Please, Hurt me
Lore-chan
TRES: En llamas
I
La doctora Orimoto se acercó a su colega y cuñado Shin Kido. Ambos se quedaron de pie bajo el patio techado de la zona donde se encontraban los pacientes en la etapa final de su tratamiento. Aquellos que estaban a punto de ser dados de alta. La rubia siquiatra suspiró pesadamente mientras oía las risas de Mimi Tachikawa y Yamato Ishida que estaban sentados sobre el césped a unos ocho metros de distancia.
—¿Cómo va la terapia de Tachikawa? ¿Habla? – preguntó el peliazul mirando la hora en su reloj de pulsera. Quedaban pocos minutos para separar al rubio y a la castaña y llevarlos a sus respectivas habitaciones.
—Sí… lo hace y entiendo por qué no quería hacerlo – Orimoto miró a Kido torciendo su boca – Es el tercer caso más complicado que se me ha presentado en lo que llevo en la clínica. ¿El habla?
—También lo hace… tiene un serio problema de empatía con las personas, entre otros problemas. Cae dentro la categoría de sociópata – el siquiatra vio como Yamato ayudaba a la Tachikawa a levantarse del suelo con cuidado – pero te juro que no sé qué sucede entre ellos dos que pareciere como si…
—¿Cómo si se sanaran mutuamente? – finalizó la rubia y el otro asintió a duras penas – yo tampoco lo entiendo.
—Pidió si guitarra…
—La vendita guitarra – murmuró ella.
—¿Sabes que ahorcaba a algunas fans hasta hacerlas desfallecer? No mató a ninguna, claro. Pero ¿qué pasa por la cabeza de alguien para querer hacer eso?
—¿No te lo ha dicho?
—No sabe qué responder, sólo dice que lo hace sentir… bien.
—Tachikawa se ha intentado suicidar tantas veces que perdió la cuenta, lo trata de hacer desde que tenía once.
Kido la miró preocupado.
—¿Tú crees…?
—Sí, lo creo. Están actuando Shin… están esperando a que bajemos los brazos. Por ningún motivo le permitas traer su guitarra y debes exigir que lo revisen minuciosamente cada vez que entre y salga de aquí. Yo pediré lo mismo para ella.
.
II
Mimi vomitó una vez más las pastillas que le dieron. Eran tan fuertes que su estómago no las soportaba. Se arrodilló frente al WC devolviendo ahora algo más que solo las pastillas, sollozó cada vez que pudo y aunque le costara admitirlo, extrañaba a Yamato.
.
III
Yamato se sentó cerca de la ventana de su habitación abrazando su guitarra y rasgando las cuerdas en una triste melodía que salió de la nada. Los árboles afuera se mecían al son de la suave brisa. Comenzó a cantar, tosió un poco antes se seguir, iba a cumplir tres meses sin hacerlo y su voz se había quedado estancada. Se aclaró la garganta varias veces y volvió a intentarlo, esta vez su voz era la de antes… movió los dedos sobre el mástil de la guitarra y pensó en Mimi.
.
IV
Las visitas estaban permitidas solo los fines de semana, pero cuando se trataba de los padres de los pacientes, siempre se podía hacer una excepción si eso mejoraba la salud de la persona.
Mimi Tachikawa tenía permitido que sus dos padres la visitasen junto con sus dos mejores amigos, nadie más.
De todas formas, la doctora Orimoto encontró muy extraño que las enfermeras murmuraran por lo bajo lo atractivo que era el señor Tachikawa siendo que el padrastro de Mimi, a quien ella conocía, era un tipo muy normal.
Ante la duda y una repentina cortina de terror, se encontró corriendo por los pasillos pasando a llevar a varios en su camino, incluido su cuñado que corrió tras ella preocupado.
—Abre la puerta – le exigió a una enfermera con los nervios crispados.
—¿Qué sucede, Izumi?
—¿Cómo era el hombre que visitó a mi paciente? – demandó la rubia a la torpe chica que no lograba dar con las llaves correctas de la habitación.
—Alto, cabellos oscuros, anteojos y …
La siquiatra palideció y le arrebató las llaves.
Encontró a Mimi en una esquina, echa un ovillo con el cabello sobre el rostro y temblando como si estuviese empapada.
—No era su padrastro, era su padre biológico – le susurró a su colega.
.
V
—¡Esto es un escándalo! ¡Nos demandarán!
El director de la clínica no paraba de gritar, hacía ya más de treinta minutos que lo hacía, la plana completa de médicos y los dos jefes de enfermeras estaban en la gigantesca oficina.
—¿Está confirmado? – bramó.
—Sí, señor. Confirmado.
.
