AVISO: Este capítulo contendrá escenas raras, bizarras, subidas de tono y no aptas en ningún caso para estómagos sensibles, mentes no muy abiertas y personas de pensamiento poco liberales. Así que, leer bajo su propia responsabilidad. Están advertidas. Luego no queremos quejas.

CAPITULO 6: A merced de la serpiente

"Debes hacerla tuya en todos los sentidos, Draco..." Susurraba la voz de su cabeza mientras él retozaba en su nuevo nido mirando a Granger, escuchándola, aprendiendo ese nuevo idioma a base de golpecitos que ella tanto se esforzaba en meterle en la cabeza a base de repeticiones. Pero la voz no lo dejaba en paz.

"Ella es tu único punto débil. Ella estaba allí cuando naciste por segunda vez. Ella puede hacerte indestructible, o reducirte a mero polvo..." Pero Draco sonreía, no veía como Granger podría destruirlo… era sencillamente imposible.

"Ella presenció las palabras. Ella podría repetirlas. Ella podría anularlas. Debes hacerla tuya, Draco..." Eso sonaba bastante mejor, se dijo el muchacho que quedaba dentro de la bestia. Varias imágenes mentales de Granger a su merced le hicieron arder la sangre.

Granger pidiendo clemencia...

Granger reduciéndose a polvo por una llamarada ígnea...

Granger suplicando...

Granger de rodillas...

Sonrió. Aquello era demasiado bueno. Se removió cambiando de posición y siguió escuchando el interminable discurso de la leona sobre puntos y rayas. Parecía no cansarse de repetir una y otra vez las secuencias que significaban letras. Draco bostezó. Y un libro lo golpeó entre los ojos.

Parpadeó enfocando la vista y vio a Granger con los brazos en jarra mirándolo furiosa.

-¿Me estás prestando atención, hurón arrogante?

¿Le acababa de lanzar un libro? ¿Aquella niñata idiota con el pelo alborotado acababa de golpear a un dragón entre los ojos con un libro? Draco no pudo más que enarcar las cejas con una especie de curiosidad sádica.

"No la mates..." Se apresuró a decir la voz leyendo el pensamiento de Draco "Aún no. Aún no está lista. Aún no... Debes matarla en el momento adecuado. En el momento preciso...aún no".

Draco protestó interiormente, aquello no era justo. Vio como Hermione recogía el libro y se volvía a sentar con el tomo en el regazo y atacaba de nuevo con su soporífera lección sobre golpecitos cortos y largos que significaban letras.

Y se preguntó cuándo… si ella podía destruirlo ¿cuándo debía matarla?

"Ella no debe ser asesinada, Draco. Ella debe entregarse a ti. Ella debe venir a ti voluntariamente. Ella debe sacrificarse por ti...y eso te dará más poder del que puedes soñar."

Draco no pudo más que reír. Aquello era absurdo. Hermione Granger no era una suicida, y no iba presentarse voluntaria para una incineración rápida.

"No... Ella no se suicidaría, Draco..." Susurró la voz con sorna divertida, parecía la voz de un maestro "No por un enemigo... pero sí por un ser amado. La conoces, y yo la conozco a través de ti. Ella se sacrificaría por cualquiera que merezca su afecto, y ella siempre sentirá afecto y amor por los que ella considera en peligro. Nunca subestimes el poder del amor, Draco. Hay muchos tipos de amor diferentes, pero siempre el mismo resultado: el amor es un acto de canibalismo; lo consume todo a su paso, como el fuego de un dragón, devora aquello que mas anhela, el objeto de sus deseo, lo consume hasta hacerlo parte de sí mismo. El amor mezcla y difumina dos identidades borrándolas del mapa, haciéndolas desaparecer... las consume como una fiebre y ese calor hace que se conviertan en algo nuevo. El amor se alimenta de esa constante necesidad de aquél a quien se ama. El amor es irracional, el amor es locura, el amor es el triunfo de la carne sobre el espíritu y la mente. El amor es la fuerza que más muertes ha causado. Y la fe de la humanidad de que el amor todo lo puede, lo convierte en la mayor arma del universo conocido. Haz que te ame, Draco, y ella se entregará libre y voluntariamente para ser consumida, para fortalecerte, para hacerte imparable, debes hacer que ella venga a ti... debes hacer que ella se entregue a ti."

