CAPITULO 7: Normalidad aparente.
El grupo de estudiantes de Slytherin congregados a pocos metros de la entrada de la cueva se notaba tenso.
-¿Creen qué estará bien? En esa sucia y asquerosa cueva fría, solo... -susurraba Astoria con tono de voz romántico y soñador
-Es un dragón adolescente, Greengrass, no un cachorrito indefenso... -repuso Theodore Nott poniendo los ojos en blanco- Y además es Draco. No una maldita damisela en apuros que requiera de un rescate dramático ni de una cabalgada en corcel blanco rumbo a la puesta de sol con la capa al viento. En serio, no sé que tienen las chicas en la cabeza.
-Lo único que digo -Repuso Astoria, colorada a más no poder- es que tiene que ser duro para él. ¡Está solo en una cueva! ¡No es justo! Al menos podrían haberle construido un pabellón o algo mas digno ¡Es insultante!
-Es algo provisional hasta que vuelva a la normalidad -Blaise se encogió de hombros -Además es un Slytherin, si alguien puede adaptarse a nuevas situaciones y sacar cierto provecho, ese será Draco.
-Pues no sé porque todo esto debería cambiar algo... -masculló Adrian Pucey con las cejas fruncidas y en un tono osco- Si Draco no puede estar con los Slytherin, no debería ser considerado como tal. Además, si esto de ser un dragón es permanente, deberíamos pensar en el futuro.
-¿Qué quieres decir con eso?- Soltó Crabbe, fulminando a Pucey con la mirada. Goyle, a su lado, ya estaba haciendo crujir los nudillos.
-Yo sólo digo que a Rey muerto, Rey puesto, y larga vida al rey- Adrian se cruzó de brazos intentando parecer imperturbable ante los dos matones.
-Buena teoría -Contestó Theo con un encogimiento de hombros- la única pega es que Draco no esta muerto, sólo tiene problemas temporales de anatomía y morfología.
-Pero si no es temporal... -Pucey iba a continuar con su constante intento fútil de golpe de estado cuando una voz aguda y chillona lo corto de pleno.
-¡Ni se te ocurra seguir por ese camino! - le gritó Pansy agarrando a Adrian de las orejas y tirando con fuerza- ¿me oyes? Draco no va a quedarse en esa forma para siempre y cuando vuelva a la normalidad no estará nada contento de hayas intentado socavar su estatus
-¡Las lealtades vienen y van, Parkinson! -Chilló Adrian zafándose del ataque de la morena con aspavientos nada dignos- ¿qué crees que pensará la gente si empezamos a ir por ahí con un puto lagarto gigante escupe fuegos? ¿Crees que podremos ir con él a cenar a los restaurantes de moda o a tomar una copa en navidad en la recepción de las grandes casas mágicas todos juntos? ¿Que crees que dirán en El Profeta? ¡Esto va a ser un escándalo y lo sabes! ¿Quieres que te salpique?
-¡Es nuestro!- espetó Pansy toda sulfurada y roja hasta las coronilla.
-¿Nuestro amigo?- Adrian no pudo contener la risa- ¿Qué somos ahora? ¿Hufflepuffs? ¿Gryffindors? Los amigos vienen y van. Las alianzas se forjan según las necesidades, para mantener el equilibrio y el estatus quo. Si el equilibrio se rompe, o alguien se queda fuera de la ecuación, su lugar será ocupado por la persona lo suficientemente ambiciosa y talentosa como para aprovechar la situación. El fuerte se come al débil, y desde luego, ahora mismo, Draco no puede presumir de ser un mago de la sangre más pura y de la aristocracia británica. No con el cuerpo lleno de escamas. Y esto, aunque sea temporal, lo va a arrastrar como una lacra el resto de su vida. Lo saben tan bien como yo. Lo que Draco necesita ahora es una obra de caridad. Si yo estuviera en esa situación, lo que menos querría es compasión, y es lo único que pueden ofrecerle. A la larga, esto les va a estallar en la cara. Ya no es el príncipe de las serpientes, ha caído de su trono. Joder... ¡ni siquiera es humano! ¿Que van a hacer? ¿Adoptarlo como mascota? ¿Creen que él va a querer? Lo más humano sería que hubiera muerto y no verse reducido a…
Nadie supo nunca que iba a decir Pucey. La mano de Daphne Greengrass le cruzó la cara en un guantazo perfecto con la mano abierta que sonó como una sandía golpeando el suelo.
-Creo que es hora de que vayas a la biblioteca a leer un rato, Adrian... -jadeó Daphne pálida como la cera y con los labios apretados de furia contenida. A sus espaldas, Crabbe y Goyle estaban tensos como cuerdas de arpa con los puños apretados- Sugiero que vayas a pasear un poco a que te de el aire, para enfriar los ánimos y recapacitar un poco, porque si esta tarde, a la hora de comer, no vienes sonriendo y diciendo afablemente que todo lo que acabas de decir ha sido un ataque de locura transitoria, vas a tener muchos problemas...
-Imbéciles... - Adrian se llevo la mano a la cara, mirando a Daphne con odio- ¡Sólo porque él era un guapito con una buena cuenta en Gringotts! toda esta situación no va a reportar nada bueno para nadie y lo saben. Pasa que ninguno tiene el coraje de decirlo en voz alta. Saben tan bien como yo que lo mejor para todos es que Draco desaparezca y que todo vuelva a la normalidad para los demás.
