Hola a todas y todos, perdón por la demora. Anduve un poco ocupada! Les agradezco muchísimo por sus reviews en el chap anterior!
Este capi está basado en el prometido abandonado xD pensamientos y recuerdos de Yue! Espero que les agrade, estaré actualizando en estos días. Se viene una mala noticia! u.u
Abrazos para todos! Nos leemos pronto.
Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.
MIEL Y CHOCOLATE
Capítulo 18
**El lado oscuro de los pensamientos**
Reconocería aquella voz en cualquier parte. El tono dulce, cálido, con un toque de picardía. "Sakura". Incluso su nombre sonaba dulce, suave como una corriente de agua resbalando entre las piedras. Se removió inquieto en el asiento, ahogando una maldición, sintiéndose como un completo imbécil por perder el temple de esa manera. Pero siempre le había pasado lo mismo desde que la conoció, siempre le había provocado ese efecto cuando escuchaba su voz; toda la sangre de su cuerpo se concentraba en un único punto, causándole un incómodo y sofocante dolor.
Ella tenía ese poder sobre él, desde que era un adolescente.
Pocas cosas lograban conmocionarlo tanto como escucharla. ¿Cuántos años habían transcurrido desde que la conoció? cuatro años, once meses, cuatro días, una hora y aproximadamente diez minutos. ¡Cinco putos años y no había podido olvidarse de ella!
Se vio inundado por un torrente de recuerdos. Sus dulces labios dedicándole aquella tímida sonrisa cuando se cruzaron sus miradas, los enormes y brillantes ojos esmeraldas cuando por fin le dijo que él era su prometido; él quería ser el primero en su vida...ser consciente de saber que era el primer hombre que besaba la cálida curva de su cuello, que acunaba su frágil cuerpo entre sus brazos, que disfrutaba del dulce sabor de su néctar, que escuchaba el gemido sorprendido de su primer orgasmo...él debió ser el primero.
No Shaoran Li.
Pero la había buscado, había recorrido el pueblo de lado a lado y no la encontró. Ya no le quedaba nada, posiblemente a esas horas su prometida estaría lejos junto a ese maldito sujeto chino. ¿Por qué? ¿Por qué esperó tanto tiempo? ¿Por qué si el maldito vivía allí cerca de ella no lo hizo antes? ¿Por qué ahora que se casaría con ella en tan pocos días?
Eso claramente era una ofensa, era un maldito reto. Nunca nadie le había ganado en nada, se consideraba el mejor, el primero. ¿Por qué dejaría que un estúpido advenedizo se la arrebatara de las manos? Quizás, quizás ella esté siendo presionada, amenazada. Su padre ya le había dicho que el hombre al que asesinaron hace años en la hacienda Kinomoto era el padre de Li. Lo más seguro es que él la esté amenazando. Pero necesitaba sosiego, necesitaba consuelo; se encontraba furioso, frustrado. ¿Dónde estaba Sakura?
Se dirigió a Nenemia, era el único lugar en donde podría olvidar por unos momentos lo que estaba pasando, sólo por esa noche. Mañana retomaría la búsqueda de su prometida, y la encontraría. Le haría pagar a Li su atrevimiento...un simple entrenador de caballos jamás podría compararse con él. Al ingresar al conocido recinto, muchas cortesanas le sonrieron, lo saludaron, se le acercaron buscando así ofrecer su compañía. Pero en días como estos en los que lo frustraba el no tener a Sakura, la buscaba a ella...a Aiko.
Era tan parecida a su pequeña prometida, con el cabello castaño cayéndole sobre los hombros, los pechos medianos y firmes, los labios rosados, la nariz pequeña y fina, con algunas pecas...pero sus ojos, los ojos de Aiko no eran aquel bosque en el que adoraba perderse al observarlos en silencio. Los ojos de Aiko eran como un mar infinito, la dulce Aiko era su cortesana favorita, una a la que jamás lastimó. Nunca le hizo daño alguno porque le recordaba tanto a Sakura...pero su prometida no era una puta más del burdel, esa era la enorme diferencia entre ambas mujeres.
Por tener a Aiko pagaba lo que Nanami le requiriese, pero con Sakura...a ella aún no la había tenido y eso lo ponía furioso. ¡Maldito Fujitaka que no pudo cuidar de ella! La habían sacado de su hacienda sin que se dé cuenta de nada, el maldito Hiraguizawa y su ridículo compromiso con la insoportable de Daidouji eran los culpables y los haría pagar. ¿Creían que era estúpido? ¿Eriol Hiraguizawa creía que no lo había observado? ¿Que no había ordenado investigar sobre su procedencia? Estaba equivocado...quería saber si su linda prometida estaría tan conforme al saber lo que él sabía sobre ese estúpido extranjero.
