CAPITULO 11: Una Luna para volverlos locos a todos

-¿Pero tú estás segura de esto?- preguntó Theo con cierta aprensión, mirando de nuevo el libro de Tolkien en sus manos.

-¡Qué sí, qué lo pone claramente, ¡la magia de los elfos es la más poderosa! -Luna le sonrió radiante.

Theo suspiró. Miró a Dobby, que los miraba muy, muy incómodo, y que acabó asintiendo. Nunca nadie podría decir que no lo habían intentado. Aunque estaba seguro que los "elfos" de aquél cuento muggle no tenían absolutamente nada que ver con los elfos domésticos. Pero Luna era un poco… un poco como Blaise. Tenía esa cualidad de hacer que Theo, famoso por ser sobrio, estoico y serio se dejara llevar e hiciera… idioteces.

-Está bien… -Acabó concediendo.

Así que Luna pasó a dar explicaciones. Al estilo de… bueno, de Luna.

-Dobby, sé que eres amigo de Harry Potter -comenzó la Ravenclaw, emocionada -Y necesitamos ayuda.

-¡Dobby ayudará a los amigos de Harry Potter! -chilló entusiasmado el pequeño elfo.

-Es para ayudar a Draco Malfoy… -comenzó la chica

La cara de Dobby fue un poema. Aquello parecía hacerle poca gracia y perdió el entusiasmo a una velocidad asombrosa. La desconfianza con la que el elfo los miró hizo reír a Theo. Luna pareció no darse cuenta.

-Necesitamos que transmutes esto... -Siguió Luna sin darse cuenta de nada, y le tendió una rama de árbol a Dobby- En una flecha. Negra.

-¿Una flecha? -Dobby no daba crédito a lo que oía, y la miró como si fuera algún tipo de paciente mental fugada. Theo no podía culpar a la pobre criatura de su desconcierto.

Pero no protestó mucho. Cogió el palo, y con un "ploop" hizo su magia. Allí tenían una flecha de arquería. Normal y corriente. Salvo que la madera, el metal de la punta y las plumas, eran negras como la noche.

-Gracias Dobby -canturreó Luna emocionada, tomando el objeto- ¡Eres muy amable! Si necesitas cualquier cosa no dudes en avisarnos...

Aquello pareció apaciguar un poco al elfo, que se marchó de allí muy confuso por la petición de los alumnos.

-Bueno, ya tienes tu flecha negra forjada con la magia de los elfos… -dijo Theo muy serio, intentando no reírse. Una hazaña no al alcance de cualquiera. -¿Y ahora qué?

-Pues según el libro, necesitamos un hobbit...

-Los hobbits no existen, Luna- Theo hablaba con suavidad, intentando no resultar grosero. A fin de cuentas, aquella chica le estaba haciendo la tarde muy interesante y no quería ofenderle- Y lo más parecido que podemos tener aquí es el profesor Flitwick, aunque técnicamente es un humano con enanismo y ascendencia duende...y de cualquier modo, no creo que se preste a esto.

Habían tenido una larguísima conversación en la biblioteca. Incluso cuando el pelirrojo amigo de Potter se marchó porque se aburría de no entender nada.

Pero misteriosamente-sin-cejas-Potter había escuchado con atención. Theo había puesto especial hincapié en no revelar nada sobre ese misterioso "amigo" que les había estado dejando caer información sobre como ayudar a Draco, pero sí sabía que Potter era de los buenos. Así que hablaron largo y tendido de lo sucedido. Al menos, de las partes que sospechaba.

Blaise comenzó a aburrirse tras un par de horas, y acabo marchándose cuando le dio hambre. Ginny se fue con él a saquear algo en las cocinas.

Así que se habían quedado Harry. Luna y Theo en la biblioteca.

-Así que ¿creen que lo que sea que le pasó a Malfoy, le pasó también a Hermione?- Preguntó Harry tras un buen rato de explicaciones.