-Esa decisión no es tuya, Adrian... -susurró Blaise que se había alejado un poco del área de salpicadura. Su compañero hablaba en un tono suicida, sobretodo contando lo cerca que estaban Crabbe y Goyle.
Kevin Bletchley, que no había abierto la boca hasta ese momento suspiró al ver marchar al iracundo Adrian.
-En el fondo tiene algo de razón... -acabó diciendo.
-¡No empieces tú también!- Le soltó Astoria iracunda.
-Sólo digo que tiene algo de razón… - Kevin se apartó un poco para que la menuda morena no se le tirara encima- No va a salir nada bueno de toda esta situación. Hasta Snape está preocupado, y eso no es buena señal. Deberíamos hacer un balance de pros y contras antes de tomar partido en todo esto...
-¿Tomar partido?- Pansy se rio con hastío- Sólo vamos a visitar a un compañero que está pasando por un apuro, nada mas… ¡Estamos hablando de Draco!
-A eso me refiero –sentenció Kevin removiendo los pies- ¿Acaso creen que él lo haría por alguno de nosotros? ¿Que creen que haría él si quien estuviera ahí dentro fuera cualquiera de los que estamos aquí?
El viento sopló en ese momento, enfriando más el ambiente. La pregunta de Kevin quedó suspendida en el aire, como una cortina de plomo, haciendo que todos se removieran otra vez, incómodos, mirando desde cierta distancia la entrada de la cueva.
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Varios "reparo" en el bosque antes de volver al castillo hicieron maravillas en la ropa de Hermione. Aún era temprano, el Sol apenas despuntaba en el horizonte, por lo que nadie aún se habría levantado.
Corrió con el aliento helándosele hasta que traspasó las grandes puertas, y cruzó a toda velocidad los pasillos. Casi le gritó la contraseña a la Dama Gorda y se quitó los zapatos en la entrada a la Sala Común para no hacer ruido al subir las escaleras, saltando de dos en dos los peldaños. Abrió con extremo cuidado la puerta del dormitorio y ya había cruzado de puntillas la mitad del trayecto a su cama en un silencio tal que hasta un ninja habría sentido envidia cuando una luz se encendió.
-¿Dónde has estado? ¿Con quién has estado? ¿Y qué horas son éstas de llegar, jovencita? -El rostro de Ginny en camisón se materializo desde las sombras haciéndole a Hermione soltar un insulto por lo bajo.
La castaña ni siquiera se molestó en inventarse excusas; miró a la pelirroja, se encogió de hombros y se fue a su cama, donde se desvistió a toda velocidad y se puso el pijama... aún podía tener unos minutos de descanso antes de empezar el día.
-Es una larga historia, Ginny
-No tengo nada que hacer en un buen rato... -La pelirroja se levantó y se fue a la cama de Hermione, donde se sentó mirando a su amiga con ojos llenos de picardía- Cuenta, cuenta...
-No hay nada que contar... –mintió, y de pronto recordó que las mejores mentiras contienen algo de verdad- Fui a última hora de la tarde a ver a Malfoy para llevarle unos libros de un código de comunicación Muggle, para que pueda comunicarse. Allí estaba Dumbledore, a quien le pareció bien que le enseñara ese idioma. Pensé en quedarme un rato para enseñárselo, y al final... entre unas cosas y otras me quedé dormida. Me he despertado hace un rato y he venido aquí... ¡eso es todo!
-¿Me estás diciendo que has pasado la noche con Malfoy? -Ginny abrió los ojos como platos y la sonrisa se le ensanchó tanto que parecía que tuviese una banana atascada en la boca en plano horizontal.
-Él no me despertó... -Hermione se encogió de hombros. Al menos esa parte era cierta.
-Y sigues viva... -Ginny se puso seria de golpe- ¡Merlín bendito! ¿Eres consciente del peligro que has pasado? ¡Estamos hablando de Malfoy… de Malfoy en el cuerpo de un dragón! ¡Y tú ahí dormida a su lado!… ¡Madre mía!... ¡te podría haber pasado cualquier cosa, ya te ha roto un brazo!
Si tú supieras lo que podría haber pasado y lo que pasó de verdad... pensó la castaña con un suspiro cansado.
-Lo de romperme el brazo fue un accidente, Ginny, ya se los conté. Y no creo que quisiera hacerme daño, cuando me quedé dormida en el nido creo que ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí. Empezó a aburrirse en mitad de la lección, y empezó a quedarse adormilado. Y creo que yo estaba muy cansada, o se me empezaron a contagiar sus bostezos... no sé... esas cosas pasan... -Hermione cerró los ojos intentando parecer cansada. Estaba apostando mucho en su mezcla de verdad y mentira, y Ginny parecía tener un detector innato de embustes. Seguramente desarrollado por ser la única chica en una miríada de hermanos. Y que dos de ellos fueran Fred y George forzaban a cualquiera a desarrollar capacidades sobrehumanas que ayudaran a la supervivencia domestica.
La pelirroja se limitó a mirarla con el ceño fruncido. Era obvio que Hermione escondía algo. La castaña no era precisamente una buena mentirosa, pero no iba a forzar la situación.