VI
Yamato se cruzó de brazos molesto. El doctor Kido hablaba de su terapia con total normalidad, esperando que el rubio frente a él le respondiera. Eso no iba a pasar. No si él no le decía dónde estaba Mimi.
Llevaba más de dos semanas sin verla y aunque preguntaba y preguntaba nadie se dignaba a darle una maldita respuesta.
—Como te dije hace unos momentos, podemos ir bajando la dosis para ver cómo reaccionas a estar sin la droga. Vas a cumplir los tres meses y queremos comenzar la nueva etapa con…
—¿Dónde está Mimi? – interrumpió.
—Yamato, la señorita Tachikawa está con un virus muy infeccioso y se encuentra en la enfermería de la clínica siendo muy bien atendida. En cuanto mejore, lo sabrás de inmediato.
—Eso es mentira… ¿por qué me mientes?
—Yo no…
—¡MIENTES! – gritó y golpeó el escritorio con todas sus fuerzas provocando que algunas cosas sobre el mismo cayeran al suelo - ¡¿Dónde está?! Necesito verla… es lo único… ella es la única que me hace sentir bien en todo este lugar de mierda.
—Yamato, Mimi está en la zona de enfermería del hospital…
Y lo repitió una y mil veces, tantas como fueron necesarias. Como si quisiera convencerse a sí mismo y no a su paciente.
.
VII
Yamato Ishida sabía lo que tenía y sabía cómo utilizarlo. Era así como muchas fans cayeron, cayeron tanto que cuando quisieron salir, simplemente no pudieron. Algunas se dejaron a otras tuvo que obligarlas colocándose sobre ellas, pero la finalidad era la misma. Algo había en sus caras, cuando estás iban cerrando los ojos y perdiéndose en un sueño que Yamato les regalaba, que no podía parar.
Ahora tuvo que utilizar su mirada azulina con una de las enfermeras, una de cabello violáceo y ojos miel, la había visto cuidando a Mimi, ella debía saber algo. Le coqueteó descaradamente, tocando su brazo en una caricia, se acercó lo suficiente para hacerla temblar y le susurró al oído que de tanto verla había compuesto una canción en su honor.
Fue fácil, en menos de diez minutos supo que Mimi no estaba en la clínica sino en el hospital. Su padre biológico, burlando los controles, pidió verla. Estuvo con ella una hora completa.
La violó durante todo el tiempo que pudo.
.
VIII
Mimi llenó la tina del cuarto, se aseguró de que el agua estuviese lo más helada posible. Se metió tiritando por el frío aún con la bata del hospital puesta y por más que trató, no podía dejar de llorar.
Eran años y años sufriéndolo. A los once años su padre la sentó en sus piernas invitándola a aprender un juego muy divertido y en verdad lo era, lo era tanto que no notaba cuando las manos de su padre se metían bajo su vestido. Un año más tarde, y debido, según él, a que ella no sabía jugar la castigaba. La encerraba en la habitación y la obligaba a hacer cosas que a su edad ella no entendía muy bien, pero que ella las creía correctas. Después de todo, es tu padre quien te dice que las hagas, el que se supone está ahí para protegerte.
No fue así, Mimi ya no quería perder, no quería que la castigaran más. Aprendió a ganar y nunca supo que desde allí todo empeoraría. A los catorce años, si estuvo consciente de lo que le hicieron.
Para su fortuna, su madre se separó y se volvió a casar con un hombre increíble que la quería bastante, pero ella ya estaba rota.
A la mayoría de edad, comenzó a frecuentar casinos… esperando encontrarlo, quería encontrarlo y hacerlo sufrir por todo lo que ella tuvo que sufrir. Nunca lo encontró. Lo que sí halló fue fama, siempre ganaba, ganó mucho dinero, tanto que no supo qué hacer con él. Aunque, en verdad, siempre supo lo que quería hacer con ese dinero y cuando lo juntó en el patio de su casa y le prendió fuego… fue todo perfecto.
No estaba sola, adoraba ver como las cosas se destruían.
IX
—Necesito que me des un permiso de salida, Takeru - su hermano lo miró alzando una ceja. ¿Había escuchado bien? – Cumplí los tres meses, estoy cumpliendo la terapia como me la han pedido, en la mañana y en la tarde, tomo mis medicamentos a la hora. No he hecho ninguna estupidez – se frotó las manos contra la cara – TK, por favor, necesito salir un solo día. Un día y volveré a la hora que tú me digas estaré de vuelta.
X
Yamato entró a una tienda de música, llevando unos lentes oscuros y una gorra que tapaba todo su rubio cabello. Se paseó por la zona de las guitarras, probando la tensión de las cuerdas.
—Señor, ¿en qué lo puedo ayudar?
