Segunda parte del regalo de cumpleaños de Lirio.


Capítulo 2

—Parece que no dejara de llover pronto ¿eh?—dijo Kagome al ver por la ventana, acarició la cabeza de Shippou, quien no se había apartado de su lado una vez salió de baño.

Estaba en casa de Inuyasha, aquel día mientras realizaba su rutina de ejercicio comenzó a llover y él, que le hacía compañía todas las tardes en compañía de Shippou, sugirió que fuesen a su casa que estaba cerca.

Desde aquel día que se conocieron, solían hablar todas las tardes. Se habían vuelto buenos amigos.

—Ya deje tu ropa en la secadora, en un rato estará lista —anunció Inuyasha. Ella se volteó a verlo y tuvo que contener un suspiro de deleite, él estaba parado en el umbral de la sala con un mono y una camiseta sencilla que dejaba al descubierto los fuertes brazos. ¡Contrólate!, se dijo a sí misma, ella no era una adolescente.

—Lamento causarte las molestias. —al llegar a su casa él le indicó que tomara un baño para evitar que se resfriara y le prestó algo de ropa, lo único que logró conseguir para ponerse fue una sudadera en color rojo que le cubría hasta la mitad de los muslos, pero se sentía más cómoda con eso que con alguna franela con la cual quedarían sus pechos expuestos ante el frio.

—No hay problema. En cuanto deje de llover te llevare a tu departamento, o puedes quedarte si lo deseas, tengo una habitación extra.

—Creo que me quedare, la tormenta no parece querer terminar. A cambio te preparare la cena —se ofreció dirigiéndose a la cocina.

Preparó una cena lo más saludable que pudo con los ingredientes que tenía Inuyasha en su refrigerador. Él claramente no se preocupaba demasiado por las cosas que comía, siempre y cuando supiera bien y fuese suficiente para saciar su apetito.

Hablaron de un par de cosas durante la comida y luego ambos tomaron asiento en el sofá de la sala. Inuyasha prendió el televisor y dejó un programa al azar.

—Espero no importunar con tu horario de trabajo.

—Tranquila, es mi día libre, y de igual forma con esta lluvia no es mucho lo que se puede hacer, trabajo de oficina que prefiero dejarle a mi hermano —habló apoyando sus pies en la mesa delante del sofá y estirándose.— Por cierto, ¿qué respuesta recibiste del condominio?

Cuando Inuyasha le había dicho en qué consistía su trabajo, ella le comentó que desde hace un tiempo su edificio tenía problemas de mantenimiento por lo que era muy común ver asquerosos insectos en todo el lugar. Le preguntó que podía hacer para hacer que una empresa como la suya realizara una fumigación en el lugar, y él le había respondido que ellos tenían que recibir una solicitud por parte del condominio del conjunto residencial para poder realizar cualquier procedimiento.

—En la última reunión informaron la cantidad de dinero que debía aportar cada departamento para el pago del presupuesto. Cuando le pregunte al encargado el miércoles, ¿sabes lo que me dijo? Que todo se había suspendido porque más de la mitad del edificio no estaba dispuesto a pagar. ¡Son todos unos tacaños y asquerosos! —exclamó con un ligero escalofrío de repugnancia y una mueca.

—No es la primera vez que sucede eso.

—He estado cerca de mudarme, pero todos los sitios que puedo pagar están lejos de mi trabajo. Pero te digo, vuelve a saltarme uno de esos animales mientras duermo, y me largo de ese lugar —habló con una voz tan chillona, como si fuese una niña haciendo rabieta, que Inuyasha no pudo evitar echarse a reír estruendosamente.— Claro, ríete —le lanzó un cojín haciendo que con eso el ojidorado riera todavía más—, no eres tu quien debe lidiar con esos asquerosos animales durante la noche.

—Ciertamente, lo hago. Es mi trabajo ¿recuerdas? —habló calmando el ataque de risa.

—Eres insoportable. Te divierte mi desgracia —se cruzó de brazos haciendo un mohín.

—Me diviertes tú, que es diferente.

—Es lo mismo.

—No lo es. Para que veas que me importa tu trauma, te ofrezco ir a tu departamento y ayudarte con el problema —informó con una sonrisa y vio como la chica lo mirada con suspicacia.

—¿En serio?

—Claro, podríamos ir mañana, tengo las cosas en el auto.

—¡Eso sería grandioso! —Kagome dio un pequeño brinco en el sofá cosa que hizo que Inuyasha volviese a reír—. ¿Y ahora porque te ríes?

—Eres increíble —dijo con tal sinceridad y espontaneidad que tanto él como Kagome quedaron en silencio.

Inuyasha en aquel tiempo que tenía conociendo a la chica había comenzado a salir de su limbo, ella lo hacia reír con sus expresiones o sus drásticos cambios de humor. Ella lo estaba despertando de su letargo, pero no era hasta aquel momento en que se daba completa cuenta de ello.


El sábado por la mañana a primera hora fueron al edificio donde vivía Kagome, ella le ofreció un desayuno esplendido una vez estuvieran en su departamento, no se fiaba el escaso repertorio de alimentos que tenía Inuyasha en su alacena.

