¡Feliz cumpleaños, Moni!
Luego de haber acordado con ese alien el ir a visitarlo de vez en cuando, regresó a la base central junto con sus compañeros. Todavía sentía los ojos algo molestos por haber llorado después de tanto tiempo sin hacerlo y se sentía estúpido ante esa misma sensación.
Había dejado que esa maldita cosa lo manipulara utilizando sus recuerdos guardados en lo más profundo de su cabeza. Cada vez que ese pensamiento se le cruzaba por la mente, sentía la necesidad de regresar a donde había dejado a Jyushimatsu y ejecutarlo de una vez, pero casi instantáneamente oía la voz de su mellizo menor deteniéndolo.
Así se la pasó la mayor parte del camino de regreso, suspirando de vez en cuando y sintiendo los ojos escocerle otro poco, aunque simplemente se los refregaba para calmarlos y evitar el llanto.
Estaba saliendo del bosque cuando Karamatsu se le cruzó, impidiéndole el paso. La mirada azul se le clavó cuan puñal y sus labios estaban estrictamente rectos, sin mencionar su ceño fruncido que era más que notorio. Ichimatsu tuvo una ligera sensación de inquietud: ¿acaso ese idiota sabría lo que había hecho? ¿Qué le había perdonado la vida a un extraterrestre y aún peor, que regresaría a verlo cuando pudiera?
Era perfectamente consciente de que Karamatsu y Osomatsu tenían una relación muy estrecha, quizás porque trabajaban juntos de hace tiempo. Sinceramente no le interesaba el pasado que compartieran o lo que pasara entre ellos, lo único relevante para él era su venganza, por eso nunca se los había preguntado. Sin embargo… sabía que Karamatsu podría informarle a Osomatsu de su imprudencia si se llegaba a enterar y siendo ahora sargento, podría fusilarlo en menos de diez minutos.
Tragó saliva, teniendo un breve escalofrío ante la idea.
—¿Y bien?—La voz de Karamatsu lo sacó abruptamente de sus pensamientos. Seguía mirándolo mal e Ichimatsu le devolvió los gestos.
—¿Y bien qué?—preguntó de mala gana, logrando que la tensión entre ellos se intensificara. Karamatsu apretó los dientes.
—¿Encontraste algún alien?
—No.
Karamatsu entrecerró los ojos, sin embargo Ichimatsu le mantuvo con firmeza la mirada. Se observaron mutuamente unos segundos en silencio, sin hacer movimiento alguno, hasta que Karamatsu se fue acercando a él. Ichimatsu no retrocedió en ningún momento.
Cuando por fin el mayor estuvo frente a él, levantó una mano y estiró un dedo que apoyó en una de sus mejillas, terminando por hacer un recorrido de arriba hacia abajo, siguiendo el rastro seco que había dejado una de sus lágrimas.
—Lloraste.
Ichimatsu soltó un chasquido de lengua, hastiado y le dio un manotazo de forma inmediata.
—No vuelvas a ponerme tus repugnantes manos encima—ordenó, limpiándose la mejilla con la manga de su traje. Karamatsu permanecía delante de él, mirándolo con seriedad.
—¿Por qué lloraste?—preguntó con curiosidad, aunque tenía una leve pizca de preocupación en la voz. Ichimatsu se irritó ante tal detalle, porque no necesitaba su compasión.
Lo que menos necesitaba era compasión.
—Lo único que tiene que interesarte es cuantos extraterrestres maté. Ya te dije que ninguno, así que deja de joderme y regresemos a la base—Karamatsu tuvo un ligero impulso de golpearlo, después de todo solo se estaba preocupando por él, aunque a veces no podía evitar preguntarse porque lo hacía si era obvio que Ichimatsu no quería saber nada de ellos.
Pero por alguna razón, decidió indagar más.
—¿Es por tu hermano?—insistió, esperando que el menor comenzara a caminar simplemente ignorándole, pero jamás se esperó su reacción. Ichimatsu se puso a la defensiva, como si hubiese tocado una fibra muy sensible de él y ahora no hubiese manera de calmarlo. Lo miró con dolor, rabia y una casi imperceptible impotencia.
—¡Cierra la puta boca y regresemos! Ya probamos que aquí no hay alien alguno, esta zona es segura—determinó, caminando hacia adelante, dándole un empujón pequeño pero fuerte cuando pasó por su lado. Karamatsu se sobó el brazo que recibió el impacto y observó con cierta lástima la espalda de su compañero que se iba alejando poco a poco.
Tú no eres el único que perdió a su hermano, Ichimatsu.
