CAPITULO 8: Costumbres adquiridas

Severus Snape estaba en su despacho corrigiendo exámenes con un rictus de sádica satisfacción. Se sentía como un verdugo ejecutando alumnos con el deleite de los que disfrutan de la violencia sanguinaria y gratuita… aunque él sólo practicara la violencia con una pluma sobre pergamino.

Y es que la gente no conoce en absoluto a Severus Snape.

Se dice de él que no sonríe nunca… y si lo hace. Nunca nadie sabrá jamás lo mucho que sonríe cuando nadie le mira y corrige un examen que tiene errores... hasta se le eriza el pelo de la nuca cuando puede poner malas notas, y más aún con ciertos alumnos que visten de rojo y dorado y que nunca, jamás, aprobarían su asignatura.

Severus Snape sabía disfrutar como nadie de ciertos y secretos placeres de la vida reservados para los que escogen las profesiones docentes.

Calificó a un alumno con un "suspenso" en letras enormes y un escalofrío gratificante. Pero lo que vio a continuación le ensanchó la sonrisa: el examen aun sin corregir de Neville Longbottom.

El porcionista sonrió pasando los dedos por el pergamino, recorriendo la temblorosa caligrafía del Gryffindor. Oh sí, su día iba mejorando. Siempre le ponía de buen humor suspender a Longbottom.

Pero de pronto notó una molesta sensación. Ese hormigueo fruto de un sexto sentido. Ese sexto sentido que desarrollan los alumnos que son perseguidos por los matones de la escuela para poderles esquivar. Ese sexto sentido que sólo desarrollan hasta la perfección los abusados que se convierten en abusadores... o los paranoicos obsesivos de la conspiración. Ese sexto sentido que te dice "no estás solo" "aquí hay alguien" "te están mirando/persiguiendo". Y que normalmente es cierto. Ojo Loco Moody tenía ese sexto sentido, aunque un tanto anticuado y oxidado. Snape lo aceitaba todos los días y le funcionaba como mecanismo de ingeniería de un reloj suizo.

No estaba solo en su despacho.

Alzó los ojos, y se encontró con dos pelotas de tenis llorosas que le miraban suplicante. Había un elfo domestico hecho un manojo de nervios al otro lado de su escritorio.

-¿Qué sucede?- Suspiró hastiado.

-Señor... -tembló el pequeño elfo, retorciendo su librea con el escudo del colegio en vibrantes colores- Si no fuera demasiada molestia, y como es usted el Jefe de la casa de Slytherin... el personal de cocinas y Reiju nos preguntábamos si tendría usted la amabilidad de venir y hacer que el alumno dragón deje de llevarse los platos...

Snape parpadeó y alzó una ceja. Seguro que no había oído bien, así que sólo se levantó, y siguió al elfo hasta las cocinas. El caos reinante le aturdió.

Estaba todo hecho un desastre, elfos domésticos corrían por doquier chillando como locos y a través de las ventanas rotas que daban al exterior, la cabeza de Draco desapareció con algo dorado y grande en la boca. Snape no daba crédito a lo que veía. Se acercó a los restos de la ventana y se asomó fuera, viendo como el enorme cuerpo de dragón se alejaba a trote hacia la colina donde tenía su cueva.

-¿Alguien puede contarme qué diablos ha pasado aquí?- Masculló el pocionista respirando pesadamente para no perder la compostura.

-Señor... -le respondió la entusiasta voz de Dobby- El joven Malfoy vino y se llevó las copas y los platos, señor.

-¿Cómo que "se llevó las copas y los platos"? ¿Qué quieres decir con eso? -Snape no comprendía lo que estaba pasando.

-Y también los tenedores y las cucharas, señor... -añadió Winky asintiendo con la cabeza.

-Cuéntame la historia desde el principio -Snape apretó los labios. Los elfos domésticos no eran precisamente conocidos por sus coherentes versiones de los hechos.

-Bueno… fue después de comer, señor... -Dobby se rascó la larga nariz mientras a su alrededor todos los demás elfos se ponían manos a la obra a recoger el estropicio- En las cocinas estábamos limpiando los utensilios...y de pronto, el joven Malfoy rompió la ventana con su enorme cabeza, y se puso a coger con la boca y las garras platos, y copas, y tenedores, y cucharas, y…

-Sí sí... y también cuchillos y cacerolas, ¿verdad?- Añadió sarcásticamente Snape.