Mientras que la muchacha preparaba el desayuno él se ocupó de inspeccionar el departamento. El sitio estaba impecablemente limpio, cada cosa en su lugar. No entendía cómo es que ella pudiese ser víctima de aquellos animales indeseables, aunque ciertamente el edificio era antiguo y necesitaba reformas y una inspección a fondo.

Salió del departamento y recorrió los pisos superiores, las paredes estaban enmohecidas y se veían varios animales arrastrarse por el suelo y las paredes. Luego de ver todo eso bajó al estacionamiento a buscar las cosas que tenía en su auto. Mientras en su cabeza se pasaba que aquel lugar necesitaba una reforma urgente.

Regresó al departamento justo cuando Kagome servía la comida.

—¿A dónde fuiste?

—Subí a echar un vistazo a tus vecinos, y buscar mi equipo —señaló lo que había dejado a un lado de la entrada.

—No me recuerdes los pisos de arriba —en su rostro se dibujó una mueca de asco y desagrado que se vio reforzada con un escalofrío—, una vez subí a quejarme por el volumen de la música y jure que nunca más subiría a ese lugar alejado de la mano de Dios. Es asqueroso. Esos animales saben que les tengo miedo y por eso saltan y me atacan. —Inuyasha contuvo la voluntad de reírse.

—Kagome, la cucarachas no piensan de esa forma.

—Claro que si —refuto ella indignada—. Esos animales son malvados. —Con ese comentario y el mohín que hizo ella se le hizo imposible no comenzar a reírse.

Luego de varios reproches y risas más se sentaron a desayunar.

—Fumigare el departamento para exterminar con los huevos y… —comenzó a decir.

—No tienes que explicarme todo el proceso, al menos deja que coma tranquila. —Inuyasha sonrió.

—Bien, sólo quería añadir que sería mejor que saliéramos a dar un paseo durante el tiempo que los químicos hacen efecto.

—¿Intentas invitarme a salir indirectamente? —cuestionó ella con suspicacia.

—Yo… si —admitió avergonzado. Ella le dedicó una sonrisa que lo cautivo.

—Si quieres salir conmigo, puedes pedirlo cuando quieras. Me encantaría salir a dar un paseo contigo —le dio la respuesta que había esperado.

Al terminar de comer y después de recoger todo. Kagome fue a darse un baño y cambiarse mientras Inuyasha preparaba todo. Le había preguntado si Buyo tendría algún problema por los gases, y él le explico que no le haría daño, aunque de igual forma Buyo parecía haber salido a dar su paseo por el vecindario, de modo que lo que hizo fue cerrar la ventana para que no entrara hasta que ella hubiese regresado.

Inuyasha esparció un polvo blanco en ciertos lugares específicos como la cocina, las ventanas, el baño, la puerta de entrada. Aquel polvo mantendría alejados a los rastreros animales, le explicó a la chica. Le dejó el resto que llevaba en un frasco para que ella lo rociara eventualmente.

Kagome fue a esperar a Inuyasha en el auto mientras él terminaba. Se sentía como una colegiala en su primera cita, y en parte así era. Ella no era una colegiala pero aquella podía contarse como su primera cita, si no contaba la vez en que él la invitó a cenar para disculparse por lo de su perro.

Su relación con los chicos había sido casi nula. Luego de ser diagnosticada enfrasco su vida en estudiar y obtener una carrera, después comenzó a trabajar, hasta que literalmente su cuerpo no dio más. Ahora veía que tenía que disfrutar más cosas, aprovechar aquella oportunidad de vida. Y era por eso que se comportaba con Inuyasha como no se había atrevido con ningún otro chico. Él la hacía sentir diferente, como si pudiese brindarle más vitalidad.

Inuyasha no tardó mucho en regresar, y una vez en el auto decidieron ir a dar una vuelta al centro comercial, podrían pasar por el cine y luego comer un helado.

La tarde en el centro comercial se pasó volando. Kagome lo llevo a una tienda extraña donde vendían cosas extravagantes que parecían ser de otras épocas. Ella estaba realmente encantada.

—Mira esto —le mostró un collar de perlas que no identificaba si eran color negro o morado oscuro, tenía un par de colmillos intercalados por cada cierta cantidad de perlas.

—Parece algo para hacer brujería —soltó y la muchacha se echó a reír.

—Posiblemente lo era, pero creo que se te vería bien.

—¿Qué?

—Casi siempre usas suéteres o franelas en color rojo —señalo el suéter que llevaba—, así que esto te combinaría, ¿no crees?

—No, no quiero que me caiga ninguna extraña maldición. —La muchacha emitió un gemido de desgana.

—No será presa de ninguna maldición joven —habló un anciano, que al parecer era el dueño de la tienda—. Ese collar tiene ciertos poderes, pero no para hacer daño, se dice que quien lo porte podrá calmar las penas que lo invadan. Antiguamente fue llevado por un ser poderoso, mitad humano, mitad demonio, y gracias a ese collar se evitaba que el perdiese el control de sus emociones, cuando la mitad demonio quería tomar el control, el collar lo calmaba. En la actualidad no hay seres mitad demonio, pero las personas poseen muchas penas que los atormentan hasta que llegan a consumirlos, ese es el efecto que tendrá el collar, calmar esas penas.

