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Capítulo 9


Fue acertado el tipo de embarcación que el resto de los hombres eligió, pues además de ser lo suficientemente rápida, tenía unas modificaciones en los mástiles de mesanas que le daban mayor distribución al central, así que las velas contaban con más espacio para recibir cualquier tipo de corriente de aire y aprovecharla.

Ahora estaban cerca de un pequeño puerto del lugar que llamaban "Yucatán", después de dos días y medio de navegación ansiosa y diligente.

Algunos hombres ya estaban fuera consiguiendo las provisiones necesarias, otros agua, pues al partir con tanta prontitud, nadie se preocupó por un "tonto detalle" que, conforme pasaron los días, amenazó con alterar de forma importante la disciplina que los propios tripulantes guardaban con escrutinio.

De todos modos nadie se atrevió a quejarse.

Con todo lo que había pasado en Campeche, eran conscientes de que el Capitán Kirkland no tendría ni una pizca de piedad con el pobre imbécil que deseara pasarse de listo, por lo que un ambiente silencioso y resignado sofocaba la embarcación.

Era mejor que devorarse entre sí, o por el inglés.

Nadie quería forzar la situación más de lo que ya estaba.

Nadie quería creer que aquello había sucedido.

El de ojos verdes contuvo el aire mientras cambiaba el vendaje que se ceñía a su abdomen, fastidiado por el repetitivo movimiento que le quitaba lo poco que le quedaba de paciencia, aunque también tenía que ver ese diminuto camarote de segunda que no lo dejaba desplazarse bien.

Crujió los dientes. Frunció el ceño. Chistó hastiado al sentir a la perfección el corte de su estómago y las punzadas de dolor que le dificultaban respirar.

Maldito mocoso.

El primer día descubrió con cierta extrañeza que, a pesar del ardor en la herida infligida, no era demasiado grave… no al grado de preocuparse por perder la vida.

Era profunda, de un tamaño bastante considerable, con el riesgo latente de que se infectara… pero fuera de eso, conforme prosiguió con la atención, no tocó ningún órgano vital y tampoco provocó una hemorragia de importancia.

Al principio pensó que fue cuestión de suerte, alguna falla por el modo tan imprevisto en que se clavó el metal… sin embargo, en tanto comenzó con las curaciones pertinente, descubrió que fue precisión.

Pura y malnacida precisión que no buscaba arrancarle su existencia, sino sólo invalidarlo, incapacitarlo, dejarlo expuesto y vulnerable como una maldita vaca antes del matadero.

Eso lo halagó hasta cierto punto, porque significaba que era un trofeo.

Seguramente procedió así porque quería ejecutarlo frente a una audiencia, ya fuera la de Campeche o la de Sevilla.

Quería exhibirlo, humillarlo públicamente al encaminarlo encadenado hacia la horca; alzarlo como el premio mayor que nadie se imaginó obtener alguna vez; demostrarle al mundo que había sido lo bastante inteligente para acorralarlo y provocarle una herida que lo inmovilizaría, listo para llevarlo vivo y derrotado ante la corona española.

Era un interesante pensamiento… aunque no le ayudaba en vista de que con eso no se deshacía de la constante dolencia.

Manera perfecta de joderle lo que les quedaba de travesía, gracias.

Suspiró mientras buscaba la nueva venda y sostenía una compresa fría sobre la abertura.

Podría estar mejor si Alfred se hubiese tomado el tiempo de atenderlo… claro, no era médico ni mucho menos, pero eran útiles los conocimientos básicos de medicina que tenía gracias a algunas lecciones que Levi tuvo la habilidad de instruirle. Ya se trataba de una gran ventaja que al menos alguien supiera cuál era la diferencia entre alcohol y ron, o cómo no calentar un clavo para cauterizar.

No podía quejarse, de cualquier modo.

Su Primer Oficial estaba cumpliendo con el encargo de mayor importancia hasta la fecha: mantener con vida al Capitán Fernández.

Desde que zarparon se había dedicado exclusivamente a eso, sólo saliendo del otro camarote cuando necesitó un par de manos que dirigieran el timón por unos minutos.

Lo notó cansado, algo demacrado y delgado a comparación de otras veces, con unas ojeras profundas que indicaban el esfuerzo realizado… empero, no se quejó en ningún momento, al contrario: parecía que trataba de salvar la vida del prisionero por una razón más profunda que sólo la de acatar su orden.

No era estúpido.

Sabía que algo pasó entre esos dos… algo lo suficientemente relevante como para que "Alexander" se hubiese distraído en el momento justo de ejecutarlo, y tan elemental como para que Alfred hubiera evitado que se deshiciera de él… que bueno, al final resultó muy conveniente, pero eso no lo distraía de la cuestión principal.