-No, no, no, no, no señor... -Dobby negó fuertemente con la cabeza- Sólo se llevó platos, copas, cucharas y tenedores. Y algunas bandejas grandes de las que usamos para servir las piezas de carne en navidades. Y las soperas bonitas.

Snape quedó algo confundido por lo concreto del saqueo, pero no dijo nada, simplemente salió de las cocinas pensativo tras ordenar a los elfos que lo arreglaran todo y que llegaría hasta el fondo del asunto. Pero primero tenía cosas que hacer.

Fue a la sala de estudio para emplazar turno de tutorías, debía sustituir a Charity Burbage y pedirle que le supliera haciendo turno doble. Snape le contó a la profesora de estudios muggles lo sucedido.

-Vaya... ¡qué curioso!- mencionó ella arqueando las cejas.

-Sí, lo sé, no tiene sentido... -Snape fulminó con la mirada a los alumnos solamente para dejarles claro que aun ue se habían salvado de tenerlo como tutor, no iba a consentir tonterías mientras estuviera allí.

-No, te equivocas, Severus. Tiene mucho sentido. Todos los objetos que has dicho que Malfoy se llevo tienen en común una cosa...

-¿Que son cosas que necesitas para comer? -se burló.

-No, que son de oro -Charity le tocó la nariz en tono cómplice y pícaro, con cierta satisfacción por saber algo que el todopoderoso Severus Snape ignoraba.

-Eso es absurdo, Draco Malfoy posee una inmensa fortuna, ¿para qué querría robar platos y cucharas?

-Bueno, no sé en que estaría pensando el joven Malfoy para hacer una tontería semejante, pero no puedo dejar de pensar en que todo esto me recuerda a los cuentos infantiles muggles...

-¿De qué narices estás hablando?- Severus arqueó las cejas de forma inquietante. No le gustaba en absoluto el cariz que estaba tomando la conversación.

-Bueno... no sé cuánto sabes de la cultura popular muggle, pero en todos sus cuentos y en todas sus historias donde aparecen dragones, los dragones acumulan oro en sus cuevas. Tesoros de dragón, los llaman. Por lo visto, las bestias sienten una fascinación por el metal áureo, y duermen sobre él como si fuera un lecho de plumas...

-Malfoy no ha cursado estudios Muggles. Ningún Malfoy lo ha hecho. Dudo mucho que tenga algo que ver con las historias infantiles muggles... -sentenció Snape no demasiado convencido.

-Lo sé... lo sé... -suspiró Charity encogiéndose de hombros y recogiendo sus papeles- Sólo digo que me parece una casualidad asombrosa.

Mientras Snape salía de la sala de estudios dejando a Charity a cargo de sus tareas, se rascó la barbilla con un mal presentimiento.

-Sí, seguro que es solo una casualidad... -Y sintió la imperiosa necesidad de ir a hablar con Dumbledore. Aquella situación se le estaba yendo de las manos.

— — — — — — — — — —

-¡Deberíamos llevárnoslo a casa!- susurró Narcissa con un tono urgente e histérico de voz, pero procurando bajar el volumen lo bastante como para que sólo su esposo la escuchara. -¡O a San Mungo! ¡Buscar ayuda! ¡Traer a los mejores trasmutadores del mundo para que lo devuelvan a la normalidad!

Ambos caminaban por la senda del castillo para ir a ver a su hijo a la cueva. Tenían permiso de Dumbledore para visitar a su primogénito mientras durara su estado lagartiforme.

-No podemos hacer eso Cissy... -masculló Lucius entre dientes, apretando mucho los labios, como si aún en medio del bosque temiera que alguien le oyera hablar -Sabes quién está en casa, y nos será imposible esconderle lo que le ha pasado a Draco como para encima ponérselo delante... lo verá como un mero instrumento, o bien lo considerará una abominación y lo matará… ¡O lo adoptará como mascota! En cualquier caso, mantendré a Draco tan lejos de nuestro… invitado... -Tragó saliva pesadamente- tanto como me sea posible.

-Pero Draco... -insistió Narcissa con angustia.

-¡Estará bien!- Sentenció su esposo al borde de perder los nervios y la compostura -Es sólo algo temporal. Dumbledore será un viejo carcamal con la cabeza llena de idealismos y absurdas ideas, y teorías peligrosas sobre los mestizos, los sangresucias y los asquerosos muggles, pero aún con todo,¡sigue siendo uno de los magos mas poderosos que hay! Y no se arriesgará al escándalo que supondría dejar que algo malo le pasara a nuestro hijo. Draco es fuerte, se adaptará y saldrá de esta con la cabeza alta. Lo mejor que podemos hacer por él ahora es dejarlo en el colegio y procurar ayudar en lo que podamos tan pronto como encontremos una solución para el problema.

