Capítulo 14

De vuelta a Londres


Durante todo el mes de Noviembre, pasaron sus ratos libres entre su alejado y silencioso rincón en la Biblioteca, en aquella vieja aula en desuso, o en aquel acostumbrado claro junto al Lago Negro.

Mientras estaban en aquella aula vieja, lo que menos importaba era la tarea. Apenas entraba Hermione al aula (comúnmente el primero en llegar al lugar era él). La Gryffindor se apresuraba a cerrar la puerta mágicamente, y cruzaba la habitación a toda velocidad, para dejarse caer en sus brazos, donde ambos se sujetaban con firmeza, para posteriormente perderse entre los besos y las caricias. A Draco le encantaba besarla en el cuello, mientras sentía que se excitaba al escucharla gemir levemente; a ella la gustaba enredar sus dedos en su rubio y platinado cabello, mientras lo mordía suavemente en los labios, y en el lóbulo de sus orejas. Escucharlo contenerse de gemir, la provocaba, y lo peor es que él lo sabía.

De vez en cuando caminaban (comúnmente por las noches) a la orilla del lago negro. Solían dejar sus huellas en la blanca nieve, y Hermione se apuraba a borrarlas, asustada de que alguien las viera y supieran que se escapaban a deshoras de la vigilancia de Filch. A Draco, esto le provocaba mucha risa, pues no dejaba de repetirle que era una estirada y se preocupaba demasiado. Esto hacía que Hermione frunciera el entrecejo, y terminara por enojarse completamente cuando el Slytherin, ignorándola por completo, se ponía a corretear por todos los jardines, dejando sus huellas a propósito.

Cuando se reunían en la biblioteca, dejaban de ser una pareja enamorada, y volvían a ser simplemente Draco Malfoy y Hermione Granger; respectivos estudiantes de Slytherin y Gryffindor que se reunían a elaborar las tareas en equipo que los profesores seguían solicitándoles. Los encuentros en la biblioteca eran esporádicos, pero bastante largos. Después de todo, debido a que por temor a que alguien los descubriese comiéndose a besos, preferían acudir allí lo menos posible, aunque era un sitio inevitable, pues los constantes reportes, les exigían aquellas largas horas de estudio, en donde debían controlar sus hormonas, y perderse entre libros, redacciones, artículos y reportes.

Sin embargo, así como se llevaban bien, también tenían sus malos momentos.

Discutían todo el tiempo. La Gryffindor no dejaba de golpearlo por cada cosa que el Slytherin hacía y que a ella no le parecía. El rubio, por su parte, solía gritarle a la castaña todo el tiempo, puesto que le desesperaba su obsesión por los deberes.

Inclusive hubo un par de veces en las que se habían amenazado con las varitas en alto. Y cómo olvidar aquel momento memorable en que Malfoy se había atrevido a jalar a Granger de la mano en pleno recibidor, y se había encerrado con ella en un apretado armario de escobas, en el cual había intentado besarla fogosamente, y ante los besos y caricias que Hermione se había negado a seguir, la chica le había lanzado un par de hechizos que habían obligado a Draco a pasar el resto del día en la enfermería, con la cara llena de dolorosas ampollas.

Draco era un insensible y grosero, por lo que Hermione se dedicaba a quitarle puntos a su casa todo el tiempo. Granger era una enojona e histérica, lo que ocasionaba que Malfoy comúnmente se alejase dispuesto a no perder su tiempo con aquella causa perdida. Cuando se enojaban el uno con el otro, se dirigían miradas asesinas. En las clases, en los pasillos; no importaba si estaban rodeados de un mar de gente, o si estaban a solas. Se decían de palabrotas e inmediatamente después se daban la espalda. Se alejaban sin resolver sus problemas. Hablaban mal del otro a cada rato.

