Hola a todos y a todas, les agradezco infinitamente por sus lindos reviews!

sslove: jajaj siii este Eriol es todo un galán, que va con todo por lo que quiere! Muchas gracias hermosa por seguir ésta historia, abrazos!

Cerezo-chan Melancholy Sweet: Claro, Sakura está enamorada totalmente de ese castaño, no hay dudas. Espero que con este capi se haya aclarado un poco el panorama xD, muchisimas gracias por pasarte siempre por aquí! :D

seira: Siiii jajaja las mujeres de ésta familia son algo...sensibles xD por así decirlo, pero la mamá de Sakura también tiene sus razonessss, muchas gracias por pasarte linda, saludos!

A todos aquellos Guest que siempre me apoyan, infitinas gracias. Trato de actualizar cada que tengo un momentillo libre, saludos y nos leemos muy pronto!

Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.


MIEL Y CHOCOLATE

Capítulo 12

**Sucesos**

Tomoyo Daidouji llegó a la mansión muy tarde, bien entrada la noche. El mayordomo que le abrió la puerta quiso ayudarla con la gabardina, como exigía el protocolo, para colgarlo sobre la percha de la recepción; pero la señorita Daidouji no quiso retirárselo y lanzó una mirada penetrante al mayordomo.

- El joven Kinomoto se encuentra en la biblioteca, señorita... - anunció este inclinando ligeramente la cabeza a modo de reverencia. Al agachar los ojos, pudo ver los pies de la señorita Daidouji. Sus tobillos iban envueltos en medias de encaje negro y sus zapatos eran nuevos. Supuso que la señorita había ido de compras y por eso había regresado tan tarde.

No entraba en sus deberes de sirviente juzgar ni preguntar dónde había estado milady.

Dando un gracias, la joven cruzó el salón. Sus pasos hicieron eco sobre el suelo de madera de ébano y se amortiguaron cuando alcanzó el pasillo enmoquetado de rojo. Entró en la biblioteca sin llamar, encontrando a su primo leyendo una carta en el escritorio de nogal. Al verla el joven Kinomoto frunció el ceño. Una fina línea se dibujó en su frente y sus labios se endurecieron. Tomoyo sabía que estaba enfadado por la forma en que los huesos de su mandíbula se le marcaban al apretar los dientes.

- ¿Dónde estabas? - preguntó él dejando de leer y poniéndose en pie - Hiro me ha dicho que has salido sola y Yoko fue a buscarte con el señor Ioji al pueblo. ¿Te das cuenta de la hora qué es?

La joven Daidouji no respondió, cerró suavemente la puerta de la biblioteca para que las paredes no escuchasen, de forma silenciosa se aproximó al foribundo joven lentamente, clavando una mirada intensa de iris amatistas. Se sentó pesadamente en uno de los sillones ubicados frente al gran escritorio y suspiró.

- ¿Tomoyo? ¿Por qué no respondes? - conminó el joven tratando de serenarse un poco, observándola con irritación. La joven dejó caer la gabardina a sus pies y el rostro del heredero Kinomoto cambió radicalmente.

Ahora fue él quién no dijo nada.

- Vengo del pueblo, de ver a Eriol Hiraguizawa... - respondió por fin Tomoyo, mordiéndose ligeramente el labio inferior levemente hinchado y aún rojizo. Bajo la gabardina apenas vestía más que un simple vestido anaranjado que se le marcaba a la piel. Unas largas medias de encaje negro adornaban sus piernas y se cerraban en torno a sus muslos con sendos ligueros de seda y un lacito rojo a modo de adorno. Sobre su pecho colgaba un largo collar de perlas negras que daba dos vueltas alrededor de su cuello. Su piel estaba maquillada de melocotón pálido. Sus ojos estaban contorneados de un negro natural y sus pestañas parecían más largas. Una mano enguantada en encaje subió hasta su cabello, del que extrajo una fina aguja de plata con incrustaciones de esmeraldas y su melena se vio liberada de la prisión cayendo a grandes mechones sobre sus redondos hombros y enmarcando su rostro sereno.

El joven Kinomoto volvió a sentarse en la silla de su escritorio y tragó saliva visiblemente.

- ¿Has... ido vestida así todo el camino? - preguntó con la mirada perdida en el rostro de su prima.

- Y he tenido tiempo de pensar en lo que hablamos Touya - respondió ella - Y tienes mucha razón - señaló.

El joven Kinomoto volvió a ponerse en pie, recuperado tras la primera impresión. Despacio, se aproximó a la joven, fijando su mirada en los ojos de ella y sin apartarlos ni una sola vez a medida que la distancia se estrechaba hasta que no fue más que medio palmo y la abrazó protectoramente.

