Reto de BlueSpring-JeagerJaques
Pairing: Mimato
Género: Hurt/Confort.
Comentarios: Conversé con BlueSpring y los cambios en el fic (no en la esencia del mismo) fueron aprobados. :)
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Please, Hurt me
Lore-chan
DOS: Las cuerdas de la guitarra.
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I
Las drogas estaban haciendo lo suyo. Lo supo en el instante en que dos enfermeras tuvieron que arrastrarla hasta el baño para meterla en la tina a bañarla.
Mimi trató de recordar dentro de su adormecimiento mental cuando había sido la primera vez que mojó la cama y entre más hurgaba en ello, las lágrimas comenzaron a caer silenciosas. Se mezclaban con el agua y en la poca conciencia que le quedaba agradeció que un poco de shampoo le cayese en los ojos, de esa forma disimulaba en alguna medida la rojez alrededor de su pupilas.
Las dos mujeres que la bañaban no era muy delicadas y eso era lo que más disfrutaba dentro de su estado.
–¿Debo anotar esto? – preguntó una enfermera a la otra apuntando cerca de las costillas de la castaña.
–Sí.
–Parece reciente. No estaba en su historial la semana pasada.
–Se lo hizo por un descuido de una enfermera. La despidieron. Así que debes ser muy cuidadosa con lo que traes a la habitación de cada paciente. Todo lo que traes, te lo debes de llevar.
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II
–Supe que trataste de escapar golpeando a varias personas… - comentó el Doctor Kido de manera casual mientras tecleaba en su laptop.
Yamato sonrió con ironía. Se cruzó de brazos moviendo su cabeza de tal forma que un mechón rebelde no le tapase la vista.
Joe lo miró alzando una de sus cejas a la espera de que el rubio frente a él contestara, pero éste permanecía impertérrito en su asiento con los labios curvados.
–Le rompiste la nariz a un guardia – Yamato por alguna razón encontró que las paredes de la consulta del doctor eran muy interesantes – Yamato vas a cumplir un mes y estamos en el mismo escalón en donde empezamos. No hemos avanzado, no quieres afrontar tu problema, no quieres…
–Quiero mi guitarra – soltó el otro con brusquedad, sin mirarlo – te lo he dicho en todas las malditas sesiones. Primero mi guitarra. Luego comenzamos lo que sea que deba comenzar.
–Y yo te he respondido en todas esas mismas sesiones que primero debes mostrar compromiso de tu parte y que solo así podrás tenerla. Bajo supervisión, pero la tendrás.
–Entonces… no vamos a avanzar ningún escalón.
El hombre de lentes dejó de lado de computadora, cerró la tapa y se concentró en el rubio totalmente. Inspeccionándolo.
–¿Quieres la guitarra?, ¿en verdad la quieres?
–Sí.
–Está bien… puede estar aquí mañana a primera hora, pero estará solo si respondes a mi pregunta – el rubio lo miró torciendo la boca – ¿Qué sentías cuando ocupabas las cuerdas de la guitarra?
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III
La dejaron sentada en una de las bancas de los jardines, justo donde llegaba el sol del mediodía tapada con un cobertor color sandía. A su lado se acomodó una enfermera de cabellos negros y lentes que parecía tenerle alergia al aire porque estornudaba cada cinco minutos.
Mimi estaba y no estaba allí. Su mente estaba en modo pausa al igual que su cuerpo, tenía los ojos perdidos en unas aves que se bañaban en una fuente a un par de metros. Jugueteaban entre ellas y en cuanto emprendieron el vuelo una horrible angustia se apoderó de Mimi, las observó alejarse y en ese preciso instante su respiración de aceleró y una crisis de pánico obligó a la enfermera a calmarla. Si no fuera por lo profundamente medicada que estaba, ella habría salido corriendo a buscar algo con que apagar físicamente esa angustia, pero sus extremidades no respondieron.
–Señorita Tachikawa todo va a pasar – dijo la pelinegra con tranquilidad – concéntrese en su respiración, cierre los ojos y sienta como el aire entra y sale de sus pulmones, como…
–Debes anotar todo –Interrumpió en un susurró mirándola de soslayo.
La enfermera sacó una lapicera de su pantalón y una pequeña libreta de su chaqueta.
Todo pasó muy rápido, demasiado rápido. Mimi le arrebató la pluma, parecía que había despertado de un sueño, se levantó el vestido y se enterró un cuarto del lápiz en su muslo.
La pelinegra pegó un grito. Mimi echó la cabeza hacia atrás en el banco tiritando.
Sonrió al momento que soltaba todo el aire guardado dentro de ella.
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IV
–¿Qué hiciste?
–Golpeé al doctorcillo. ¿Qué hiciste tú?
–Hice que despidieran a otra enfermera.
Ambos rieron.
Los separaba una gruesa pared, pero una rendija del aire acondicionado les permitía, al menos, oírse.
Luego de cruzar miradas aquel día en la sala de visitas, se buscaron la tarde siguiente en los jardines.
