Ultima parte del regalo de Danperz L.J (Lirio)


Capítulo 4

—Inuyasha, despierta —la voz de su cuñada llegó desde un lugar lejano.

Abrió los ojos con dificultad, le resultaba un poco complicado ubicarse.

—Si te vas a seguir durmiendo en la oficina, será mejor que te largues a tu casa —escuchó a su hermano hablarle desde su escritorio.

—Ese no es el modo correcto de decirlo, Sesshoumaru —riñó Rin—. Pero tiene razón, deberías descansar correctamente —ahora le habló con tono preocupado—, no es la primera vez que te quedas dormido en la oficina.

—Sí, lo tendré en cuenta —habló sin mucha convicción, aún se sentía confundido y con un gran pesar.

—¿Quién es Kagome? —preguntó Rin con curiosidad.

Inuyasha comprendió entonces el porqué de su consternación. La noche anterior no había ido a su casa, se había quedado dormido en el mismo escritorio, y había tenido aquel sueño terrible. Pero lo había sentido tan real que aún podía sentir la opresión en su pecho a causa del impacto emocional.

Al menos podía calmarse al pensar que Kagome podía estar bien en su departamento, que nada le había sucedido, y sólo era su subconsciente que le jugaba aquellos juegos macabros.

—¿Y bien? ¿Me dirás quien esa esa chica y porque decías su nombre en sueños?

—Kagome es… ella… —no supo cómo explicar que era lo que ella significaba para él. No cuando él mismo comenzaba a interpretar sus sentimientos luego de aquel sueño.

—¿Podrían dejar de hablar tonterías y ocuparse de lo que en realidad importa? Tenemos trabajo que hacer —Sesshoumaru habló con su tono severo, y en ese momento Inuyasha agradeció la interrupción.

—Muy bien, grandulón —dijo Rin y al momento le sacó la lengua a Sesshoumaru.

A Inuyasha solía causarle gracia la forma en que Rin se atrevía a hablarle a Sesshoumaru y la forma en que él lo aceptaba, ella era la única quien osaría a hacerle aquella mueca a su hermano, y era a ella a la única persona que Sesshoumaru le permitiría aquel atrevimiento. Su hermano había cambiado desde que conoció a Rin, seguía siendo soberbio y frío, pero cuando se trataba de ella y su hijo era alguien completamente diferente. Eso era lo que hacía el amor en las personas, pensó, las cambiaba.

—Se me había olvidado decirte, Inuyasha, por fin llegó la respuesta a la solicitud que me pediste que hiciera para la fumigación del edificio que inspeccionaste. Ya han realizado las reparaciones necesarias y se puede proceder a fumigar —Rin le entregaba una carpeta.

Aquello fue como sufrir un déjà vu, un mal presentimiento se albergaba en su pecho.

—¿Cuándo se realizara la fumigación? —preguntó tratando de que su voz sonara serena.

—La he planificado para hoy —respondió su hermano—, se le ha informado al condominio y han aceptado. A las 9 debo estar en el edificio.

—Yo iré —afirmó de inmediato. Debía asegurarse de que Kagome estaba bien.

—Deberías ir a tu casa y descansar —Sesshoumaru habló sin dejar de revisar unos documentos. Aquella era la manera en que su hermano se preocupaba por él.

—Lo haré en cuanto terminemos con ese edificio —habló con más determinación.

—Bien, pero si vuelves a quedarte dormido me encargare de dejarte en el sitio donde lo hagas —gruñó.

—No lo hará, y si lo hace lo enviare a buscarte —Rin le guiñó un ojo y le ofreció una sonrisa.

En otro momento aquello le hubiese causado gracia, pero justo en ese instante no lo hacía, seguía con aquella gran inquietud en su pecho, atormentado por aquel terrible sueño. Debía asegurarse cuanto antes que Kagome estaba bien.


Llegaron al edificio poco después de las 9:00 de la mañana, Sesshoumaru lo llevó hasta su casa para que se cambiase ya que según él, brindaba un aspecto deplorable. Había aceptado porque guardaba la esperanza de encontrar a Kagome.

Dejó a Sesshoumaru hablando con los encargados del condominio y sin esperar mucho mas se dirigió al apartamento que le interesaba. Al llegar tocó la puerta esperando respuesta, nada sucedió.

La opresión en su pecho aumentó.

—Kagome abre la puerta, por favor —casi suplicó al seguir tocando la puerta.

—En ese apartamento no hay nadie —escuchó la voz de Sesshoumaru a su espalda, y la opresión en su pecho aumento.

Su hermano llamó en la puerta contigua, y salió una anciana, él le explicaba que pronto comenzarían la fumigación y debía salir del edificio tal como ya habían acordado con los del condominio, podrían regresar después de las 2:00 de la tarde.

Inuyasha se acercó a la anciana.

—¿Qué sabe de la chica que vive en este apartamento?

—¿Kagome? —Inuyasha asintió—. Se fue de aquí estando muy mal, hará cosa de un mes, se le veía muy enferma. Luego su hermano vino a buscar un par de sus cosas, al parecer se quedaría en casa de su familia hasta que su salud mejorase. Pobre chica, espero que se recupere.

El impacto aunque menor, igual le afectó bastante. Kagome no estaba bien. Su vida podría estar en riesgo en algún hospital y él no podía hacer nada.

Sintió la mirada de Sesshoumaru en él y reaccionó. Su hermano lo veía con cierta curiosidad.

