Notas: ¡hola! Aquí, aishiteru-sama al habla. No morí -sequemuchosloqueríannomientanjojo-, y he vuelto para traerles un nuevo capítulo de este fic tan soso xDDDD Quisiera hacer unos comentarios antes de todo:
-Por la naturaleza del capítulo, será probablemente el más largo de todo el fic. Sin embargo, advierto que los que vienen no tendrán la misma extensión. Estuve tentada a dividir el capítulo a la mitad, pero para que se entienda lo dejaré como está.
-Habrá cambios de acción repentinos, es decir, que diga una cosa y de pronto la detenga. Esto es adrede, y lamento si no logré describirlo lo suficientemente bien para generar una opinión positiva.
-Conforme lo fui editando, me di cuenta que es terriblemente cursi, ¡horrible! ¡AHHH! Me doy de topes contra la mesa, pero no lo modificaré XDDD Más que nada por falta de talento que por intenciones. Si quieren matarme por eso o decirme cosas sarcásticas, las aceptaré con todo gusto.
-Tiene mucho tiempo, MUCHO TIEMPO que no escribo un lemon. En teoría, sería el primer lemon que hago de esta pareja. De manera sorprendente no tuve problemas en escribirlo... quizá por eso será pésimo. Advertido.
-Si lo pienso bien, con este capítulo llegamos a la mitad de todo el fanfic. ¡PROMETÍ TERMINARLO Y LO CUMPLIRÉ!
Con eso dicho, pasemos al capítulo :DDD
Capítulo 15
No podría decir a ciencia cierta cómo se sintió durante la última semana…
Hubo una combinación de cosas que lo dejaban en un estado bastante ausente… que de pronto lo ponían feliz y después lo deprimían, todo sin que fuese capaz de predecir lo siguiente que haría.
Y quizá no había motivo para ello, ya que varios sucesos lo dejaban como al principio de todo.
Respecto a Alejandro, su diagnóstico de primera vista fue acertado, ya que conforme lo trató, los golpes no llegaron a puntos vitales ni perdió una cantidad importante de sangre; incluso la herida del pecho estaba intacta, quedando sólo el dolor natural que se conllevaba luego de una paliza a medias.
Para comenzar un tratamiento, el primer día le aplicó un ungüento hecho de varias yerbas que Carlos alguna vez le mostró, y poco a poco las manchas desaparecían.
También, Levi lo llegó a revisar y corroboró sus medidas, dándole un par de consejos para acelerar la recuperación, como lo eran ciertas comidas y masajes…
Lo primero sí pudo aplicarlo, pero lo segundo…
Bufó fastidiado, bebiendo de golpe su trago de bourbon.
Era natural la aversión que Fernández seguía mostrado… hasta el mutismo y sus contados insultos no eran distintos de los que mostró los meses que pasó en el calabozo. Daba la impresión de que el tiempo no había pasado, sin dar tregua ni pedirla tampoco.
Sin embargo, con más consciencia de lo que sentía por él, comenzaba a sacarlo de quicio.
De algún modo, ya no tenía la paciencia del principio.
No recurrió a la violencia en ningún momento, y tampoco quería hacerlo, así que para ahorrarse oraciones que no quería escuchar, le pidió a la chica Williams que le echara ciertos polvillos que lo dejaban profundamente dormido más o menos 1 horas después de la digestión. Si sospechó de eso, no lo demostró, pues seguía comiendo como siempre y no tenía nada que decirle después de terminados los alimentos.
Cuando caía en el mundo de Morfeo, entonces aprovechaba para masajearlo a gusto, casi arrullándose por su tranquila respiración y el contacto con la piel morena que sentía siempre tersa, y a la vez resistente, efecto que se acentuaba con la vista de sus muchas cicatrices a lo largo de la espalda y del torso. No tenía idea de qué pudo ocasionar tantas, y dado que las más grandes parecían antiguas, sólo alcanzó a deducir que fueron hechas en su juventud, probablemente fuera del ámbito militar.
