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Capítulo 14
— ¡Aten las velas y suelten el ancla! ¡Quiten la bandera y también aseguren el timón! — ordenaba con autoridad, sin dejar de caminar por la proa — ¡Connor, baja con unos hombres a la bodega y hagan un recuento de lo que hallen! ¡Smith, O'Neil, vayan a la sección de cañones! Quiero un inventario de la cantidad de pólvora que encuentren, ¡Charles, deja de perder el tiempo y baja del mástil! ¡Mueve tu trasero a la popa!
Todos se pusieron en movimiento, pues aquella operación debían ejecutarla lo más rápido posible.
Lo suficiente para darle un final apropiado y asegurar que las cabezas de todos no fueran expuestas en los púlpitos de La Juana. Tenía que salir bien, incluso en esos momentos del desenlace, ya que existía la posibilidad de un imprevisto y no podían fallar a esas alturas.
Y es que había puesto en marcha el encargo de Arthur: conseguir un nuevo barco.
Sin embargo, la idea no era comprarlo, pagar su construcción ni mucho menos: cuando el inglés pidió aquello, se trataba de obtenerlo por medios naturales, es decir, robarlo.
Se ahorraban problemas, tiempo y recursos con eso, además de usarlo como calentamiento después del par de meses que pasaron si nada de acción.
Como no era posible viajar muy lejos, y menos con una cantidad suficiente de hombres para ejecutar el acto, naturalmente tuvieron que hacerlo en las cercanías, en la dirección contraria de La Habana, por el noreste.
Se trató de un majestuoso bergantín de velas blancas que, por la zona donde se ubicaba, estaba reservado para la defensa del puerto. Fue sencillo eliminar a los soldados que lo cuidaban y zarpar enseguida hacia "Mar abierto", lo que sólo fue un despiste para rodear el sitio y esconder la nave en una grieta de los riscos del noroeste.
A carreta era un viaje de una jornada, así que habría no mayor problema en que los hombres fueran a hacer las modificaciones conforme pasaran las semanas.
— ¡Quiero a todos fuera de aquí cuando terminen! — avisó con fuerza — ¡Me las pagará el que abra la boca y divulgue sobre esto! Ni los nuevos miembros lo sabrán, ¡¿entendido?!
Respondieron "Sí, Oficial", y con eso estuvo satisfecho.
Caminó a lo que parecía el camarote principal: era más o menos de las dimensiones que tenía el Black Gold, pero solamente contaba con un escritorio y un estante. Arthur lo arreglaría a su gusto después, por lo que le agregarían nada más una cama, y quizá ya colocarían varias botellas de whisky…
Suspiró con ligereza, ¿dónde se habría metido el Capitán? No era divertido sólo tener que esperar…
— ¡Listo, Oficial! Cañones asegurados y el recuento de los recursos está listo.
— Inspección de la bodega listo, Oficial.
— ¡Bien, hora de largarnos! — anunció — ¡Muévanse, no tengo todo el día!
Designó a un par de hombres para que hicieran guardia. Serían sustituidos por otros al día siguiente, y con ellos llegarían algunos que revisarían la nave en aspectos más técnicos.
Con las provisiones no habría problema: algunas mujeres que trabajan para Madeline les llevarían comida, agua, ¿y por qué no? Por el precio, el cortejo o forzamiento exacto, de paso tendrían un poco de sexo.
Esa también era una necesidad de la tripulación, y sin estar totalmente de acuerdo con los asaltos brutales, no se los privaba. Él mismo tampoco se lo negó en varias ocasiones, aunque podía afirmar que no sintió la necesidad en todo ese tiempo, y era bueno, porque debía estar al tanto de los reclutamientos, los hombres y del prisionero.
Sobre todo del último.
"— ¿Qué te hace pensar que me importa?"
… bien, tenía que confesarlo: las cosas no habían resultado como lo esperaba.
Aún con lo que hacía, con lo que intentaba y ese ambiente que sí se relajó entre ellos –a comparación de las primeras semanas-, se encontraban en un punto muerto, silencioso, sin nada que delatara un poco del Alexander que conoció en Campeche la primera vez.