- ¿Estás segura de que es él? - le preguntó mucho más calmado ahora.

- Sí Touya, lo es - ella respondió muy serena - Ha pasado mucho tiempo desde aquello pero he decidido comenzar una nueva vida y Eriol, él...él es la persona que estuve esperando durante tanto tiempo - Le confesó regalándole una sonrisa a su primo.

- Después de todo Yuki tenía razón, tú y Sakura en algún momento crecerían y no podría retenerlas a mi lado durante mucho tiempo - confesó melancólico, pero se sobrepuso a los pocos segundos - Entonces asumo que tendremos la visita de ese sujeto por aquí muy pronto, ¿Verdad?

- Definitivamente... - Ella sonrió - ¿Y qué pasará con Sakura? - preguntó volviendo a la angustia por su querida y adorada prima - Touya, tú sabes tan bien como yo que ella no ama a Yue, el joven Tsukishiro está empeñado en casarse con ella, pero ella...ama al joven Li.

- No me lo recuerdes.

- Touya, aunque no lo quieras, las cosas son así - Touya se sentó a su lado en el sillón y suspiró frustrado mirándola con preocupación - ¿Yukito te lo dijo?

- ¿Te refieres a lo del viaje a Hong Kong? - aún tenía dudas sobre aquello.

- Sí, a eso - ella dirigió la mirada al frente, a la gran pared ubicada detrás del escritorio; allí había una pintura; una pintura de la feliz y radiante familia Kinomoto en sus mejores años. Su tío Fujitaka, su linda tía Nadeshiko, su primo Touya aun siendo un niño y la pequeña Sakura entre los brazos de su madre, una hermosa bebé.

¿Por qué las cosas cambiaron de esa manera? Ella misma veía reflejada en esa pintura lo que fué su familia, sus años de infancia feliz. Todo...todo había cambiado.

- Lo estoy pensando, Tomoyo...

- No lo pienses mucho, no queda tiempo - ella le dijo volviendo la vista a él - Sé que esos boletos eran para ustedes. Sé muy bien lo que existe entre tú y el joven Yukito - ella le dijo con una tímida sonrisa y tomó las manos de su primo que estaba consternado ante sus palabras - No temas, yo te considero como un hermano para mí, al igual que Sakura. Yo jamás te juzgaría, yo jamás cuestionaría tus decisiones. Yo te apoyo, te apoyaré siempre Touya; quiero que seas muy feliz y sé que el joven Yukito es tu felicidad - Touya la abrazó totalmente agradecido por el apoyo de su prima, él también la quería tanto como a una hermana. Los sentimientos que unían a los tres primos Kinomoto y Daidouji eran muy fuertes, nadie jamás podría cambiarlo.

- Ayudaremos a Sakura y a ese sujeto, te lo prometo - él la miró y ella asintió sonriente.

- Entonces, yo hablaré con ellos mañana.

- ¿Por qué no se lo dices ahora? No creo que ya esté dormida...suele quedarse hasta muy tarde leyendo algún libro - él le indicó, Tomoyo se alarmó por eso, ella sabía que Sakura estaba en su habitación pero...no estaba sola. Y si Touya descubría eso no sería conveniente, al menos no ahora que ya había decidido apoyarlos, ya sabía lo sobreprotector que era Touya con ella.

- No, pasé por su habitación al irme y la vi plácidamente dormida, es mejor no incomodarla hoy Touya; yo mañana hablaré con ella y si puedo también con el joven Li sobre lo que hablamos hoy. Es necesario que tú también lo hagas, pero por favor...espera a que yo te lo comunique primero, ¿Sí? - ella le pidió, Touya aceptó a regañadientes y ambos se dirigieron cada uno a su habitación, Tomoyo un poco nerviosa y esperando que aquel par de castaños no haga ningún ruido que pueda descubrirlos.

Y Touya ajeno a las cavilaciones de su prima y también a lo que estaba haciendo su hermana en esos precisos momentos, sólo podía pensar en cómo se estaban dando las cosas. ¿Confiaría en él ese sujeto chino? Sabía que no sería tan sencillo como creían Tomoyo y Yukito; después de todo, ni siquiera ellos sabían todo el pasado que envolvía a ambas familias.

Pero tenía que alejar a Sakura de Yue y Hakupo Tsukishiro a como dé lugar, y si tenía que confiar en el sujeto chino aunque sea por una sola vez en su vida, lo haría.