El anciano dejó de hablar e Inuyasha permaneció completamente incrédulo, así lo hizo saber.

—Esas no son más que patrañas. ¿Quién podría creer semejante….?

—Tiene usted mucha razón —dijo Kagome al anciano. Inuyasha le dirigió una mirada y vio que ella mantenía un brillo extraño en sus ojos, estaba realmente fascinada—. Transmite cierta tranquilidad cuando se toca.

—Y creo que usted, joven —el anciano se dirigió a Inuyasha—, debería tenerlo.

—¿Yo? No necesito esta clase de artilugios.

—Señorita, debería usted dárselo.

—Eso haré. Me lo llevo —habló dirigiéndose a la caja para pagar.

—No, Kagome. Este viejo charlatán sólo quiere tu dinero. Vámonos.

—No quiero su dinero. Lléveselo y entréguelo a él —señaló al ojidorado.

—Oh, no puedo irme sin pagar. Yo…

—No acepto dinero. Bien puede ofrecerme una visita más adelante y estaré complacido de recibirla —le dedicó una sonrisa amistosa.

—¿De verdad? ¡Estaré encantada de regresar! Muchas gracias —se acercó al anciano y le dio un efusivo abrazo. Luego él le ofreció un pequeño saco en color rojo para que ella guardase el collar.

—Espero volver a verla, a ambos —enfatizó viéndolos fijamente.

Poco después los jóvenes salieron del local y el anciano se quedó observándolos hasta que desaparecieron de su campo de visión, sonrió. Sería interesante volver a verlos.


Kagome estaba sentada en una banca, a su lado había una fuente de agua artificial. Esperaba que Inuyasha regresara de comprar unos helados. Después de salir de la tienda le había costado que él aceptase ponerse el collar, pero logró convencerlo. Y ella tenía razón, se le veía muy bien.

Aquel día había resultado ser muy agradable. Ese tipo de salida era algo que no había experimentado. Ella había salido con amigos y compañeros de trabajo, lo hacía todo el tiempo, pero una cita, eso sí que no lo había hecho.

En su trabajo había un muchacho que siempre intentaba cortejarla, pero ella siempre lo rechazaba de la mejor manera. Houjo era un muy buen amigo, pero no se veía atraída por él en lo más mínimo. La verdad era que no se había sentido atraída por ningún chico.

Antes de la cirugía lo justificaba con no tener que comenzar una relación con alguien, cuando ni ella misma sabía cuanto tiempo de vida le quedaba, no hubiese sido justo enamorarse de alguien, y que esa persona la amase de vuelta y hacerlo sufrir por su enfermedad.

Ahora bien, después de la cirugía su interés en los hombres seguía igual. Ninguno le había provocado la emoción y excitación que sintió la primera vez que vio a Inuyasha, aquello había resultado abrumador.

Se sentía completamente a gusto a su lado, se divertía con él, aun cuando a Inuyasha le hacía gracia tomarle el pelo.

Recordó lo que el anciano dijo en la tienda, acerca de que Inuyasha debía tener el collar. Lo que intentaba decir era que Inuyasha cargaba con un pesar muy grande, y necesitaba el collar para que lo calmase.

Ella misma había notado que él mantenía oculta una parte de su pasado, algo doloroso. Pero no podía obligarlo a hablar. Ella misma se reservaba su enfermedad y la cirugía que le salvó la vida, pero era más porque no quería que él sintiese lastima por ella, como lo hacían todos los que conocían de su situación.

—¡Kagome! ¡Eres tú! —escuchó a alguien gritar y giró ligeramente la cabeza para ver de quien se trataba. Sonrió al reconocer al hombre moreno.

Kouga se acercó y ella se puso de pie para recibir un abrazo de su parte. Conoció a Kouga en el grupo al que asistía, aunque tenía bastante tiempo sin verlo. Inició una plática con él.


Inuyasha estaba de regreso de comprar y no pudo interpretar lo que sintió al ver a la muchacha hablando tan amenamente con aquel desconocido para él. Se acercó a ambos e interrumpió la conversación.

—Disculpa la demora —dijo entregándole a Kagome un helado.

—Gracias, y no te preocupes. Él es Kouga. Kouga él es Inuyasha.

Los dos hombres se vieron como si no tuviesen ninguna intención de conocerse.

—Bueno, Kag, se me hace tarde —el moreno se acercó a la muchacha para darle un beso en la mejilla. ¿¡Cómo se atrevía?!—. Siempre es un placer verte. Tratare de asistir la próxima semana.

—De acuerdo, me alegra saber que te encuentras bien. Nos veremos —ella le ofreció un último abrazo al sujeto y él quiso gruñir. Se mantuvo en silencio hasta que el hombre se hubiese alejado lo bastante.