Narcissa se llevó una mano a la boca en un elegante gesto dramático, y se tragó un sollozo mientras se tapaba con los dedos el rictus angustiado que se le había dibujado en los labios.

Lucius suspiró cansado. Toda aquella situación pasaba en el peor momento imaginable. Todo estaba saliéndose del guión establecido, y amenazaba con hacer que todos los planes cuidadosamente preparados se malograran... ¡Y todo por un maldito accidente!

El patriarca de los Malfoy pasó suavemente el brazo por los hombros de su esposa y la abrazó con ternura, besándola en la sien y acariciándole el pelo con un cuidado extremo de no despeinarla ni sacar de su lugar los hermosos bucles anclados con horquillas.

-No te preocupes, amor mío... todo saldrá bien. Pronto todo volverá a la normalidad y saldrá bien... -Lucius sonrió. Y su sonrisa se ensancho al ver la expresión de Narcissa. Se veía muy hermosa. Pálida, con sus enormes ojos azules llenos de esperanza y fe ciega en las palabras de su esposo. Con las mejillas ligeramente encendidas y sonrojadas por el frio que empezaba a bajar la temperatura ambiente como una promesa del cercano invierno. Lucius siempre había creído que nada hacía que Narcissa pareciera tan bella como el otoño. Los tonos dorados y rojizos con la que la naturaleza se teñía esos meses del año siempre enmarcaban de forma majestuosa la belleza de su dama.

Lucius la atrajo hacia así y la besó en la frente y en la nariz después, haciendo que Narcissa sonriera un poquito.

-Te lo prometo, mi amor... de algún modo, haremos que todo salga bien. –Le ronroneó con ternura, haciendo que ella volviera a sonreír.

Ambos entrelazaron sus brazos y caminaron hasta la cueva. Lucius ayudó a su esposa a saltar un par de charcos para que no se manchara su vestido, y se adentraron en la gruta, pero lo que encontraron allí dentro los descolocó.

Severus Snape, Dumbledore y Minerva McGonagall estaban allí. También estaban Blaise Zabini y Theodore Nott, en un rincón, peleando entre ellos con entusiasmo y señalando y pasando las paginas de un libro a toda velocidad. Y también había una pequeña montaña dorada. Un segundo vistazo, y el matrimonio Malfoy pudo ver que eran objetos de vajilla, todos amontonados. Todos de oro, fundidos a base de potentes chorros de fuego. Derretidos y fusionados entre sí en una extraña maraña uniforme. Y no conforme sólo con eso, la pequeña montaña dorada estaba coronada por una oquedad grande, como el porta huevos más grande y raro del mundo.

-Ah, señores Malfoy... -canturreó Dumbledore con cierta alegría- Creo que llegan en buen momento, creo que deberíamos discutir sobre el comportamiento que su hijo ha mostrado últimamente, aunque ha sido sin duda sólo una travesura, creo que no estaría de más establecer un poco de disciplina...

-¿Qué ha pasado aquí?- Lucius apenas daba crédito a lo que veía. En el fondo de la gran caverna, Draco los miraba a todos de forma iracunda, y no dejaba de pasar sus ojos de forma anhelante por encima del montón de oro derretido.

-Draco ha saqueado las cocinas, se ha llevado todos los platos, copas y cubertería de oro que se utilizan en el comedor... y no conforme con su pequeño saqueo, luego los ha amontonado y los ha fundido para hacerse un acogedor sofá de diseño.

Lucius y Narcissa se miraron confundidos.

-¡Mi hijo nunca ha robado nada! ¡No necesita hacerlo! -Rebufo Narcissa con indignación- ¡Esto es absurdo!

-En efecto, Señora Malfoy, es absurdo... pero aún así lo hizo- Dumbledore movía las manos de forma apaciguadora, sonriendo, intentando conciliar a todo el mundo- Pero estoy seguro que no fue más que un malentendido, una travesura. Aunque ahora estamos en la encrucijada de que Draco no nos lo esta poniendo fácil para reparar el estropicio y llevar todas estas cosas al lugar que les corresponde...

-Por lo visto, la trasformación del joven Malfoy- intervino en ese momento Minerva McGonagall- no sólo ha afectado a su cuerpo, si no que ha adquirido algunas costumbres no del todo ortodoxas para los parámetros humanos...