-Cuando estés mas "descansada", espero que me cuentes lo que ha pasado... - Se levantó del colchón para volver a su cama, y sin darse la vuelta, añadió con tono dulce y meloso- Porque supongo que no querrás que Harry y Ron se enteren de esto, ¿no?
Hermione abrió los ojos de forma instantánea, pálida como la leche. Oh, maldita tramposa. La extorsión seguro también era algo que debía haber aprendido de aquél par de gemelos.
-Preferiría que no... -Y rápidamente añadió- Se preocuparían y se pondrían paranoicos sin motivos. Ya sabes como son los chicos...
-Sin motivos... claro... -se burló Ginny- De todas formas, ayer tuvieron entrenamiento de Quidditch, por lo que volvieron tarde a la Sala Común y dieron por sentado que estarías estudiando en la biblioteca. Sólo las chicas del dormitorio saben que a la hora de apagar las luces no estabas.
Hermione trago saliva. No había pensado en aquello.
-Claro que yo podría decir que te vi volver algo tarde cargando con muchos libros, y que dormiste plácidamente en tu cama toda la noche... -susurró Ginny volviendo a utilizar el tono meloso y dulce como el caramelo.
-¿Qué es lo que quieres?- Hermione se talló el puente de la nariz.
-La historia completa. -Ginny se cruzó de brazos mirando desafiante a su amiga. Y al ver que Hermione se removía incomoda añadió -Con pelos y señales. Y quiero saber también por que has intentado mentirme. Aunque claro... te conozco lo bastante como para saber que vas a intentar volver a mentirme, así que el trato es el siguiente: Yo te cubro las espaldas, y tú me prometes que algún día, me contaras lo que ha pasado. Pero te advierto que voy a querer saberlo, así que no intentes escaquearte. Además, sabes que te guardare el secreto...
Hermione se hundió de hombros, pero acabo asintiendo con la cabeza.
-Está bien, Ginny, tú ganas. Algún día te lo contaré...
La pelirroja se puso radiante, sonriendo y saltando como una loca.
-¡Lo sabia! ¡Sabía que había pasado algo! Si hay algo que contar es que hay algo que me has ocultado… ¡Lo sabía!
Hermione se puso pálida y se palmeó mentalmente la frente por haber sido tan idiota. Siempre se le olvidaba lo mucho que Ginny se parecía a Fred y George. Pasaba demasiado tiempo con Ron y eso hacía que se le olvidara que por inocente e inofensiva que la pequeña Weasley pareciera, era increíblemente lista.
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Casi una docena de Slytherins seguían plantados como abetos delante de la entrada de la cueva. Incómodos, mirándose unos a otros sin saber que hacer. Cuando te han criado con estrictos protocolos a seguir para cuando vas de visita, y de pronto te encuentras delante de una gruta sin puerta a la que llamar y sabiendo que no te van a recibir sirvientes que te lleven frente al señor de la casa, que en este caso era un dragón adolescente de varias toneladas bastante furioso e irascible, es bastante normal el no saber que hacer.
-¿Creen que será peligroso? - Susurró Daphne bastante nerviosa.
-Bueno, en ese caso seamos caballerosos... -Blaise sonrió de oreja a oreja e hizo una pronunciada reverencia- las damas primero...
Daphne, Astoria, Pansy, Millicent y el resto de chicas allí presentes lo fulminaron con la mirada.
Pero Blaise había comenzado a reír, y junto a Theo, se adentraron en la cueva. No necesitaron sacar las varitas y conjurar un Lumos, después de los primeros metros a oscuras, la cueva parecía bien iluminada con los farolitos mágicos que inundaban la estancia con aquella pálida luz dorada y plateada.
Recién al fondo, enroscado sobre sí mismo, formando una pequeña colina escamosa que brillaba en tonos nacarados e iridiscentes, estaba Draco, quien levantó suavemente la cabeza mirando a sus amigos con lo que parecía una ceja arqueada de forma interrogante y rebufó, soltando una pequeña llamarada que caldeo el ambiente e hizo retroceder a Blaise y a Theo.
-Hermano... –susurró Blaise tragando saliva y procurando forzarse a recordar que el monstruo gigantesco que tenía delante era uno de sus mejores amigos. El problema de Blaise era que cuando no pensaba en lo que decía, su boca solía tomar la iniciativa sin consultar con el cerebro- Si lo que te sale de la boca es eso, miedo me da pensar en lo que te saldrá por el otro extremo... ¡Joder! ir al baño después de ti tiene que ser catalogado como suicida. Por cierto, ¿en este antro tienes retrete? Porque con el tamaño que tienes, como te siente mal una cena podrían abonar todo un campo de Quidditch con lo que te salga del…
-¡Blaise! - El grito de Theo resonó por toda la cueva arrancando ecos en todas partes.
-¿Que pasa ahí dentro? - resonó la voz de Pansy desde algún punto más atrás de donde estaban ellos.
-No quieras saberlo... -fue la lacónica y triste respuesta de Nott.
Draco sólo miraba la escena con los ojos como platos. Sin saber que hacer, ni que decir, aún en shock por el arranque de verborragia de Blaise. Y poco a poco, sin darse cuenta, vio como su cueva se iba llenando de Slytherins que lo miraban con una mezcla de curiosidad y terror. La sensación no fue del todo desagradable.