Yamato fue el primero en verla. Estaba apoyada en un árbol cerca de la malla que separaba a hombres y mujeres. Se acercó con las manos enterradas en su pantalón color burdeos, trató que fuese lo más casual posible. Ambas secciones no tenían permitido hablar entre ellos, no al menos sin permiso de sus respectivos doctores.
Se miraron sin decir ni una palabra, pero sus ojos dijeron todo, hasta las drogas que corrían por su sangre en esos instantes. Se inspeccionaron como lo hacían dos perros que desde la distancia decidían si atacar, alejarse o simplemente mostrarse los dientes.
Así fue durante diez días, hasta que Mimi decidió hablar.
–Te he visto en televisión.
–Yo también – respondió el rubio.
–¿Será un efecto secundario?
Yamato se encogió de hombros. No había ninguna expresión en sus rostros.
–¿Quién fue?
–Mis mejores amigos. ¿Quién fue?
–Mi hermano.
No hablaron más. Sino hasta dos días después.
–¿Qué hiciste?
–¿Yo? Nada – Mimi se concentró en sus manos temblorosas. Odiaba la nueva droga y sus consecuencias - ¿Qué hiciste tú?
–¿Yo? Demasiado.
–¿Por eso no te dejan dormir?
–Quizás… ¿Por qué no te dejan dormir a ti?
–Por no haber hecho nada.
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V
Ambos descubrieron que las habitaciones de "castigo" no separaban a hombres y mujeres ya que se encontraban dentro de un sector donde estaban las consultas de los doctores y podían ser vigilados las 24 horas del día.
Lo supieron sin querer y después de que los descubrieran conversando. El Doctor Kido y la Doctora Orimoto se escandalizaron en el segundo que lo supieron. No era porque fuesen hombre y mujer, sino porque la enfermedad que ambos padecían los podían llevar a un punto sin retorno. Podían destruirse en un segundo.
Lo que ninguno de los dos doctores supo es que la ventilación comunicaba todos los dormitorios de esa sección. Lo más probable es que ninguno de los que pasaron por allí dijo algo al respecto.
Mimi llegó primero, después de arrebatarle a una enfermera una pluma de punta filosa, de esas que necesitaban tinta para funcionar. Se hizo un profundo corte bajo el seno derecho, entre las costillas. En esos momentos estaba desnuda frente a la mujer, que era de contextura gruesa, ésta estaba precisamente anotando alguna nueva marca que pudiese haberse hecho Mimi durante esa semana.
Yamato llegó al día siguiente, cuando un enfermero llegó a su cuarto a entregarle sus medicamentos, el rubio se abalanzó sobre el mismo golpeándolo, hizo lo mismo con dos o tres más que se le atravesaron en el camino. Él iba a irse de ese lugar, aun así tuviese que golpear al personal en su totalidad. Llegaron los guardias y al primero le quebró la nariz, pero fue reducido entre cuatro hombres más.
No logró llegar ni a la mitad.
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VI
–También canto.
–Debes de hacerlo muy mal si nunca te he oído.
–Idiota.
Mimi no pudo ver la sonrisa en el rostro de Yamato.
–Espero que nunca vuelvas a tocar tu maldita guitarra.
–Espero que las lapiceras desaparezcan de la faz de la tierra.
Yamato no pudo ver la sonrisa en el rostro de Mimi.
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VII
Mimi no estaba de ánimo. Nunca lo estaba. Pero ese día, en verdad que no lo estaba en lo más mínimo.
Le dolía la cabeza y había vomitado a posta las pastillas que le dejaron en su manos. La tuvieron que bañar una vez más. No le molestaba que lo hicieran, durante aquellos baños se sentía como una princesa de la época medieval donde los sirvientes hacen todo y ella nada.
Luego la vistieron con ese horrible pantalón burdeos y esa camiseta blanca. La sentía más holgada que el primer día y supo que había adelgazado.
Sonrió internamente, necesitaba urgente un espejo y verse rota.
–Mimi, no podrás volver a salir al jardín sin supervisión – habló la doctora Orimoto mirándola con severidad.
–La última vez no estaba sola.
–Lo sé.
–Entonces no entiendo a qué te refieres.
–¿Ishida? ¿Te suena Ishida?
–Puede ser.
–Mimi no hemos avanzado en nada. ¿Quieres estar aquí para siempre?
–Hagamos un trato.
La rubia doctora alzo una de sus cejas con curiosidad.
–Él quiere su guitarra. Dásela y yo hablo. Hablaré todo lo que quieras, no me guardaré nada. Hablaré tanto que querrás callarme.
–No puedo intervenir en las decisiones que mis colegas.
Mimi vio que la hora de la terapia había terminado, se levantó de su silla un poco mareada. Se quedó allí frente a la doctora Orimoto con su pokerface.
–¿Quiere saber cómo pierdo tanto dinero? Le daré una pista, adoro ver como las cosas se destruyen.
–¿Cómo lo hicieron contigo?
–¿Por qué no conversa con su marido hoy mientras están en la cama?... puede ser antes o después de un polvo. De seguro lo debe necesitar, oí que está con licencia médica después del golpe.