-¿Está llamando monstruo a mi hijo?- retumbo Narcissa roja de furia e indignación y apretando los puños. Si Lucius no la hubiera cogido por el codo, la dama de alta sociedad habría saltado sobre la transformista y la habría despellejado allí mismo.

-En absoluto, Señora Malfoy... -añadió la anciana profesora sin retroceder un centímetro, pero alzando aún más la cabeza -Pero del mismo modo que un animago que pasa demasiado tiempo transformado en animal adquiere ciertos rasgos y costumbres típicas del animal en el que se transforma, el hechizo que aprisiona a su hijo no sólo afecta a su cuerpo, si no a algunos de sus actos.

-Ningún dragón tiene esa costumbre de amontonar oro... -se burló Lucius Malfoy como si aquello limpiara toda acusación de latrocinio contra su hijo.

-Ninguna raza de dragón conocida... -sugirió Severus Snape con voz tranquila- Pero todavía no hemos conseguido catalogar la especie en la que Draco se ha transformado.

Hubo un momento de tenso silencio, y Lucius decidió tomar el control de la situación. A fin de cuentas, la gente extremadamente rica está acostumbrada a tener lo que quiere. Y cualquier precio sería barato para acabar con toda aquella tontería.

-En ese caso, díganme el precio de los destrozos y lo pagaré encantado. Que no se diga que los Malfoy no pagan sus deudas. Si el comportamiento inapropiado de mi hijo es fruto del accidente por la negligencia del cuerpo docente del colegio, no se le puede hacer responsable de ello. Pagaré una nueva vajilla y cuberterías para el comedor comunal.

-Pero eso no... -comenzó Minerva ofendida por el ofrecimiento.

-Creo que eso servirá de momento... - sentenció Dumbledore asintiendo hacia Lucius, que parecía altamente satisfecho con haberse salido con la suya. -Draco podrá conservar su pequeño "botín" siempre y cuando ustedes repongan aquello que su hijo ha roto. Pero aún así, les ruego que tengan una charla con su hijo sobre su actitud. Sus circunstancias actuales no pueden excusar siempre este tipo de extravagancias que atentan contra la paz de la convivencia en la escuela...

Nadie dijo nada, todos se sentían bastante incómodos en aquella cueva. Todos menos Draco, que no paraba de mirarlos a todos con entusiasmo, como si aquello fuera una especie de partido de Quidditch mental y privado del que él era el único espectador en palco preferencial. Se lo estaba pasando en grande, y además se había salido con la suya. Trepó por la montaña de oro fundida que ahora era suya sin discusión posible, y se acurrucó en la oquedad. Su trono de oro macizo.

Lo único que no terminaba de gustarle era que su padre había tenido que inmiscuirse. Ahora su tesoro ya no era un botín. Ahora era algo comprado. No era lo mismo. Seguía siendo suyo... pero ya no era lo mismo.

Pero lo que hacían los que la voz de su cabeza llamaba "simples mortales" era cuanto menos ridículo. Draco tenía delante de sí a tres magos muy poderosos y a dos mortífagos muy poderosos... cinco adultos hechos y derechos con capacidades mágicas asombrosas, y aún así, sólo necesitaría una bocanada de aliento para enviarlos a todos al olvido. Casi era ridículo que estuvieran ahí discutiendo delante de él por unos cuantos platos y cucharas... era patético.

Draco vio como Dumbledore, Snape y McGonagall se despedían. Dijeron algo sobre que Theo estaba aprendiendo el idioma de los golpecitos para que él pudiera comunicarse, y dejaron a sus padres en la cueva, para darles intimidad.

-Theodore, querido, ¿podrías decirle a Draco que le quiero mucho y que haremos todo lo posible para solucionar esta desafortunada situación?- susurró Narcissa con toda la amabilidad de su alta cuna.

El silencio resultante fue incómodo. Muy incómodo. Y sólo fue roto cuando Draco comenzó a hacer un ruido asnado que recordaba a una risa.

-Señora Malfoy... Draco no está sordo -comentó Theo lo más amablemente que pudo- Ni ha perdido facultades mentales. El idioma morse es para que nosotros lo comprendamos a él porque no tiene cuerdas vocales en esta forma... él a nosotros nos comprende perfectamente...

Y ahí estaba. Narcissa Malfoy sintiéndose completamente imbécil, mirando a su hijo convertido en dragón revolcarse de risa encima de una montaña de oro robado mientras un estudiante la corregía y su marido deseaba que se lo tragara la tierra allí mismo.