Pero cuando vio a Theo mirar los libros de morse, ir hacia ellos y sentarse a leerlos mientras todos hablaban entre murmullos sonrió para sus adentros. Ignoro a todos los demás y se acercó un poco a Nott.
-¿Estás aprendiendo este idioma? -preguntó el misántropo con curiosidad, ojeando las paginas. Draco asintió con la cabeza.
-Interesante... -susurró Theo poniendo en marcha su cerebro y pasando las páginas, memorizando códigos.
No sabes hasta qué punto… pensó Draco con una sonrisa. La voz de su cabeza estuvo totalmente de acuerdo...
Mientras tanto, Daphne, Astoria y Pansy lloriqueaban de forma teatral y dramática sobre lo trágico que era que un chico tan guapo y bien parecido como Draco se viera con una maldición semejante. Crabbe y Goyle se removían incómodos, sentándose en un rincón y mirando al rubio como lo hacían siempre: respirando por la boca, con los ojos de cordero degollado, y con esa sensación general de autómatas que esperan órdenes porque sino no saben que hacer.
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Aquella mañana, las clases no empezaron hasta pasadas las once. Habían tenido que hacer ciertos cambios en ciertas aulas para adecuarlas a las necesidades especiales de cierto alumno. Pero a las once, cierta normalidad se impuso…. aunque en el aula de Historia de la Magia hubiera desaparecido una pared entera y el espacio que antes ocupaba estuviera ahora relleno de dragón.
Pociones fue más complejo ya que Draco no podía participar en las lecciones prácticas. Pero podía prestar atención en clase... así que habían ampliado las ventanas de la mazmorra, y le habían puesto un nido en el jardín por fuera, para qué, acurrucado en su nuevo "pupitre", pudiera escuchar y asomar la cabeza por el ventanal dentro del aula. Desde dentro, la sensación era escalofriante, dado que Draco parecía un trofeo de caza viviente asomándose y escondiéndose en la pared.
Pero lo más complicado fue astronomía y adivinación. En las torres, no había forma posible de acoplar un arreglo. Así que Draco tenía que enroscarse en las paredes de las torres y aferrarse con las uñas a las rocas para asomarse por las ventanas. Era eso o encajonarse como pudiera en los minúsculos balcones...
Al acabar la jornada de su primer día de clases como dragón, Draco estaba furioso. Se sentía insultado. Humillado.
"Este es todo el respeto que les mereces, Draco... eres como una mascota a la que pueden someter a toda clase de vejaciones. Tú, que podrías tirar abajo el castillo entero en un abrir y cerrar de ojos, que podrías masacrarlos a todos en segundos, que podrías reducir todo este lugar a cenizas humeantes y piedra derretida en un suspiro... y mírate. Querías saber y ahora sabes. Este es el respeto que te ofrecen... sienten por ti triste compasión, como si lo que tuvieras es una enfermedad, cuando la verdad es que eres más poderoso que ninguno de ellos. Te hacen estar colgado de muros y asomar la cabeza por ventanas como si fueras un apestado... ¡cómo si fueras un animal amaestrado!"
¡Cállate!, pensó Draco furioso. Aquella voz no hacía más que alentarlo para que comenzara un genocidio masivo. Y ya estaba bastante tentado como para que encima le dieran más ideas y razones.
"Me acabarás escuchando y lo sabes, Draco. Cuando quieras darte cuenta, intentarán ponerte un collar y una correa. Y te pondrán toda clase de excusas, como que es sólo un símbolo para que los demás vean que no eres peligroso, que eres el de siempre. Intentarán normalizar la situación, acoplarte a sus mediocres vidas, a sus estúpidos horarios, a su estructura social rancia y disfuncional. Cuando tú estás por encima de todo eso. El bien y el mal, el orden y el caos... no pueden aplicarse a ti. Estás más allá de las estúpidas leyes de los hombres. Eres una fuerza de la naturaleza. Eres tú quien debería dictar las reglas. No ellos. ¿Por qué te sometes? ¿Acaso eres una de sus marionetas, una de sus mascotas? ¡Eres poderoso y lo sabes! Deberían respetarte, ¡deberían tenerte miedo!, deberían ser conscientes de cuán por encima de ellos estás. Eres la cúspide de la pirámide alimenticia. Eres todo poder... ¡y mírate!... asomando la cabeza por ventanas y agarrado a muros de piedra para escuchar lecciones de gente que no tiene nada que enseñarte, pero que aún así se creen por encima de ti, sólo porque nacieron antes que tú... Te acabarás dando cuenta, Draco. Cuando los veas sirviéndote té a las cinco en cuencos de tamaño de bañeras, y ofreciéndote galletas saladas gigantes. Tratándote como si nada hubiera pasado, y como si ser lo que eres fuera una incómoda enfermedad cutánea que puede ser ignorada y que desaparecerá si no se habla de ella. Dentro de poco hasta intentarán ponerte un uniforme de la escuela tamaño XXXXXXXXXL. No por que les importes, no por que se preocupen por ti, si no por que ellos quieren sentirse mejor, para no sentir miedo, para no sentir lastima, para no sentirse culpables. Así de egoístas son. Así de estúpidos. Así de mediocres. ¿Por qué habría que tener consideración por ellos cuando no la merecen? Piensa en ello, Draco... porque acabarás viendo las cosas como yo las veo..."
