Notas: muy bien, mi beta me recomendó esto hacía un tiempo, así que lo pondré por si existen confusiones xDDD

Carlos Levi es Cuba

Madeline Williams es la Nyo de Canadá

¡Sean felices! :DDD Y ahora el capítulo~


Capítulo 10


Arribaron a La Habana cuatro días después de recoger provisiones en aquel puerto de la península.

Por supuesto que no anclaron en la zona principal de las embarcaciones, sino en una más alejada, oculta, en donde no corrían ningún tipo de riesgo.

De inmediato varios chicos fueron enviados a buscar a Carlos, quien llegó poco tiempo después con una maleta en donde guardaba todos los instrumentos necesarios de su oficio. Madeline venía con él, así que no sería necesaria su presencia a modo de apoyo.

Lo que sí hizo fue informar del estado del herido, los riesgos de infección y lo que trató de hacer para evitarlo. Levi agradeció el reporte, y dando un rápido vistazo a las condiciones de Alexander, realizó que debía operar ya, ahí mismo. Sin embargo, al momento de preguntarle si las cosas irían bien, no se atrevió a asegurar el resultado, mucho menos el procedimiento, ya que la pérdida de sangre disminuía las posibilidades de que el paciente soportara el tiempo requerido.

Arthur dejó en claro que hiciera lo imposible por salvarlo, y él lo repitió con mayor energía, importándole poco si despertó sospecha en alguno de los presentes. Levi lo entendió, no supo hasta qué grado, pero la mirada que le trasmitió significó parte de alivio para su inquietud. Enseguida pidió que los dejaran a solas, teniendo que obedecer muy a su pesar.

Kirkland y el resto de los chicos se fueron al bar de Madeline, donde había habitaciones suficientes y en que encontrarían todo el licor posible, líquido que muchos necesitaban con urgencia, en especial el de ojos verdes: estaba herido -por supuesto que no lo olvidó-, y aunque no existía el peligro de infección, podía esperar un poco para ser atendido siempre y cuando hubiera alcohol a su lado. Él mismo lo afirmó al decir que la dolencia se iría cuando ingiriera cantidades peligrosas de ron y whisky.

Lo que sí le ordenó fue que permaneciera a bordo de la nave para cuidar el perímetro: debía estar atento a lo que necesitara el médico. Lo agradeció en silencio y acató con toda la disposición posible.

No sabría cuánto tiempo transcurrió.

Tampoco cuántas vueltas dio en frente de esa madera cerrada que no le decía nada.

No supo el número de gaviotas que vio volar, y menos las gotas de agua que alcanzó a contar de un pequeño charco en medio de la cubierta.

Se quedó ahí esperando, ignorando el hambre, la sed y el cansancio, más no la molestia en su cabeza por la ansiedad de saber qué sucedía.

Tenía que estar bien. No existía otra opción.

La puerta del camarote se abrió cuando el sol pasaba ligeramente del cenit.

Vio salir a un Carlos cansado y a una Madeline sonriente, lo que indicaba que todo había salido a la perfección.

No podía estar más feliz por ello.

En un segundo ya se encontraba a su lado, preguntando cuanta inquietud viviera todavía en él.

Le dijeron que el chico tuvo mucha suerte pues, aunque el ungüento que le colocó ayudó de mucho, ya estaba en el límite de su resistencia y tenía principios de gangrena, sin mencionar que estuvo a punto de sufrir una parálisis del corazón por el ritmo tan rápido del palpitar que provocó su alta temperatura.

Ahora ya estaba fuera de peligro, pero debía cuidarse la fiebre que seguramente atacaría y era básico trasladarlo a un lugar más ventilado, cosa que tenía que ejecutarse con sumo cuidado.

Entendió a la perfección y le agradeció sinceramente… claro, no comprendió el punto de la risilla de ella, ni la sonrisa burlona del moreno, empero, era más importante comunicar el resultado a Kirkland.

Corrió hacia el bar y le informó los progresos, regresando por Fernández en compañía de 5 de los elementos más fuertes que tenían.

Así, para la tarde media, el Capitán de la Real Marina Española ya estaba en una amplia habitación del local, descansando con evidente mejoría y una faz más recuperada.