— — — — — — — — — —

Draco había quedado del peor de los humores luego de las visitas. Vale, estaba bien que un poco de compañía no le venía mal… le resultaba hasta entretenida la búsqueda de los demás por lograr interactuar con él, le acariciaba en el ego sus ojos llenos de terror en los que podía leer el miedo a que simplemente estornudara y los incinerara.

Pero ahora estaba cansado.

Cansado de los parloteos, de las quejas, los lloriquéos de su madre. Había terminado por echar a Theo del lugar, a pesar de lo silencioso que era el chico.

No pudo evitar que dos volutas de humo escaparan de sus fauces al sentir a alguien entrar en su cueva.

Hermione, que todavía no había decidido bien que diantres hacía ahí, se echó instintivamente hacia atrás. Estaba a punto de salir corriendo cuando Draco se giró enfrentándola y al ver que era ella y leer sus intenciones de huida, le cerró el paso con una de sus garras.

Raya-raya...punto-punto… punto-raya

Hermione suspiró frustrada.

-Hola a ti también, Malfoy -le saludó con ironía. Parecía que el chico… dragón… no había aprendido otra palabra que esa. Mía. La ponía de los nervios.

Era increíble como en ese poco tiempo había logrado identificar la mayoría de los gestos en la bestia que tenía en frente. Sabía a la perfección que ahora estaba sonriendo, y que al mismo tiempo la miraba interrogante, invitándole a hablar o que explicara que hacía allí.

Pero justo cuando iba a hablar, Malfoy se movió hasta acomodar su cabeza justo al lado de la suya. Hermione se tensó. Podía oílo respirar. Podía sentir las escamas de su piel rozar su mejilla.

Inevitablemente la golpearon los recuerdos de su último encuentro.

-¡No! -gritó en voz alta, firme. No supo si era una orden para él o para que ella misma frenara sus propios pensamientos.

Draco se alejó un poco para mirarla, sorprendido por la reacción. Pero al hacerlo distinguió algunas lágrimas que bajaban por el rostro de la ojimiel y no pudo resistir la tentación de recogerlas con la lengua. Hermione tembló, aunque intento mantenerse quieta… muy quieta.

Raya-punto...raya-raya-raya

"No"

-¿No qué? -Preguntó Hermione confusa. No había dicho Mía otra vez. El dragón como toda respuesta volvió a lamerle las mejillas. -¿No quieres que llore? -Cómo toda respuesta Draco se enroscó entorno a ella y se recostó cerrando los ojos, en una clara invitación a acurrucarse contra él. Hermione le dio el gusto más no cerró los ojos. -No he venido a dormir. Draco… tengo algo que decirte.

Los ojos reptilianos se abrieron denotando cierta molestia. Hermione era completamente consciente que lo que le diría no le agradaría en lo más mínimo. Y eso le daba terror. Respiró profundamente y mantuvo el aire en los pulmones, como si tener el pecho inflado le diera alguna clase de poder mágico sobre la valentía, o algo por el estilo.

-Yo-me-iré-el-fin-de-semana-a-la-casa-de-mis-padres -soltó a la carrerilla y sin esperar. Draco se mantuvo callado, imperturbable, al punto de hacerla preguntar si en verdad había dicho todo tan rápido como para que no la escuchara. Iba a volver a repetirlo cuando una de las garras golpeteó contra el piso nuevamente.

"No"

-Sí, Draco -replicó con más seguridad- Debo hacerlo

Raya-punto...raya-raya-raya

-Son sólo unos días, el lunes ya estaré aquí.

Raya-punto...raya-raya-raya

-¡No puedes hacerme esto! -casi lloriqueó- ¡No es justo! ¡Necesito hacerlo!

El dragón bufó, levantando una gran ola de polvo del lugar. Sacando de ecuación su tamaño y ferocidad, parecía un cachorrito ofuscado.

-¿Por qué te molestas tanto? ¿Por qué te importa si estoy o no en el colegio? -Hermione estaba exasperada. De alguna manera Draco había pulsado algún botón que le estaba provocando escupir todo lo que llevaba dentro- ¡Se supone que me odias!… Oh, ¿es por eso, no? ¡Me odias tanto que ahora que puedes mortificarme porque tienes la capacidad de incinerarme con apenas suspirar lo aprovechas!

Raya-punto...raya-raya-raya

-¿No? ¿Entonces por qué lo haces?

-Mía -golpeteó con su garra.

-¡Qué no soy tuya, joder! -gritó revoleado los brazos- Y esa no es una respuesta a lo que te pregunto.