Y aun así, cuando el coraje finalmente hacía erupción, y la distancia era demasiada como para soportarla, finalmente se daban cuenta de que simplemente no podían soportar el estar lejos del otro, y a regañadientes, se tragaban el orgullo y se mandaban una carta, para poder concretar una nueva cita. Volvían a comerse con los ojos, volvían a besarse como si no fueran a tener otra oportunidad. Se acariciaban el rostro con ternura, se abrazaban fuerte y dulcemente, y enredaban con locura sus dedos en los cabellos del otro. Sus labios se perdían en los del otro, en el cuello, en las orejas, en el pecho…

Era la relación más inestable y volátil en la cual ninguno de los dos se habría imaginado que estaría. Y el ciclo se repetía siempre, sin ninguna variación.

Esa tarde, se encontraban sentados en su acostumbrada mesa, en la biblioteca. La pila de tareas pendientes había vuelto a alcanzar un tamaño considerable, por lo que a regañadientes, siguiendo las instrucciones de Hermione, Draco se encontraba sentado en aquel rincón, hojeando mil y un libros de Defensa.

Mientras Hermione escribía lo que el rubio le iba dictando, al Slytherin no le pasó por alto el ver a la menor de los Weasley, que se encontraba igualmente buscando información para aquella tarea que Karstoy les había mandado hacer, sobre los efectos irreversibles de una prolongada exposición a la maldición Cruciatus.

Sin embargo, acostumbrado como estaba ya a que los demás lo mirasen recelosos mientras trabajaba con Granger, el Slytherin se limitó a dar vuelta a la página de su libro, y continuar con aquel dictado. Ginny se alejó sin decir nada.

-¿Sigues enojada? –preguntó en ese momento Malfoy, mientras Hermione seguía rasgando el pergamino con su pluma.

-No –fue su fría respuesta, lo que indicaba a Draco que en realidad se refería a todo lo contrario.

Desde hacía un par de días, la Gryffindor había estado insufrible, lo que provocaba que el rubio igualmente se pusiese de mal humor.

Hermione puso el punto final a aquella redacción para Karstoy, y se la pasó a Draco para que la revisara y diera su visto bueno. Sin embargo, para evitar estar sentada delante del rubio sin hacer nada, la castaña se apuró a tomar el primer pergamino que encontró en la mesa (que resultó ser una investigación del Slytherin para la clase de Encantamientos), y aun sujetando su pluma, comenzó a hacer correcciones en ella.

-¿Me vas a decir ya que te pasa? –insistió el Slytherin, mientras miraba como Hermione seguía sin despegar la vista de su pergamino.

-El Expreso de Hogwarts vuelve a Londres mañana –dijo la Gryffindor finalmente-. Y yo sigo sin saber qué harás durante las vacaciones de invierno.

-Ah… -musitó el muchacho, visiblemente incómodo. Como cada año, la Mansión Malfoy llevaría a cabo una ostentosa cena de Navidad, donde familias de sangre limpia estrecharían lazos, con afán de hacer nuevas alianzas y tratados matrimoniales, todo con el fin de conservar aquella pureza de sangre.

-Porque para que lo sepas, este año no voy a quedarme en Hogwarts a pasar las vacaciones –agregó la Gryffindor, garabateando por todo el pergamino del rubio.

Draco la miró, y resistió el impulso de poner los ojos en blanco.

-Me alegro que así sea, porque yo tampoco pensaba quedarme en el castillo.

Pudo ver como la pluma de Hermione se detenía al instante, pero apenas un par de segundos después, volvía a moverse por todo el papel.

-Mis padres organizarán una cena… -comenzó a explicarse, pero aquella furia estaba comenzando a apoderarse de él, que no pudo contenerse de decir-. ¿Quieres hacer el favor de dejar de corregir mi tarea?

