Capítulo 16
Habitación 11
El siguiente capítulo contiene escenas lemon. Se recomienda discreción -y que usen condón (?)-.
Su cerebro había vuelto a dejar de funcionar. Las palabras de su padre se repetían una y otra vez en su cabeza, durante un instante, claramente y después, completamente lejanas. Un compromiso… un matrimonio… Astoria Greengrass… Su cerebro finalmente hizo aquel click, y en una fracción de segundo, su mirada ausente se vio sustituida por una expresión de pánico, que fue ahogada cuando Narcissa (aún en aquel rincón) se llevó un dedo a los labios.
Lo intentó. De verdad que lo intentó. No entendía que significaba aquello, qué clase de sacrificio era ese, pero por amor a su madre, lo intentó. Se limitó a tomar la mano de Astoria, mientras los cincuenta invitados aplaudían por el compromiso, hasta que finalmente Lucius los invitó a seguir comiendo, bebiendo y conversando, con lo que el rubio Slytherin sintió como aquellos fríos dedos femeninos resbalaban de los suyos, y tras un nuevo lapsus de aturdimiento, se descubrió a sí mismo de pie en los jardines posteriores de la Mansión Malfoy, en compañía de sus padres.
-Eso ha ido mejor de lo que hubiese podido esperar –dijo Lucius, mientras sujetaba a su hijo del hombro, y presionaba ligeramente-. Estoy muy orgulloso de ti, Draco.
-¿Qué ha sido eso? –preguntó finalmente el muchacho.
-Un matrimonio por conveniencia, obviamente –fue la respuesta despreocupada de su padre-. Un excelente negocio, si me preguntas a mí.
-Como bien sabes Draco –interrumpió Narcissa, intentando adoptar un tono más imparcial-, los Greengrass son una de las pocas familias de sangre pura que quedan en estos tiempos.
-Una pieza fundamental de los Sagrados Veintiocho –intervino su padre.
-Y futuros a extinguirse –continuó Narcissa, con una mirada severa-. El linaje Greengrass termina con Daphne y Astoria. Al casarse, el apellido se pierde para siempre. Es por ello que un matrimonio entre los Malfoy y los Greengrass les permitirá extinguirse con la seguridad de que el linaje continuará aun siendo completamente sangre pura.
-Los Greengrass poseen también una importante suma de dinero, que con este matrimonio, los Malfoy procederán a administrar. Además que una alianza tan fuerte nos permitirá recuperar nuestro estatus, pues pese a igualmente ser miembros de Slytherin durante muchas generaciones, los Greengrass no se han visto involucrados con magia oscura.
-Pero ninguno de ustedes me ha preguntado si deseo casarme. Si estoy enamorado de alguien más, o siquiera si me gusta Astoria… ¡Dejamos de ser amigos cercanos hace años! Ahora apenas y cruzo palabras con ella en la sala común…
-No te estamos pidiendo un sacrificio por el resto de tu vida –se excusó su madre con voz preocupada, como si temiese que alguien pudiera escucharlos-. Astoria Greengrass carga sobre sus hombros una horrible maldición.
Debería estar en el recibidor de la Mansión Malfoy, despidiendo a los invitados, y fingiendo que la momentánea separación de su prometida lo volvía vulnerable. Pero en cambio, Draco se encontraba de nueva cuenta en la segunda planta, mirando hacia los jardines de la propiedad, desde la ventana de su habitación. Su túnica de gala se encontraba en el suelo, en el punto donde había caído después de haber sido aventada con fiereza. Lo mismo había ocurrido con la mitad de sus cosas, y parte del mobiliario.
Se había agarrado a golpes el dosel de la cama, desgarrándolo y de paso rompiendo uno de los postes. El escudo de armas de los Malfoy que colgaba sobre la chimenea, había sido arrojado al piso, al igual que las figuras de porcelana que descansaban sobre la cómoda. Su lechuza águila observaba el espectáculo, desde su percha, mientras ululaba por lo bajo. Miró a su dueño dar una patada a la mesa donde solía tomar el té, y cómo rasgó las largas cortinas, con lo que estas cayeron al suelo, haciendo un ruido sordo. Pero a Malfoy parecía no importarle. Al parecer solo estaba interesado en descargar su furia, mientras el rubio se preguntaba cómo era que se suponía que se libraría de aquella forzada y aparentemente inevitable unión.