—¿Dónde lo conociste? —quiso saber. Kagome lo miró extrañada por su pregunta.

—¿A Kouga? Oh, en un grupo al que asistimos —respondió sin darle importancia.

—¿Qué grupo? —inquirió con curiosidad.

—Un grupo de apoyo —ella respondió y evadió la mirada de él.

A Inuyasha le impactó saber aquello, ¿a qué clase de grupo de apoyo podía asistir ella? En el momento que iba a preguntar, ella se adelantó a hablar.

—No es un grupo para adictos, si es lo que estás pensando. Es un grupo para personas que estuvieron enfermas mucho tiempo y finalmente lograron vencer su enfermedad.

Kagome no agregó nada más y siguió comiendo su helado. Inuyasha quiso saber más detalles, ¿ella había estado enferma? ¿De qué? ¿Por cuánto tiempo? ¿Estaba completamente bien? ¿Podría tener una recaída?

Tantas preguntas se formularon en su cabeza, pero ninguna salió de sus labios, notaba que para ella no había sido fácil admitir aquello, de modo que lo dejó pasar. Él también tenía un pasado del cual prefería no hablar.

Se ofreció a llevarla a casa antes de anocheciera. Había comenzado a preocuparse por su salud, el día anterior ella se habían mojado con la lluvia y ella podría coger un resfriado. No sabía que enfermedad había padecido ella, pero quería evitar cualquier malestar que pudiese padecer.

El trayecto de regreso al departamento de ella fue tranquilo. Kagome comenzó a hacerle bromas acerca del collar, que seguramente le combinaría con alguna pulsera tipo punk, dijo que la buscaría cuando regresara a la tienda del anciano. Inuyasha no pudo evitar contagiarse con su sentido del humor. De modo que se vieron bromeando y riendo durante el resto del camino.

Por mera cortesía se ofreció a acompañarla a la puerta de su departamento, así se aseguraría de que no quedaba resto del insecticida. Al estar en el departamento él mismo se ocupó de abrir las ventanas e inspeccionar todo. Luego ella lo acompañó hasta la puerta para despedirlo.

—Muchas gracias por todo —expresó su gratitud con una sonrisa, e Inuyasha no pudo evitar quedar atrapado.

Ella poseía una sonrisa tan hermosa, radiante, tan llena de vida, que lo hacía sentir completo. Y aquellos orbes cafés que lo veían risueños. Todo el conjunto se le antojaba perfecto.

—Discúlpame —susurró y la muchacha lo vio claramente confundida.

—¿Qué…?

—Tengo que hacerlo —dijo al momento que se acercaba lo suficiente a ella para tomarle el rostro entre las manos, y luego hacer aquello que tanto deseaba.

La besó. Fue un beso cargado de expectación y dulzura, expectación porque no sabía cómo reaccionaría ella, y dulzura porque era lo que ella le transmitía.

Para su felicidad y sorpresa, ella respondió con el beso, en un principio tímida y luego se atrevió a colocar los delicados brazos femeninos alrededor de su cuello.

Y en ese momento lo supo. Supo que querría más de ella, más de su ternura, sus bromas, su sonrisa. La necesitaba.


Después de cuatro meses de conocerse su relación era oficial. Aquella noche Kagome estaba particularmente nerviosa. Había estado pensando que ya era momento de decirle a Inuyasha acerca de su enfermedad y de la cirugía que le salvó la vida.

Él se había mostrado preocupado y atento con ella luego de que ella mencionase el tema tiempo atrás, y aunque se había mantenido evadiendo el tema, ya iba siendo el momento de decirle. Después de todo no era algo malo, sólo algo por lo que había pasado y que la hacía ser quien era.

Y además quería avanzar la relación, quizás parecía necesitada o algo, pero él le hacía sentirse tan bien que quería sentirse suya. Aunque no se habían intercambiado palabras de amor, aquello quedaba de lado, habían comenzado una agradable relación que iba avanzando de a poco.

Y la verdad era que no esperada confesiones de amor, aún era muy pronto, y para embarcarse en eso debía existir otras cosas antes, como la confianza, era por ello que se había decidido a confesarle la verdad.

Para aquella noche él le había ofrecido una salida al cine, pero ella denegó diciendo que pasaría a su casa después de que terminara su reunión con el grupo de apoyo, y que allí podrían ver una película y ordenar algo para comer, ella se llevaría una muda de ropa para cambiarse.

Y así había hecho. Después de salir de la reunión se dirigió directo a casa de Inuyasha. Luego de comer se habían acomodado en el sofá para ver una película a la cual no le estaba prestando atención.

Ella estaba cómodamente apoyada en el pecho masculino y él jugueteaba con sus dedos entrelazados.

—¿Cuándo me dirás cuál fue tu enfermedad? —soltó la pregunta de pronto, al parecer él tampoco estaba muy pendiente de la película— Para que asistas a un grupo de apoyo tuvo que haber sido realmente grave.

Kagome soltó un suspiro y se separó del cuerpo masculino, aquella era su oportunidad para hablar. Pensó que lo mejor sería mostrárselo por lo que se puso de pie con intención de ir a cambiarse. Él la detuvo al instante.

