Hola a todas y a todos! jaja estos días estuve leyendo un libro del Marqués de Sade, se los recomiendo mucho si es que les agrada la lectura erótica o de ese tipo. A mi me agrada mucho, así que use una cita de uno de sus libros *"Justine, o los infortunios de la virtud" para el texto que estaba leyendo la desconocida mujer :P

Ya pronto sabrán a quién me refiero ^^ ajajaj y pués mi cabeza anda un poco loca así que esperen cualquier cosa de ésta historia xD

Les agradezco muchísimo por sus lindos reviews! Enserio que me hacen muy feliz! Un abrazo de oso para ustedes!

Nos leemos muy pronto.

Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 8

Un hombre en casa de los Kinomoto

Japón, Tomoeda 1920.

Ella estaba leyendo, pero apenas si podía retener lo que había entre aquellas páginas; su mente rememoraba una y otra vez su encuentro con aquel hombre y lo que suponía estar leyendo aquello. A pesar de que las palabras allí descritas la atraían, clamaban su atención con fuerza, no podía meditarlas, ni reflexionar sobre ellas; simplemente pasaba de una línea a otra con ansiedad.

Un cosquilleo le bajó por la espalda, llenando de calor toda su piel, una oleada de ardiente deseo que era incapaz de controlar. ¿Y por qué controlarlo, se preguntó a si misma, cuando tenía entre las manos aquel manuscrito tan decadente y prohibido? De nuevo pensó en ese hombre de ojos ámbar, el invitado de su esposo. Luego volvió al libro y leyó, intentando concentrarse:

"—Porque estás en nuestras manos, Thérèse, y la razón del más fuerte siempre es la mejor, como dijo hace tiempo La Fontaine. A decir verdad —prosiguió rápidamente—, ¿no es una ridícula extravagancia conceder, como tú haces, tanto valor a la más banal de las cosas? ¿Cómo puede ser una muchacha tan necia como para creer que la virtud depende de una mayor o menor amplitud en una de las partes de su cuerpo? ¿Eh? ¿Qué puede importar a los hombres o a Dios que ésta parte esté intacta o ajada? Y te digo más: si la intención de la naturaleza es que cada individuo cumpla aquí abajo las funciones para las que ha sido formado, y la única razón de existir de las mujeres es servir de goce a los hombres, resistir de ese modo a la función que te ha encomendado es insultarla abiertamente..."(*)

Nada.

Cerró el volumen sobre las manos y paseó la mirada en el título impreso sobre el cuero: Los infortunios de la virtud.

Aquellas palabras ahí escritas le provocaban escalofríos y ni siquiera había comenzado a leer los desafortunados sucesos de la muchacha en cuestión que el escritor había plasmado en la obra. El libro le temblaba en las manos, vería su propia situación repetida una y mil veces y pensaría en ese hombre. Temía profundamente lo que iba a leer, estaba asustada por lo que pudiera ocurrirle al personaje protagonista, la virtuosa Justine; el autor era un tipo inmoral y sin escrúpulos. Aún así, ella había extraído sus propias ideas de otros escritos de este mismo filósofo y había concluido en que llevaba razón en muchas cosas; aunque no compartía su desagradable y grotesca forma de expresarlas, comprendía lo que quería decir. Entonces, ¿por qué no se dejaba llevar por el vicio y no por la virtud o moralidad, como apuntaba el manuscrito que tenía en las manos, si al final la moral sólo conllevaba infortunios?

Se puso en pie y dejó el libro sobre la silla. Al levantar la mirada hacia el ventanal de su enorme habitación, se encontró con el reflejo de su rostro en el pequeño espejo que había en la pared y descubrió su rostro ruborizado y un brillo en unos ojos esmeraldas que no reconocía como suyos. Se mordió el labio, humedeciéndolo, sin perder detalle del matiz rojo que adquiría y empezó a fantasear mientras se pasaba la lengua por los labios. Debería haber cortado de raíz aquellos lascivos pensamientos impropios en una mujer casada, pero se dijo que no había nada de malo, en su cabeza no entraría nadie para ver lo que ella estaba viendo. Y aunque alguien mirase por la ventana, sólo vería a una mujer pasándose la lengua por los labios, un gesto completamente inocente. Un gesto inocente que provocaría estupor a más de un hombre. Un gesto que tal vez provocaría al invitado de su esposo, el apuesto hombre chino. Salió de la habitación, abandonando el libro en la silla que había ocupado momentos antes y bajó hasta la planta baja, donde el atractivo hombre y su esposo mantenían una alegre reunión junto a Tsukishiro.

