Tercera parte del regalo de cumpleaños de Lirio.


Capítulo 3

Inuyasha había intentado llamar a Kagome, pero la llamada siempre era desviada al buzón, lo más seguro era que ella no quisiera volver a hablarle o verle nunca más. Había sido muy cruel con ella la última vez que se vieron.

Pero no podía evitar sentirse molesto por cómo había sucedido todo, después de todo se sentía completamente engañado por ella. Quizás era injusto, pero eso no le importaba.

Al saber que Kagome había recibido el corazón de Kikyou para salvar su vida, le había agitado parte de sus sentimientos.

La culpa se había hecho presente por haber mancillado el recuerdo de Kikyou, por haberla olvidado. Porque lo había hecho, debía admitirlo. Durante el tiempo que compartió con Kagome el recuerdo de Kikyou era algo borroso y distante, y cuando pensaba en su muerte ya no resultaba doloroso, porque Kagome estaba a su lado y lo hacía olvidar comentándole algo que lo hacia reír o pensar en otros asuntos.

Quizás aquello sólo era lo que llamaban Karma, y le tocaba vivirlo por haberse olvidado tan pronto de la mujer que había amado tan profundamente.

Detestaba haberle hecho daño a Kagome, pero estaba tan dolido que en aquel momento simplemente no pensó con claridad.

Y la acusación era totalmente carente de sentido. Kagome no era la responsable de la muerte de Kikyou, ella no había planificado el accidente que le causaría la muerte; ella sólo había sido escogida como la candidata para recibir el trasplante. El que era necesario para salvar su vida.

Recordaba que Kagome le había comentado en una oportunidad que ella había perdido toda esperanza de salvarse, era prácticamente imposible que consiguiesen un donante adecuado para ella de acuerdo con los pronósticos, incluso le había confesado que ella se había despedido de su familia luego de sufrir el primer ataque cardiaco y antes de caer en coma. Ya había aceptado su destino y había agradecido poder vivir de la forma que lo había hecho.

Fue una sorpresa para ella cuando despertó nuevamente y le anunciaron que había recibido el trasplante justo antes de que los médicos decidiesen desconectarla del bypass.

Él se sentía terriblemente culpable por lo que había dicho, su intención no había sido causarle daño, pero lo había hecho.

Era por eso que había dejado de insistir con las llamadas, si ella no quería saber nada de él, no la molestaría más, no después de haber sido tan injusto con ella.

Lo que lo carcomía por dentro era no saber siquiera si ella estaba bien. Deseaba desesperadamente poder saber si ella estaba bien, asegurarse de ello. Aquel último fin de semana que había compartido, ella había estado realmente mal, con altas fiebres y muy descompasada, comenzaba a temer lo peor.

Había notado que ella tomaba una moderada cantidad de pastillas durante la mañana, y en una ocasión le había preguntado para que eran.

—Los inmunosupresores son para evitar que el cuerpo rechace el trasplante, este lo tomo dos veces al día. Y el resto son suplementos vitamínicos para reforzar las defensas, ya que los inmunosupresores ocasionan que mi organismo quede propenso a infecciones —le explicó ella de forma calmada.

—¿Hasta cuando hay riesgo de rechazo?

—Nunca deja de haberlo, pero según las estadísticas, si el cuerpo no muestra señales de rechazo durante los primeros cinco años, es posible que no lo haga, pero aun así no se pueden dejar de tomar los medicamentos.

Ella siempre había estado tan informada de aquel tema, al preguntarle como sabía esos detalles, ella respondió que eran cosas que solían hablar en sus reuniones de grupo.

—Pero lo que me dices es que esos medicamentos te ayudan para que no rechaces el trasplante pero, a su vez, dejan tu organismo susceptible a infecciones —expresó con cierto desconcierto.

—Así es, es algo con lo que debo vivir.

—¿Y si te enfermas…?

—Es un riesgo.

—Una infección grave podría matarte ¿cierto? —preguntó con temor.

—Es una probabilidad, claro, pero son cosas que no tiene sentido pensar ahora. Esta es la vida que me tocó vivir y estoy agradecida por haber obtenido al menos un par de meses más, ya con eso estoy satisfecha. Ahora cambiemos de tema, por favor, no tenemos que seguir hablando de cosas tristes.

Siempre le había sorprendido como ella intentaba buscarle el lado bueno a las cosas que le sucedían, no importa que le sucediera ella sonreía y decía que las cosas estarían bien, y la verdad era que al ver su sonrisa así lo sentía.

Inuyasha se pasó la primera semana acudiendo al parque con Shippou con la esperanza de al menos poder ver a Kagome a lo lejos, pero ella no apareció ningún día. La preocupación y la culpa comenzaron a golpearlo y entonces se dedicó por completo al trabajo.

