Hola a todas y a todos! Estos días tuve unos pequeños flashes de inspiración y aquí me tienen jaja les agradezco inmensamente a quienes comentan y colocan en favoritos ésta historia, también a quienes la siguen. Me hacen muy feliz, sépanlo! :)

Les envío un abrazo enorme. Como les mencione en éste capítulo sabremos un poco más sobre las familias y allegados de nuestros castaños, espero que sea de su agrado.

Nos leemos muy pronto!

Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 5

**Viejos conocidos**

Después de tanto haber regañado a su mejor amiga por su descarado amor hacia el entrenador de caballos, ella misma era un mar de confusiones, intensas y perturbadoras sensaciones la invadieron desde la noche anterior, tanto se retó a sí misma a no caer ante él. Siempre había sido muy inquisidora, observadora y analítica, sin perder ese toque de dulzura y buenas intenciones que sumado a su hermoso aspecto, la convertían en una de las jóvenes más hermosas de Tomoeda. Pero eso a ella le importaba poco, sólo quería estar en paz, no volver a recordar lo horrible de su pasado. No volver a recordar aquel día en que lo perdió casi todo, y fue un casi ya que gracias a alguna fuerza divina su mejor amiga y prima había sobrevivido. Sakura no recordaba aquel hecho ya que después del tortuoso accidente su cabeza había recibido diversas contusiones y olvidó muchas de las cosas que había vivido en sus apenas diez años.

Pero ella si lo recordaba todo como si hubiese sucedido hace tan sólo unos minutos atrás, el calor de las llamas consumiendo su casa, los gritos de su madre y el cuerpo inerte de su padre a un lado de ella, su padre...que arriesgó su vida por protegerlas. Su madre había sufrido un trauma tan grande ese día al ver morir al amor de su vida ante sus ojos, que después de ello no volvió a ser la misma. La hermosa y respetable dama de sociedad Sonomi Daidouji no volvió a salir al exterior. La única familia que conservaba eran los Kinomoto, su tío Fujitaka y sus primos Touya y Sakura. Las madres de ambas eran primas, la madre de Sakura había fallecido hace muchos años y su madre...hace ya ocho años que se había quitado la vida.

Su vida sí que era una total tempestad, pero aun conservaba la voluntad de vivir, de ser feliz o de al menos intentarlo, por sus padres. Porque su padre dio su vida por salvarla, le debía eso. Le debía el llevarlo siempre en su memoria, al igual que a su querida madre. Tomoyo se sabía muy inteligente y se valía de ello para rechazar a todos los pretendientes que llegaban a la gran mansión solicitando su mano en compromiso a su tío. Él generalmente era comprensivo y calmado, siempre con las palabras correctas y sabias en el momento justo. Pero nunca estuvo de acuerdo en que a su prima se le haya escogido el prometido. ¿Por qué ella podía elegir y Sakura no? ¿Qué eran esas diferencias? Siempre habían estado juntas, la una lo sabía todo de la otra. Por eso la compadecía, porque ella sabía que Yue Tsukishiro, el futuro marido de su prima, era un hombre tan misterioso y cruel que asustaba.

Pero las apariencias engañan, y eso ella lo sabía bien ya que siempre había tenido que fingir sus mejores sonrisas para no preocupar a los demás, siempre había podido engañarlos a todos, incluso a Sakura muchas veces. Pero con el joven al que recordaba intensamente, no había sido así. Desde que lo conoció hace un par de años había sido capaz de leerla claramente como un libro abierto. Ese joven poseía unas cualidades muy parecidas a las suyas, es por eso que la asustaba tanto la cercanía que se permitió la noche anterior, ¿Tan frágil se sentía ante él? ¿Por qué lo había permitido? ¿Por qué se había comportado de esa manera? Ella siempre había sido una muchacha muy centrada, pensaba todo dos veces antes de llevarlo a cabo, sin embargo...ayer se dejó llevar, se dejó seducir por sus palabras, por su tacto, por sus labios. Por esos ojos azules, tan oscuros que parecían poder mirar a través de su alma.