—Espera, si no quieres hablar, está bien. Pero no tienes que molestarte.

—No estoy molesta. Sólo iré a cambiarme. Ya regreso —se liberó de la sujeción y fue hasta la habitación de él. Se quitó la ropa, dejando sólo la ropa interior y se puso el conjunto de pijama que había llevado, el mismo dejaba ver claramente la cicatriz en su pecho.

Una vez de regreso a la sala se sentó en el otro extremo del sofá, le dirigió una mirada a Inuyasha y luego desvió la mirada. Comenzó a hablar acariciando distraídamente la cicatriz.

—El grupo al que asisto es para personas que como yo han sobrevivido gracias a algún trasplante. De yo no haber recibido uno habría muerto el año pasado.

Desde allí comenzó a contarle todo, desde su adolescencia cuando la diagnosticaron, como fue su vida después de eso, hasta el año anterior cuando su corazón se negó a funcionar por su propia cuenta.

Inuyasha se mantuvo escuchando atento todo lo que ella decía. Kagome se mantenía con una mirada distante como si reviviera cada momento que mencionaba. No podía imaginar lo difícil que tuvo que haber sido para ella pasar por todo eso.

—¿Estas bien ahora? —fue lo único que se atrevió a preguntar cuando ella terminó de hablar. Se preocupaba por su bienestar.

—Hasta ahora todo marcha bien —respondió con una sonrisa.

—¿Hasta ahora? —no le gusto la forma en que ella lo dijo.

—Siempre existe la posibilidad de que el cuerpo rechace el trasplante.

—¿Aun después de un año? —preguntó preocupado.

—Sí. Pero no quiero pensar en eso. Tuve una segunda oportunidad para vivir y quisiera aprovecharla de la mejor manera, aun cuando no sea durante mucho tiempo.

—Pero…

—Ahora estoy bien, y eso es lo que importa —ella le dedicó una sonrisa y él quiso sentirse tan confiado como ella—. ¿Crees que puedes aprovechar esta oportunidad conmigo? —le preguntó visiblemente avergonzada.

Él pensó que no había tenido que ser fácil para ella hablar de ese tema. Vio como aún se mantenía acariciando la cicatriz distraídamente. Inuyasha se acercó y sujetó su mano para que dejara de moverla, ella lo vio contrariada, sin entender.

—Estaré complacido de acompañarte —dijo con sinceridad. Y lo que había dicho era cierto, se había dado cuenta de que quería estar con ella, permanecer en su vida. Y ahora más que nunca cuidarla.

Sus rostros habían quedado muy cerca el uno del otro, y él se negaba a soltar la mano de ella. La mirada de él se mantuvo fija en la de ella, y luego la desvió a los labios ligeramente entreabiertos.

—Bésame —pidió Kagome. Él no supo si escuchó o no la petición pero si la leyó claramente en los labios femeninos, y sin esperar un segundo se dispuso a unir sus labios con los de ella.

Todos sus besos habían sido controlados, casi dulces. Pero aquel beso se tornó más demandante, soltó la mano de ella para sujetarle con firmeza de la cintura, recostándola ligeramente en el sofá. No se atrevió a recorrer con sus manos el delicado cuerpo por temor a no poder controlar su deseo.

Lo dicho por la muchacha había sido un paso más en su relación, una brecha abierta para la intimidad, un acercamiento.

Se apartó del beso para surtir a sus pulmones con un poco de oxígeno, pero sin separarse de Kagome. Ella apoyó las manos en su pecho, no queriendo dejarlo ir.

Inuyasha inspiró fuertemente y el dulce aroma de ella quedo impregnado en sus fosas nasales. No intentó besarla de nuevo, sabía que si lo hacía no querría detenerse, pero tampoco tenía la voluntad de alejarse de ella; de modo que se quedó allí, manteniéndola cautiva entre sus brazos.

El corazón de Kagome latía desbocado, su ritmo cardiaco había aumentado al menos tres veces más de lo normal y sentía su cara arder de vergüenza y expectación. Siempre le sucedía lo mismo cuando él la besaba. Todo su ser se llenaba de una emoción nueva que no sabía cómo controlar, y no sabía si quería hacerlo.

Pasaron unos segundos que le parecieron eternos e Inuyasha seguía sin moverse, parecía una estatua apoyando la cabeza en el hueco entre su cabeza y hombro.

Ella estaba decidida aquella noche, y contra todo pronóstico se arriesgó. Movió sus manos sobre el pecho masculino y comenzó a descender con lentitud, se detuvo en el abdomen y sintió cuando el contuvo la respiración. Sin esperar nada se aventuró a introducir sus manos por debajo de la franela que él llevaba, sintiendo en contacto directo la marcaba piel. Inuyasha soltó el aire contenido y lo sintió estremecerse por completo.

—Kag —la voz de él sonaba ronca y no tan firme—. No…

—¿Estoy haciendo algo mal? —preguntó dejando sus manos sobre el abdomen de él. Inuyasha negó con la cabeza.