El rubio jadeó confuso, caminando lentamente entre los árboles hacia su cueva. Se detuvo y se sentó, pensando en lo que aquella voz le acababa de decir. Suspiró. Cansado y furioso. Sobretodo furioso, porque tenía razón. De una forma bizarra y extraña, la voz tenía razón. Y le dolía la cabeza. Cada vez le resultaba más difícil pensar, desde el incidente con el espejo cada vez le resultaba más difícil concentrarse… Y cada vez estaba más y más furioso.
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Minerva McGonagall llevaba un buen rato removiendo con la cucharita su taza de té. Se le había enfriado hacía algún tiempo, pero no le importaba. Seguía dándole vueltas con la cuchara como una autómata. Estaba perdida en sus pensamientos. Dumbledore no había dicho nada en todo ese tiempo, sólo estaba allí, chupando caramelos de limón uno tras otro, como si los dulces fueran la panacea a todos los problemas.
-Sabes lo que es, ¿verdad? -Dijo la transformista al final. Parecía haber llegado a algún tipo de conclusión en sus divagaciones- El espejo de mango de lapislázuli... Sabes lo que es.
-Sí... –suspiró Dumbledore- Y preferiría no saberlo...
El anciano parecía derrotado. Como si hubiera preferido que la transformista no sacara el tema del espejo. Casi como si le doliera tener que hablar de ello en voz alta.
-¿Y bien?
Dumbledore cerró los ojos con tristeza.
-Es el Espejo de Ammit. Un artefacto muy antiguo… egipcio, para ser concretos. Se creó hace milenios para los juicios más terribles. Se decía que cuando morías los dioses te juzgaban, pero para los crímenes terrenales, si el criminal no había muerto y seguía vivo, la justicia de los hombres no era suficiente y se decidió crear ese espejo. El acusado de un delito atroz, tenía dos opciones... enfrentarse al espejo, o ser ejecutado. Básicamente, enfrentarse en la tierra a la justicia divina, y tener así la oportunidad de redimirse y retomar su vida, o morir y enfrentarse a la justicia de los dioses en el más allá y arriesgarse a la condena eterna. Te lo creas o no, la gran mayoría de magos y brujas escogían la ejecución. Era menos cruel.
-¿Cruel?- McGonagall miró el aparentemente inofensivo objeto que reposaba en una vitrina- ¿Qué hace el espejo?
-Saca lo peor que llevas dentro. -Dumbledore se encogió de hombros- Tan simple y complejo como eso, mi querida. Coge tu lado oscuro, esa mitad que todos nos pasamos la vida intentando reprimir, todo lo que siempre escondes de la vista de los demás, todo lo que te da miedo de ti mismo, a esa vocecita interior que te susurra cosas como "mátalos a todos" o "se merecen morir" o "llévatelo, róbalo, ellos no se lo merecen y tú sí". Esas cosas que la cultura, la educación, el sentido común, la decencia y el honor acallan y mantienen muy hondo en nuestras almas. El espejo coge todo eso y lo saca fuera. Antiguamente, encerraban al criminal en una celda solo con el espejo, para que se sometiera al juicio de Ammit, el acusado se enfrentaba a su lado oscuro y si sobrevivía, se consideraba redimido, y todos sus pecados eran perdonados. Pero sólo hay dos casos documentados en los que superaron la prueba...
-¿Y si no lo hacían?- Susurró Minerva con un hilo de voz. Como si temiera preguntar. Como si le diera auténtico pánico saber la respuesta.
-¿Sabes que a Ammit se le conocía como "la devoradora de corazones"? En los juicios del más allá de los egipcios, el corazón del acusado era puesto en la balanza y se comparaba su peso con la pluma de Maat, la diosa de la justicia. Si el corazón era mas ligero que la pluma se consideraba libre de cargos. Si era más pesado, era por que estaba lleno de pecados y el acusado era hallado indigno de la vida eterna. Así que como castigo le daban de comer su corazón a Ammit, la bestia devoradora, la jueza suprema que nunca mostraba piedad. Pero el alma no moría, sólo perdía su corazón, su centro... y el acusado era castigado a vagar eternamente entre los mundos, sin corazón, sin poder encontrar nunca la paz, ni la redención, ni un lugar al que pertenecer... sin identidad, sin nombre, sin rumbo, sólo una mera sombra de lo que pudo ser y no fue...- Susurró Dumbledore como única respuesta.
-¡Merlín bendito!- se escandalizo McGonagall que de pronto notaba la boca seca y el corazón a mil por hora- ¡No podemos permitirlo!
-Tampoco podemos evitarlo, me temo. Draco Malfoy esta siendo puesto a prueba. Esta siendo juzgado. Y solo él puede salvarse.
La transformista no dijo nada, sólo parecía inmensamente triste. Sacudió la cabeza, y salió del despacho dejando solo a Dumbledore.
El anciano director sacó el libro que había estado leyendo: La historia del espejo de Ammit, y acarició la tapa con un amago de sonrisa en los labios. En ninguno de los casos registrados había habido gente con la victima del espejo, siempre habían estado solos, porque el espejo enfrentaba a quien lo mirara a su lado oscuro, pero si había más de una persona podía reflejar más de un rostro. Más de un miedo. Más de un lado oscuro.
