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Capítulo 13


Odiaba a los piratas.

¡Hello, Alexander! — saludó con estrepitosa voz, lastimándole los oídos — It's time of lunch~

Los odiaba profundamente.

— ¡Hoy tenemos en el menú un caldo! No tengo idea de qué, pero huele muy bien, ¡estoy seguro que te encantará!

Nadie tenía idea de cuánto, y seguro que nadie llegaría a saberlo. Ni él mismo.

Había personas que no opinaban nada sobre ellos. Otros, que se limitaban a mantenerse alejados. Unos más, sólo argumentaban leyes que podrían hacer algo en contra. La mayoría se resignaba a sufrir sus embates con todo el peso de una desgracia.

Él prefería tomar el asunto en sus propias manos.

Siempre lo había hecho.

— Hace un par de días llegó una embarcación de Nueva España, y un sujeto estaba vendiendo algunas frutas que se dan por allá — sacó algo parecido a un higo — Creo que a esto le dicen "Zapote", ¡espero que te guste!

Siempre tuvo una opinión fija sobre ellos. En todo momento supo qué tenía que sacrificar para tener una oportunidad de convertirse en su cazador. Nunca olvidó lo que debía hacer para borrarlos.

Borrarlos y despedazarlos de las memorias, de las hojas, de la mente de todo un mundo que no se imaginaba que algo así podría lograrse.

Siempre supo qué quería hacer para dejar de ser una víctima y comenzar a pintar el lienzo con el rojo de su sangre, como el digno verdugo que deseaba ser.

Era egoísmo, de cualquier modo.

— Vamos, puedes empezar a comer, ¡yo continuaré con la lectura! — sonrió — No sabía que Marco Polo pudiera ser tan interesante.

Afiló la mirada, estudiando a detalle esa jodida expresión de ánimo y alegría.

No podía dejar de reprocharse, de recriminarse una y otra vez un error que le seguía pareciendo inconcebible.

Aquel donde creyó ingenuamente que ese gesto era auténtico, casi familiar, como el que haría amigo en el que podía confiar con sólo mirar el azul de sus pupilas.

Patético.

Era egoísta, porque sabía y le gustaba que aquello fuera sólo para sí mismo.

El mundo nunca le pareció lo suficientemente bueno después de lo corrompido que se encontraba.

Las personas eran demasiado imperfectas como para tener la fe de que algo puro crecía dentro de ellas.

No creía en un Dios que daba la estúpida imagen de que salvando a seres no más virtuosos que él harían alguna diferencia.

No confiaba en el vago pensamiento de que unas cuantas acciones repararían los errores pasados… y no tenía esperanza en un futuro que no alcanzaba después de que los medios envenenaban el camino recorrido.

No existía un "adelante" o un "atrás" que provocara una ilusión. Sólo estaba "el sendero", el único que le interesaba cruzar sin importarle un final.

Y era egoísta, porque de alguna manera buscaba que su dolor fuera recompensado.

Un dolor por ser apartado de un destino mejor.

— ¿Dónde nos quedamos…? — tomó asiento en la esquina del catre, a lo que respondió alejándose lo más que podía — En el… capítulo vigésimo séptimo, y se titula "Del reino de Thimochanim y del árbol del sol, que se llama en romance Árbol Seco"… — hizo una mueca graciosa — ¿Te has preguntado cómo es que los escritores eligen el nombre para sus apartados?

Al principio no creyó que ese tal Jones fuera uno de ellos… por lo menos, no cuando claramente no se notaba el patrón que ya había identificado gracias a Francis, Bryan, Gilbert y otros tantos…

Desde el inicio hubo una ruptura que no sabría explicar, pero que era perceptible con cada gesto, cada movimiento, cada palabra que se manifestaba con fresca espontaneidad y determinación vivaz; un rompimiento de la sonrisa sádica, con la transparente y alegre que esbozaba al estar feliz, retadora y emocionada al ver una aventura aproximarse; una excepción de la mirada despreciable, con la brillosa y auténtica, exactamente como el cielo reflejado en el mar.

Lo supo desde el principio: igual que el resto del mundo, ese joven que llegó de la nada estaba corrompido. Del mismo modo, supo también que tenía algo valioso que transmitía con ese carisma. Algo que… deseó tener a su lado por el tiempo que se pudiera, aún si era sólo una imagen…

Caer en aquello… usar el único elemento que le proporcionó algo distinto en todos esos años…

Algo así no merecía ser salvado, ni siquiera recordado.

