Hola a todos, aquí un nuevo capítulo...perdonen por la hora pero es cuando me llegó la inspiración xD
Un capi subido de tono :P pero especial entre parejas (SxS y ExT), espero les agrade. Me gustaría mucho conocer sus opiniones y comentarios sobre la historia :)
Saludos a todos.
Advertencia: Lime, Lemon xD
Disclaimer: Los personajes de ésta historia pertenecen al grupo CLAMP.
MIEL Y CHOCOLATE
Capítulo 19
**Frenesí**
Nenemia
La calle estaba desierta a esas horas de la noche, pero Shaoran estaba demasiado absorto en sus propias reflexiones como para estar pendiente del paisaje. No podía dormir, lo único que podía hacer era pensar en Sakura, en los minutos que faltaban para volver a verla y en que tenía que tranquilizarse, convenciéndose de que todo estaría bien...había visto a Yue Tsukishiro dentro de Nenemia hace poco más de una hora, estaba junto a Aiko...Si esa mujer hablaba estaba perdido. Por el momento era capaz de mantener a raya su molestia e incomodidad, pero si se ponía a pensar en eso acabaría tan nervioso por la anticipación que ella se enfadaría.
Y lo último que Shaoran quería era disgustar a la preciosa ninfa.
Los golpes en la puerta rompieron el apacible silencio. Miró el reloj, que marcaba las doce de la noche y se frotó la cara, confundido. ¿Sakura? ¿A éstas horas? No se verían hasta dentro de, por lo menos, dos horas. Tocaron otra vez, tres golpes y supo entonces que se trataba de ella. ¿Qué hacía allí tan pronto? Su concentración se rompió y sintió un nudo de deseo bajarle por el vientre, despertándolo de su letargo.
Sakura había ido junto con Nanami y Clow, se había empecinado en hablar con ellos sobre su padre. Clow Reed, ¿De verdad era amigo de su padre?, cuando se lo dijo se sorprendió demasiado. No estaba preparado para escucharlo, no quería oírlo. ¿Si tan amigo era de su familia por qué ocultó la verdad sobre la muerte de su padre? Había demasiadas cosas extrañas en todo esto. Por un lado estaba el padre de Sakura, Fujitaka quien no le parecía sincero. Estaba Tsukishiro que seguro estuvo involucrado y también Clow Reed, a pesar de hacerse llamar amigo de su familia.
Lamentablemente la carta que su madre le había respondido hace pocos días, no había sido lo positiva que esperaba que fuese, su madre le escribía claramente que ella no se oponía a su relación con la hija de Kinomoto, pero que no podía obligarla a tolerar allí a la muchacha, y menos por parte de su hermana, Fuutie.
Ella aún vivía en casa de sus padres, ya estaba comprometida pero todavía se casaría en unos meses. Si llevaba a Sakura a la mansión Li, posiblemente le hagan la vida imposible, conocía de sobra a su hermana; sabía de lo que era capaz.
– Hola – saludó ella cuando Shaoran abrió la puerta. La miró de arriba abajo, no parecía sentirse afectada por la falta de sueño, iba completamente despejada y con la mirada fresca.
– Pensé que hablarían más... – dijo él haciéndose a un lado para dejarla entrar.
– ¿Estabas durmiendo, Shaoran?
– No. Te estaba esperando.
– Pude hablar con Clow y entendí algunas cosas sobre el pasado de nuestros padres...pero Nanami tenía que ir hacia el salón y su esposo la siguió – se rió la muchacha con las mejillas sonrosadas y su precioso cabello color miel largo acariciándole los brazos y la frente.
Shaoran se mordió el labio inferior al verla pasar por su lado. La joven Sakura Kinomoto, la niña bonita del Conde Kinomoto, iba envuelta en una gabardina de color beige que le llegaba por las rodillas. Podía ver sus medias enrejadas y sus zapatos de tacón bajo y tuvo que sacudir la cabeza para evitar imaginar lo que llevaba debajo, ¿Qué le estaba pasando?. Pero la ansiedad lo traicionó y empezó a sentir una gran incomodidad. Cerró la puerta y apretó la mandíbula para no ponerse todavía más nervioso.