Los ojos azules se elevaron al cielo, descubriendo que el atardecer ya estaba dejando paso a la noche y suspiró con tristeza.
A veces dudaba si agradecer o no saber que su hermano menor estaba vivo, pero capturado por la otra raza.
Tenía miedo por Choromatsu.
Jyushimatsu movió con lentitud sus dos antenas, analizando el ambiente. No sentía riesgo alguno, todo estaba muy calmado y por lo tanto podría descansar bien. Respiró profundo, llevándose una mano al corazón al recordar a aquel humano que le había perdonado la vida.
Torció los labios al darse cuenta de que no había sido tanto de esa manera, sino que había tenido que recurrir a los odiosos poderes que tenía encima.
Esos poderes que tanto deseaba arrancarse de una maldita vez.
Sacudió la cabeza de lado a lado con rapidez, ahuyentando ese tipo de pensamientos. De nada servía recordar el pasado, porque le haría daño. Lo sabía muy bien.
La sonrisa extinta de Homura le cruzó por la mente como una estrella fugaz e hizo que el pecho le pesara, incluso arrugó las ropas que traía al apretar fuertemente su traje.
No permitiría… que alguien más muriera por defenderlo.
Nunca más.
El sonido de los pájaros volviendo a sus nidos lo sacó de su trance y lo hizo ponerse de pie. Estaba anocheciendo, así que sería mejor buscar alguna cueva cercana para refugiarse allí mismo hasta que volviera a salir el sol y ese humano regresara al bosque en su busca.
Sabría cuando eso sucediera porque ya había registrado todo lo necesario en su mente más que desarrollada, ayudado por sus sentidos.
Conocía la apariencia, el aroma, el pasado, los recuerdos y mucho más de Ichimatsu.
Estiró los brazos hacia el cielo antes de ponerse en marcha.
El espeluznante sonido de un grito inundó el lugar, retumbando en las paredes. Tougo suspiró con hastío, mirando la espalda herida del humano que mantenía indefenso. Sus manos y pies estaban siendo sostenidos por unos cables eléctricos, invento de su raza, aunque eso no era lo que realmente lo dañaba.
—Ya te lo dije, ¿no? Si hablas de una vez sobre el paradero de tu especie, no tendrás que sufrir más—Las palabras habían sido pronunciadas con cinismo y un sabor dulce de sadismo, mientras volvía a levantar la mano con el látigo. Disfrutaba de ver al muchacho desnudo y suspendido en el aire, completamente a su merced—. ¿O acaso te gusta ser azotado? Porque si es así, entonces te concederé el deseo—Y nuevamente dejó caer el látigo sobre su ya maltratada piel.
Choromatsu volvió a gritar, aunque había dejado por fin de llorar. El dolor y el ardor eran insoportables, sin embargo su orgullo era inquebrantable.
No traicionaría a su hermano.
Después de todo, si estaba ahí, siendo prisionero del enemigo, había sido por voluntad propia.
Su gemelo Karamatsu y él habían escapado con éxito de las garras de los alienígenas cuando éstos hubieron llegado a la zona donde vivían, mientras que sus padres no. Su hermano mayor había jurado protegerlo, uniéndose al ejército y dándole su palabra de que extinguiría a toda esa maldita raza que tanto les había arrebatado.
Él, por su parte, no era muy aficionado a la violencia y hasta le daba miedo, sobre todo luego de haber visto morir tan horriblemente a sus padres, sin embargo era la sombra de Karamatsu, enseñándole con su mente algunas destrezas que se le ocurrían para que pudiera desempeñarse mejor en el combate y sobre todo, triunfar.
Realmente respetaba y protegía su decisión… y esa tarde en la que fue capturado, lo demostró.
Cerca de la base central donde él y su hermano vivían, había una zona parecida a una pradera, una de las últimas que no había quedado destrozada por el horror de la guerra. Lo mucho que le gustaba de ella, era el lago que se extendía por todo el centro de ésta. Era tan bello, al punto de que cuando llegaba a ese lugar, se olvidaba de la pesadilla en la que estaban viviendo. Solía desnudarse y nadar un rato ahí mismo, sintiendo la seguridad de que los aliens jamás llegarían.
Se equivocó.
Estaba saliendo del lago cuando escuchó los sonidos que reconocía como los de sus enemigos. No sonaba como un batallón, pero si sería un grupito de dos o tres aliens, avanzando frenéticamente por el bosque hasta donde él se encontraba. Podía saberlo, porque ya se había enfrentado a situaciones así.
Asustado, se dio cuenta de que pronto lo verían: reconocerían que era humano ante su ausencia de antenas y color de piel, pero eso no era lo peor.