—Nada mal —soltó un suspiro y se separó ligeramente de ella para verla a los ojos—. Estoy a nada de arrancarte la ropa y tomarte en este mismo lugar, pero tú no mereces eso —apoyó su frente en la de ella.

—Podemos ir a la habitación —sugirió con una calma que no sentía—. O puedes hacerlo aquí —sentía sus mejillas arder como brasas.

Inuyasha cerró sus ojos fuerza y tomó una gran bocanada de aire, cuando volvió a abrirlos le ofreció a Kagome un corto beso en los labios antes de tomarla por completo en sus brazos e ir con ella directo a la habitación, al entrar cerró la puerta para evitar que Shippou entrara.

La dejó tendida en la cama y el comenzó a quitarse la ropa. Los ojos de ella seguían cada movimiento del cuerpo masculino, la forma en que se contraían sus musculosos brazos con alguna flexión, simplemente deleitándose la vista.

—¿Me permites desvestirte? —preguntó Inuyasha al notar que ella no parecía tener intenciones de quitarse la ropa. Ella pareció reaccionar y salir de su trance.

—¿Puedes apagar la luz? —preguntó repentinamente tímida.

—Quiero verte —se acercó a ella, subiendo a la cama—. Déjame verte por completo —pidió, manteniendo su mirada fija en los orbes cafés. Ella tragó saliva, nerviosa como estaba, y asintió.

El no comenzó con la tarea de inmediato. Se ocupó de volver a besarle los labios y luego hacer un camino de besos en el rostro femenino. Sus manos comenzaron a recorrer cada palmo del cuerpo bajo el suyo. Después de unos segundos eternos se apresuró a quitarle la parte arriba del pijama dejando al descubierto un brasier de encaje que ocultaba las montañas femeninas. En ese momento pudo apreciar con mayor claridad la cicatriz en el centro del pecho.

No era una gran cicatriz, al cabo del largo de su dedo índice.

La muchacha se sentía tensa y mantenía su rostro hacia un lado con los ojos cerrados. Ella se estaba mostrando ante él sin reservas, y bendita fuera por eso.

Antes de siquiera acariciarla con sus manos se inclinó ante ella y beso el centro de su pecho.

—No tienes que avergonzarte. Esta —habló ahora rozando la delgada línea de tono más oscuro de su color de piel— es la prueba de tu esfuerzo por salir adelante.

Tomó el rostro de ella entre sus manos y la besó con dulzura. Luego terminó de desvestirla con infinita calma.

Antes de Kagome sólo había compartido aquella intimidad con Kikyo, él no era un hombre dado a la promiscuidad y creía que para tener relaciones con alguien debía existir algo entre ambos. No es que iba a decir que amaba a Kagome, porque no lo sentía así, el recuerdo de Kikyo aún se mantenía fresco en su memoria, pero sentía algo por ella; era una especie de alegría y emoción al tenerla cerca, quería saberla a salvo.

Una vez la tuvo desnuda ante él se ocupó de recorrerla entera con sus manos y dejando besos en lugares estratégicos. Cuando la sintió preparada se posicionó sobre ella, sin dejar que su peso le aplastara. Comenzó a hundirse en ella y entonces lo supo, la tensión en el cuerpo de ella se lo dijo; se detuvo al instante y se separó de ella.

—No… —la voz de ella sonaba como una súplica.

Por los dioses que él tampoco quería detenerse, estaba tan excitado que dolía, pero no quería lastimarla. Con todo el cuidado del que fue capaz rodó en la cama llevándose a Kagome, para dejarla sentada a horcajadas en su cintura.

—¿Qué…?

—Quiero que tu lleves el control —dijo al colocar sus manos en la estrecha cintura.

—Pero yo no… no sabría que hacer —su voz tembló ligeramente.

—Yo te guiaré —la alzó un palmo para ubicarla adecuadamente. Ella apoyó las manos en su pecho buscando equilibrio—. Baja. Lentamente —su voz sonaba ronca debido al esfuerzo que le llevaba controlarse.

Ella lo vio a los ojos y asintió, luego comenzó la dulce tortura. El interior de ella comenzó a darle abrigo, abriéndose para darle entrada libre. Inuyasha se mantuvo abnegado viendo las facciones de ella al recibirlo; los pequeños labios se abrían liberando gemidos. La vista le parecía maravillosa, tenerla de aquella manera era perfecto porque podría ver de primera mano como ella llegaba al orgasmo siendo empujada por él.

Kagome hizo un movimiento rápido y él tuvo que cerrar los ojos y liberar un gruñido, apretando un poco más las caderas femeninas, al saberse por completo dentro de ella. Ella a su vez enterró las uñas en su pecho liberando un jadeo extendido cosa que ocasionó que su miembro se hinchara un poco más.

Paulatinamente ella comenzó a moverse, y aun cuando sus movimientos resultasen torpes, ocasionaban el mismo efecto que los realizados por una experta, e incluso eran mejores. Lo estaba conduciendo a la locura.