Una linda chica le sonrió con amabilidad y los ojos del Ishida se fueron a su cuello sin que lo pudiese evitar. Respiró lentamente, para calmar a sus demonios internos que rogaban salir.
—Cu-cuerdas.
—¿Cuerdas? ¿Para qué tipo de instrumento?
—Para… para – se rascó, primero, su brazo con insistencia y luego su cuello. La terapia estaba ayudando, tenía que ser sincero por mucho que le costara. Sin sus medicamentos encima, más las terapias, ya le habría dicho a la chica si quería acompañarlo a otro lugar y de paso habría comprado todas las cuerdas habidas y por haber en la tienda. Pero se enfocó en su objetivo – Guitarra – soltó al fin con dificultad. Sentía el sudor correr por su frente.
—¿Acústica o eléctrica, señor?
—Acústica.
Salió de la tienda respirando con dificultad. Había sido una prueba en su camino que sorteó con… bueno no salió tan mal después de todo.
XI
Sora se acomodó en la cama de su amiga, apegándose a su cuerpo. La abrazó con cariño mientras Mimi tenía la vista perdida en la decoración de su habitación.
—Taichi dijo que traería pizza… ¡con piña! – sonrió la pelirroja – sólo a ti te gustan esas extrañas combinaciones, Mimi – le echó un vistazo a su amiga que parecía ni siquiera querer parpadear – Vamos a encontrarte un mejor lugar, Mi-chan. Y vamos a meter a la cárcel a ese mal nacido. Te lo prometo.
Un par de lágrimas solitarias rodaron por las mejillas de la castaña. Ella no quería verlo en la cárcel, era quería verlo arder.
—¡Pizza de piña para mi princesa y pizza de pepperoni para la mujer de mi vida! – entró exclamando Taichi desde la puerta del dormitorio con dos cajas en sus manos.
Mimi no pudo sonreír.
XII
Yamato se sorprendía cada día de sí mismo. Había escalado la pared – con ayuda de una enredadera – y había llegado hasta el dormitorio de Mimi. Le había costado bastante evitar a dos guardias apostados a la entrada de la casa y tuvo que subirse a una pared colindante que lo dejó con un par de rasguños.
Pero era lo de menos, ya estaba allí. Abrió la ventana con cuidado, tratando de hacer el menos ruido posible.
Mimi dormía en su cama y cuando Yamato se arrodilló frente a ella unas ganas enormes de abrazarla y decirle que él no iba a dejar que nadie, absolutamente nadie la tocara, ni siquiera sus propios demonios internos. Por eso estaba tomando sus medicamentos, por eso asistía sagradamente a terapia y hablaba de sus problemas.
Quería una solución… para estar con ella.
Estiró su mano y acarició sus rizos con la mano temblándole. Las semanas a su lado, habían calado su negro y complicado corazón. Creyó en un principio que lo hacía porque quería ver sus cuerdas alrededor de su cuello como tanto se lo pedía ella.
"Lastímame, Yamato, por favor. Necesito sentir algo… y el dolor es lo que más me llena"
—No podría hacerlo, aunque me lo rogases de rodillas – susurró antes de plantarle un beso en los cabellos.
Se alejó y vio dos pupilas color miel mirándolo con incredulidad.
—¿Yamato? ¿Te escapaste?
Él rio.
—Me dieron el día libre, vine a sacarte a dar un paseo – se levantó y abrió el armario de la castaña – Tengo que volver antes de las cuatro de la mañana – volvió a reír - En realidad, era antes de las doce, pero un par de horas no harán la diferencia.
—Pero…
—Vístete… hay algo que tienes que hacer. Y sé que si no te acompaño no irás.
XIII
Mimi lo vio tirado frente a sí, con una cuerda de guitarra alrededor del cuello y la cara amoratada. El aroma a bencina siempre le había gustado y cerró los ojos aspirando con más ganas.
Yamato se acercó a ella y le pasó su encendedor.
—Van a saber que fuimos nosotros – dijo ella mirando con asco a la persona a sus pies.
—¿Crees que existan cárceles mixtas? O ¿piezas donde podamos escucharnos y conversar?... Tampoco me molestaría un patio común para verte sonreír – la miró con una cara que él no sabía que podía mostrar: cariño - Desde ahora sólo quiero verte sonreír…
Mimi encendió el fuego y lanzó el encendedor. El fuego comenzó al instante y ella se sintió liberada. Era exactamente lo que estaba buscando ver destruirse. Se metió las manos a la chaqueta y sacó una baraja de cartas que lanzó sobre el cuerpo de su padre que ardía en llamas.
.
.
Solo queda un cap. Just one! :)
Os quiero, os adoro
Nos leemos.