—Iré a avisar al resto de los inquilinos —informó. Debía tratar de mantener su mente ocupada si no quería atormentase por pensar en lo que podría haberle pasado a Kagome.

Sesshoumaru vio cómo su hermano se alejaba para subir al siguiente piso, ahora ciertas cosas comenzaban a tener sentido. Ya luego hablaría con el idiota de su hermano, mientras tanto tenía trabajo que hacer.

—¿Conoces a esa muchacha, cierto? Kagome —preguntó Sesshoumaru una vez estuvieron ambos en la camioneta, ya iban de regreso a la oficina.

Inuyasha se negó a responder.

—Es a quien llamaste en tus sueños —siguió hablando—. Ahora todo tiene sentido, el cambio de tu comportamiento hasta hace semanas, tu interés por ese viejo edificio. Supongo que comenzaste una relación con ella y… ¿Qué paso luego? ¿Te botó?

—Ojala lo hubiese hecho —soltó de pronto.

—Cometiste alguna tontería supongo.

—Es más complicado que eso. No es algo que te interese escuchar de todas formas.

—Puedes hablarlo conmigo o Rin se encargara de averiguarlo —comentó.

Inuyasha se sorprendió un poco ante aquello, ¿su hermano se estaba ofreciendo a escucharlo?

La verdad era que estaba desesperado, y Sesshoumaru no resultaba tan mala opción para hablar, él no sería alguien condescendiente, de eso estaba seguro, le diría justo lo que necesitaba oír.

Antes de darse cuenta comenzó a hablarle de Kagome, le habló de cuando la conoció, las cosas que ella le había dicho, sobre su trasplante, de cómo se sentía estando con ella, y luego, como había descubierto que el corazón que la mantenía con vida era el de Kikyou. Le contó lo cruel que había sido con ella aquel día, las cosas que le había dicho.

—¿La acusaste de ser la causante del accidente de Kikyou cuando ella estaba en coma? —fue lo primero que le preguntó su hermano— No creí que fueses tan idiota.

—No estaba pensando ¿de acuerdo? Me afecto demasiado saber que precisamente ella fue quien recibió el corazón de Kikyou, y que no me hubiese dicho antes…

—Me dices que ella te había comentado no saber quién era su donante. —Sesshoumaru al ver que la conversación se extendería tomó un desvío— No esperabas que ella te preguntara algo como "¿Por casualidad conociste a alguien que fuese donante de órganos y muriese en esta fecha aproximadamente?", o ¿si crees que es una pregunta para hacerle a alguien?

Inuyasha suspiró, visto de aquella manera resultaba mucho más tonto, y tenía menos razones para comportarse como lo hizo. Ella le había dicho todo lo que podía decirle. Lo que significaba que la culpa era de él al no imaginarse aquella posibilidad.

—Quizás yo debí interpretarlo. Cuando ella me dijo que había recibido un trasplante debí pensar en Kikyou. Pero yo…

—Estabas pensando en Kagome —su hermano lo sorprendió con esa verdad—. Y está bien, Kikyou formó parte de tu vida, pero ya no está, y tú sigues vivo, por lo que está bien que intentes seguir con tu vida.

—Siento que estoy mancillando el recuerdo de Kikyou.

—Si te sientes de esa manera entonces olvídate de Kagome, y que no te importe si ella vive o muere —dijo como si aquello fuese lo más lógico.

Inuyasha sintió una punzada en su pecho y por un instante sintió que sus ojos soltarían un par de lágrimas, se sintió completamente ahogado. No podía siquiera imaginar que Kagome pudiese morir.

—No, Kagome no puede morir. Ella no… —su voz no fue más que un susurro desesperado, no supo si Sesshoumaru había logrado escucharlo.

—Sé que Kikyou te amaba —siguió hablando Sesshoumaru—, y por eso sé que le hubiese gustado que fueses feliz.

Escuchar aquello de parte de su hermano lo dejaba pasmado. Aquel no se parecía al Sesshoumaru con el que había crecido y conocido durante toda su vida. Su hermano había cambiado.

—Creo que esa chica es importante para ti, ¿me equivoco? —Inuyasha negó con la cabeza—. Estas confundido porque no sabes si la amas a ella, si dejaste de amar a Kikyou, o si las amas a ambas.

—¿Cómo podría saberlo?

—Supongo que ya lo sabes, pero no logras entender la respuesta —en ese momento Sesshoumaru estacionó la camioneta—. Ahora baja y ve a dormir, no quiero saber de ti por unos días —le dijo con su característica voz autoritaria.

Sin él haberse dado cuenta Sesshoumaru había conducido hasta su casa. Su hermano se preocupaba por él después de todo.

—Gracias, Sesshoumaru —habló sinceramente.

—Lo único que hice fue traerte a tu casa, ahora vete —soltó como si le hablase a un perro.

Inuyasha intentó sonreír y pensó que su hermano era la única persona con la podía hablar de un tema como aquel, lo escuchase y le aclarase parte de sus propios sentimientos para luego echarlo sin aceptar si quiera un gracias.

Bajó de la camioneta y Sesshoumaru arrancó si esperar que él entrase a casa. Así era su hermano.

Al entrar a casa fue recibido por Shippou, le acarició la cabeza y se dirigió a la sala, se tiró en el sofá y se quedó con un brazo extendido hacia el animal.

—Kagome debe estar bien —susurró para sí mismo, en un intento de hacérselo creer.

