Hola a todas y a todos, paso dejando un nuevo capi. Es bastante intenso...advierto xD bastante subido de tono y con lemon! Pero pues así de apasionado e intenso es el amor de aquellos castaños x)

Quien haya estado enamorado de esa manera podrá entenderlo...

Les agradezo muchísimo por sus reviews en el chap anterior, son muy lindas!

Un abrazo de oso, cuídense mucho y nos leemos muy pronto. En el siguiente cap conoceremos sobre los enemigos de nuestro amado Shaoran.

Saludos!

Advertencia: Lemon, si eres menor de edad no leas! O bueno, bajo tu responsabilidad.

Diclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 6

Sakura

Se despertó sobresaltada, había tenido el mismo sueño recurrente desde hace cuatro días, desde que se había entregado a Shaoran por completo. Cada vez eran más nítidos, más fuertes. El sudor perlaba su frente, el deseo le recorría el cuerpo. ¿Quién era él? ¿Acaso era Shaoran?

Al principio todo era demasiado borroso y confuso, pero poco a poco, iba siendo capaz de apreciar más detalles. El sueño siempre comenzaba de la misma forma. Veía a una mujer vestida de blanco, con un libro en la mano, al fondo unas esculturas esbeltas y alargadas.

En ese instante desaparecía, sentía una presencia en su espalda que la observaba y, sin poderlo evitar, comenzaba a temblar. Después de aquello el sueño podía continuar de formas muy distintas, pero cada noche que pasaba iba subiendo la intensidad de sus caricias y el anhelo era mayor. Ese hombre que aparecía en sus sueños era idéntico a Shaoran pero tenía algo diferente en la mirada, no era esa mirada llena de angustia que solía tener su Shaoran, ésta mirada era diferente y la provocaba y la excitaba de tal forma, que cuando lograba despertarse, el deseo insatisfecho la consumía.

Anhelaba muchísimo a Shaoran, lo necesitaba a su lado y asumía que tenía esos sueños debido a eso.

En sus sueños se dejó llevar por el que creía Shaoran, pero por mucho que se tocaran, por mucho que se besaran, nunca podían llegar al clímax. Era una tortura. Día a día se iba convirtiendo en algo más pasional y a la vez más tormentoso. Cuando parecía que ambos iban a llegar al ansiado momento, se despertaba sobresaltada. Siempre ocurría de la misma forma; escuchaba un gran estruendo, parecido a una bandeja chocar contra el suelo y el inconfundible sonido de unos vasos rompiéndose en pedazos. De repente todo se volvía rojo y se despertaba angustiada, confundida y anhelante. Hoy había sido el más intenso de todos; él aparecía por detrás, le acariciaba el cabello de la nuca retirándoselo hacia un lado. Con la otra mano sentía la yema de los dedos subiendo por su brazo desnudo, sin poder evitarlo, su carne se convertía en pequeños puntos receptivos.

Sintió el cálido aliento fundirse en su cuello, sus labios chocaron con su piel deslizándose lentamente hacia el hombro. Le agarró el fino tirante que le estorbaba y, despacio, lo bajó por su brazo. Poco a poco se dio la vuelta, se encontró con sus ojos clavados en ella, esos ojos de un ámbar irresistible y profundo. Tenía el cabello completamente alborotado y en su ceja, sobresalía una cicatriz que le hacía ver más misterioso e interesante.

- Bésame - le susurró con un tono ronco y masculino.

Cuando iba a lanzarse hacia su boca, desapareció, quedándose sola de nuevo. Escuchó risas a su alrededor, la habitación comenzó a dar vueltas, y de repente estaba rodeada por las empleadas de la mansión que se quedaban mirándola pero no se reían, sólo la observaban. Una angustia crecía en su interior, quería que la habitación dejara de girar para poder irse de allí. Se puso a correr, corrió y corrió sin detenerse, aunque por más que lo hacía, sentía que no avanzaba. Exhausta se paró y se apoyó en la pared. Cerró los ojos, intentó coger aire y, en ese momento, una cálida mano la agarró entrelazándose con la suya.

Abrió los ojos y ahí estaba de nuevo, él tiró de ella, invitando a seguirlo. Obedeció y se aferró a su brazo, no quería que Shaoran volviera a desaparecer. Un segundo después, estaban en otra habitación con un gran ventanal y una cama al fondo. Ahora, frente a frente, él metió la mano entre su cabello largo y castaño y la acercó hacía su cuerpo. No quería despertar, sabía que era un sueño, pero necesitaba su presencia, su compañía, todo lo que él le ofrecía. Sus labios se unieron y el deseo se disparó, un gemido salió de la boca masculina. La agarró de la cintura y la subió en la mesa que estaba detrás de ella.

- ¿Shaoran? - preguntó Sakura en un susurro.

Él tapó su boca con un dedo ordenándole callar de forma sutil. Le arrebató otro beso, mucho más intenso y posesivo. Ella comenzó a desabrochar los botones de su camisa, quería tocarlo, sentir su cálida piel, la deslizó por sus hombros y se apartó de él.

Observó el fuerte y esculpido tórax, los brazos eran duros y perfectos, deslizó las manos por su piel. Abrasaba, tanto como ella. Él apoyó la mano derecha en su muslo y fue subiendo poco a poco, quemándola. Llegó hasta su caldeado centro, apartó la tela hacia un lado y penetró los dedos en su ardiente humedad. Jadeo excitada y echó la cabeza hacia atrás. Él, cada vez más fogoso, arremetió contra su cuello, la agarró más fuerte y succionó su piel, un escalofrió la atravesó. Iba a llegar al clímax. La respiración de ambos se iba alterando, el deseo era tal que apenas podía controlarse, quería fundirse con él, besarlo, tocarlo hasta averiguar cada resquicio de su cuerpo. Comenzó a desabrocharle los pantalones, pero percibía que llegaba el final, que su sueño iba a concluir. De nuevo escuchó la bandeja contra el suelo y el sonido de los cristales rompiéndose en mil pedazos. Después, el color rojo lo inundó todo.

Se incorporó en la cama y, se frotó la cara, pasando las manos por el cabello. Cada día se desesperaba más y Shaoran no se dignaba en aparecer o buscarla en su habitación. Fue al baño y se miró en el espejo. El reflejo mostraba una mujer con el cabello color miel y alborotado, su cara estaba sonrosada y el verde esmeralda de sus ojos era aún más intenso. Cuando fue a lavarse la cara, se vio algo en el cuello. Era como una mancha, se acercó más. Parecía...

- ¡Dios mío otra marca! - dijo en voz alta.

