CAPITULO 5: Cielo abierto
Nadie conoce esa sensación. O al menos nadie bípedo sin escoba. Draco parpadeó deslumbrado por la luz del sol, y sus pupilas verticales se redujeron a meras rendijas en sus ojos reptilianos color plata. Sonrió. O al menos pensó que sonreía. Su boca de lagarto gigante sólo se frunció mostrando unos colmillos capaces de reducir a carne picada un mamut, y abrió las alas.
Tener un juego extra de extremidades es una sensación que pocos conocen. Salió medio trotando de entre los escombros de la enfermería extendiéndolas y batiéndolas. Una vez. Dos veces. Casi con pereza al principio, pero luego con más énfasis a medida que iba ganando velocidad. A los pocos segundos ya sus cuatro patas no tocaban el suelo. Batió con más fuerza, y ganó altura.
El éxtasis más puro le corrió por las venas haciéndole sentir un revoloteo en el estomago. Esa frase de "el viento en las alas" dejó de ser una metáfora para él. Había volado en escoba infinidad de veces... pero ahora volaba por sí mismo. Su propio cuerpo lo sustentaba en el aire.
Ganó más altura. Ganó tanta altura que su cuerpo gigantesco se convirtió en un mero borrón plateado que cortaba las nubes para cualquiera que lo viera desde tierra. Cerró los ojos mientras el aire frio le arañaba el rostro, pero no le hacía daño. Iba acorazado, nada podía herirle. Voló como no había volado en su vida.
Y por primera vez en toda su existencia, se sintió realmente libre.
Hogwarts parecía una casa de muñecas desde esa altura. Y eso le hizo sentir diversión. Abrió las fauces, y por mero regocijo lanzó una bocanada de fuego contra las nubes, haciendo que se evaporaran en girones hirvientes a su paso. Gritó jubiloso.
Trazó círculos alrededor del cielo, y se dejó caer en picado una y otra vez, remontando de nuevo el vuelo. Era sorprendente lo que se podía hacer con un poderoso par de alas membranosas. Se sentía el rey del mundo. Incluso toda aquella congregación de alumnos y profesores que lo miraban horrorizados desde el patio del colegio le parecía ridícula.
"Ellos nunca lo sabrán" dijo la voz de su interior con sorna y casi tristeza "Nunca lo comprenderán, nunca lo sentirán... da lástima saber que toda esa gente vivirá y morirá sin saber lo que es el verdadero poder..."
Draco acabó aterrizando en el lindero del colegio, y vio como la marabunta de gente lo miraba. Alguien se destaco sobre todos ellos: Dumbledore, que lo miraba ligeramente molesto.
El anciano encaró al dragón con los ojos entornados y los brazos cruzados en el pecho.
-¿Ya te has divertido, Draco? -Le susurró el director en tono de reproche- Aunque ahora peses varias toneladas y tengas la fuerza para derrumbar el castillo, no quiere decir que puedas hacerlo. Diez puntos menos para Slytherin por tu acto vandálico. Y si ya has terminado de lucirte y de dar el espectáculo, ven conmigo que tenemos que notificar esto a tus padres y buscarte unas estancias apropiadas y adecuadas a tus nuevas necesidades… que esperemos sean temporales.
Draco casi se carcajeó. Cosa que en su forma actual sonó como un gruñido gutural retumbante. Ya no le intimidaba aquél viejo al que podía aplastar con una de sus patas. Pero se encogió de hombros -o al menos se retorció con su grácil cuello hundiendo el nacimiento de las alas, que es lo mas parecido a encogerse de hombros que puede hacer un dragón- y siguió a Dumbledore.
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Hermione había salido del despacho del director sin saber muy bien hacia donde dirigirse. La enfermería, definitivamente, no era una opción. No mientras estuviese atestada de todos esos alumnos cotilla entorpeciendo la entrada y la salida… lo cual no tenía pinta de cambiar muy rápido… al menos que movieran su "objeto de exhibición" a otro sitio.
Se sentía no sólo indignada, sino también impotente con toda la situación de Malfoy. Todavía sentía su cuerpo temblar ante la rabia provocada en la charla con los profesores. No podía creer que se lo tomaran tan a la ligera, que se sentaran a esperar a ver como evolucionaba el caso y así recién evaluar como proceder.
Esta vez ella abalaría el escándalo que montaría Lucius Malfoy al enterarse lo sucedido con su hijo. Se preguntó quien sería el encargado de dar a cara y comunicarle la noticia. Sonrió con picardía al saber que esa persona no tendría el trabajo fácil. Estaba mal que pensara así, lo sabía, lo ocurrido había sido un hecho completamente ajeno al colegio y sus autoridades… y que mejor testigo que ella. Pero le molestaba en sobremanera la postura que los directivos y el cuerpo docente había tomado al respecto… el único que había actuado con un poco de sensatez había sido Severus Snape.