Al menos tenía la seguridad de que él la amaba y ella a él. No tenían la misma mala suerte que tuvieron sus padres. Sakura aún no estaba casada con Yue, no dejaría que las cosas sucedan de nuevo...no la dejaría ser infeliz al lado de un hombre que no amara y pueda hacer más daño en un futuro debido a sus inseguridades y egoísmo.

Como había hecho su madre en el pasado.

.

.


La noche pasó, con ella se fueron los besos y el calor de su amado Shaoran, ya había amanecido y él había tenido que salir de su habitación durante la madrugada cuando nadie lo viera; estaba asustada, cada día se acercaba más a aquel absurdo matrimonio. Shaoran le había pedido tiempo, debía de esperar unos días por él, le había pedido encarecidamente a su padre que hablase con Yue Tsukishiro y le dijera que lo mejor era que no se viesen hasta el día de la ceremonia, así se lo quitaba de encima y obviaba su presencia. Cada noche que pasaba volvía a tener aquellos sueños tan extraños, pero ya no solamente podía ver en sus sueños a aquel hombre misterioso tan parecido a Shaoran, sino que también podía ver a otras personas.

Ella ya no se sentía como la espectadora, se sentía presionada; se sentí arrastrada hacia un vortice de recuerdos y sentimientos confusos. Aquellos no eran sus recuerdos ni sus sentimientos y mucho menos sus pensamientos. El sueño que tuvo la noche anterior fue totalmente macabro, oscuro y confuso. Podía escuchar claramente las divagaciones, las voces y susurros que aquella mujer soltaba.

Tenía miedo, miedo incluso de cerrar los ojos y volver a ver lo que había visto; quería correr e ir junto a su padre y abrazarlo, quería aferrarse a sus solapas como cuando era una pequeña niña y él la cuidaba para defenderla de aquellos monstruos imaginarios que ella veía. También quería abrazar fuertemente a Shaoran, mirarlo a aquellos bellos ojos y decirle que todo estará bien, que siempre estarían bien.

Pero no podía. Aquel sueño y aquellas palabras la perseguirían por mucho tiempo...

Sakura

Un hombre casado es el motivo de mi obsesión. No duermo, no pienso, no respiro sin que su imagen me venga a la cabeza, incesante, llamándome a cometer una locura.

¿Pero es una locura lo que deseo cometer con este hombre?

Vivo con mi esposo hace ya seis meses, pero estamos comprometidos desde hace dos años. Parece poco, pero él ha llegado a conocerme muy bien en ese corto periodo. Igual que yo a él. Todavía recuerdo los primeros días, en los cuales él susurraba delicias en mis castos oídos. Me excitaba la manera en la que él jugaba conmigo, murmurando las caricias que acometería aquella noche mientras paseábamos por la calle principal del pueblo. A veces se estrechaba a mi cuerpo y me susurraba lo que la noche anterior me había hecho gemir de placer. Lo suyo no eran caricias ingenuas o modestas, tenia la asombrosa facilidad de convertir el sexo en un arte. Sus dedos tocaban allí dónde más lo deseaba, siempre en el momento justo y siempre con la presión necesaria para hacer que el placer turbara mi razón.

Eso era lo que más me gustaba de él, de Fujitaka.

Eso, y su colega, un hombre tan frío como el hielo, tan apuesto y correcto. Casado.

Un día me lo presentó. Hakupo, se llamaba. administrador y negociante, un hombre que adoraba la lectura, igual que yo. Aunque para conocer a la gente yo resultaba ser muy tímida y despistada, con Hakupo encontré un amigo con el que charlar sobre temas que a mi esposo no lograban interesarle nunca. Con el tiempo fuimos conociéndonos hasta que finalmente las recomendaciones pasaron a los préstamos. Con más frecuencia empezamos a vernos y con insólita necesidad sentía que deseaba seguir escuchándolo y hablándole. Para mi, dejaron de ser citas para criticar los últimos libros de nuestros autores más seguidos. Para mi, se convirtieron en una necesidad.

Tras el último préstamo, Hakupo se convirtió en una obsesión.

Siete años mayor que yo, casado con una amiga muy cercana; era el mejor amigo de mi esposo, con una asombrosa capacidad para charlar sobre los temas más diversos conmigo. Empecé a encontrar atractiva su sonrisa, su manera de mirarme mientras me explicaba la razón de un párrafo incluido al final de un capítulo; su aliento rozaba mi oído cuando se inclinaba para lanzar alguna broma sobre lo leído. Yo reía, tímida e inocente, empezando a tener una peligrosa fijación en él y una excitante necesidad de imaginar las mismas cosas que mi esposo me insinuaba.