Lo tocó, ¿Cómo era posible?, no había estado con Shaoran desde hacía unos días y no tenía esa marca antes , no parecía una mancha, era el típico ronchón que se quedaba una vez que alguien succionaba la piel. El único beso que le habían dado recientemente era en el sueño.

- No, esto no es posible, me estoy volviendo loca.

Salió del baño y decidió irse a la cama, mañana era un día muy largo en el que tendría que soportar la visita de Yue Tsukishiro, esperaba ansiosa que Shaoran pueda idear algo para poder librarse de él de una vez y se atreviese a visitarla en su habitación, además tenía que intentar dormir. Pensó de manera racional, a lo mejor se había arañado o dado algún golpe sin darse cuenta. Lentamente apoyó la cabeza en la almohada y después de dar mil vueltas de un lado a otro, todo se fue volviendo borroso y la venció el sueño.

Al día siguiente apenas pudo concentrarse durante la visita de su prometido, no podía parar de pensar en la marca del cuello ni en los besos de Shaoran. Los sueños que tenía eran demasiado reales, estaba casi segura que el chico de sus sueños existía y daría lo que fuera por saber quién era y por qué se parecía tanto al hombre que amaba, ¿Qué significaban esos sueños tan intensos?

Le preguntó a una de sus empleadas más ancianas que sabía era una conocida vidente y además leía el tarot en el pueblo, quizás ella podría saber sobre viajes astrales, o cualquier cosa que pudiera explicar lo que estaba ocurriendo. Se lo contó a Tomoyo y ella, que siempre había sido tan racional, buscaba explicación en cosas ilógicas. Supo de gente que estaba muy unida y podían tener esta clase de sueños, buscándose el uno al otro. El hombre que podía ver en sus sueños era muy parecido a Shaoran, hasta llegar al punto de pensar que era él...pero esa cicatriz, no la recordaba. Necesitaba ver a Shaoran, hablarle, tocarlo, poder hablar con él sobre lo que podrían hacer para poder escapar del compromiso, ¿Qué se supone que eran ahora? ¿Amantes? Shaoran no le había dicho nada más después de esa noche, ni siquiera había podido verlo en los establos, tampoco había querido ir para allá para no parecer desesperada. Al parecer su padre lo había enviado a los establos más alejados donde se encontraban los caballos salvajes. Ni siquiera se había aparecido en las noches, nada.

No tenía señales de él y eso le desagradaba demasiado, ¿Acaso solamente había sido un asunto de una noche? ¿Es todo lo que Shaoran quería de ella? ¿Una noche? Por un momento esas ideas revoloteaban en su mente, quizás...quizás no fue lo suficientemente buena para él, quizás su inexperiencia lo ahuyentó.

Estaba asustada, necesitaba verlo y hablar con él de muchas cosas...quería contarle sobre esos extraños sueños en donde podía verlo, quería ver aquellos ojos ámbares de los que se había enamorado...¡Lo necesitaba cerca!

¿Por qué las cosas no podían ser más fáciles?


Shaoran

Su semana había sido un maldito infierno y cada noche era peor que la anterior. Durante el día, se mataba en los campos de entrenamiento, concentrado en el cuidado y progreso de los caballos que habían traído hace unos días, trabajando duro con las monturas más salvajes, recibiendo golpes cada vez que algún semental lo tiraba al suelo y lo arrastraba varios metros, ¿Qué importaba eso?, ¿Qué importaban los golpes si tenía la cabeza hecha un lío?

Acababa machacado, cubierto de contusiones, con las manos sangrando, la cara sucia de polvo y el torso lleno de cortes y arañazos, la ropa hecha jirones. Cuando acababa la jornada, escupía la sangre que se le agolpaba en la boca, se daba una ducha de agua helada y pasaba la noche en el pueblo, ahogando sus penas en todo el alcohol posible, rodeado de mujeres que exigían un poco de su atención, pero a las que no se atrevía siquiera a mirar...esas noches había sido la burla de Eriol y Yamazaki.

Y cuando bebía, el sonido de los suaves y estimulantes gemidos de Sakura comenzaban a retumbarle en los oídos. Los gemidos de la muchacha se amplificaban con cada jarra que apuraba y al final, esos placenteros sollozos se transformaban en gritos de alarma y terror, en súplicas, en lágrimas de dolor; y sus noches terminaban repletas de horribles pesadillas empapadas en alcohol.

No había podido contenerse a pesar de haber tomado la decisión de protegerla de todo, de luchar por ella...lo cierto es que debió de esperar. Fue un imbécil, era el responsable de todo y no se contuvo. La tocó, tocó donde nadie más había tocado, se empapó con su humedad y sintió sus orgasmos en la palma de la mano, exprimiendo con ansiedad más y más néctar divino. El olor, el calor y los gemidos fueron una mezcla perfecta de ambrosía. Pero en lugar de solamente tocarla como lo había hecho anteriormente, ésta vez se había atrevido a entrar en ella sin tener ningún tipo de cuidado, sin haberlo pensado siquiera, ¿Y si ella no lograba perdonarlo? ¿Tsukishiro la aceptaría aún sin ser una doncella?

Y es que Shaoran sentía especial debilidad por aquellos ojos esmeraldas tan poco convencionales. Le gustaba apreciarla, le gustaba recrearse en la forma en que la piel de las mejillas se le enrojecía cuando se daba cuenta de que él la miraba; recordó la adrenalina que recorría fuertemente el cuerpo femenino aquella noche cuando se amaron entre la penumbra, Shaoran llevaba al límite a su amante mediante firmes azotes hasta que el principio de dolor se transfiguraba en un placer absoluto y ellas pedían más y él las complacía con sus fuertes manos, con su dominio, descargando golpes firmes y excitantes...sabía que aquello no era algo normal, pero muchas veces no había podido reprimirse.

Pero claro, eso funcionaba con putas, no con Sakura. A la dulce Sakura nadie le había rozado siquiera un cabello, ni siquiera su progenitor o sus institutrices cuando hacía algo mal. Y él la había inmovilizado y acariciado sin piedad. Era una mala persona. Era un monstruo, una abominación, el ser más despreciable de este mundo, la criatura más vil y deshonesta que existiera sobre la faz de la Tierra.

Y ahora la estaba esperando, como un idiota, en el establo, sabiendo perfectamente que ella jamás aparecería por allí.

«Primer piso… Segundo pasillo… Tercera puerta… Jarrones de flores rosas… Tres golpes...»

Había sido una invitación. ¿Seguiría en pie? Se lo preguntaba todas las mañanas. ¿Querría Sakura verlo? ¿Pedirle que la tocara de nuevo? También se lo preguntaba. Dudaba sobre su invitación, no sobre si ésta era honesta, sino sobre si era adecuada. Sakura se había entregado por completo a él, pero era demasiado inocente para alguien tan tenebroso como Shaoran.