Antes siquiera de poder dirigir sus pensamientos en otra dirección se quedó dormido sin poder alejar aquella pesadez de su pecho.


Ya había pasado una semana desde que visitara el apartamento de Kagome, cada día había estado llamando una y otra vez con la esperanza de escuchar su voz, pero seguía siendo enviado el buzón de mensajes. No le importaba si ella respondía y le gritaba que se fuera al infierno y que la dejara en paz, con escuchar su voz y saber que estaba bien y a salvo le bastaba.

La angustia era su habitual compañera, aquel malestar tormentoso se negaba a abandonarlo, y cada día que pasaba sin saber de Kagome se volvía más pesado. Deseaba con todas sus fuerzas poder volver a verla, lo necesitaba.

Ya ni siquiera el trabajo le ayudaba a apartarla de su mente. Aquel sentimiento lo estaba carcomiendo, y el recuerdo de aquel terrible sueño seguía fijo en su memoria. Estaba comenzando a pensar que se volvería loco.

Sesshoumaru le había sugerido que volviese a buscarla en su departamento, pero temía que le dijesen que ella nunca volvería. Quizás era un cobarde pero no quería enfrentarse a eso, no quería tener que hacerle frente a la noticia de la muerte de Kagome.

Y luego de haber meditado eso durante aquellos días, se había dado cuenta que amaba a Kagome desesperadamente. No podía decir si era en mayor o menor medida de lo que había amado a Kikyou, las dos eran diferentes, y le hacían sentir cosas diferentes.

De lo que si estaba seguro es que no podría soportar la muerte de Kagome como lo había hecho con Kikyou.

Perder a Kikyou le afectó y lo había dejado hundido, pero Kagome lo había ayudado a salir de aquel vacío pozo donde había caído. Y aunque en aquel momento sentía que había perdido a Kagome porque no la tenía en su vida, al menos mantenía la esperanza de que estuviese con vida, pero si llegase a saber lo contrario no podía si quiera pensar en cómo asimilarlo.

Si ella llegase a morir, moriría lo último que quedaba de él, de eso estaba seguro. No podría seguir. No podría vivir.

Los días siguieron pasando y Sesshoumaru seguía diciéndole que no quería verle en la oficina, decía que su estado de ánimo le hacía enfermar. Pronto entendió que su hermano no toleraba verlo de aquella manera y no poder ayudarlo.

Aquel día se había dispuesto a dar un paseo, pensando que caminar le ayudaría a despejar sus atormentados pensamientos, había decidido dejar a Shippou pues no sabía que tan lejos iría.

Era una fresca tarde de febrero, el invierno seguía en pleno apogeo. Se detuvo a observar un gran árbol, lo mantenían cercado para evitar que las personas se acercasen demasiado. Leyó la descripción que había en un lado de la cerca.

"Goshimboku, árbol sagrado con más de mil años de antigüedad. Se dice que posee magia capaz de unir los sentimientos más profundos."

Lo que pensó al leer eso fue que era un árbol reamente viejo, pero aun con ese pensamiento no pudo dejar de observarlo, se sentía atraído hacia él.

—Si mamá. Estoy bien, de verdad. —Aquella voz alertó todos los sentidos de Inuyasha—. Salí a caminar un poco pero ya estoy de regreso al departamento. Nada de ejercicio, lo prometo. Hablamos luego, te quiero.

Inuyasha se volteó para buscar a la dueña de aquella voz, no podía estar equivocado. Y entonces la vio, ella estaba de pie a unos metros de él, guardaba su teléfono en el bolso que llevaba cargado al hombro. Vestía un vestido verde y unas medias largas para cubrir sus piernas del frio, llevaba un ligero abrigo de color negro.

Estaba viva, y seguía tan hermosa y radiante como le gustaba recordarla. Sin pensarlo si quiera corrió hacia ella y la abrazó con fuerza.

—Kagome —dijo su nombre como si con ello su alma regresase a su cuerpo. Aspiró su aroma y la apretó aún más contra su pecho, no quería dejarla ir. No quería que de repente se esfumara entre sus brazos.

—¿Qué…? —la voz de ella sonaba amortiguada debido al abrazo. Se separó ligeramente y enmarcó el rostro de ella en sus manos.

La sorpresa no se hizo esperar en el rostro de la muchacha.

—¿Inuyasha? —preguntó con voz temblorosa, un nudo se le había formado en su garganta.

No sabía nada de él desde el día que su madre lo echó de su departamento, y por lo que ella había pensado suponía que él no querría saber nada de ella.

Las primeras semanas habían sido realmente terribles para ella. Sufrió una fuerte infección y debió permanecer internada, hubo un par de días realmente malos que perdió la conciencia debido a la fiebre y los médicos creían que no se salvaría. Pero había logrado recuperarse.

La verdad en aquellos terribles momentos no le importó morir, estaba sumida en una gran pena y las últimas palabras que le había dicho Inuyasha se negaban a abandonar su memoria. Los médicos le dirían luego que su estado de ánimo había agravado terriblemente su salud.

Y si había luchado por seguir con vida, había sido por su familia, quien no la había abandonado en ningún momento.

No supo cuánto tiempo había pasado, pero se dijo que debía reaccionar. Se alejó de los brazos de Inuyasha.

—No, no te vayas —suplicó él. Y entonces hizo algo que ella no se hubiese imaginado, se arrodilló delante de ella y se abrazó a su cintura—. Perdóname, por favor.

