Notas: queridos lectores, les recuerdo algunos nombres de personajes :DD

Carlos Levi es Cuba

Madeline Williams es la Nyo de Canadá


Capítulo 12


Arthur se fue al anochecer de ese día, tal y como lo dijo.

Y con ello, era bastante claro que tenía mucho trabajo pendiente, sin embargo, había pasado una semana desde entonces, y en apariencia, todo marchaba bien.

Cuando le anunció a la tripulación la ausencia temporal del Capitán, hubo bastante expectación, incluso un imbécil de los que recientemente se unió tuvo la osadía de cuestionar su autoridad y declarar que no tenían ninguna intención de obedecerle. Estaba de sobra decir que lo eliminó en un sencillo duelo de sables y expuso su cadáver derrotado como un ejemplo. Funcionó con mucha eficacia.

Declaró también que se quedarían en La Juana hasta el regreso de Kirkland.

Dio la autorización de andar por los alrededores, siempre y cuando fueran discretos, además de que dispondrían de cierta cantidad de monedas para embriagarse, o lo que quisieran; la taberna de Madeline seguiría funcionando como un improvisado alojamiento en lo que conseguían un barco, y cuando eso sucediera, las actividades serían las mismas que en el Black Gold.

Uno preguntó qué sucedería con el prisionero.

Eso provocó que resurgiera una necesidad general de cobro, de venganza por lo que hizo, pues era claro que semejante ofensa no sería olvidada a pesar del tiempo.

Él tampoco lo haría.

Se limitó a decir que el Capitán lo quería con vida, y que si alguno llegaba a verlo tratando de escapar, debía devolverlo a la prisión e informarle de inmediato.

Hubo una bulla de quejas, de inconformidades, de sugerencias para torturarlo, aunque todos cerraron la boca cuando respondió con peligrosa frialdad que debía seguir respirando, intacto. Nadie le llevó la contraria.

Y es que aquel era el único encargo que no estaría dispuesto a obedecer, ¡no dejaría que aquellos hombres, de quienes conocía horrendos crímenes, tocaran a Alexander! No podía imaginarlo, y tampoco quería. No se figuraba como algo posible.

No lo toleraría.

Punto final.

Lo cierto era que en esa semana no lo había visto.

No supo si fue por falta de valor, ánimo, por creencia o confusión, pero no estuvo dispuesto a soportar que lo mirara como si su existencia fuese un error.

Odiaba a los piratas, lo escuchó con claridad, y fue como algún tipo de anuncio para comunicarle que nada, absolutamente nada, lo haría cambiar de parecer; que le importaba una reverenda mierda su nombre, su opinión, lo que quería decirle y lo que pensó en el tiempo que estuvo inconsciente… quizá también era señal de que borró los recuerdos, desechándolos sin ninguna lamentación.

Claro, no habría sido tan difícil, ¿no? Después de todo, ¿qué representaban dos días? Nadie le tomaría interés a algo así, a un mero pasaje de tiempo que no hacía ninguna diferencia…

A una indiscriminada amabilidad con un perfecto desconocido que prometía jamás aparecer otra vez y que, a final de cuentas, no había representado algo que añorar.

… y en pos de eso, hacer lo mismo figuraba como la mejor opción, ¡lo más lógico y bueno! No tenía ninguna clase de obligación, ni un deber gustoso por una hipotética amistad que no contaba con alguna clase de valor…

Era la mejor ocasión para asumir papeles: Alejandro era un prisionero, y él, quien debía vigirlarlo para proteger el propósito que Kirkland concibió. Sentir nostalgia por algo que "no sucedió" era rídiculo.

Entonces, ¿por qué nada de eso lo convencia? ¡Absolutamente nada! Aun con el pesar, la obligación, con el injustificado remordimiento y la caótica realidad, ahí estaba, preso de una emoción que se negaba a abandonar y sin estar dispuesto a pretender que todo lo lógico lo satisfacía.

Porque era terco cuando un ideal se figuraba en su imaginación.

Porque le importaba una mierda que el mundo, incluso que su propia consciencia, le gritara que las cosas eran imposibles.

Porque era obstinado cuando deseaba algo con todo su ánimo, al grado de forzar todas las variantes a su conveniencia y ver el ideal realizado.

Eso lo resolvía con total claridad en sus momentos a solas. Era innegable e inevitable.

Pero esa mirada.

Suspiró largo, jugando torpemente con una moneda en que se leían unas palabras en latín.

Él no le temía a nada. Él no vacilaba ante nada. Él no dejaba de luchar por lo que quería.