Lo que a Shaoran le gustaba hacer de verdad, porque hasta ahora sólo era una pequeña muestra de lo lejos que podía llegar, no podría jamás hacérselo a ella. Porque ella era delicada, una flor de invernadero, no estaba experimentada. Cualquier hombre en su sano juicio desearía instruir a la pequeña ninfa en los perversos caminos del placer, pero Shaoran era demasiado honorable como para considerar la posibilidad de ser ese hombre, sobre todo por la falta de conocimientos que Sakura tenía al respecto y la poca diplomacia que el joven chino poseía; no se le daba bien hablar, ¿cómo se le iba a dar bien cautivar a esa chica inteligente y culta mediante palabras? Aunque ella le había dicho que estaba enamorada de él y eso era distinto.

Enamorada...aquello sí que lo dejó pasmado. La pequeña Sakura lo quería, de eso estaba seguro. Pero...¿Qué pasaría si todo seguía adelante y no salía bien?

Esos días había aprovechado para indagar sobre sus asuntos pendientes en Tomoeda, todo había sido muy bien encubierto. En la delegación policial del pueblo no había mucha información al respecto. Tampoco es que pudiese averiguar abiertamente sobre ese hecho, pero se valía de sus amigos para ello. Claro que no conocían toda la historia...ni sus verdaderas intenciones.

Su padre, Hien Li; se había hospedado en la mansión Kinomoto durante dos meses, los meses que permaneció en Japón; se había enterado de ello gracias a la empleada más antigua de la mansión. De algo tenía que servirle el ser atractivo, aunque se haya odiado después por eso; tuvo que coquetear y fingir interés en una mujer que casi le doblaba la edad, en realidad había tenido que hacer muchas cosas para llegar a saber todo lo que ahora sabía.

Estaba seguro de que existía alguien más, alguien que participó también de esa excursión al sur de Japón. Sabía que Fujitaka Kinomoto y Hakupo Tsukishiro lo habían acompañado; el hermano de Sakura se había quedado en casa como responsable de los negocios y asuntos, también al cuidado de Sakura y la señorita Daidouji. Pero alguien más los había acompañado...¡Si tan sólo pudiese averiguar la identidad de esa maldita persona!

Tenía que hacer algo, cada vez soportaba menos toda ésta situación, cada vez el maldito de Yue Tsukishiro visitaba con más frecuencia la casa de los Kinomoto, pasaba más tiempo conversando con ella, lo sabía. Había espiado en un par de ocasiones lo que hacían durante sus prolongadas visitas. Sakura ya no era pura pero hubiese sido mejor que siguiera siéndolo. Si por haber pasado unas horas con ella, se había encerrado en su habitación esos días, no quería ni pensar qué haría si llegaba más lejos. Porque Sakura jamás volvió a aparecer a horas intempestivas caminando como un fantasma por el panteón familiar; porque tampoco salió a recibir a los familiares que comenzaron a llegar a la mansión para asistir como invitados a su boda, que se celebraría el próximo lunes, sólo salía de su habitación cuando recibía la visita de ese miserable.

Shaoran se moría un poco más por dentro. Mientras el agua helada le bajaba por los hombros y se mezclaba con polvo y la sangre que se había ganado con aquel día de trabajo, no podía evitar pensar en lo provocativa que había sido su pequeña ninfa arrodillada delante de él, con su dulce boca entreabierta y sus labios rojos rodeándole por todas partes. Había sido atrevida, valiente y muy osada, por no hablar de la abnegada pasión que había puesto en satisfacerlo a él, con tantas ganas que a veces llegaba a creer que lo había imaginado todo. Sakura, exuberante y resuelta, desnuda y salvaje, una mujer de los pies a la cabeza demostrándole que sabía estar a la altura, aceptando sus embestidas y sus duras caricias, anhelando ir más lejos, suplicándole que la haga suya con gemidos ahogados, ansiando sentirlo dentro de ella, sentirse llena de él.

Siempre quiso hacerlo. Siempre quiso hundirse en ella y no salir jamás, y aquella noche no fue una excepción y por fin lo había hecho. Ésta vez no la salvó de él mismo, no había tenido la fuerza de voluntad suficiente para rechazarla negándole lo que le pedía; Sakura no sabía lo que quería, estaba tan excitada que era su cuerpo el que hablaba por ella, no su mente.

Como tantas otras noches, el agua fría se había templado sobre la piel, que ardía enfebrecida, con el ardiente recuerdo de la muchacha tumbada bajo su cuerpo. La mano, actuando por sí sola se aferraba a su miembro, proporcionándole algo de alivio. Pero Shaoran no era consciente de ello, él sólo podía ver a Sakura. El rostro femenino era la viva expresión del deleite, la boca abierta por la que escapaban suaves gemidos, los ojos cerrados y el ceño arrugado por el esfuerzo, las mejillas sonrojadas y los labios llenos de placer; su cuerpo henchido, sus pechos erguidos, sus muslos resbaladizos y un calor abrasador allí dónde se tocaban piel con piel.

Recordó cada instante, cada minuto que estuvo con ella, cada suspiro que brotó de sus labios. Le agradó la forma en que ella se quedó relajada y satisfecha después de sus múltiples orgasmos y cómo le permitió lavarle el cuerpo con un paño de seda antes de vestirla de nuevo, mansa como un potrillo, con los ojos brillantes y el cuerpo lánguido.

Se le doblaron las rodillas y lanzó un gruñido, sintiendo que parte de la tensión acumulada se desvanecía a medida que temblaba sacudido por un breve orgasmo. Su semilla se mezcló con el agua, la tierra y la sangre, pero no por ello se sintió más aliviado ni más limpio. Dio un puñetazo contra la pared, furioso, frustrado y humillado. Después, se vistió y como cada noche se dirigió al pueblo para encontrarse con sus amigos, charlar durante un rato y emborracharse hasta caer inconsciente.

A la mañana siguiente, Shaoran regresó sin recordar absolutamente nada. El padre de Sakura, ejerciendo su papel de anfitrión, coordinaba junto a otros mozos y lacayos el fantástico día de caza que tendrían por delante. Caballos y perros, relinchos y ladridos, hombres y mujeres, todos revoloteando por los establos preparándose para salir. El tumulto de conversaciones, los ruidos y la luz del sol destrozaron al joven chino, que presentaba un aspecto lamentable.