Amaba a sus padres, pero aquello que le pedían era demasiado. No estaba seguro de si podría conseguirlo pero, ¿qué otra opción tenía? Su opinión parecía no tener cabida en aquel tema. Por más que dijese que estaba enamorado de alguien más, el confesar quién era aquella persona era algo que simplemente no podría decir a sus padres, nunca. No porque no le creyesen, sino por lo que pudiese llegar a ocurrir.
Se le cerraba el mundo. Se quedaba sin opciones, sin posibilidades de librarse de aquel matrimonio, y lo único que podía ver delante de él, era aquel futuro que su madre le había dibujado: un matrimonio feliz, hasta que aquella maldición le regresase su libertad. El problema era, que nadie estaba seguro de cuánto tiempo tendría que pasar para que aquel fatídico destino se cerniese sobre la menor de los Greengrass. En aquel momento, todo dependía del tiempo. Solo quedaba esperar.
Pero Draco no podía quedarse en calma. Sabía que tenía que hacer algo, aunque no sirviese de nada. En aquel estado de coraje y demencia, su mente llegó a una única solución: tenía que marcharse de allí. Brincando sobre la mesa baja donde solía tomar el té (y que ahora tenía dos patas rotas), el rubio Slytherin se dirigió a su armario a toda velocidad, y lo abrió de par en par.
Lo más rápido que pudo, extrajo su baúl y lo abrió de una patada. Sin perder un instante, tomó toda la ropa que pudo, y la aventó allí dentro. Hizo lo mismo con sus libros escolares (los cuales habían caído al piso al resbalar de la ahora rota mesa), y con su escoba. Se apuró a cerrar el baúl, y se incorporó para mirar a su alrededor, asegurándose de que no olvidaba nada. No pudo evitar fruncir el entrecejo al ver a su lechuza águila posada en el rincón, mirándolo de vuelta en silencio.
-No puedo llevarte –le dijo al ave, mientras agitaba la varita en el aire, para hacer levitar su baúl-. Tendrás que quedarte aquí.
La lechuza ululó en señal de entendimiento, y siguió mirando a su amo, mientras éste abría cuidadosamente la puerta de su habitación, comprobaba que no hubiese nadie al otro lado en el pasillo, y finalmente salía cerrando tras de sí.
Los invitados a la fiesta se habían marchado ya. Como indicaba la costumbre, sus padres se encontraban conversando en el salón del ala oeste, regodeándose de su éxito. Draco caminó lentamente, de puntitas, conteniendo la respiración, aún con el baúl flotando delante de él, mientras rogaba por no encontrarse con nadie del servicio. Tuvo suerte.
Logró bajar la escalinata y cruzar el recibidor sin ser descubierto. Una vez que hubo salido de la Mansión, moverse por el ahora casi oscuro jardín resultó lo más sencillo. Aquellas luciérnagas mágicas se acercaron a él para iluminar su camino, pero con un rápido y agresivo movimiento, el muchacho las espantó, y ahora lo cubría y protegía la oscuridad.
Llegó finalmente a la verja que rodeaba toda la propiedad, y retirando el encantamiento que la mantenía cerrada, la atravesó quedando finalmente fuera. Respirando ahora agitadamente, el Slytherin dejó de hacer levitar el baúl, y tras posarlo en el suelo, se afianzó a él con tanta fuerza que las puntas de sus dedos se pusieron blancas.
-Lo lamento, mamá –fue lo único que pudo decir antes de girar sobre sí mismo, y desaparecer.
La mañana del 25 de diciembre, amaneció helada. Una gruesa capa de nieve cubría todo el terreno, hasta perderse en el horizonte, mientras que los rayos del sol parecían no querer salir a iluminar el día. Ginny fue la primera en levantarse de la cama, exclamando un emocionado:
-¡Los regalos!