Pero ver esa mirada en el moreno… era como si tuviera la capacidad de mermar su determinación y hacerle ver que sólo era un patético muchacho que vivía de sueños estúpidos… y por encima de todo, conseguía que le diera la completa razón.

Dolía.

De algún modo que no explicaba, dolía ver que el chico que pareció comprenderlo tan sólo con un vistazo, ahora lo odiara peor que el mundo entero.

Principalmente por eso se negó a verlo, y lo consideraba como la peor prueba de que era el único de los dos que continuaba creyendo que tenían algo que compartir.

Qué basura.

— ¡Hola! — de pronto, Carlos saludó con simpatía desde el marco de la puerta — ¿Tiene un minuto el Primer Oficial? No quisiera interrumpir sus ocupadas obligaciones~

— ¡Jajajaja! — carcajeó con ego — ¡Adelante! ¡Nunca podría negarle una entrevista a los hombres que necesitan mi ayuda! — hizo un rápido ademán con la mano — ¡Pasa, pasa!

— Qué generoso, no esperaba otra cosa — le siguió la corriente — ¡Se nota que la responsabilidad ha hecho cosas grandiosas por ti! Espero que eso te anime un poco.

Alzó una ceja mientras sonreía — ¿De que hablas? ¡Yo siempre estoy animado!

— No según lo que me comentó Madeline — tomó asiento en una de las improvisadas sillas — Claro, no entiendo muchas de las supuestas cosas que notan las mujeres, pero si ella lo dice, le doy la razón.

— ¡No sucede nada! — trató de quitarle importancia — Pero lo que sí, es que tienes que decirme todo lo que sucedió allá abajo.

Y con eso, se refería expresamente a Fernández. Ese era el punto de la presencia de Levi: tenía que revisarlo para asegurarse que su herida estaba progresando, sobre todo cuando se hallaba dentro de un calabozo insalubre, agobiante y lleno de plagas.

Debía seguir vivo según las órdenes de Kirkland, y tenía que estarlo según los deseos auténticos de su consciencia.

— Tienes razón — suspiró — El chico está mejorando y no hay riesgo de infección… pero…

— ¿"Pero"? — repitió en voz alta con cierta dosis de histeria involuntaria — ¡No debería existir uno y lo sabes!

— Esto no se trata de su tórax.

— ¡¿Entonces de qué?!

— No se está alimentando — volvió a exhalar — ¿Sabes lo que descubrí cuando entré a su celda? ¡Los platos de comida arrimados en una esquina y siendo devorados por las ratas! Fue impresionante, si me lo preguntas.

— ¿Qué? No debería ser así, ¡todos los días le van a dejar su porción! ¡Además, Madeline cocina muy bien!

— No tiene que ver con el sabor — le reprochaba, era obvio — No sé si sea su intención, pero a este paso podría sufrir una desnutrición importante, y por supuesto que no ayudaría a su recuperación.

¿Su "intención"? Eso le recordó a lo que le advirtió Arthur… ¿pero llegar a ese grado?

… ¿qué tanto detestaba a los piratas como para hacer eso? ¡Parecía que prefería enfermarse, o hasta morir sólo para no formar parte de sus planes!

¿En serio los odiaba tanto?

… ¿A él también, sin importar lo que tuviera que explicar?

No lo toleraría.

— ¿Dijo algo mientras le hacías las curaciones?

— No — se rascó un poco la nariz — Es alguien bastante callado, serio… ausente… muy frío — sonrió con resignación — Aunque no esperaba otra cosa de un prisionero.

No se parecía en nada al sujeto que conoció en Campeche.

— Alfred — continuó — Sé que no es de mi incumbencia… ¿pero quién es este chico?

— Alguien que nos provocó muchos problemas en nuestro último viaje.

— No me refería a eso.

La mirada que de pronto le lanzó, una que le transmitía nostalgia y triste comprensión, a la vez que complicidad… en serio, no llegaba a entender cómo las personas podían decir tanto sólo con eso.

Inesperadamente se sintió exhibido… y un poco apoyado. Extraño.

— ¿Ya lo conocías de antes? Porque si hay algo que puedo respaldar de lo que dijo Madeline, es que te preocupas realmente por él.

— ¡E-Eso no tiene nada de raro! — rió con ganas — ¡Jajaja! ¡Es un trabajo nada más!