Sakura entró a la habitación y se quitó los guantes, depositándolos cuidadosamente sobre la mesa de noche. El contraste entre la humilde habitación que Nanami les había asignado ésta noche y la elegancia infinita de ella podría haber preocupado a cualquier hombre, pero no a él. Shaoran sabía lo que ella buscaba y también sabía que nadie salvo él podía darle lo que ella quería. Sakura no era exigente, pero no pudo encontrar nada en el pueblo que la hiciera sentirse especial. Sin embargo, allí, con él era donde realmente florecía y sacaba a la luz su verdadera naturaleza.
Shaoran estaba orgulloso de ser el responsable de su felicidad.
– ¿Qué haces aquí tan temprano, cariño?, habíamos acordado a las dos ya que nos pasaran a buscar a esa hora – quiso saber, sonriéndole de lado tratando de ponerla nerviosa.
– Es que ya no soportaba a Nanami...traté de apurar la conversación y después tuvo que irse – dijo como si nada – He dejado una nota que ella le hará llegar a mi padre cuando hayamos partido, Tomoyo me facilitó el dinero que tenía ahorrado, lo escondía en mi habitación...ya estoy lista para fugarme contigo.
Shaoran asimiló la información con naturalidad. Llevaban tiempo hablando de ello y planeándolo, le gustó saber que por fin su niña había abandonado aquel nido de cuervos donde todo el mundo la juzgaba por ser la hija del conde.
– ¿Qué pasará con tu padre y tu prometido? – insistió Shaoran. Si ella dudaba, su aventura no duraría más de un día.
– Yue no sabe dónde estoy. Igual que mi padre tiene sus métodos para seguirme, yo tengo los míos para despistar su vigilancia. ¿Qué pasa? No pareces muy contento de verme, Shaoran… – Durante un momento, la dulce Sakura mostró debilidad. Esa nota vulnerable puso a Shaoran a pensar en lo que estaba haciendo, ¿Por qué se estaba comportando de esa manera? ¿Acaso ahora dudaba? – Ah, ya entiendo – ronroneó bajando la mirada por el cuerpo masculino hasta detenerse en su regazo. Se mordió los labios con los ojos llenos de pasión y él se puso más tenso – Sí que te alegras de verme. Shaoran, ahora no quiero hablar de nada, ¿Si? Sólo quiero estar contigo, nada más...hasta que tengamos que partir.
Sakura llevó las manos al cuello de su abrigo y empezó a desabrocharlo. Shaoran cerró los puños cuando ella descubrió en su garganta un fino collar de plata y mientras la ristra de botones se iba liberando, ella iba mostrando más y más piel. Las mangas del abrigo se deslizaron por sus brazos y la pieza aterrizó a sus pies. Shaoran se sintió mareado al ver que la dulce ninfa se había paseado por Nenemia vestida únicamente con unas medias y unos tacones.
– Sakura...estás desnuda – dijo con un hilo de voz.
– No necesito nada más para estar contigo, Nanami...me estaba dando unos consejos – respondió cubriéndose los pechos con las manos. Él deseó ser esas manos, pero la idea de que Clow haya podido ver algo de su piel desnuda lo ponía enfermo.
– ¿Y Clow? ¿Él estaba allí cuando eso pasó? – cuestionó malhumorado, la pequeña ninfa sólo abrió los ojos sorprendida.
– ¡Claro que no! ¡Clow ya se había marchado! - respondió inmediatamente – ¡Tú eres el único hombre que me ha visto desnuda!
– Lo sé...lo lamento - el ambarino sólo agachó la mirada y volvió a sentarse sobre la cama – Sé que sólo Tomoyo y ahora Nanami te han visto desnuda...además de mí.
– Sí, ya sabes que me bañaba a veces con ella, no era nada pervertido, por favor no pienses mal, ¿Si? – Tomó la mano de su novio y la dirigió hasta su mejilla, él levantó la vista y la miró a los ojos, perdiéndose en ellos.
Shaoran cayó rendido sintiendo como la azucarada voz de súplica de su novia entraba en su cerebro y se escurría por su cuerpo hasta explotar en su entrepierna. Sakura se aproximó a él con lentitud exponiendo su precioso cuerpo, pero se detuvo y su mirada se endureció. Shaoran vaciló, pero comprendió lo que ella quería.
– Siempre estaremos juntos – susurró ella. Sintió un escalofrío en la espalda desnuda. Una gota de sudor le bajó por la frente y tragó saliva, pero tenía la boca demasiado seca.