-Así que una cena –repitió ella, mientras sacaba ahora un libro de Herbología y se perdía detrás de él-. Suena realmente interesante. Quizá les pida a mis padres que hagan lo mismo, aunque será un poco extraño ya que tienen planeado regresar a Australia…

-¿Qué estás intentando probar? –interrumpió el Slytherin, al tiempo que ponía su mano sobre el libro de la castaña, y lo bajaba para poder verla directamente a los ojos. Sin embargo, Hermione rehuyó de su mirada una vez más.

-Solo pensé que durante estas vacaciones podríamos dejar de estar así…

-Mira –continuó él, con un tono de voz cansado. Se había preparado mentalmente durante toda la semana para tener esa conversación, pero parecía ser que aquella auto práctica no había funcionado para nada -, sé que esperabas que ambos nos quedáramos en el castillo mientras todos los demás se iban y…

-No, la verdad es que no tienes idea de lo que yo esperaba –la Gryffindor finalmente lo miró, aunque con severidad-. No es que yo quisiera por fin besarte fuera de aquella vieja aula, o abrazarte en otro sitio que no sea a escondidas en el lago cuando ya anochece…

-Así que es eso… -Draco emitió una leve risita.

Hermione bufó, y se apuró a retirar el libro de la opresión de la mano del chico.

-Tengo perfectamente claro que no saldrá nada bueno si alguien se llegase a enterar de lo nuestro –le susurró mientras apretaba los dientes-. Pero me siento encerrada, y una mentirosa. No puedo sincerarme con mis amigos, ya que ellos no entenderían. Se me hace cada vez más difícil fingir excusas para poder escaparme y venir a verte…

-¿Y tú cómo crees que me siento yo? –interrumpió él-. No sabes la vergüenza que pasaría si alguien de mi casa se llegase a enterar de lo nuestro. O si mis padres tuvieran la más mínima idea…

-Claro, vergüenza –Hermione contuvo una risita, desviando su mirada a la ventana que tenía a su izquierda, pese a que no podía ver nada, ya que afuera todo estaba ya oscuro-. Quizá yo también esté avergonzada de ti. Sobre todo porque me besuqueo con alguien que ni siquiera es mi novio.

-Eso ya había quedado claro.

-Olvídalo, no he dicho nada.

Hermione metió el libro de Herbología como pudo dentro de la mochila, y se levantó de la mesa. La biblioteca estaba ya casi vacía, y había una luz muy tenue, solo proveniente de las velas que reposaban en los candelabros.

-Espero al menos poder despedirme de ti mañana, antes de que regresemos a la realidad –la chica le dirigió una mirada asesina, y se alejó pisando fuerte.

Draco se limitó a estirarse. Sabía que había sido grosero, pero así era como las cosas eran. Y ambos lo sabían muy bien. El motivo de todas las discusiones era el hecho de que no podían cambiar lo que eran, y lo que tenían.

Por más que los dos quisieran pasar las vacaciones en Hogwarts, los padres de ambos tenían ya planes. Quizá ella no tuviese que acompañar a sus padres a Australia, pero en definitiva, él no podía negarse a asistir a aquella cena en la Mansión de los Malfoy. Aquella reunión tenía siglos de tradición…

Y en cualquier caso, aunque él quisiera pasar vacaciones con ella, o viceversa, la idea era tan absurda que no valía la pena ni pensarlo. ¿Invitar a Granger a su casa? ¿A una sangre sucia? ¿O acaso él iría a la casa de unos muggles? ¿Qué pensarían sus padres con tan solo proponerlo?


A la mañana siguiente, alrededor de las diez y media de la mañana, mientras Neville, Luna y Ginny terminaban de acomodar sus baúles en el portaequipajes, Hermione no dejaba de buscar por todo el andén a Draco. Lo localizó prontamente, conversando con Zack y Nigel, pero debido a lo abarrotado del andén, no intentaron siquiera acercarse.

Así que para cuando el reloj dio las once, y el Expreso de Hogwarts salió de la estación de Hogsmeade rumbo a Londres, los dos muchachos se encerraron en sus compartimientos, intentando ignorar que se encontraban a escasos veinte metros, sin la posibilidad de dirigirse siquiera una mirada.