Recibió una discreta reprimenda por parte de Fujitaka, en la que tuvo que contener una carcajada al darse cuenta de que lo que molestaba al padre de su pequeña ninfa era que hubiese pasado la noche bebiendo. ¿Lo reprendería igual de calmado si descubría que se había atrevido a poseer a su dulce hija? ¿ Y si supiera que conocía muchas cosas sobre sus sucios negocios? ¿Y si le dijera que sabía que su padre no había tenido un accidente sino que alguien lo asesinó? Probablemente no, por eso la situación le resultaba tan divertida...eran las irónías de la vida.

Era el mejor entrenador de caballos de la región, pero su aspecto no sería del agrado de los invitados del señor y este concluyó que era mejor que se quedara mientras delegaba en otro joven la responsabilidad de las monturas. Shaoran se sintió horrorizado, sin caballos no podría entrenar y sin entrenamiento, en lo único que pensaría sería en Sakura, en su piel, en sus besos, en sus manos…

Tomó una certera decisión al ver llegar al imbécil de Tsukishiro, con una sonrisa en el rostro que sólo podría significar seguridad...la seguridad de que todo le saldría bien, por supuesto. ¿Qué podría salirle mal a ese miserable?

Todo si es que él hacia lo que tenía pensado hacer, él sabía muy bien que Yue Tsukishiro era un idiota al que le gustaban cosas tan sucias como las que podrían gustarle a él, con la diferencia que...muchas de las mujeres con las que se acostaba en el burdel después presentaban severos moretones, horribles golpes en el rostro o alguna parte de su cuerpo. Muchos en el pueblo sabían que era un degenerado. ¿Le haría eso a Sakura? ¿La golpearía de esa manera? Aquello era muy distinto a lo que él había hecho...Jamás la lastimaría de esa manera, primero prefería morir.

Y allí estaba, había aprovechado la salida de los Kinomoto y Tsukishiro de la casa y se adentró en ella para al fin buscarla. ¡Después de casi una semana!

Encontrar su habitación no era difícil, lo complicado era dar esquinazo a doncellas y mayordomos que revoloteaban por los pasillos de servicio; aunque Shaoran fuese casi un miembro de la servidumbre no se le permitía la entrada a ciertas habitaciones. Pero todo el mundo estaba ocupado con las tareas del hogar o se habían marchado a cazar, por lo que no tuvo problema en llegar al primer piso sin ser visto. El pasillo estaba repleto de jarrones con flores, pero ningunas eran rosas y deambuló buscando las dichosas flores hasta que descubrió que las flores a las que Sakura se refería no eran las que estaban dentro, sino a las estampadas en los jarrones que flanqueaban una puerta doble de tres metros de altura, tallada en madera, decorada con hojas de viña pintadas de oro, barnizada en negro y rematada con hierro.

Se pasó la mano por el cabello con el corazón acelerado y sin saber muy bien qué estaba haciendo allí. ¿Y si Sakura no quería que estuviese allí? ¿Y si había cambiado de idea? ¿Y si llamaba a sus empleadas y lo pillaban dentro de la habitación? ¿Cómo explicaría su presencia allí? ¿Y qué pasaría una vez estuviese dentro? Lo mejor sería no acercarse a ella, no mirarla, no tocarla y si ella intentaba desnudarse, tenía que impedirlo por la fuerza si fuese necesario. Le ataría las manos para evitar que lo tocara o se tocara ella misma, la amordazaría para no tener que oír sus gritos o esas dulces frases tan provocativas que lo volvían loco. Pero cuando pensaba en Sakura con las manos atadas, no se la imaginaba precisamente vestida y cuando la imaginó amordazada, tuvo que hacer un esfuerzo por volver a respirar con normalidad.

¡Maldita mente que lo traicionaba!

Al final, levantó el brazo y dio tres golpes, arrepintiéndose al instante. Escuchó un revoloteo en el interior y temió que en lugar de Sakura le abriese la puerta su criada. Al cabo de unos interminables minutos, se escuchó el cerrojo y la puerta se abrió un poco, apenas una rendija.

Después, nada. Silencio.

Shaoran no quería seguir plantado en mitad del pasillo, empujó la puerta, entró y cerró a su espalda. La habitación era inmensa, diez veces más grande que el cuchitril donde él dormía. Una gran cama dominaba la estancia, repleta de cortinajes y edredones; estaba deshecha y la ropa arrugada. Las paredes estaban cubiertas por tapices rojos, había una estantería del suelo al techo llena de libros, una mesa cubierta de papeles y más libros, un sillón con los cojines repartidos por el suelo y un gran espejo con el marco dorado.

La habitación de Sakura poseía un mirador y ella estaba sentada en el marco junto a la ventana. Tenía el cabello recogido en una trenza que descansaba sobre su hombro, un mechón de su cabello se había soltado y le cubría un lado del rostro, ocultándole un ojo. Vestía un camisón blanco de algodón, encima del cual llevaba una bata de color melocotón y se cubría los pies con unas suaves zapatillas de lana. Las telas eran finas y holgadas y se curvaban siguiendo su figura, insinuando la línea de sus muslos y la turgencia de sus pechos. La abertura del cuello del camisón le permitía ver el nacimiento de sus senos, allí donde la piel era rosada y brillante, y tuvo que contenerse para no mirarla donde no debía.

No estaba sonriendo. Sus labios formaban una fina línea en una mueca de emoción contenida, sus ojos ocultos detrás de los mechones estaban enrojecidos, al borde de unas lágrimas que no parecían ser las primeras. La postura no era nada cómoda, tenía el cuerpo en tensión, los brazos cruzados, los puños cerrados con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Era la primera vez que Sakura mostraba una expresión así y Shaoran se sintió incómodo. ¿Estaba asustada? No. ¿Furiosa? Probablemente.

—¿Qué estoy haciendo aquí? — fue lo primero que le preguntó. Cuanto antes aclararan este asunto, mejor...pero quería probar a Sakura y hasta dónde era capaz de llegar.

—Dímelo tú —contestó ella. Un brote de furia asomó en los ojos de la castaña. Shaoran tuvo que mantener la compostura, después de todo seguía siendo un empleado.

—Tú me invitaste a venir. ¿Por qué?

—De eso hace una semana —reprochó.

—Ahora estoy aquí —repuso el joven chino con calma, viendo como ella luchaba contra su propio enfado— ¿Por qué me invitaste a venir?

Pero en lugar de generar una discusión en la que posteriormente ella se enfadaría lo suficiente como para mandarlo de paseo, donde acabaría confesando a su padre que Shaoran se había aprovechado de ella y en la que finalmente él sería acusado, lo único que logró su pregunta fue frustrar a la joven. Vio cómo se le empañaban los ojos y se mordía el labio para no ponerse a llorar, algo que dejó a Shaoran totalmente descompuesto. Esperaba furia, no lágrimas, las lágrimas eran difíciles de manejar. Shaoran era débil ante las lágrimas femeninas. Cuando una mujer lloraba, no...cuando ella lloraba; le daban ganas de besarla, de probar su sabor salado, de cubrir su cuerpo con los brazos y ofrecer consuelo para su dolor.