¿Qué debía de hacer? Aún recordaba lo que había ocurrido la noche anterior, cuando sin querer se habían encontrado en casa de Yamazaki, ella a diferencia de Sakura, tenía la libertad de salir, de pasear por el pueblo, de tener amistades de todo tipo, de todas clases sociales, cosa que a ella le encantaba. Jamás fue ajena a la discriminación que existía en las altas esferas sociales de Tomoeda. Eso no le interesaba, deseaba tanto que Sakura pudiese gozar de esa libertad, que ella pudiese tener a esos increíbles amigos. Pero su primo y su tío la sobreprotegían demasiado, y en el fondo a pesar de su oposición hacia los sentimientos que su prima tenía hacia el joven Li, se alegraba...si Touya, su tío o el mismo Yue se enteraban de que el peligro estaba más cerca de lo que creían, se armaría un tremendo lío. Pero no intervendría, deseaba que Sakura sea feliz, desbordaba amor con tan sólo mirar al joven castaño y eso era suficiente para ella.

No había nada que hacer al respecto, y mucho más cuando ella le contó lo que había sucedido entre ambos cerca del claro. Ellos se pertenecían y esperaba que luchasen por sus sentimientos.

Suspiró, cansada, confundida y aturdida. Aún conservaba en su piel los espasmos, de ese recuerdo de los labios del joven Hiragizawa sobre los suyos.

Tomoyo

*Flashback*

- Serías la prometida más hermosa de toda Inglaterra, mi dulce Tomoyo - susurró él separando sus labios húmedos de los míos. Yo temblaba de pies a cabeza.

- Hiragizawa, no estamos en Inglaterra esto es Japón...y no soy tu dulce Tomoyo... - murmuré, la cercanía del joven Hiragizawa me abrumaba y ahora que se había acercado tanto, que me había rodeado la cintura con uno de sus brazos, que acariciaba mi mejilla y mordía mis labios, ahora me sentía desbordada por la situación. Sobre todo, después de que me besara sin que yo estuviera preparada. - ... pronto seré una mujer comprometida... - dije con un hilo de voz esperando así apaciguar sus ánimos.

- Lo sé, Tomoyo, lo sé... - respondió él, su aliento me abrasaba la piel, el vestido me apretaba el pecho y no podía respirar bien, sus dedos quemaban mis pómulos cuando él los acariciaba - Pero, ¿de verdad deses entregar tu inocencia al mejor postor? ¿O estás esperando a enamorarte de verdad?

Enamorarme de verdad...nunca lo había pensado de esa manera.

- Es lo que debo hacer, joven Hiragizawa... - me defendí avergonzada, pero él no mostraba un ápice de tregua, su brazo apretaba mi cintura y me estrechaba a su cuerpo, su boca estaba dolorosamente cerca de la mía, amenazando con beber de mis labios una vez más - Por favor... es mi deber mantenerme alejada de ti...

Me hizo callar con otro de sus apasionados besos, me agarré a sus brazos para intentar apartarlo de mi, pero su boca era asfixiante, un veneno que no podía resistir. Aprisionó mis labios con los suyos, me cogió por detrás de la cabeza para apretarme a su rostro, asegurándose que no pudiese escapar. Yo no podía respirar, sus labios me abrasaban, mi piel se erizaba y mi cuerpo temblaba sin control. Enredó los dedos entre las ondas de mi cabello y buscó la forma de soltar el cuidadoso moño que había tardado media hora en dejar bien fijo. Soltó mis cabellos sin dejar de besarme, sentía sus labios y su lengua, no podía hacer otra cosa más que beber de su boca.

Pero me aparté, hice un gran esfuerzo por separarme y giré el rostro para que no tuviese a la vista mis labios húmedos y rojos, mis mejillas sonrojadas y mi mirada turbada.

- Basta, Hiragizawa...no lo vuelvas a hacer - suspiré cerrando los ojos - Por favor...