Pero su pezuña no volvió a sonar. Draco volvió a acercar su cabezota y acunando la de Hermione. Y que la partiera un rayo allí mismo, pero podía jurar que el hijo de puta le estaba ronroneando.

-¿Malfoy? ¿Realmente estás haciendo esto? -preguntó escéptica. La cabeza del aludido se sacudió hacia arriba y hacia abajo en un claro asentimiento. Hermione rebufó -No eres un gatito, ¿lo sabes? -Ahora él rió, o hizo un sonido que se asemejaba a una risa.

"Estás dejando que se burle de ti" Draco ya estaba esperanzado con que aquella voz no lo molestaría, pero iluso de él. "Deja de hacerle cariñitos, idiota. Se va a ir. Se irá y nos dejará. Sabes lo peligroso que sería. Retenla. Tiéntala. Si se va, puede que no vuelva. Replantéatelo. Sedúcela. Haz que se quede... Como sea… retenla"

La parte humana de Draco se enojó. Aquella voz le prometía la libertad eterna y lo cierto es que ahora no se sentía más que un esclavo de ella. Todo el tiempo diciéndole que hacer y como hacerlo. Que decir y qué no.

Hermione se sobresaltó al ver el cambio en el chico. Parecía estar luchando con su propio cuerpo, removiéndose inquieto y soltando refunfuños.

-¿Estás bien? -Draco volvió a sacudirse, aunque seguía rodeándola por completo.

"No pienses idioteces. Estoy aquí para guiarte, para que no eches a perder tu futuro. Yo soy tú. No puedes estar esclavizado por ti mismo. Simplemente soy el que tiene las cosas claras. Él que no tiene miedo a andar el camino que tu no quieres ver, aun que lo tengas bajo tus pies."

-Draco… -sin pensarlo mucho Hermione posó su mano donde se suponía que debían estar sus mejillas, con intención de reconfortarlo, pero al contrario de esto, Draco se sobresaltó tomado por sorpresa- ¿Estás bien? ¿Te duele algo?

Malfoy sonrió internamente. Ella estaba preocupada por él. Si eso no era algo de lo que podía sacar ventaja, no habría otra cosa de lo cual hacerlo.

Raya...raya-raya-raya…raya-punto-punto…raya-raya-raya.

Todo.

Oh, sí. Era un maldito manipulador.

Hermione se sintió instantáneamente mal. Si bien, por supuesto, había pensado en lo emocionalmente difícil que debía estar pasándola el chico, no se le había ocurrido que los dolores se sucederían aún después de completada su metamorfosis. No era su culpa, claro que no, pero no podía evitar sentirse culpable.

Suspiró profundamente sin pensar demasiado en lo que iba a hacer… Se abrazó fuertemente a una de sus patas y se acurrucó contra él.

-Tranquilo, estoy aquí -le susurró.

La sonrisa de Draco se ensanchó, pero ella no podía verlo.

-Quédate -golpeteó con su garra libre. Su aliento acariciaba de pleno la nuca de la castaña, provocándole escalofríos en todo el cuerpo.

-No puedo, debo hacerlo.

-No me dejes- golpeteo la larguísima uña contra el suelo. Maestro en tocar las teclas adecuadas en el orden correcto, Draco disfrutó viendo como Hermione se venía abajo. Esas palabras… él recordaba haberlas dicho cuando aquél dichoso espejo le explotó en la cara y acabó draconizándolo. Y recordaba con claridad como ella no pudo irse. Como ella se quedó atada a él por esas simples tres palabras. Usar una cadena y unos grilletes no habría sido ni la mitad de efectivo. La vio temblar, la vio esconder el rostro y sintió como se aferraba con mas fuerza a su pata.

Era hora de usar la artillería.

Punto-punto-punto-raya…punto-punto-raya...punto...punto-raya-punto-punto...Punto-punto-punto-raya...punto.

-Claro que volveré, Draco.

-Por mi -golpeteó. No había indicios, pero Hermione sabía que era una orden y no una pregunta. De todos modos intentó mantener la calma, después de todo, de una retorcida forma, no le mentiría.

-Por ti.

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La hora de comer llegó y el Gran Comedor una presencia brillaba por su ausencia. Bueno, dos.

Draco obviamente no comía allí. Comía en el jardín, donde los elfos domésticos apilaban varias reses enteras crudas que el Slytherin asaba con su aliento antes de engullir prácticamente sin masticar.

Pero la gran sorpresa fue Hermione Jane Granger.