—De eso hace una semana — repitió Sakura con la voz quebrada. Al final, las lágrimas no aparecieron, hizo tal esfuerzo para reprimirlas que se dejó los dientes marcados en la boca — Pensé que había dejado claro lo que quería, me esforcé mucho... — su frase se ahogó en un sollozo. Respiró hondo antes de continuar — Me ha costado asumirlo, supe que has seguido visitando el burdel y lo entiendo...no puedo competir contra tus putas, no soy lo bastante buena ni puedo hacerlo tan bien como ellas. Por favor, tienes que irte. Si alguien te ve, podrías tener problemas.

Cerró con más fuerza los brazos alrededor del cuerpo y clavó la mirada en el suelo, mordiéndose el labio inferior.

Shaoran quiso arrancarse la piel a tiras viendo como su precioso labio estaba a punto de sangrar por su culpa. ¿Qué se había esforzado mucho? ¿En qué? ¿En ser cada día más perfecta? ¿En tener unos labios de ensueño, un cuerpo sublime, una piel suave?

Se le ocurrieron un millón de cosas en ese momento. Hablar podría terminar por hundirla, no tenía el tacto necesario para llevar la situación. Confuso, Shaoran se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Estuvo tentando de salir, de abandonar allí a la pequeña ninfa y salir airoso de aquella situación tan extraña. Dejar que ella pensara lo que pensaba sería lo más fácil, no habría problemas ni repercusiones de ningún tipo y podría seguir con su venganza hasta el final.

Pero Shaoran era, después de todo, un hombre honesto. Puede que su proceder con los Kinomoto no hubiese sido del todo honrado, puede que no se hubiese comportado como se esperaba de él, pero no podía permitir que Sakura llorase otra vez. ¿Habría llorado toda la semana? Claro que lo había hecho, se había esforzado por ser arrebatadoramente preciosa y él la había despreciado yéndose de putas todas las noches, aunque no haya tocado a ninguna mujer después de haberla hecho suya. Casi tuvo un ataque de ansiedad al considerar cuándo había comenzado todo, en qué momento Sakura empezó a adquirir esa belleza natural y desde cuándo había decidido reservar su desnudez para él. ¿En qué momento decidió Sakura que quería sus caricias? Resultaba escalofriante pensarlo.

Regresó junto a ella. Le temblaban los hombros, se estaba esforzando por aguantar las lágrimas. Él pensó en tocarla, en darle ánimos, pero al final también se cruzó de brazos, plantado delante de ella, haciendo memoria sobre lo que había hecho esa semana. Por desgracia, ella lo sabía mejor que él. ¿Lo sabría todo? Por supuesto, no debía olvidar a la señorita Daidouji y sus continuas visitas al pueblo, ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Cuántas veces habría llorado por él mientras pasaba las noches en el pueblo borracho y miserable? Se sintió terriblemente mal.

—No bebo por placer. Tampoco estoy con alguna otra mujer por placer. Lo hago porque si no lo hago, me volveré loco —ni siquiera él encontraba sentido a lo que acababa de decir — No se me da bien hablar y no se me dan bien las personas Sakura, no puedo tratarte como a una cualquiera porque tú eres otro tipo de mujer.

Sakura levantó la cabeza con el ceño arrugado. Tenía una expresión de infantil abatimiento sumamente entrañable. Él sólo deseó besarla, tocarla y hacerla suya otra vez, en cualquier orden, al ver el puchero que ponía.

—Pero yo quiero que lo hagas.

No, esa no era la respuesta que esperaba.

«No puedes decirme algo así y quedarte tan tranquila».

—No, no quieres. No soy suave. Te lastimé, no fui pausado ni compasivo a pesar de que era tu primera vez. No puedo tratarte de esa manera.

—Me dolía el cuerpo cada vez que me movía. Y me gustaba que me doliera, porque me recordaba a ti.

Su cuerpo le jugó una mala pasada, un escalofrío le bajó por la espalda y sintió dolor en la entrepierna al escucharla decir aquello. Sakura se envalentonó y siguió hablando.

—Y cuando me miraba los pechos y veía las marcas allí, me acordaba de ti. Cuando me rozaba la tela contra la piel, me acordaba de ti. Cuando me frotaba los muslos uno contra el otro, me acordaba de ti. Y por las noches, cuando te esperaba, anhelaba que volvieras a tratarme como a una niña mala que se hubiera portado mal…Pero tú prefieres a otras, no fui lo bastante buena la otra noche, debí hacerlo mejor; perdí mi oportunidad…

¿De qué diablos estaba hablando?

Shaoran levantó la mano para hacerla callar, sintiendo de pronto que le subía la fiebre. Se había jurado no volver a escucharla, pero ella tenía una voz tan dulce que lo atrapaba como un canto de sirena. Otra vez se le estaba yendo la situación de las manos, otra vez se rendía ante las palabras de la niña hecha mujer. ¿Cómo podía tener Sakura esa habilidad para llevar la conversación por donde quería? ¿Cómo era capaz de pedirle esas cosas y que no sonaran depravadas? ¿Por qué había permitido que pensara que no había estado a la altura? Lo que ella había significado para él esa noche, era más de lo que alguien había significado jamás.

—Basta — gruñó él, preso de la impotencia. No podía contra ella. Recordaba cada una de las caricias, de los besos, de las palabras que ella había repetido en su oído. Recordaba su cuerpo blanco atravesado por un placer tan intenso, como el que él mismo había sentido. Y recordaba su boca, la delicadeza con la que lo besaba, las caricias que prodigaba con su lengua, la fuerza con la que apretaba con sus labios — No quieres que te trate así. Lo que hago no puedo hacértelo a ti. No puedo ponerte sobre mis rodillas y azotarte, no puedo amordazarte para que dejes de decirme que te bese o te toque y ojalá pudiera atarte de pies y manos para tenerte a mi capricho. A ver si entiendes de una maldita vez, Sakura, que si tocaba a esas putas es porque no podía tocarte a ti como hubiese querido y que cuando bebo, lo único que quiero es emborracharme hasta caer inconsciente y quitarme de la cabeza las cosas horribles que te hice...desde que estuviste aquella noche en mi cabaña, no he tocado ni he mirado a nadie más Sakura, a nadie. Tienes que confiar en mí...