Y los hechiceros egipcios tenían una extraña fascinación por la dualidad. Siempre creían que la oscuridad existía únicamente donde hay luz. A fin de cuentas, es la luz lo que hace que se proyecten las sombras, y con la suficiente luz, hasta las sombras se disipan. Quizás el espejo había reflejado y sacado a la luz el lado oscuro de Malfoy, pero… ¿Y Hermione? ¿Qué había sacado de Hermione?
Draco no había estado solo en aquella habitación el día que cayó bajo el influjo del espejo.
-Quizás haya aun una pequeña esperanza... -susurró Dumbledore- Quizás Draco Malfoy no esté tan solo como pensamos.
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Hermione había pasado uno de los peores días de su vida. Después de acostarse en su cama un par de horas, se levanto para ducharse. Y ahí empezó su calvario.
Al desnudarse en el baño, vio las marcas rosadas que la ardiente lengua rasposa había dejado sobre su piel.
Ducharse fue toda una odisea, pues apenas el agua caliente le toco, las zonas enrojecidas y sensibles que la lengua de Malfoy le había raspado se sensibilizaron de tal manera que toda la piel se le erizaba. Y eso incluía su entrepierna. Y el placer extraño que su cuerpo le provocaba le hacia sentir excitada, culpable, avergonzada, sucia y hambrienta de más al mismo tiempo. Sólo tenía ganas de llorar, y no tenía claro el por qué.
Pero eso sólo fue el comienzo.
Ese día tenía tres clases con Slytherin. Historia de la magia fue lo más raro que había visto jamás. Habían hecho desaparecer una pared entera, y ahí estaba Malfoy ocupando ese espacio, recostado y hecho una bola en el césped del jardín mirando hacia el aula.
Aunque lo extraño no era tener a un dragón por compañero de clase, ni que hubieran hecho desaparecer la mita de la arquitectura del aula para hacerle sitio... sino el tenerlo tan cerca y a la vez tan lejos después de lo que había pasado la noche anterior. Se sentía como la última mujer cuerda en una de esas delirantes historias en la que las leyes de la física, la cordura y el sentido común sencillamente se evaporan. Y ahora ahí estaba, sentada, escuchando a un fantasma darle clases de historia, con el cuerpo irritado y sensible porque un dragón había estado lamiéndola en sitios indecorosos, y que ese dragón, que por cierto era Draco Malfoy -el pomposo hijo de puta que había intentado matarlos a ella y a sus amigos desde el primer día de clases- estaba ahí, sentadito, como un estudiante modelo. Por no mencionar que como resoplara en mal momento incineraba a cincuenta estudiantes de forma accidental. Un día perfecto.
Y si eso le pareció extraño y bizarro, el día no hizo más que empeorar. Porque luego fue Pociones y esa aula no tenía paredes que dieran al exterior, así que ensancharon una ventana para que desde el jardín, Draco metiera la cabeza y la asomara. A Hermione casi le dio la risa tonta cuando se le apareció la imagen mental del reloj de cuco de su abuela.
Lo peor de todo es que todos fingían que aquello era como siempre. Todos se esforzaban en aparentar que aquello era lo más normal del mundo, lo cual le resultaba triste y patético. La castaña oía los cuchicheos, los chismes, los susurros por lo bajo... pero cuando Malfoy asomaba la cabeza todos eran sonrisas y codazos... una mala actuación de lo que debía ser ser compañeros de clase.
Claro estaba que Hogwarts no era el lugar más tradicional del mundo, con fantasmas dando vueltas por todas partes, libros parlantes y un poltergeist juguetón que tenía la mala costumbre de gastar bromas pesadas… por no hablar de un bosque cercano infestado de acromántulas, el cadáver de un basilisco en los sótanos y habitaciones que aparecían y desaparecían según necesidades, cuadros vivientes y escaleras que tenían como costumbre cambiarse de sitio. Pero aun así, británicos hasta la médula, actuar como si algo fuera normal en lugar de solucionar los problemas no arreglaba nada. Hermione tenía ganas de liarse a puñetazos con todos para que reaccionaran, para que alguien hiciera algo, para que dejaran de actuar una obra que habría hecho las delicias del sueño más rocambolesco de Shakespeare.
Pero lo mas incómodo, era cuando miraba de reojo a Malfoy y se daba cuenta que él también la miraba. Con aquellos ojos enormes de mercurio fluido y pupilas verticales, aquellos ojos antinaturales que tan pocas veces parpadeaban. Fijos en ella como los ojos de una estatua. Y lo veía mover las garras suavemente por el suelo, en un tamborileo rítmico, como en un tic nervioso… pero ella sabía que Draco Malfoy, no tenia tics nerviosos.
Raya-raya...punto-punto...punto-raya. Raya-raya...punto-punto...punto-raya. Raya-raya...punto-punto...punto-raya...
"Mía... mía... mía... mía..." Casi como una plegaria. Como una letanía que le taladraba la memoria y el cerebro, atacándole los nervios. Poniéndola a la defensiva y convirtiéndole las rodillas en gelatina al mismo tiempo. Como una banda sonora de fondo de la que no podía escapar. Y lo peor es que Malfoy ni siquiera parecía darse cuenta de lo que hacía. Como si aquellos golpecitos con las uñas en el suelo fueran sólo el efecto de seguir el ritmo de una canción que resonaba en su cabeza y que sólo el podía escuchar.
Raya-raya...punto-punto...punto-raya. Raya-raya...punto-punto...punto-raya. Raya-raya...punto-punto...punto-raya...