Suspiró con tranquilidad. Sonrió con una alegría casi adormecedora que hacía saltar su corazón.

Nadie tenía idea de lo aliviado que se sentía, de la felicidad auténtica que le quemaba por dentro.

Nunca encontraría la manera de agradecerle a Levi, eso era claro.

— Estará bien — le habló de repente la de ojos lila, curveando los labios con ese bonito sonrojo en sus mejillas — Sólo necesita algo de tiempo.

— Lo sé — lanzó una exhalación animada y se acercó a la puerta — Por un momento llegué a creer que…

— Era natural — interrumpió, mirándolo con comprensión — Cuando Carlos lo estaba atendiendo, pensó que no sobreviviría — quien sabe qué gesto debió poner, pero le provocó un puchero que ella lo observara con tanta complicidad — Afortunadamente salió bien, ¡tú también contribuiste!

— S-Sólo hice lo que me enseñaron — se sintió en evidencia. No supo por qué — ¡No podía quedarme de brazos cruzados!

— Fue una bala, ¿cierto? — usó un tono más serio — Lo atravesó por completo. Casi alcanzó arterías de importancia y le perforó la parte superior del pulmón.

— Sí… un disparo — ese momento fue como una pesadilla — Hubo demasiada confusión esa vez.

— Debe ser muy importante este chico.

— ¿Qué quieres decir?

— Que lo mantuvieron mucho tiempo con vida, a pesar de que las posibilidades eran mínimas — lo miró con leve curiosidad — Lo más sensato hubiera sido… dejarlo morir.

— ¡Esa no era una opción! — saltó de repente, asustándola — ¡No podíamos dejar que sucediera! ¡No después de todo lo que pasamos!

Esa batalla ahora parecía algo demasiado lejano… ¿en verdad había sucedido? ¿No fue un mal sueño?

Ojala que así hubiera sido.

— A-Alfred… ¿qué fue lo que pasó? — preguntó con cautela — N-No llegaron en el Black Gold, no arribaron ni la mitad de los hombres que se fueron, y Arthur recibió una herida lo bastante precisa para que C-Carlos se replanteara por completo la anatomía humana… y luego este joven… — miró al moreno — N-Nunca lo había visto antes… ¿quién es?

Esa fue la pregunta más difícil que le habían planteando en toda su vida…

— No puedo darte detalles, pero… — suspiró con inconfundible pesadez — Te aseguro que todo se complicará.

No era justo.

De ninguna maldita forma lo era.

— Te gusta, ¿no?

… esa fue la pregunta más extrañamente incómoda que le habían planteado en toda su vida.

— ¿Q-Qué? – volteó a verla por inercia — Mad, ¿de qué estás hablando?

-B-Bueno, es que parece que te preocupas mucho por él.

— ¡Eso es normal! — el ambiente tomó de pronto un rumbo muy distinto. De cierta manera lo agradeció, y también lo confundió — Es cuestión de principios, ¡nadie muere bajo mi cuidado!

— Tiene mucho sentido- ¿por qué le sonreía así? — Me gustaría saludarlo cuando despierte, parece muy agradable.

— ¿Tú crees? — él opinaba lo mismo — Bueno, no puedo negar que es verdad.

— También es muy guapo.

— También es muy… ¡hey! — frunció ligeramente el ceño — ¿"Muy guapo"? Nunca había escuchado que dijeras eso de un hombre.

— ¡L-Lo siento! — sonrojó — E-Es que me lo pareció y…

— ¡Jum, pues muy mal — infló las mejillas en un berrinche gracioso.

— N-No era mi intención que te pusieras celoso.

— Celo… ¿qué? — se coloró de golpe, recibiendo una nueva risa — ¡Y-Yo no estoy celoso! ¡No tendría que estarlo por alguien que es sólo mi amigo! ¡There is nothing more to say! — hizo un movimiento con la cabeza, indicando que lo siguiera — Vámonos, dejémoslo descansar.