Con lo que Fleur y Hermione despertaron igualmente, aunque la primera se limitó a girar sobre sí misma y taparse el rostro con la almohada, mientras que la segunda se incorporó entre las cobijas, pero sin atreverse a salir debido al frío que se sentía en el aire.
Para medio día, si bien seguía haciendo frío, el sol había comenzado ya a derretir la nieve, lo que permitió a los muchachos salir al jardín a tener una guerra de bolas de nieve, mientras que las muchachas prefirieron quedarse en el calientito interior, ayudando a la señora Weasley a limpiar la casa.
Eso, hasta que una lechuza marrón cruzó el patio de la Madriguera, sobrevolando las cabezas de Bill, Ron, George y Charlie, hasta detenerse en la ventana de la cocina, donde golpeó el vidrio con una de sus patas.
Al instante, Ginny abrió la ventana, dejando al ave entrar.
-¿Correo? –musitó Percy, quien se encontraba a la mesa leyendo El Profeta, en compañía del señor Weasley y Harry, quienes aún se encontraban desayunando.
-Parece ser que es para Hermione –respondió la pelirroja, tomando la carta que el ave llevaba en el pico, y leyendo el nombre que estaba escrito allí.
-Yo lo llevo –agregó Harry, dejando su tenedor en el plato, y extendiendo su mano para recibir dicho pergamino-. Se encuentra arriba, ayudando a guardar las mantas que Fleur ha usado durante esta última semana.
La lechuza infló el pecho con orgullo, y tras ulular alegremente, extendió las alas y salió por la ventana, retomando el vuelo.
Así que Harry salió de la cocina y empezó a subir las escaleras, en dirección a la habitación de Ginny. No hubo necesidad de tocar la puerta, pues esta se encontraba abierta de par en par. Allí, doblando aquella interminable pila de cobijas, se encontraba su mejor amiga, vistiendo unos jeans oscuros y un delgado cárdigan color rojo granada.
-Ha llegado correo para ti –se anunció Harry, entrando a la habitación. La castaña lo miró confundida, y tras dejar aquella cobija a medio doblar sobre la cama de Fleur, tomó la carta que el ojiverde le ofrecía.
Aquella estilizada letra le sonaba familiar, pero no lograba recordar de dónde… Sin detenerse a pensar en ello, abrió el sobre y extrajo el pergamino. La carta era relativamente corta:
Hermione,
Necesito verte. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que me vuelva loco. Antes de que tenga que decirte adiós.
Con amor,
Draco.
Sintió que se le caía el alma a los pies. Que le daba vueltas la cabeza, que se le encogía el corazón, y su estómago amenazaba con devolver el desayuno. Miró fugazmente a Harry, preguntándose si su mejor amiga había alcanzado a leer algo, pero al expresión ausente del muchacho le comprobó que no había alcanzado a ver nada. Y así, volvió a dirigir su vista al pergamino, preguntándose si había algo más allí. ¿Qué estaba pasando? ¿Había ocurrido algo a Draco? ¿A qué se refería con aquel adiós? ¿Dónde estaba el Slytherin?
Su mirada se posó en aquel timbrado que se encontraba en la parte inferior: Estación de correos de Hogsmeade.
¡Hogsmeade!
-Debo irme –dijo atropelladamente, mientras se guardaba el pergamino en el bolsillo trasero del pantalón, y empujaba a Harry para abrirse paso hasta su cama. Debajo de ella sacó su baúl, el cual abrió velozmente, y a toda la velocidad que era posible, comenzó a echar allí sus cosas. Su ropa, sus libros…
-¿Hermione? –la voz de Harry sonaba tan lejana-. ¿Qué está pasando? ¿Necesitas irte a dónde?
-Es una emergencia –respondió ella, intentando no chillar-. Tendrás que despedirme del resto.
Hermione se encontraba ya saliendo de la habitación de Ginny. Harry, aturdido, la miró perderse escaleras abajo, y aún perdido, se acercó a la ventana, desde donde pudo ver a la Gryffindor cruzar el jardín, y desaparecerse. ¿Qué demonios…?
-Harry, querido, ¿podrías ayudarme a llevar esas cobijas al ático? –la voz de la señora Weasley lo tomó por sorpresa.