Siempre estaba callado, serio, con esa mirada baja que prestaba mediana atención al plato que, en teoría, le obligaba a comer; cada que entraba en su celda, se hallaba acostado de espaldas a la puerta, sin movimiento, sin algo que mostrara más vida que las ratas que caminaban por el suelo de la reja; sólo cuando lo sacaba de quicio le gritaba algunas maldiciones, decía cosas que herían por la frialdad y el desdeño… pero eso era muchísimo mejor que el mutismo que mantenía la mayoría de las veces, como si ninguno de los dos estuviera ahí.
No obstante, continuaba llevándole la comida y pasando un rato leyendo en voz alta en lo que terminaba… y notó, dentro de la incomodidad que no dejaba respirar, que eso le agradaba… es decir, escuchaba la lectura y no lo detenía… al menos no hasta que intentaba establecer una charla personal y más espontanea.
Los momentos después de que acababa con su ración y en que seguía narrando, se habían extendido lo suficiente para leer un libro considerable en cuatro días. En vista de eso, trataba de darle vida a la historia, y se alegraba que el otro luciera un poco más consciente conforme avanzaba: le gustaba pensar que era señal de que no estaban alejados del todo y que podían convivir algunos minutos, olvidando así que eran un pirata y un militar prisionero.
Ese era, hasta ahora, el único contacto que llevaban.
Cualquiera diría que eso era suficiente.
… de hecho, Carlos y Madeline le recordaban en cada oportunidad que era el límite.
Kirkland se lo recalcaba en sus pensamientos, desde algún lejano punto del mundo.
Alejandro se lo enterraba con toda la fuerza por medio de su odio y silencio.
Él mismo se lo gritaba al oído en todo momento.
…
Pero seguía ahí, manteniéndose a pesar de que no se veían señales de avance.
…
Se golpeó ligeramente la frente.
En serio, tener tal convicción a veces era un completo dolor en el trasero, porque los desprecios bajaban bastante su ánimo sin matarlo al final.
Se le figuraba como… como una trampa que luego le ponían a los peces: los sacaban con sus redes y los dejaban colgados un rato, haciendo que poco a poco se asfixiaran… pero para mantenerlos frescos, los volvía a bajar, respiraban un poco y nuevamente los privaban del agua.
… algo así era cuando estaba con Fernández: respiraba, dejaba de hacerlo, respiraba, y dejaba de hacerlo en un ciclo que no parecía tener fin.
Ya no lo aguantaba.
Aunque la paciencia no se trataba de una virtud con la que contara, no tenía que ver con eso, sino con algo más grande que se hacía demasiado pesado conforme pasaba las tardes, leyéndole sin obtener una respuesta.
Era lo que deseaba.
Respuestas.
Se quedaba sin aire, sin nada que lo sostuviera cuando terminaban las sesiones de lectura y en que se retiraba sin nada entre las manos.
Quería una mirada como la de antes. Quería que le volviera a hablar como antes. Quería que fuera el mismo de antes.
Quería que lo aceptara, como antes.
Y poco a poco, comenzaba a tener sentido la urgencia de quedarse a pesar de todo.
Empezaba a saber por qué actuaba como un idiota obsesivo cuando nadie, ni siquiera Alexander, lo necesitaba con esos recuerdos que ya no tenían sentido.
El proceso fue lento más que nada por su evasión, por la impresión de que "no requería pensar en eso" en vista de las miles de cosas que debía contemplar no sólo como Alfred, sino como Oficial.
No se trató de negación en sí, puesto que le era muy evidente la preferencia por el moreno desde que se conocieron y de las constantes excusas que ponía cuando Carlos le pedía que ya no se involucrara.
Lo descubrió conforme a las semanas, incluso en los meses desde la batalla en el puerto y la salida de su Capitán.
Lo sintió más cerca en las horas de la comida, en las noches que trataba de pensar qué libro podría ser de su interés; en la preocupación del estado de sus heridas, y en el ligero rubor que se colaba en su rostro cuando estaba presente en las curaciones y veía el torso desnudo con tantas cicatrices surcando cada fragmento de piel.
Era demasiado evidente como para no darse cuenta, y si bien no fue el primero en notarlo, sí el que lo admitió con más facilidad que nadie.