Draco no podía pensar. La mente se le nubló. Un torrente de imágenes empezó a bombardear su cerebro...

Granger sonriendo...

Granger llorando con tristeza mientras aferraba la mano de un herido en la enfermería...

Granger gritando, defendiendo lo indefendible como siempre hacía...

Granger dando la cara por una de sus causas perdidas, sin vacilar jamás...

Granger de pie, con el pelo al viento y una expresión de férrea determinación…

Antes de darse cuenta de lo que hacía, la sangre le hervía como magma. Movió una pata a la velocidad del rayo y golpeó a Granger tirándola de espalda y aprisionándola con sus largas uñas como si fuera una jaula. La oyó gritar, no de miedo, sino por la sorpresa. Y él no pudo más que sonreír al verla tan pequeña, tan frágil, tan indefensa... totalmente a su merced.

Bajó la cabeza y la miró de cerca, peleando contra su garra. Pero hubiera dado lo mismo que se peleara contra un cepo de acero forjado.

Lo cierto es que era hermosa. O al menos él la veía hermosa ahora, con sus nuevos ojos de dragón. Con su pelo salvaje y rizado desparramado sobre el nido, como un halo de miel y cobre fundido... y aquellos enormes ojos castaños dilatados por el pánico... y sus brazos y piernas, tan delgados y esbeltos, de piel pálida que estaba seguro que nunca varón alguno había tocado...parecía un junco, tan pequeña, tan bonita, tan resplandeciente… debía ser suya.

Es sorprendente como algo tan grande, tan inmenso y poderoso como un dragón puede tener la delicadeza y la precisión de un cirujano. Draco arrastró otra garra hacia su presa, y con sus uñas afiladas como navajas de afeitar, se puso a rasgar su ropa con una delicadeza extrema.

Para su deleite, vio como Granger dejaba de respirar, dejaba de patalear e intentar golpearlo para quedarse quieta como una estatua, con los ojos dilatados y abiertos de par en par por el miedo y el estupor.

Primero abrió la túnica, y rasgó suavemente la camisa, después sólo tuvo que meter la curva de su uña por la cintura de la falda para dar un tirón suave y la pieza de tela se rasgó de arriba a abajo. No tardó ni tres minutos en tenerla allí, en ropa interior, respirando tan rápido que casi hiperventilaba, literalmente, en sus garras.

-¡QUÉ DIABLOS ESTÁS HACIENDO!- Acabó gritándole ella mientras intentaba taparse como podía. Draco no pudo más que ladear la cabeza lleno de éxtasis. Aún con todo, ella seguía plantándole cara. Era delicioso.

Se sintió perverso y juguetón. Acercó su rostro hacia el de Granger, tanto que ella pudo sentir en el rostro el inmenso calor que despedían las fauces de la criatura en la que se había convertido el príncipe de Slytherin. Con la garra con la que acababa de desnudarla, se puso a dar golpecitos al lado de su cabeza.

Raya-raya...punto-punto...punto-raya...

Una palabra. Tres letras... Hermione parpadeo confusa.

-¿Mía? ¿Qué quieres decir con "mía"? -Susurró la castaña aterrada mientras el dragón descendía por su cuerpo, con los ojales de su hocico aspirando pesada y profundamente la piel de su pecho y su vientre.

No tuvo tiempo de preguntar nada más. Draco entreabrió las mandíbulas y Hermione pudo ver en un primer plano perturbador aquellos colmillos blancos de 70 centímetros rozarle la piel. Sintió un escalofrío que hizo las delicias del Slytherin.