Kagome vio como las demás personas que pasaban por el camino se le quedaban mirando.

—Levántate —instó a Inuyasha intentado levantarlo en vano—. La gente nos está viendo.

—No me importa. Sólo quiero disculparme contigo, dije cosas que no debía, que ni siquiera quería decir.

—Dijiste la verdad —dijo ella como respuesta—. Realmente es como si yo hubiese tomado la vida de Kikyou para salvarme.

—No. No es así —replicó con rapidez y se puso de pie para verla a los ojos—. Y me culpo cada maldito instante por haber dicho eso. Tú no tomaste su vida, no eres responsable de su muerte.

—Pero alguien más pudo haber recibido el trasplante. Yo estaba prácticamente muerta y no lo merecía —ella habló con voz estrangulada.

—No vuelvas a decir eso, nunca. Tú merecías vivir más que nadie. —Ella negó con la cabeza y vio un par de lágrimas recorrer sus mejillas—. Sí. Y debías vivir porque yo te necesitaba, aún te necesito.

—Hubieses estado bien sin mí…

—No —el terror se marcó en su voz—. De no haberte conocido no sé qué habría pasado conmigo, pero ahora que te conozco estoy seguro de que no podría soportar perderte. He vivido un infierno al pensar que podías estar muerta, creí que me volvería loco. Te amo, Kagome, y te necesito —la súplica iba marcada en sus palabras— ¿No puedes verlo? Estoy perdido sin ti.

Las lágrimas salían a raudales de los ojos de Kagome. No sabía si podía creer en sus palabras, quería hacerlo porque ella había aprendido a amarlo, pero las dudas seguían marcadas en su interior.

—Me esforzare, y haré todo lo posible por ganarme tu perdón. Me había dicho que aceptaría de buena manera si no querías volver a verme, pero no puedo hacerlo. No quiero volver a dejarte nunca, no lo soportaría.

Ella no sabía que decir, tenía miedo de creer en sus palabras y que no terminase bien, pero aquella parte de ella que lo amaba le pedía a gritos que aceptara sus palabras, que le diese una oportunidad.

Antes de que su mente pensara en algo para responder, su teléfono comenzó a sonar en su bolso. Era la alarma para su medicina. Aquella era su salida, no debía responder nada, podría marcharse y quizás luego tendrían otra oportunidad para hablar, cuando ella no estuviese tan abrumada.

—Debo ir a casa, tengo que tomar mi medicina —habló al momento que buscaba su teléfono en el bolso para que dejara de sonar.

—Creí que te tocaba más tarde. —Inuyasha había creído aprenderse el horario que ella seguía para su tratamiento.

—Cambiaron mi tratamiento después de… no importa.

—Claro que importa. Quiero saber lo que sucedió después, y donde estuviste todo este tiempo. Pero ahora te llevare a casa.

Inuyasha la tomó de la mano y caminó con ella hasta la parada más próxima, allí llamó un taxi que pasaba cerca, la hizo subir y luego subió él, y le dio la dirección de su departamento.

Pronto llegaron al departamento de Kagome, él pagó lo correspondiente y luego siguió a la muchacha al edificio. Ella parecía no querer hablarle o no se atrevía, pero él necesitaba escucharla, y no se marcharía de su lado.


—Deja de mirarme de esa forma, me asustas —dijo Kagome a Inuyasha.

Él tenía prácticamente una semana viviendo en su departamento, parecía haberse mudado con ella por decisión propia.

En aquel momento él la observaba como si fuese a desaparecer de un momento a otro, era una costumbre que había tomado, y ciertamente le causaba algo de miedo que él vigilase cada uno de sus movimientos.

Había intentado decirle que aquello era totalmente absurdo, que él no debía porque quedarse allí con ella, pero Inuyasha estaba decidido a quedarse. Ya había tomado el control total de la sala y ella se sentía realmente cohibida. Sólo se marchaba por un corto tiempo para pasar por su casa y ver a Shippou y buscar ropa si le era preciso.

Y no fue hasta el día anterior que le había vuelto a ver el collar que ella le había dado tiempo atrás. Ella notó que no lo tenía casi desde el comienzo pero no había querido preguntar, simplemente pensó que él decidió quitárselo para no recordarla. Pero cuando el día anterior él llegó de nuevo con el collar no pudo evitar preguntarle a que se debía que volviese a ponérselo si tanto le había desagradado.

Entonces él le dijo que había regresado a la tienda del anciano y este le había explicado la forma en que funcionaba el collar, que si ella no estaba a su lado el collar no surtiría el efecto, y que por eso había decidido quitárselo, pero ahora que ella estaba de nuevo en su vida no pensaba quitárselo nunca porque era como una conexión entre ambos.

—Pensé que no creías en todas esas cosas —había bromeado ella,

Él optó por decirle que luego de haber pasado aquel tiempo sin ella había logrado entender que la magia realmente existía, pero siempre y cuando ella estuviese. Le sorprendía lo mucho que parecía haber cambiado Inuyasha en aquel tiempo.

Lo que él no le había dicho era como había logrado reconocer la magia del collar. Luego de haberse encontrado con Kagome lo había pensado, y terminó reconociendo que el anciano de la tienda tenía razón. El collar había estado protegiéndolo de alguna manera, aun cuando no estuviese Kagome a su lado, pero en cuanto se lo quito la desesperación se apodero de él, mostrándole aquel terrible sueño y llenándolo de gran pesar y angustia. Mientras él tuvo el collar la ansiedad se mantuvo a raya, al quitárselo, todas las emociones desesperantes lo sometieron.

