Capítulo 4: Caramelos de limón

Era de público conocimiento, tanto en el cuerpo estudiantil como en el docente, la afición de Albus Dumbledore por los caramelos de limón.

Lo que nadie sabía, era que dicho gusto lo había adquirido de joven, cuando era parte del coro del colegio. Quien era entonces el director de este, les había recomendado los caramelos de limón para suavizar la garganta y relajar tensiones de la misma. Por lo que ahora, cada vez que deja derretir un caramelo de limón en su paladar, los recuerdos se hacen presentes.

No es el sabor del caramelo, es la sensación relajante en su garganta, es el aroma colándose en sus fosas nasales y relajándolo, es la sensación de seguridad que le traen los recuerdos de aquella época dónde su mayor preocupación era cuidar sus cuerdas vocales.

Por eso Albus consumía caramelos de limón cual adicto. Por eso los ofrecía con tanta insistencia, con el afán de compartir dichas sensaciones. Por eso los tenía sobre su escritorio, a mano, para poder coger uno cuando una situación despertaba sus nervios o temores. Por eso disfrutaba tanto los momentos del día que en la soledad y tranquilidad de su despacho podía tirarse en su sillón, cerrar los ojos y dedicarse a jugar con un caramelo en su boca y los efectos al que este le transportaba. Y aunque nadie más lo supiera, aunque nadie comprendiera el por que... él disfrutaba haciendo participes a todos los que aceptaran el pequeño dulce amarillo de los recuerdos que en el evocaba.

Y en eso estaba en ese preciso momento, con el caramelo amarillo entre sus dedos, a punto de adentrarlo en su boca, cuando la tranquilidad se evaporó como un suspiro. A pesar de lo aislado que se encontraba su despacho, el escándalo que venía de afuera era tal que lo habían hecho dar un respingo como si le hubiesen gritado en el oído.

Enseguida supo que algo no andaba verdaderamente bien. Que el griterío de los pasillos no se debía a una simple pelea de alumnos o alguna broma de mal gusto.

Con un profundo suspiro se incorporó de su asiento, guardó el caramelo dentro del bolsillo de su túnica y salió en busca del origen del escándalo.

Y no tuvo mucho que buscar. Apenas cruzó la gárgola se encontró de frente con un Patronus que se dirigía a toda carrera hasta él, provocando que los alumnos chillaran del asombro, corrieran y comenzaran a cuchichear.

Reconocer a dicho Patronus, como la nutria de Hermione Granger no hizo más que confirmar sus sospechas; aunque ahora no sólo creía que algo no andaba bien, tenía la fuerte convicción que algo estaba realmente jodido.

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Cuando Hermione abrió los ojos deseó con todas sus fuerzas el no haberlo hecho. No sólo era el mareo y que no pudiera enfocar la vista, el que todo le diera vueltas como si se encontrara dentro de un lavarropas era un detalle menor a comparación al dolor al que era sometido su brazo. Ni siquiera había intentado moverlo, el simple respirar le había hecho gemir del dolor. Cerró los ojos e intento concentrarse en que sus pulmones se inflaran lo menos posible al tomar aire, repitiéndose mentalmente que no era nada, que todo estaba bien, que el dolor era psicológico. Psicológicas mis mandrágoras, se auto replicó al volver a sentir una fuerte punzada.

Entonces lo notó.

Por mucho empeño que ella pusiera en no moverse, sentía algo ejerciendo presión contra su brazo. Hizo un esfuerzo sobre humano para volver a levantar los párpados y dirigir la vista hacia dónde ella se lo proponía.

Volvió a cerrar los ojos.

No. No, no, no y no. Debía de estar soñando, ¡Si, era eso, estaba soñando! No recordaba haberse quedado dormida, pero no importaba, era la única respuesta que se le ocurría a lo que acababa de ver, la más lógica, y sobre todo la más sana para su mentalidad…

Fue entonces, intentando recordar cuando se había ido a dormir para poder afirmar su teoría, cuando los verdaderos recuerdos de lo ocurrido desfilaron por su mente: Malfoy, el espejo, las luces y los ecos, la transformación del rubio… pero fueron tres palabras las que volvieron a asaltar su mente: "No me dejes"

Como pudo movió su mano izquierda hasta llegar a su boca para ahogar un sollozo.