Sin embargo, para medio día, cuando Eleonor Quirke mandó llamar a Hermione, Neville y Luna al compartimiento de prefectos, la castaña comprendió que aquella era su última oportunidad de hablar con Draco, antes de tener que separarse de él, durante todo un mes.

La reunión en el vagón de prefectos fue corta, con lo que después de veinte minutos, los prefectos y premios anuales se repartieron en grupos de dos, dispuestos a patrullar los pasillos.

Debido a que Neville había hecho pareja con Luna para realizar aquel patrullaje, Hermione había tenido que buscar alguien más para que la acompañase a realizar aquel recorrido. Sin embargo, la castaña no se juntó con nadie, y ahora, faltando poco para que diese la una de la tarde, la Gryffindor se encontraba recorriendo sola el pasillo del último vagón, mientras se asomaba a todos y cada uno de los compartimientos.

No tardó mucho en encontrar el que buscaba.

Draco se encontraba sentado junto a Zack, quien en aquel momento jugaba una partida de ajedrez mágico con Nigel. El Slytherin había volteado a la puerta, y había visto (a través del cristal) a la castaña pasar de largo con paso lento, mientras lo miraba de reojo. Sin necesidad de que la Gryffindor le hiciese alguna seña, el rubio había comprendido al instante lo que se esperaba de él, y diciendo a sus amigos que necesitaba ir al baño, salió del compartimiento con paso veloz.

Hermione caminaba hacia el final del vagón, con lo que Draco se apuró a seguirla. Apenas estuvo lo suficientemente cerca de ella, la sujetó de la muñeca, con lo que la Gryffindor clavó sus castaños ojos en los azules de él, y mientras Malfoy llevaba un dedo a sus labios indicándole que permaneciera callada, el rubio jaló a la castaña al interior de uno de los baños, donde un rápido giro al pestillo, los dejó a ambos encerrados en aquel reducido espacio.

-Pensé que nos veríamos antes de subir al tren –musitó ella, haciendo un puchero-. Te esperé en el aula…

Malfoy se movió incómodo.

-Intenté ir, pero no pude escaparme de Zack y Nigel durante el desayuno. Lo lamento.

-No importa –negó ella velozmente, mientras se pegaba a su pecho y se dejaba abrazar-. Al menos estás aquí.

Se quedaron así, durante un instante, antes de perderse en aquel cálido beso. Cuando finalmente se separaron, Hermione preguntó avergonzada:

-¿Me escribirás?

-Lo intentaré –fue la respuesta de Malfoy, lo que provocó que Hermione lo golpease en el pecho. El rubio ahogó una risita, pero no dijo nada más.

-¿Me extrañarás? –murmuró la castaña.

La serpiente miró a la leona directamente a los ojos, al tiempo que aquella sonrisa seductora se dibujaba en su rostro.

-Todos los días –dijo antes de volverla a besar.


Ya había anochecido cuando el Expreso de Hogwarts llegó a Kings Cross. Al igual que el resto de los alumnos, el cuarteto salió de su compartimiento, y tras tomar sus baúles del portaequipajes, así como sus mascotas, los tres Gryffindors y la Ravenclaw finalmente bajaron al andén 9 y ¾.

La abuela de Neville lo esperaba ya, por lo que el muchacho se despidió de sus amigas dándoles un cálido abrazo, y cruzó la barrera que dividía los andenes nueve y diez, no sin antes dar un fugaz beso a Luna. La Ravenclaw fue la segunda en marcharse. Aún estaba sonrosada por aquel gesto de su novio cuando su padre, Xenophilus Lovegood se acercó a ella y sus amigas; pero Luna se repuso prontamente y se despidió del par de Gryffindors con un abrazo. No le pasó por alto el invitar a Ginny a su casa aprovechando que la Madriguera y la residencia Lovegood se encontraban bastante cerca.