De la misma forma, fue el primero en recriminárselo, porque no conseguía nada de aquel sentimiento que no podía transmitirle al otro, aunque lo deseara.
Con todo lo que trataba de hacer, de decirle, de lograr que percibiera, era el único que quedaba como imbécil con aquellos rechazos lógicos, ¿pues qué esperaba? ¿De verdad creía que podría cambiar el modo de pensar de un militar que había capturado y condenado a temibles piratas? ¿Y que había de sí mismo? No tenía derecho de actuar así, ni de rebasar el límite.
Estaba llegando el tiempo de rendirse, de obedecer al fin al desánimo y recordar lo que el mundo entero le decía: que no tenía futuro.
Por eso, como dijo, era un completo dolor en el trasero ser él, ya que continuaba, como si fuese un niño caprichoso que debía obtener lo resplandeciente, aún si era a costa de Arthur, de ese tal Antonio, o del mismo Alejandro.
Lo malo, era que no había culpa en tal cosa.
Lo peor, era que quería ser recompensando.
Lo trágico, era que sentía que pronto lo exigiría con sus propias manos.
— ¡Oficial! — anunció uno — ¡Ya llegamos al puerto principal de La Habana!
— ¡Muy bien! — para realizar el pequeño viaje donde dejaron el bergantín hurtado, un pescador les alquiló por unas horas su nave. Según el hombre, lo habían usado para "negocios", y era verdad — ¡Cuando toquemos tierra, dispérsense y lleguen en pequeños grupos a la taberna de siempre! Y William — el susodicho se acercó — Devuelve este barco con discreción y sin líos, ¿de acuerdo?
— De acuerdo.
Desembarcaron, y tal como lo ordenó, se separaron.
Él se quedó solo, como esperaba, así que fue directo al negocio de Madeline: quería asegurarse de que todo estaba bien, de que el prisionero continuaba intacto y que Levi se responsabilizó de dar los últimos toques del tratamiento, pues la última vez aseguró que ya casi terminaba de cicatrizar la herida.
Por si fuera poco, era quien debía mantener las cosas bajo control, y dado que era la primera ocasión en meses que se alejaba del sitio –tres días, a lo mucho, en lo que planeaban y ejecutaban el robo-, su obligación y su voluntad se dirigían a corroborar que no había problemas de ninguna clase. Eso era más que nada porque dejó en el lugar a los nuevos integrantes en vista de que los viejos, aquellos que sobrevivieron al ataque y en quienes sí confiaba, lo acompañaron por la nave.
Si bien, se encargó personalmente de observar a las alimañas con las que conviviría de ahora en adelante, la mayoría contaban con una personalidad impaciente, algo explosiva e insolente… nada que no se pudiera controlar con el incentivo apropiado, pero dejarlos cerca de la de ojos lila, e incluso de Fernández, no le dejó tranquilo del todo.
Claro, les advirtió lo que sucedería si desobedecía sus órdenes, pero con la falta de una autoridad aplastante, sabía que podían ser realmente estúpidos y arriesgarse a irritarlo de verdad.
Quizá no era tan evidente su naturaleza despiadada como lo era en Kirkland, empero, si lo hacían perder el juicio, era peor que él. Esperaba que no tuviera que cometer una masacre, ya que significaría reclutar otros hombres y parecía agotador.
…
Caminando a paso rápido, en poco tiempo llegó al tan conocido bar.
La puerta estaba cerrada, lo que indicaba que Madeline salió de compras, así que caminó hacia la parte de atrás, en que se distinguía un enorme patio cercado y con vista a un terreno baldío.
Sin embargo, se confundió un tanto al distinguir muchas voces conforme se acercaba.
— ¡Vamos, peleen de una vez!
— ¡Que sea a muerte! ¡Córtale la maldita garganta!
— ¡5 monedas de plata al grandote!
— ¡10 monedas!
… ¿pelea? ¿"A muerte"? ¿"Monedas"? Eso sonaba como una lucha clandestina…
No sabía que la chica Williams permitiera ese tipo de cosas, ¿sería que necesitaba dinero, o estaba metida en problemas? Ella era muy amable, casi tímida y nerviosa como para inmiscuirse en aquello, y si era por dinero, ¡él le hubiera dado tantas monedas como quería si sólo lo hubiese pedido!
