenes casi con desprecio, furioso consigo mismo. Ella asintió y se sujetó a la manta, abriéndose para él. Entregándose a él sin dudarlo.

Shaoran colocó la mano libre sobre su vientre y ella se estremeció, su piel se erizó al instante y suspiró hondamente. Sin dejar de mirarla a los ojos, deslizó la mano hacia abajo, hacia su intimidad. Estaba tan caliente y tan húmeda cuando la tocó que temió durante un momento que al rozar su nacimiento, tuviese un orgasmo involuntario. Sakura se ahogó en su propia respiración cuando él la acarició, despacio y con decisión, permitiéndole que notara la aspereza de su mano, para finalmente introducirse en ella. Se arqueó, arrugando la manta entre las manos cuando las sensaciones se apoderaron de su cuerpo.

—Oh, Dios… —exclamó llena de sorpresa.

Shaoran se recreó en la expresión de su rostro, en el intenso rojo que se apodero de su piel, en el sudor que le bañó rápidamente el cuerpo y en el aroma que le invadió la nariz. Por fin, dejó de mirarla a la cara y observó todo lo que había bajo él: los pechos medianos y erizados, el vientre plano, las caderas voluminosas y los muslos tensados. Salió de ella un poco, despacio, presionando en el recorrido y luego volvió a meterse, con más fuerza, haciendo que ella se doblara y gimiera con mayor asombro. Y repitió la caricia durante el tiempo que consideró necesario, buscando siempre rozar la parte que le diese mayor placer.

Después entró en juego su boca. Con la lengua recorrió su cuello, sus clavículas y por fin, sus pechos. Sin dejar de acariciarla, introduciendo dos dedos en lugar de uno, cubrió cada uno de sus montes con la boca y bebió de ellos, mordiendo, lamiendo, succionando; le dejó marcas rojizas en la piel, pero se dijo que era lo que ella quería antes de deslizar la boca por su vientre. De pronto, ella se encogió y empezó a temblar, gritando incoherencias. Shaoran apartó la mano, consciente de que un orgasmo recorría el cuerpo de la pequeña ninfa y se quedó mirando como ella temblaba y lloraba. Sintió remordimientos y culpa por haberle provocado aquello, pero luego recordó que de los dos, la única que obtendría alivio aquel día sería ella mientras que él estaría condenado a observar todos sus orgasmos sin poder compartir ninguno.

Le soltó el largo y sedoso cabello y le acarició los pechos, la cintura, las caderas. Ella seguía aferrada a la mantita de cuadros y cuando Shaoran le separó los muslos de nuevo, no se negó. Los gritos de Sakura se sucedieron durante tanto tiempo que al final se le rompió la voz, pero él no dejó de saborear la miel que emanaba de su interior, ni de tocar sus pechos y pellizcar sus pezones mientras la devoraba sin medida. Le regaló dos orgasmos antes de decidir dejarla en paz, pero estaba tan irritado por la frustración que no sabía que más hacer; esto era algo irreal, totalmente irreal, ella no debería estar así con él, ella se casaría pronto, él no era el hombre adecuado para ella y lo sabía, era un desgraciado que se estaba aprovechando de su inexperiencia y su confianza.

Shaoran se apartó de ella con los nervios encrespados, con el corazón a punto de salirse del pecho y un dolor terrible pulsando debajo de sus pantalones. Se arrastró hasta el lago, se desnudó y se sumergió en el agua fría, cortando por lo sano la furiosa excitación que sentía. Bajo ninguna circunstancia debía tener algo más intimo con ella, bajo ninguna circunstancia debía meterse nuevamente entre las piernas de Sakura porque de hacerlo, no saldría jamás de allí; y aunque había hundido la manos y la cara entre sus muslos y estaba agradecido por ello, se había comportado como un pervertido, aprovechándose de un momento de debilidad.

Después de aquello, sólo hubo silencio. Sakura no habló durante el camino de vuelta, cuando se sintió con fuerzas para regresar. Tenía el rostro relajado y complacido, pero no dijo ni una sola palabra cuando él la ayudó a bañarse en el lago para limpiar las pruebas de su crimen. Tal y como había previsto, le dejó marcas, porque Shaoran no había sido capaz de controlar su fuerza o simplemente no había querido. Tenía grabadas en la piel la forma de sus dedos en los muslos y las rodillas por la fuerza con la que había mantenido sus piernas abiertas mientras la devoraba; sus pechos estaban llenos de marcas también allí dónde había succionado con mayor vehemencia. Cuanto más tiempo veía aquellas marcas al descubierto, resaltando sobre la blanca piel de Sakura, más avergonzado de si mismo se sentía. Y el silencio de la joven se le clavaba en el alma, como un recordatorio de su infame acción.

Ella no se quejó, ni siquiera cuando montó sobre el caballo. Pero él sabía que estaba sensible, dolorida y que el roce sobre la silla podría tener dos efectos: o dolor o gozo. Quiso arrancarse la piel por haber sido tan malvado, pero no fue capaz de decirle nada y el viaje fue un auténtico infierno.

La vergüenza dio paso a la frustración y a las noches en vela, durante las cuales pensaba en lo maravillosa que había sido Sakura al mismo tiempo que esperaba a que llegase su hora, el momento en el que el su jefe y padre de la mujer lo mandase arrestar para ahorcarlo por haber cometido traición con ella, contra su familia y contra sí mismo.

—Hoy quiero hacer algo por ti, como tú hiciste aquello por mí —susurró Sakura con suavidad, arrancando a Shaoran de sus recuerdos. ¿Cómo podía ser alguien tan perfecto?

—No.

Pero ella solo sonrió ante su respuesta, como si supiera que, por más que se negase, tarde o temprano acabaría por ceder.

Sakura era una chica muy lista... pero él también podía jugar a ese ritmo si es que eso es lo que ella realmente quería.

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