Volvió a los horarios repletos y guardias sin descanso. Iba a casa a pasar el tiempo necesario para comer algo, bañarse y sacar a pasear al perro. No quería pensar en nada. Ni en la culpa ni en sus sentimientos.

Su hermano y su cuñada le hicieron ver que no podía continuar con aquel ritmo de vida, o terminaría colapsando, y la verdad era que eso le importaba muy poco, si algo llegaba a pasarle lo tenía bien merecido por haberle causado tal daño injustificado a Kagome.

Casi un mes había pasado desde la última vez que vio a Kagome, y seguía sin poder quitarse la imagen de ella sentada con una mano en pecho y viéndolo con aquellos ojos llenos de culpa y dolor.

Yo no lo merecía.

Las palabras de ella seguían haciendo eco en su memoria. Ella lo había dicho como forma de aceptar que no debía haber recibido el trasplante, que alguien lo merecía más que ella. Y ¡maldita sea! No era así, si alguien merecía vivir era ella. Ella quien era luz, esperanza y vida en su máxima expresión.

Y él le había recriminado ser una egoísta por no pensar en las personas que amaban a Kikyou, cuando aquello era totalmente absurdo. Ella ya le había dicho que nunca pudo saber quién había sido su donante, y le había expresado su pena al no haber podido agradecer al menos a los familiares de la persona y expresarle sus condolencias por la pérdida de un ser querido.

¿Y que había hecho él? Hacerla sentir culpable por vivir, hacerla pensar que no merecía haber sido salvada; era un desgraciado. Había causado daño a la persona que menos lo merecía. Él bien sabia, la clase de persona que ella era y aun así había dicho todas esas cosas terribles. Si alguien no merecía vivir era él.

Aquel día para no ir a su casa, después del trabajo decidió dar una vuelta por el centro comercial, pronto seria el cumpleaños de su madre y debía comprarle algo. Mientras recorría los pisos del centro comercial paso por la tienda en que una vez estuvo con Kagome, a donde fueron en su primera salida.

Aquella extraña tienda de antigüedades. Instintivamente llevó las manos a su cuello para tocar el collar que Kagome le había puesto. El anciano de la tienda había dicho que servía para aliviar las penas, pero en aquel mes no había funcionado en lo más mínimo, tal y como él pensaba era una charada.

Determinado y con el mal humor que tenía, entró en la tienda. Estaba desierta, tocó una pequeña campana que estaba en el recibidor, y el dueño apareció poco después.

—Ha regresado joven, me alegro de volver a verlo —habló el anciano.

—He venido a decir que es usted un charlatán. Tal como yo pensaba este collar no sirve para nada —movió el collar que colgaba de su cuello—. No ha servido en lo más mínimo.

—¿Dónde está la muchacha? —quiso saber el anciano sin escuchar lo que él decía.

Inuyasha no respondió, no tenía respuesta y no sabía que decir acerca de ella. El anciano pareció interpretar su silencio y tomó nuevamente la palabra.

—Es razonable que el collar no haya funcionado. El collar por sí solo no tiene magia —comenzó a explicar el anciano—, para que este haga su trabajo debe haber alguien que estimule su poder, en este caso, era la muchacha. Fue por eso que se lo entregue a ella, para que ella a su vez se lo diera a usted; de esa forma funcionaba el encanto. Pero me temo que si ella no está no funciona, el efecto se anula sin la presencia de quien otorga la verdadera magia.

Por un momento se quedó mudo. ¿Aquel anciano intentaba decirle que sin Kagome estaba destinado a padecer una gran pena?

—Si lo que dice es cierto, entonces no importara que le devuelva esto —hizo el ademan de quitarse el collar pero el anciano lo detuvo.

—¡No, muchacho! El collar aún sigue trabajando, de la forma en que puede hacerlo, te protege. De cualquier forma, tú eres su dueño ahora, no funcionara con nadie más.

—Patrañas —gruñó y se dio media vuelta para salir de aquel lugar. El anciano lo observó con gran angustia, tenía un muy mal presentimiento.

Al llegar a casa Inuyasha fue directo a darse un baño, después de quitarse la camisa llevó sus manos al cuello para quitarse también el collar. Se detuvo al recordar el momento en que Kagome se lo había puesto, ella se había visto tan feliz, rebosante de alegría. Al instante apareció en su memoria la imagen de ella en el sofá al borde del llanto a causa del dolor que él le había causado. Terminó de quitarse el collar, no merecía llevarlo.


Sin saber muy bien cómo, había terminado delante del departamento de Kagome. Bueno, si lo sabía. Su cuñada le había dicho que finalmente había llegado respuesta de la petición para fumigar el edificio que él había solicitado tiempo atrás. Y le dijo que ya podría ir a realizar el trabajo.

Había tomado aquello como una buena razón para saber acerca de Kagome. Pero se sentía extraño estando allí, por alguna razón no llevaba su equipo de trabajo, suponía que lo había olvidado por querer apresurarse y saber cómo estaba la muchacha.