Con gran esfuerzo levantó la mirada hacia el escenario. Siempre creía estar preparado para ese momento, para un reencuentro cara a cara con ella; pero a la hora de la verdad se dio cuenta de que no, de que por mucho que se hubiera mentalizado todos estos días, las emociones se le escurrieron de las manos.
¿Qué demonios estaba haciendo allí? Debería emborracharse hasta perder el sentido...pero no, estaba allí por esa estúpida cortesana que tanto le recordaba a Sakura.
Vestía una estrecha falda azul oscuro a la altura de las esbeltas rodillas, el primer botón de la chaqueta correctamente abrochado, un prendedor con sus iniciales colgando de un cordón hasta converger hacia el escote de su blusa blanca. La altura de la tela era absolutamente correcta y recatada, ni siquiera insinuaba el nacimiento de sus blancos senos; turgentes y cálidos, recordó al instante. Su cabello castaño brillante estaba recogido en un largo y exquisito trenzado, dejando al descubierto el elegante cuello que él había llenado de besos hasta su oreja para decirle lo sexy que era y lo mucho que la deseaba. Llevaba maquillaje, sus pestañas eran largas y frondosas, los pómulos tenían un suave color crema y los labios rosados no llevaban demasiado carmín. Mantenía la barbilla alta, obstinada como de costumbre y sus ojos seguían siendo como los recordaba.
Incluso desde la distancia podía saber que el tono era como el color del cielo sobre un oscuro abismo.
Aiko...
Observó a la exquisita mujer en que se había convertido y a la jovencita que había sido. Había madurado. Sus labios eran ahora más provocativos y sus sensuales curvas se habían acentuado. Su aspecto era ligeramente distinto al de la chica que él había conocido a los catorce años. Un aura de melancolía la envolvía, una tristeza disimulada bajo una deslumbrante pero provocativa sonrisa, que podría lograr que un hombre se postrara a sus pies. El aire a su alrededor era cálido, frágil. Invitaba a la ternura, a la devoción, a la rendición absoluta. Lo invitaba a él a subirse al escenario para desnudarla y fundirse a su tersa piel para borrar la casi imperceptible sombra de aflicción que tenía su mirada.
Era innegable la feminidad que desprendía en cada uno de sus gestos. Él había conocido mujeres mucho más hermosas a lo largo de su vida, pero pocas tan hermosas como ella y como Sakura.
¿Por qué? ¿Por qué Aiko no era Sakura? Aiko lo amaba...Aiko lo deseaba...Aiko hubiese sido una gran esposa de no haber sido una cortesana. Se rio en ese momento al recordar lo que Nanami le había dicho...Aiko solamente se acostaba con él, era el único cliente al que ella atendía, después se dedicaba a ayudar a Nanami en la administración.
¿Y pensaba acaso que era tan ingenuo para creerle?
Aiko hizo una pausa y carraspeó. Cantaba, en ese momento, en sutil japonés, su voz tierna cálida y sensual, presentando a los asistentes a sus demás compañeras y los tipos enloquecían al verlas. Se mordisqueó el labio inferior mientras ponía en marcha el movimiento de sus caderas y él solo pudo pensar en poseer aquella boca y hundirse en la sedosa humedad de su interior mientras ella le miraba con esos ojos del cielo.
El deseo lo atravesó provocándole un estremecimiento y más recuerdos se superpusieron a los primeros. Rememoró la confianza que mostraron sus ojos cuando le separó los muslos vírgenes, la manera en que le susurró que lo amaba, la admiración con que le miró cuando se introdujo en su cuerpo por primera vez, la calidez que emanó de ella a medida que se acostumbraba a tenerle dentro.
Fue la primera de las tres veces en que se acostó con ella.
Incluso después de cinco años, incluso después de arrancarla de su pensamiento y de su corazón, de repetirse una y mil veces que aquella chica era sólo una estúpida, una prostituta, la deseó. La deseó de una manera tan intensa, como sólo había deseado a Sakura...pero él era muy joven, era un chiquillo inmaduro; la deseaba de una manera febril, desesperada, vehemente. En cuanto la descubrió sobre el escenario solo albergó el anhelo de tocarla, tumbarla y hacerla suya, sumergirse en su interior y permanecer allí durante horas, escuchando sus gemidos, sus lamentos, su gozo.
