Notas: hey, hey~ ¡hola a todos! Qué gusto verlos de nuevo ;DDD Antes de empezar el capítulo, debo hacerles una advertencia: seguramente habrá puntos que no entiendan, ideas que piensen incompletas, o datos que no estoy agregando, ¡ES A PROPÓSITO! Muchas de las cosillas que introduzco aquí se explicarán más adelante, así que, en pocas palabras, les estoy dejando con la duda ;DDD Posiblemente por ello este episodio parezca muy corto, ¡pero no desesperen! :DDD


Capítulo 11


Aquello era extraño. Muy extraño.

Tragó de golpe un poco de whisky de aquella botella y subió los pies a la vieja mesa, seguro de que la posición no haría que la venda rozara innecesariamente la herida de su vientre.

Se mordió el pulgar de forma inconsciente, recordando el escudo de aquel prendedor y la forma en que Alejandro se negó a hablar… en verdad, la última cosa que esperó fue que ese Capitán tuviera una conexión con un antiguo enemigo: Antonio Fernández Carriedo de Velazco y Mendoza.

El cabello castaño, los ojos verde esmeralda, esa sonrisa amigable que transmitía fría complacencia…

Vaya, no pensó saber de ese malnacido juez de la Real Audiencia a través de un chiquillo que, de primera instancia, no tenía absolutamente nada que ver… como si una cosa no tuviera relación con la otra… pero ahí estaba, sorpresivamente…

Todavía recordaba su túnica negra, el brazo firme que señaló el púlpito del Palacio de Justicia…

No cabía duda de que existía algo lo suficientemente fuerte como para que se le permitiera llevar la insignia de la familia… y si llegó a ingresar a la militar, y después al Real Naval, indicaba que una gran cantidad de dinero estaba puesta en su educación. Eso no pasaría con un simple conocido o amigo, y no podía ser un pariente dado que, años antes, investigó que carecía de famila.

Aquello dejaba abierta la posibilidad de que… se tratara de un pupilo, un protegido que creció gozando de su poder, su fortuna y la reputación…

… uhn, suponiendo que el de ojos rojos hubiera sido "adoptado", Carriedo habría tenido la oportunidad de moldearlo, de inculcarle ciertos pensamientos que terminaron derivando en ese odio a los piratas, obteniendo un apropiado desahogo en el ejército. Explicaría que hubiese cazado, literalmente, a muchos de ellos. Sería coherente la fama de ejecuciones tan sonadas.

Bastardo, se trataba de una combinación excelente, ¿qué podría ser más eficaz que un Capitán que sabía capturar piratas, y un Juez que los condenara al instante? ¡Porque era un hecho que Antonio dio las órdenes! Eso daría sentido a la velocidad de los castigos y aquella pomposidad de mal gusto que no dejaba de relatarse…

"—Esfuérzate un poco más, Kirkland. Quizá así perdonaré la patética vida de esa mujer."

Sin embargo… no le encargarían a cualquiera tales prisioneros… no en vista de que todos ellos habían mermado el orgullo de la corona española en muchos modos… y por toda esa publicidad, podría indicar que Carriedo no había perdido el tiempo… tal vez ya era uno de los jueces más importantes de la Corte, o el que la encabezaba…

No le extrañaría, porque el arte de la política y de la supuesta justicia requería de hipocresía, una falta de escrúpulos inhumana, de aquel cinismo donde no se dudaba en eliminar a quien estorbara… y él cumplía perfectamente con eso y más. Mucho más.

Si de verdad existía un infierno… un castigo después de la muerte… él lo sentiría como nadie más, con todo el dolor que cualquier Dios o Diablo pudiese infringir. Se encargaría de enviarlo con inimaginable placer a lo profundo del averno, en cuanto terminara con su repugnante vida.

Se lo merecía.

Se lo merecía por todo el maldito sufrimiento que le provocó cuando sólo era un estúpido sujeto que no le había hecho nada a nadie… cuando le quitó todo, absolutamente todo lo que amaba frente a sus ojos de forma vil y despiadada… ¡maldito! ¡Mil veces maldito!

No hubo ninguna piedad para él… ni para ella…

Su perfecta familia fue destruida sin piedad sólo por el capricho de un hombre, de uno estúpido y farsante que no comprendió ninguna razón. El que no quiso ver el desconocimiento real que tenía sobre esa pareja que llevó a la Nueva España, como parte de un negocio normal, de rutina…

El que, al no verse satisfecho con su sincera ingenuidad, ejecutó a una inocente mujer bajo el falso cargo de piratería, y a él lo hundió sin ningún remordimiento en esa asquerosa prisión con el mismo pretexto.