-No exactamente… pero algo sí le pasó también a ella- Continuo el misántropo con suavidad- No sabemos que les ocurrió exactamente, ni que hechizo o maldición les afectó… ellos no han hablado de eso, pero lo poco que he podido investigar me lleva a pensar que la magia les afecto a ambos. Y que ayudar a Draco, podría darnos la clave para ayudar a Granger también -Era un Slytherin a fin de cuentas, Theo no pudo evitar intentar manipular un poquito a Potter para garantizarse la colaboración del héroe por excelencia del colegio, y a fin de cuentas, no estaba mintiendo -Basta notar como ahora que ella no esta aquí, los efectos de Draco son mas visibles… así que es más fácil dictaminar que funciona y que no...

Distraídamente, Harry se pasó los dedos por donde habían estado sus cejas y suspiró.

-Vale, no sé cómo puedo ayudarlos, pero pueden contar conmigo. ¡Aunque no lo hago por Malfoy!

Theo ató cabos enseguida. Draco se las había ingeniado para des-cejar a Potter. Sonrió internamente con cierto orgullo hacia su casa. Tocarle las narices a Potter era algo así como el deporte no oficial de Slytherin. Malfoy seguía siendo el campeón indiscutible en la disciplina mas difícil de dicho deporte: hacer perder la paciencia a san Potter y ponerle de los nervios hasta hacerle explotar.

Lo que incomodaba de verdad a Theo era el repiqueteo. Esas tres letras que Draco iba golpeteando por ahí con sus garras de manera compulsiva. Nott estaba convencido que ni siquiera él se daba cuenta. Que era algo nervioso y compulsivo. M. I. A. Una y otra vez. "mía". Theo empezaba a tener un mal presentimiento sobre a qué se refería su amigo. Uno pésimo. Algo tan compulsivo no podía ser buena señal. De hecho, ningún comportamiento de ese calibre, y menos en una situación como en la que se encontraba podía ser una buena señal.

Pero ya lo averiguaría luego. Ahora estaba con Luna. Esa chica le tenía de los nervios y despertaba su curiosidad de una manera anormal. Lo tenía en un constante estado de desconcierto. Normalmente, cuando la gente decía idioteces le ponía de los nervios. Es la maldición de los que son altamente inteligentes: que encuentran a la gente "normal" aburrida, densa, lenta, poco estimulante.

Pero Luna no era inteligente… era brillante. Y esa mezcla de inocencia, desconcertante excentricidad, y su capacidad para ver el mundo desde una perspectiva paralela, lo tenia en vilo. Era como una de esas novelas muggles de "Elige tu propia aventura". Cada vez que Luna le miraba podía elegir irse, o preguntar. Y por alguna razón que escapaba a su comprensión, siempre preguntaba. Y Luna se podía comparar a otra novela muggle, "Las mil y una noches". Porque cada pregunta llevaba a otra, y a otra, y a otra... Y Nott acabó viéndose a sí mismo como el sultán de esa historia, atrapado por su peculiar y fascinante Sherezade… una Sherezade de ojos azules un poco saltones y una larguísima melena rubia.

Así que el misántropo con fijación por la realidad estaba atrapado en el mundo alternativo que suponía Luna Lovegood, preguntándose cómo era posible que en todos los años de colegio no se hubiera dado cuenta del desafió que la Ravenclaw representaba.

Él entendía por qué la llamaban Lunática, pero poca gente sabía el origen de la palabra. Antiguamente, se refería como a lunático a alguien que sufría cambios como la luna, y cuya personalidad dependía de las fases del astro. Alguien que crece, que mengua, que brilla en el cielo o se oscurece dejando con su ausencia un vacío en el techo nocturno. Pero que sea cual sea su fase, sigue siendo la Luna... inmutable y eterna. Nott sonrió. Sí, el apodo de Lunática le iba pintado. Pero no por lo que la gente pensaba.

Una misma palabra. Dos perspectivas diferentes. Una única chica que lo tenía al borde del infarto mental y el colapso intelectual más absoluto.

Porque Luna no es que no supiera donde estaba la linea divisoria entre realidad y ficción… es que saltaba a la comba con dicha linea para luego cortar un pedazo y usarla de cinta para el pelo antes de ir a preguntar si alguien había visto un punkel de puás verdes por ahí, mientras daba sorbitos de su cerveza de mantequilla, y todo eso sin quitarse sus ridículas gafas espectroscópicas ni dejar de sacar unas notas altísimas, por que a fin de cuentas era una Ravenclaw y era increíblemente inteligente.