Sentía que en cualquier momento estallaría, el interior de ella lo apresaba con delicioso ardor, y las caderas femeninas seguían teniendo aquel ritmo frenético. Movió una de sus manos y la llevó al centro de ella, justo por encima del punto donde sus cuerpos se unían.

Ella, avergonzada, trató de detenerlo. Él la detuvo con su mano libre.

—Sigue —la vio morderse los labios y estremecerse entera, sus dedos jugaban con el pequeño botón—. Sólo un poco más, pequeña —la alentó.

El orgasmo llegó a ambos segundos después, explosivo, avasallante.

Inuyasha guardó en su memoria cada gesto en el rostro femenino; la forma en que los labios se movieron para pronunciar su nombre como un gemido ahogado, el cuello ligeramente extendido hacia atrás, entregándose a él. Ella era suya, y a él le encantaba disfrutar de ese deleite.

Kagome terminó tendida en el pecho masculino, exhausta, llena, alucinada. Él no se atrevió a moverse para salir de su cuerpo, de modo que se quedó allí ocupando sus manos en acariciar la espalda de la muchacha. Justo en ese momento se sentía dichoso, completo, casi libre. Sólo una cosa lo retenía de sentirse por completo en libertad, y era el momento de soltarlo.

Con cuidado elevó a la muchacha y salió de su cuerpo, por más que quisiera permanecer en aquel cálido interior no podía hacerlo, era la primera vez de ella y debía ser considerado. De los labios de ella escapó un dulce quejido, y al instante ella buscó acurrucarse en sus brazos, la recibió gustoso.

—Kagome —llamó a la muchacha mientras acariciaba su espalda. Ella sólo emitió un pequeño ronroneo, sonrió al escucharla, era tan dulce.

Se preguntó cuál sería la mejor forma de confesarse a ella, y pensó que ser directo era la mejor manera, después de todo no era algo malo, sólo era parte de su pasado.

—Estuve comprometido —soltó sin más. Al instante la muchacha se separó ligeramente de él para verlo, volteó el rostro para verla a la cara, ella lo veía expectante.

—¿Qué sucedió? —quiso saber. Inuyasha liberó un suspiro antes de responder.

—Murió. Íbamos a casarnos el diciembre pasado, pero el día de la boda ella tuvo un accidente. Murió antes de llegar al hospital —se dio cuenta que al decirlo no se sentía tan agobiado por la pena como sucedía anteriormente. Antes le costaba tanto hablar del tema, resultaba tan doloroso.

En aquel momento fue liberador, sentía la nostalgia por la pérdida de un ser querido, pero sentía que podía continuar.

—Lo siento tanto, no me imagino lo doloroso que tuvo que haber sido para ti —la voz de ella era tan dulce.

Bien sabia, porque el tiempo que había compartido con ella, que Kagome era alguien que se preocupaba por los demás, si veía a alguien triste o decaído trataba de ayudarlo, más de una vez se habían detenido en la calle o el centro comercial para ayudar a un niño perdido. Ella buscaba siempre la forma de ayudar a otros.

Con su mano acarició la mejilla femenina y apartó un mechón de cabello para dejarlo detrás de su oreja. Atrajo el rostro de ella hasta depositar un beso en su frente. Ella le inspiraba tanta tranquilidad.

—Ahora eso forma parte del pasado —le dijo he hizo que se acomodara de nuevo en su pecho. Le gustaba tenerla de aquella manera, cerca de él. Protegerla.


Rápidamente pasaron dos meses y así, casi sin darse cuenta, había pasado un año de aquel día cuando Kikyou murió.

Lo único que alejaba sus pensamientos del recuerdo de su antigua prometida, era estar en compañía de Kagome. La muchacha lo había llamado el fin de semana para cancelar sus planes de salida ya que se sentía mal, y él sin pensarlos dos veces se dirigió hasta su departamento. Era lunes por la mañana y todavía se encontraba allí.

Despertó al sentir el vacío en la cama, y luego de ir al baño se encargó de buscar a la joven. La encontró en la cocina.

—Deberías estar en la cama —riñó acercándose a ella. Le colocó una mano en la frente para comprobar su temperatura, estaba normal. Durante casi todo el fin de semana había estado presentando fiebres altas.

—Estoy bien. No debes preocuparte —dijo al apartar su mano— ¿Qué quieres de desayuno?

—Deja que yo lo hago, ve a descansar.

—No. Ya has hecho bastante por mí, además tienes que ir a trabajar. Ve a tomar un baño y yo terminare con el desayuno —ella hablaba como si lo hiciera con un niño pequeño.

—¿Tu iras a trabajar?

—No, ya llame para avisar. Iré a consulta —susurró la última oración.

Kagome se había sentido afortunada al no haber presentado ninguno de los efectos secundarios de los medicamentos que tomaba para evitar que su cuerpo rechazase el trasplante, pero al parecer su suerte había acabado y comenzaba a ver el efecto.

—Te acompañare.

—No —se negó de inmediato lo menos que quería era que Inuyasha estuviese con ella al momento que la diagnosticaran—. Ya has hecho suficiente por mí, no tienes por qué acompañarme.