Pirata… ¿él un pirata? En ese tiempo nunca se le ocurrió, ¡era ridículo! ¡Una farsa grotesca! ¡¿Por qué demonios querría serlo?! No tenía sentido cuando gozaba de todo lo que deseó: un hogar próspero, un negocio respetable, una esposa encantadora y la promesa de un hijo que seguramente heredaría los ojos verde oliva de ella…

No era un pirata, por supuesto que no… y bajo dicha mentira, aquel español le arrancó su existencia y su ser.

Aun podía verse gritando en medio de la celda.

Aun estaba su imagen maldiciendo a la suerte, llorando lastimeramente por lo perdido…

Anhelando que se tratara de una pesadilla y despertar para verla a ella, sonriendo apenas mientras acariciaba el vientre abultado donde crecía amorosamente su bebé

No quedó nada que lograra levantarse de esos pedazos… salvo una cosa…

"—¡Te mostraré entonces lo que es un verdadero pirata!"

Arrojó la mesa con furia del otro lado del cuarto, destruyendo con estrépito varias sillas y el mueble mismo cuando todo se deshizo en un ruido seco, fugaz.

Antonio se la pagaría… ¡el malnacido hijo de perra se la pagaría! ¡No podía irse de este asqueroso mundo sin arrancarle gritos de dolor! ¡Sin sacarle toda su podrida sangre por los malditos ojos!

Pero Alejandro… su presencia… su vínculo con Carriedo…

Era la oportunidad perfecta para devolver la misma moneda, y a la vez, cobrarse lo que ese mocoso impertinente le ocasionó… pero debía conocer los detalles, todo lo posible y así planear paso a paso lo que haría.

No volvería a ser ridiculizado, y menos a fallar por un asunto de ego o de exceso de confianza. Simplemente no había espacio para el error.

Sin embargo… ese chico no le diría nada, era evidente por su actitud…

Significaba, en todo caso, que tendría que averiguar por su cuenta.

—¡Connor! — gritó con fuerza hacia el pasillo sin necesidad de ver si, en efecto, estaba el aludido. Sus hombres conocían lo poco paciente que era, y que si lo hacían esperar demasiado, habría consecuencias temibles. Por eso no fue extraño ver que, en un par de minutos, ya se encontraba el sujeto frente a él — Busca a Alfred y dile que venga… ¡¿qué esperas?! — el otro tembló —¡Muévete, sabandija inútil!

Salió corriendo en su búsqueda. Más valía que no tardara, porque no gozaba del humor para fingir clemencia por sus ineptitudes.

Dio el último trago a su botella, aventando el envase a algún rincón que no se molestó en percibir. El ruido del cristal rompiéndose desapareció tan rápido como se presentó.

Para la naturaleza de información que requería debía… viajar no sólo a Nueva España, sino al mismo corazón de las ejecuciones, en Sevilla… pero eso significaría mucho riesgo, y no estaba en posición para desperdiciar al resto de su gente, o de delatarse en pos de su reputación… ser cuidadoso sería básico si quería regresar completo.

De pronto, la figura de su Primer Oficial hizo su aparición.

¡¿What happend, Arthy?! — hizo un gracioso puchero con la boca. Era un gesto que no había cambiado desde niño — ¿Sabes lo que acabas de interrumpir? ¡Estaba por ganarle a las cartas a ese tramposo de O'Neil!

—No me hagas reír — le indicó con la cabeza que cerrara la puerta — El asunto se resolvería si le quitaras el dinero mientras duerme.

—¡Ese no es el caso! — tomó asiento en la única silla que había sobrevivido a su ataque de ira — ¡No entiendes! En verdad que sabes cómo arruinarle la diversión a los demás.

—No tiene la menor importancia — suspiró — Además, hay algo mucho más grande a lo que debes prestarle atención.

—¿Qué puede ser más grande que patearle el trasero a O'Neil?

—Me iré de viaje por un tiempo — el otro abrió los ojos con sorpresa — Estarás a cargo de reclutar al resto de los hombres y de conseguir una nave.

—No, espera, ¿qué? ¿Por qué?

—Digamos que hay cosas que tengo que saber por mí mismo — sí, ni siquiera Alfred podía conocer el contenido de sus planes — No sé cuánto tiempo tarde, pero es seguro que regresaré.

—¡Esa no es una explicación! — subió el tono de voz — ¡¿Qué estás pensando?!