Un día entró conmigo en el baño de señoras, en la cafetería única del pueblo, abarrotada de estudiantes de la universidad de Tokio que salían a tomar un descanso entre clase y clase. Cuando levanté la vista del lavabo en el que me estaba enjuagando las manos ahí estaba él, mirándome como nunca antes lo había hecho. No me dio tiempo a preguntar nada. Hacerlo sonaría muy estúpido, pero de pronto me di cuenta de qué era lo que deseaba. Deseaba que él me mirase así; deseaba que se acercara como lo hizo; deseaba sentir como su mano se colaba furtivamente debajo de mi vestido y acariciara mi piel con sus poderosos dedos.

Pegó su pecho a mi espalda y la mano de la falda se metió debajo de mi ropa, hasta encontrar lo que buscaba. Y lo que yo deseaba que encontrara. Giré ligeramente el rostro, pidiendo una explicación que yo no deseaba formular, ni oír. Él ya estaba esperándome y mientras con su mano libre enredaba los dedos entre mi largo cabello, se bebió mi alma con un beso. Su lengua sabía cómo yo había imaginado, su forma de saborear mis labios era más de lo que yo podía haber soñado. Mi esposo no tenía nada que hacer frente a él y el tacto de su mano firme retirando la copa que contenía uno de mis pechos me hizo perder el control.

Lo besé con necesidad, con fervor, con ansía. Lo deseaba, deseaba sentir como me hacía suya. Sentí como se pegaba a mi cuerpo. Dejó de acariciarme el cabello para subir la falda hasta mi cintura y retirar ligeramente mi ropa interior, sin dejar de amasar mi pecho. Seguí besándolo sin pensar, oí lejanamente la cremallera de su pantalón y cómo insinuaba sus atributos a través de la tela de su ropa. Con una mano me sostuve sobre el lavabo para no dejarme vencer por su fuerza y metí la otra entre sus slips para acariciarlo. Él me complació de la misma manera, apretando con su mano entre mis piernas y mordiendo mi cuello hasta marcar los dientes en mi piel.

Fue un sueño que tuve…y me averguenzo, me averguenzo porque Hakupo ha sido para mí un gran amigo, porque Fujitaka no ha hecho más que amarme y confiar en mí. Pero no puedo evitarlo, a mí nadie jamás me preguntó qué era lo que yo en verdad quería. Fujitaka llegó un día a la hacienda de mi familia y al retirarse dos días después ya estaba yo comprometida con él y en aquella ocasión no lo pude ver, no lo conocí hasta unos meses antes de la boda. No lo odié, sabía que él estaba haciendo lo que debía de hacer para mantener el nombre de su familia y sus propiedades, también el cargo que su anciano padre dejaría pronto. Pero a mi nadie me preguntó, nadie me consultó si yo lo quería, si yo quería ser en verdad la señora Kinomoto, esposa del conde.

No quiero fallarle a nadie, a nadie más.

Ya me he fallado tanto a mí misma que me doy lástima...quizás nunca ame a mi marido, quizás siempre guarde en mi pecho y mi corazón aquel cariño que siento por Hakupo, después de todo, él no me ve como yo lo veo a él y es mejor así.

Debo olvidar, olvidar estos sentimientos que me consumen...

Además, pronto le daré a Fujitaka la noticia de que seremos padres; sí...sé que llevo a su hijo en mi interior, y espero; en verdad espero que sea el único. No quiero traer más hijos al mundo frutos de una relación en la que no existe el amor, al menos no de ambas partes.

Perdóname Fujitaka, yo sé que me amas...pero no puedo forzarme a mí misma a quererte.

Después de aquel extraño y horrible sueño Sakura despertó, asustada y confundida. ¿Qué había sido eso? ¿Qué estaba pasando?

Aquella mujer era...¿Su madre?

Una mujer que declaraba abiertamente, ante ella misma que no amaba a su esposo, que no lo quería. ¿Que amaba a otro hombre?

Pero todo había sido un sueño, ¿Qué significaría aquello?, no podía tomar aquel sueño como si fuese algo verdadero, no podría. Aquella confesión la dejó atormentada, tan sólo imaginar que podría ser verdad la aterraba. Pero su padre, sus hermanos, los amigos de su familia. Todos le habían descrito a una Nadeshiko Kinomoto llena de virtudes, le habían descrito a la madre y a la esposa perfecta. Por supuesto que sólo era un ridículo sueño. Un trastorno de su mente confundida y seguramente inquieta y atormentada por los próximos sucesos.

.

.

.