Todas las marcas, las historias que existían detrás de ellas… quería conocerlas y casi rogaba por hacerlo, aunque no pasaba del mero pensamiento. Crecía con eso su frustración y se acentuaba el misterio que lo dañaba sin salida.
Aún con aquello, insistía en seguir con la rutina de leer en voz alta algún libro cuando esperaba a que consumiera toda su ración.
El ambiente continuaba igual, sus esfuerzos marcaban el camino anteriormente trazado, y la reacción estaba intacta.
…
…
Todo era lo mismo.
Jodidamente lo mismo.
Él seguía siendo un puto cero a la izquierda para el moreno, mientras que para él representaba un centro que no quería sacarse de la mente.
Eso lo cansaba a niveles sorprendentes, y en verdad, ya no le daba la gana seguir esperando la conversación que quiso llevar desde que se volvieron a ver.
Por otro lado, al exigirle explicaciones a Madeline de los hombres que encontró aquella vez, ella se mostró muy confundida, incrédula, casi al borde del llanto por no saber cómo fue que sucedió.
Contó que fue al mercado por provisiones, pero que tardó más de lo normal porque pasó a dejarle comida a una de sus trabajadoras que estaba enferma y postrada en cama. Respecto a los tripulantes que dejó, le narró que llevaban días diciendo que estaban aburridos, y sólo eso.
Por su gesto, su voz, sus ojos que pronto empezaron a llorar, le creyó, y lo hizo de buena gana porque era una de las pocas personas en las que confiaba de verdad.
Con la baja de esos miembros, se dio a la tarea de buscar unos que los reemplazaran, y por supuesto que encontró a unos mejores. Después de todo, lo que más le sobraba a esa isla eran sujetos que querían cambiar su suerte y recorrer el mar, ya que no había nada en tierra que los retuviera.
El bergantín continuaba con las modificaciones, siguiendo los trazos planeados para él. Los nuevos hombres aprendían la disciplina por imagen.
…
Así que, en teoría, las cosas seguían su curso…
…
Y simplemente se sentía inerte, flotando en un espacio vacío que absorbía su cordura, la paciencia que rápidamente se extinguió como nunca.
Ya ni siquiera contaba con algún miserable rastro de la fachada amigable y accesible, interesada con ciega determinación.
…
Eso le recordaba, ¿dónde diablos estaba Arthur? Llevaba meses sin saber nada de él, y con la falta de noticias buenas o malas, comenzaba a preocuparse… claro, jamás se comunicaría ni por una maldita carta –pasó la vez anterior que le dio por desaparecer casi 7 meses-, pero en vista de los elementos conjugados, no contaba con los ánimos para soportar tanto secreto, ¡es decir! Tenían a Alexander como prisionero, Kirkland se iba a buscar quien-sabía-qué información con la mente enfocada en un tal "Antonio", ¿y él que? Parecía el estúpido que se encontraba ahogado en un océano de mierda, ¡lo desesperaba! ¡No era un niño como para hacerlo pasar por idiota!
Pero ahí estaba, estancado como nunca y con un Capitán lejos al que no le podía gritar, ¡carajo!
Con eso, la situación con el de ojos rojos le ponía más tenso que nunca… claro, se repetía que el mundo no podía girar alrededor de él, ¡no era posible después de ser quien era! ¡No con tanto por hacer, y con un historial que le daba un respaldo de inhumanidad y vandalismo!
Pero sin importar con qué intentaba sobrellevarlo, regresaba a la misma necesidad de compensación y exigencia.
Patético.
Y es que era tarde para negarlo, porque no le daba la gana hacerlo.
No después de que lo sentía con tanta fuerza y por el anhelo iluso de que las cosas fueran como antes; aun cuando la base de aquello era una emoción que surgió de súbito y por una convivencia fugaz; por los sucesos que a nadie le interesaban con tal desorden, sin sentido y sin nada que le diera un sostén razonable…
No quiso escapar aun cuando el mundo entero le gritó que podía hacerlo… aun sabiendo y corroborando que era una tremenda estupidez que acabaría mal.
No le dio la gana ser realista porque las emociones lo llenaban, lo ahogaban con delicia agonizante.