Ella tenía la boca abierta y su cara era la viva expresión del asombro. No del miedo, ni del pánico, del asombro. Como si lo que acabara de decirle fuese extraordinario y no la peor declaración de amor de la historia. Y así, con esos labios abiertos tan apetecibles, deseó besarla y meterse dentro de su boca como aquella vez, sentir sus gemidos vibrándole justo ahí. Shaoran resopló, avergonzado por lo que acababa de confesar y porque no dejaba de pensar en cuánto le gustaría tener a Sakura sobre ese sofá que tenía justo al lado, el que estaba delante del espejo.

Ella se llevó una mano al pecho, tenía las mejillas coloradas y la mirada brillante, la respiración entrecortada y la piel erizada. Su aspecto, en ese momento, era absolutamente irresistible y Shaoran estaba excitado, no sólo por el acalorado discurso que acababa de soltar sino por los recuerdos que lo atormentaban...que su padre, desde donde esté pueda comprenderlo. No podía alejarla de él y tampoco alejarse de ella, a pesar de que era la hija de uno de los implicados en la muerte de su padre, no podía.

El destino sí que era un desgraciado, se estaba riendo en su propia cara.

Pero no podía evitarlo, en ese momento se la imaginaba desnuda, con las piernas abiertas sobre los brazos del sofá, exponiendo su intimidad al reflejo del gran espejo. De repente le llegó el aroma de Sakura, el jabón que utilizaba para el baño y recordó su piel, su olor cuando la estaba besando, su sabor cuando la estaba devorando y aquella fantasía empezó a fortalecerse.

Se produjo un largo silencio. Shaoran hundió la cara entre las manos, necesitaba un momento para recomponerse, para no perder la cordura y hacer lo que estaba pensando. Tenía que salir de allí cuanto antes, escapar de aquella habitación, escapar de ella.

Estaba loco por ella, loco por besarla, por hundirse en su boca, por poseer su cuerpo, por acariciarla, por amarla... por hacer eso de lo que en el fondo se avergonzaba. Hacerlo con putas era distinto, ellas cobraban, él podía hacer lo que quisiera porque para eso pagaba. Pero esto, lo de Sakura, era diferente...siempre había sido diferente y había sido un imbécil en negarselo a sí mismo desde el principio.

Y para colmo, ella estaba profundamente dolida con él por su estúpido proceder.

— Lo que hiciste no fue horrible.

Escuchó el roce de las ropas de Sakura y se le calentó la sangre, estaba a punto de perder el control otra vez. Sintió que se acercaba y luchó por alejarse de ella, pero sus pies estaban clavados en el suelo. Ella estiró una de sus delicadas manos y acarició la de Shaoran.

— Te amo Shaoran Li...te amo desde hace mucho tiempo — Algunas lágrimas empezaron a caer por sus delicadas mejillas — Por favor, no te alejes de mí...

— Sakura, no me alejaré de ti — Él la miró a los ojos mientras secaba sus lágrimas con la mano libre — Mi Sakura...

— ¡Por favor vayámonos lejos! Donde no pueda saber nunca más de Yue, ni de éstas clases sociales, ni de toda ésta inmensa casa, sólo quiero ser tuya Shaoran, que me acaricies, que me toques, que me hagas tuya...por favor Shaoran...por favor.

La besó. Necesitaba que se callara, no soportaba escucharla decir aquello, con esa dulzura y esa inocencia, como si le hablase de lo preciosas que eran las flores del jardín. Ella no lo entendía, no podía entender que vivían en mundos opuestos. El mentiroso, sucio y depravado y la pureza y la inocencia de Sakura eran incompatibles. No podía hacer que una cosa estuviese junto a la otra. No encajaban y ella se empeñaba en hacer que pareciese sencillo.

Devoró su boca con violencia, evitando que pudiera hablar, introduciéndose hasta lo más hondo para robarle el aliento. Pero ella había aprendido, ya no se derretía con la misma facilidad que al principio y mientras él mantenía a raya sus palabras, ella lo buscaba bajo la ropa. Le mordió el labio, furioso, notando sus delicadas manos recorrer su torso ¿Cómo había logrado meterle las manos dentro de la camisa? Dulce, inocente y traviesa. Dejó de besarla, pero era incapaz de soltarle el cabello, de pedirle que dejara de tocarlo.

Los ojos de Sakura se habían oscurecido por el deseo y por una fiera determinación.

—No quiero casarme, Shaoran. No quiero hacerlo. Quiero estar contigo día y noche, quiero que me hagas tuya sin descanso como un animal salvaje. Tú eres el único hombre que quiero que me toque, el único que puede estar dentro de mí. Quiero que seas mi semental, quiero ser la única hembra con la que puedas aparearte. Me dijiste que era como una yegua en celo, y ahora lo estoy, estoy en celo por ti. Quiero que seas mio siempre, quédate conmigo Shaoran…

Pero él hacía rato que había dejado de escuchar. Mientras hablaba de yeguas y sementales, la cabeza le estalló y cayó de rodillas ante ella. La empujó contra la ventana y la sentó sobre la cornisa, separando sus muslos para hundirse entre ellos. Ella seguía hablando, pero no podía prestarle atención, se sentía empujado a satisfacerla, estimularla y complacerla.

Apenas tardó en conseguir que sus palabras se ahogasen entre resoplidos y jadeos. Decía algo sobre copular como animales. Sujetándola por las caderas, con sus piernas sobre los hombros, Shaoran la degustó a placer hasta que sintió su orgasmo en la lengua y escuchó como gritaba, llena de gozo. Lamió su miel, sintiéndose sumamente satisfecho, como si se hubiera atiborrado a chocolate pero necesitase seguir comiendo más.

—Me gusta como sabes —le dijo. Sakura se estremeció, gimió y sonrió avergonzada, como si se disculpara por eso.

Le sacó el camisón por la cabeza sin ninguna delicadeza, necesitaba verla desnuda. Estaba sonrojada, tenía la piel erizada y los muslos brillantes. Recostada sobre el contraluz de la ventana, era la criatura más hermosa que hubiese visto nunca. Sus curvas, los músculos tensados contra la piel, los huesos que se marcaban, los tendones, le recordaban a un precioso animal salvaje corriendo por el campo.

—Tienes un aspecto salvaje — masculló.

—¿Eso significa que estoy guapa?

Shaoran movió la cabeza afirmativamente. Era hermosa y punto, pero no estaba de más decirle cosas bonitas de vez en cuando. Ella lo merecía. Y él se sintió mejor hombre al saber que era capaz de halagarla. Se limpió la humedad de los labios con el dorso de la mano, un gesto que provocó un estremecimiento en Sakura. La vio morderse el labio y la palabra "salvaje" empezó a quedarse corta. La tenía contra la ventana, el cuerpo laxo tras el orgasmo, las piernas ligeramente separadas y expuesta, oculto tras la sombra del contraluz. Se arrancó la ropa, molesto por el roce de la tela y Sakura cerró las piernas, frotándose los muslos, temblando al verle desnudo.

