CAPITULO 2: Cambios
Hermione parpadeó, intentando recuperar la vista., pero por más que sacudía la cabeza no conseguía quitarse de los ojos esas lucecitas blancas que no la dejaban ver. Poco a poco, aquellas chispas de luz que tenía clavadas en las retinas empezaron a disiparse y consiguió enfocar los ojos. La habitación entera parecía palpitar. Creía que aquella especie de tornado se habría llevado a Malfoy por delante, pero no era así. El rubio estaba allí, tirado en cuatro patas delante de ella, resollando con dificultad. Aún con el espejo de mango de lapislázuli aferrado a su mano. Parecía estar ahogándose.
-Malfoy, ¿estás bien?- Preguntó mientras se acercaba con cierta cautela.
La ligera neblina que parecía cubrir el suelo y que, creía, emanaba del propio rubio –quién, a juzgar por los ruidos que hacía, debía estar agonizando- no indicaba nada bueno.
-Aghhhhh… -fue el único ruido que emitió Draco, que con la cabeza gacha, tenía el pelo tapándole la cara. Pero si las manos y las porciones de cuello que Hermione podía ver, eran indicador de su estado, no debía de encontrarse muy bien, dada la densa capa de sudor brillante que lo cubría.
-Te voy a ayudar a levantar y te llevaré a la enfermería...-susurró con un nudo en la garganta, acercándose aún más a él, hablándole con ese tono de voz que los adultos usan con los niños pequeños asustados y los hipocondríacos enfermos- Todo saldrá bien, ¿vale? No te preocupes... iremos a ver a Madame Pomfrey y ella te ayudará...
-Aggggggrrrrrrrrrrr- el rubio gruño de forma lastimera y furiosa, ese sonido que sólo son capaces de hacer las bestias heridas y levantó la cara.
Hermione ya estaba casi a su lado, alargando las manos hacia el Slytherin, cuando lo que vio la hizo frenar en seco. Los ojos se le abrieron como platos, y no sabía bien si era por la sorpresa o por la aprensión.
El rostro de Draco, normalmente hermoso, frío y arrogante estaba... básicamente desfigurado. No, ni siquiera esa sería técnicamente la definición correcta. Era mucho peor.
La mandíbula parecía habérsele estirado hacia fuera, y la piel de la cara hacia atrás. Los ojos se le movían de forma enloquecida en las cuencas, y con los párpados estaban tendidos hacia atrás parecían dos niños desamparados que no encontraban su lugar. Daba la impresión que se le iban a salir en cualquier momento.
Los dientes se le habían alargado de forma extraña, y las orejas parecían habérsele desplazado hacia abajo. El pelo le caía a mechones, y las venas del cuello estaban hinchadas, palpitando de forma descontrolada al ritmo de un pulso enloquecido.
Hermione tragó saliva, haciendo de tripas corazón, y se obligó a sí misma a acercarse a aquella criatura miserable y deformada en la que se había convertido el mayor capullo egocéntrico de todo Hogwarts.
De cierta manera se sentía culpable por lo que le estaba pasando al Slytherin… o al menos quería creer que era la culpa la que no sólo la retenía ahí, son la que la llevaba a acercarse a él… quizá si ella lo hubiese detenido a tiempo…
También podría auto convencerse con que era mera curiosidad, pero era demasiado morboso hasta para dárselo de excusa a ella misma.
-No te preocupes Malfoy, voy a ayudarte a poner en pie e iremos a la enfermería, ¿te parece bien?- Dijo sonriendo de manera forzada, intentando parecer tranquila… intentando sonar sensata.
El rubio la miró de forma casi suplicante, e intentó ponerse de pie por sí mismo. Pero entonces sucedió algo que los dejó a los dos descolocados.
Las rodillas de Draco se giraron. Ambos chillaron. Hermione por que se pensaba que el rubio se había partido por la mitad, y Draco por que se acababa de caer de espaldas. Aquello le debería de haber dolido, pero estaba demasiado sorprendido y asustado como para siquiera percatarse del dolor.
Había perdido noción de tiempo y espacio desde el momento que el espejo comenzó a enloquecer. Lo primero que sintió fue miedo, pero no distaba del miedo que podía haber sentido Hermione al ver todo aquél espectáculo de luces, niebla y ecos resonando… lo había podido ver en su cara, ella sin dudas estaba tan sorprendida como él.
Pero supo que las cosas serían distintas para él cuando el fuego se apoderó de su cuerpo. Como pudo se miró las extremidades, pero no había rastros del elemento en ellas. Podía sentirlo tan claramente que creía estar bajo algún encantamiento que volvía las llamaradas invisibles.
Cuando sintió la sangre hirviendo corriéndole por las venas, como si de lava se tratara, lo comprendió: el fuego iba por dentro.
Justo cuando creía que aquello no podía ponerse peor, comenzaron las convulsiones.
-¡Malfoy! ¡Por Merlín! ¿Qué te esta pasando?- Hermione se arrodilló al lado del chico que parecía estar sufriendo una taque de epilepsia y se dio cuenta que la ropa del muchacho se estaba rasgando. O más bien, la presión la estaba rasgando desde dentro: Draco estaba hinchándose. O haciéndose más grande.
El príncipe de Slytherin abrió la boca para gritar, pero su garganta sólo produjo un aullido gutural y ronco mientras temblaba de forma descontrolada. Quería insultarla, tratarla de idiota por hacer pregunta semejante ¿cómo mierda se suponía que él pudiera saber que diablos le estaba pasando? Se suponía que ella era la sabelotodo, ella había estado ahí con él cuando el endemoniado espejo enloqueció, ella había visto lo mismo que él y no contaba con el dolor que apenas lo dejaba pensar. Si, ella tendría que tener más posibilidades de saber lo que sucedía.