No pretendía que todo tomara la cara de una venganza que, en realidad, no serviría de nada.

No se trataba de salvaguardar la memoria de aquellos que se fueron, o de despreciar la que permaneció.

Era coraje, era ira, era una dolencia que buscaba apaciguar provocándola en todos aquellos que compartían el oficio, la inmoralidad, el cinismo de ir por la vida profanando lo que no debía tocarse.

Era rencor por ser alejado de algo distinto, de lo que debía haber sido su verdadero destino.

De algo que definitivamente no lo hubiera convertido "en esto".

En alguien que no podía vivir sin sentir la sangre de otros corriendo por sus manos.

¿En qué clase de bestia se convirtió?

— "A la salida de Cobina se encuentra un desierto que tiene ocho jornadas de longitud, donde la aridez es extrema, pues carece de árboles y de frutos; sus aguas son amargas, y las acémilas las beben muy reacias. Es preciso, en consecuencia, que los viajantes lleven consigo agua…"

Era vil. Era despreciable. Era aberrante que ese sujeto anduviera por la vida fingiendo que podía contar con pureza cuando nada detrás de su sonrisa lo era.

¿Quién se creía para dar, recibir y formar vínculos que su naturaleza nunca agradecería? ¿Quién se creía para mostrar y definir matices que sólo terminarían manchando lo que era verdaderamente sagrado? ¡¿Quién demonios se creía para hablarle, sonreírle y tratarle como si fueran iguales?!

Él no había querido ser "esto".

Él no había querido ser un monstruo que despedazaba con sus garras las gargantas de los demás.

Él no había querido que su camino se truncara de aquella forma, de esa en que sonreía con el más puro placer cuando las cabezas de esos bastardos se destrozaban bajo sus pies.

No hubiese querido ser tan egoísta, orillado por el ideal que se instaló desde que anheló una compensación por un destino arrebatado.

Pudo ser un pescador. Pudo ser un panadero. Pudo ser un comerciante. Pudo ser un hombre con una vida buena por el simple hecho de desearla y mantenerse inocente en medida de lo posible.

Pudo ser cualquier cosa de no ser por aquellos que le quitaron la oportunidad de ejercer un futuro pacífico y feliz, cumpliendo el papel que le correspondía por derecho.

Ellos se lo quitaron. Él les quitaba la vida.

Era lo mismo: ambos no tenían un destino por delante.

— "Hay allí una gran llanura en la cual se encuentra el árbol del sol, que en romance llaman los altinos "árbol sexo". Es un árbol grande y muy copudo, que tiene hojas blancas por un lado y verdes por otro; no produce frutos, pero da bayas como castañas, en cuyo interior no hay fruto ninguno; la madera de este árbol es fuerte y resistente, y de color amarillo como el boj"

No eran iguales. No había faceta en que siquiera se acercaran.

De ninguna maldita forma.

Que continuara insistiendo con esa actitud, con esa mirada que no le decían más que verdades sin razón, buscaba asemejarlos para forzarlo a ceder.

Ceder ante su voluntad, su capricho, ante su necesidad innata de restregarle que podía cambiar nuevamente el destino al llamado de su voz.

No pasaría.

No volvería a ser profanado. No volvería a permitir que alguien de tal naturaleza manchara su camino sin retorno.

Ni su sonrisa. Ni sus ojos. Ni su actitud. Ni su nombre pronunciado con una familiaridad que lo asqueaba lo lograría.

No se perdería a sí mismo otra vez. No se negaría a sí mismo otra vez, aún si eso conllevaba ser el tipo de persona que nunca deseó. Era lo único que le quedaba, y lo único que le interesaba conservar.

No había destino a cual aferrarse, a final de cuentas.

— "De un costado de este árbol en un compás de diez millas no crece otro árbol; de los otros lados del mismo no hay árbol en absoluto en cien millas a la redonda. Allí se cuenta que se libró la batalla entre Alejandro y Darío"… ¿"Alejandro"? — rió un poco — ¡Se llama igual que tú! ¡Qué coincidencia!

Y es que este sujeto era igual que aquellos que veía en sus antiguas pesadillas, las que no lo dejaban dormir de niño y que lo mantuvieron llorando tristemente y en silencio por varios años.