Lloraba de miedo. Lloraba de impotencia. Lloraba por el dolor de su brazo. Pero sobre todo lloraba, porque si sus recuerdos no eran falsos y sus ojos habían visto bien, el enorme dragón que dormitaba a su lado debía tratarse nada más y nada menos que de su rubio compañero, y era, precisamente, una de sus alas lo que la estaba aplastando.

Volvió a abrir los ojos confirmándolo.

¿Cómo es que todo había desencadenado de esa manera? ¿Qué clase de artilugio era aquél espejo? A ella, por alguna razón, le había dado mala espina desde el principio. Desconfianza que se acrecentó al leer las palabras escritas en él. Que se justificó al ver lo que sucedía con Malfoy.

El Slytherin podía ser un niñato arrogante y egocéntrico, pero era una persona –o al menos lo había sido hasta entonces- y lo que había sucedido era demasiado incluso hasta para alguien como él, que era el principal merecedor de un batallón de escarmientos.

Volvió inconscientemente la vista hasta él y suspiró. Por lo menos ahora estaba tranquilo. Podía recordar vívidamente lo sucedido minutos atrás, y revivir el dolor y el terror que había experimentado ese chico le produjo escalofríos. Ahora veía como mantenía los ojos cerrados y su respiración se había vuelto regular, o al menos todo lo regular que ella suponía tratándose de un dragón.

"No me dejes" la frase seguía resonándole en la cabeza y ella no entendía el porqué. Había asumido que él se lo había pedido preso del terror que atravesaba, y ella, finalmente, se había quedado. Entonces, ¿por qué seguía escuchándola como un empeño a que lo recordara?

Ella se había quedado, sí, pero ahora se le planteaban otros interrogantes: ¿Y ahora qué? ¿Cuánto se podía seguir fiando de esa criatura? ¿Qué sucedería con Malfoy? ¿Seguiría vivo algo de Draco ahí?

"No me dejes". Un dolor punzante se clavó en su pecho. Angustia. Sí, el sólo pensar en que aquella bestia podría haber eliminado la existencia del Slytherin le produjo una angustia inmensurable.

Se obligó a respirar hondo y a pensar con claridad. En ese momento estaba tan subyugada por lo descubierto que hasta el dolor en su brazo había pasado a un segundo plano.

Tenía que sacarlos de ahí.

Si, vale, el propósito estaba claro y era meritoria su fuerza de voluntad. El problema radicaba en encontrar una bendita manera para mover a una bestia de váyase a saber cuantas toneladas para cruzar una puerta por la cual no estaba segura que dicha criatura pudiera pasar… y todo esto sin detallar que contaba con su brazo útil roto.

Estaba frustrada. No, más que eso… estaba frustrada e indescriptiblemente desesperada.

Recordaba haber pedido ayuda, pero por el tiempo transcurrido –o el que ella creía que había transcurrido- ya debería de haber llegado. Quizá su Patronus no había sido tan potente, o no había llegado a destino, o quizá, simplemente tenía que ver con el funcionamiento de la Sala de Menesteres y su nutria ni siquiera había podido cruzar las paredes de la habitación. Frenó sus pensamientos en seco. ¡Eso era! ¡Estaban en la Sala de Menesteres!, por más que su mensaje hubiese sido recibido y acatado, nadie iba a poder entrar en la habitación mientras ellos estuvieran dentro.

Sonrió orgullosa ante su descubrimiento, pero su sonrisa duró tan poco como se dio cuenta que ahora estaban hasta el cuello de mierda.

Volvió a hacerse una luz en su cabeza y rezó a todos los dioses que funcionara.

Con todo el dolor de su alma –y principalmente de su brazo- se movió lentamente hasta que su mano pudo tomar la varita del interior de su túnica.