-Sí, claro –respondió aún sin saber qué hacer; si debía decir algo respecto a la repentina desaparición de Hermione.
Pero la señora Weasley se había alejado escaleras arriba (llevaba entre sus manos la ropa limpia de Bill y Charlie), con lo que el muchacho se limitó a tomar aquella cobija que Hermione había dejado a medio doblar, y se dispuso a continuar con aquel trabajo que la castaña había dejado pendiente. Cuando hubo terminado, la dejó sobre el ahora colchón desnudo, y se inclinó para tomar aquella sábana que había resbalado del colchón. Sus dedos se cernieron sobre ella, pero al sujetarla, sintió que había tomado algo más. Un leve crujido le indicó que allí había un papel.
Dejó la sábana en la cama, y miró aquel trozo de pergamino. No supo por qué, pero lo desdobló y comenzó a leer.
Hermione,
Las cosas en la Mansión son aburridas. He ido hace un par de días con mis padres a Londres para recoger las túnicas que usaremos en la cena de Navidad. Nuestros elfos domésticos han terminado de limpiar la cristalería, y el comedor ha sido completamente remodelado para el evento. Hablando del evento, los Ollivander han confirmado su asistencia, así como los McMillan y los Selwyn. Con esos tres miembros de los Sagrados Veintiocho, está más que asegurado la asistencia de las familias restantes.
Nos vemos en enero en Hogwarts. Espero escuchar sobre tus vacaciones en Australia.
Con cariño,
Draco
Su cerebro sufrió un bloqueo temporal, que solo le permitió volver a releer aquel pergamino. Confundido y desorientado, su mente procesaba lentamente aquello que estaba escrito, hasta finalmente sentir que le explotaba la cabeza al leer aquel nombre.
¿Malfoy?
Presa del pánico, volvió a mirar por la ventana de la habitación. Necesitaba respuestas, y la única persona que podía dárselas, acababa de desaparecer, sin informar a nadie, a dónde se dirigía.
Se abrazó a sí misma apenas sintió el frío golpearle el rostro. En Hogsmeade seguía nevando, y la ligera ropa que llevaba puesta en ese momento, no la protegía en lo más mínimo. Pero, presa del pánico y la preocupación, aquello a Hermione no le interesaba para nada. Necesitaba encontrar a Draco, lo más pronto posible; así que dejando su baúl en la entrada de Las Tres Escobas (donde se había aparecido), la Gryffindor se abrazó a sí misma con más fuerza, y emprendió la caminata por la calle principal del pueblo, la cual se encontraba prácticamente vacía.
En el segundo piso de aquella pequeña posada, dentro de la habitación número 11, Draco Malfoy no podía evitar dar vueltas por toda la habitación. No se le había podido ocurrir ningún otro lugar para huir de su casa; si por él hubiera sido, se hubiese aparecido en los límites del colegio, y hubiera exigido que lo dejaran pasar al castillo, pero no se atrevía a entrar sino estaba seguro de que Hermione estaría ahí. Se sentía alejado de toda la sociedad, como si estuviera contaminado con algo. En su mente, si no se encontraba con Hermione, no podía enfrentarse al mundo. Era por eso que tras enviar aquella corta carta la noche anterior, ahora se encontraba completamente encerrado en aquella habitación.
Se sentía como un marginado. Cualquier otra persona que conocía era libre de amar a quien quisiera. Para él, el amor era un castigo. Aún absorto en sus pensamientos, el Slytherin se acercó a la ventana de la habitación, dispuesto a mirar como la nieve golpeaba el cristal, y empañaba la vista. Sin embargo, su mirada captó algo curioso. Una chica delgada, no muy alta, de largo cabello castaño, caminaba solitaria por la calle principal. Sentía como que la conocía; aquella alborotada melena le producía un aire familiar. Pero no podía ser, Hermione se encontraba de vacaciones con sus padres, en Australia. Ella no podía ser Hermione Granger.
Pero entonces, aquella castaña se dio media vuelta, para cubrirse de una fría ráfaga de aire que amenazaba con golpearla en el rostro. Y Malfoy pudo verla con claridad. No había duda alguna. Se trataba de Hermione Granger. En vez de responder a su carta, ella se había aparecido en el pueblo. ¡¿Es que acaso estaba loca?!