Los pies la habían trasladado sin darse cuenta hacia las puertas de la biblioteca. Agradecía que parte de ella actuara con cordura.
Lo había decidido, si los adultos no pensaban hacer nada, ella haría por ellos lo que estuviese a su alcance. Una voz en su cabeza le decía que no se metiera, que era Draco Malfoy, su némesis, que no se merecía su ayuda. Que no iba a querer su ayuda. Que iba a despreciarla, como siempre. Pero su complejo de Robin Hood era más fuerte. No se había ganado el mote de "defensora de causas perdidas" porque sí. Había un dicho muggle que rezaba algo como "Haz el bien sin mirar a quien" y ella parecía haberlo tomado como bandera.
Ni siquiera Draco Malfoy merecía ser dejado a su suerte bajo esas circunstancias, y ella no iba a ser quien le diera la espalda, no… no cuando él le había pedido que no le dejara; y eso podía aplicarse en varias situaciones.
En paz consigo misma y con la decisión tomada, caminó a paso decidido adentrándose a su templo. Recién cuando estuvo metida en medio de las estanterías se dio cuenta que no tenía ni la más mínima idea sobre donde comenzar a buscar. Pensó que quizá lo más acertado sería primero darle una hojeada a los libros sobre dragones para encontrar algo más que la ayudara a guiarse en por donde profundizar luego.
Se había sentado en la mesa vacía más cercana que encontró, rodeada de volúmenes completamente dedicados a estas criaturas, pero al cabo de un rato no muy largo ya cerraba con fuerza el último tomo mientras soltaba un bufido de resignación. No se había esperado encontrar la solución al problema de Malfoy… ni siquiera que hablaran de un caso similar; pero el que el tipo de dragón en el que se había convertido su compañero no coincidiera con absolutamente ninguna de las razas de dragones registradas por el Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas era algo que había tirado abajo todo su entusiasmo. Ahora sí que no tenía nada de donde agarrarse.
Desde la primera vez que lo había visto completamente metamorfoseado había pensado en que, dragón y todo, seguía viéndose escalofriantemente Malfoy. Pero no había creído que fuera más que una simple impresión suya y que enseguida encontraría la información sobre los dragones de su clase. Error.
Suspiró, y sin darse cuenta, los pensamientos que rondaban acerca de lo afilado de su rostro, sus enormes alas terminadas en puntas, sus escamas entre blancas y plateadas y el gris acerado de sus ojos, mutó, ya no al color, sino a la maraña de emociones que estos reflejaban. El terror y desconsuelo en la sala de menesteres, la fuerza y poder en la enfermería que se mezclaba con la confusión, la consternación y algo más que no pudo identificar pero que al momento de pasar por su lado la había intimidado y despertado el instinto de protegerlo en partes iguales.
Verdaderamente lamentaba lo que le estaba sucediendo, ni siquiera un tipo como él se merecía algo semejante. No sólo por la bestia en la que físicamente se había convertido, no sólo porque ello lo posicionaba en algo así como el objeto de observación del colegio. Sino por todo lo que psicológicamente acarreaba. No debía ser nada fácil. Sobre todo cuando no tenía manera de dejarlo salir, de descargarse… hasta alguien como Draco debía necesitarlo.
Por un momento pensó en lo que le gustaría poder saber lo que él pensaba de todo eso, como se sentía… "si tan sólo Harry pudiese hablar draconis además de párcel…" bromeó para sí. Pero inmediatamente una luz se prendió en su cabeza, y sin siquiera molestarse en acomodar los libros que antes había sacado, se dirigió a toda velocidad hacia la sección de libros muggles y tras tomar el par de libros que buscaba, salió corriendo de la biblioteca.
Y que Circe la ayudara, porque lo que estaba a punto de hacer no era ni su mejor idea ni mucho menos la más cuerda.
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Varias horas después de su "paseo", Draco se encontraba en sus nuevas habitaciones… que no eran más que una enorme cueva ubicada en la ladera de una montaña cercana. Con varios hechizos, la habían hecho más cómoda, alisado algunas partes, y puesto un gran nido en el que podía acurrucarse. Así como grandes farolas mágicas que la iluminaban agradablemente.
Lo mas divertido había sido ver a sus padres, como gritaban y se frustraban por lo que había pasado. Como si a Draco le importara en lo mas mínimo. Era gracioso ver como todo lo que antes le había parecido un drama ahora sólo era "algo que le pasaba a los demás".