Y cada segundo que pasaba mirándola el deseo crecía y con él, el dolor.
Tragó saliva buscando tranquilizarse. Estaba a punto de hacer estallar su propia paciencia y no habían pasado ni cinco minutos desde que Aiko comenzara a hablar. Se removió cada vez más nervioso. Necesitaba calmarse, necesitaba recuperar el control, necesitaba ser dueño de su deseo. Ya no era un adolescente, era un hombre con experiencia, ferozmente curtido en cuestiones placenteras. Era un hombre hecho, a pesar de su edad. Conocía más sobre la naturaleza humana que cualquiera, se había convertido en un mercenario que luchaba por los intereses de su familia hasta el último aliento.
Era un tiburón que además tenía el privilegio de elegir cuidadosamente a quién quería comerse vivo. Observador, paciente e implacable. Sabía cómo controlar las emociones y como provocarlas en aquellos a los que quería derrotar. Si lograba dominar estos sentimientos, obtenía el poder necesario para subyugarlos y tenerlos comiendo de la palma de su mano. Y en la intimidad no era tan distinto. Lo que mejor se le daba era conseguir que una mujer se liberara de sus inhibiciones y conectara con la parte más primitiva de su conciencia.
Era un amante entregado e implacable igual que lo era delante de algún enemigo.
En el momento en que Aiko deseó una feliz y placentera estadía a los visitantes de Nenemia y sonrió con aquellos labios tentadores, quiso poseerla. Le dieron igual cinco años de ruina, de tiempo perdido buscando el consuelo en otras mujeres, buscando a aquella que le hiciera olvidar a la que fue su primer y único amor...a su prometida Sakura.
Se sintió patético, porque durante todo este tiempo se había aferrado a su recuerdo, a aquella vez cuando sus miradas cruzaron y le sonrío, cuando la preciosa Sakura llegó a su vida y se quedó allí, trastornándolo, llenándolo de anhelos y oscuros deseos. La amó y la deseó desde ese día y seguía ansiándola con la misma fuerza que entonces. Aiko era diferente, a ella la deseaba, ella lo satisfacía, hacía el trabajo sucio que Sakura aún no comenzaba. A él le encantaba su trabajo, pero en el fondo, hacía mucho tiempo que se había resignado a vivir sin amor pues sabía que Sakura no lo quería, la que le complementaba y lograba hacer que la vida no fuese del todo tan injusta no lo amaba.
La muchacha abandonó el escenario después de presentar la primera canción y la tensión que ejercía sobre él se relajó hasta niveles algo más soportables. Dado que ya no estaba en su campo de visión, al menos podía pensar en otra cosa que no fuera empujarla contra la pared y enterrarse entre sus muslos hasta que lo único que gimiera fuera su nombre y nada más.
Lo haría. Oh, sí. La tocaría otra vez, la besaría, la haría suya y sería hoy mismo...
Pero, ¿Y si Sakura aparecía?, ¿Si su prometida regresaba a él?
Ni siquiera quería explicaciones, ni siquiera quería una disculpa por su parte o las razones por las cuales decidió abandonarlo a unos días de su boda. No le importaba, de verdad que no. Solo quería atarla a la cama, mantenerla despierta y húmeda durante toda la noche y conseguir que sonriera de placer y lujuria por cada año perdido esperando a que estuviera preparada, como un crudo recordatorio a todo lo que pudieron tener juntos y que los estúpidos prejuicios y doble moral de sus padres impidieron. Y repetir aquella tortura cada noche, hasta dejarle muy claro lo que sentía por ella y también que él sería su único dueño tarde o temprano.
La amaba tanto que necesitaba poseerla como si la odiara.
Echando la vista atrás, recordaba el lugar en el que Sakura y él se habían conocido y el lugar en el que estaba ahora: en Tomoeda, en el centro del viejo pueblo en plena primavera. Ella eran tan sólo una chiquilla de catorce años, linda, suave, vivaz y alegre. Él siempre fue oscuro, siempre fue frío...pero por ella hubiese sido el mejor marido.