Le tomó un par de segundos el poder asimilar que efectivamente la castaña se encontraba allí, tan cerca de él, que cuando finalmente comprendió que debía darse prisa si quería alcanzarla, la Gryffindor se alejaba calle abajo, sin mirar atrás. Así que se despegó de la ventana lo más rápido que pudo, utilizó un encantamiento convocador para sacar su abrigo del baúl, así como una bufanda y dando grandes zancadas, salió de la habitación, y de la posada, corriendo a toda velocidad.
Sin embargo, al llegar a la calle, la encontró nuevamente vacía. Se le aceleró el corazón. El frío aumentaba, la nieve arreciaba, y debido a la neblina, apenas y podía ver. Sin embargo, siguió andando en la dirección a la que había visto a Hermione alejarse. Gritó su nombre un par de veces, pero nadie le respondió.
Después de un par de fríos y silenciosos minutos, llegó al límite del pueblo. Allí, el camino se bifurcaba en dos direcciones. Uno, llevaba a las puertas de Hogwarts, el otro, a la Casa de los Gritos. Dejó que sus pies decidiesen el camino por él, y aún caminando a paso veloz, se dirigió por aquel segundo camino, más agreste. Supo inmediatamente que había tomado la decisión correcta.
La muchacha se encontraba sentada debajo de un árbol nevado. Se encontraba abrazándose las piernas, y temblando de frío, mientras cerraba sus ojos con fuerza.
-¡Idiota! –le dijo mientras corría entre la nieve, en dirección hacia ella. Hermione alzó la vista, asustada-. ¡Idiota! –le repitió al llegar a su lado, y arrodillarse junto a ella.
-¡Draco! –dijo Hermione, tiritando por el frío-. ¡Draco, eres tú! Vine lo más pronto que pude, tu carta…
-Eso no importa ahora –respondió él, mientras se quitaba el abrigo y se lo ponía encima. Hizo lo mismo con la bufanda-. No necesitabas venir inmediatamente. Es decir… ¡Está haciendo un frío mortal! ¿Qué hubiese sido de ti si no te hubiera visto?
-Confiaba en que tú…
Pero la chica no pudo terminar de hablar. Sentía tanto frío en el rostro y en las manos, que la conciencia le había fallado, y se había desmayado.
Cuando abrió los ojos, se encontraba en una cálida habitación, acostada en una mullida cama, que alguien había acercado a la chimenea. Se sentó, preguntándose dónde estaba y qué hacía allí. Miró alrededor, y pudo ver a un chico de rubio cabello que se encontraba sentado en una silla de madera, junto a la cama. Draco miraba por la ventana, pero al escuchar que Hermione se movía entre las cobijas, volvió su vista hacia la castaña, y se inclinó sobre ella.
-¿Te encuentras bien? –le preguntó mientras tomaba suavemente sus manos entre las suyas. Hermione le respondió con una sonrisa-. ¡Qué imprudencia la tuya! –la regaño-. ¿Ya me dirás que hacías allí? Estaba helando, nevada, y tu ropa no era nada abrigadora…
-Pediste verme –fue su simple respuesta-. Tu carta me dijo que estabas aquí, en Hogsmeade. Y yo… Yo también deseaba verte… -añadió en un susurro.
Draco se apuró a abrazarla. El saber que la Gryffindor lo extrañaba, tanto como él a ella, era suficiente para el Slytherin. Sin detenerse a pensarlo, la sujetó suavemente del rostro, y le dio un tierno beso en los labios. La chica le respondió de igual modo. Había extrañado tanto el roce de sus dedos contra su piel, el suave movimiento de sus labios, compenetrándose el uno con el otro, que sentía que iba a explotar de felicidad.
Se separaron lentamente, mirándose a los ojos, mirándose los labios, mirándose el cuerpo.