Lo peor sería que llegaran a la base.
Y se perdiera todo el avance tecnológico que habían logrado tener.
Por su mente se cruzó el rostro sonriente de Karamatsu y su ceño se frunció. No lo permitiría.
Las opciones eran claras: O él o todos.
Entonces, armado de valor, ocultando su miedo y nerviosismo, despidiéndose y disculpándose mentalmente una y otra vez de su hermano mayor, tiró sus ropas al agua y cruzó el lago, alejándose del único lugar donde podría refugiarse.
Se lo llevaron cuando lo vieron, aunque Choromatsu se hubiese lastimado hasta hacerse sangrar y hubiese fingido estar traumatizado, simulando que los de su raza ya habían pasado por ahí y habían logrado eliminar todo, quedando él como único sobreviviente.
No lo mataron de inmediato, sino que se lo llevaron, pensando que sería de utilidad (porque, no por nada había sobrevivido al supuesto ataque) y una vez en el territorio enemigo (al que no sabía cómo había llegado, porque le habían cubierto con una bolsa la cabeza) lo habían inmovilizado con una máquina de tecnología puramente avanzada.
Lo único que aligeraba la carga en el corazón de Choromatsu, era que su hermano estaba a salvo. Se aliviaba al pensar que era él quien soportaba los azotes y no Karamatsu.
Esta vez, él era el que lo protegía.
Aunque su espalda sangrante, casi en carne viva, no era algo fácil de soportar.
—¡Que hables, dije! ¡Habla de una vez, maldito humano!—El superior de los alienígenas había tenido un ataque de ira, ¿cómo podía ser que esa vida inferior se negara a hablar, aun cuando estuviese quitándole toda la piel a costa de latigazos? La piel marrón de su cuello dejó ver una vena, causada por la frustración que el silencio ajeno le provocaba—¡Debes saber donde están los demás de tu raza! ¿Por qué protegerlos? Ya te he dicho que si colaboras, dejarás de sentir dolor. Te daremos un lugar en nuestro ejército… si sigues de orgulloso, entonces terminarás muriéndote.
Choromatsu respiraba agitado y con dificultad. Sentía la sangre escurriendo por su espalda, llegando a sus piernas, tiñéndolas de carmín. Incluso podía sentir la que ya estaba seca, pues lo azotaban cada día, aunque generalmente en la espalda. La luz blanca que iluminaba todo el espacio, le recordaba irónicamente a un hospital. Otro latigazo lo obligó a hablar.
—Y-Ya dije que…—Tenía que hacer unas pausas a medida que hablaba, porque le costaba pronunciar las palabras. Con cada una sentía el dolor en el pecho, marcado por los golpes del látigo—Y-Ya dije que no lo sé. T-Todo mi pueblo fue masacrado por ustedes…
Tougo sonrió de forma macabra.
—¿Otra vez con esa farsa? No somos estúpidos. Los de tu especie se escabullen como ratas… ¿por qué no revelas su paradero por fin y dejas de agonizar? Ni siquiera puedes hablar sin sentir dolor, ¿verdad? Cuando mi gente te encontró…
—¡Ustedes no son gente! ¡Son monstruos!—gritó, logrando que alienígena chasqueara la lengua, enfurecido por haber sido insultado e interrumpido.
Choromatsu se había ganado una nueva sesión de azotes, que le arrancaron gritos, sobre todo porque esta vez los golpes fueron dirigidos a sus glúteos descubiertos y la parte trasera de sus piernas. Si de por si la piel de esas zonas era sensible, ahora la tendría entumecida.
Los latigazos no se detenían, al igual que los apodos despectivos y las exigencias sobre que dijera la verdad.
¿La verdad?
Su verdad era la lucha.
Sin embargo, seguía siendo humano y transcurridos unos minutos, empezaba a perder la consciencia a causa del dolor. Los sonidos crueles del látigo chocando fuertemente contra su piel continuaban, pero él comenzó a recordar en silencio, mareado, fragmentos borrosos de su vida que había olvidado en alguna parte de su cabeza.
"Ah… ¿voy a morir…?" Se preguntó mentalmente, dándose cuenta de todos los momentos de los que se estaba acordando.
Karamatsu abrazándolo, arrullándolo, cargándolo, cantándole, jugándole…
¿Iba a morir por su hermano?
La angustia lo invadió, pero no porque él pudiese perder la vida… sino porque Karamatsu podría quedarse completamente solo.
"Si yo no estoy… ¿podrás seguir siendo fuerte, Karamatsu-niisan?"
Pensó que iba a dar su último respiro cuando una voz parecida a la de su agresor pero más sedosa lo hizo reaccionar.