Se sentía inútil sujetándola con su mano izquierda. La sentía ajena. Sabía que era un desastre intentando escribir con esa mano, por lo que volvió a rogar que su magia no hiciera distinción y colaborara.

Con otro suave movimiento se incorporó un poco y giró hasta poder apuntar a la puerta. El dolor era inaguantable, y ese mínimo movimiento la había agotado como si hubiese corrido una maratón.

-¡Alohomora! –pronunció en apenas un susurro, aunque sonó más bien a un jadeo. A pesar de ello, la orden salió de forma firme y segura.

No tuvo fuerzas siquiera para comprobar si había funcionado, ni mucho menos para volver a intentarlo. Simplemente volvió a dejarse caer en su posición inicial.

"No me dejes". Inexplicablemente el eco en su cabeza la hizo sonreír levemente. Con el brazo con el que aún sujetaba su varita se aferró al ala que descasaba encima suyo, y sin poder sostener sus propios párpados un segundo más, cerró los ojos dejando que Morfeo la arrastrara con él.

Bastó que sus pestañas hicieran contacto para que unos ojos grises se abrieran como rendijas y se clavaran inescrutables sobre ella. Había estado consciente a todo momento, aunque por alguna razón no quiso enfrentarse a ella y mantuvo los ojos cerrados. No después de lo que había pasado… de lo que estaba pasando.

Para su mayor sorpresa no sólo ella no se había ido al descubrirlo; se había asustado, sí… y hasta supo que había llorado… pero no sólo no lo había dejado, sino que ahora, la muchacha lo estaba abrazando.

Se veía tan frágil y pequeña entre su cuerpo que le produjo un extraño síntoma de posesión que le llevó a delicada y casi indetectablemente acercarla más contra sí.

Y esa fue la imagen que se encontraron Albus Dumbledore, dos profesores y una docena de alumnos que los habían seguido por mucho que los profesores intentaron impedir: Un hermoso y enorme dragón blanco cuidando a su princesa y velando por sus sueños. Lo bucólico de la imagen se empaño un poco por el hecho que los dragones son famosos por lo violentos y posesivos que se vuelven cuando alguien quiere arrebatarles aquello que consideran que es suyo, Dumbledore pasó saliva como pudo. Aquello iba a ser cuanto menos interesante.

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La segunda vez que abrió los ojos, luego de acostumbrarse a la deslumbrante luz, de lo primero que fue consciente fue que a pesar de que ya no le dolía, no podía mover el brazo derecho.

Recién entonces su mente fue capaz de procesar que ya no se encontraba en la Sala de Menesteres, sino que en la enfermería; y que, detalle no menos importante, no tenía a Malfoy aplastándola, en su lugar estaban Harry y Ron prácticamente encima de ella, mirándola con unos rostros dignos de fotografiar. Tuvo que contenerse de no soltar una carcajada por sus caras.

-¡Creí que no despertarías! –exclamó Harry soltando en un suspiro el aire contenido por los nervios

-¿Cómo estas? ¿Te sientes bien? ¿Qué te duele? –Preguntó el pelirrojo sin apenas respirar- ¿Qué te hizo ese imbécil? ¿Qué fue lo que pasó? ¿No nos piensas explicar?

-Ron… ¡Ron! –Intentó acallarlo- Estoy bien, ya no me duele nada, y la historia es larga… -respondió con todavía un tinte somnoliento en la voz.

-¡Les dije que no la molestaran! –Gritó una mujer a las espaldas de los chicos- Me alegro que haya despertado señorita Granger –la saludó Madame Pomfrey una vez hubo llegado hasta su cama, cambiando su timbre chillón por una voz dulce y considerada. Pero luego volvió a clavar los ojos en el par, y cualquiera que estuviera allí podría asegurar que le echaban chispas- La única condición para que se quedaran fue que la dejaran descansar y no la atosigaran cuando despertara –siseo de una manera que les dio escalofríos.

-Pero… -intento replicar Ron, pero la mirada que recibió por parte de la enfermera le hizo saber que sería mejor que se callara.