…
Estaba perdido, y ahora que era más que consciente, no tenía la maldita intención de encontrar el camino de regreso.
El punto a discutir, el único que lo tenía con la mente hecha una completa confusión, era Alejandro.
Alejandro y su mutismo.
Alejandro y su evasión.
Alejandro y su jodida mirada que lo despreciaba sin la mínima oportunidad de defenderse… pero obvio, no era como si su posición pudiese ser protegida ante la moralidad de quien se dedicó a un tipo específico de justicia y a la cacería de hombres que la desquebrajaban sin remordimiento.
De todos modos, con lo que había sucedido, su propia opinión de la vida no se teñía de arrepentimiento y menos de un sentimiento de culpa que le inspirara a pedir una disculpa.
Sus códigos no eran iguales. No valía la pena comparar objetivos de perspectivas contrarias. De ningún modo esperaba que el Capitán de la Real Marina Española entendiese los motivos del Primer Oficial del Capitán Kirkland. Incluso, no contaba con la esperanza de que Alexander entendiera lo que Alfred deseaba…
…
Tenía un tipo de ambición más egoísta: esperaba que mandara al demonio tantas incógnitas y que sólo le correspondiera, así, sin preguntas, sin quejas, sin pensamientos que cuestionaran el motivo de fondo.
Quería que lo amara por el simple hecho de ser el sujeto que lo comprendía y con el que, ineludiblemente, estaba conectado.
Quería que olvidara sus principios, sus prejuicios, toda la vida anterior que llevó antes de él y que se quedara a su lado, como tenía que ser.
No le daba la gana reflexionar si era destino, suerte, o algún juego de un Dios que siempre se burlaba de ellos, pero sabía… ambos sabían, que esto debía ser así.
…
Más importante: debía serlo porque era lo que querían, lo que deseaban tan desesperadamente que los ahogaba, lo que ansiaban estrechar entre los brazos y nunca dejarlo ir.
Se trataba de lo que no dejaba respirar, pensar, sentir o vivir sin que estuviese el otro. Una dependencia casi enfermiza, tan incomprensible que no contaba con justificación, ni un final trazado en que no se encontraran juntos.
Era amor.
Uno que sintieron desde el primer encuentro y que se instaló como un profundó dolor que quemaba a cada respiración, casi con odio que no les permitía existir como hasta ahora, pero tan dulce, tan amable, tan hermoso y equilibrado como nunca se vería…
Y ya era hora.
Ya era momento de recordárselo a Alejandro…
O mejor dicho, de hacerle ver que su actitud sólo los estaba orillando a un punto al que nadie quería llegar, porque de ningún modo, bajo ninguna jodida circunstancia, aceptaría una negativa.
No podía existir. No tenía ya la cordura para plantearse la posibilidad, y tampoco contaba con la benevolencia necesaria para esperar una resolución que, tal vez, no llegaría por prejuicio, orgullo y honor.
Quería ese amor de inmediato.
Quería que reconociera que lo amaba ahora, justo en ese momento.
Anhelaba que le entregara su vida, su ser completo, y que sin duda le gritara que lo necesitaba tanto como él.
Ansiaba que le demostrara que se estaba volviendo tan loco como él, y que no era el único estúpido que pensaba que existía algo que los unía hasta extremos inimaginables.
Quería todo.
Todo.
Todo.
TODO.
Aunque eso significara arrancárselo hasta que no quedara rastro de su existencia.
Se levantó de un impulso, y aventó con fuerza la copa donde bebía aquella porquería. Le importó un carajo el vidrió quebrándose y el líquido derramado que se perdió entre las grietas de la madera vieja.
Sólo estaba siendo egoísta.
A paso rápido subió las escaleras y llegó a la puerta de la habitación donde lo dejó el día anterior, hacía una semana, desde ese incidente en que se sintió más humillado y despreciado que nunca.
¿Por qué? ¿Por qué nunca obtenía nada cuando sólo quería cuidarlo? ¿Por qué, cuando únicamente pensaba en él?