— ¡¿El marica no quiere alzar los puños?! ¡Te romperé las jodidas perlas que tienes por dientes!
— Ese chico no tiene oportunidad, ¡lo van a despedazar sin problemas!
— ¿Y cómo podría ser diferente si no lo han dejado descansar? Está peleando desde que el sol llegó al cenit.
Pero… ¿por qué habría un evento si ni siquiera estaba ella? ¿O sería que cerró para atender? Uhn, era sospechoso… y seguro que le habría avisado, ¡sabía perfectamente que este tipo de cosas llamarían la atención de forma estúpida! No, no, esto no estaba bien…
Se dirigió al grupo, buscándola con la vista, o a una de sus trabajadoras… tal vez alguien de la concurrencia podría decirle algo, aunque… bueno, lo primero era asegurarse que adentro todo estuviera bien. Dejaría su curiosidad y las quejas para después.
— ¡¿Desde entonces?! Eso explica perfectamente lo lastimado y cansado que se ve.
— Lo sorprendente, es que ha vencido a todos los contrincantes.
— ¡No podrá contra ese! ¡Míralo! ¡Es enorme y podría aplastar la cabeza de una vaca!
Se abrió paso entre la multitud con dirección a la puerta del extremo derecho. No se encontraba abierta, pero sabía dónde escondían la llave, y de ahí entraría derecho al sótano y…
…
Un ruido atropellado se escuchó con mucha fuerza, lo que le obligó a voltear a la barda en que, aparentemente, uno de los sujetos que peleaba arrojó al otro sin consideración alguna. Los presentes chistaron casi de dolor, ya que tenían mejor posición y vieron como quedó el pobre diablo que fue lanzado.
Enseguida exclamaron de alegría, de decepción, de sorpresa, de miles de emociones que podría expresar un populacho ignorante y gustoso de observar sujetos destrozarse entre sí. A él también le llamaba la atención, más si había dinero de por medio, pero justo ahora tenía cosas importantes que hacer.
— ¡Está tratando de ponerse de pie!
— ¡¿De dónde sacaron al muchacho?! ¡Es sorprendente!
— Dijeron que lo tenían encerrado o algo así.
Encerrado…
No sintió absolutamente nada por unos momentos.
De pronto se encontró a sí mismo pasando entre los hombres con atropello, apresurado por ver al par que peleaba.
Primero vio al más grande: era un mulato como de 1.90 cm, bastante musculoso, con movimientos muy bruscos y rápidos. Lo distinguió como un duro oponente con sólo mirar una vez.
Después vio al que estaba tirado en la barda, quien dejó rastros de sangre en la madera y en el suelo donde intentaba levantarse.
Y de pronto, de un golpe despiadado, sintió todo.
Fernández estaba jadeando, sudaba, y varios caminos de carmín se distinguían en su cuello y en los brazos descubiertos por la camisa rota; a la altura del pecho la venda se dejaba ver sucia, así como los moretones parecían llenar el resto de la piel debajo de la tela; en su rostro el labio estaba roto, de su nariz salía un ligero hilo de sangre, y en una mejilla había marcado un perfecto puño.
Escupió a un lado la saliva combinada con rojo, casi quejándose por el dolor provocado al chocar contra aquel cercado y con las piernas temblándole del esfuerzo.
Al erguirse medianamente, miró con burla al oponente, como si no representara nada.
…
…
Y entonces rió con ligereza, con auténtico cinismo.
…
… le recordó aquel momento, cuando Kirkland amenazó con dispararle… cuando demostró que le importaba una mierda ser asesinado en tanto había grabado en el contrario una humillación y una bajeza que rememoraría hasta el día de su muerte.
…
¿Eso era lo único que valía? ¿Era capaz de despreciar su propia vida en tanto pudiera marcar por siempre un dolor sin nombre?
— ¡¿De qué carajo te estás burlando?! — gritó el mulato con rencor — ¡Ahora mismo te borraré esa sonrisa de tu jodida cara!