Draco empezó por enredar sus dedos en su largo cabello castaño. Hermione le acarició el pecho, el cual subía y bajaba al ritmo de sus besos. Entonces, cerraron los ojos, y se limitaron simplemente a explotarse con sus otros sentidos. Él estaba embriagado de su perfume, suave aunque penetrante, exquisito, y excitante. Ella disfrutaba del sabor de su cuello, recorriéndolo con leves mordidas, pequeños besos.
Entonces, al tiempo que volvían a besarse en los labios, Draco se inclinó sobre ella, y Hermione se volvió a recostar en la cama. Ahora los dedos de la chica no se contentaban sólo con tocar el pecho de Draco (por encima de la camisa), sino que ansiaba más, con lo que empezó a desabotonarla. Draco sintió como los dedos de Hermione recorrían los botones, y sin necesidad de decir nada, le ayudó a quitársela él mismo. Entonces, el Slytherin empezó a recorrer tiernamente las piernas de la chica, y se dispuso a bajar sus jeans de mezclilla. Mientras el chico acariciaba sus pantorrillas y le daba pequeños mordiscos en el cuello, Hermione intentaba contener los gemidos, mientras que ella procedía a acariciar el rostro y pecho del chico.
Entonces, Draco subió un poco más las manos, llegando hasta sus caderas. A Hermione se le erizó la piel; sabía lo que estaba por pasar, y aunque sabía que podía evitarlo, ella misma sabía que no quería. Se dejaría tocar, y tocaría también, dejándose querer y queriendo del mismo modo, y al mismo tiempo a Draco.
Se sentó nuevamente, quitándose el cárdigan velozmente, y besando de manera desenfrenada a Draco. El chico se apuró a quitarse los zapatos. Los calcetines, así como el pantalón, salieron volando. Draco deslizó finalmente aquellos pantalones fuera del cuerpo de Hermione, y éste cayó al piso, junto al cárdigan. Prontamente le hizo compañía su blusa. Ahora, los dos se encontraban en ropa interior, tocándose ciertas partes de su cuerpo que de otro modo no hubieran producido el mismo efecto erizante en la piel.
Draco empezó besando el cuello de Hermione, y poco a poco fue bajando hasta los pechos; con una agilidad que Hermione no le conocía, le desabrochó el sostén con una mano, mientras con la otra seguía acariciando su mejilla.
Hermione gimió. Aquello era más de lo que podía controlar, y sin embargo, quería más.
Tanto el bóxer de Draco como las pantaletas de Hermione, terminaron de caer al piso. El Slytherin volvió a acostarse arriba de Hermione, y procedió a recorrerle toda la piel con suaves y cálidos besos. Empezó besando su frente, un pequeño roce en la nariz, varias mordidas en los labios. Bajó al cuello, mezclando los besos con mordidas y lengüetazos, y prosiguió con sus pechos. Mientras besaba uno, acariciaba el otro, provocando que Hermione gimiese de placer. Después de unos instantes, Draco dejó aquella parte de su anatomía por la paz, dejando a Hermione al borde de la excitación. Entonces, los besos del chico empezaron a recorrer todo su vientre, hasta llegar a su zona íntima. Se detuvo ahí, y aumentando la tensión y excitación de la castaña, ignoró su monte venus y se dedicó a besar durante un momento la parte interior de sus piernas. No podría controlarse mucho más, pero también quería que ella lo disfrutase…
-Ven acá… -susurró ella, extendiendo los brazos, para abrazarlo. Draco así lo hizo, y Hermione lo hizo acostarse en la cama. Entonces, la Gryffindor se sentó arriba de él, y repitió el procedimiento. Besó su frente, lamió y besó sus orejas, duró un rato entretenida en su cuello, no le pasaron desapercibidos sus hombros y sus brazos, y prosiguió con el pecho del Slytherin. Podía escuchar los gemidos de Draco, y esto la excitaba aún más.
Entonces, haciendo un brusco movimiento, que indicaba que el muchacho no podría controlarse mucho más, Draco volvió a recostarla, y se colocó encima de ella. Los dos tenían una sonrisa en el rostro; la de ella era tímida, la de él, seductora.