- No te pido que te cases conmigo ahora, Tomoyo... - susurró en mi oreja, provocándome un escalofrío. Acompañó sus palabras besandome la mandíbula y el cuello, con la lengua recogió mi pendiente y mordisqueó el lóbulo, tironeando de la joya. - No necesitas ser mi esposa ni yo tu marido para que te entregues al más puro de los placeres si así es como debo ganarme tu amor... sé que deseas ser acariciada, ser besada y ser amada... - sus dedos deshicieron el cordón que había en mi escote de un tirón; pude escuchar como la cuerda se deslizaba lentamente y como su aliento bajaba por la piel de mi cuello. Acarició el borde de mi vestido y subió por mi pecho, rozando el nacimiento de mis senos, mi garganta y mi barbilla. Cogiéndome del mentón, me hizo girar el rostro y se aproximó hasta que sus labios volvieron a rozar los míos. No pude abrir los ojos - No tienes que hacer nada, Tomoyo... - murmuró en mi boca. Y volvió a besarme por tercera vez, haciéndome perder la cabeza - Sólo déjate llevar... entregáte al placer, disfruta...

Su mano se metió dentro de mi corsé y aprisonó uno de mis pechos. Sus besos se volvieron lascivos, lentamente su boca dejó atrás la mía y fue bajando hasta el pecho que acariciaba. Mi piel estaba dolorsamente sensible y podía sentir todo lo que me estaba haciendo.

- Eriol Hiragizawa... - musité con la cabeza perdida. Él no se detuvo, volvió a besar mi cuello suavemente- No puedo respirar... - dije entrecortadamente, el vestido me apretaba demasiado debido a los movimientos.

- Discúlpame, a veces olvido los pequeños detalles - abrió la puerta de una de las habitaciones, estabaos en casa de Yamazaki. Me arrastró al interior, cerrando tras de si con el pestillo.

- No... - protesté, todavía sin voz y sin respiracón. - ¿Qué pasará si nos encuentran en ésta habitación? - gemí. Él me besó, acariciando mi cintura, con dedos expertos había empezado a desatar los lazos del corsé.

-Te he lamido el cuello en el pasillo - murmuró divertido, dándo un fuerte tirón al vestido, aflojando el corsé. Mi pecho se hinchó llenándose de aire. - Si alguien nos ha visto fuera no permitirá que te haga nada aquí dentro... ¿No te resulta eso más llamativo? - me lanzó contra la cama y me cubrió de besos y caricias, sus labios recorrieron mi cuello, mis hombros y mis pechos, bajó el vestido un poco para besar mi vientre y sus manos se metieron bajo las faldas para acariciar mis rodillas y mis muslos. Yo suspiraba presa del delirio, con voz entrecortada le pedía que se detuviera aunque en verdad no quería que fuese así, pero él continuaba.

- Deseo más... - le supliqué rendida, a punto de desmayarme.

- Estoy seguro de ello...ahora estoy totalmente seguro de que no te soy indiferente, mi querida Tomoyo - respondió seguro de si mismo - Te aconsejo no gritar ahora, podrían sospechar que lo que estoy haciendo es demasiado sucio para alguien como tú... pero es hora de que me vaya... - susurró poniéndose en pie - Volveremos a vernos, te lo prometo...Hay muchas cosas que me gustaría compartir contigo...tranquila, te dije que me ganaría tu amor y eso es lo que haré de hoy en adelante. Ve a tu casa, ya es algo tarde; cuando llegues a tu habitación desnúdate y metete bajo las mantas... - me cogió una mano y la besó - Y piensa en mi cuando te acaricies...

Después, abandonó la habitación que más parecía una de huéspedes, si Yamazaki o Chiharu se enteraban... Pude escuchar como Hiragizawa se alejaba del pasillo y las voces de una conversación llegaron a mis oídos. Los padres de Yamazaki, Chiharu y posiblemente el mismo Yamazaki . Después, se apagaron y todo quedó en silencio.

Aproveché ese momento para acomodar mis ropas y salir apresuradamente despidiéndome de todos y marchando a la mansión como alma que lleva el diablo.