—Tú también te ves tan salvaje, tan hermoso...— susurró mirándolo de arriba a abajo.

Shaoran ya no podía detener aquello. Oírla hablandole de esa manera lo hacía perder el juicio. Hasta hacía unos segundos estaba luchando por evitar tocarla y ahora no podía dejar de hacerlo, necesitaba estar en contacto con su piel tanto como respirar. Se acercó hasta ella, ella retrocedió, pegándose más al cristal de la ventana, gimiendo quedamente. El castaño la cogió del cabello y la besó, ella lo rodeó con los brazos y se apretó a su cuerpo desnudo, piel ardiente contra piel ardiente, estremeciéndose y luchando por devolverle el beso, arañándole la espalda con desenfrenada ansiedad.

—Abre las piernas y déjame entrar — ordenó contra su boca.

Sakura obedeció de inmediato, aferrándose a sus hombros y respirando de manera irregular, mientras separaba los muslos para él. Shaoran se frenó en seco al recordar con quién estaba. No había vuelta atrás, no podía dejar las cosas a medio porque había alcanzado el punto de no retorno. Quería ser rudo, bestial, perder la razón y hundirse desenfrenadamente en ella, una y otra vez; quería castigarla por ser provocativa. Pero también quería domarla como a una montura para que supiera lo que tenía que hacer, para que se moviera según sus deseos, para que obedeciera sus demandas. Quería ser delicado, quería ser un buen amante.

La quería a ella, la deseaba a ella...quería todo de ella y todo con ella. Era así de simple.

La recostó contra el cristal de la ventana y se deleitó con sus pequeños gemidos cuando la rozó, acariciándola con decisión, seduciéndola lentamente para dirigirla hacia un nuevo orgasmo. Y al mismo tiempo que se frotaba contra ella, le acariciaba el cabello y le deshacía la trenza, le pellizcaba los pechos y los apretaba entre los dedos, dejando a la pequeña ninfa al borde del éxtasis. Ella temblaba, hablaba con monosílabos, le decía cosas sin sentido. Shaoran lo encontraba tan excitante como gracioso y poco a poco se fue calmando, la oscura necesidad de embestirla hasta que atravesaran la ventana por fin desapareció. Entonces, entró en ella.

Sakura gritó por la impresión y tuvo que taparle la boca antes de que sus gritos alertasen a todo el servicio. Lentamente, se introdujo en ella, sin delicadeza y sin ceremonias, porque sabía que iba a dolerle un poco, ya no como la primera vez pero trató de ser mucho más cuidadoso ésta vez; y cuando estuvo completamente dentro, quiso seguir entrando, quiso ir más lejos, quiso que estuviera llena de él, repleta. Sintió las manos de Sakura clavadas en la espalda, sus uñas casi atravesándole la piel y los dedos hundidos en la carne, seguramente con la misma fuerza con la que él estaba dentro de ella. Se quedó allí quieto, un poco confundido por las sensaciones que ella producía en él, sintiendo su temblor en los brazos. La besó, tenía que hacerlo. Le acarició los pechos, las piernas, el cuerpo y entonces se movió y Shaoran se hundió más en ella.

—Mi amado Shaoran… —gimió.

Quiso ser suave, pero al escuchar sus palabras, perdió la cabeza. Ella era dulce, era suave, era caliente y su interior el mejor lugar en el que hubiera estado jamás. Se aferró a sus muslos y empezó a moverse, primero despacio y después sin ningún tipo de control. El cuerpo de la joven se cubrió de sudor, su piel caliente y erizada se le resbalaba de las manos y la embistió contra la ventana, haciendo que crujiera el marco. Los suspiros subieron de volumen y tuvo que taparle otra vez la boca, hasta que le ofreció el hombro para que lo mordiera. Ella ahogó sus gemidos contra la piel, aferrándose a él con brazos y piernas, ofreciéndose entera. Shaoran la rodeó con sus grandes brazos mientras la embestía, sintiendo que el mundo estaba a punto de acabar, que si no lograba satisfacerla, el sol explotaría y lo arrasaría todo.

Sentía el calor del cristal de la ventana, empañado por el esfuerzo compartido. Fuera hacía frío, se había nublado y empezaba a llover, el paisaje se mostraba verde y húmedo. Y él estaba allí dentro, dentro de Sakura, un lugar cómodo y caliente del que no quería salir. Ella gritó, su cuerpo se puso tenso y él la hizo suya con voracidad, delirando, provocándole un violento orgasmo que duró más de lo que ella podía soportar. Él estaba al borde del precipicio, pero quería sentir sus latidos y se quedó dentro más de lo necesario. Hizo un gran esfuerzo por controlarse y cuando ella se relajó, quiso salir de ella.

Pero Sakura se lo impidió, rodeándole la cintura con las piernas.

—Mi Shaoran… —balbuceó.

Y entonces no pudo evitarlo, no pudo evitar el orgasmo que lo alcanzó como un rayo, atravesándolo de parte a parte. Esa pequeña ninfa lo atrapó, lo engulló y Shaoran se refugió en su cuerpo, derramando su semilla. Se sintió satisfecho los primeros segundos pero la euforia dio paso a una terrible sensación de vacío. No tenía fuerzas para seguir luchando contra la evidencia, se sentía derrotado.

Ella había ganado.

Le fallaron las piernas y se derrumbó a los pies de Sakura. Ella permaneció sentada en la ventana, con las piernas colgando y le acarició suavemente con manos delicadas, estrechándolo a su cuerpo desnudo. Él se aferró a sus muslos, notando un nudo en la garganta que lo estaba asfixiando, que no lo dejaba respirar. Hundió la cara en su vientre, deseando besarla. Ella lo abrazó por los hombros, temblando de placer, emitiendo pequeños suspiros.

—¿Por qué hiciste eso Sakura? —preguntó sobre su piel.

—Porque te amo, Shaoran.

Levantó la mirada hacia ella, tenía el cabello revuelto y el flequillo le ocultaba un lado del rostro. Sus labios estaban enrojecidos, las mejillas coloradas, la piel brillante y lisa. Sobraron las palabras. A él no se le daba bien hablar y ella lo había dicho todo, no quedaba nada más que explicar. Era amor, pasión, deseo en estado puro, química. Una hembra de pura raza sintiéndose atraída por un salvaje semental.

Era el orden natural de las cosas.