Forcejeó con la bestia intentando soltarse, pero para su horror, aquellos inmensos dientes que podían reducirla en segundos a un montoncito de carne picada se cerraron pellizcándole suavemente la piel sobre el canalillo de su sostén.

-¡NO TE ATREVERÁS, MALNACIDO! -Le gritó ella más avergonzada que asustada, casi como si no pudiera creer lo que estaba pasando.

¡Pero vaya sí se atrevió! Casi parecía que Draco se había tomado aquello como un desafío personal. Tiró hacia atrás, haciendo que los elásticos de la prenda se estiraran al máximo antes de acabar rompiéndose.

Y de pronto, ahí estaba Hermione: inmovilizada, aterrada, sólo con unas bragas de algodón blanco puestas, con Draco Malfoy, que ahora mismo estaba convertido en una criatura sacada de los cuentos de hadas de su infancia, y que parecía estar divirtiéndose más de la cuenta.

A la muchacha se le erizó la piel. No sabía si reír o llorar por lo absurdo de la situación. Pero no tuvo tiempo de gritar ni de insultar a nadie, por que lo que pasó a continuación le robó el aliento y rompió todos sus esquemas sobre lo que debía ser el sentido común.

Draco abrió las fauces de nuevo, y su larga y afilada lengua bífida recorrió con un contoneo ardiente los alrededores de su ombligo.

Hermione se atragantó con su propio aliento. Había estudiado mucho a los dragones, pero por alguna razón que no alcanzaba a comprender, nunca nadie le había dicho que las lenguas de esas criaturas eran calientes, húmedas y rasposas como las de los gatos. Y por si fuera poco, el dragón que le estaba "acicalando" el ombligo no era otro que el mismísimo Draco Malfoy.

Un escalofrío le subió por la espalda. Hacía cosquillas... muchas cosquillas, le erizaba la piel allí donde le tocaba, y el calor hacía que su piel se sensibilizara de una manera casi antinatural.

-¿Qué haces?- jadeó intentando alejarse de aquella perversa lengua de serpiente gigante que no paraba de danzar y salivar alrededor de su vientre -¡Suéltame, degenerado!

Draco parecía más divertido si cabía. Sus pupilas verticales se habían dilatado, casi parecía refulgir, como si tuviera fiebre. Movió su hocico hacia arriba, haciendo restallar su lengua como un látigo cuya punta atizo de pleno en el pequeño pecho de Hermione, haciéndola saltar de dolor y sorpresa. Pero no pudo quejarse mucho, por que aquella lengua comenzó a ascender desde el valle de su vientre de manera amenazadoramente intima.

-¡No!- Hermione se retorció salvajemente, intentando alejarse. Pero era imposible y lo sabía. Aquellas zarpas la tenían totalmente presa. Además… ¿a donde iba a ir corriendo en bragas? Eso suponiendo que pudiera correr más rápido que un Dragón...

Fue entonces cuando aprendió algo más sobre las lenguas de los dragones, algo que no viene en los libros… y es que son prensiles, además de que las dos puntas de la bifurcación pueden moverse a voluntad de forma independiente.

Hermione miraba lo que le sucedía a su cuerpo como si fuera una mera observadora externa. No se creía lo que pasaba, sencillamente, por que esas cosas no pasan: Aquél dragón blanco estaba lamiéndole el pecho como si no hubiera nada en el mundo que supiera mejor. Las dos puntas de aquella lengua danzaban sobre su piel trazando espirales ardientes, dejando su piel rosada y enrojecida, enroscándose sobre sus pezones para luego tirar de ellos simultáneamente con un chasquido húmedo, endureciéndoselos, mandando oleadas de sensaciones confusas y contradictorias a su médula espinal.