-¡Ahora, largo de aquí! ¡Los dos! ¡Afuera! –gritó mientras los acompañaba muy amablemente hasta la salida.

Hermione agradecía que sus amigos se preocuparan por ella y quisieran hacerle compañía y saber como estaba, pero en ese momento el cansancio y el dolor de cabeza que comenzaba a ganar eran tales que se alegraba de que Madame Pomfrey los hubiese corrido.

Cerró los ojos e intentó poner orden en su cabeza.

"Me llamo Hermione Granger, tengo 17 años, me encuentro en la enfermería del colegio con el brazo escayolado, regalo de mi némesis Draco Malfoy que me aplastó con un ala" –sonrió orgullosa de ser consciente de su situación, pero otro dato la hizo caer en cuenta de que no todo estaba bien- Draco Malfoy se había convertido en dragón.

Abrió los ojos alarmada, y echó un vistazo alrededor, quedándose sin aire al instante. Ahí, en una de las esquinas cercanas a la puerta, bastante alejado de ella, se encontraba él.

Había tenido la esperanza de encontrar su platinado cabello en alguna de las camas cercanas, pero no, el enorme dragón era el que se imponía ante ella. Sintió sus ojos grises clavándose en ella con fijeza, quemándola. Inconscientemente, como hipnotizada, se incorporó hasta quedar sentada. A pesar de que sus miradas no perdieron conexión, aquél simple movimiento lo había incomodado haciendo que se agitara un poco. Claro que, con tremendo cuerpo, por muy pequeño que fuera el movimiento, a ojos humanos se veía sumamente violento.

Al director, obviamente, no le pasó por alto y se giró en busca del motivo de su alteración, encontrándose enseguida con una Hermione Granger que miraba azorada a la criatura en la que se había convertido el alumno de Slytherin. Con una amplia sonrisa, completamente fuera de lugar teniendo en cuenta las circunstancias, se acercó hasta ella.

-Señorita Granger, que alegría que haya despertado –la aludida siquiera fue capaz de responder- Sé que debe encontrarse muy cansada, pero comprenderá que necesitamos con urgencia que nos relate lo sucedido, ya que por motivos evidentes el señor Malfoy no ha podido hacerlo. –Hermione movió casi imperceptiblemente la cabeza a modo de asentimiento. La jocosidad con que se había despertado al ver la cara de sus amigos se había ido al traste al momento que descubrió que el rubio seguía transformado. Además se seguía sintiendo presa de esa mirada penetrante.

-Mal… Malfoy, ¿qué pasará con él? –preguntó con voz trémula

-No lo sabemos. –Se sinceró- Para poder ayudarlo, sacar conclusiones, buscar una solución, necesitamos primero conocer los detalles de lo sucedido. Nosotros sólo podemos tejer hipótesis… por eso es tan inminente hablar con usted. –La muchacha volvió a asentir, esta vez pareció salir de su trance porque lo hizo fervientemente- Me alegran sus ganas de colaborar, jovencita. Sería mejor que hablemos en privado… -Como única respuesta la castaña terminó de incorporarse poniéndose de pie y volviéndose a calzar. Una vez lista, siguió al director hasta la salida.

Desde que el viejo profesor le pidió el hablar en privado, ella fue consciente que tendría que pasar cerca de Draco. No sabía porque ese simple hecho la perturbaba tanto, teniendo en cuenta que un rato antes habían estado lo más físicamente cerca posible. Sólo sabía que ahora, mientras pasaba frente a él, el sentirse otra examinada por sus ojos… quemándole, las piernas a punto estaban de convertírsele en gelatina.

Cuando cruzó las puertas y se cerraron tras ella, se permitió respirar profundamente, creyendo que lo peor había pasado. Se deshizo inmediatamente de esa suposición cuando sintió todas esas las miradas sobre ella.

No quemaban, no…. Pero era sumamente incómodo que más de un centenar de ojos siguieran tus movimientos sin perder detalle, que tu nombre saliera a modo de murmullo de tantas bocas, que a paso que dieras nuevos dedos te señalaran.

