Hola a todas y a todos, les agradezco muchísimo por sus reviews a: sslove, cicilina y cerezo-chan Melancholy Sweet...muchas gracias lindas!
Espero que este capítulo basado en lo que piensa y siente nuestra Saku, el siguiente será un poco subido de tono! jaja espero que sea de su agrado.
Un abrazo enorme y nos leemos muy pronto!
Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.
MIEL Y CHOCOLATE
Capítulo 3
**Pertenencia**
Esa era la respuesta que Sakura esperaba, Shaoran era un hombre muy testarudo cuando quería. Pero era su testarudo, su Shaoran, el único hombre que le hacía sentir feliz con tan sólo un par de palabras, el único que le hacía sentir calor en el pecho y entre las piernas con sólo mirarla, una cualidad sin duda extraordinaria y ella sabía bien que no quería dejarlo ir, no después de haberse dado cuenta de que lo quería.
No había sido fácil llamar su atención, Shaoran era un hombre duro al que sólo le interesaban los caballos, el trabajo, las mujeres experimentadas y no las chicas sosas e inexpertas como ella. Además era un hombre de campo, como lo llamaba Touya, su hermano mayor y las chicas de su clase no se mezclaban con personas como él. Había escuchado un sinfín de discursos a este respecto, su padre comparaba siempre a la familia con caballos de crianza, con los sementales que preñaban yeguas y los potros que éstas parían. La pureza de la sangre en la cría de caballos era el sello de calidad de su casa y uno no conseguía un buen caballo apareando a una yegua con un caballo de tiro. Ella sentía que era una especie de apología entre lo que estaba sintiendo y la realidad, una estúpida realidad que no quería, para ella esas cosas eran insignificantes.
Desde muy pequeña, Sakura maduró antes de lo previsto cuando le anunciaron su compromiso con tan sólo doce años, con el primogénito de una familia vecina, un joven hermoso y gallardo que pronto dio muestras de poseer una naturaleza que distaba mucho de ser tan bondadosa como su aspecto. Sabía que Yue era vil y traicionero, y tan sólo era un joven de diecinueve años, lo que daría como resultado a un hombre malvado que sería el padre de sus futuros hijos. Aquello la aterrorizó, para su familia ella era sólo un vientre para fabricar herederos y nada más; era una yegua de pura raza y su prometido, un semental de cara bonita y negro corazón. ¿Qué clase de niños saldrían de aquella unión? Por lo tanto, no podía evitar comparar al hombre irresistible, sencillo y bueno que era Shaoran Li con la persona mezquina y deshonrosa que sería su marido. Puede que Shaoran, al que conocía desde los catorce años, no tuviera la sangre pura por ser un caballo de campo, pero era un semental en todos los aspectos, en nada se parecía al hombre con el que iba a casarse y eso la tenía ofuscada; ella no quería ese compromiso, nunca lo quiso...A ella siempre le gustó Shaoran, pero era muy joven cuando lo conoció y lo sabía.
En aquellos años sabía que Shaoran nunca la miraría de la misma manera deseosa en que podría mirar a una muchacha de su misma edad. Las empleadas de su mansión murmuraban mucho entre ellas sobre lo apuesto y joven que era el nuevo entrenador de caballos, sobre lo bien que ya sabía poseer a una mujer a esa corta edad. Ahora, casi cinco años después nada le costaba imaginar la razón por la cuál Shaoran era capaz de llevarla al cielo con unas cuantas caricias.
Sin duda la experiencia había creado a un hombre capaz de complacer a una mujer en todos los aspectos y aunque le dolía saber que había tocado, besado y poseído a muchas otras mujeres, ella quería ser parte de su vida...quería que la tocase a ella, que la besara a ella, que la amara a ella. No quería seguir compartiendo a Shaoran, a su Shaoran con nadie más.