Así que ahí estaba, el misántropo con los pies en el suelo que tenía una perspectiva sólida y firme de la realidad, el más pragmático de entre los pragmáticos, que de pronto se ve atrapado por el magnetismo de Luna, como un cometa perdido que se ve arrastrado por el campo de gravedad de un planeta gigante gaseoso de ojos azules.

Y lo peor de todo es que no quería escapar. Theo estaba deseando conocer más y más de Luna. Descubrir ese enigma, resolver ese acertijo. Porque nadie podía ser tan ajeno a la realidad. Nadie podía ser tan inocente y tan… tan...

-Bueno, lo único que tenemos que hacer es evitar que Draco se una al Señor Oscuro -soltó Luna de golpe.

-¿Qué?- Theo vio sus pensamientos cortados de cuajo y miró a la chica como si fuera una especie de bicho exótico.

-En el hobbit, Gandalf es un poco como Dumbledore, ¿sabes?- comenzó la chica sonriendo- un Mago blanco y bueno con planes dentro de planes, dentro de planes… no sólo quiere ayudar a los enanos a recuperar su hogar ancestral, quiere evitar que Smaug, el dragón, sea reclutado por Sauron, el Señor Oscuro… y así prevenir que la bestia escupefuego se una al ejército que estaba reuniendo en Mordor...

Theo parpadeó. Abrió la boca para decir algo y un ruidito retorcido y estrangulado salió de su garganta. Cerró la boca consciente de que debía parecer alguna clase de retrasado mental y meditó las palabras que acababa de oír. Alguien muy, pero que muy inteligente le había hecho llegar ese libro a Luna, con su perspectiva única de la realidad.

-¿Te encuentras bien?- Luna ladeó la cabeza mirando a Theo con preocupación- Parece que un Pulsago te haya agarrado el escroto y haya retorcido esa parte tan sensible. Si empiezas a hablar con voz aguda me voy a preocupar...

-¿Un qué?- Theo no pudo evitarlo. La pregunta salió de su boca de manera explosiva. De manera instintiva se llevó una mano a los testículos y los palpó con suavidad, asegurándose que nada que no tuviera que tener allí estuviera dentro de sus calzoncillos.

-Pulsagos. Una raza muy desagradable. Mi padre dice que son una especie de parásitos masculinos que se aferran a las partes colgantes de los varones y las estrangulan. Son muy pequeños y la única forma de saber que estás infectado por ellos es porque la voz de los hombres se vuelve aguda, estridente o estrangulada...

Theo no tenía ni la más remota idea de lo que hablaba la chica, pero empezó a preocuparse.

-No, no tengo pulsagos… es sólo que me has pillado desprevenido, eso es todo...

El muchacho miró de nuevo el libro "El Hobbit" de J. R. R. Tolkien y tomó una decisión.

-Luna, ¿me lo podrías prestar? Me gustaría mucho poder leerlo...

-Claro, Theo, pero no es mío… -susurró la chica pasándole el tomo- Cuando acabes de leerlo habrá que buscar a su dueño para devolvérselo. Si no te molesta, voy a ir ha hacer unos carteles para pegar por ahí y que quién lo haya perdido sepa donde buscarme. Si aparece, te lo pediré para poder dárselo a su dueño.

-Sin problemas -Nott cogió el volumen y lo giró suavemente entre sus manos. Sin saber por qué, le sonrió a la chica. Y se sintió un autentico gilipollas al ver como ella lo miraba sorprendida y con las cejas arqueadas. Pero algo le decía que era mejor no dejar de sonreír, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Se quedo allí, tenso como la cuerda de un arco hasta que ella sonrió. Y de pronto, el mundo fue un lugar maravilloso. Una bandada de mariposas hiperactivas y con problemas de espasmos en sus alas atacaron su estómago desde dentro. Pero a la mierda la entomología: Luna le estaba sonriendo.

Con cara de haber inhalado vapores de mandrágora, Theo se despidió de la rubia y puso rumbo a la mazmorra de Slytherin para leer el cuento muggle y poner en orden sus pensamientos. Tenía mucho, mucho en lo que pensar.