Se puso en pie y le acarició el vientre, ella se estremeció y cerró los ojos, dejándose hacer. La observó gozar con sus caricias, tan bella y tan pura, que quiso que el mundo dejara de funcionar para quedarse a solas con ella eternamente.

Pero la realidad estaba justo delante de él, al otro lado de la ventana, donde la comitiva de caza regresaba a la mansión. ¿Tantas horas habían transcurrido desde que se fueron por la mañana? ¿Ya se les había acabado el tiempo?

Estaba lloviendo. Lloviendo a cántaros. El padre de su ninfa estaba empapado, igual que el resto de los invitados. Y el muchacho perfecto, el prometido, tenía toda la ropa llena de barro y el aspecto de haber sido derribado del caballo. Shaoran sonrió, sonrió con traviesa satisfacción. Cogió a Sakura de la cintura y la puso de cara a la ventana, para que viera lo que él estaba viendo.

—Llueve — constató ella sin hacer mención a nada más. Levantó las manos y las pegó al vidrio frío, dejando marcas de calor sobre la superficie — Adoro la lluvia. Adoro mojarme con la lluvia. Adoraría estar contigo bajo la lluvia y mojarme mientras lo hacemos.

Shaoran se puso tras ella y la embistió despacio. Sakura se fundió contra el cristal, mojado y empañado, emitiendo un suave ronroneo de complacencia. Estar dentro de ella era el lugar más apetecible del mundo, escuchar su deleite era música celestial.

—Me vuelves loco — confesó, moviéndose despacio. Ella sufrió un espasmo y luego se relajó, como si todo ese tiempo hubiera estado en tensión y lo miró por encima del hombro con una sonrisa avergonzada.

—No te detengas. Quiero más.

No sabía si quería más de lo que estaban haciendo o más de él, así que se fundió a su espalda y apoyó las manos en el cristal, junto a las de ella, embistiéndola perezosamente.

—Me vuelves loco Sakura. Tú, tu piel caliente, tu boca insolente, tus ojos y tu cuerpo de princesa, me vuelves loco.

Sus palabras gustaron a Sakura, que le ofreció los labios para que la besara. Mientras la satisfacía con suaves envites y la besaba, observó todo lo que pasaba fuera, todo el caos que había provocado la lluvia. Quizá le estuvieran buscando, todas las monturas eran responsabilidad suya, todos los caballos necesitarían cuidados. O quizá vinieran a buscarla a ella para hacerle saber que habían regresado. Nada de eso le importaba, porque sólo podía pensar en hundirse más y más en ella, dentro de su boca y dentro de su cuerpo. La embestía con lenta determinación, haciendo que en ocasiones sus pies se despegaran del suelo.

Sus gemidos se transformaron en lamentos y supo que estaba al borde de un nuevo orgasmo. Le cubrió la boca con la mano, introduciendo un dedo entre sus labios y ella lo aceptó, lamiéndolo con gusto, succionándolo con deleite. Le acarició los pechos, la cintura, las piernas, toda ella, escuchando como le pedía más y sintiendo su lengua tocar la punta de sus dedos. La abrazó, sus manos no podían abarcarla entera cuando empezó a temblar, cuando se deshizo en un tierno orgasmo, reprimiendo los gritos. Se quedó dentro de ella, disfrutando del momento, hasta que su sentido de la responsabilidad empezó a tomar el control.

—Tengo que irme — le susurró al oído — Se preguntarán dónde estoy.

Sakura se lamentó como un cachorro herido, acurrucándose en su pecho. Su cuerpo desnudo seguía caliente y la piel exudaba sensualidad, ella era como el hogar al que siempre quiso regresar.

—Quédate conmigo. Que se vayan todos al infierno. Te amo Shaoran, quédate conmigo...

A Shaoran le resultó complicado negarse, pero su deber estaba allí fuera por el momento, dónde seguramente Fujitaka lo necesitaba y cuanto más tiempo pasaba allí con ella, más probabilidades existían de que los descubrieran y por ahora eso no era conveniente, tenía que idear algo y necesitaba tiempo. Necesitaba que ella le de algo de tiempo, aunque la maldita boda estaba muy cerca, tenía que hallar la manera...

—No voy a dejar que te cases con Tsukishiro, Sakura...de eso tienes que estar segura, eres demasiado importante para mí como para dejarte en manos de ese sujeto.

—Shaoran — susurró totalmente feliz.

La mente de Shaoran sufría un colapso cuando la escuchaba de esa manera, cuando la oía susurrar. Entonces la apartó de la ventana y la llevó a la cama, tumbándola entre las sábanas envueltas. La besó con fiereza, primero la boca y después el resto de su cuerpo.

—Volveré. Cuando lo haga, tendré algo importante que decirte, pero tienes que confiar en mí, ¿Sí? ¿Podrás hacerlo?

—Lo haré — sollozó ella, con la respiración y el corazón desbocado — Siempre confiaré en ti Shaoran...no me abandones otra semana aquí sola, por favor...Quiero estar contigo, no solamente en mis sueños.

Tuvo que esforzarse por ignorar su provocación o al final lo encontrarían allí dentro y también en la habitación, aunque aquello de los sueños llamó su atención; pero ya hablaría con ella sobre eso después. Se vistió, sin dejar de mirarla, sin dejar de admirar su noble belleza. Ella se quedó desnuda, tumbada tal cual había caído, apetitosa y resplandeciente, agotada por el esfuerzo pero ansiosa de más.

Antes de salir, le dedicó una última mirada. Shaoran la había cuidado durante casi cinco años, la había consolado cuando lloraba, la había ayudado a superar su trauma después del accidente, le había hecho regalos y la había escuchado cuando ella quería hablarle. Había prestado atención a todo lo que decía y el tiempo le había permitido descubrirla en su madurez, descubrir la preciosa mujer que había tras la niña.

Le había mostrado el comportamiento de la naturaleza animal, le había enseñado a cabalgar, le había enseñado como se criaban los caballos, como se apareaban, como las hembras escogían a sus sementales.

La respuesta a sus tribulaciones atravesó su mente como un rayo a través de las nubes. Allí, al contemplar a la diosa de cabellos de miel comprendió porqué Sakura lo amaba y lo deseaba de esa manera. Las mujeres de su casa eran hembras de pura raza, desde niñas las prometían, las entrenaban para ser las esposas perfectas, les buscaban un marido y les arrebataban cualquier libertad de elección.

Pero ella sí había elegido, había roto con las reglas del juego y seguido sus instintos naturales. No iba a permitir que cualquier hombre tocase, besase o adorase su cuerpo y él tampoco lo permitiría.

Sakura era suya.

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