— No te tomarías tantas molestias por alguien que sólo es un trabajo — siguió con su expresión — No te estoy juzgando ni nada, sólo me preguntaba si son amigos… bueno, eran — corrigió — Si lo tienen allá abajo, en esas condiciones, recuperándose de una evidente herida de disparo y con aquella actitud, cualquier cosa que pasaron antes ya no debe valer nada.

Mentira.

— … ¿en serio lo crees? — quizá sonó más dolido de lo que pensó, ya que el otro optó un gesto más maduro — ¿En serio crees que ya no tengo nada que decir?

Era obstinado. Muchísimo.

Y con todo, no quería… no dejaría que se saliera con la suya.

No dejaría que lo borrara como si nunca hubiera pasado nada.

— … más bien, creo que él es quien ya no tiene algo que decir — se levantó — Porque sea como sea, él es quien está encerrado a la merced de piratas, y tratándose de un militar, el asunto toma mayor peso.

— ¿Cómo sabes que lo es?

— La primera vez que lo atendí todavía llevaba su uniforme — caminó a la salida, y se apresuró en seguirle el paso — Es alguien con un alto cargo en la Marina Real Española.

— Vaya que sí — se sobó la nuca — Eso lo arruina todo.

— Y que tú seas el Primer Oficial del Capitán Kirkland no lo mejora — recorrieron el pasillo, hasta llegar a la sección de la taberna — No parece que valga la pena continuar con una amistad… y pienso que es algo que él entendió desde el primer instante en que supo que eres un pirata.

— ¿Qué estás insinuado? — el comentario lo molestó, no pudo evitarlo — ¡¿Qué eso es lo único que importa?!

— Estoy diciendo, Alfred — colocó la mano en su hombro con cierto peso — Que el chico está recordando el lugar que le corresponde, y tú no sólo deberías asumir el tuyo, sino también lo que Kirkland tiene planeado para él — suspiró — Para ahorrarte problemas, olvídate de lo que pasó.

Sí, olvidarlo, como Alejandro lo hizo.

Era lo más lógico y conveniente; lo que Arthur, Carlos y su propia consciencia le dictaba que hiciera. El universo entero podría continuar y también el rumbo de su vida con el gusto característico de siempre.

Pero no quería.

— ¿Me escuchaste? — dijo cuando se alejó y caminó hacia la derecha — Hay cosas que debes entender y…

— Lo entiendo — se detuvo un segundo. Volteó a verlo y le sonrió con travesura — Ahora, si me disculpas, le iré a dejar su ración personalmente, ¡tengo que asegurarme de que se la coma!

No quería, porque era terco cuando un ideal se figuraba en su imaginación. Porque le importaba una mierda que el mundo le gritara que las cosas eran imposibles. Porque era obstinado cuando deseaba algo con todo su ánimo, al grado de forzar todas las variantes a su conveniencia y ver el ideal realizado.

Y sin analizar del todo un motivo de fondo, no quería pensar que Fernández no volvería a verle con simpatía.

Eso era lo único que sabía y que le importaba.

Fue a la cocina con la de ojos lila y recibió el alimento del día: algo de arroz y de los llamados frijoles que, combinados, solían decirle "moros y cristianos"… aunque no tenía la menor idea de por qué, pero tenía buen sabor, y podría asegurar que ningún prisionero comería algo tan delicioso.

Cogió una jícara de agua, y más un par de naranjas que la chica le dio con entusiasmo, se dirigió al cuarto de abajo.

Recorrió en sendero a paso constante… pero al estar frente a la puerta de madera podrida…

Respiró hondo.

… quitó el seguro y abrió despacio.

El interior estaba igual que la última vez que lo vio, incluso la poca luz que se colaba de la ventana superior y ese polvo que flotaba en el aire libremente.

Entró y cerró la salida, notando de inmediato la figura del moreno acostada en el catre de lado, de espaldas hacia él y con vista a la pared. Tenía las piernas ligeramente dobladas y respiraba con normalidad, como si no lo hubiera escuchado llegar.

Tal vez sí, y no le importaba.

Qué injusto.

¡Good afternoon, Alexander! — saludó con ánimo — Espero que tengas hambre, ¡es hora de comer!

No dijo nada. No se movió.

— Vamos, no finjas que no lo necesitas — se acercó con confianza — Además, tiene un sabor delicioso. Madeline es la mejor cocinera que conozco.

Quizá se hubiera molestado por su indiferencia, el que lo ignorara con tanta facilidad de no ser por el detalle que vio cuando puso mayor atención: una pesada y oxidada cadena se notaba sobre la tela grisácea que remataba en un ajustado grillete, aprisionando su tobillo.