El hombre estaba sonriendo y hablando amenamente con sus interlocutores, cuando se giró al oírla entrar. Antes de poder decir nada, su mirada se fue directa a los rojos labios de la hermosa mujer.

- ¿Señora Nadeshiko Kinomoto? - susurró. Ella abrió un poco la boca, para decir algo, claramente complacida por escuchar su nombre susurrado por él. No respondió. Sólo asintió con la cabeza en un gesto cortés, rodeó suavemente el brazo de su marido y se sentó junto a ellos en la preciosa sala de la mansión. Pero en ningún momento de la velada ambos pudieron negar aquella inminente atracción que los consumía.

El invitado la observó mientras hablaba y reía junto a ellos, siempre bajo el cuidado y cariños de su esposo, abandonando los recuerdos felices de aquella mujer a la que amaba, pero se convencía de que este extraño sentimiento no era amor, era pasión, sólo deseo...Él amaba profundamente a la madre de sus hijos y en el fondo se sentía un desgraciado por lo que estaba haciendo.

El recuerdo de hace dos noches, cuando el vestido de esa hermosa mujer se liberó por fin y ese fue el momento en que él decidió dejar de mirarla. Había tomado una decisión de la que quizás se arrepentiría toda su vida, pero sólo era deseo, sólo eso...se repetía dentro de su mente. Luego se acercó a ella y la besó apasionadamente mientras le acariciaba los muslos.

Nadeshiko, aquel hermoso clavel, correspondió impaciente cada uno de sus besos y sus caricias, con la ansiedad devorándole las entrañas.

Aquella noche marcaría su futuro, porque no pudo olvidarse de ella jamás...

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Actualidad Japón, Tomoeda 1938.

Se sentía confuso, enojado, frustrado y malhumorado a partes iguales. Si había aceptado desde los trece años aquel compromiso con alguien a quien no conocía fue solamente por su padre. No quería decepcionarlo después de todo. Su hermano mayor Yukito, no era precisamente un digno sucesor para los Tsukishiro; era un hombre muy piadoso, generoso y hasta romántico. Pronto se convertiría en un excelente médico y eso lo alejaba de los planes que tenía su padre para su futuro.

Eso fue lo que siempre creyó, siempre supo que todo sería mera conveniencia. Pero cuando a sus escasos dieciséis años la conoció de casualidad durante una visita al pueblo...quedó prendado de ella. Sin saber que aquella misma jovencita era su prometida...le costó averiguarlo, tuvo que amenazar a sus criados y empleados para que obtuviesen esa información para él. Pero cuando ya tuvo la certeza de que aquella pequeña y hermosa criatura sería su esposa, extrañamente y por primera vez en mucho tiempo, se sintió feliz y complacido.

Ella era preciosa. Su sonrisa, perfecta, una boca provocativa y unos labios de ensueño. El arco de sus ojos tenía una caída lánguida hacia las sienes, que le daba a su mirada de un esmeralda hermoso un aspecto frágil, casi melancólico, y la forma de su rostro, redondo como una luna, iba sostenido por un cuello largo en cuya base nacían dos hermosas clavículas, sinuosas como pocas había visto. De los brazos no había mucho que decir, sus muñecas eran delgadas y sus dedos, finos como alfileres.

Sus caderas eran amplias, generosas; exactamente como deben tener las caderas las mujeres de verdad, pensó. Y sus piernas, largas y esbeltas, se le antojaban infinitas. Fantaseó con sus muslos duros como el acero, recubriendo la línea marcada por los largos fémures, hasta las rodillas también estrechas. Esa hermosa visión lo hizo prometerse a sí mismo que algún día conseguiría de ella más que un simple matrimonio arreglado, algún día aquella hermosa mujer moriría por él. Lo desearía tanto como él la deseaba a ella.

A pesar de su corta edad siempre fue experto en esos asuntos, tuvo una primera experiencia sexual bastante agitada con una joven empleada de su hacienda a los quince años y aquello había despertado en él un instinto sumamente poderoso. Con los años Yue Tsukishiro ganó porte, elegancia, refinamiento y sobretodo atractivo.

Yue Tsukishiro era guapísimo. Y él sabía muy bien aquello, por eso siempre lo usaba a su favor para obtener de las mujeres, todo lo que quería.

Ninguna le negaba nada, ninguna siquiera era capaz de rechazar un beso suyo. Pero cuando besaba a otras, cuando poseía a otras, cuando azotaba a otras...pensaba en ella, en su linda y pequeña prometida.