-¿Donde está Mione?- preguntó Ginny con cierta angustia- Siempre es puntual en las comidas

-Seguro que se le ha ido el santo al cielo en la biblioteca- Masculló Ron con la boca llena de pollo asado haciendo saltar miguitas de carne en todas direcciones.

-Por Merlín, traga antes de hablar, resultas grotesco… -le regañó con cierta mueca de asco su hermana.

-Hnnnn- protestó el pelirrojo disgustado.

-Ginny tiene razón- comenzó Harry intentando no mirar las fauces de su amigo, y sus malos hábitos en la mesa- Hermione es puntual. Esto es raro.

-Ella es rara- Rió Ron duchando con pollo a todos los presentes.

-¡Joder Ron! -No se pudo controlar el ojiverde al verse la túnica rociada con los pedazos de comida que salían disparados de la boca de su amigo- No hables con la boca llena...

Los minutos pasaron tensos. Ron comía como un energúmeno y en cantidades más ingentes de las habituales. Si no fuera porque había puesto de los nervios a todos los de la mesa que comían cerca de él, se habrían dado cuenta de que era su forma de sobrellevar la ansiedad que le producía la ausencia de la castaña.

Cuando a mitad de la comida McGonagall fue a la mesa de su casa las cosas se pusieron tensas. Y más cuando les soltó la noticia por las buenas.

-Sólo vengo a decirles que la señorita Granger volverá el lunes.

-¿Cómo que volverá el lunes?- Soltaron Harry, Ron y Ginny casi simultáneamente. La cara de estupor de los estudiantes de Gryffindor que habían escuchado a la transformista era de pleno estupor.

La profesora alzo las cejas extrañada.

-¿Ella no les aviso?

-¿Avisarnos de qué?- Potter no daba crédito a lo que oía

-El director le ha dado permiso para ir a su casa un fin de semana por su estado anímico alterado. Cree que un par de días con sus padres en un entorno familiar le resultaría tranquilizador dada la experiencia que ha tenido que vivir… se lo anunció esta mañana, creía que se los habría dicho y se habría despedido...

-No. No nos dijo nada… -Esta vez fue Ginny, quien no daba crédito a lo que oía.

-Bueno, quizás todavía no se ha ido… -Canturreó Ron sonriendo- Ella no se iría sin despedirse. No de nosotros al menos.

-Hermione se ha ido hace un rato, señor Weasley -La voz de la profesora se había vuelto suave. Muy suave. El tema se había tornado sumamente delicado. La sonrisa de Ron se había petrificado -Yo misma la acompañé al despacho del director para que hiciera uso de la única chimenea de este castillo con acceso a la red flú.

-¿Cómo que ya se ha ido? -Esta vez era Harry- ¡Ella no se iría sin despedirse de nosotros!

-Pues lo ha hecho… -Añadio la profesora- Señor Potter, Su amiga está pasando por un momento emocionalmente delicado. El accidente que sufrieron ella y el señor Malfoy les ha dejado secuelas a ambos, aunque visibles sólo sean las de él. Yo que ustedes, no le tendría en cuenta el descuido que ha tenido, me temo que en estos momentos no es ella misma...

Dicho esto, la profesora se giró y se fue, dejando a los Gryffindor presentes con dos palmos de narices.

-Creo que en ese accidente pasaron más cosas de las que nos han contado...-dijo Harry muy preocupado de pronto por lo que había sucedido.

-¡Pero si será mala persona! ¿Cómo se ha podido ir sin despedirse?- mascullaba Ron indignado.

-Ron, ya has oído a McGonagall, Hermione no está bien… -comenzó Ginny, increíblemente preocupada por su amiga. Si haberse ido sin decirles nada era síntoma de que algo estaba mal en la mente de su amiga, era un síntoma enorme. Descomunal. Tamaño dragón, como poco.

-¡Claro que no está bien! Y dice ser nuestra amiga ¿pero nos deja tirados así? ¿Cómo ha podido hacernos esto?- Ron seguía indignado y furioso por haber sido dejado de lado de ese modo.

Harry sólo rodó los ojos e ignoró la rabieta de su amigo. Pero un trueno en el exterior lo sacó de sus pensamientos. Se levantó y caminó hacia los ventanales del Gran Salón. Fuera, por lo visto, Malfoy había terminado de comer y estaba arrancando árboles del bosque y partiéndolos con la mandíbula y sacudiendo la cabeza furiosamente.