Esos horribles sueños en que veía su casa junto al mar. Un barco aproximarse. Esos en que los piratas llegaban y acorralaban a sus padres.

Un niño de 8 años no debería presenciar algo así. No era justo que su futuro hubiese sido truncado con esa crueldad que se le grabó en lo profundo de la memoria, quitándole lo bello a unos recuerdos que ya no tenían un valor, salvo el de una compensación.

Ya no sentía nada por rememorar la sonrisa dulce, los ojos verde esmeralda y la voz de su madre que siempre le cantaba cuando llegaba la hora de dormir, salvo el exigir la nobleza y amabilidad que hubiera aprendido de seguir bajo su cuidado.

Ya no sentía nada por recordar la tranquila seriedad, el paciente interés y el admirable valor de su padre que solía enseñarle con dedicación las recompensas de una vida digna, salvo el demandar la majestuosidad y el orgullo verdadero que hubiera adquirido de seguir bajo su protección.

Quería compensación por y para sí, no por ellos.

— "Toda la tierra del reino de Thimochaim es habitable, fértil y abundosa; goza de un aire templado. Tiene hombres hermosos y mujeres hermosas; no obstante, todos adoran a Mahoma" — dibujó una mueca de confusión — ¿Quién es Mahoma? ¿Tú lo sabes?

Pero, teóricamente, debería ser un "asunto familiar".

De los fragmentos que preservaba… sabía que aquella noche los piratas arribaron a la costa y asaltaron su hogar.

Su dulce madre lo escondió en un ropero mientras su padre trataba de formar una barricada y se armaba con un afilado machete y una pistola en desuso. Ella le extendió su perrito de madera y le besó las mejillas para infundirle un poco de su tierno amor. Él acarició su cabeza y sonrió con honor para tratar de transmitirle un poco de su confianza.

Hubo golpes. Hubo gritos. Hubo burlas y blasfemas que mancillaron hasta el desprecio aquel espacio puro y alegre que siempre vio con felicidad.

Fue testigo de cómo su madre fue profanada por todos, de cómo su padre luchaba por defenderla a pesar de ser deshonrado del mismo modo.

Vio… al pirata que fungía de líder… vio cómo fue el primero en aprovecharse de ella y después de él, mientras ceñía las grandes manos sobre el cuello moreno del hombre que fue su progenitor.

… y al final… vio la casa en llamas…

Pero todo seguía siendo por y para él, no por ellos.

— ¿Eh? ¿Ya terminaste tu ración? — sonó animado — ¡It's perfect! ¡A este paso te recuperarás muy rápido! ¡Además, Madeline es la mejor cocinera que existe! Seguro que puede preparar lo que sea… y eso me recuerda — se acercó un poco más — ¿Hay algo que quieras en especial? Después de todos estos días, comer algo que realmente te guste te hará muy bien, ¿qué dices?

Lo que siguió después de eso, podría decirse, se adaptó a esa situación de la que ya no tenía derecho de escapar.

El hombre en el que se convirtió supo sacrificar, odiar y soportar en silencio la deformación que esa vida le deparó, moldeando y sublevando la bestia que tenía que ser bajo la tutoría de Antonio Fernández Carriedo de Velazco y Mendoza.

Torció levemente los labios.

No había nada que agradecerle. No le profesaba sentimientos que pudieran ser definidos como "buenos". No existía algo que los uniera a un ínfimo nivel emocional, y definitivamente, no identificó en él la figura que lo consolaría cuando todo terminara.

Pero aun así, encontró en su sonrisa hipócrita todo el impulso para convertirse en lo que era hasta la fecha.

De algún modo, ese futuro que nunca deseó fue bien respaldado por el español, junto con las consecuencias y los medios que nadie, excepto él, hubiera visto como probables, ni siquiera dentro de la crueldad que su Dios juzgaba como "Aceptable".

Él representó el catalizador para la serie de eventos que se torcieron desde la profanación de un hogar muerto y unos progenitores que cayeron de la forma más vil y cruel.

Nunca entendería por qué lo adoptó. Nunca entendería por qué se quedó a su lado cuando todos lo dejaron solo. En verdad, jamás comprendería sus motivos para asumir la responsabilidad de la educación de un niño que no había visto antes, o las razones de llevarlo a España y costear su entrenamiento militar, más el arreglo de convertirlo en heredero de las abundantes posesiones cuando faltara.