—Tendrás que acostumbrarte porque no dejare de hacerlo —dijo él con una sonrisa y la hizo volver a la realidad.

Inuyasha estaba feliz, aquello no podía negarlo. Kagome estaba bien y aquello era suficiente para ser feliz. Quizás su relación no fuese la misma que tenían antes del altercado, pero lentamente lograría ganarse la confianza de ella y conseguiría que ella creyese en él.

Kagome le había contado, después de mucha insistencia, lo que había pasado después de su madre lo echara del departamento. Ella había ido al médico tal como lo había planificado, le indicaron un par de medicamentos y la enviaron a casa, no mejoró. Días después estando con su madre, quien se había negado a dejarla, se desmayó debido a la fiebre alta, fue allí cuando decidieron ingresarla al hospital, donde estuvo internada casi dos semanas, hasta que su cuerpo quedo libre de infección. Posterior a eso su madre le había insistido en que fuese a quedarse con ella y su familia, debido a que se encontraba débil a causa del fuerte tratamiento que le habían suministrado, no tuvo más opción que aceptar. Y había permanecido con su familia hasta unos pocos días antes de cuando ellos se encontraron.

Él la había escuchado hablar con gran zozobra. No se perdonaba no haber estado con ella durante aquellos terribles días. Y era por eso que ahora se negaba a dejarla.

Había notado que ella estaba más delgada, y su piel más pálida a como la recordaba de los días que habían compartido juntos. También ella había reducido la jornada de trabajo y realizaba la mayor parte desde casa, lo cual significaba que aún no se recuperaba del todo.

Al preguntarle a Kagome que tan grave era su estado, ella respondió que después de la infección su cuerpo había quedado susceptible y podría recaer nuevamente. Debía mantener un régimen estricto, sin mayores esfuerzos. Aquello lo había aterrado.

—¿Ya no puedes seguir con tu entrenamiento de salir a correr? —preguntó con curiosidad, quería saber todo lo que ella podía o no hacer.

—Lo tengo terminantemente prohibido —respondió ella con una sonrisa extraña.

—¿Por qué?

—El deporte exige una fuerte demanda para mi organismo; y aunque en un momento lo pueda tolerar bien, llega el punto donde no lo resiste y colapsa, no puede manejar el gasto de energía y a su vez mantener al máximo las defensas contra infecciones. En resumidas cuentas ese fue parte del sermón que me dieron durante mi estancia en el hospital.

—No más entrenamiento para ti entonces.

—No te pongas igual que mi madre —ella suspiró. No le gustaba que la sobreprotegieran, por eso fue que apenas se vio recuperada regresó a su departamento, vivir con su madre era no hacer nada más que darse un baño sola.

Y al parecer Inuyasha tenía los mismos pensamientos, no quería dejarla sola, como si ella no fuese capaz de valerse por sí misma.

—Tengo que disculparme con tu madre. Estoy seguro de que debe odiarme desde ese día, me creerá responsable de lo que sucedió —dijo en tono culpable.

—Mi madre no suele guardar rencor durante demasiado tiempo, y si en ese momento actuó de esa manera, fue para protegerme. Desde que me diagnosticaron ella siente que debe protegerme de todo, fue peor después de la cirugía —sonrió con nostalgia. Su madre se preocupaba en demasía por ella.

—Y en ese momento yo te hacía daño —reconoció con pesar.

—Tenías tus motivos. Supiste quien había obtenido el corazón de tu prometida, y termine siendo yo, con quien habías comenzado una especie de relación, es comprensible que actuases de esa manera.

—No, no lo es. No es justificable de ninguna manera —habló en tono más elevado, estaba molesto consigo mismo—. Me arrepentiré cada día por haberte dicho las cosas que te dije —se acercó a ella y con una mano le acarició una mejilla.

—Ya es cosa del pasado, no tiene importancia…

—Claro que la tiene —dijo con vehemencia—. Te hice daño —el arrepentimiento hizo presencia.

—No lo hiciste con intención.

—Contigo no tiene caso discutir —sonrió ligeramente—, no ves más que el lado bueno de todo lo que pasa, y defiendes a las personas sin importar lo que hagan.

—Se vive mejor de esa manera —se encogió ligeramente de hombros, había entendido que no tenía caso recalcar las cosas malas y sufrir si se podía priorizar las cosas buenas.

Inuyasha pensó que aquella era una razón más por la cual se había enamorado de ella. Cuando estaban juntos y él decía que algo le desagradaba ella terminaba convenciéndolo de que había razón para que no resultase tan desagradable, finalmente varias cosas habían terminado por resultarle tolerables gracias a ella, desde la comida hasta las películas.

Durante aquellos días había estado meditando acerca de las diferencias que existían entre Kikyou y Kagome, se había propuesto hacerlo para identificar mejor sus sentimientos hacia ambas.

Kikyou era una mujer trabajadora, que ayudaba a las personas cuando se le presentaba la oportunidad, siempre y cuando no interfiriese con sus ideales. Era una mujer decidida, de carácter serio y no demasiado expresiva, aunque de buen corazón. Ella decidió ser donante de órganos por un motivo, quería salvar a alguien en caso que ella muriese de forma prematura, ya con eso se notaba lo buena persona que era.