Hermione intento ignorarlo, pasarlo por alto, pero ahí estaba. Siempre estaba. Hasta los ruidos de pisadas de sus compañeros al desplazarse le crispaban los nervios, pues le recordaban al incesante repiqueteo de Malfoy.
A la hora de comer, Hermione llegó a dos conclusiones. La primera: que a Malfoy le pasaba algo más que el simple hecho de haberse transformado en una bestia. La segunda: que se estaba volviendo loca, o al menos, había perdido la capacidad de razonar con coherencia.
-¿Te encuentras bien?- le preguntó Ginny cuando se sentaron a la mesa de Gryffindor en el comedor.
Hermione ni siquiera tenía ya fuerzas para mentir. Tenía los nervios destrozados.
-No, no estoy bien.
-¿Quieres hablar de ello? A lo mejor puedo ayudarte... -susurró la pelirroja, que estaba empezando a preocuparse en serio por su amiga.
-No quiero hablar de ello, Ginny. Al menos no por ahora. Y aunque lo hiciera, no creo que pudieras ayudarme... -Hermione miró a los altos ventanales del salón, donde la sombra de una cabeza draconiana se dibujaba en los cristales- Nadie puede ayudarme...
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Blaise asomó la cabeza por la puerta del invernadero con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba despejado. No había nadie. Con sumo cuidado, y moviéndose en total silencio pegado a la pared, se coló dentro.
Correteó entre las macetas de mandrágoras y enredaderas del diablo como si sus pies fueran de puro terciopelo y llegó hasta el armario de herramientas.
Un Alohomora abrió el candado. Sacó de su túnica una botellita de aceite, y engrasó todas las bisagras a conciencia para abrir las puertas sin chirrido alguno...
Rebuscó dentro del armario hasta toparse con lo que andaba buscando y su sonrisa se ensanchó. Tenía en la cara la expresión de los niños en navidad cuando abren sus regalos, esos presentes que han estado esperando durante todo un año, esos paquetes por los que se han portado bien.
Blaise alargó la mano con los dedos temblándole de pura emoción, y justo cuando sus falanges se cerraban en torno a unas gigantescas tijeras de podar arbustos, un carraspeo hizo que se girara en seco.
Ahí estaba Theo, con los brazos cruzados, mirándole de forma desaproba.
-Ni lo pienses, Blaise... ni se te ocurra pensarlo siquiera. Y más te vale dejar esas tijeras de podar donde las has encontrado.
-Vamos Theo... -Sonrió Blaise con una gotita de sudor bajándole por la nuca- No estaba haciendo nada... además, iba a hacer un trabajo de herbología...
- Blaise, tú no tomas clases de herbología. A mí no intentes mentirme, te conozco demasiado bien. -Le cortó Theo, achinando los ojos y fulminando a su amigo con la mirada.
-No sé a qué te refieres... -Blaise empezó a disimular.
-Blaise, querido, déjame adivinar... - Theo hizo un teatral gesto de llevarse la mano a la barbilla, como si pensara profundamente- ¿No será que quieres esas tijeras para cortarle un trozo de la cola a Draco sólo para ver si los dragones son como las lagartijas y vuelve a crecerle, verdad?
Se hizo un silencio muy pesado. Blaise abrió la boca. La cerró. Y se quedo mirando a Theo con una expresión alucinada que sólo consiguen poner los que han fumado demasiadas mandrágoras.
-¿Cómo narices lo has sabido?- acabó preguntando con voz aguda y dolida.
-Tengo un súperpoder, Blaise... -susurró Theo como si de un secreto se tratase, cerrando el armario de las herramientas de jardín, y alejando a su amigo de objetos peligrosamente cortantes.- Sólo tengo que pensar en la absurdez más bizarra, grotesca y posiblemente peligrosa para saber de forma automática que es lo que vas a hacer tú.
-¿Y ahora en que estoy pensando?- Canturreó Blaise emocionado.
-En helado de chocolate con vainilla- Fue la respuesta automática de Theo, que seguía arrastrándolo por el brazo para ir a la clase que Blaise se había intentado saltar.
-¿Cómo lo has sabido?- Blaise se había quedado en una pieza, pálido…o todo lo pálido que alguien con la piel de color ébano puede ponerse.
Theo no respondió. Sólo sacudió la cabeza pensando en que Blaise era un adicto cuasi terminal al helado de chocolate y vainilla. De hecho, cuando no estaba ideando alguna travesura que los metería todos en algún lio extraño y grotesco, pensaba en ese dulce. Pero no iba a decirlo. No tendría sentido. Casi prefería que Blaise pensara que verdaderamente podía leerle la mente.
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No podía. Sencillamente no podía. Hermione salió de la enfermería con la poción para las jaquecas en las manos y se sentó en un banco de piedra resguardado por estatuas para bebérsela de un trago. Las sienes le zumbaban, era como una pulsación molesta que no cesaba. No podía pensar. Llevaba todo el día igual. Todo era… irreal.
Sentía que se ahogaba por mucho que respirara. Era incapaz de concentrarse, su cerebro parecía divagar por cuenta propia por mares inexplorados de su memoria y todo se le antojaba estúpido y borroso. No podía seguir así. Sencillamente no podía.