Había vuelto a llamar a Kagome, porque seguía atormentado por saber si estaba bien. Pero nada, su llamada seguía siendo desviada al buzón de mensajes. Esperaba con todas sus fuerzas que ella hubiese optado por no saber nada más de él, tenía razones para eso, después de todo; porque no podría soportar que hubiese sido por algo más. Aquello sería algo imposible de aceptar. Ahora tenía una oportunidad para poder asegurarse de que estaba bien.

Tocó la puerta y espero respuesta. Nada. ¿Estaban a sábado, cierto? Estaba casi seguro de eso. Las últimas semanas había estado tan inmerso en el trabajo que no le tomaba relevancia al día en que vivía. Pero Rin le había mencionado algo acerca de hacer el trabajo un sábado para que todos los inquilinos estuviesen presentes y hablarles del procedimiento. O eso creía.

Quizás su cuñada no estaba tan errada al decir que le convendría descansar un poco más. Quizás de esa forma no estaría tan confundido.

Escuchó a alguien tocar la puerta contigua a la de Kagome, y reconoció la voz de su hermano hablando con una señora mayor.

Él insistió una vez más en la puerta de Kagome.

—Joven, me temo que ese departamento esta desalojado —le dijo la anciana. Su mano quedo elevada preparada para dar otro golpe a la puerta.

Ne se había imaginado que Kagome se hubiese mudado, pero suponía que aquella podía ser una opción.

—Aquí vivía alguien que yo conocía, no sabía que se hubiese mudado —habló sin querer apartarse de la puerta.

—No fue así. Kagome, la joven que vivía allí, ella… —la voz de la anciana se volvió difusa.

—¿Qué? —quiso saber.

—Su salud no era muy buena, pobre muchacha, tan joven.

—¿Qué le paso? —preguntó ahora con voz temblorosa.

—Se fue de aquí estando muy mal, se le veía muy enferma. Luego vino su familia a buscar sus cosas. Me dijeron que había muerto.

—No —susurró apoyándose en la puerta—. Ella no… Kagome no pudo… —ni siquiera era capaz de armar una frase. Aquello era inconcebible.

En ese momento Sesshoumaru lo hizo apartar de la puerta, mientras leía un listado donde efectivamente decía que el apartamento estaba desalojado desde hacía al menos dos semanas; entonces buscó entre las llaves que le había entregado el condominio para que pudiesen registrar los departamentos vacíos.

Y entonces lo vio. El apartamento que tan bien había conocido estaba completamente vacío. No quedaba nada de lo que una vez allí pudo ver. Todo había desaparecido.

Muerta. Kagome estaba muerta.

Su cabeza se convirtió en una explosión de recuerdos. Su hermano seguía hablando, dando órdenes, o eso suponía. La anciana a su lado también decía algo pero casi no reconocía la voz. Todo era muy distante, le resultaba difícil mantenerse enfocado.

Sólo podía pensar en una cosa. Kagome. Era la imagen de ella lo que se mantenía fija en sus pensamientos.

Se dejó caer en el suelo, agobiado. No podía soportar aquello.

No podía aceptarlo, no quería creer que ella ya no estuviese.

No podía resistir volver a vivir el dolor de perder a quien amaba. Porque si, muy tarde se había dado cuenta que se había enamorado de aquella muchacha. Cuando ya no podía hacer nada por recuperarla.

El destino le golpeaba con una nueva dosis de sufrimiento, esta vez castigo a sus palabras.

Y en aquella oportunidad no estaba seguro de querer repetir aquella agonía, que en ese momento le era mucho más asfixiante y demoledora.

No quería volver a vivir. No sin ella.


Hola, la verdad no tengo palabras. No se me ocurre nada que pueda decir que los haga sentir mejor.

Cuando comencé a escribir esta historia este no era el final que tenía pensado, pero después de un tiempo, simplemente esto comenzó a rondar mi cabeza, toda esa desesperación y dolor pedían salir a gritos. Y, entonces, una mañana en el trabajo, me llego un relámpago fugaz, que me mostró que "Volver a vivir" podía ser eso, volver a repetir un dolor, o una perdida, después de todo a todos nos ha pasado repetir momentos dolorosos; luego también vi el resumen y vi que había colocado "…las sombras del pasado que lo atormentan, amenazan con devolverlo a la oscuridad.", con eso termine de ver que podía hacer esto, tenía base, y la verdad me sentí bastante satisfecha.

No digo que haya estado saltando de felicidad, pero logré escribir lo que quería. Logré sacar eso que tenía guardado, y eso me hizo sentir bien.

Lamento haber causado algún daño, o roto algunos corazones, pero en ocasiones, se debe escribir lo que se debe escribir.

Me despido con pesar, y agradeciendo su apoyo. Nos leeremos en otra oportunidad, si es que desean seguir leyéndome.