El escándalo era tal que ni siquiera el respetado Albus Dumbledore lo podía manejar. El anciano tuvo que rodearla con un brazo para poder alejarla de la muchedumbre, y de no ser que ni un ataque de doxys los alejaría de la guardia que mantenían en las puertas de la enfermería, les hubiera costado horas llegar a su despacho.

Hermione era incapaz de procesar lo que acababa de suceder. Se había auto-encerrado en una burbuja aislante que sólo fue capaz de reventar una vez cruzaron la gárgola de la entrada.

Dentro del despacho se encontraban ya Minerva McGonagall y Severus Snape. A pesar de parecer inmutable, la mirada del pocionista se posaba con tal peso sobre que ella que la incomodaba al punto que si no fuera porque el director comenzó a hablar, hubiese sido capaz de salir corriendo de allí.

-Me pareció prudente, para no perder más tiempo, que los profesores escuchen también su relato, mi querida –Hermione echó un vistazo a ambos; Minerva la alentó asintiendo con una sonrisa, mientras que Snape ni siquiera movió un músculo.

-Está bien –aceptó a desgana.

-Perfecto, ¿le parece comenzar por el principio? Y por favor, no escatime en detalles, somos todo oídos.

Hermione suspiró pesadamente y empezó a contar lo sucedido. Mientras hablaba sentía hacerse a cada palabra más consiente de lo que había pasado. Aunque al mismo tiempo, al escucharse, se sentía ajena a esa historia, como si sólo estuviera contando un cuento de horror.

Habló de sus tardes en la Sala de Menesteres y de lo fuera de sitio que se encontraba últimamente. Severus estuvo a punto de interrumpirla y espetarle que no le interesaba enterarse de sus problemas emocionales, ni mucho menos convertirse en su psicólogo; pero una mirada del viejo Dumbledore bastó para que –a regañadientes- se contuviera.

Contó como aquella tarde se había topado con Malfoy allí y este, como era costumbre, se puso a molestarla. Como en su afán de sacarla de sus casillas había tomado aquél espejo que a ella ya le había dado mala espina desde que lo había visto, y la discusión que tuvieron cuando ella le pidió que lo soltara y la dejara de molestar.

Relató con todo el detalle que podía recordar como lo que comenzó con ese raro juego de luces y ecos desencadenó en la transformación del rubio. Pero cuando llegó al momento en que pidió ayuda enviando su Patronus, a pesar del pedido expreso del director, obvió las tres palabras desesperadas que Malfoy le había dedicado y que aún le revoloteaban en la cabeza.

Al finalizar su relato, hasta el rictus del profesor de pociones se había ensombrecido.

No se atrevía a preguntar nada, aquellos rostros denotaban que cualquier respuesta que pudieran darle no iba a gustarle. Pero el silencio en aquella habitación era demasiado perturbador.

-¿Va a estar bien? –se atrevió a inquirir.

-Me gustaría poder decirle que sí, señorita Granger, pero usted es una jovencita muy inteligente como para que le mienta de esa manera –habló Dumbledore- me temo que el futuro del señor Malfoy es completamente incierto.

-¡Pero intenten algo! Son los mejores magos de la época, ¡tienen que poder hacer algo! –el volumen de su voz había subido unos cuantos decibeles y sus manos hechas puños caían a sus lados.

-Le agradezco el halago, pero hemos intentando todo lo que estaba a nuestro alcance, me temo que esto es algo que escapa a nuestros humildes conocimientos…

-¡Humildes y un demonio! –gritó haciendo exaltar a su profesora predilecta. Snape arqueó una ceja, escéptico… así que la señorita corrección también maldecía

-Querida, se está exaltando y no es bueno en su condición, será mejor que vuelva a la enfermería a descansar y… -pero la bruja no pudo continuar porque Hermione se puso a gritar otra vez.

-¡No hable de mi condición cuando otro alumno está en la enfermería convertido en dragón!