Era suave, rasposo, caliente, húmedo, y cada vez que las lenguas se alejaban de su piel, el frescor del ambiente la hacía estremecerse. No podía dejar de temblar. De ira, de frustración, de frío, de nervios, de vergüenza… y de algo que sólo podía ser catalogado de placer pero al que no quería rendirse. No podía. Ella no quería aquello... ella quería huir, quería irse de allí y meterse bajo una piedra para no salir en cuarenta o cincuenta años...

La diversión de Draco fue cediendo lugar a lo más parecido al deseo que un dragón podía experimentar. Decir que la sensación era de excitación era quedarse corto si lo comparaba a la vivencia humana. De repente era consciente del calor de su sangre corriendo en sus venas, de los latidos galopantes de su corazón. Le picaban las garras. La visión se le nublaba. Sólo era Granger. Granger a su completa merced.

Hermione jadeó involuntariamente mientras cerraba los ojos y se rendía. Se sentía... se sentía impotente y vencida. No podría salir de aquella.

Ladeó la cabeza sólo rezando para que acabara pronto. Que el maldito Malfoy se diera por satisfecho y acabara de una vez con su juego de tortura. Y se maldijo a sí misma al sentir como unas ardientes lágrimas de frustración le rodaban por las mejillas.

Segundos después, la lengua ceso de torturar su pecho, y sintió un golpecito suave y delicado en su mejilla. Abrió los ojos con ira y desprecio sólo para encontrarse con la enorme cabeza del dragón flotando a pocos centímetros de su cara.

-Déjame... -susurró con la voz rota y un sollozo en la garganta.

Malfoy frotó su enorme hocico contra su mejilla con una suavidad que Hermione nunca habría creído posible para una bestia tan enorme. Y aquella lengua perversa asomo de nuevo, rozándole con una ternura impropia del rubio las comisuras de los ojos, tragándose sus lágrimas...

Hermione lo miró confusa. Y aún la confundió más cuando él retiró su zarpa, liberando su cuerpo. Ella sólo se hizo un ovillo y se abrazó las piernas tapándose el pecho sin poder dejar de llorar.

El dragón blanco hizo un ruido similar a un ronroneo, sólo que ni el gato más grande del mundo habría podido sonar de una forma tan retumbante, y comenzó a pasar los labios de su hocico por la espalda de la chica. Con suavidad, de abajo hacia arriba, hasta que sus fosas nasales llegaron al pelo de ella y se abrieron de par en par, aspirando el aroma de la joven, sólo para volver a descender en un lento roce delicado.

Hermione se sentía incapaz de moverse, sorprendida y congelada por la reacción de él.

Una de las uñas de Draco volvió a tamborilear sobre el fondo del nido:

Raya-raya...punto-punto...punto-raya...

Hermione no pudo contener un sollozo.

-No soy tuya... -mascullo sintiéndose ridículamente pequeña, pero aún así encontrando su vena Gryffindor.

El dragón volvió a ronronear, toqueteando con su enorme hocico en su costado, como si quisiera llamar la atención de ella. Y de pronto, aquella lengua traviesa volvió a entrar en acción, picoteando y aguijoneando de forma tórrida y rasposa en sus costillas.

No pudo evitarlo, le estaba haciendo demasiadas cosquillas. Aún sin ganas, Hermione no pudo contener la risa y se ladeó intentando escapar del contacto, pero parecía no haber sitio en el mundo al que pudiera huir de la lengua del dragón blanco, que parecía siempre encontrar sus costados y hacerla reír.

A oídos de Draco la risa de Hermione sonó como tintineo de campanas y se le antojó peligrosamente gratificante, tanto que no encontraba manera de parar de hacerle aquello. Por alguna razón que no iba a intentar comprender, no le había gustado verla llorar y aunque no lo reconociera, hacerla reír –aunque fuese a la fuerza- le quitaba aquél extraño malestar. Pero no dejaba de desconcertarle que la voz de su cabeza riera satisfecha con lo que estaba pasando.