En primer lugar, ¿Cómo se conocían? ¿Desde cuándo?

… uhn, tal vez fue cuando lo envío a la ciudad amurallada la primera vez, porque cuando regresó estaba… diferente… más distraído, más soñador y nostálgico… quizá comenzó a suspirar demasiado y a mirar anhelante hacia el otro lado del mar…

Y justo en el instante en que lo empujó para salvar al otro, observó una perfecta confusión…

No sabía nada… al menos, ya no lo sabía…

Por otro lado, esa vez el moreno también parecía bastante desconcertado… o mejor dicho, trastornado…

"Odio a los piratas", eso fue lo que dijo sin vacilar… ¿significaba que no sabía que Jones lo era?

Explicaría varias cosas…

—Tsk — chistó al sentir como la tela se desacomodaba, rozando su herida — Bloody Hell, ¡tengo que empezar de nuevo!

Por ahora estaba bien así.

Las condiciones del viaje no eran las más adecuadas para iniciar una conversación tan seria, y ninguno de los dos contaba con el tiempo o con el humor.

Eso no significaba que lo olvidaría.

Tenía que saberlo todo, incluso los detalles que podrían saberle mal o extraños: esta vez quería calcular lo más posible, y así no cometer un nuevo error por mera arrogancia.

Serviría también para el menor, porque debía quedarle absolutamente claro que no existía futuro para una amistad, convivencia o lo-que-fuera que pasara por su mente. De ningún maldito modo.

Fernández le serviría para un propósito más grande, y al final desaparecería.

Igual que todo lo demás.


Esto no estaba bien, ¡no lo estaba!

Tomó el paño de la frente de Alejandro y la sumergió en el agua fría, colocándola otra vez mientras preparaba otras que colocaría en su estómago y debajo de sus axilas.

La fiebre no bajaba desde la noche pasada, y conforme transcurrían las horas en la misma condición, una latente desesperación amenazaba con sumergirlo en pánico.

Tenían que llegar a tierra para tener una posibilidad de salvarlo, ya que la temperatura era el menor de los problemas: todavía estaba la herida del pecho que no sólo no sanaba, sino que comenzaba a infectarse, y por haber perdido tanta sangre se encontraba muy débil como para sobreponerse con ayuda de técnicas tan básicas de tratamiento.

Solamente había podido cauterizar la parte de la herida en su espalda, lo que indicaba que la bala lo atravesó limpiamente. Eso era ventaja dado que podía enfocarse en la sanación y no en la extracción de un elemento que aceleraba el deceso.

También, en busca de que la infección no penetrara más y evitar que se convirtiera en gangrena -que lo obligaría a extraer la piel infectada, e incluso abrirle el pecho para remover el músculo dañado-, usaba el agua clara combinada con gotas de un básico alcohol que encontraron en la bodega para purificar… no obstante, eso acarreaba terribles dolores, y aun sin despertar, el moreno no dejaba de quejarse y retorcerse como reflejo.

Del mismo modo, de ningún manera le haría una sangría, ¡complicaría todo terriblemente! Y no sabía si existía algún modo de… devolverle parte del líquido vital, ¡ni idea! Nunca escuchó de una cosa así, y si alguien sabría sería Levi, pero hasta llegar a La Juana.

¡Era precisamente tiempo lo que no tenían!

Y a pesar de que esa fiebre se notaba como lo menor del cuadro, si duraba más, no tenía idea de qué tipo de daños podría causar en la consciencia ajena.

¡Mierda! ¡Ahora venía a descubrir que realmente no sabía hacer nada!

Don´t worry, Alex — trató de sonreír y sonar lo más animado posible — ¡I´m here for help you! You´ll be better, ¡I promise you!

Cambió de nuevo la tela, mordiéndose el labio al ver como respiraba con prisa. Parecía que cada bocanada era ansiada y muy costosa, como si fuese a ser la última.

¡No! ¡No dejaría que muriera! ¡No importaba qué tuviera que hacer, pero no permitiría que eso pasara! ¡Fallar no era una maldita opción! ¡Estaría mil veces agradecido por verlo recuperado, aún si eso significaba que lo odiara, que tener que lanzarlo al mar en respuesta de que su presencia no había valido de nada! ¡Ese futuro no era posible y no lo aceptaría!

Esperaba que los hombres volvieran pronto del puerto, ya que le había encargado a uno que le trajera ciertas yerbas y algunas medicinas de la botica que podrían ayudarlo.