—¡Padre! ¡Padre!—Un alien con casi la misma tez que Tougo, pero con una tonalidad más clara, corría hacia ellos. El mayor dejó por fin el látigo a un costado y se volteó a su hijo.
—¿Qué pasa, Atsushi? Más vale que sea importante, sabes que no me gusta que interrumpas cuando estoy interrogando—reprendió, logrando que el recién llegado soltara de una vez lo que tenía por decirle.
—¡Jyushimatsu X514 escapó!—reportó, provocando que los ojos de su padre se ampliaran. Olvidó por completo a Choromatsu, quien aprovechó para recuperarse un poco mientras esos dos hablaban, aunque estaba realmente adolorido y rozando el desmayo.
—¡¿Qué?!—bramó, lleno de ira—¡¿Cómo que escapó?! ¡Estaba siendo vigilado! ¡¿cómo es posible?!
—¡Homura lo ayudó a escapar, padre!—empezó a explicar, intentando no desesperarse al ver como el enojo en el más grande iba aumentando—L-Lo sacó de la jaula, cuando nos dimos cuenta ya estaban huyendo a la tierra… Él logró huir, pero pudimos asesinar a la traidora.
Las pupilas de Tougo se dilataron y tomó con fuerza a su hijo del cuello de la camisa.
—¡¿La mataron?! ¡¿Por orden de quién?!—exigió saber. Atsushi casi pudo ver las llamas de fuego reluciendo en aquellos ojos negros.
—L-Lo siento, padre. Y-Yo pensé que…
No pudo terminar su oración, pues fue tirado bruscamente al suelo, cayendo de costado y haciéndose daño en el brazo. Tougo se acercó con fuertes pisadas hacia él y lo observó desde arriba.
—¡Eres un imbécil, Atsushi! ¡Pudimos haberla hecho sufrir por su impertinencia! Si no fueras mi único hijo varón, ya te hubiese asesinado hace mucho tiempo—Se quedó mirando severamente al menor hasta que se cansó y cerró los ojos. Atsushi sintió como su corazón volvía a latir.
A lo único que le tenía miedo era a su padre.
—P-Padre, si quieres yo…
Los ojos negros clavándose en su figura lo hicieron callar.
—Ya no hagas nada. Has hecho suficiente…—Sus grandes antenas se movieron de repente al detectar una presencia familiar y giró la cabeza hacia un costado, encontrando a su hija menor. Se forzó a calmarse un poco, después de todo, Dayoko era una de sus debilidades.
Respiró profundo, rascándose la nuca al haber decidido que hacer.
—Padre…—intentó decir Atsushi, sin embargo fue callado.
—Dayoko—llamó e inmediatamente aquella extraterrestre se acercó a ellos. Tougo la observó fijo un par de segundos antes de mirar de reojo a Choromatsu. Tenía la cabeza floja, así que supuso se habría desmayado—. ¿Podrías hacerme el favor de vigilar al prisionero en lo que me voy con tu hermano a arreglar unas cosas?
Ella pestañeó, observando al humano sangrante y desfallecido antes de tragar saliva. Se inclinó levemente, tomando los bordes de su vestido verde y haciendo una pequeña reverencia, mostrando un gran respeto.
—Como ordenes, padre.
Tougo se mostró satisfecho ante la sumisión de su hija y la dejó sola, llevándose a Atsushi aún algo tenso con él. Dayoko sabía que por más que quisiera estar con ellos no la dejarían por su género. Desde hacia miles de años, la tarea más "arriesgada" que tenían permitida era la de vigilar a los prisioneros, pero incluso esa se dudaba porque algunas terminaban teniendo compasión.
Pero no era el caso de Dayoko, ella no sentía compasión por el prisionero al que debía vigilar.
Sentía algo más profundo que eso.
Sentía amor.
—Ugh, pobrecita…
—¡Que insolente!
—Ella no merecía morir así…
—¿Por qué lo dejó escapar?
—¡No puedo creer que haya traicionado a su propia raza!
—¡Estaba enamorada!
Los comentarios que se oían en aquel revuelo variaban, tanto de contenido como de volumen. Algunos estaban conmocionados al ver el cuerpo ensangrentado de Homura en el suelo, atravesado justamente con una lanza en el corazón. Podía verse que había estado cerca de conseguirlo, de huir con Jyushimatsu, pues sus manos rozaban la puerta corrediza automática que ahora permanecía cerrada con extrema seguridad.