Abrió el candado y entró de golpe, con fuerza.
Con tanta devoción y amor como no lo haría ni siquiera con Dios.
Lo encontró sentado en el suelo, cerca de la esquina, con las piernas estiradas y la cabeza baja, respirando con tranquilidad.
…
Cuando notó su presencia, apenas ejecutó un movimiento para tenerlo dentro del foco de vista.
Sólo eso.
Ni un gesto de sorpresa, duda, o inquietud se asomó en su rostro de facciones atractivas y mudas.
Simplemente se ganó una mirada hueca, con esos ojos rojizos oscuros que no le decían nada y que se acentuaban por las marcadas ojeras que los adornaban.
La boca en una perfecta línea recta que nunca quería decir algo estaba ahí, como siempre, como cada día desde que lo volvió a ver.
Suficiente.
Se colocó frente a él en un par de zancadas. Lo sujetó del cuello de la camisa y lo elevó agresivamente, aun sin ganarse una maldita mueca que le indicara lo que fuera, ¡lo que fuera, maldición!
Con el mismo impulso lo arrojó sin ninguna delicadeza en el colchón, donde rebotó un poco y después se acopló forzosamente, al fin escuchando un quejido de dolor.
— ¿Por qué parece que sólo reaccionas cuando te lastiman? — se acercó con amenaza, no conteniendo el tono cargado de resentimiento que necesitaba sacar — ¡¿Esa es la única manera en que me responderías?! ¡No me jodas, Alejandro! ¡Bien podría mandarte al infierno si quisiera!
Mentira.
Su pecho subió y bajó con un poco más de rapidez, tratando de incorporarse con ayuda de sus codos. Frunció el ceño, aun mostrando en su rostro parte de la dolencia.
— ¡Responde! — pateó el soporte de la cama, haciendo que se cimbrara — ¡¿Quieres que lo haga?! ¡¿Quieres que te golpeé, te pateé, que casi te mate para que reacciones?! ¡¿De ese modo al fin tendrías la maldita dignidad de hablar conmigo?!
— Tú y yo… — dijo despacio, sin algo real que trasmitir a través del vacío de su voz — No tenemos nada de qué hablar.
— ¡¿Qué?! ¡¿Tratas de hacerme pasar por estúpido?! ¡Pues no lo soy, y ya estoy cansado de que me hagas lucir como uno! — le tiró un nuevo puntapié a la base, haciéndola temblar con mayor agresión — ¡¿Tienes una jodida idea de lo que he tenido que hacer para mantenerte con vida?!
— ¿Lo que has hecho? — continuó en un susurro tranquilo, pero frío. Dolía de manera que nadie comprendía — Soy un prisionero, eso lo dice todo.
— ¡No, no lo dice todo! — soltó otra patada más fuerte que la anterior. Esta vez el mueble entero pareció saltar y caer — ¡¿Por qué siempre tienes que ver las cosas de una forma tan cerrada?! ¡¿No lo entiendes?! ¡¿Realmente no comprendes nada?! – cerró los puños, sintiendo que casi sangraban - ¡Tú eres el único que nunca ha apreciado nada de lo que he hecho! ¡¿Qué se necesita para ganarse tu respeto, eh?! ¡¿Romperle las piernas a alguien?! ¡¿Cortarles la cabeza a todos en esta asquerosa isla?!
— ¿Cómo te atreves a mencionar si quiera el respeto? — aumentó un poco el nivel de voz, pero la ausencia no cambió. Simplemente se agregó un odio más visible que lo apuñaló como nunca nada lo había hecho — ¿Tú, que has hecho más que cortar cabezas, te atreves a exigir algo que has profanado toda tu vida? No digas estupideces.
— ¡Tú eres el único que las ha dicho desde que nos volvimos a ver! — avanzó otro paso — ¡Sólo has estado jugando a ser el Capitán respetable que ha asesinado a cientos de hombres! ¡El Capitán que resiste a pudrirse en una celda y que reta a uno de los piratas más temidos del mar! ¡El jodido Capitán que no se digna a dirigirme la palabra, como si yo fuese un maldito imbécil que no vale nada! — no pararía, tenía que decir lo que no lo dejaba respirar — ¡¿Qué demonios te sucedió?! ¡¿Qué fue lo que pasó con el chico que conocí en Campeche?!