La única persona que le dijo que para sobrevivir a un caballo enfadado debía montar a horcajadas, fue Shaoran; aquel hombre le enseñó a montar con una pierna a cada lado del animal, algo que no hacían las damas de su condición y aquel consejo, que le salvó la vida cuando sufrió un accidente durante una de las cacerías de su padre, fue tan importante para ella que se enamoró perdidamente de él, porque él no la trataba como los demás lo hacían, él la trataba como a una igual y eso le encantaba. Nadie se había preocupado tanto por su seguridad personal y su bienestar como había hecho Shaoran durante esos años, y la preocupación que mostró después de su accidente fue más de la que mostró su propia familia, que lo único que hicieron fue sacrificar a su amada yegua Celesty. Él, sin embargo, la ayudó a superar su pánico a montar de nuevo y le regaló una yegua mansa y suave, muy simpática, con la que habituaba salir a pasear.
A medida que maduraba, cuando dejó atrás la adolescencia y comenzaba a ser una mujer, veía más cerca el día de su compromiso con aquel joven al que no deseaba y la atracción que sentía por Shaoran era cada vez más fuerte. Shaoran era su destino. Se lo repetía cada noche, como un mantra. Shaoran era suyo. Debía ser suyo, no de otra persona. Debía ser suyo y ella debía ser para él.
Él era el único semental que podría engendrar a sus hijos, el único por el que se permitiría ser tocada de esa manera, el único al que ella quería amar.
Pero el día que descubrió gracias a su mejor amiga Tomoyo y a su ávida personalidad inquisidora, que él frecuentaba a otras jóvenes o que incluso visitaba el burdel del pueblo, se le vino el mundo encima. Pensar que alguien tan honorable como Shaoran pagaba por obtener placer le resultó horrible y doloroso, porque consideraba que alguien tan bueno merecía algo más que eso. Merecía, por ejemplo, a una mujer decente que lo cuidara cuando se pusiera enfermo o le diese placer sin tener que pagarlo; merecía que una chica como ella pensara en él. Debía, por tanto, sentirse afortunado de que Sakura lo amase tanto.
Habían pasado dos años desde aquello. Le costó un gran esfuerzo esculpir su cuerpo hasta hacerlo irresistible y atractivo para él, intensivas horas de baile y monta, ayuno para no engordar más de la cuenta, baños de agua tibia para mantener su piel siempre suave...y noches en vela, lágrimas y mucha fuerza de voluntad. Cada vez que descubría que Shaoran no estaba en el establo sino que pasaba su día libre en el pueblo, se le encogía el corazón al imaginarlo con otras mujeres y los celos se transformaban en tristeza. Al final consiguió idear un modo de verlo y planeó aquellas salidas semanales por el campo, con la esperanza de llamar su atención de algún modo. No quería insinuarse ni ir deprisa, no quería fastidiarlo todo.
Pero las estaciones se fueron sucediendo y nada cambió entre ellos y llegó el día en que su compromiso fue anunciado y la fecha fijada y entonces Sakura supo que si no actuaba, sería infeliz toda su vida.
Aquella mañana en la que Shaoran le tocó el tobillo como nunca antes lo había hecho, comprendió que el destino le presentaba una oportunidad. Debía ponerlo a prueba, seducirlo, hacerle entender que no encontraría en el mundo a otra mujer que lo amara como ella; que esas mujeres con las que se acostaba no eran nada, que ella era la única que de verdad lo amaría y complacería. Al llegar al claro, no había elaborado ninguna clase de plan durante el camino. No tenía idea de cómo proceder, no se sentía preparada para confesarse y todo empezó a desmoronarse cuando comenzó a seducirlo.
Lo primero que hizo fue rechazarla y negarse a mirar el cuerpo que ella había reservado para él. Le dolió tan profundamente que tuvo que esforzarse para contener las lágrimas, abrumada por los sentimientos que amenazaban con desbordarse de su pecho. Así que fue brusca y ruda como él y cuando la rechazó por segunda vez, insistió una tercera. Y ni así logró seducirlo y se sintió la mujer más inútil del mundo, pues ni desnuda era capaz de atraerlo.