Así que Luna se quedó sola con sus pensamientos y su flecha negra forjada por la magia de un elfo. O algo así. Pero esperaba que ese tal Tolkien fuera comprensivo, ella estaba haciendo lo mejor que podía con lo que tenía... esperaba que valiera.

Ahora Luna tenía que pensar bien lo que iba a hacer. Matar a Draco estaba descartado. Quizás poniéndole la flecha debajo de la pata delantera derecha como si fuera un termómetro igual funcionara… era más o menos lo mismo. Salvo la parte de la sangre, la cuestión empalatoria y eso tan desagradable de tener que matar a un compañero. Luna se quedó pensando un rato. ¿Los dragones tenían axilas? Porque si no era el caso, la teoría de la flecha negra iba a tener que ser descartada… por ahora no perdía nada con probar.

Pero tenía que pensar en un plan B. Y en un plan C. En alternativas, por si aquello no funcionaba.

Así que volvió a la biblioteca para exasperación de Madame Pince, y buscó un libro de acertijos y juegos de palabras. Esas cosas le gustaban a Smaug. Quizás a Draco también. Aunque ella no era una hobbit… cuando tuviera una buena pre-selección de adivinanzas tenía que ir a hablar con el profesor Flitwick. Al menos tenía el tamaño correcto, y bastante mala baba cuando se lo proponía, así que también podría ser un saqueador más que decente… si ese tal Bilbo Bolson podía hacerlo, un mago experimentado de tamaño mini, acostumbrado a tratar con brujos infantiles y adolescentes, no iba a ser menos.

"¿Qué será, qué es? Mientras más grande, menos se ve...

Leyó la chica. Lo pensó unos segundos...

-La oscuridad… -respondió. Sonrió, y apuntó el acertijo en el pergamino que sacó de la mochila.

"¿De qué llenarías un barril, para que cuantos más pongas, menos pese?

Luna soltó una pequeña carcajada.

-¡De agujeros!- Sonrió divertida anotando ese también.

Canturreaba mientras leía y planeaba su juego de acertijos. Iba a ser divertido e interesante.

Un rato después, movida por la curiosidad, fue a la sección de estudios Muggles. Y allí, con un sonido de coro celestial Luna descubrió que Tolkien tenía dos obras más relacionadas con "El Hobbit", y que el cuento que había leído era una especie de prologo de la historia. Sonrió. Agarró el enorme tomo titulado "El Señor de los anillos" y otro más pequeño llamado "El Silmarillion".

Se sentó en su rincón favorito y comenzó a leer.

Luna no fue a merendar esa tarde. Ni a cenar. Seguía en la biblioteca, leyendo como una posesa.

Cuando tras la cena, un alumno de primero aterrado fue al profesor Flitwick a decirle que una de sus alumnas se había vuelto loca y estaba gritando en el jardín intentando que un árbol le contestara, el pobre tuvo que suspirar sabiendo exactamente a quién se refería.

Y allí encontraron a Luna, delante del sauce boxeador, muy enojada. Esquivando grácilmente los golpes que las largas ramas le intentaban propinar.

-¡No sé por que te pones así! ¡Sé lo que eres! Eres un Ent... O un Onodrim, ¡un pastor de árboles! Se diga en el idioma que se diga, ¡es lo que eres!

Otro golpe por parte del árbol, otra vez que Luna tuvo que correr para no ser alcanzada por las violentas ramas.

-Oye, que no tienes por que ponerte así- se indignó la rubia- ¡Ya te lo he dicho un montón de veces! Sólo quiero saber si eres pariente de Bárbol, y si las pociones de agua de los Ent, esas que hacen para crecer, se pueden hacer para menguar... ¡Te he contado la historia! Draco es un dragón, pero es uno muy grande, si puedes hacer una de esas pociones para que reduzca un poco su tamaño, creo que seria mas cómodo para todos y mucho mas fácil para él… ¡Así podría ir a clase de forma normal!

¡Puum!, otro descomunal golpe por parte del árbol cuando la rubia volvió a acercarse demasiado. Esta vez Luna consiguió evitarlo por los pelos.

-¡Eres un maleducado y un desconsiderado! -le gritó la chica a pleno pulmón -hasta te había traído una bolsa del mejor abono del invernadero y una botella de agua mineral...