Cerró la puerta en silencio, esperando no haber hecho demasiado ruido con esa charla que, a pesar de no tener mucho sentido, le hizo respirar con un poco más de normalidad. Madeline siempre sabía cómo relajarlo, aunque sus métodos podían ser extraños.

¿En verdad había sido tan inusual la cuestión?

Era mejor lo inusual que la realidad, francamente.

Porque cuando despertara, tendría que volver a ella sin ninguna escapatoria.


Las actividades de la tripulación del Capitán Kirkland no se detuvieron mientras el prisionero se recuperaba.

Había dos problemas básicos que resolver: la pérdida del Black Gold y el deceso drástico del personal.

Para que lo segundo se solventara debían obtener lo primero, y para lo primero necesitaban lo segundo… vaya, tenía un tiempo que no se encontraban en ese tipo de dilemas.

Personalmente se ocupó más o menos de la tarea del reclutamiento, visitando distintos bares, prostíbulos, puertos y calles para difundir el rumor de que se necesitaban hombres para un barco "de actividades inciertas". A la vez, propagó determinadas fechas y sitios específicos donde el propio Capitán se encontraría para llevar a cabo las entrevistas… o algo así.

Claro, pensaba que esa no era una tarea de la que Arthur debería preocuparse, pero él insistió: argumentó que no pondría en las manos de cualquier pobre diablo la seguridad de la futura nave, de los hombres o de las batallas; no admitiría perder su tiempo con estúpidos que huyera cuando fuera necesario, o con aquellos que tuvieran la mente tan débil como para traicionarlo.

Bueno, sabía que era bastante quisquillos cuando se trataban de desconocidos, así que sus razones le parecieron suficientes para dejarlo hacer lo que quisiera: menos problemas para él y para los sobrevivientes.

Además, expresamente, el inglés le encargó vigilar a Fernández, ya que luego de dos semanas desde esa cirugía, despertaría de un momento a otro y no quería descubrir que había escapado o encontrarlo muerto desangrado en medio de la calle.

Estuvo de acuerdo, por lo que pasaba la mayoría del tiempo haciendo rondas en ciertos intervalos para ir a verlo. De igual forma se aseguró que sus ventanas no estuvieran abiertas, salvo las de la parte superior -cerca del techo-, y que la puerta no pudiese cerrarse desde adentro. Alejar algún objeto que fuera capaz fungir como arma peligrosa también fue eliminada.

Precisamente ahora estaba en la habitación, distrayéndose con las ilustraciones de algún libro que Mad le prestó sobre las ciudades de Londres.

Nunca había estado en ese sitio –por obvias razones-, pero le parecía interesante cómo los sitios se desarrollaban a velocidad impresionante, con una belleza distinta que no valía la pena comparar con la de varios sitios de El Caribe y de la propia Nueva España. Quizá algún día podría pasear por una ciudad sin preocuparse por ser identificado… o hacerlo mientras portaba un disfraz decente.

Pasó la vista al moreno, quien ya se notaba grandemente recuperado.

No había sido sencillo: resultaban agobiantes -en indefinibles aspectos- desde las visitas que daba Levi, hasta cómo debían "obligarlo" a comer como una jodida vaca desahuciada; el aseo y el cambio de ropa –que de eso se encargaba la de ojos lila-, contando algunas desvelas que realizó por sus repentinas fiebres; su inconsciente molestia corporal, o los quejidos que emitía en medio de sueños.

Se esforzaba con gusto a pesar de que el cansancio muchas veces lo sacaba de quicio, pero estaba bien en vista de que valía la pena.

El asunto de la herida mejoraba igual, puesto que sanaría correctamente con el tiempo… sin embargo, serían inevitables los dolores y las molestias en lo que sucedía.

Sí, todo estaba bien en ese aspecto…

Y no tanto el que le incumbía con Arthur.

Él seguía sin compartir sus planes, sin dar una mínima pista salvo la de que Alejandro se recuperara.

El cambio de actitud no le daba un buen presentimiento, y mucho menos esa paciencia que se esforzaba por tener cuando, claramente, sólo quería aventar al moreno desde el último piso del Palacio de Buckingham. Nada estaba bien con eso, y al pasar tiempo separados por sus distintas actividades, no le dejaba mucho espacio para cuestiones.