Le ordenó, bajo la pena de ejecutarlo él mismo, que las robara si era necesario, ¡tenía que conseguirlas como fuera!

Hubiese sido mejor llamar a un médico ya que estaban ahí, ¡claro que lo sabía! Sin embargo, lo más probable era que ya se hubiera corrido la voz de que el Capitán Fernández había sido tomado prisionero por piratas, y si alguien los reconocía, tendrían que luchar.

Por las condiciones en que terminaron no se hallaban en la mejor posición para hacerlo, y aún si lo lograban, dejarían muchas provisiones que necesitaban.

Esto era… un completo desastre.

Suspiró largamente, casi rogando que alguien lo despertara de aquella jodida pesadilla.

¿Qué había sido eso? ¡¿Qué diablos había sido todo eso?! ¡¿Por qué?! ¡¿Qué estaba haciendo Alejandro en el fuerte?! ¡¿Por qué peleaba contra Arthur?! ¡¿Por qué carajo, entre todas las personas, él tuvo que ser ese tal Fernández con el que tanto quería pelear su Capitán?! ¡Porquería, todo aquello era una completa porquería!

Se esforzaba por creer que era un error, una mala jugada de la Divinidad, el producto de mucha tensión… o que el de ojos rojos sólo había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado…

Pero no era así.

No había algo que le indicara realmente que sólo había sido una víctima de las fatídicas consecuencias.

No.

Sin ninguna duda, él era el sujeto que había destruido el Black Gold, quien ideó la estrategia para acabar con más de la mitad de la tripulación, ¡quien los acorraló como unas malditas ratas sin talento, o quien estuvo a punto de matar a Arthur! ¡Todo era verdad! TODO.

Recordó el rostro que hizo cuando volteó a verle.

Maldición…

… no se lo esperaba… nunca pasó por su imaginación que se encontrarían otra vez de aquella forma…

Se quedaron paralizados, incrédulos, casi rogando en su interior que no se tratara de la jodida realidad…

Logró observar en sus orbes el mismo desconcierto que seguramente transmitieron los suyos.

¡Shit! — dijo por lo bajo, mirando el sueño atormentado que tenía el otro — ¡Todo debe ser una asquerosa mentira!

No, no lo era, y lo sabía a la perfección.

Remojó el paño, desesperándose porque las medicinas no llegaban, ¡¿por qué tardaban tanto?! ¡La vida de esos hombres no valía ni un poco lo que la de Alejandro! Y no sólo por la repentina importancia que le había dado el inglés, sino porque…

Nada podía evitarse.

Incluso pedir clemencia estaba fuera del alcance.

Qué… ¿qué pasaría después?

Si llegaba a recuperarse… si todo salía bien… ¿qué pasaría?

¿Qué le diría al ser evidente que era un pirata? ¿Qué le diría cuando fuera obvio que lo hicieron prisionero?

… ¿Cómo lo trataría Arthur? ¿Qué era lo que buscaba con él, llegando al grado de perdonarle la vida?

¿Qué pasaría cuando no tuviera oportunidad de acercarse dado que debía responder a su cargo de Primer Oficial?

¿Qué… pasaría con ellos?

¿Ya no serían… amigos?

¿Ya no habría nada? Conversaciones espontáneas, miradas de complicidad, palabras sin sentido que encontraban un astuto receptor…

… todo lo que surgió en tan poco tiempo, con esa fuerza, con la naturalidad, la amistad… ¿ya no estaría?

… ¿sería este el mismo Alejandro Fernández que conoció aquella mañana?

¿Él mismo sería igual que el que amaneció adolorido, sintiéndose por primera vez acogido sin que importara nada?

¿Qué pasaría?

—¡Oficial! — entró al fin el hombre que esperaba — ¡Aquí está lo que pidió!

—¡Dame eso! — le arrebató el paquete, hallando todo lo necesario. Sonrió con un poco más de alivio — ¡Bien hecho! Ahora, tráeme un balde con agua clara y algo de fuego, ¡rápido!

El sujeto salió en busca de los objetos, y él vació en un plato parte de los ingredientes: los trituraría y los calentaría para hacer un ungüento que ayudaría a la desinfección, ¡no había tiempo que perder!

Se movió tan rápido como podía. Hizo todo tan rápido como podía.

Lo prometió: se pondría bien, ¡lo salvaría!

Y entonces, sin importar el resultado, estaría ahí para saber qué sucedería después.

Cualquier cosa era mejor que verlo morir y dar por perdido cada elemento de ese alegre cuadro que esperaba volver a presenciar.

Eso hacían los amigos.

Él lo seguiría siendo a pesar de lo que viniera.