—Insisto. Ahora ve a cambiarte mientras que yo termino con esto —habló con autoridad, algo nada común en él. Ella obedeció a regañadientes.

Una hora más tarde ambos estaban listos para salir, se habían demorado un poco ya que Kagome no lograba que Buyo ingresara en el departamento, y debido a que ya comenzaba a hacer frío no le gustaba que se quedara mucho tiempo fuera. Finalmente Inuyasha pudo hacer que el gato entrara.

Él pensó que aquel día debía ir a su casa para suministrar más comida a su perro, lo que le había dejado no duraría más de tres días. Si, pasaría por su casa luego de dejar a Kagome, y luego también haría una visita al cementerio.

Cuando ya estaban listos para salir, escucharon como sonaba el timbre, fue él quien fue a abrir. Se encontró con una mujer de mediana edad y cabello castaño corto.

—Oh, tú debes ser Inuyasha, yo soy Kotomi, la madre de Kagome —la mujer se presentó con una sonrisa.

—¿Mamá? —la muchacha se asomó desde la sala.

—¡Oh, cariño! —se acercó con prisa a la pelinegra—. ¡Felicidades! —gritó con emoción al envolverla en un medio abrazo ya que sujetaba una caja.

—¿Es tu cumpleaños? —preguntó Inuyasha, ciertamente Kagome no le había comentado nada de que su cumpleaños estuviese cerca. La muchacha negó con la cabeza, al parecer estaba tan desconcertada como él.

—Mamá, no lo entiendo ¿a qué viene esto? —inquirió una vez que Kotomi la liberó para colocar la caja en la mesa cercana.

—¿No lo recuerdas? —la mujer al ver la cara perpleja de su hija, soltó un suspiro— Bien, tu despertaste días después, tiene sentido que no lo recuerdes. Pero fue hace un año exactamente. Hoy, hace un año, se consiguió el trasplante que te salvó la vida —afirmó conmovida y volviendo a abrazar a su hija con fuerza.

Los oídos de Inuyasha no escucharon nada más. Su cerebro comenzó a trabajar con prisa, atando cabos. Un año, el mismo tiempo que tenía Kikyou de haber muerto, y ahora recordaba que ella era donante. Era una coincidencia muy grande. Todo aquello debía ser una muy mala broma del destino, la vida se estaba burlando de él de la peor manera.

—¿Inuyasha? —Kagome se había acercado hasta él y lo veía preocupada.

—¿Dónde… dónde te operaron? —escupió la pregunta, ella lo vio sin comprender—¿A qué hora?

—¿Por qué te interesa saber eso?

—Responde.

—Yo…

—Fue en el Shikon Hospital, y eran pasadas las 5 de la tarde cuando la ingresaron al quirófano —la respuesta fue otorgada por Kotomi.

—Mamá…

—Fuiste tú —soltó la acusación señalando a la muchacha—. Por tu culpa Kikyou está muerta.

—¿Kikyou? ¿Tu prometida? —la voz de ella era apenas un susurro. Él ni siquiera la escuchó.

—Ella murió para que tú pudieses vivir. Dime ¿Cómo puedes vivir tan tranquila sabiendo que alguien tuvo que morir para poder salvarte? Alguien que era amado, que tenía amigos y familiares que… —se calló al recibir una bofetada, fue la madre de la muchacha quien se la había dado.

Parpadeó y centró su vista en la mujer castaña.

—No tienes ningún derecho a hablarle de esa forma a mi hija. Vete —exigió con voz trémula.

—Él tiene razón —el susurro apagado de ella llego a sus oídos, y volvió a ver a Kagome.

La muchacha se había sentado en el sofá. Mantenía la cabeza inclinada y una mano sobre su pecho.

—Cariño, sabes que no es cierto.

—Yo no lo merecía —la voz de ella sonaba estrangulada.

Algo se revolvió en Inuyasha al escucharla. Dio un paso hacia ella.

—Kagome…

Se quedó helado cuando ella elevó el rostro para verlo. Había tanta culpa y dolor en sus ojos que él mismo se sintió agobiado. Quiso decir algo pero las palabras no salieron de sus labios.

Fueron sus palabras las cuales habían afectado tanto a la muchacha, y antes de poder retractarse de algo se vio arrastrado a la salida del departamento, con la imagen de una destruida Kagome grabada en su memoria.

Continuara.

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Hello, baby girls! Vengo a dejarles esto antes de que termine el año, soy mala, lo sé, terminar el capítulo así justo en estas fechas; soy cruel.

El capítulo en general me gusto, aunque luche en muchos momentos; espero que haya resultado de su agrado.

Ahora bien, no se cuando vendré con la parte final, comencé a trabajar con el especial de navidad (si, si, súper retrasado), y hasta que no lo termine no regresare con los pendientes, aunque espero no tardar demasiado.

Bueno, me despido, no quiero alargarme para dejarles chance en caso de que quieran enviarme amenazas o tomatazos.

Gracias por leer, y nos leeremos el próximo año.

¡Feliz año, baby girls!