Hermione estaba por despedirse de Ginny (estaba segura de que sus padres la esperaban del otro lado de la barrera que separaba los andenes nueve y diez), cuando una cabellera rubio platinada acaparó toda su atención.

Draco acababa de bajar del tren. Cruzó un par de oraciones con Nigel y Zack, y tras despedirse de ellos con un simple gesto (los dos Slytherins iban a pasar las vacaciones juntos), empujó el carrito en el que llevaba su baúl por el abarrotado pasillo, en dirección hacia la castaña y la pelirroja.

Por un instante, Hermione temió que el destino del rubio fuese el detenerse frente a ellas, y no pudo evitar suspirar aliviada cuando el Slytherin siguió de largo. Sin embargo, el gusto no duró mucho. Siguiendo a Draco con el rabillo del ojo, la castaña prontamente comprobó que el muchacho se dirigía hacia aquella alta pareja, de cabello rubio platinado, que vestían túnicas verde esmeralda.

El señor y la señora Malfoy se encontraban de pie en medio del andén, mientras miraban a su único hijo acercarse a ellos, con paso erguido y arrogante. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Lucius Malfoy posó su mano sobre su hombro, mientras su esposa Narcissa acomodaba un mechón rebelde de su rubio cabello, y tras un corto diálogo, la mirada de Lucius se desvió desde Draco hasta Hermione y Ginny.

Su orgullosa expresión se vio inmediatamente sustituida por una de odio. Sin embargo, considerando que se encontraban a la mitad de un abarrotado andén, y con varias decenas de metros entre ellos, el señor Malfoy se limitó a fruncir el entrecejo y volver a mirar a Draco, con lo que Narcissa (ajena a esa mirada) se colgó de su brazo, y los tres Malfoys emprendieron el camino fuera del andén.

-Mira, ahí viene Harry –dijo Ginny alegremente, quien no se había percatado de nada.

Harry se acercaba con paso veloz por entre el mar de familias que ya se dirigían a la barrera que separaba los andenes nueve y diez. Sin embargo, aquella alegre sonrisa desapareció de su rostro, cuando sus pasos se cruzaron con los de los Malfoy. Lucius le dirigió una gélida mirada, mientras que Draco fingió que no lo veía.

-Será mejor irnos –musitó Narcissa por lo bajo, aún aferrada al brazo de su marido.

Harry se hizo a un lado para dejarlos pasar, y con esto, el trío finalmente desapareció por aquella barrera mágica.

-¡Harry! –exclamó Ginny, con lo que su novio volvió a recuperar su sonrisa, y terminó de recorrer aquel corto trayecto que lo separaba de su novia, y su mejor amiga.

-Buenas noches –dijo el ojiverde abrazando a las dos chicas, y besando a Ginny tiernamente en los labios.

-Buenas noches –contestaron las dos, a lo que Harry se apuró a colocarse detrás del carrito de Ginny, para llevarlo él.

-¿Listas para ir a la madriguera? –preguntó a las dos muchachas, con lo que Hermione se apuró a mirarlo. Harry tenía aquella expresión inocente que no auguraba nada bueno.

-¿A qué te refieres? –preguntó la castaña, velozmente. No pudo evitar pensar si aquello sería otro de los brillantes planes que Harry había tenido durante aquel año, y que no habían funcionado en lo más mínimo.

He hablado con tus padres. Les parece una idea fantástica que pases vacaciones de navidad en compañía de los Weasley y conmigo. Dicen que no tienen problema en verte hasta junio.

-¿Así que vendrás con nosotros a la madriguera? –se apresuró a preguntar la pelirroja, con una enorme sonrisa en los labios.