Sacó una navaja, y el público enloqueció por ello.
El sujeto corrió hacia Alejandro, quien parecía listo para lo que viniera.
Y a él se le acabó la paciencia.
BANG
…
El sonido del disparo recorrió cada rincón con finura y liimpieza.
Los presentes callaron en tanto vieron al más grande caer de espaldas, inmóvil, con un perfecto hoyo de bala en la frente.
El humo todavía salía del cañón de su arma cuando todos le prestaron atención, observando fijamente que su brazo estirado, que estar parado frente al moreno en actitud defensiva, afilando las pupilas azul cielo con un peligro desconocido… que la mezcla de aquellos elementos letales, era señal inequívoca de que él había sido el asesino.
Uno que estaba dispuesto a eliminar a cualquiera que no saliera de ahí en cinco segundos.
…
Pero algunos pensaron diferente. Algunos se atrevieron a atacarlo cuando ya no contaba con la paciencia para fingir que le importaba conservar la vida de escorias como ellos.
El primero recibió un disparo en la misma frente. El segundo, en el ojo. Uno cayó cuando le cortó la garganta. A los dos siguientes les cortó el estómago lo suficiente para que se asomaran sus intestinos. A uno más le atravesó el pecho con la espalda, y el menos afortunado murió cuando sujetó su cabeza y la estrelló varias veces, incontables veces contra el piso.
Una y otra y otra y otra vez.
Le gustó dejarlo sin rostro. Le gustó ver como se pintaba el piso con su sangre y cómo le salpicaba las mejillas.
Le gustó ver cómo pagaba su mentira, porque era uno de los nuevos tripulantes que aseguró que vigilaría todo hasta su regreso, igual que los otros seis que ya no respiraban.
Hubiera querido hacer más, seguir viendo el rojo de otros cuerpos, pero ya no había nadie.
Cobardes sin talento, le daban asco.
…
…
Respiró con más calma luego de unos minutos.
Guardó su pistola, el estoque y limpió sus manos con la tela de alguno de esos perdedores. Seguro que tenía machada la cara, aunque eso sólo lo podía arreglar cuando estuviera frente a un espejo, o tuviera algo de agua a su disposición.
Giró lentamente en su lugar, dirigiendo la vista hacia donde quedó Fernández.
…
…
Estaba de pie, no obstante, recargaba todo su peso en la valla; parecía que respiraba con más tranquilidad, pero se puso totalmente en alerta cuando lo vio dar un paso y cayó, amortiguándose al chocar primero la rodilla izquierda.
Corrió a su lado, y estando más cerca, comprobó que la herida de su pecho estaba intacta de primera vista. Eso fue un alivio, a pesar de que el estado general no era el mejor.
Si era cierto que estuvo horas peleando, las heridas se conservaban dentro de lo inmediatamente tratable.
Sujetó el brazo y lo pasó por atrás de su cuello; también lo tomó de la cintura para levantarlo, asegurando que todo el peso cayera en él
— Alexander, it's all right — le dijo con una sonrisa — ¡I will heal you! Trust me.
— ¡No me toques con tus manos de mierda! – abrió los ojos con gran sorpresa… lo último que esperaba era que se alejara bruscamente. Chocó contra la pared sin reparo — Maldito hijo de perra, ¡aléjate de mí! ¡Si te acercas, te prometo por tu puta madre que te atravesaré la garganta!
Trató de seguir apoyándose contra la madera… no sabía si pretendía ir a la puerta o intentaba escapar, pero era claro que quería estar lejos de él.
¿Por qué?
Chistó fuerte.
No tenía la paciencia para fingir que obedecería ese desplante, creyendo que eso le otorgaría un poco de su gracia.
Lo alcanzó con un par de pasos y le apretó con agresión el brazo, obligando a que volteara a mirarlo.
— ¡Malnacido y asqueroso pirata…!
…
… pero ya no dijo más.
No lo dejó, porque no le interesaba.
Dio un puñetazo certero en su estómago, sacándole el aire y sintiendo esa tensión en el justo momento. Con lo débil que estaba perdería la consciencia, cosa que pasó de inmediato.
