Capítulo 5
Elrond vio, preocupado, cómo el águila dorada se posaba en el balcón justo delante de él. Hawkeye graznó, intentando transmitirle las terribles noticias y el señor elfo sintió que le temblaban las piernas por la ansiedad. Elrond no podía entender lo que el ave le decía, pero sabía que algo malo le había ocurrido al príncipe del Bosque Negro. Conociendo a Legolas sabía que no estaría lejos de Aragorn, así que ambos debían estar metidos en el mismo lío.
Elrond se dio la vuelta y echó a correr. Fue a buscar a Elladan y lo encontró, como esperaba, en la habitación de Elrohir. Arwen y Narasene también estaban allí. Los cuatro estaban inmersos en una conversación, que al parecer, por la expresión de su hija, era sobre Aragorn. Cuando entró, todos se quedaron en silencio.
"Elladan, llama a los guerreros. Vamos al bosque –ordenó Elrond. Elladan se puso en pie inmediatamente y Elrohir hizo lo mismo, pero el señor elfo lo detuvo-. No, todavía estás recuperándote. Quédate aquí, Elrohir."
Pero su hijo a veces era más obstinado que una mula.
"Tendrás que obligarme. ¿A dónde vamos?"
Elrond dudó y se fijó en las expresiones de preocupación de Arwen y Narasene. La sobrina de Glorfindel había palidecido, adivinando que algo horrible había ocurrido. Lo había dicho al despedirse de Legolas la tarde anterior.
"No estoy seguro de lo que ha pasado, pero la mascota de Legolas, Hawkeye, acaba de llegar y parece que está en problemas" –explicó.
Los jóvenes permanecieron varios segundos inmóviles, sin saber qué decir, aturdidos, pero entonces los gemelos entraron en acción. Elladan salió corriendo por la puerta para buscar varios guerreros mientras que Elrohir cogía las armas de su hermano antes de salir también tras él.
Elrond se giró hacia las doncellas. Arwen tenía lágrimas en los ojos, mientras que Narasene había palidecido aún más. Las dos se sujetaban de la mano, en un intento de consolarse la una a la otra. Elrond se adelantó y abrazó a su hija.
"Lo traeré a casa, mi estrella –también miró a Narasene y le acarició las mejillas con suavidad-. Los traeré a ambos de vuelta."
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Aragorn observaba a los orcos que lo rodeaban. Riéndose, le hurgaban las marcas de latigazos que tenía en el torso, haciéndole retorcerse.
"¡Parad! –gritó. Los orcos se rieron más alto y le hurgaron las heridas más fuerte-. ¡He dicho que ya basta!"
Uno de ellos lo sujetó por el pelo y tiró de su cabeza hacia atrás.
"¿Y quién te crees que eres para darnos órdenes? –Aragorn gruñó. La cabeza le dolía horrores y el orco se rio-. ¿Qué? ¿No respondes? Dime, humano. ¿Por qué un mortal como tú va por ahí con un elfo?"
"¡No es… de tu incumbencia!" –respondió el hombre con los dientes apretados.
El orco lo soltó.
"Bien. Como tú quieras. Pero nos divertiremos mucho contigo y con tu amigo."
Aragorn estaba cada vez más preocupado por Legolas. No oía nada desde la habitación trasera desde el último grito de su amigo y eso había ocurrido hacía dos días. Estaba frenético.
"¿Qué le habéis hecho al elfo? ¿Está muerto?"
Riéndose como una banshee, el orco respondió.
"¡No es de tu incumbencia! -los demás orcos se rieron a carcajadas por el chiste-. Pero te diré algo, humano. ¡Me gusta escuchar gritar al elfo! ¿Quieres oírlo?" –dijo, avanzando con determinación hacia la habitación.
Desesperado, Aragorn gritó:
"¡Libéralo, maldición! ¡Él no tiene nada que ver conmigo!"
El orco se giró hacia él.
"¡¿Y entonces por qué te preocupas tanto por él cuando tú mismo estás a nuestra merced?!"
"¡Te repito que no es de tu incumbencia!" –gritó Aragorn.
Los orcos se pusieron furiosos, pues odiaban que un hombre se burlara de ellos. Volvieron a golpearlo con el látigo, esta vez con más fuerza aún, haciendo que Aragorn volviera a caer en el olvido. ¡Si esto hace que se olviden de Legolas, que así sea!
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Los elfos de Rivendel se encontraron inesperadamente con una tropa de guerreros de Lothlorien a varias leguas de las estribaciones de Garas. Con eso, Elrond supo que sus compañeros desaparecidos estaban en graves problemas.
"¡Haldir! ¿Qué haces aquí?" –exclamó Elladan antes de que Elrond pudiera decir nada.
El capitán de Lothlorien se detuvo, sorprendido al encontrarse con ellos.
"Perseguimos a un grupo de orcos que se aventuró en nuestros bosques hace varios días. ¿Y qué hacéis vosotros aquí?"
"Estel y Legolas no están con nosotros –dijo Elrohir-. ¿Necesito decir más?"
Haldir sacudió la cabeza.
"No te molestes, ya me hago a la idea. ¿Han desaparecido?"
"Hace dos días. Hawkeye nos trajo hasta aquí" –Elrond se acercó sobre su caballo y Haldir abrió los ojos como platos.
"Perdóname, mi señor. No me di cuenta de que estabas ahí."
Elrond levantó una mano.
"Lo entiendo, Haldir. Mis hijos me dejan atrás… como siempre –los gemelos se encogieron al oír eso y Elrond continuó-. ¿Has dicho que vais tras los orcos?"
"Sí, las huellas nos trajeron hasta aquí. Parece que van directamente hacia las colinas."
"¡Ahí fue donde nos tendieron la emboscada!" –comentó Elrohir.
Elrond asintió.
"Si Estel y Legolas están en manos de los orcos no sobrevivirán mucho más. Tenemos que seguir."
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Legolas podía escuchar el escándalo que había fuera de la habitación. ¡Le están haciendo daño otra vez! El príncipe intentó liberarse de sus ataduras, pero estaba demasiado débil. No le quedaba ni una pizca de energía y la agonía que sentía no le permitía moverse.
Lágrimas de frustración le resbalaron por las mejillas y se maldijo. Perdóname, Estel. Te he fallado. Te he fallado…
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Los orcos estaban divirtiéndose tanto con el humano… que no se percataron de los recién llegados. Para cuando dieron la alarma, los elfos ya habían rodeado la zona.