-¿Estás lista? –preguntó él. Hermione se limitó a tragar saliva, y contener la respiración. Temiendo que hubiera hecho algo mal, el chico prontamente agregó-: Si no quieres, no tenemos que hacer nada, yo…
Pero Hermione se levantó un poco; un lento y cálido cosquilleo recorrió los labios de los dos. Las lenguas se entrelazaron durante un momento, y se separaron lenta y silenciosamente. Con una sonrisa en los labios, la chica le susurró:
-Claro que estoy lista.
Draco se inclinó sobre la Gryffindor; sus dedos se entrelazaron con los de ella, ambos esperando. Sus miradas volvieron a encontrarse, y los dos se sonrieron silenciosamente. Draco se volvió a recostar sobre ella, terminando de acomodarse, y Hermione, abriendo lentamente las piernas, le dio aquel acceso total y sin restricciones, esperando a que él la tomara.
El Slytherin no tardó en responder a éste gesto, y entró en ella, lentamente para no lastimarla. La Gryffindor cerró los ojos, y gimió en un susurro, echando la cabeza hacia atrás.
El vaivén que producían se asemejaba a un vals, tranquilo, exacto. Draco se inclinó sobre Hermione, y volvió a besarla, esta vez en la comisura de la boca. Ella se aferró a su cuello, y lo besó debajo de la oreja. Las respiraciones de ambos estaban agitadas, y sonaban calurosas. Hermione no podía dejar de gemir, mientras se sujetaba con fuerza al cuello del chico. Draco se aferraba a la cama, respirando el cálido perfume de la chica, que lo excitaba aún más. Entonces, sus miradas se cruzaron una vez más, y ambos supieron, sin necesidad de palabras, lo que se avecinada: aquel clímax era inminente.
De un suave movimiento, Draco procedió a uno más veloz. Hermione intentaba contener los gemidos, pero finalmente sucumbía y gritaba a media voz. Draco emitió un par de gemidos en el cuello de la chica, erizando su piel.
Un par de minutos después, ambos habían terminado, en perfecta sincronía. Draco se acostó junto a Hermione, en la cama, y la castaña se apuró a acostarse arriba de él.
-Déjame quedar así –susurró-. Quiero seguir en contacto con tu piel.
El chico no replicó, y se limitó a abrazarla, para poder sentir su cuerpo desnudo.
La respiración de ambos sonaba cansada, pero feliz. Las sonrisas se dibujaron en sus rostros. Hermione besó su pecho, y Draco besó su mano. Se quedaron así, durante unos instantes, hasta que la Gryffindor finalmente se recostó junto a él, y ahora, el Slytherin se dedicaba a recorrer su tersa piel con la punta de los dedos. La castaña sentía cosquilleos, y la piel erizada. Se miraron una vez más directamente a los ojos, antes de que la Gryffindor rompiese aquel silencio:
-Feliz Navidad –susurró la chica.
La respuesta del muchacho fue el darle un romántico beso en los labios, utilizando su lengua para recorrer toda su boca, mordiendo sus labios, su barbilla, su cuello… No supo cuando, pero volvió a recostarse sobre ella, y de la misma manera, Hermione le indicó con un leve asentimiento que estaba lista.
La chimenea crepitaba con un hermoso tono rojizo. Sus cálidas llamas eran la única fuente de luz en toda la habitación. Al otro lado de la ventana, la nieve seguía cayendo lentamente, en pequeños remolinos; el frío se pegaba en el cristal, dejándolo empañado.
El vaivén de los cuerpos de ambos chicos volvió a hacerse presente, los gemidos no tardaron en escucharse; sería una larga noche.
Hola a todxs! Sé que éste era el capi que estaban esperando desde que comencé a re-editar (?). No ha habido muchos cambios aquí (respecto a la escena principal), pero sí unos pocos en lo ocurrido tanto en la Mansión Malfoy, como en la Madriguera. El matrimonio con Astoria es inevitable, pero de eso ya hablaremos en capis siguientes (?). Respecto a Harry, y la carta que encontró, pueden esperar un enfrentamiento. Sobre Ron... eso se los dejaré a la imaginación ;)
Les agradezco los reviews, follows y favorites, y espero me sigan leyendo, que estamos cada vez más cerca del final. Les mando abrazos y besos, sigan bellos :D!