No recordaba tal detalle de antes, pero dedujo que Arthur o uno de los chicos pudo colocarlo como prevención, probablemente como castigo.

"Él era el que estaba a la merced de piratas"

Tratar de comprenderlo, sobre todo en esa situación, no estaría mal.

— El menú de hoy es arroz con frijoles — depositó la bandeja en la esquina del colchón que tenía al alcance — ¡Y un par de naranjas frescas para después! — la colocó también — ¡Contamos con un servicio increíble que no se ve ni en los más sofisticados rincones del mundo! Jajajaja, los alimentos son de la más alta calidad, ¡disfrútalos!

Observó que se dobló un poco hacia adelante y abrazaba su estómago, aunque no supo si fue un reflejo o un intento por disminuir el hambre que ya lo había debilitado.

Se mordió el labio.

No serviría de nada presionarlo, lo sabía, pero no se le ocurría otra cosa para que comenzara a comer… al menos, no una pacífica, y no tenía intenciones de llevarlas a cabo. Tampoco esperaba que funcionaran, ya que había comprobado que las amenazas no le provocaban el efecto esperado.

— No me gusta saltarme las comidas, ¡nunca se sabe cuándo necesitaré toda mi energía! Así que debo estar listo en cualquier momento — sólo comenzó una charla… o mejor dicho, un monólogo, y uno que se oía con fuerza debido al eco del sitio — También creo que es divertido cuando lo haces en grupo, ¡más cuando hay una guerra de comida! Una vez, estuvo a punto de darme en el ojo una zanahoria junto con una patata, ¡creí que moriría, pero alcancé a esquivarlo y contraataqué con un hueso de gallina! ¡Y descubrí que una bebida de café caliente puede ser mortal! Nunca la viertas en nadie, podría ser su último día de vida.

Cierto, fue una completa masacre ese día… más cuando William los puso a limpiar cada rincón. La peor tortura.

— ¡Igual me gusta cuando todos entonamos una canción! Hacemos coros, y los que tienen mejores voces se llevan las partes solitarias… bueno, claro, "mejores voces" es un decir, ¡pero es bastante divertido! Por ejemplo, hay una que siempre alegra nuestros ánimos — carraspeó y caminó a la pared de la ventana — "Saqueamos, robamos, sin nada importar. Todos brindando yo-ho. Yo-ho, yo-ho, pirata siempre ser"

Era una que realmente le gustaba, así que no reparó en demasiado cuando comenzó a cantarla, ¡hasta se balanceó al ritmo de la tonada!

— "Hurtos, estafas, toma lo que hay. Todos brindando yo-ho. Yo-ho, yo-ho, pirata siempre ser" — se hacía bastante eco y su voz tomaba un mayor nivel — "Y somos tan malos como un huracán. Todos brindando yo-ho. Yo-ho, yo-ho, pirata siempre ser" — por un momento, le dio la impresión de que sus problemas se esfumaron — No tiene mucha letra, aunque podemos pasarnos horas cantando lo mismo~

Hacía mucho que no se sentía así de despreocupado, e iba a aprovecharlo para seguir entonando. Quizá con eso, el otro haría algún movimiento, y en el mejor de los casos, su humor mejoraría.

— También hay un poema muy popular — sonrió abiertamente — Es bastante largo, ¡y lo sé completo! Puedo asegurarte que nadie que se llame pirata puede desconocerlo — carraspeó de nuevo — "Con diez cañones por la banda, viento en popa, a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín" — eso sonaba como el caído Black Gold"Baje pirata que llaman, por su bravura, el Temido, en todo mar conocido del uno al otro confín" — era inspirador — "La luna en el mar riela, en la lona gime el viento, y alza en blanco movimiento olas de plata y azul"

Iba a iniciar con la siguiente frase, cuando un vago presentimiento le hizo mirar de reojo hacia atrás…

Apenas tuvo tiempo de esquivar un objeto pequeño de bonito color que, al estrellarse, identificó como una naranja… ¿se la lanzó…?

Otro ruido seco llenó el sitio, pues por apartarse de la primera fruta, no vio a la segunda acercarse a toda velocidad y que fue la que golpeó su frente.

— ¡Auch!

No esperó que una naranja doliera así, pero alcanzó a agarrarla cuando ya había dado en el blanco. Miró un tanto confundido hacia el que la aventó, descubriendo a Fernández todavía con el brazo estirado.

— Cierra la boca de una puta vez — volvió lentamente a su posición original, recargando la espalda en la pared — Eres demasiado ruidoso.