-Luna… querida… ¿qué haces?- Le pregunto el pequeño profesor a su alumna más única y especial.

-¡Este Ent no quiere colaborar conmigo!- Lloriqueó muy frustrada.

-Es un sauce boxeador, no un Ent...-dijo el profesor con paciencia, intentando recordar que diablos era un Ent, si es que era algo.

-¡Yo se que es un Ent! Tiene todas las características. Ademas, ser un Ent y un sauce boxeador no son excluyentes ¡Pero no quiere hablar conmigo!

-Es que los árboles no hablan… -Fillius empezaba a dudar seriamente de la salud mental de su alumna.

-¡Sí hablan! ¡Legolas lo dijo! Los elfos les enseñaron

El profesor de encantamientos abrió la boca y se quedó un rato así, intentando recordar si en las cocinas del castillo había algún elfo domestico llamado Legolas, y en cómo diablos el personal de cocina y limpieza del colegio podía enseñarle a hablar a los árboles.

-Luna, querida, es tarde. Vamos, te llevaré a las cocinas a que comas algo y luego vayas a descansar… -El profesor agarró a la chica del codo y comenzó a arrastrarla de nuevo hacia el castillo. Pero la indignación de Luna era demasiado grande.

Giró la cabeza y con el brazo libre alzó el puño hacia el sauce boxeador.

-¡Esto no ha acabado! Ya te enseñaré yo modales ¡Eres un Ent horrible y maleducado, y un grosero!

-Luna, deja de hablar con las plantas… -la instó el profesor, muy, pero muy preocupado.

-No hablo con las plantas. Sólo con los Ents. ¡Pero el sauce boxeador no me responde!

Flitwick suspiró cansado. Luna le caía bien, pero a veces no la entendía en absoluto.

-Por cierto, profesor- siguió hablando la chica tranquilamente- quizás más adelante necesite su ayuda, aún estoy ideando un plan, pero por lo que he investigado hasta ahora, voy a necesitar un saqueador.

El profesor ni siquiera supo que responder, así que se la quedo mirando con cara de pasmo y dejó que ella siguiera hablando.

-Por lo visto, es algo indispensable para solucionar problemas de dragones -Concluyó la chica como si aquello lo explicara todo.

-Un saqueador… -Flitwick no podía reaccionar, sólo caminaba con la chica del brazo por inercia.

-Sí, lo ideal por lo que he leído es que sea un hobbit, pero como no encuentro referencias a la localización geográfica de La Comarca ni de la Tierra Media, creo que usted es el más adecuado.

-Un saqueador… -volvió a repetir el profesor, cada vez mas confuso.

-No se preocupe, ya le avisaré cuando su participación en la aventura sea necesaria. Magos tenemos de sobra, pero aún me falta encontrar trece enanos barbudos… y un pony llamado Barril.

El profesor prefirió dejar de hacer preguntas. Aquello era surrealista. Así que sencillamente llevó a Luna a las cocinas. Cuando uno de los elfos le pregunto si su Flecha Negra le había sido de utilidad, Fillius prefirió no hacer preguntas al respecto.

La vio comer un enorme bocadillo de carne fría y un trozo grande de pudin de manzanas, y luego la condujo a la torre de Ravenclaw para que se metiera en la cama.

Lo único que tenía claro el profesor de Encantamientos era que Luna Lovegood había tenido suficientes aventuras por un día.

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Theo, en su dormitorio, había comenzado a leer "El hobbit". Cuando iba por la mitad, recordó el marca páginas. Lo leyó. Le dio la vuelta, y leyó la otra cara de la cartulina. Alzó las cejas incrédulo. Alguien se había tomado muchas, muchísimas molestias.…

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Lejos, muy lejos de cierto castillo de Escocia, en una pequeña casa en un barrio residencial londinense, una joven doncella de cabello castaño, muy somnolienta, estaba en su cama leyendo un cuento a un niño pequeño más dormido que despierto. Estaban en la cama de ella, hechos un ovillo bajo la manta. En esta ocasión, la chica leía en voz alta "La Historia Interminable" de Michael Ende, pero como dice esa misma obra, esa es una historia que debe ser contada otro día.