-Señorita,…

-¡Y ni se les ocurra pedirme que me calme! ¿Qué piensan hacer con él? ¿Van a tenerlo en exposición? ¿Van a dejar que se quede así? ¡Por las barbas de Merlín, Malfoy es un dragón y ustedes me dicen que ya lo han intentado todo! ¿Cómo me piden que me calme? –Oh, si, a Severus deberían premiarlo por el gran esfuerzo que estaba haciendo por contener la risa ante la actitud desbordada de la Prefecta perfecta. -¡Tienen que hacer algo! ¡Es su deber como profesores, se supone que nos cuidan! ¡No pueden condenarlo a quedarse así! ¡Además es peligro… -pero de repente la voz irritante de la muchacha se dejó de escuchar y sólo se sabía que seguía despotricando por el movimiento de sus labios. Al percatarse que sus cuerdas vocales no emitían sonido alguno, Hermione abrió enormemente los ojos y se llevó las manos a la garganta por acto reflejo. Instantáneamente tres pares de ojos, demostrando distintas expresiones, se posaron en el director, quien los miraba con su firme sonrisa y un deje de picardía detrás de sus gafas de medialuna.

-Créame que ya entendimos su punto, mi querida, como así, créame que no nos rendiremos y haremos todo lo que esté a nuestro alcance por el señor Malfoy. Pero comprenda que ahora lo que menos necesitamos es que usted se altere. Por favor, relájese, que le hará mal a su salud… ¿no gusta un caramelo de limón? –Si las miradas matasen, ni un mago tan poderoso como Albus Dumbledore hubiera podido hacer algo contra la de Hermione Granger en ese momento. Pero si bastó para que el director asumiera que sus golosinas serían rechazadas otra vez…

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Draco despertó en la enfermería. Batió suavemente las alas y se desperezó con un ronroneo armónico que hizo vibrar los muros y rechinar los cristales en sus ventanas. Aquel cuerpo era incomodo y grande. Muy grande. Si no se desperezaba con cuidado, cosa bastante difícil recién despierto, podía derruir medio edificio.

Parpadeó estirando las patas delanteras y arqueando la espalda como el gato más grande de la historia, haciendo que las púas óseas que sobresalían a lo largo de la espina dorsal se erizaran hacia el techo. Era cuanto menos un espectáculo increíble. La inmensa bestia estilizada y blanca, alzándose lentamente con movimientos cuasi felinos.

Los ojos gris-acero con pupila vertical se abrieron, echando a patadas los últimos vestigios de sueño y pereza. Y de todo lo que podría haber visto en el mundo, de todas las posibilidades ópticas de la creación, Draco sólo vio lo que no estaba.

Hermione Jane Granger no yacía durmiente en la cama de la enfermería. Respiro hondo... el olor de la chica, aquel aroma a tinta, libro viejo y menta se desvanecía.

Algo rugió amenazador en el fondo de su cabeza. Alguien le había quitado lo que era suyo. Pero lo que más furioso le puso fue sentir algo así por la asquerosa sangresucia.

Sin miramiento alguno, Draco se puso en pie, y caminó con rabia hacia la puerta. Luego la miró parpadeando. Era demasiado pequeña. Giró la cabeza. No había más puertas. No sabia como diablos lo habían metido ahí, pero no le importaba. Empezó a darse cuenta que estaba encerrado.

"No pueden detenernos, no pueden encerrarnos, no pueden quitarnos lo que es nuestro" Rugía la voz en su cabeza. Draco le dio la razón.

Respiró hondo, tomó aliento, notó el calor del horno del infierno en su pecho. Sonrió, o hizo el gesto más aproximado a sonreír que puede hacer una boca de reptil, y expelió una llamarada de fuego capaz de fundir el diamante contra las paredes de la enfermería.

Si creían que podían detenerle, se iban a llevar una enorme sorpresa. Le habían quitado algo que quería de vuelta. Aunque fuera para destruirlo el mismo. Mientras las paredes que daban al exterior de la enfermería se derretían y derrumbaban a su paso, y Madama Pomfrey chillaba histérica junto a los pocos alumnos que aun estaban allí, Draco se abrió paso a través de los cascotes de piedra medio fundidos hasta la libertad del exterior.

Tenía cosas que hacer.