A ella aún no podía hacerle aquello, pues no estaban casados. En casa de sus viejos conocidos, los Kinomoto. La habían criado como a una monja y eso lo frustraba, ni siquiera había podido cortejarla adecuadamente, sus visitas sólo fueron permitidas con unos meses de anticipación a su tan ansiado matrimonio.

Y por eso es que se había dado cuenta de que algo estaba mal, muy mal.

Sakura no parecía sentirse atraída hacia él, por más que intentó ser galante, de ser seductor. Ella parecía inmune a sus encantos, entonces pudo notarlo una tarde. Desde una de las ventanas que daba a la gran sala, una pesada mirada caía sobre ambos, Sakura estaba distraída contándole sobre su última visita a los establos junto a su prima Tomoyo. Pero él no era tan despistado, pudo ver a aquel hombre, aquel entrenador de caballos que había llegado de China hace unos años atrás, ese hombre los miraba tan detenidamente, con el ceño totalmente fruncido y los ojos destilando rabia.

¿Qué estaba sucediendo allí?

¿Acaso Sakura...? No, no podía ser eso posible. Sakura Kinomoto era la más dulce y hermosa de todas las jóvenes que había conocido. Y además estaba prometida a él en matrimonio desde sus doce años. También recordó que no había sido despectiva con él, incluso hasta se había sonrojado varias veces cuando la había halagado durante una de sus visitas.

Pero eso no quería decir que ella se esté muriendo por él, eso lo sabía. Algo extraño estaba pasando y estaba dispuesto a llegar al fondo del asunto, después de todo sólo quedaban unos diez días para desposarla y aquella noche de bodas hacerla suya finalmente.

Se moría por eso, lo había ansiado durante tantos años...

Además era su deber como heredero de su casa, el engendrar un hijo lo antes posible, así aseguraban la unión con los Kinomoto y los negocios de su padre al fin podrían encontrar la estabilidad que necesitaban, nadie debía de saber que estaban casi arruinados. Además él conocía muchos secretos de aquellos que pronto serían su familia; sobre Touya tenía mucho que contar, aunque no lo haría; sobretodo porque su propio hermano estaba involucrado. Y sobre Fujitaka Kinomoto sí tenía mucho que decir, así que lo mejor sería ir pensando bien las cosas si es que algo salía mal. Aunque lo dudaba, ¿Quién sería capaz de rechazarlo?

La llegada de su padre a la mansión lo sacó de sus pensamientos y conjeturas, aquel día había ido al pueblo a resolver unos asuntos en la dependencia policial. Le extrañó aquello pues hace mucho tiempo que su padre no hablaba con aquellas personas, Hakupo siempre se mostraba ante todos como un hombre serio y frío y sus hijos no eran la excepción.

- Yue - Su padre lo llamó al ingresar a la biblioteca, donde se encontraba - Algo raro está sucediendo, Spinel me informó que hace poco unos muchachos estuvieron preguntando sobre un caso que se archivó hace varios años - Se le notaba un poco alterado.

- ¿De qué estás hablando papá? - Cuestionó confundido, no entendía la preocupación de su padre.

- Hace casi seis años que un hombre murió en la hacienda de los Kinomoto - Confesó.

- ¿Qué? ¿Quién? - Estaba sorprendido ante esa revelación.

- Mira, hay cosas que no puedo contarte aún...pero lo que debes de saber es que ese hombre merecía morir - Se sentó sobre uno de los antiguos muebles y suspiró cansino - No era un hombre de honor ni de palabra. Sólo era un imbécil que quiso aprovecharse de la situación.

- ¿Pero quién lo mató? ¿Que diablos ocurrió? - Sentía curiosidad sobre la identidad de ese hombre, algo le decía que aquello era más de lo que imaginaba.

- Eso nadie lo sabe, lo hallaron muerto dentro de uno de los establos - Contó, aunque se notaba nervioso.

- ¿Quién era ese hombre, padre? - Cuestionó seriamente, notaba muy nervioso a su padre y eso no era algo común.

- Era Hien Li, un hombre que había venido de China en otras ocasiones, Fujitaka lo consideraba un amigo; en esa ocasión vino a comprarle unos caballos a los Kinomoto - Le dijo finalmente, y se sintió un poco más liberado del cargo de conciencia que lo aplastaba.

- ¿De China? ¿Li dices? ¿Qué ese no es el apellido de ese hombre, ese entrenador que... - Fue interrumpido.