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VIII
Yamato sonrió complacido y desde la lejanía de su puesto alzó su guitarra para mostrársela a Mimi que a muchos metros de distancia, y acompañada de una enfermera de cabellos violáceos, se trenzó el cabello y no le dedicó ninguna expresión facial.
IX
Yamato tenía frente a él a un hombre muy parecido a Joe Kido, el cual resultó ser el hermano del mismo.
Hubiera querido sentirse culpable por haber golpeado al que era su doctor, pero no lo hizo. No lo sentía. La pregunta que le había hecho fue un llamado a sus demonios internos y éstos reaccionaron, tomaron control de su cuerpo y lo último que recordó fue tener al peliazul bajo su cuerpo golpeándolo sin cesar. Entre tres enfermeros y un potente calmante lograron sacarlo de la consulta.
–Yamato Ishida – nombró Shin Kido leyendo en el computador lo que parecía ser el resumen de todas las ineficaces terapias que llevaba – cantante, muy exitoso por lo visto. Todas tus propiedades, todos tus autos… en prenda. Vaya hasta tu cuenta bancaria está retenida, tu custodia actualmente está en manos de tu hermano menor Takeru Takaishi – se quedó en silencio, frunciendo el ceño – Son muchas demandas en su contra señor Ishida – abrió sus ojos asombrado – vaya… me asombra que Joe haya cedido con respecto al tema de la guitarra.
Yamato empuñó las manos, su vista se empezaba a nublar.
–Toqué un punto sensible, al parecer – dijo el doctor al notar su reacción – Te comento que sé karate, cinturón negro. No me vas a derribar tan fácil como a mi hermano – Shin Kido se levantó de su puesto y se colocó a un lado de Yamato que miraba en suelo con insistencia – Yo opto por terapia de shock. No habrá rodeos conmigo. Pero también soy generoso. ¿Qué pides por hablar?
El rubio levantó la vista en ese mismo instante y escudriñó los ojos del doctor.
–¿Puedo pedir lo que quieras?
–Dentro de lo que sea posible, sí.
–Quiero estar con Mimi Tachikawa, sin supervisión.
–Me la estás poniendo difícil – sonrió – te doy una contraoferta: Puedes estar con ella en el patio común donde están los pacientes que se encuentran en la etapa final de su tratamiento. Una vez por semana, con supervisión a distancia.
–Hecho.
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X
Mimi retrocedió en el momento justo en que Yamato iba a tocar su brazo.
Dio dos pasos hacia atrás insegura. Lo miró sin entender.
–No me toques – dijo entre dientes con voz neutra.
–¿Qué? ¿Acaso tienes una enfermedad contagiosa? – preguntó con ironía.
–¿Por qué pediste esto?
–Quería agradecerte en persona lo que hiciste por mí. Me refiero a la guitarra.
–No sé de qué hablas.
Mimi se hizo la desentendida y caminó por el jardín. Alejándose del rubio. Al menos eso le decía su sentido común, su alarma interna le decía que se alejara de él lo que más pudiese porque en cuanto llegasen los demonios internos a atormentarla y a hacerse cargo de sus acciones, ella no iba a poder controlarse.
Era muy distinto observar a Yamato a través de la malla, muy diferente a oír su voz por la ducto de la ventilación, a tenerlo allí sin nada que los separara, nada que cuidara de ella y de lo que podía hacer.
–Voy a hablar… esa fue mi condición.
–No me interesa – dijo ella dándole la espalda.
–Puedo traerte lápices la próxima semana, mi nuevo doctor tiene muchos.
–Tráeme una cuerda y la oferta será más tentadora.
Yamato sonrió y sin importarle lo más mínimo la reacción de la castaña la tomó del brazo y la apretó con fuerza. Ella cerró sus ojos, reprimiendo un gemido de placer.
–Tengo las cuerdas de mi guitarra.
Mimi abrió sus ojos y azul contra caramelo chocaron con oscuridad.
–¿Por qué crees que la pedí? – Mimi sonrió de lado.
El rubio tomó ahora su otro brazo y aplicó una fuerza tal que lo hizo temblar.
–¿Sabes por qué estoy aquí?
–¿Cantante drogadicto?... lo típico me imagino.
Él soltó una carcajada.
Se acercó a su oído y en cuanto Mimi sintió su respiración revoloteando su cuello se mordió el labio inferior.
–A un drogadicto típico le habrían dejado tener su guitarra – susurró – a mí me la prohibieron porque me gustaba ver las cuerdas de mi guitarra alrededor del cuello de algunas fans. Dime Mimi, ¿Por qué estás tú aquí? ¿Jugadora de póker con depresión que se autolesiona?
Mimi se separó de él para mirarlo.
–Mi padre me enseñó a jugar, lo hacía antes de encerrarme en el cuarto con él. Le gustaba castigarme cuando perdía. Por eso aprendí a ganar. Pero tuve mala suerte, también le gustaba felicitarme.
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Os quiero, os adoro
Nos leemos
:)