Las cosas empeorarían, lo sabía… y todo a partir de que el prisionero despertara.

Ver otra vez esas pupilas de color rojo oscuro sería lo más feliz… y lo más trágico que sucedería.

Casi no podía esperar. No para lo que fuera que sucediera.

— U-Uhn…

… se quedó congelado de pronto, empero.

Miró hacia la cama en un instante.

Se le cayó el libro de las manos en el otro.

Fernández estaba moviéndose despacio, quejándose levemente como se hacía cuando se buscaba una posición más cómoda.

Oh, Dios.

No se movió ni un poco en lo que duraban sus ligeras acciones.

El mundo pareció desaparecer para que sólo se concentrara en aquello.

Que sucediera de una vez.

Era mejor que quedarse toda la maldita vida preguntándose por el siguiente paso.

Aspirando una gran bocanada de aire y abriendo los ojos de golpe, Alejandro despertó.

Al fin lo hizo.

Pareció desconcertado, muy confundido… casi con la mente en blanco mientras perdía la vista en el techo del lugar.

Su respiración se reguló.

Sus músculos se relajaron.

El movimiento reflejo de las manos sobre las sábanas fueron constantes.

El parpadeo lento indicaba que estaba asegurándose, quizá, de que seguía con vida.

Tan vivo como rogó interiormente que lo estuviera.

Movió un poco la cabeza, emitiendo un gesto de dolor.

Miró hacia la derecha, hacia la izqierda, y por último, al frente.

Fue entonces que se toparon.

Sucedió en un momento.

Esas pupilas con tal tonalidad, que lucieron inconscientes, se activaron con fuerza.

Pasó por toda clase de emociones en una fracción de tiempo: confusión, sorpresa, resolución, frialdad, molestia, ira, odio…

Observó a detalle cómo recuperaba sus recuerdos a toda velocidad, a la vez que resolvía su situación y definía con claridad la clase de emociones que buscaba transmitir con todo su desprecio.

No se parecía en nada a lo que fue su primer encuentro.

No hubo nada que decirle, a pesar de que necesitaba hacerlo.

No podía disculparse por el ataque, por el secuestro o por el papel que ahora tenía.

No podía decir nada del previo tiempo que pasaron juntos, porque eso demostraba que sólo se habían mentido desde el inicio.

No podía hablar de la herida, los días, lo que sucedió hasta ese momento, ya que no venía al caso pretender normalidad que no existía.

Y definitivamente, no podía rogar perdón por ser un pirata.

No se arrepentiría de lo que era ni lo que con eso sentía, pues sería negar toda una vida que había visto como buena y provechosa.

Sería darse la espalda a sí mismo.

No había nada que decirle, a pesar de que se moría por hacerlo.

Lamentó la forma en que pareció buscar rápidamente con la mirada algo que tomar, cualquier cosa que le permitiera lastimarlo.

Se mordió el labio con agresión al escuchar su gemido de dolor al tratar de moverse, al igual que su mueca de impotente furia.

No era justo. De ninguna maldita forma lo era.

— ¿Eh? ¿Así que ya te despertaste?

Antes de que lo notara, Arthur ya estaba recargado en el marco de la puerta luciendo tan fríamente relajado, tan fríamente burlón, que fue imposible no darle justificación a la actitud defensiva del de ojos rojos.

Se irguió y caminó con completa seguridad hacia el interior observándolo, estudiándolo de arriba abajo, buscando algo en esas facciones que no comprendió.

— ¿Qué tal está su herida? — le preguntó apenas mirándolo de reojo.

Tragó con discreción.

No había manera de detener nada.

— … mejoró.

— ¿Puede abrirse?

— Con movimientos bruscos.

— ¿Existe peligro de infección?

— Ya no, si sigue el tratamiento.

— Excelente.

Con un par de apresuradas zancadas llegó hasta su lado, y tomándolo con mucha fuerza del brazo, lo sacó de la cama. De esa forma, lo obligó a que respondiera una acción que su cuerpo entorpecido no alcanzó a captar.