Los pies de Sakura entraron en su campo de visión, preciosos, elegantes, adictivos – Quítamelos, ¿Si? – pidió levantando uno de los tacones.
Él la miró sorprendido, ¿Era esto lo que Nanami le había estado enseñando a su pequeña ninfa? ¿Cuántas facetas más le quedaban por conocer de ella? Sin duda muchas...y tenía todas las ganas del mundo de descubrirlas.
Rodeó jubiloso el delicado tobillo de la chica con sus grandes manos y acarició la curva de su talón, retirando el calzado de su pie izquierdo. Le acarició el empeine y los dedos antes de repetir la operación con el otro pie. Como recompensa, ella enterró los dedos entre sus cabellos y él reprimió un gemido de gusto. Era la primera vez en su vida que hacía algo como esto, y le gustaba. Los dedos de Sakura le acariciaron la frente, los pómulos y las mejillas. Con las dos manos le rodeó el rostro y lo impulsó hacia arriba para que levantara la cabeza. Él la miró perdiéndose en su infinita belleza, en el aura de diosa que la rodeaba y en la humedad de sus labios.
– Te quiero – le dijo ella – ¿Y tú, pequeño lobo, me quieres? No me digas lo que quiero oír, sólo dime lo que sientes...Shaoran.
– Te amo, mi cerezo.
Ella se ruborizó y emitió una risa con regocijo.
– Ay, Shaoran, eres tan tierno – murmuró apretándolo a su cuerpo – Pensar que cuando te confesé mis sentimientos...no querías ni mirarme siquiera – Él hundió el rostro en su vientre y se abrazó a sus piernas, temblando de emoción, el amor que sentía por ella era tan profundo, tan puro y a la vez tan doloroso que le llenaba el alma. Ella le acarició los hombros y la espalda, Shaoran aspiró el aroma a cerezos de su piel mezclado con el propio aroma femenino que emanaba de ella y que lo estaba volviendo loco – Shaoran, ¿estás preocupado? – preguntó ella al rato, con la suavidad de una pluma. Él no pudo ocultar su rubor.
– Sí, Sakura.
– Por favor, no debes ponerte así ahora...todo estará bien. Yo confío en ti, ¿Lo sabes verdad? – Le dijo acariciando su rostro, Shaoran tomó sus manos y las besó con devoción.
– ¿Lo prometes? Prométemelo Sakura...que estarás a mi lado pase lo que pase – le dijo, sentía una opresión en el pecho y era por su familia, no quería que la hagan sentir mal. La amaba demasiado como para exponerla a ese martirio. Pero no tenía otra opción, si quería hacer las cosas bien tenía que presentar a Sakura Kinomoto ante el Concilio y el Clan Li. Tenía que ser aprobada como su futura esposa. Ella cumplía con todos los estúpidos requisitos impuestos por ellos, pero...ser hija del hombre al que presuntamente culpaban por la muerte del ex jefe del Clan, pesaría demasiado en su contra.
Pero haría todo lo necesario para demostrarles que ella no tenía nada que ver en eso, Fujitaka estaba mintiendo posiblemente en algo...pero él no lo había matado. Estaba seguro, le ocultaba algo sí, pero no era el culpable.
Tenía que convencer a los viejos del Concilio y a su madre de eso.
Shaoran se puso lentamente en pie, como una bestia desperezándose. Era un palmo más alto que ella, con el cuerpo grande y perfectamente esculpido, ella era delicada y suave. Este contraste lo inflamaba de deseo, pero lo que más anhelo causaba en sus entrañas era esa aparente fragilidad de porcelana de Sakura. La muchacha se pegó a él presionando sus pechos erizados contra el pecho desnudo del chino y lo besó en el hueco de la garganta. Lamió su cuello y luego le mordió la oreja y él enloqueció hasta un nivel que empezaba a ser muy molesto.
Tal y como a ella le gustaba, lo sabía.
– Tengo ganas de estar así contigo siempre, Shaoran – le susurró al oído. Él contuvo un gemido – ¿Tú lo quieres?
Era una pregunta con trampa.
– Vivo para complacerte, mi cerezo.
Ella suspiró y le besó la oreja con los labios calientes al tiempo que empezaba a mover la mano sobre su miembro. Después, muy lentamente, se deslizó hacia abajo, frotando su desnudez contra la erección que sostenía con una mano. Era una de esas ocasiones en las que deseaban entregarse por completo al otro. Habitualmente era él quien acostumbraba a llevar las riendas de la situación, pero ésta vez estaba dejando que ella los guiara por aquel camino de placer.