Se quedó estupefacto. Otro rugido que cuyo eco sonó como un trueno. Otro árbol fue reducido a palillos mondadientes por unas potentes mandíbulas llenas de ira. Y una llamarada capaz de fundir acero como si fuera mantequilla fue escupida al cielo. Una columna al rojo vivo se alzó más de 50 metros hacia las nubes desde las fauces de aquel dragón níveo que estaba rabioso.

-¿Por qué Malfoy está tan cabreado?- Se preguntó Harry con cierta curiosidad.

Hermione se había ido y Malfoy estaba, literalmente, que echaba chispas por la boca. Era imposible que esos dos hechos estuvieran relacionados.

Aunque, recordaba, un día Hermione le había hablado de algo llamado la navaja de Okham: la respuesta más simple a un problema suele ser la acertada. Pero eso simplemente no podía ser cierto. Un Slytherin nunca se enfadaría por que una Gryffindor hija de muggles se fuera del colegio varios días… ¿verdad?

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"Ella se ha ido. Ve a buscarla. Recupérala"

-Ella volverá- Draco machacaba árboles con los dientes de pura frustración. La voz de su cabeza lo estaba volviendo loco. Ella se había ido hacía unas pocas horas y el mero hecho que estuviera en cualquier parte y no aquí le estaba carcomiendo por dentro. Era como tener a una manada de bestias furiosas mordiéndole insistentemente el estómago, y esa sensación no le gustaba nada.

"¿Cómo lo sabes? Ella podría huir. La necesitas. La necesitamos. Hazla volver. Ve a buscarla. Mata a quien se oponga a ti. Tienes el poder y la fuerza. Eres poder y fuerza. Toma lo que es tuyo, no permitas que nos la arrebaten. ¡RECUPÉRALA!"

-¡NO!- Aulló Draco dentro de su cabeza- Ella volverá. En dos días. Ella volverá para el lunes.

Soltó una llamarada en pleno ataque de rabia. Ya tenía bastante con soportar todo para que a esa maldita voz de su cabeza le diera por ponerse histérica. Pero era tan tentador… la idea de salir volando y rastrearla.

Tenía su aroma grabado a fuego en el cerebro. Podría encontrarla en cualquier parte del mundo. Sería tan fácil… era tan fácil… sólo tenía que abrir las alas… sólo tenia que elevarse...

Sacudió la cabeza. No. No podía. No debía. La voz lo había dicho antes, ella tenía que venir a él. Ademas, ¿qué mierda estaba pensando? ¿Draco Malfoy enloqueciendo por que la maldita sangresucia por excelencia se había ido un fin de semana a Londres a estar con su familia? Un latigazo de su cola barrió partiendo por la mitad una docena de robles centenarios y se dedicó a sacudirlos arriba y abajo hasta que los machaco por completo. Mordió el tronco de otro árbol y lo arrancó de cuajo. Lo partió por la mitad haciendo presión con los dientes.

Otra bocanada de fuego y el claro que había abierto a base de fuerza bruta en el bosque quedó calcinado como una zona de guerra en la que llovió artillería antiaérea.

"¿Cómo lo sabes?"

-No lo sé.

"¿Y cómo puedes estar sin hacer nada? Puedes hacer cualquier cosa, ¿y prefieres quedarte aquí parado destrozando el bosque en lugar de reclamar lo que es tuyo?"

-Lo reclamaré el lunes cuando ella vuelva.

"¿Y si no vuelve?"

-Volverá- Asevero Draco con convicción

"¿Cómo lo sabes?"

-Por que ella es Hermione Granger.

Aquello pareció dejar perpleja a la voz. Porque no dijo nada más.

Draco paseo por el bosque hasta que encontró unas rocas enormes. Se dedicó a fundirlas con su aliento como si le indignara su existencia. Sólo se quedo satisfecho cuando no fueron más que unos enormes charcos de magma burbujeando en la tierra calcina.

Se iba a ganar una buena bronca por parte de Dumbledore y de Snape cuando se enteraran del destrozo que estaba haciendo en el bosque. Pero Draco suspiró. Furioso y cansado de estar furioso y cansado. Mejor que destrozara el paisaje que la otra opción. Pero eso era algo que nadie debía saber. Si él no admitía ante sí mismo que era en lo que podía convertirse, en lo que estaba tentado a dejarse convertir... mejor que no lo supiera nadie. A fin de cuentas, ya tenía un aspecto lo bastante monstruoso en estos momentos como para que alguien se diera cuenta que estaba sólo a un suspiro de ceder y convertirse en… bueno, en un monstruo de verdad.