— No ocurrió nada en Campeche — afirmó con seriedad, sin nada en su rostro que dijera otra cosa — Nunca ocurrió nada.
— ¡¿Me vas a negar ahora que me ayudaste?! ¡¿El que recibí ese puñal en tu lugar?! — no hubo respuesta cuando se descubrió la zona y mostró la cicatriz que lo confirmaba — ¡No sólo me salvaste, sino que me llevaste a tu casa y pasamos tiempo juntos! ¡¿Qué pasó con ese chico que se reía de todo lo que decía, y que me apoyaba sin atreverse a juzgarme?! ¡El que me ayudó y me acogió a su lado sin ningún reproche! ¡Ese es el Alejandro que conocía! — volvió a sujetarlo del cuello y a levantarlo con brusquedad — ¡Lo he estado buscando! ¡Quiero que vuelva desde que tuviste la estúpida idea de proclamarte mi enemigo! ¡No me jodas, ¿qué es lo que tenías en la cabeza para hacernos esto?! ¡Nosotros no teníamos que ser así!
— ¿Ah, no? — preguntó con parsimonia, sin algo que delatar — Entonces, ¿cómo es que "teníamos que ser"?
— ¡Solamente Alejandro y Alfred! — la cuestión coloró ligeramente sus mejillas, pero se disipó en tanto recordó el peso de la situación — ¡Teníamos que ser buenos compañeros! ¡Buenos sujetos que podrían pasar la vida entre aventuras y hazañas que el mundo recordaría por siempre! ¡Teníamos que estar juntos, uno al lado del otro, sin importar lo que sucediera! ¡Encontrar apoyo entre nosotros…! — sólo estaba diciendo tonterías… y sin importar qué tan ridículo fuera, quería hacerlo, escupirlo como el veneno que ya lo había acabado. Apretó su agarre y enfrentó sus orbes con todo aquel sentimiento que ya no tenía fuerza para contener— ¡¿Lo entiendes?! ¡¿Finalmente lo ves?! ¡Nosotros teníamos que ser…!
— Vaya, ¿así que se trata de eso? — interrumpió, percibiendo la burla que hizo que su corazón se detuviera incrédulamente — ¿Estás hablando de amistad? ¿En serio? ¿Un pirata puede plantearse algo así?
Siguió sosteniendo la mirada que lo estudiaba con despreciable raciocinio.
¿Por qué? ¿Qué tenía que hacer para apropiarse de lo que por derecho le correspondía?
— Pero si lo pones de ese modo… — suspiró, volviendo a adoptar un gesto serio, casi vacío — Una vez conocí a un Alfred… — aquello llamó grandemente su atención — Pasaba por un callejón cuando vi que unos sujetos golpeaban a un chico bastante joven. Decidí ayudarlo, pero en un descuido estuve a punto de ser apuñalado… y él recibió la herida en mi lugar, así que lo llevé a casa e hice todo lo posible para sanarlo. Cuando se despertó… cuando tuvimos la oportunidad de hablar un poco, supe que podíamos llegar a ser amigos… ¿y sabes? Quise creer que así sería, pero… — colocó ambas manos sobre sus hombros, y lo empujó con mucha fuerza, alejándolo casi a media habitación — Me traicionó.
En ese momento, después de tanto tiempo, después de incontables veces que pensó que no había nada en esos ojos para él, lo vio.
Vio el dolor que causó.
Vio el odio que provocó con acciones que no ejecutó a propósito.
Estaba la decepción que casi palpaba con las manos… y a la vez, observó cómo esas emociones se deformaban y se combinaban con otras, arrasando con cualquier intención a futuro, hundiendo todo lo que pudiese ofrecer una salida.
No podía permitir que pasara.