Kagome era mucho más expresiva, carismática, y con un carácter muy volátil. Era alguien que podía hacerle una broma y estar riendo y luego cambiar su humor por algo que había visto y le parecía injusto. Si veía a alguien en problemas ayudaba sin pensarlo. Era amable y bondadosa; valiente y luchadora.

Él amó a Kikyou, pero también amaba a Kagome, y de una forma diferente, más intensa, más profunda. Y era por eso que le parecía inimaginable estar sin ella. Y quería aprovechar cada momento que tuviese.

Observó a Kagome mientras cocinaba, no podía dejar de verla, aún tenía cierto temor que todo fuese una ilusión. Pero ella seguía allí, frente a sus ojos.

Tenía una semana en el departamento de ella. Había hablado con Sesshoumaru para tomarse un par de días, se lo compensaría luego.

Cuando Kagome se iba al trabajo él aprovechaba e iba a su casa para alimentar a Shippou y darle su respectivo paseo. Tarde o temprano debía volver a su casa y hacerse cargo de sus cosas, pero no quería dejar a Kagome.

—Kag —la llamó y no pudo evitar sonreír al mencionar su nombre.

—Ya estará lista la comida —dijo ella.

Él solía molestarla cada vez que cocinaba, porque cuando ella se lo proponía se tomaba su tiempo.

—No es eso —se acercó a ella y la hizo apartarse de la cocina para que le prestara atención—. Quiero decirte algo.

—¿Qué? —ella bajó la llama en la hornilla.

—Quiero que vivamos juntos.

—Pues tienes una semana durmiendo en mi sofá como si fueses mi inquilino, a eso se le podría considerar vivir juntos.

—No. Me gustaría que te mudaras a mi casa, que viviésemos como pareja —confesó. Kagome se apartó de su abrazo, notó el nerviosismo en ella.

—No lo creo conveniente.

—¿Por qué no? —quiso saber.

—No es algo que se pueda tomar a la ligera.

—Hemos estado bien la última semana, y sabemos que no llevamos bien en otros asuntos.

—Lo que propones es más que encuentros de fines de semana. Hablas de algo permanente —habló con cierto pesar.

—Así es.

—Yo no puedo garantizarte algo permanente —susurró e intentó alejarse de él.

—No pienso dejarte —dijo reteniéndola entre sus brazos—. Ya te dije que te necesitaba y es cierto. No puedo tolerar la idea de no estar contigo. Te amo y quiero pasar cada minuto que pueda a tu lado.

—Yo podría…

—No lo digas —la interrumpió al instante—. No quiero pensar en eso como una posibilidad. Sólo quiero compartir contigo el máximo de tiempo posible, amarte y esperar que tú me ames de la misma forma.

—Ya te amo, y es por eso que no quisiera hacerte pasar por algo doloroso —los ojos de ella comenzaron a empañarse.

—Lo harás si no me dejas permanecer a tu lado. Escucha —le acarició ambas mejillas—, si algo llega a pasarte, recaes o te fracturas un brazo quiero estar contigo, cuidarte; déjame hacerlo, porque de lo contrario me volvería loco pensar que me necesitas y no estoy para ti. Quiero estar para ti —besó la frente de ella e intentó limpiar unas lágrimas que ya rodaban por sus mejillas.

Kagome asintió levemente y luego lo abrazó con fuerza, escondiendo la cabeza en su pecho y aferrándose a él como si fuese su salvación.

—Tranquila, todo estará bien —le susurró al oído al momento que le acariciaba la espalda. Aquellas mismas palabras también iban dirigidas hacia el mismo. Todo estaría bien.


Cuatro años después.

Estaba bañando a su hija de once meses, o al menos lo intentaba. La pequeña era muy inquieta, y sólo quería estar jugando y hacer que él se mojase en el proceso. Era su adoración, eso estaba claro, pero sufría cada vez que le tocaba aquellas pequeñas tareas.

Ya habían pasado tres años desde que se había casado con Kagome. Después de varios meses viviendo juntos le pidió matrimonio, y ella aceptó porque para ese momento ambos se habían dado cuenta que no podían estar separados.

La boda fue sencilla, por su parte sólo fue Sesshoumaru y Rin con su pequeño hijo, y su mejor amigo Miroku; y por parte de Kagome había asistido su familia y un par de amigos que ella consideraba cercanos. Algo muy cerrado e íntimo.

Meses después ella le confesó el deseo que tenia de ser madre, algo que casi había dejado de lado, pero al estar a su lado había salido a relucir. En un comienzo él tuvo muchas dudas y temores, recordaba lo mal que lo había pasado Rin durante su embarazo y no quería que Kagome padeciera por lo mismo, su situación se volvía mucho más delicada. Pero ella insistió y él aceptó porque quería ofrecerle todo lo que pudiese darle.

Hablaron con el médico que la trataba y luego con su ginecólogo. Tuvieron que realizar una modificación en su tratamiento y luego de que ella se mantuviese estable durante un par de meses comenzaron a buscar un hijo.

Cuatro meses después Kagome había llegado a su oficina con una sonrisa radiante y los ojos brillantes de emoción. Estaba embarazada. Allí comenzaron a manifestarse sus mayores miedos, si antes de eso no dejaba que Kagome realizara mayores esfuerzos durante el embarazo casi la tuvo recluida en cama con oportunidad de levantarse para realizar lo justamente necesario. Ella le repetía una y otra vez que era un exagerado, pero para él nada relacionado con la salud de ella era exagerado.