Subí a mi habitación sin hablar con nadie, ya era tarde. Posiblemente Touya aún no regresaba de sus habituales salidas con los Tsukishiro, mi tio estaría descansando, Sakura en algún lugar de la hacienda y ya podía imaginarme dónde. Al llegar obedecí a mis propios deseos y me quité el vestido, me cubrí con las sábanas y empecé a recordar lo que había ocurrido.

*Fin del Flashback*

Cerró los ojos con fuerza, confundida, azorada, mareada y avergonzada. Se cubrió con las sábanas intentando así sentirse protegida. Pero lo cierto era que el joven Hiragizawa había traspasado todas y cada una de sus defensas. Se había sentido como una muñeca en sus manos, una a la que podía acariciar y besar cuando quisiese y ella lo permitiría.

Una muñeca...

Detestaba eso, detestaba esa absurda comparación que creaba su mente sin querer. Así solamente recordaba aquella vez en que el antiguo entrenador de caballos la perturbaba. Ella era una niña entonces, inocente y triste. Muy triste por las heridas que el tiempo aun demoraba en curar. Pero a ese maldito hombre poco le importó. Cuando su tío se enteró de que en algún momento la había tocado sin su consentimiento cuando ella finalmente tuvo el valor de decírselo, fue todo un acontecimiento que deseaba olvidar.

Fue un gran escándalo en la mansión, Touya esfaba furioso y casi lo mató a golpes. Tuvieron que detenerlo entre varios empleados, su tio denunció a ese hombre, lo encarcelaron y sentenciaron a unos años de encierro en la ciudad de Tokio. Lejos de ella, donde esperaba que permaneciese siempre.

Esa madrugada había tenido una pesadilla, pesadillas en las que sus miedos crecían sin remedio, en donde sus más oscuros miedos se mezclaban con sus deseos, no entendía la naturaleza de esos recuerdos. Quizás se deba a los acontecimientos recientemente sucedidos, no estaba segura. Recordó la pesadilla...

Descansaba entre sábanas blancas un cuerpo desnudo, únicamente cubierto por unas largas medias de encaje negro con intrincadas puntillas a la altura de los muslos, y sus manos también iban cubiertas por unos guantes largos del mismo estilo. El hombre contempló fascinado a la mujer que estaba allí, a la que también había puesto un antifaz a juego. Le había pintado los labios de rojo, y las uñas de las manos y los pies de una tonalidad más carmesí. Su pelo negro azabache estaba extendido en forma de abanico y su piel era suave y pálida, de textura de porcelana.

Estuvo contemplándola durante al menos una hora, orgulloso de su obra, hasta que ella empezó a removerse y a despertar del letargo en el que él la había sumido. Mientras ella dormía, él la había vestido, perfumado y maquillado a su gusto. Se acercó a la cama y acarició sus pies. Ella se estremeció, asustada.

- ¿Quién eres? - preguntó, con un timbre nervioso en la voz - ¿Dónde estoy? - movió la cabeza a un lado y a otro y se dio cuenta de que no podía mover los brazos. Y tampoco las piernas. Unas cintas de seda rosa la ataban a la cama.

- Tranquila, pequeña Tomy. No tienes que tener miedo... - la voz, seductora, penetró en los sentidos de la muchacha y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

- ¿P-por qué me llama Tomy...? - murmuró recostándose, tironeando de las cintas - No me llame así...

- Claro que te llamas así - sentenció el otro, poniendo un dedo sobre sus labios. Se arrodilló al lado del cuerpo y pasó un brazo por sus hombros, alzándole un poco la cabeza. Y el cuello. Con la otra mano acarició sus labios y sus pómulos - Mi pequeña muñeca... - con ternura y pasión, el hombre besó a la muchacha, deslizando un dedo por su barbilla, su garganta y su esternón, para coninuar por su vientre hasta su entrepierna desnuda - Querida... - susurró en su boca húmeda. - No sabes lo afortunada que eres...