—Tú sólo debes preocuparte de lo que te pedí —lo escuchó exhalar con pesadez, resignado —… y hay otra cosa.

—¿Ahora qué?

—Quiero que vigiles de cerca a Fernández — no pasó de a desapercibido el gesto de seriedad combinada con alegría que transmitió — No debe escapar bajo ninguna circunstancia, y asegúrate de que no haga nada estúpido —asintió despacio— Ya fuimos testigos de que lo que es capaz, así que no dudes de que hasta podría atentar contra su propia vida sólo para echarnos a perder las cosas.

—Entendido.

—Una cosa más — fue inevitable esbozar una sonrisa, lamentando no poder presenciar lo que pediría — Como todavía no parece ser consciente de su posición, recuérdasela a cada momento, ¿sabes lo que quiero decir? — negó con la cabeza — Quítale su dignidad y su orgullo, que sepa que nada de eso le servirá aquí… y también que descubra lo que pueden hacerle los piratas que tanto odia… —la idea era fascinante — Sí, ¿por qué no? Los chicos también merecen algo de diversión después de lo que pasaron, ¿quién mejor que Fernández para "satisfacerlos", no crees?

Lo miró de reojo.

Tampoco pasó de a desapercibido el gesto de ira contenida, rabia, de completa negación a tal designio.

No era estúpido. Sabía que algo pasó entre ellos… y tenía que saberlo.

No pasaría ningún detalle por alto.

—Lo llamaste por su nombre, ¿no es así? — nueva confusión se reflejó en sus facciones — Cuando estuvo a punto de dispararme lo llamaste… y eso me lleva a preguntar, ¿cómo es que lo sabías? —antes de que abriera la boca continuó — Quiero la verdad.

… observó por un segundo el suelo…

—Lo conocí cuando fui a cumplir tu encargo en Campeche.

—¿Así que ya eras consciente de que se trataba del Capitán?

—¡Por supuesto que no! — respondió enseguida — ¡De ningún modo! Además, conocernos fue mera coincidencia, y lo único que supimos uno del otro fueron nuestros nombres. Sólo eso — se mordió el labio — ¡Nunca imaginé que lo encontraríamos ahí, o que sería el sujeto con el que tanto te interesaba pelear!

—¿Lo dices en serio?

—Yo no miento.

Sentía que no le estaba diciendo todo. Se notaba por ese brillo en sus ojos y el modo en que fruncía el ceño.

Jones siempre había sido fácil de leer.

Lo que le pareció interesante fue la determinación en sus palabras, y eso era algo que consideraró malo, ya que lo que se guardaba para sí no tenía que ver con los títulos y los hechos, sino que rozaba lo personal, casi lo emocional…

—Sé exactamente lo que sucedió aquella vez.

—Arthur, yo no…

—No gritaste su nombre para salvarme, ¿cierto? — el otro se paralizó — Sino porque querías protegerlo.

Pero sus sentimientos, la faceta que tuvieran, no debía ser obstáculo de ningún modo.

No permitiría que lo fuera, y no brindaría la oportunidad.

—Eres mi Primer Oficial, Alfred — le recordó con pesadez, con seriedad que exponía al contrario como un niño pequeño e insensato — Conoces lo que implica, ¿cierto?

Confianza. Responsabilidad. Deber. Lealtad.

Bajó la mirada y volvió a asentir, esta vez con fuerza y valor.

—Déjamelo a mí, Capitán.

—Bien dicho — le sonrió con un poco más de simpatía — Saldré para el anochecer, y cuando los hombres se den cuenta de mi ausencia, demuéstrales quién manda.

—¡Jah! — infló el pecho con orgullo — ¡Claro que lo haré! Verán de lo que es capaz Alfred F. Jones.

—Confío en ti — recalcó por última vez… y después suspiró relajado, casi con risa — Es todo. Puedes retirarte y quitarle todo el dinero a O'Neil.

—¡Jajaja!— carcajeó con victoria —¡Eso no tenías ni qué decirlo!

Lo vio alejarse con un andar animado, divertido… pero él más que nadie sabía que sólo estaba aparentando, tratando de hacerse el fuerte.

No era estúpido. Sabía que podía ser realmente obstinado cuando algo se le metía en la cabeza.

Sin embargo, la lealtad que le debía pesaba más que cualquier pensamiento que tuviera hacia Alejandro.

Se aseguró de que eso le torturara la cabeza.

No permitiría fallas en su plan.

Ni siquiera las de Alfred.