Hermione se puso en pie como pudo, e intento alejarse trastabillando. Para su sorpresa, él no se lo impidió… sólo siguió acosándola con la lengua, haciéndola caer una y otra vez. Hasta que sofocada por la risa de las cosquillas, se hizo un ovillo contra una de las paredes del nido y se quedo allí, mirando a los ojos del Dragón.

-¿Por qué me estás haciendo esto? ¿Qué es lo que quieres de mí, Malfoy? -Consiguió preguntar entre ataques de risa. Aunque su cuerpo reía, por dentro, Hermione se sentía confusa, aterrada y sobretodo muerta de vergüenza.

Vio al enorme reptil pálido sacudir la cabeza con los ojos cerrados y volver a tamborilear con las garras en el suelo:

Raya-raya...punto-punto...punto-raya...

-¡Para de decir eso! ¡No soy tuya! ¿Acaso es lo único que sabes decir en Morse? ¿Son sólo letras al azar?- Le grito ella frustrada y desesperada.

Raya-punto... raya-raya-raya...

-¿No?- tradujo Hermione con rapidez- ¿Qué quieres decir con "no"? ¿No a qué?

El dragón pareció reír. Y aquella lengua larga y fina salió de nuevo, recorriéndole las piernas en una caricia ascendente que le puso a la joven la carne de gallina de forma instantánea.

Tras el lametón, Draco se inclinó delante de ella de manera tal que sus ojos quedaran clavados directamente en los suyos. Hermione se sentía como hipnotizada bajo esa mirada. A pesar de no verse impedida por él, era completa e inexplicablemente incapaz de moverse… y no era precisamente por miedo. Encontraba en esas rendijas grises tantas emociones como las que ella estaba sintiendo en ese momento. Fue como si en ese momento no estuviese frente a un temible dragón de vaya a saber cuantas toneladas, sino que veía al muchacho perdido, asustado y confundido que le recordaba a Draco Malfoy.

Para aquél entonces parecía haberse olvidado que se encontraba desnuda, completamente a su merced y que hasta recién la había estado "acosando". Simplemente, ahora se hallaba perdida en ese mar de mercurio, intentando descifrar los mensajes ocultos que guardaba.

No había sido la intención de Draco, él simplemente había querido ponerla un poco más nerviosa, pero se encontró a sí mismo sin poder despegar su mirada de la de ella. Había algo en esos ojos que lo habían dejado completamente prendado, y que sin darse cuenta, no sólo había despertado algo en él, sino también había acallado las voces molestas, brindándole una inusitada paz.

Hermione tampoco se encontraba en su momento más lógico. Claro que no. Si lo estuviese no estaría en ese momento extendiendo su brazo con la palma de su mano abierta hacia él, con la clara intención de acariciarlo. Y lo que fue aún peor: lo hizo. Aunque titubeante y medio temblado, apoyó la mano en la mandíbula del imponente dragón, como si le estuviese acunando el rostro.

Ante el inesperado contacto, Draco se sintió estremecer… ¿podía un dragón estremecerse? Evidentemente sí. Decidió no darle importancia y, como hasta entonces, dejarse hacer, entregándose a esa sensación de tranquilidad que creyó no volver a ser capaz de sentir… no con ese cuerpo.

Cerró los ojos y el movimiento que para él fue inconsciente y pasó por alto, a Hermione le llamó poderosamente la atención. Ladeó su cabeza haciendo mayor contacto con la pequeña mano y se movió suavemente… como en una caricia. Acomodándose, disfrutando del contacto.

Hermione Granger lo sorprendía más de lo que era capaz de imaginar. No sólo porque no se amedrentaba ante él –lo dejó claro cuando le lanzó el libro, cada vez que le plantaba cara, o ahora, atreviéndose a tocarlo- o por las maneras en las que actuaba con él –se había quedado con él en la Sala de Menesteres, se había interesado en buscar una manera para que él se comunicara, y aún después de como se había aprovechado de ella, estaba ahí, acariciándolo, como consolándolo… ella a él- sino también por la mezcla de emociones que provocaba en sí mismo: odio, posesividad, celos, deseo, ira, paz… ¿ternura?