Y lo más deprimente eran esas estúpidas ganas de llorar que la asaltaban a cada minuto. Y fingir que todo iba bien, que no pasaba nada... no servía.
Tenía la terrible sensación de fatalidad cada vez que se movía por el castillo, como si Draco fuera a aparecer de pronto derrumbando paredes para cazarla, para atraparla, para volverla a asaltar. Y entonces le daba un ataque de ansiedad e histeria.
Pero luego, cada vez que lo veía en un aula, o tumbado en el jardín dormitando bajo el sol como un lagarto, el corazón le daba un vuelco y una oleada de mariposas salvajes tomaban con violencia su estómago. Y a duras penas podía resistir la tentación de ir con él.
Se estaba volviendo loca.
Hogwarts siempre había sido su refugio mágico. Ese lugar del mundo donde todo era posible, donde todo era seguro, donde se estaba a salvo. Su bastión de conocimiento ahora era sólo el manicomio donde cumplía cadena perpetua, y no podía hablar con nadie de lo que había pasado. Ni podía pedir consejo… ¿o sí?
Se encontró diez minutos después frente a la puerta del director, la cual se abrió por sí misma frente a sus ojos sin que siquiera diera la contraseña. Cómo si no quisiera darle tiempo a que lo pensara mejor y diera marcha atrás.
-¡Señorita Granger! -la saludó efusivamente el viejo director al otro lado de su escritorio. -Una verdadera sorpresa verla por aquí...
-Sí, claro -farfulló irónicamente por lo bajo.
-Cuénteme en que puedo serle de ayuda… -Hizo como si no la hubiese escuchado. Hermione se mordió el labio, dubitativa. Sinceramente tampoco era muy consciente de lo que estaba haciendo allí, ¿qué iba a decirle? "Lo que sucede, Señor Director, es que he tenido una experiencia sexual con un Dragón, y ya sabe como son esas cosas… ahora tengo la cabeza hecha un lío y no sé que hacer"
-Yo… esto… verá… -comenzó a tartamudear ante la ansiosa mirada del hombre.
-Sí…
-Yo, en verdad, no sé como reaccionar con todo esto sobre Dra… sobre Malfoy.
-Ajá -Dumbledore se acomodó sus lentes, sin dejar de prestarle atención.
-Y bueno… no sabía con quién hablarlo. Aunque, jé, pensándolo bien, tampoco sé bien qué hablar…
-Me halaga que haya recurrido a mi buscando consejo, Señorita Granger -le sonrió- Aunque debo decir que esto nos ha tomado a todos con verdadera sorpresa y estamos actuando sobre la marcha -Hermione asintió nerviosa, no tenía idea a donde iba a llegar Dumbledore, pero tampoco era capaz de pensar demasiado. -Me ayudaría mucho para poder, a su vez, ayudarla a usted, saber de qué manera usted ha quedado atada al Señor Malfoy. Es decir… me resulta extraño, en esta cadena de extrañezas, que entre toda la gente, él parece haber creado una especie de fascinación por usted.
-Yo no lo llamaría fascinación -respondió atropellándose con las palabras. Dumbledore la miró interrogante y Hermione supo que ahora debería seguir hablando -Quiero decir… creo que esto es demasiado para él, y mal que mal soy un rostro conocido… y he sido yo quien estaba en ese lugar con él cuando todo sucedió, y quizás por eso… no lo sé… ¿no le parece un poco lógico?
-Nada me resulta lógico en esta situación -casi rió- Pero puede ser una razón, claro que sí. Ahora, ¿usted me asegura que no ha habido otra razón, motivo o circunstancia para que esto se diera así, verdad?
-No… yo… ¿Qué insinúa? -Chilló inconscientemente, a la defensiva.
-Yo no insinúo nada, querida, por favor. Relájate. Sólo estoy preguntando para poder entender todo mejor.
-Bueno, no, no ha sucedido nada. -El tono de Hermione en realidad daba lugar a la duda. Pero sabio, Dumbledore, decidió dejar el tema ahí por ahora. La chica se estaba alterando y así no había chances de sonsacarle más información. Total, el saber que algo ocultaba ya era algo.
-Está bien. Le pido que si recuerda -enfatizó la última palabra- algo venga hacia mi, toda información es útil en estas circunstancias… -volvió a acomodarse los anteojos- Voy a proponerle algo -anunció- Considerando que usted es quien en segundo lugar más se ha visto afectada por todo, comprendo la presión y estrés que puede estar pasando y no es algo que le desee a nadie, por lo que haremos esto: La dejaré irse mañana viernes a su casa. Estar con su familia y con sus cosas quizás la ayude a relajarse lo suficiente al menos como para poder enfrentar todo más preparada al volver. Esto deberá ser el lunes a primera hora.
-Oh… -Hermione jadeó sorprendida. Lo que Dumbledore le estaba ofreciendo parecía mejor que el viaje a Disneylandia que sus padres le regalaron para su cumpleaños número ocho.- Eso sería… señor, realmente, estoy muy agradecida por esto. -Dumbledore le sonrió cálidamente.
-No es necesario que lo hagas… simplemente ve y descansa… y vuelve preparada reparada. -Hermione asintió nerviosamente y se despidió del director.
Llegó a su habitación en lo que dura un suspiro, pero toda su burbuja se pinchó cuando se dejó caer en la cama.
Probablemente cuando Draco se enterara incendiaría el castillo.