Y el ver a Hermione Granger, desesperada por no saber que hacer, no era una buena señal…
Hermione intentó cogerle del brazo para incorporarlo un poco y colocarle la túnica que se acababa de quitar a modo de cojín y sintió nauseas. La piel del rubio era casi una goma blanda y húmeda. Pegajosa. Y sobretodo fría.
-Mierda... esto no va bien... –Masculló Hermione cediendo una pizca de terreno al pánico que la asediaba- Iré a buscar ayuda, ¿si? Tú quédate aquí, y no te preocupes, no tardaré en volver...
Recién había apoyado las manos en el suelo para levantarse cuando una mano deformada y con los dedos grotescamente alargados, nudosos y terminados en unas uñas que parecían crecer a ojos vista, la aferró por la muñeca. Hermione levantó los ojos para encontrarse con el implorante rostro -si es que rostro era como podía ser definida la cara de Draco Malfoy en esos momentos-.
-Nhoooo... -graznó él de forma inconexa y casi incomprensible.
-Malfoy, tardaré apenas unos minutos...-Intentó calmarlo ella, palmeando la mano que la aferraba con tanta fuerza que empezaba a cortarle la circulación de la muñeca, tanto para tranquilizarlo como para intentar que la soltara, pues los dedos comenzaban a ponérsele azules.
-Nhoooo -repitió el de forma pesada, casi como si le costara horrores hablar- mheeeee dheejheeeesssss.
La castaña perdió el color en el rostro. Tres palabras. Una suplica. Y su mundo se vino abajo. Draco Malfoy, estaba aferrado a ella, convulsionándose y metamorfoseándose en Merlín sabe qué, y le pedía a ella, Hermione Granger, la sangre sucia, su Némesis, que no le dejara.
Su cabeza comenzó a trabajar a mil por hora, hasta ella misma se dijo que si Malfoy no se encontrara de la manera en que lo hacía, sería capaz de escuchar su cerebro como si de la ruedita de un hámster se tratara.
En cuestión de segundos miles de imágenes desfilaron en su cabeza, imágenes que le recordaban su rivalidad con el rubio, imágenes que parecían querer mostrarle todas las razones por las que debería dejarlo ahí e irse. Que era su problema lo que le sucediera, que ella le había advertido –aunque otra vocecita le picaba diciéndole que demasiado tarde- que no tocara el espejo. Que como mucho, y que le agradeciera, si iba a buscar a la enfermera.
Pero la información tuvo otro sentido en la percepción de Hermione. Quizá fuera su síndrome de Robin Hood y su debilidad por las causas perdidas. Pero algo le decía que si él estaba dejando –consciente o no- su orgullo de lado para pedirle que se quedara, valía por que ella también lo hiciera con sus rencores. Que el tema iba demasiado enserio como para priorizar sus rencillas adolescentes.
Y a pesar de la otra voz insinuándole que seguramente cuando todo pasara Malfoy ni siquiera se lo agradecería, Hermione tomó su decisión.
Sacó la varita con la mano libre, convocó a su Patronus y lo lanzó contra la puerta para que fuera a la enfermería a buscar ayuda, mientras medio abrazaba a Malfoy intentando controlar sus espasmos mientras el cuerpo del chico seguía retorciéndose e hinchándose de forma grotesca.
-Tranquilo Malfoy... estoy aquí... no pasa nada... la ayuda está en camino, no te preocupes...- empezó a susurrarle mientras el rubio se retorcía de forma miserable en el suelo gimiendo de lo que si no era el dolor más atroz, se le parecía bastante.
Estaba tan aterrado que internamente agradeció esa especie de consuelo que Granger le brindaba con su intento de abrazo. No tenía idea de lo que estaba pasando, y la única cosa a la que podía aferrarse por saber de lo que se trataba, era a la rara chica de Gryffindor.
No sabía como acababa de exponerse de esa manera, pidiéndole tan expresamente a la sabelotodo que no lo dejara. Creía que era el miedo quien lo llevaba a actuar así, diciendo esas cosas, dejándose abrazar, pero tampoco quería pensarlo mucho, ya tendría tiempo de autoanalizarse cuando todo pasara… porque esa pesadilla tenía que terminar, ¿no?
Una serie de crujidos empezaron a cortar el aire con su brutal sonido y Hermione comprendió que venían de las costillas de Malfoy… o al menos casi todos.
Uno de los chasquidos venía de su muñeca. Sus huesos habían crecido bajo la presión antinatural de la garra de acero con la que el chico la aferraba. Como si ella fuera un chaleco salvavidas. Como si ella pudiera hacer algo por ayudarlo.
Y mientras gritaba en su agonía, Draco abrió la boca. Y la abrió más. Y la siguió abriendo. Porque las comisuras de sus labios parecían haberse rajado y ensanchaban su sonrisa de forma cada vez mas serpentina. Y al verlo, Hermione también gritó aterrada. El pelo platinado del Slytherin se caía a mechones, mientras toda la piel visible parecía escamarse de algo plateado y brillante.
De pronto, el cuerpo del chico se ensancho de forma brutal, llenándolo todo. Y Hermione se vio sumergida en una vorágine de gritos y cuerpos, pues lo primero que perdió fue la noción de si era ella la que gritaba o era Malfoy... pero la duda que más la atenazaba era saber que narices acababa de aplastarla.
Y aún cuando todo se puso negro, aún cuando el dolor de todo su cuerpo al ser aplastada y su brazo destrozado, aún podía oír esas tres palabras que le habían hecho actuar de forma irracional.
"No me dejes"...es increíble como la súplica de tu peor enemigo puede cambiar tu destino, haciéndote hacer lo que ni siquiera el más sabio consejo de tu mejor amigo sería capaz.