Fue inevitable que se doblara, con las piernas temblando y trastabillando, tropezando sin reparar en el quejido de dolencia que no se comparaba con su imagen débil y cansada.

Si tan sólo pudiera…

El inglés no hizo caso: de nuevo lo jaló, esta vez con más brusquedad para forzarlo a caminar.

No respondió de forma adecuada y una rodilla pegó en el suelo importándole poco al otro, quien le gritó secamente que se pusiera de pie. Recibió una mueca de padecimiento y un leve gemido que lo exteriorizaba, apenas consciente de lo que se le pedía.

Frunció el ceño.

El primer impulso que tuvo fue reclamarle que no lo tratara así, alejarlo de él y depositarlo otra vez donde estaba, ¡aún no se recuperaba, maldición! ¡No podía llegar como si nada y fingir que podía usarlo sin interesarle lo demás!

Pero recordó.

Recordó la posición en la que se encontraba. Aquella en que no se trataba solamente de Alejandro, sino del Capitán que había destruido su nave, quien eliminó a gran parte de la tripulación, el sujeto que casi lo mató…

Ese chico era un peligro, un elemento que sería borrado en cuanto el mayor lo decidiera, y que lo forzara de esa forma apenas era un indicio de lo que le esperaba más adelante.

Y él lo presenciaba sin poder hacer nada.

Los siguió de cerca cuando salieron de la habitación y bajaron por las escaleras, hasta llegar a la zona pública del lugar; de ahí dieron vuelta a la izquierda, descendieron por una rampa y se encontraron en un sitio que apenas era iluminado por las básicas lámparas de aceite.

Se detuvieron frente a una puerta de madera podrida reforzada con acero.

Al abrirla, se vio un cuarto muchísimo más pequeño que el anterior, oscuro, húmedo y lúgubre, sin más ventanas que las rendijas con barrotes a la altura del techo; algunos insectos y ratas caminaban por el suelo, además de que un olor putrefacto invadía sin remedio; cadenas se distinguían colgando de las paredes, una bandeja en la esquina derecha y otra a la izquierda eran los elementos de importancia.

Lo único que ya no se notaba de ahí, era el catre oxidado pegado a la pared frontal… tal vez recientemente lo habían trasladado para "gusto" del visitante.

Sintió un dolor en el vientre al deducir lo evidente: se trataba de un calabozo.

Kirkland entró de inmediato junto con el chico, a quien aventó sin la menor delicadeza sobre el catre.

Se colocó frente a él con una actitud soberbia, exigente, plagada de cinismo, ignorando el grito que lanzó de molestia y la pérdida de su aliento.

Le dolió verlo retorciéndose con torpeza en esa tela grisácea, desesperado por quitarse las punzadas en su organismo. Apenas lo consiguió sentándose y recargando la espalda en la fría pared.

— ¿Cuál es tu nombre?

Lo miró con extrañeza…

… ¿nombre? ¿Por qué le preguntaba algo así? De todas las cuestiones que imaginó, nunca se le ocurrió que comenzaría con aquella… ¿qué tenía que ver? ¿Y no lo sabía ya?

Tampoco comprendió el nulo ceño que transmitió el más joven y la forma en que afiló las pupilas, completamente a la defensiva.

No respondió… y eso ameritó que un puño firme y certero atacara su mejilla sin consideración.

-— Cuál es tu nombre? – preguntó de nuevo cuando volvió a mirarlo. Un hilo de sangre caía por su labio roto — Anda, sé un buen chico y dímelo de una vez.

Entonces le aventó a sus piernas un… objeto pequeño, del tamaño de una moneda que brillaba aún con la carencia de luz. No tenía idea de qué se trataba, pero el otro sí, ya que con sólo estudiarlo un segundo levantó apenas una ceja, sin cambiar su gesto en general.

— ¿Cómo está Antonio?

¿"Antonio"? ¿Quién era…?

— Han pasado años desde la última vez que lo vi, ¿al fin se está quemando en el infierno, o el muy malnacido sigue respirando?

La duda no fue respondida.

¡PAS!

Un nuevo puño atacó la misma mejilla, ahora sacando sangre de la nariz ajena y logrando que el otro escupiera parte de ese líquido hacia un lado, impotente ante las agresiones.