Y fue allí que vio detenidamente su rostro, en un primer momento había creído ver a ese antiguo entrenador de caballos, pero el que la había besado había sido el joven Hiragizawa, ¿Qué significaban esas pesadillas? Esos absurdos sueños no hacían más que ponerla nerviosa y a la defensiva. ¿De alguna manera su mente asociaba a ambos hombres? Aunque sabía que no eran iguales, Eriol no se hubiese atrevido a tocarla más allá si ella no lo hubiese permitido, en el fondo sabía que estaba cediendo a sus caricias, a su aroma, a sus intensos y oscuros ojos azules, a esa sonrisa retorcida y aparentemente serena que la hacían sentirse indefensa ante él.

¿Qué sentía por Hiragizawa? ¿Era sólo deseo? ¿O sería algo mucho más complejo y doloroso que eso?

No quería enamorarse, en el fondo tenía miedo de que él la lastimara.


Shaoran

Todo estaba en silencio, de la tierra brotaba un frío que se le metía en los huesos, la niebla invitaba a los espíritus a flotar entre las lápidas. Las hojas de los árboles estaban cargadas de rocío, el verde oscuro se mezclaba con el índigo del amanecer. Shaoran se estremeció. No tenía miedo de los muertos, aquel lugar transmitía tristeza y agonía. Daba escalofríos. Eso era una buena señal, cuanto más terror sintiera menos ganas tendría de pensar en Sakura. Atravesó la pequeña verja que cercaba los panteones y caminó hacia el mausoleo que servía de hogar para los difuntos Kinomoto.

Había alguien en el interior de la capilla. Vestida de blanco, rezando bajo el altar, estaba ella. La preciosa ninfa de ojos esmeralda.

Dio un paso atrás, sorprendido, y la muchacha giró la cabeza, clavando en él su profunda mirada verde bosque. Se quedó paralizado. La joven se volvió completamente hacia él y esbozó una sonrisa...y fue allí que supo que todo estaba perdido, que no tendría ésta vez las fuerzas suficientes para rechazarla y de hecho no lo había podido evitar.

Había pasado la noche con ella, unidos en cuerpo y en alma, en su cabaña. La condujo hasta allí para evitar poseerla dentro del mausoleo. Ya habían pasado un par de horas desde aquello, la preciosa Sakura descansaba ahora entre sus brazos, desnuda y enredada a él entre las sábanas desgastadas. Sakura, la pequeña Sakura era adorable. Tierna. Amor en estado puro. La sinceridad de esa muchacha le había abierto un agujero en el pecho; a éstas alturas era incapaz de cuestionar su generosidad y su amor por él, por eso una voz dentro de su cabeza insistía en que ella era diferente y que existía una posibilidad.

Por más absurdo que eso sonara.

Ya todos en el pueblo lo conocían, el joven chino llegado hace unos años atrás. Que trabajaba para el conde lord Fujitaka Kinomoto, el actual dueño de la raza de purasangres más prestigiosa del país. Durante generaciones, los Kinomoto habían abastecido de monturas a toda la aristocracia, poseían la escuela de equitación más prestigiosa —habían enseñado a montar a miembros de la familia real— y criaban los mejores caballos de carreras, que siempre quedaban entre los primeros puestos.

Un semental Kinomoto era símbolo de renombre y grandeza.

Como capataz era encargado juntos a unos jóvenes más de la crianza de los potros y su entrenamiento, cuidaba de las hembras y domesticaba a los sementales salvajes que el hijo mayor del conde capturaba en el sur de Japón. Los que eran firmes y rápidos pasaban rápidamente a ser caballos de competición. Los mejores, llevaban una vida de lujos pastando por el campo y apareándose con las hembras. Los más hermosos siempre eran vendidos a los nobles y los que no servían para alguna de esas tareas eran vendidos para otros usos como el de tareas diarias en el campo. El conde no mantenía ningún caballo que no fuera de utilidad en sus dominios.