"Mira que tristes y patéticos son... ¡míralos!" Se burlaba la voz mientras Draco miraba a su padre y a su madre "Como si el dinero pudiera dar el poder. Como si el tener un trabajo en lugar de otro realmente importara. Podrías quemarlos a todos. Ricos y pobres. Todos humanos. Todos igual de insignificantes. Lo que ellos creen tan importante no es más que polvo. Nada. Sus vidas malgastadas en absurdos sin sentidos... en placebos de lo que realmente importa. Peces pequeños en sus pequeños estanques que se creen grandes tiburones, que se creen depredadores... y nunca piensan que en algunos países, para lo único que sirve un tiburón es para hacer una sopa sabrosa. Un león no es más que un gato con delirios de grandeza y unas garras un poco más grandes. ¡Míralos! ¡Míralos bien! No son nada... gente pequeña con sueños mediocres que se conforman con pensar que un trozo de metal amarillo tiene valor, y que tener mucho metal amarillo les da poder sobre otros idiotas tan pequeños y mediocres como ellos. Si el metal tuviera realmente poder, podrían pagar a las tormentas para que lloviera cuando quisieran, o darle metal a un volcán para que no erupcionara. Pero no pueden. El poder de los humanos es solo un sueño. Y tú, Draco... tú los harás despertar. Los pondrás de rodillas... les mostrarás realmente que es el poder..."
El calor se acumuló en su estómago. Estaba tentado de soltar una bocanada de fuego y matarlos a todos. A Dumbledore, a su Padre, a su Madre, a McGonagall, al imbécil de Hagrid... y lo habría hecho si una vocecilla no hubiera aparecido de la nada rompiendo el ensueño de ira y destrucción que le había nublado la vista.
-¿Se puede?- preguntó tímidamente Hermione
-¿Qué hace ella aquí?- Chilló indignado Lucius Malfoy, mirándola como si sintiera asco de ella.
Draco vio el gesto y se rio de nuevo, haciendo retumbar la cueva. Era casi ridículo que alguien tan cobarde, idiota y mediocre como su padre criticara así a Granger.
Dumbledore, en cambio, miró a Hermione con algo de curiosidad y una sonrisa.
-¿Que hace aquí, Señorita Granger?
-Yo... -Hermione aferró el libro que llevaba sujeto como podía con el brazo en cabestrillo- Yo pensé que como Malfoy ahora no puede hablar... podría... podría aprender esto...
-¿Código Mor sease?- Leyó Dumbledore en la portada con una ceja alzada
-Código Morse... -le corrigió la castaña con una tímida sonrisa- Es un lenguaje muggle que se usa sin hablar, sólo con golpecitos. Yo aprendí hace algunos años a usarlo, y es realmente fácil... pensé que si Malfoy y otros aprendían él podría comunicarse con cierta normalidad...
-Mi hijo no va a aprender un estúpido lenguaje Muggle...-empezó Narcissa con ciertas reticencias, aunque sus ojos miraban con voracidad el libro. Lo cierto era que se moría de ganas de hablar con Draco.
Nadie dijo nada más. Nadie pudo. Draco había bajado su enorme cabeza ante Hermione y la miraba de frente. Era intimidante. Aquella enorme bestia plateada que parecía bañada en mercurio y hielo iridiscente. Y estaba ahí, a un metro de distancia de Hermione. Mirándola en silencio.
La castaña trago saliva y aguantó. Nunca había retrocedido ante Malfoy y no sería ahora la primera vez que lo hiciera. Aunque ahora Malfoy fuera una bestia capaz de aplastarla, quemarla o filetearla.
Lo que pasó a continuación fue algo que nadie podría haber imaginado. Draco alargó una de sus garras y rodeó con ella a Hermione, agarrándola como si fuera una muñeca la levanto en vilo, y la arrastró hacia su nido.
La castaña soltó un grito, pero nadie tuvo tiempo de reaccionar. Draco la dejó en el centro de su nueva cama, y se colocó de espaldas a todos, rodeando a la aterrada castaña y quedando con el morro encarado a ella. Luego, acercando una de las largas uñas de su zarpa a la chica, araño con cuidado la superficie del libro, dándole unos golpecitos e hizo un ruido similar a un ronroneo. Aunque para los testigos, más bien sonó como el motor de un camión de 16 ruedas que no consigue arrancar.
Dumbledore carraspeó y miró a los señores Malfoy que no parecían comprender nada.
-Creo que Draco sí desea aprender ese idioma de golpecitos para poder comunicarse...
Pero no era así. A Draco le traía sin cuidado comunicarse. No necesitaba que nadie le comprendiera. Granger era suya. Ella le pertenecía. Y ahora, cuando todos los demás se fueran, sencillamente la tendría.