Arrugó la nariz y apretó con ira sus manos, permaneciendo en su sitio con gran esfuerzo.

Esto no podía seguir así.

No podía dejar que continuara.

— Y bien… — suspiró con ligero fastidio — ¿No me dirás nada?

Silencio.

— Ya sé, ya sé, déjame adivinar — sonrió de lado, despectivo — Apuesto a que tu nombre es… Alejandro Fernández Carriedo de Velazco y Mendoza, ¿cierto? — rió ligeramente — Jah, vaya, ¿quién lo diría? No creí que Antonio tuviera hermanos, o incluso un hijo.

El otro no contestó, pero sí negó con ligereza en un movimiento de cabeza.

Arthur se confundió un segundo, ¿con exactitud, eso para qué iba? ¿Para lo primero o segundo? Quizá para ambos, porque mirándolo de cerca, el chico no era ni remotamente parecido a ese español… a lo mejor el cabello, pero este Capitán lo tenía más oscuro…

… qué extraño, porque aun así, le recordaba a alguien… no podía decir a quién… aunque realmente no importaba si contaba con el escudo de la familia, lo que no marcaba margen de error para una conexión.

En tanto Alfred… no comprendía… ¿Cómo es que habían pasado del ataque de Campeche, a hablar de un sujeto en específico? ¿De qué se trataba ahora?

Pero si le interesaba tanto al inglés… tanto, al grado de llevarlo a ese calabozo solamente para averiguar…

Ese mal presentimiento, otra vez.

— ¿Y este es el famoso Capitán Fernández? ¿El que acabó con varios de los piratas más peligrosos de los 7 mares? — rió burlón, con cinismo que buscaba lastimarlo — No eres tan impresionante como lo imaginé, qué decepción.

— ¿Y tú eres el famoso Capitán Kirkland? — respondió despacio, esbozando una sonrisa con entero sarcasmo — Si derribé tu barco y acabé con casi toda tu tripulación en un sólo golpe, significaste una pérdida de tiempo. Qué decepción.

— ¡Bastardo infeliz!

Levantó el puño con toda la intención de golpearlo otra vez… sin embargo, no lo consiguió, pues intervino deteniendo el brazo en el aire.

— Leave him alone — habló con seriedad y fuerza. Enfrentó su mirada sin vacilar — Podrías abrir su herida, y aquí abajo será difícil mantenerlo con vida.

Pocas veces él era quien le pedía a Arthur que se tranquilizara, porque dentro de sus propios métodos, solía ser muy concentrado… pero esta ocasión, sólo por esta, no dejaría que esa nula paciencia siguiera lastimando al moreno.

— De acuerdo — cedió, respirando profundo. Caminó a la salida a paso seguro — Fernández, si necesitas algo no dudes en gritar… aunque no esperes que alguien te escuche — le miró de reojo una última vez — Veremos si mejoras tu actitud cuando las ratas te acosen: son muy susceptibles al olor de la sangre, y será natural que despiertes su apetito.

Y se fue sin vacilar, resonando el eco de sus pisadas por el solitario pasillo.

Él también llegó a la puerta… sin embargo…

…antes de cerrarla… antes de eso… sí había una cosa que podía decirle.

Que moría por hacer.

— Yo… — comenzó en voz baja, buscando su mirada. No la encontró por los mechones que la ocultaba, abstraído — … me llamo Alfred F. Jones.

Esperar una respuesta sería inútil, así que no lo hizo.

Puso el candado de la madera despacio, como si quemara el metal.

No había manera de detenerlo.

— ¿Sabes? — se detuvo en seco cuando escuchó la voz, mirándolo de súbito por el hueco enrejado de la puerta.

Esto eran.

— … realmente odio a los piratas.

Esto serían por siempre, sin importar cómo terminara aquello.

— … esperaba que lo dijeras.

Y sin valor, sin ánimo para continuar entre esas paredes sucias y malolientes, caminó a toda prisa por el pasillo, hasta las escaleras que lo sacarían de ahí.

Si tan sólo pudieran sacarlo de todo ese maldito desastre.