Cuando conoció a Sakura, ella estaba llena de entusiasmo, adoraba a los animales y ellos la adoraban a ella; pronto quedó claro que sería una soberbia y elegante jinete. Deseaba participar en las carreras, era ligera y diestra, pero por su condición de mujer aquello le estaba vetado. Entonces decidió que sería una bailarina a caballo y junto a su yegua Celesty danzaría para deleite de las damas y los caballeros. Un accidente durante una cacería desterró aquellos sueños para siempre.

Sakura había sido una niña simpática y risueña, pero tras el accidente, se volvió altiva y silenciosa. Y nuevamente la frustración había dado paso a la vergüenza y después, a la rabia. Ella no era para él, quizás nunca sería para él, y ésta certeza era lo que más desazón le causaba.

¿Debía luchar por ella y por esos sentimientos que comenzaban a crecer dentro de su pecho?

Lo cierto era que el tenerla a su lado, el haberla hecho suya durante la madrugada había sido un factor decisivo pues no se había creído capaz de ir más allá de solamente tocarla y finalmente había hecho más que eso. No había podido controlarse en ningún aspecto y aquello podría traer consecuencias poco favorables para la pequeña ninfa. Si el padre o el hermano de la joven se enteraban ahora, sería desastroso.

Necesitaba arrancarse esa sensación del cuerpo, era como una mala hierba. Por mucho que quisiera culpar a la muchacha por ser tan atrevida, él era el responsable de haberse rendido a sus instintos con Sakura. Pero ella lo necesitaba, lo sabía en la urgencia y la necesidad de sus besos y sus caricias, en la forma en que demandaba ser amada.

Ella quería ser amada...y no por cualquiera, quería ser amada por él. Y eso le llenó el pecho de un extraño sentimiento nuevo.

Ella era un alma pura, una inexperta joven de dieciocho años y se había entregado a él, sin importarle el hecho de estar comprometida en matrimonio con el maldito de Tsukishiro. ¿Qué sucedería con ella si esto llegaba a mayores? ¿O a descubrirse y ser ventilado en el pueblo? No quería que sufriera, él quería protegerla, cuidarla. ¿Pero cómo podría hacerlo? No quería hacerle daño...pero le había mentido, todos estos años le había mentido y no sólo a ella.

A todos los que habían confiado en él.

Él...en realidad no era un joven de condición humilde, era el hijo mayor y heredero de uno de los clanes más poderosos y antiguos de China, poseía una gran fortuna, podría tener lo que quisiese si realmente lo deseara. Si tan sólo regresara a China, pero...la venganza, el odio y las lágrimas que derramaron su madre y sus hermanas lo obligaban a quedarse. Realmente quería amar a Sakura, protegerla incluso de él mismo...

Pero todo daba vueltas en su cabeza, ¿Ella podría entender alguna vez que lo que él perseguía en aquel pueblo era arruinar a aquellos que causaron la muerte de su padre?

El jefe del Clan Li había fallecido hace seis años bajo circunstancias muy extrañas, en una visita realizada a Japón, el señor Fujitaka desconocía el verdadero origen de Hien Li, su padre. Pensaba que solamente había sido un aficionado a los caballos, y en parte era cierto; su padre amaba a los caballos tanto como él lo hacía.

Pero no había sido sólo eso...Fujitaka tenía muchas más relaciones de las aparentemente conocidas como dueño de la casa con mayor prestigio en cuanto a venta y crianza de caballos se tratase. Fujitaka y el padre de los Tsukishiro habían dado aviso en una comitiva que se había aparecido un día cualquiera en casa de su abuela en Hong Kong, habían dado aviso de la pérdida de Hien Li, diciendo había fallecido al caerse de un caballo durante una cacería en los bosques al sur de Japón y eso había sido todo, el cuerpo de su padre llegó a China unos días después acompañado de unos sirvientes que desconocía.

Cuando su familia , toda su familia se enteró de ello. Los malditos japoneses ya se habían marchado de regreso, Shaoran en ese entonces era un joven de diecisiete años, lleno de temores e inseguridades y también de mucho rencor.