No comprendía. Tampoco le importaba. No tenía la curiosidad, ya que el resultado no se alteraba.

Había complementación en el más torcido sentido de la oración. Y así estaba bien.

— Seguramente estás acostumbrado a la comida española, ¿cierto? Uhn, ¿pero qué tal la opción de probar cosas nuevas? ¡Los platillos de aquí son buenos también! Algunos llevan plátanos o frutas, ¡solamente había visto que eso pasara con los postres!

Con sus golpes, sus gritos, con sus exigencias estúpidas. Con su drásticos cambios de humor, sus inconformidades inútiles, con sus palabras que siempre herían. Con la orgullosa sonrisa que dibujaba al verlo rebasar las expectativas, sus ojos expresándole un esbozo de cariño antes de una misión peligrosa, con sus abrazos donde quería asfixiarlo de puro sentimiento…

Todo fue exacto, preciso, perfecto para desarrollarse como esta existencia errónea planeó.

El punto se veía culminado cuando pirata tras pirata caía.

Cuando cada uno pagaba por lo arrebatado, por algo que alimañas de su clase nunca lograrían entender. No con su frialdad, su cinismo, la palpable convicción de corromper lo intocable.

Y Alfred F. Jones era igual que ellos.

Lo era a pesar de que quiso creer que podría confiar debido a esa extraña y súbita amistad que surgió, interpretándolo como una señal de que, incluso él, tenía derecho de compartir una sonrisa sincera con alguien.

Lo era a pesar de que fue decepción lo que le llenó cuando fue desmentida la amable promesa de que se convertiría en el amigo que siempre deseó.

— Alexander, ¿me estás escuchando? No has hablado en todo este tiempo… bueno, jajaja, ni siquiera para decirme que me vaya a la mierda o algo así, ¿te sientes bien?

Y sobre todo, lo era sin importar la presión de alegría que lo tragaba cuando sentía sus cuidados y atenciones que se figuraban auténticas.

Algo así nunca podría ser cierto en un pirata. No en alguien como Jones que usaba esa curvatura de labios como su medio de sometimiento.

No volvería a negarse a sí mismo. No lo haría aún si tenía que matarlo personalmente y enterrar de una jodida vez lo que se resistía a ser destruido.

Él era más fuerte que esto. Lo era mucho más que la basura que se acumulaba en secreto. Era más poderoso su deseo de seguir su malformado destino que recordar la efímera ilusión de contar con un amigo incondicional.

Él era mucho más fuerte… porque era mil veces más incontenible la convicción de borrarlo de la faz de la tierra, igual que a cualquier otro pirata.

— Tú… herida — lo escuchó un tanto alterado — ¿Eso es…? ¡Está sangrando! ¡¿Pero cómo?! ¡Si he venido todos los días y parecía bien! — se acercó un poco y levantó la mano, dirigiéndola directo a su pecho — ¡Déjame ver! Tal vez pueda hacer algo y…

Alejó con un golpe agresivo la extremidad que buscaba confortarlo…

La que buscaba restregarle que se había burlado de él.

— ¡ALÉJATE DE MÍ!

Gritó más fuerte de lo que pensó… o tal vez se debió a la resonancia del sitio.

Lo dijo imperioso, con gran determinación, con todo el odio que no alcanzaba a imaginar que poseía.

Quería que lo supiera. Quería que se le grabara en la memoria que no sería tan fácil acabar con él.

Quería que entendiera que cualquier cosa que creyeron, que pasaron y que imaginaron, ya no existía.

El rubio no dijo nada… al menos, no percibió que lo hiciera.

Se levantó del malgastado catre y caminó hacia la puerta. Salió, colocó el candado de siempre y aceleró sus pasos una vez en el corredor.

Quizá iría en busca del médico. Quizá huía de él. Quizá sólo buscaba alejarse.

Sonrió de lado, respirando con dificultad y notando el rojo que se pintaba sobre la venda.

Faltarse mutuamente de esa manera sólo podía verse como traición.

No importaba quien de los dos falló primero.

Y eso era perfecto. Más de lo que hubiese planeado.

De ese modo, al fin, mataría lo que insistía en sobrevivir dentro de él.

No había futuro para Jones, Kirkland, el resto del mundo… ni para sí mismo.

Se aseguraría de que continuara así.