—¡Dejen pasar, maldita sea!—La voz de Tougo hizo que todos se callaran y se hicieran a un lado, hasta que el más grande pudo quedar frente al cadáver. Sin consideración alguna, tomó los cabellos de la fallecida y la levantó como si fuese un trapo. Luego volteó a la multitud que estaba ahí, esperando a ver que hacía o decía.
Atsushi estaba extrañado y lo estuvo aún más cuando Tougo elevó un poco más el cuerpo de Homura.
—¿Padre?—pronunció confundido, casi en silencio.
—¡¿Están viendo esto?! ¡Todo esto es lo que le pasará a los traidores! ¡A los que dejen escapar a armas valiosas para nuestra victoria sobre los humanos! ¡A los que protejan a esa especie inferior!—Con su mano libre, abrió la puerta, dejando ver el cielo en pleno atardecer. Su nave/base siempre se mantenía flotando, lo que consistía en una gran ventaja para ellos, pues los humanos no podrían hallarlos nunca.
Tougo retrocedió tan solo un poco y sacó el brazo que sostenía a Homura al exterior, manteniéndola colgada—¡Ni después de muertos, los traidores tendrán perdón!—La sacudió violentamente ante los ojos expectantes de los suyos. Algunos estaban horrorizados, pero no podían apartar la vista.
Hacer eso podía significar traición.
—¡Y quien ose alzarse contra mí, sufrirá las consecuencias, incluso luego de perecer!—Y la soltó, tirándola al vacío, hasta perderse por debajo de las nubes.
Nadie habló ni se movió, ni siquiera cuando Tougo cerró la puerta de la nave.
La advertencia había sido clara.
Atsushi pestañeó, obligándose a sostenerle la mirada a su padre cuando éste clavo los ojos en los suyos. Tragó saliva.
"Si mi hijo cometió un error, por lo menos que valga la pena y sirva para algo" Pensó el mayor, terminando por retirarse en silencio de allí hasta su especie de oficina. Tenía muchas cosas que planear.
"…Y quien ose alzarse contra mí, sufrirá las consecuencias, incluso luego de perecer!" La voz de Tougo se reprodujo en la pantalla gigante que estaba colgada en el cuarto donde se encontraba Choromatsu.
Dayoko estaba delante de él, mirándolo con una expresión afligida. Se había acercado para ver cómo estaba y descubrió que no estaba inconsciente, lo que la hizo sorprenderse. Era un humano muy fuerte, incluso sintió una leve emoción de admiración cuando él levantó la cabeza para mirarla.
—¿Un ángel…?—susurró, desconectado de la realidad. Con los ojos verdes casi opacos—¿Ya morí…?
Dayoko se entristeció aún más antes de tomar una decisión. Miró a los lados, asegurándose de que nadie los interrumpiría y posó su mano en el pecho ajeno. Sus antenas se movieron con suavidad y sus trenzas empezaron a flotar a medida que un aura de poder emergía de ella. Algunas de las mujeres alienígenas solían tener el poder de curación, aunque era algo bastante extraño. Dayoko mantenía esa habilidad suya en secreto, porque no quería curar a nadie contra su voluntad y sabía que su padre sería muy capaz de obligarle a ello.
Pero jamás curaría a viles asesinos.
Choromatsu apretó fuerte los párpados en cuanto comenzó a dejar de sentir el ardor en su espalda producto de los latigazos. Poco a poco su piel se iba aliviando, siendo acariciada por esa calidez que esa figura femenina le proporcionaba. Dayoko dejó de sanarlo cuando vio que ya podía mantener fija su mirada en algún lado. Se notaba que su rostro había recuperado color, además de la energía. Dejó sus manos a los costados de su cuerpo y le sonrió.
—Me alegra que ya estés bien—dijo, reprimiendo el impulso de acariciarle una mejilla, más que nada porque lo veía asustado, confundido… horrorizado, pero no permitió que eso la afectara. Ya sabía que ese humano no confiaría en ella así como así.
Terminó separándose tan solo un poco para hacer una pequeña reverencia, sosteniendo los bordes de su vestido, tal como había hecho anteriormente con su padre. Choromatsu se descolocó aún más ante aquella presentación.
—Mi nombre es Dayoko—habló, volviendo a ponerse de pie para luego mirarlo fijamente. De haber tenido un poco más de consciencia, Choromatsu se habría sonrojado al ver aquellos ojos negros y brillantes como la noche más pura—. Y voy a protegerte… aunque me cueste la vida.
Capítulo dedicado puramente a mi waifu por su cumpleaños, obviamente~
Espero se vaya entendiendo el ambiente, la trama, concepto, etcétera (?) Incluso yo misma improviso, soy terrible x'D
¡Gracias por sus comentarios! Motivan mucho.
¡Nos leemos!
Bel