Ocho meses más tarde llegó a sus vidas Saya, una niña hermosa, de la cual estaba encantado fuese como su madre, aunque había heredado sus ojos, tenía las facciones de Kagome. Estaba feliz de tener a esas dos mujeres en su vida.

Cuando finalmente terminó de bañar a su hija la tomó en brazos y la llevó a su habitación para vestirla, en eso la pequeña también le dio una ligera batalla. Ya estaba terminando de arreglarla cuando escuchó que tocaban el timbre.

—¿Quién podrá ser? —preguntó a la niña y esta como respuesta le ofreció una sonrisa mostrando los pequeños dientes que ya le habían salido. Cargó a su hija y antes de dirigirse a atender se cambió la camisa. Dejó a la niña en el corral de la sala antes de abrir la puerta.

Le sorprendió ver a Sesshoumaru con su hijo y una Rin con un embarazo avanzado. Les dejó pasar luego de saludarlos. Saya en su corral de juegos llamó la atención de los recién llegados.

Rin fue hasta la niña y comenzó a hablarle mientras que buscaba jugar con ella.

Al ver que ninguno de los dos no parecía querer decir algo les preguntó a que se debía aquella inesperada visita.

—Yo quería asegurarme de que esta pequeña no estuviese en problemas.

—Claro que no, se cuidar de mi hija.

—Hace unos meses todavía te costaba cambiarle el pañal —recordó Rin.

—Ahora soy todo un experto —dijo como si aquello fuese algo por lo que estar orgulloso.

—Lo veré por mí misma —dijo y al momento cargó a la niña para irse con ella hacia el cuarto infantil.

—¿Qué tal lo llevas sin Kagome? —preguntó Sesshoumaru a Inuyasha.

Así que por eso estaban allí, no lo creían capaz de cuidar de su hija por su propia cuenta.

—No tan mal como podrías imaginártelo. Fue un poco difícil los primeros días, pero ya nos hemos acostumbrado.

—Es bueno saberlo, quizás pueda dejarte también a Ryuk.

—No soy tu niñera —espetó, aunque bien sabía que Sesshoumaru no dejaba que nadie más se encargarse de cuidar de su hijo. Cuando este era bebé había arreglado todo para que pudiesen tener al niño en la oficina. Era un verdadero sobreprotector.

Rin apareció de regreso con una pequeña que sollozaba, y al apenas ver a su padre se inquietó.

—Pa-pa —dijo entre pucheros e Inuyasha se apresuró a tomarla en brazos.

—La tienes demasiado consentida —argumentó Rin—. Supongo que es cosa de hermanos.

Ambos hombres soltaron una exclamación de queja para dar a entender que no les agradaba ser comparados.

La pequeña Saya una vez en brazos de su padre se recobró por completo y se entretuvo con el collar que él llevaba, aquel le parecía el mejor de los juguetes. A Inuyasha no le molesta que su hija jugase con el collar, aunque en algunas ocasiones ejercía un poco de fuerza que hacía que tuviese que inclinarse un poco. Pensaba que a pesar de lo dicho por el anciano tiempo atrás, Kagome no era la única capaz de hacer magia a través de aquel extraño artilugio, creía que su pequeña también tenía la misma capacidad de su madre, pues simplemente era imposible sentirse abatido cuando la sostenía en brazos y la escuchaba reír y llamarlo papá.

Su hija se había convertido en su otra fuente de felicidad, y en su motor de vida.


Kagome llegó a casa casi a las cuatro de la tarde. No había avisado de su regreso porque quería sorprender a Inuyasha y sabía que si le decía él querría ir a buscarla, y el pobre de seguro había pasado por bastante teniendo que cuidar de su hija solo, durante aquella semana.

Ella viajó a hacer una conferencia para promover la atención y cuidado después de un trasplante, para poder lograr un mejor tiempo de vida.
Luego de su recaída años atrás y después de haber participado ya en varias reuniones en el grupo de apoyo, pensó que podría realizar un programa para llegar a más personas. Con su manejo en las redes sociales comenzó con foros de ayuda y ese tipo de cosas, y poco a poco había ido expandiéndose.

Quería demostrarle a todos que podía llevar una vida corriente y plena, tal y como ella lo había logrado, en sus cinco años después de la cirugía sólo había recaído en una ocasión y luego nada más grave que no se debiese a algún efecto mismo del tratamiento, ni siquiera durante su embarazo había sufrido malestares mayores a los habituales. Aunque claro que Inuyasha se había mantenido a su lado en todo momento, sólo se alejaba de ella durante las horas que trabajaba y se ocupaba de llamarla cada vez que tenía oportunidad.

Si era sincera, él posiblemente era una de las principales razones por la cual se había mantenido tan bien, eso y un tratamiento adecuado llevado de la forma correcta. Aquello era algo que siempre resaltaba en sus conferencias, el apoyo que recibía de su familia, y en especial de su esposo. Él la había apoyado en hacer aquel programa de apoyo, siempre y cuando no se esforzará más de lo necesario, y eso era algo que él controlaba muy bien.

Aquella semana había resultado terriblemente larga, y más porque se suponía que sólo estaría tres días fuera, pero debido al mal clima el vuelo de regreso se vio suspendido en varias ocasiones, hasta que finalmente aquella mañana le había avisado que ya todo estaba en condiciones y podrían regresar a casa.