Tuvo que contener un silbido de asombro, pero la corriente de realidad que lo recorrió fue devastadora. Su estúpida resolución de entregarse a ella era toda una estupidez y él seguía siendo un puto abandonado antes de su matrimonio. Trabajaba en Tomoeda y también tenía algunos clientes en Tokio y los poblados vecinos. Su familia era allegada a las familias más importantes e influyentes de su país, su padre era socio de Kinomoto, quien era el proveedor de caballos de carrera más prestigioso de Japón, él era tan adinerado como la familia de su prometida; pero era un perro sin escrúpulos comparado con ella, que había dirigido campañas de caridad en la iglesia de Tomoeda e incluso trabajó durante el último año ayudando en la escuela junto a su prima.
¿Sakura Kinomoto lo amaría algún día? Muy en el fondo conservaba esa esperanza, ella ni siquiera era capaz de llamarlo por su nombre...Tsukishiro es como lo llamaba.
¡Tsukishiro!
¡Nunca fue Yue para ella!
Cerró el asunto de Sakura antes de que una malsana amargura lo devorase por dentro. Ella de seguro continuaría con su vida después de la autoimpuesta separación, ¿de verdad había sido tan ingenuo como para pensar que no seguiría adelante? Ella era una luchadora. Siempre había demostrado ser fuerte y arriesgada y ahora que lo había conseguido, el ser una mujer fuerte, hermosa y auténtica a los dieciocho años, ¿Quién era él para juzgarla?
Los dos vivían en el mismo pueblo de mierda, una suerte de ciudad en mitad de parajes más angostos de Japón, donde cada uno de los habitantes estaba emparentado con su vecino por lazos de sangre. El pueblo se había levantado en torno a cuatro grandes familias, la de Sakura era de clase alta, católica, republicana y muy conservadora. Sus padres eran demasiado obtusos para alguien con el espíritu aventurero y soñador de la muchacha, que se ahogaba entre las cuatro paredes de su habitación y contemplaba con añoranza la ciudad de Tokio a través de las fotografías que solía observar en los periódicos o revistas.
Cuando se conocieron aquella suave primavera de hace cinco años, él llevaba dos años en la escuela de Tomoeda, antes había vivido toda su vida bajo la tutela de sus abuelos en Tokio y Sakura todavía no había cumplido los quince. La encontró sentada a un lado de la vía de piedra que conducía al pueblo, con una camiseta a cuadros y unos pantalones gastados por el que asomaban sus muslos pálidos y suaves. Se había quedado tirada porque se había caído del caballo debido a un susto y su corcel había salido huyendo despavorido dejándola tirada allí y además tenía un feo arañazo en la rodilla con la sangre ya reseca.
Hizo detener el auto a un lado para ayudarla, tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar y con el calor, la camiseta sudada y pegada al pecho. Se sintió tan extraño que le costó un buen rato bajar del coche para ayudarla a subir y regresar al pueblo, como un adolescente que no hubiera visto jamás las tetas de una chica que además se veía muy joven. Había tenido sus escarceos en la escuela y con alguna empleada de su hacienda y ella no tenía nada que no hubiera visto ya. Aun así, la fiereza con la que apretaba los dientes, rabiosa por haberse quedado tirada y la naturalidad con la que se movían sus pechos, lo fascinaron. Ella era pequeña, delgaducha, pero muy hermosa. Tenía unos senos pequeños y puntiagudos insinuados por encima de la tela, una voz aguda y llena de picardía, unos labios plenos y una barbilla terca, por no hablar de la sinuosa curva de su cuello y la cremosidad de su piel pecosa. Estuvo quieto durante todo el camino de vuelta, una sensación de asfixia no se relajó ni un grado. Después de dejarla en su casa y asegurarse de que estaba bien, tuvo que tocarse a sí mismo bajo el agua fría para sacar de dentro la tensión que lo había mantenido así durante más de cuatro horas.
Maldijo mentalmente. Todavía se acordaba del movimiento de su mano al abanicarse y de los profundos gemidos de placer que emitió cuando el chofer bajó la ventanilla para que el frescor de la velocidad le refrescase las mejillas.
Después de aquello se vieron por el pueblo un par de veces más y se enamoró de ella. Setiembre fue un mes muy cargado, el calor era sutil y en casa de Sakura hacían unas limonadas estupendas. Además, la casa de la familia de la joven quedaba a poca distancia de la suya, por lo que durante las tardes de esa primavera se perdían por los bosques o iban a pasear a los lagos. Se dieron su primer y único beso bajo una luna llena y rodeados de mosquitos que los acribillaron a picotazos, fue un ligero topón y por casualidad...para él había significado mucho.