"Ella tiene el poder de destruirte" la voz en su cabeza volvió a retumbar y Draco estuvo a punto de bufar y rodar los ojos con fastidio. Era demasiada paz como para que durara mucho. "Por eso tienes que destruirla. Tienes que destruirla antes que ella te destruya a ti. Dale un motivo por el que luchar, confunde sus emociones y cuando menos lo esperes volverá a tu lado. El amor es el arma más destructiva… haz que te ame y ella sola acabara consigo misma. Y no caigas en tu propia trama. El amor es un arma de doble filo. Nunca debes olvidar tu objetivo...ni que ella puede destruirte. "

Hermione notó un pequeño cambio en Draco que la hizo retroceder, retirando la mano y temblando imperceptiblemente.

Draco volvió a clavar la mirada en su pequeña figura y volvió a sentir el deseo fluyendo por sus venas. La recorrió con la mirada por completo. Comenzó por su cabello castaño, que a pesar del desorden se mostraba brilloso y sedoso; sus ojos avellana estaban abiertos, calculadores, midiéndolo, analizándolo, intentando descifrar sus pensamientos, su próximo movimiento; sus labios entreabiertos inhalaban y exhalaban con velocidad, con el cuello estirado y el pecho subiéndole y bajándole con notoriedad. Oh… ¡sus pechos!, a pesar de su nueva perspectiva de tamaños, podía notar que Granger estaba muy bien proporcionada, sus dos montes eran completamente redondos y blancos, incitadores… su vientre plano daba lugar a sus piernas largas y bien torneadas…. "Si no fuera por esas molestas bragas" gruñó en su interior luego de relamerse los colmillos.

Tomando por sorpresa a Hermione, levantó una de sus zarpas y la dejó caer justo donde ella tenía sus piernas, logrando que por instinto las abriera. Si se tratara de su cuerpo, la Gryffindor hubiese visto en su rostro su clásica sonrisita de lado, pero en su lugar, se encontró con una escalofriante mueca que le dejó ver perfectamente sus colmillos, haciéndole saber que no podía esperar nada bueno.

Sin abandonar esa "sonrisa", Draco pasó una de sus garras sobre su pierna con suavidad, enviándole escalofríos a todo su cuerpo. Y antes que le diera tiempo siquiera a procesarlo, la enorme cabeza del dragón se encontraba a escasos metros de sus piernas… a la distancia justa para que su legua llegara justo…ahí

-¡DRACO! –Gritó mezcla de escándalo, sorpresa y estremecimiento -¡Sa… sal de ahí!

Como única respuesta, Draco volvió a lamer sobre sus bragas, en su zona más íntima.

-¡Dra… Draco! –insistió, pero esta vez sonó más como un gemido de placer que como queja y se odió por ello. Pero su odio consigo misma no fue tanto como cando tras una nueva lamida alzó instintivamente las caderas. Draco sintió enloquecer ante su predisposición y no tardó en demostrar con su lengua su entusiasmo.

Algo en la cabeza de Hermione se había desconectado. Había cerrado los ojos y empezado a murmurar palabras inconexas. ¿Qué demonios estaba haciendo?, o mejor dicho, ¿qué demonios se estaba dejando hacer? ¡Era Malfoy, por el amor de Godric!... ¡Era un dragón! Pero a pesar de saber que estaba mal, que era una atrocidad, no tenía fuerzas para nada más que dejar escapar jadeos de su garganta.

Y así como comenzó, terminó.

Hermione tardó un par de segundos en ser consciente de ello y poder despegar los párpados. Draco se encontraba a algunos metros de distancia, mirándola con curiosidad. Enseguida sintió las mejillas encendérsele por la vergüenza. No se reconocía. No podía creer lo que había pasado… lo que ella había dejado que pasara. ¿Cómo podía haberse entregado –y disfrutado, aunque no reconociera en voz alta- a algo tan… tan…? Se abrazó a sí misma y sintió la garganta haciéndosele un nudo y como los ojos comenzaban a escocerle. Pero un gruñido de su acompañante rompió su ensimismamiento y pudo contener las lágrimas.