— Hasta que hablaste — a pesar de las palabras, le gustó saber que provocó una reacción — Y si ya lo hiciste, quiere decir que también puedes comer, ¡anda, pruébalo! — se acercó de nuevo — ¡No tienes idea de lo que te pierdes!

No parecía que tuviera la intención de hacerle caso.

… sonrió con un poco de travesura.

— ¿Será que te sientes muy débil? — pegó una carcajada — ¡Jajaja! ¡Entonces tendré que darte de comer en la boca!

— Vete a la mierda.

— ¿O preferirías que siguiera cantando? — se tensó un poco, lo notó — ¡Si eso querías, sólo tenías que decirlo! Después de todo, escuchar canciones de piratas es muchísimo mejor que comer, ¡vamos, a mi señal! "Saqueamos, robamos, sin nada importar…" — cubrió sus oídos, ¡pero eso no funcionaría de nada! Subió más el volumen, casi gritando — "¡Todos brindando yo-ho. Yo-ho, yo-ho, pirata siempre ser!"

— ¡Carajo! — dijo con mucha ira contenida… sin embargo, prosiguió a tomar el plato con absoluto desprecio — … ni una miserable cuchara me dan.

— Es por seguridad — bromeó… más o menos — En tus manos podría volverse un arma mortal.

— No tienes idea de cuánto.

No distinguió placer en sus facciones cuando comenzó… y tampoco de asco, lo que interpretó como bueno, más al ver el movimiento de su ingesta como constante a pesar de la falta de un cubierto.

En verdad lo alegró mucho conseguir que se alimentara un poco: no quería verlo enfermo, y mucho menos pelear por su vida otra vez… no obstante, debía decir que aquel calabozo no ayudaba en nada.

— Estar aquí sin nada qué hacer seguro es aburrido — dijo con un tono casual, colocando las manos en su cintura mientras lo veía comer — Una vez que me capturaron los ingleses allá en Belice, pasar todo el día encerrado era monótono. Hubiéramos muerto de fastidio de no ser por un sujeto de la celda de enfrente que tenía un libro de bolsillo y leía en voz alta…

… ¡HEY, ESA ERA UNA EXCELENTE IDEA!

— ¡Quizá podamos hacer lo mismo! — sugirió con entusiasmo saliéndosele de los poros — Así mataré a dos pájaros de un tiro: me aseguraré de que comas, ¡y de pasó nos divertiremos un rato!

Chasqueó la lengua con grave sarcasmo — ¿Qué te hace pensar que me interesa?

— ¡No seas aburrido! Verás que será entretenido — pensó un poco — No sé si tengamos ejemplares de algo, ¿te gustaría uno en especial? ¡Puede que Levi lo tenga!

— Vete a chingar a tu puta madre.

— Tal vez algo de literatura española te sería más familiar… aunque los ingleses tienen cosas muy buenas también — continuó sin hacerle caso — Déjame ver qué puedo conseguir, pero es seguro que mañana comenzamos.

Le miró de reojo… ¡que bien! ¡El plato estaba vacío!

— Te devuelto tu postre — dejó la naranja — La próxima traeré un mango, ¿no suena bien? — sentía que había logrado mucho, así que optó por retirarse — ¡Nos vemos mañana!

Lo escuchó chistar de nuevo. Sólo eso.

Salió de sitio con tranquilidad y cerró con el candado, asomándose ligeramente por la ventana de barrotes.

Fernández se acostó de nuevo de espaldas a la puerta, como si no hubiera pasado nada… sin embargo, esta vez no se molestó, porque sabía que era mentira. Ambos lo sabían, y eso era fantástico.

Caminó de regreso, ¡con un poco de suerte, Carlos no estaría demasiado lejos! Buscaría un excelente libro para pasar esas horas de comida.

No importaba lo que le dijeran los demás, porque era obstinado. Mucho

Además, Alejandro no lo había mirado de aquella forma tan fríamente despectiva, y le gustaba pensar que era porque existía todavía algo.

¿Algo de qué?

Se detuvo un momento, confundido.

Desde hacía tiempo se empañaba en realizar aquello por "algo". Se aferraba a pensar que aun había "algo" entre ellos. Un "algo" que le motivaba a preocuparse, alegrarse o nadar en esas emociones que no le decían nada sin la última palabra del de ojos rojos.

Tenía que plantearse. Tenía que saberlo, o antes de darse cuenta, terminaría de caer.

¿Caer hacia qué?

Negó con la cabeza y retomó su sendero.

Ahora había cosas más importantes en qué pensar.

¡El libro que escogería sería grandioso!