…
Cayó, aunque no permitió que tocara el piso.
Fue cuando lo cargó completamente, asegurando que su cabeza se recargara en su pecho y las piernas dobladas colgaran con libertad.
¿Por qué no podía ser siempre así? Con ese rostro pacífico y una respiración acompasada, dependiente de él para su dolor y su descanso.
No entendía.
Ya estaba girando la imperceptible perilla cuando varios de los chicos llegaron. Estaba de sobra decir que se quedaron confundido al ver los cadáveres y el desastre que ocasionó uno en especial.
No respondió nada, salvo que se deshicieran de ellos y que buscaran a Madeline, ya que quería muchas explicaciones.
Con eso abrió la entrada y la cruzó, ignorando las escaleras que debía usar para bajar y llegar al calabozo.
No dejaría que el de ojos rojos estuviera en esa celda en semejante estado.
Ahora no había un Arthur que le impidiera atenderlo como correspondía, ni su frío proceder para arrojarlo a ese basurero en el que sólo las ratas se sentían a gusto; tampoco estaba el mismo Alejandro para rechazarlo con sus palabras hirientes, ni con su mirada que indicaba que prefería estar en ese hoyo oscuro que cerca de él.
Caminó, en cambio, por las escaleras que daban a la planta de arriba, al cuarto donde estuvo las primeras semanas de su estadía.
Abrió la entrada de una patada, y lo llevó hasta la cama… claro, no era la mejor, pero seguro que era más cómoda que ese catre que rechinaba de lo oxidado. A parte, intuición o no, ya tenía preparado el lugar: sacó todos los muebles, se aseguró de que ningún objeto que pudiera infringir daño estuviera a su alcance, también reparó la madera por si se le ocurría hacer una estaca o algo así, y selló las ventanas con barrotes similares a los del calabozo; la puerta sólo se abría desde afuera, y la acomodó de tal forma que no se formara ningún punto ciego.
Fue un buen trabajo, y por ello no desconfiaba demasiado, por lo que podía dejarlo sin temor a un error.
…
Lo recostó con amabilidad, y le agradó la forma en que su cuerpo pareció hundirse levemente en la tela fresca.
Eso era, debía estar cómodo.
¿Cómo podía decirle que podía contar con él para esto y más?
Lo observó con detenimiento.
…
Frunció el ceño al ver varios golpes, sin embargo, fue un gran respiro identificar que no eran profundos, sino sólo el impacto que dejaba la zona morada-verdusca. Ojalá pudiera decir eso cuando revisara las que la ropa ocultaba.
Por lo demás, podía decir que era un sujeto fuerte y resistente, ya que pelear sin descanso en un lapso largo de tiempo no lo lograban muchos, menos mantener daños físicos al mínimo.
Por eso, y seguro que por muchas otras habilidades, era muy justificado que lo nombrarán Capitán de la Real Marina Española.
Era justificado que hubiese enfrentado y vencido a los piratas que hacían temblar al mismo océano.
¿Qué debía hacer para ser escuchado?
Quería respuestas, y también quería darlas.
Se estaba cansado de esperar por ambas.
— Duerme todo lo que quieras — dijo con voz tranquila, no evitando la ligera curva de sus labios — Yo me haré cargo de cualquier problema, ¡puedo curarte! Las cosas saldrán bien~
No tenía opción.
…
No cuando estaba… tan profundamente enamorado.
— Espera aquí — caminó a la puerta — ¡Iré por todo lo que necesito! Y te aseguro que te sentirás mejor, ¡con un poco de suerte, hasta podremos renovar nuestra lectura de Tomás Moro!
Alexander tampoco tenía una.
No cuando deseaba a esos extremos que fuera como antes.
Cuando podía ilusionarse con su sonrisa, su mirada y sus tratos.
Cuando era posible que esos detalles se trataran señales de que le correspondía y de que le amaba por ser Alfred, no un pirata ni un Primer Oficial.
— Pero primero te tienes que recuperar — se respondió en voz baja — Quiero que estés totalmente en tu juicio, ¡así será más sencillo!
Lo necesitaba con gran desesperación.
No había opciones para ninguno de los dos.