Raya-punto… raya-raya-raya

¿No? ¿Acaso Malfoy le estaba pidiendo que no llorara?

Aún perpleja, vio al dragón acercarse. Pero no se movió. Recostada como estaba, en posición fetal, siguió cada uno de sus movimientos con la mirada. Indefectiblemente, Draco no sólo se acercó hasta ella, sino que se acostó a su lado, rodeándola. Ella siguió sin moverse. Ni siquiera cuando sintió una de sus alas cubrir su cuerpo desnudo.

No supo si fue por el estrés de todo lo vivido, por el calor que desprendía el cuerpo de la criatura que la rodeaba o porque quería creer que había sido todo un sueño y se esforzó por ello, pero bastaron apenas un par de minutos para que Hermione cayera profundamente dormida, por segunda vez, bajo el ala de aquél dragón.

Quien no cerró los ojos ni un sólo instante en toda la noche fue Draco. No iba a reconocer que se había quedado velando su sueño. Claro que no. Simplemente había tenido muchas cosas en las que pensar. Y bueno, quizá lo más lejos que podía llegar a admitir era que se había quedado contemplándola… contemplando a su objeto de pertenencia.

Supo que Hermione había despertado a pesar que ésta se esforzara por mantener los ojos cerrados… su respiración había cambiado.

Y no se equivocaba. Hermione estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener los ojos cerrados, negándose despertar, negándose aceptar que todo había sido real. Pero se sobresaltó, abriendo por fin los ojos, cuando sintió el ala de Draco abandonar su cuerpo. De repente hacía mucho frío.

Se incorporó un poco y echó un vistazo al lugar, como si todavía necesitase verificar que no había sido un sueño. Sus ojos se encontraron con la entrada a la cueva completamente despejada… ¿sería más rápida que Draco y podría salir? A pesar que lógicamente era imposible, había algo en ella que no la dejaba salir de allí de esa manera, no quería irse como si huyera, pero ¿no era acaso huir lo que pensaba hacer?

Un gruñido de Draco le hizo salir de sus cavilaciones. Había adivinado sus pensamientos. Tampoco debería haber sido tan difícil… bastaba con seguir el trayecto de su mirada y ver con la cara de idiota con la que seguramente se había quedado.

"Déjala ir" Draco volvió a gruñir. Ella era suya. No iba a dejarla. No iban a volver a separarlo de ella "Ella será tuya por su propia voluntad. Ella volverá a ti. Lo único que tienes que hacer es dejarla marchar… si la fuerzas a quedarse a tu lado ella sólo ansiará huir. Ya has plantado la inquietud en su mente… déjala marchar, deja que se cueza en su propio jugo...deja que las inquietudes y las dudas maduren en su mente...y pronto volvera a encontrar las respuestas a las preguntas que empezaran a corroerla...y entonces dale algunas respuestas...pero planteale mas enigmas...mas motivos para volver...y te aseguro, Draco, que llegara un momento en el que ya no se ira. Y ese, ese sera el momento en el que sera tuya..."

Con un nuevo gruñido, Draco quitó la mirada de encima de ella. Y en un gesto que la dejó todavía más confundida, con una de sus garras recolectó su ropa –o lo que quedaba de ella- la tendió a sus pies y se giró.

Quizá, si no le hubiese dado la espalda, Hermione podría haber visto la sonrisa –o intento de ésta- reflejada en el rostro reptiliano. Quizá, si no se hubiese apresurado tanto por vestirse y salir de la cueva, se hubiese dado cuenta que se olvidaba de algo, y que el motivo de aquella sonrisa era, precisamente, porque al girarse él había visto sus libros en un rincón.

Volvería por ellos. Volvería a él.