¿Acaso su cuerpo no era bonito? ¿O es que tenía poco pecho? ¿Pocas curvas? ¿Estaba demasiado delgada? ¿O demasiado gorda? Quizá no le gustaran las pecas, o las caderas anchas, o la cicatriz que tenía en el muslo de cuando se cayó del caballo. O tal vez es que no era su tipo de mujer, tal vez no le gustaban las jóvenes inexpertas y tontas como muchas veces lo escuchó decirle a las muchachas de la servidumbre en su casa. Una verdad abrumadora la asaltó: ¿y si a él no le interesaba en absoluto? ¿Y si ya tenía una mujer de la que se había enamorado, y si se había casado o se casaría con ella para sacarla de aquella vida y ahora o pronto la mantendría en su casa en secreto para que nadie lo supiera? ¿Y si por culpa de sus tantas experiencias había embarazado a alguna y ahora tenía que casarse para mantener al bebé?
Era algo habitual en los hombres que iban de mujer en mujer sin ningún compromiso, las novelas y los periódicos estaban repletos de historias como esas…
Casi se ahogó con sólo pensar que eso pudiese ser cierto, sintió que se moría, que se le partía el corazón, que se le derretía la carne en los huesos.
—¡No! —su grito fue un sonido de angustia, de desesperación, y se agarró a él como si se le fuera la vida en ello. En cierto modo, su vida dependía de lo que él dijera, tenía la sensación de que todo se había terminado— Bésame, Shaoran. Acaríciame. Sólo eso. Sólo tus manos y tu boca. Nada más. Eso no es pecado.
Tuvo que suplicar. Era la primera vez que lo tocaba de esa manera y la cercanía la habría excitado de no ser por lo desesperado de la situación. No tendría otra oportunidad, él le había rozado el tobillo, eso debía significar algo importante. Además, los besos y las caricias no se consideraban ningún tipo de adulterio y si definitivamente Shaoran no podía estar con ella por las circunstancias, al menos se llevaría un recuerdo de él. Pensaría en su boca y en sus manos hasta el último de sus días.
Cada palabra que él dijo después, tuvo un severo efecto sobre ella. Lo que decía no le resultaba incómodo ni horrible, sino tremendamente interesante y revelador, un fuego abrasador creció dentro de ella. Su voz dura y varonil le atenazó las entrañas y de pronto se sintió perdida ante él y excitada como nunca antes había estado; porque nunca antes había estado así por un hombre, se reservaba para su noche de bodas, pero sobre todo se reservaba para Shaoran. Para su boca y para sus manos.
Cuando empezó a tocarla y a besarla se sintió tan afortunada que su cerebro se desconectó de este mundo y flotó durante largas horas, sumida en el delirio que suponía sentir sus dedos dentro de ella. Porque tal y como prometió, tenía los dedos ásperos y eso le encantó, le encantó sentir esa pizca de irritación en sus partes más sensibles, en las partes que reservaba para él. Su boca era deliciosa, su lengua rugosa y sus caricias nada caballerosas. Pellizcaba con dureza, apretaba su carne con excesiva fuerza y le dejaba marcas rojizas, todo con intención de asustarla y obligarla a cambiar de idea. No le importó el dolor, era un sufrimiento delicioso y quería hacerle entender que nada de lo que él hiciera la asustaría jamás.
La devoró hasta dejarla sin voz. Luego la bañó en el lago para limpiarla. Después la ayudó a vestirse y se aseguró de que llegaba de vuelta a casa sin ninguna contrariedad. Sonrió.
Shaoran la deseaba...al menos de eso estaba segura.
No la hubiera besado de aquella forma si no lo hiciera, ni la habría llenado de caricias salvajes, ni la habría cuidado durante todo el camino, respetando su silencio. Algunas de las marcas que le hizo todavía perduraban en su piel y le encantaba mirarlas, especialmente los pequeños arañazos que tenía entre las piernas.
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