–Te amo, Shaoran – gimió, derramando su cálido aliento sobre la piel sensible de su novio.
– Y yo a ti, Sakura – masculló él, casi sin voz. Se golpeó mentalmente por haberla llamado así y no Cerezo, titubeó con una convulsión temerosa de que ella pudiera haberse enfadado por aquel lapsus.
Shaoran se inclinó para acariciarle la espalda, agachándose hasta alcanzar sus tersas piernas y metió las manos entre ellas para tocar la humedad que había entre sus muslos. Ella se aferró a él con tanta pasión que estuvo a punto de ahogarse. Estaban tan absortos en su placer que no se dieron cuenta de que en la calle habitualmente desierta, un coche negro había aparcado frente a la casa.
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Residencia Hiraguizawa
Ella quería ser como las heroínas de las historias de amor de los ballets. Quería ser una mujer que amara apasionadamente para embriagarse de todas las intensas emociones que traían consigo los romances.
Nunca se había enamorado en sus cortos diecinueve años. No podía entender cómo funcionaba, su vida había girado en torno al arte, al canto y a la disciplina. Sabía lo que era el amor, por supuesto; lo había visto en muchas de sus formas y lo envidiaba, porque nunca lo había experimentado. Pero tenía dudas de que alguna vez pudiera enamorarse de una persona. Ella amaba el canto con sus virtudes y sus defectos y luchaba por él. Ella sabía que si alguna vez sentía lo mismo por una persona, entonces estaría segura de estar enamorada.
Hasta que él apareció en su vida, aquel muchacho de mirada zafiro y sonrisa aduladora...con tantos secretos en la mirada que dolía, dolía amarlo tanto como lo hacía.
Hacer el amor con Eriol había sido una experiencia enriquecedora y quería disfrutarla de nuevo. No tenía planeado que su primera vez fuese así, él no era el hombre perfecto ni la situación fue perfecta, pero encontraba cierto romanticismo en la situación.
Para empezar, había una enorme diferencia entre ambos, personal y cultural, y eso hacía que aquella aventura fuera un poco más emocionante. Sabía que no podía equivocarse con él —nunca estaría segura de eso— y se repitió una y otra vez que si estaba teniendo una esperanza con él, era sólo porque le hacía sentir cosas que nadie más iba a proporcionarle nunca.
Igual que un maestro de canto enseñaba a sus alumnos a colocar la voz y entonar perfectamente una melodía, Eriol le enseñaría a perder la cabeza. Estaba convencida de que él era la solución; lo que había estado esperando.
— ¿Tienes hambre? — preguntó él cuando cruzaron el amplio vestíbulo privado de su ático apartamento.
Negó. Eriol le apretó la mano y subieron en silencio hasta la habitación. Le apetecía olvidar los sinsabores del día concentrándose en las sensaciones que aquel chico despertaba en su cuerpo. Era el escape perfecto, nada de problemas, nada sobre mentiras, nada sobre prometidos estúpidos que no sabían aceptar un no por respuesta, nada sobre la distancia que pronto la separaría de su querida prima.
El dormitorio estaba como la última vez que lo vio. La cama de postes seguía en su lugar, los sillones tapizados a un lado, la puerta del baño abierta. La cama estaba destapada, el edredón doblado a los pies y las sábanas, que ella recordaba blancas, ahora eran de color ojo, lo que le daba un toque más decadente. Eriol había colocado dos lámparas junto al cabecero para iluminar con colores cálidos toda la esquina. Lo encontró muy sugerente y no pudo evitar fantasear con lo que pasaría dentro de unos minutos.
Se frotó las muñecas de forma inconsciente y Eriol lo vio. Levantó el brazo para rodearle la nuca, la acercó hacia él y la muchacha separó los labios dejando salir un suspiro. Él se inclinó sobre su boca profundizando un beso lento y cargado de intenciones y ella se sujetó a sus hombros cuando notó que se le doblaban las rodillas.
— Has respondido a mí con tanta dulzura que apenas puedo esperar a estar dentro de ti, mi hermosa prometida — murmuró él.