- ¡Sí! ¡Maldición! ¡Ese hombre era el padre de Shaoran Li! ¡Fujitaka sabe perfectamente que ese mocoso está allí para vengarse de él! - Confesó finalmente totalmente desesperado.

- ¡¿Qué?! Entonces él...¿Fuijitaka lo mató? - Dedujo, todo esto era algo tan oscuro y extraño que la respuesta de su padre lo aterraba.

- No, no lo mató Fujitaka...no sabemos quién lo hizo, esa es la verdad - Estaba nervioso y la voz le temblaba - Cuando uno de los hombres de Kinomoto nos avisó que había encontrado el cuerpo sin vida de Hien Li a primera hora de la mañana, no podíamos creerlo. Fujitaka estaba por finalizar el contrato con Li pero, se enteró de algo terrible la noche anterior y tuvieron una pelea muy fuerte, después él vino a buscarme y fuimos al pueblo, al bar para ser más específicos. Permanecimos allí hasta el amanecer, yo mismo lo llevé a su casa después; estaba en un estado lamentable - Recordaba con pesar, aquel día posiblemente nunca se borraría de su memoria.

- ¿Pero qué fue lo que pasó? ¡Alguien tuvo que haber sabido lo que sea que ese hombre le haya hecho a Fujitaka y tomó represalias contra Li! - Fue su clara deducción y aquello sorprendió a su padre, su hijo era muy listo...

- Sí, posiblemente eso fue lo que pasó... pero en verdad te digo, ese hombre merecía morir - Finalmente trató de serenarse, no era bueno recordar aquello. No le hacía bien.

- ¿Por qué dices eso? ¡Dime la verdad papá! ¡Yo voy a casarme con Sakura en unos días, tengo el derecho de saber qué es lo que envuelve a esa familia!- Le recriminó, y era verdad. Hakupo sabía que finalmente tendría que hablar.

- Sakura, ella no es hija de Fujitaka, Yue...y ese secreto sólo es sabido por mí y también lo era por ese hombre que murió - Confesó.

- ¡¿Qué?! ¿Cómo que no es hija de Fujitaka? ¿Te volviste loco acaso? - Arremetió contra su padre, esto no era para nada lo que pensaba oír.

- No hijo, eso la misma Nadeshiko me lo confesó antes de morir - Suspiró - Sabes bien que ambos eramos amigos muy cercanos, Nadeshiko siempre confió en mí.

- Quiero...quiero creer que esto que me dices no es lo que creo... - No pudo más que apoyarse contra el sillón y tratar de calmarse, ¿De qué estaba hablando su padre?

- No sabemos quién es el padre de Sakura, al menos yo no lo sé Yue...pero he obviado eso durante muchos años, ante Fujitaka y ante ella misma, son padre e hija. Eso nada ni nadie lo va a cambiar, ¿Me oyes? - Lo miró serio y se puso de pie con la intención de abandonar la biblioteca y dirigirse hacia su habitación - Tú vas a casarte con ella, vas a asegurar nuestra posición afianzando los lazos con los Kinomoto y no vas a permitir que suceda de nuevo.

- ¿De qué hablas? - Estaba frustrado, ¿Por qué tenían que ocultar algo así? ¡Ella pronto sería su esposa!

- Sólo aléjala de Li, eso es todo lo que tienes que hacer por ahora - Le dijo, saliendo de la estancia cerrando la puerta fuertemente.

Yue se sorprendió, ¿De Li? ¿A qué se refería con eso? ¿Alejarla de Li? No entendía nada, pero era un hombre muy inteligente e intuitivo...todo aquello era improbable, a menos que Shaoran Li, el empleado de Fujitaka; esté buscando venganza por la muerte de su padre y quisiera hacerle daño a su prometida, sólo entonces él podría tomar represalias, pero...no entendía nada y no se iba a quedar así. Iba a encarar a ese sujeto, a desenmascararlo de una buena vez, sabía que tenía confianza con Sakura, que era uno de sus empleados de plena confianza, siempre pensó que era un buen sujeto...después de todo, pero las apariencias engañaban y él lo sabía muy bien.

Nunca le interesó ni se preocupó por el bienestar de alguien más que no fuese él mismo, pero se trataba de su futura esposa, de la futura madre de sus herederos y aquello era distinto. Debía velar por sus intereses y los que tenía en ella, pasaban de lo material.

Shaoran Li no le llegaba ni a los talones, de eso estaba seguro.

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