Y aunque se había mantenido hablando con Inuyasha por video llamadas no era lo mismo, ella quería estar con su familia, y allí decidió que para las próximas conferencias fuera del estado viajaría con su familia o no lo haría. Era como le había dicho Inuyasha en una oportunidad, debían compartir la mayor parte del tiempo que les fuese posible.

Fue recibida, como normalmente lo hacía, por Shippou, el perro no dejaba de dar vueltas a su alrededor, entusiasmado; Buyo por otra parte se acercó a ella y le acarició una pierna para luego alejarse. Notó que la casa estaba en silencio y supuso que su esposo e hija estarían en la habitación, el auto de él seguía en su lugar, por lo que no habían salido. Se asomó en el cuarto infantil y no había nadie siguió hasta llegar a su habitación.

Abrió la puerta con sumo cuidado, ya que no escuchaba prácticamente nada. No pudo evitar sonreír al ver la escena en la cama.

Inuyasha parecía estar profundamente dormido y Saya estaba sentada a un lado de él entretenida con uno de sus peluches. Supuso que Inuyasha se había acostado con ella para tomar la siesta y su hija se terminó despertando antes, le sorprendía que la niña no intentase despertar a su padre.

—¡Ma-ma! —gritó la pequeña al verla, y gateó en la cama para acercarse a ella. Kagome se apresuró para tomarla en sus brazos.

—Hola, tesoro, te extrañe tanto —le dio un beso en cada mejilla—. ¿Has cuidado bien de papi?

Con cuidado se subió a la cama y dejó a la niña en medio de Inuyasha y ella.

—¿Despertamos a papi? —la niña sonrió como si comprendiese sus intenciones a la perfección.

Saya se acercó más a su padre y apoyándose en él se levantó para quedar de pie a su lado.

—Pa-pa —comenzó a llamarlo y le dio un beso. Kagome sonrió al verla—. ¡Pa-pa! —llamó con más fuerza y en esa ocasión Inuyasha reaccionó impulsado como un resorte.

Se sentó en la cama un poco desorientado, y segundos después escuchó la risa de su esposa, volteó y la vio allí tendida en la cama a su lado.

—Eres mala con papá, Saya —dijo al momento que tomaba a la niña sin dejar de reír.

Al recuperarse de la sorpresa Inuyasha se acercó más a Kagome para abrazarla efusivamente. La había extrañado tanto.

—¿Por qué no me avisaste que regresarías? —preguntó sin separarse de ella.

—Me avisaron del vuelo y sólo lo tome. Además quería sorprenderte. Te extrañe, a ambos —dijo aún con la niña en medio de ambos.

—Y nosotros a ti —dijo al momento que se separaba lo suficiente para darle un beso en los labios.

Saya comenzó a removerse inquieta entre sus padres hasta que logró separarlos, finalmente dejó los brazos de su madre para ir con su papá.

—Papi mío —afirmó la niña haciendo un puchero. Aquello ocasionó una fuerte risa por parte de Kagome, a su hija le encantaba ser el centro de atención de su padre.

—Oh, creo que he sido reemplazada. Me han quitado el cariño de mi esposo —dijo con un fingido todo de pena.

—Hay de sobra para mis dos chicas —se acomodó en la cama e instó a Kagome para que se acercara.

Y en ese momento con su esposa e hija en brazos no pudo evitar sentirse el hombre más feliz y afortunado, algo que le sucedía bastante a menudo.

Una parte de él había sido adormecida con la muerte de Kikyou, y llegó a creer que no podría volver a vivir como lo había hecho. Pero apareció Kagome en su vida, ella lo hizo despertar y salir del abismo donde había estado hundido, ella había llenado su vida de luz y esperanza.

Ella lo había hecho volver a vivir, y le había dado las mayores alegrías. Ella y su hija eran todo lo que necesitaba.

FIN


¡Sorpresa! ¿Vieron que todo ha estado bien? It's a happy ending!

Lamento la confusión del capítulo anterior, pensé que pude haber dejado pistas suficientes para que mantuvieran las esperanzas D: No quise dejar como nota que seguiría porque sería muy obvio que terminaría bien, y quería llegar a sus corazones de otra manera(?)

Algunas personas se sintieron muy mal, y bueno quizás ni lleguen a saber que esto siguió ya que dejaron sus reviews desde cuentas anónimas. ¿Por qué me dejan tantos anónimos? Hasta les puedo responder cuando tienen dudas. Yo no soy mala onda(?) No es que me queje, es que a veces quisiera responder y sacarle dudas y no puedo, ahora mismo aunque respondiese capaz y esas personas ya no pasaran de nuevo por acá rompí sus corazones, y lo merezco u.u

Bueno la cosa es que les había dicho que repararía sus corazones y lo hice, lamento haber ocultado esto a mis personitas cercanas pero quería que fuese una sorpresa.

Espero que se haya entendido la relación del collar con la pesadilla. El collar evitaba que Inuyasha cayera en la desesperación de imaginarse cosas o de que su subconsciente le jugase sucio, es por eso que el anciano de la tienda le advirtió que no se lo quitara. Al quitárselo quedó desprotegido y cayó en la desesperación, la cual nos lleva a pensar en los peores escenarios.

No sé qué más puedo decir, además, de que lamento haber roto sus corazones, pero ahora espero haberlos llenado de mucho, mucho amor.

Espero que a la cumpleañera le haya gustado, ahora si con el final correspondiente.

Muchísimas gracias por el apoyo brindado!

Nos seguiremos leyendo! Besos!