Culpaba a esos malditos, culpaba a Fujitaka Kinomoto y a Hakupo Tsukishiro por eso, por la muerte de su padre.

Por eso había llegado hasta las puertas de la mansión de ese hombre en Tomoeda, buscando su ayuda y apoyo, le había dicho que era el hijo del fallecido Hien Li y que necesitaba ayuda para sobrevivir lejos de los recuerdos y él, en acto de compasión le había ofrecido un trabajo y un techo donde vivir. Pero con el paso de los años, cada vez encontraba menos evidencia de lo acontecido. Sabía que Fujitaka, quien aparentaba ser un hombre tranquilo y calmado, estaba enredado en muchos asuntos turbios y de los que sabía sus hijos ignoraban, incluso el arrogante de Touya, a pesar de ser un imbécil no era una mala persona. A Sakura jamás podría incluirla en esos asuntos, ella era un alma bondadosa, sin señales de rencor y odio en su mirada.

Y por eso se sentía frustrado, ¿Cómo podría proceder contra su padre? ¿Cómo le diría a ella que lo que buscaba en Tomoeda era ver destruido a su propio padre y al padre de su prometido? ¿Cómo?

Necesitaba pensar, esclarecer todo dentro de su mente...y decidir, debía de despertarla y lograr que regresara a su habitación en la mansión, sería un gran problema si alguien la veía saliendo de su cabaña a esas horas y cerca del amanecer. Se apresuró a despertarla, la besó lo más tierno que pudo ser y le acarició las mejillas, esos hermosos ojos esmeraldas se abrieron y lo miraron con amor, con ese gran amor que ella le había transmitido, con ese cariño que sólo había visto en los ojos de su madre, de su padre, de sus hermanas, de sus mejores amigos y ahora los veía en los de ella.

Un cariño auténtico y verdadero...

Sakura se merecía que descendiera hasta el mismo infierno si era necesario por hacerla feliz y lo sabía, debía de buscar la manera de descubrir si en verdad esos malditos tuvieron que ver en la muerte de su padre y debía hacerlo rápido, tenía que ser sincero con Sakura...pero necesitaba pruebas y mucha fuerza de voluntad para lograrlo, esperaba que ella confiara en él, que le de la oportunidad de demostarle o explicarle todo.

Realmente la quería y pensaba en ella no como una mujer más en su vida, pensaba en ella como su futuro y debia de dar todo por ello.

Sakura regresó a casa aquella madrugada sumida en un extraño trance. Shaoran limpió su cuerpo con un paño de seda bordado que había en su cabaña, un paño que en algún momento se le había caído a ella, humedeciéndolo con agua. La ayudó a vestirse, atando cada uno de los lazos y los botones del vestido y luego, la acompañó hasta la puerta del servicio de la mansión para pudiera entrar sin ser vista, a esa hora todos dormían.

—Date un baño de agua caliente, come algo antes de meterte en la cama y duerme todo el día —le dijo antes de despedirse. Ella le cogió de la mano antes de que se marchara, con un nudo el vientre, deseosa de volver a abrazarse a él. Deseosa de volver a estar cerca de él. Deseosa de él.

—El primer piso, segundo pasillo, tercera puerta… jarrones de flores rosas... tres golpes —le dijo.

Shaoran asintió y le dio un beso en la mejilla. Ella se recreó en su cercanía, en su olor, en su calor… y de pronto lo añoró, lo echó de menos y deseó abrazarlo, amarlo, complacerlo, arrodillarse ante él y ofrecerse, abrirle su alma y dejarlo entrar en su paraíso. Pero cuando quiso devolverle el beso, él ya se había alejado y lo vio caminar por el sendero que conducía a los establos, haciéndose cada vez más pequeño.

Cuando Sakura se metió en la cama después del baño, lloró hasta quedarse dormida. Esperaba que él hubiera entendido su mensaje. La idea de que la reemplazase por otra mujer, por una chica del burdel o del pueblo, siguió tan presente que tuvo pesadillas durante las noches siguientes.

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