Tomoyo notó su aliento sobre los labios mojados y se acaloró. Rodeándola con los brazos, la apretó contra su cuerpo. Ella jadeó al sentir su erección presionando contra su vientre, de inmediato su imagen apareció en su cabeza y enrojeció de pudor. Lo recordó aquel día, con esa extraña mezcla de miel y chocolate bañando su cuerpo, en mitad de una nebulosa de placer, mientras él la acariciaba con apasionado erotismo. Jadeó al recordar su caricia entre los muslos, aquella ardiente sensación que había tocado sus partes más inflamadas y luego se había introducido entre su piel, abriéndola y haciéndola arder.
Sus pensamientos se dispersaron y formaron una maraña de confusión en su cabeza. No quería pensar en lo que iba a hacer, simplemente quería hacerlo. Quería desnudarse y entregarse a él. Cuando estaba con él se acababan las presiones, las responsabilidades, las obligaciones, los problemas. Pero aparecían otro tipo de responsabilidades y presiones mucho más intensas y dolorosas, que culminaban en éxtasis.
— ¿Quieres sentirme aquí y ahora? — preguntó inclinándose un poco más sobre su boca.
No quiso responder, no podía. En cambio, hizo lo que llevaba deseando hacer todo el maldito día. Lo cogió por la cara y le cubrió la boca con los labios. Él ladeó la cabeza para profundizar al beso y acarició la lengua de Tomoyo iniciando un tórrido paso a dos. Él sabía cómo moverse para que ella lo siguiera, sabía cómo mantener el ritmo y la presión justa. Ella podía saberlo porque había bailado con muchos hombres en las fiestas de gala a las que había ido con sus familiares, y cuando un bailarín era diestro, ella lo notaba en el cuerpo. No todos sabían llevar a una pareja.
Él sí lo sabía. Sabía cómo bailar y fluir a su ritmo. Sabía cómo llevarla.
Se apartó, dejándola exhausta y repleta de necesidad. A ella le resultó difícil mantenerle la mirada, era como mirar directamente al sol, sentía que se abrasaba. Pero igual que cuando se mira al sol, no podía dejar de hacerlo, fascinada por el ardor de sus ojos.
— Voy a hundirme en ti tan profundamente que no podrás olvidarme jamás, Tommy.
— No pretendo hacerlo...
Ella parpadeó, con las mejillas a punto de explotar. Su piel se erizó al imaginar su cuerpo frotándose desnudo contra el de Eriol hasta que el roce los hiciera arder y el fuego los consumiera hasta que no quedaran más que cenizas. Su cuerpo lo sabía. Su sangre. Incluso su piel sabía lo que iba a suceder. Su mente aún trataba de hacerse a la idea, pero ella no hacía más que temblar de anticipación.
Eriol la besó con ardor y su corazón se saltó un latido. Ella deslizó las manos por su cabeza notando calambrazos en los dedos y en los pechos. Estaba palpitando y él ni siquiera había comenzado a desnudarla.
Había fuego en sus ojos. Caos. Y una oscura y primitiva lujuria que le impactó directamente en el vientre. La cogió por la cara y la besó introduciendo la lengua tan dentro de ella que comenzó a sentir el roce en otras partes de su cuerpo.
Supo que ese era el inicio de una nueva tortura, le gustaba ponerla en esa situación. La provocaría, la tentaría hasta que su deseo por él fuese tan inmenso que no deseara otra cosa que sus caricias. Nublaría su razón hasta que su parte física tomara el control, hasta que sus instintos salieran a la superficie y abriera su cuerpo a él.
Hasta que fuera incapaz de negarle nada y suplicara por más.
Le puso las manos en el pecho, su camisa estaba caliente y ella cerró los puños deseando arrancársela para sentir en las palmas el suave vello que le cubría el torso. Quería tocar, explorar; por primera vez en su vida sentía curiosidad por el cuerpo de un hombre. Oh, los había visto algunas veces, en la hacienda había varios hombres atractivos como su propio primo Touya, el joven Li, Hiro...que para ella era algo tan corriente que no se sentía ni un poco impresionada.
Pero Eriol era distinto. Eriol era un hombre, ella lo amaba, no era sólo un cuerpo que desprendía pasión. Ella quería absorber esa vehemencia, esa anhelante lujuria, ese deseo extremo y acuciante...y amarlo en cada una de sus tonalidades.