— Bueno, te divertiste, ¿no? — sonrió de lado con frialdad, con el cinismo que lo humilló hasta donde no imaginó — Me viste la cara de pendejo, siendo que eras un jodido pirata.
— ¡No sólo soy eso…!
— Me importa una mierda qué más creas ser — se levantó y caminó al otro lado del cuarto sin darle la espalda, como si todo lo que deseara fuera alejarse lo más posible — Ojala lo hubiera sabido antes. En ese mismo momento te hubiera cortado la garganta y exhibido tu cuerpo por la ciudad entera. Este asqueroso mundo me lo hubiese agradecido con un puto desfile y el suficiente oro para comprar el culo de la reina de Inglaterra.
— ¡No te hubieras atrevido! — dijo convencido… pero no supo si la frase iba para el moreno, o para él mismo… — ¡No después de cómo me trataste, y menos cuando se notaba que yo era lo único que tenías!
— Tú eres el que creyó eso, ¿o qué? ¿En verdad pensaste que eras especial? ¿Que tu existencia significaba algo para mí? — dolía — ¡No eres nada! — Dolía. Dolía. Dolía — ¡Y maldigo cada día en que tuve que toparme con un pirata tan patético como tú!
Quería que dejara de doler.
En un segundo llegó hasta donde estaba y lo sujetó de los brazos, intentando tirarlo nuevamente al colchón. Sin embargo, encontró resistencia férrea, por lo que estuvieron forcejeando unos minutos en que parecía que la madera bajo sus pies crujía.
Fernández logró desequilibrarlo cuando aplicó una patada rápida a su pantorrilla, y aunque cayó, no lo soltó, así que terminaron ambos en el piso de forma estrepitosa.
Por la posición previa y con la gravedad, tuvo el impulso para arrojarlo a un lado con violencia, haciendo que se estrellara sobre su costado izquierdo en que aún tenía un enorme moretón. Si no consiguió vencerlo, sí atontarlo, ya que la dolencia que se dibujó en su ceño delató su estado de debilidad.
Empero, cuando buscó colocarse encima de él, rodó hacia su sitio y le propinó un codazo entre el pecho y la garganta que le sacó parte del aliento, más la sensación de no poder aspirar oxígeno. Fue cuando el Capitán se subió sobre su estómago, y levantando un puño hasta la altura de su propio hombro, lo dejó caer con todo el peso en su mejilla, obligándolo a que ladeara el rostro. Distinguió el sabor metálico de la sangre y el ardor en la piel fue tan penetrante como no recordaba.
Lo observó repetir el proceso, pero antes de que le propinara otro puñetazo, lo tomó de los hombros y con un rápido movimiento ya lo tenía debajo de sí, con esa expresión fiera de que deseaba despedazarlo.
Él también quería hacerlo, pero en otro sentido.
Lo levantó ligeramente y con toda brusquedad hizo que su cabeza se estrellaran contra el suelo, escuchando ese golpe seco de cuando el cráneo sufría un daño de consideración. Mostró de nuevo la expresión de padecimiento y confusión.
Eso era lo único que necesitaba.
Así tuvo la relativa libertad de arrojarlo a la cama boca arriba, adoptando lugar encima de tal forma que le cortaba todas las salidas posibles. Separó sus brazos para evitar algún movimiento coordinado, al igual que las piernas, donde ganó lugar entre ellas.
Eso era hermoso.
Era hermoso sentirse al fin con el dominio que se merecía desde el principio.
Observó sus ojos cerrados, con el gesto de que buscaba recuperar parte de su consciencia… y aquello bizarramente le daba un toque bastante divertido; el cabello se acomodaba con libertad en la sábana, mientras que su flequillo se dispersaba sin orden, ocultando parte de las cejas y de sus orbes; el pecho subía y bajaba con rapidez, delatando las vendas que resguardaban las heridas y la camisa que le permitía ver parte de la piel morena marcada por cicatrices.
Eso era hermoso.
Era hermoso apreciar su imagen indefensa y vulnerable que sólo él provocaba.