Pero al llegar a casa de la muchacha, se acabó todo el encanto. Ella le confesó que tenía un prometido al que aún no conocía. Su reacción no fue la deseada, enloqueció y poco le faltó para lastimarla, decidió marcharse y no volver a verla nunca más. Pero cuando su padre le recordó que él también estaba prometido se sintió como un imbécil, más aun cuando su padre le dijo el nombre de su prometida.
El destino jugaba con ellos de esa manera tan absurda, ¡Ella era su prometida!
La amaba y al parecer ella lo amaba él y no había nada que no pudieran superar juntos, ¿No?. Eran jóvenes, confiados, y un poco ingenuos...de seguro ella le perdonaría por haberse comportado así.
Si hubiera sabido el horror que se desencadenaría después, se lo habría pensado dos veces antes de tratarla de esa manera. ¿Arrepentido por lo que había hecho? En absoluto. Sólo lamentaba vivir en un pueblo de mierda lleno de incultos arcaicos y protocolares, ¡No podía casarse con ella a los catorce años!
Casi no podía respirar. ¡Dios! ¿Cómo podía ella seguir afectándolo de ésta forma? Si dejaba que sus sentimientos se descontrolaran no iba a conseguir acercarse a dos pasos de ella sin caer de rodillas para besarle los pies cuando la viese de nuevo. Y eso no podía ser. No podía ser porque debía ser ella quién acabara postrada ante él, con la mirada lánguida, el cuerpo exhausto y una sonrisa de silenciosa satisfacción en los labios; estaría completamente desnuda, ¿Cuántas veces había soñado con algo así? ¿Cuántas veces había deseado que la sumisa que se presentaba ante él para recibir su adiestramiento fuese Sakura? ¿Cuántas veces había fantaseado con encontrársela en Nenemia, tan dispuesta como Aiko...pidiéndole ser el primer hombre que la iniciara en los caminos del placer, con la misma mirada que le dirigió cuando se besaron por primera y única vez.
Era un imbécil, pero era un imbécil resignado a vivir con el recuerdo de la única mujer a la que era capaz de amar.
¿Era tan fácil? ¿Así quería que fuesen las cosas? Resignarse sin dar batalla...
¿Sakura no merecía que luchara por ella?
Estaba confundido... ¿Tenía sentido?
No lograba entender qué hizo mal...él siempre la amó, la veneró como a una diosa, siempre la cuidó, la respetó...enserio que todo este tiempo fue un completo imbécil.
Alejó el vino para no caer en la tentación de empaparse en alcohol para envalentonarse y salir a buscarla nuevamente a esas horas de la noche, ella ya estaría muy lejos. No, haría las cosas con calma. Se moría de ganas por tocarla, por aspirar su aroma a cerezas, por ver de cerca las pecas de su cuello.
Lo sentía por el intruso chino, por ese mentiroso malnacido que se había atrevido a llevársela lejos de él, ¿Qué pensaba? ¿Que no los encontraría?
Conocía todo sobre la vida de ese miserable, incluso la dirección de su enorme mansión en Hong Kong... ¿A dónde más la llevaría si no es ahí? ¿Necesitaba el dinero de su familia, no? Si mañana no la encontraba, partiría lo más pronto posible a Hong Kong a traerla de regreso. Ya no le importaba nada más que sentir su piel cerca de la suya, que ella vuelva a mirarlo como alguna vez lo miró cuando era una adolescente.
Hasta que ese maldito apareció, él fue quien lo arruinó todo y era ahora que se daba cuenta de las cosas, desde que el chino llegó a la hacienda ella se alejó de él. Tantos años culpando a sus padres, a las viejas costumbres...
Todo era mentira, la estúpida niñata había caído presa de los encantos del chino desde aquellos años y por eso lo rechazó cuando él le pidió perdón. Olvidándose de todo, de todo lo que él había hecho por ella... ¿No valía nada para Sakura? ¿Así fue como mantuvo su promesa de matrimonio durante todos estos años? ¿Así de despreciable era realmente esa mujer?
Shaoran Li podría tenerla ahora pero estaba equivocado si creía que sería para siempre...la traería de regreso, claro que lo haría...no importaba la condición en lo que haga.
"Tú la puedes tener ahora, Li...pero yo la vi primero, colega. Es Mía"
Ella todavía no lo sabía, pero iba a ser suya de nuevo. Y ésta vez para siempre.
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