Apenas podía respirar. Se estaba ahogando, todo iba demasiado deprisa. Ni siquiera sabía lo que tenía que hacer, no le importaría pasarse horas perdida entre los labios de su prometido, paladeando su sabor, recreándose en la rugosidad de su lengua, en la humedad de sus labios. Pero tenía que hacer algo más, eran una pareja, uno solo no podía hacer algo si no lo hacían los dos.
Llevó las manos hacia abajo para tocar la piel dura de su abdomen. Eriol se apartó de ella para inspirar con fuerza y la atravesó con una mirada que era puro pecado. Ella subió las manos por su torso, gimiendo al sentir como su vello le hacía cosquillas en los brazos; sus pechos se tensaron en respuesta. Subió hasta tocar los pectorales del inglés y buscó, con una mezcla de curiosidad y pudor, los pezones masculinos. Sintió que se moría de vergüenza cuando los encontró y él comenzó a reírse de un modo tan grave que su voz parecía salir desde el fondo de un pozo.
— ¿Te gusta lo que estás tocando, Tommy? — preguntó con una media sonrisa.
Ella apartó las manos, no se creía lo que acababa de hacer. Eriol se sacó la camisa, cogió la mano de la joven y se la colocó sobre el pecho. Ella sintió sus desbocados latidos en la palma.
— A mí también me gusta que me acaricien los pezones, preciosa. Y que me los succionen y los muerdan. ¿No te gustaría probar?
Se atragantó con su propia saliva. Estaba tan acalorada que apenas podía pensar, asimilar y ofrecer una respuesta coherente. Decidió cerrar la boca antes que ponerse a balbucear, apenas era capaz de juntar dos palabras sin que se le trabara la lengua. El corazón le retumbaba en los oídos, casi podía asegurar que sus latidos hacían eco en las paredes de la enorme habitación.
Eriol le puso una mano en la parte baja de la espalda y la acompañó hasta la cama. Ella se esforzó por mantenerse erguida y no caminar a cuatro patas debido a la escasa fuerza que le quedaba en el cuerpo. Él le robaba toda la energía, con sus palabras y sus acciones.
«¿Cómo puedo sentir tanto deseo y tanto terror a la vez?».
— Mírame.
Ella levantó la temblorosa mirada hacia él. La lujuria que vio en sus ojos añadió más leña al fuego. Eriol recorrió sus muslos con los dedos, tocándole la rodilla para separar sus piernas.
— ¿Me quieres? — preguntó.
Asintió ansiosamente. Ni siquiera supo lo que estaba haciendo, movió la cabeza afirmando.
— Sí — añadió con la voz ronca.
Eriol intensificó las caricias, pero no fue suficiente. Sollozó, ardiendo por entero, perdida en un mar de furiosa necesidad.
— Por favor...
— Tomoyo dime que te pasa — exigió él.
— Nada, no me pasa nada — respondió nerviosa.
— Estás muy sensible por todo lo que pasa a tu alrededor Tommy, lo sé, puedo verlo en tus ojos. Y te lo guardas todo, no dejas salir nada. No debes huir de mí, estoy aquí para ti. Vamos a casarnos pronto, cuanto más sincera seas, más podré saber qué esperas de mí. ¿Qué crees que pasaría si ahora hiciera esto?
Alejó la mano y ella se revolvió.
— ¡No! Por favor...Eriol.
— ¿Volverás a ocultarme algo de ti?
— No.
Puso el pulgar sobre uno de sus pezones para trazar una caricia deliciosamente suave. El toque atravesó la erizada cresta haciendo que se pusiera más dura y más tensa. Ella cerró los ojos, gimiendo de dolor.
— ¿Serás sincera conmigo?
— Sí.
Estaba dispuesta a decir lo que fuera para que él no dejara de amarla jamás.
— Mírame — Cuando ella clavó los ojos en él, Eriol la atravesó con una ardiente mirada — Te amo Tomoyo.
Recuperó la razón con un último suspiro.
Eriol la amaba, a ella...de todas las mujeres que había conocido en su vida, la amaba a ella. Lo observó a los ojos, él le acunaba la cabeza con una mano sin dejar de acariciarla con la otra. Todavía sollozaba cuando la potencia de aquel momento se desvaneció y le sonrió...una sonrisa que sólo quienes la amaban y amaba de verdad podían ver.
Luego la tumbó sobre la cama, sin apartar la mirada de sus ojos.
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