-No creo que sea lo correcto…

-Vamos, no te hagas del rogar. Después de todo el señor y la señora Weasley están más que encantados con la idea. Por cierto, tu papá nos espera a fuera, Ginny –continuó diciendo Harry, mientras volvía a sujetar con firmeza el carrito de su novia y lo empujaba hacia la salida.

Hermione se quedó de pie, sola, a medio andén. Pasar las vacaciones de Navidad en compañía de los Weasley y Harry sonaba bien, pero le hubiese gustado el haberse enterado de ello un poco antes. Al mismo tiempo, esperaba que desde su último encuentro, la actitud de Ron se hubiese relajado, y finalmente pudiesen comportarse como solo amigos, o definitivamente aquellas serían las peores vacaciones de su vida.

Resignada, la castaña estaba por empezar a empujar su carrito también, cuando una nueva voz se escuchó por encima de aquel barullo.

-¡Harry! Demonios, pensé que te me habías perdido… Oh, hola.

El alto y pelirrojo Ron Weasley, acababa de detenerse junto a su mejor amigo. Revolvió el cabello de su hermana menor (con lo que Ginny emitió un quejido), y un poco incómodo, avanzó un poco más, para detenerse junto a Hermione.

-¿Necesitas ayuda con el carrito? –musitó.

-Puedo hacerlo sola –se defendió ella.

-Vamos, no te hagas del rogar –insistió él. Y sin esperar una respuesta, la empujó suavemente, con lo que tomó el carrito, y empezó a empujarlo rumbo a la barrera.

-De verdad no es necesario –replicó Hermione, mientras Harry y Ginny caminaban delante de ellos.

-Te estoy ayudando como el buen amigo que soy –se defendió el pelirrojo, provocando que la castaña frunciese el entrecejo.

-¿Ah, sí? –a Ron no le pasó por alto el tono sarcástico de su voz.

-¿Cuántas veces voy a tener que disculparme por darme cuenta demasiado tarde de que me gustas? –respondió el muchacho con voz cansina-. Quizá tú ya me hayas superado, pero yo aún no.

Hermione no pudo evitar morderse la comisura del labio, pero siguió andando junto al alto muchacho. No es como si se hubiera olvidado de sus sentimientos de la noche a la mañana. Después de todo, le había gustado Ron desde tercer grado.

Sin embargo, mientras seguían a Harry y Ginny, y cruzaban la barrera que dividía los andenes nueve y diez, finalmente comprendió que en tan solo tres meses, se había enamorado de alguien, de una manera que nunca antes lo había hecho.

Ni de Ron ni de Krum… su corazón le pertenecía a Draco Malfoy.


Hola a todxs! Espero y hayan tenido una bonita semana, y que el capi de hoy la haya hecho aún mejor (?) He leído ya sus reviews, y se los agradezco infinitamente. No he tenido tiempo de contestarlos aún, pero prometo que no pasa de hoy.

Regresando al capi de hoy, debo confesar que me encanta este ping-pong de "te odio te amo, te amo te odio" (así toda canción de Ha*Ash). La manera en que se siguen molestando e insultado, y como se mueren por abrazarse y besarse... Como dice ahí arriba, en el último pensamiento de Hermione, su corazón le pertenece a Draco. Y (aunque no lo ponga) el de él también. Están ya perdidamente enamorados, que a pesar de los corajes y enfados, siguen felices de tenerse el uno al otro.

Sin embargo (inserte risa macabra), ahora sí puedo decirles que, a partir de aquí, se olviden de todo lo que han leído en el fic original, que lo que se viene es borrón y cuenta nueva. Pueden seguir a pasar a leerlo si no me creen, pero les aseguro que ahora sí los cambios se vienen en cantidad y (cruzo dedos para que piensen igual) en calidad.

Sin dar más spoilers, les dejo el kilométrico comment aquí, no sin antes agradecerles (como siempre por que las loveo), los reviews, follows y favorites. Esperando que dejen muchos más, les mando un abrazo y un beso, y nos leemos el próximo sábado.

Sigan bellos!