Percibía su olor de lluvia, hierba, cedro y ligero tabaco en la punta de la nariz. Sentía sus temblores, el palpitar y el ligero estremecimiento recorrer cada parte de su cuerpo. Sentía casi en la palma de las manos todas las emociones combinadas y atrabancadas que buscaban escapar sin control…
Eso era hermoso. Alejandro lo era en la completa expresión de la palabra
Lo quería todo de él.
Absolutamente todo.
Lo necesitaba ahora mismo.
No evitó su mirada cuando abrió las iris rojizas, unas que mostraron desconcierto, seguida de la rabia que no parecía ser tal.
— ¿Qué esperas? — siseó con desprecio — ¡Mátame! ¡Mátame de una puta vez! ¡Hazlo como a todos los que han tenido la jodida desgracia de toparse contigo! ¡Mátame y demuestra que eres la maldita escoria del mundo! ¡Siempre lo serás sin importar tus mediocres intentos por creerte mejor que los demás, pirata estúpido y patético!
— ¡CÁLLATE! — dijo en un grito que resonó por todo el sitio — ¡Sí, soy un pirata! ¡Y si quieres ver lo que puedo hacer, entonces te lo mostraré!
La expresión del Capitán se mostró inerte, inexpresivo ante la posibilidad.
Sin temor parecía esperar un golpe, un puño, una daga, la muerte misma…
…
Pero… en lugar de eso, de cualquier otra cosa que hubiese podido imaginar, hubo un beso…
Un beso agresivo y forzado, uno voraz y repentino que exigía compensación por todo lo pasado.
Escuchó un quejido de sorpresa y asco, tan sofocado que le erizó la piel.
Se apreció el sonido de las sábanas removiéndose sin parar, los movimientos bruscos que buscaban la liberación.
Distinguió cómo sus propias manos se hacían lugar entre la estorbosa ropa, alejándola en tiras que había rasgado por la rapidez de las caricias.
El rechinido del colchón fue una copiosa armonía en aquel acto que no buscaba delicadeza.
Tal vez intentó gritar, ya que hubo un segundo en que abrió la boca y un sonido se atoró completamente en ella. Eso lo aprovechó para introducir su lengua en aquella cavidad húmeda y fresca, buscando jugar con la lengua que intentaba evadirlo y que, al final, terminó obligada a seguirle el baile de caricias dolorosas que llegaban con las mordidas y los golpes entre sus labios.
Lo quería.
Quería todo de él.
Lo conseguiría sin importar que su mente le estuviera gritando que no recuperaría nada.
Sintió sus brazos luchar con fiereza; las piernas se movían con desesperación, apenas atento de que al acomodarse entre ellas no podía hacer ningún contraataque específico.
Sintió el torso estremeciéndose y dando pequeños saltos que buscaban sacarlo de encima, fallando miserablemente. Incluso fue obvia la forma en quería mover la cabeza, esperando que así sus bocas ya no tuviesen en contacto, pero al encontrarse en ventaja leía cada intención. El beso no sólo no lograba evadirlo, sino que se hacía más profundo y prologando de lo que sus respiraciones soportaban.
Toda la fuerza que le había fallado por los meses enteros ahora parecía restaurarse con creces, sometiéndolo con la relativa facilidad que lo hizo suspirar.
— ¡N-No! — dijo contra sus labios — ¡Malnacido hijo de perra, no…!
Por inercia le soltó un puñetazo que interrumpió la oración, salpicando la sábana con la sangre que le sacó.
No quería escucharlo.
Ni a él, ni a sí mismo.
Atacó el cuello que tan agraciado le parecía.
Mordió con cinismo una zona evidente, una que se quedaría marcada por más de una semana y que ni la misma ropa podría ocultar a futuro. La lamió con dedicación cuando el espacio se tiñó de morado-rojizo, demasiada grande de la que alguna vez tuvo la experiencia de hacer.
Su marca, sólo suya.
Le gustó escuchar el quejido que vino con eso, y el temblor general de un cuerpo que con lamentable desesperación buscaba luchar.
Las extremidades no dejaban de pelear, y él no dejaba de acariciar la piel que ya tenía al alcance gracias a que se deshizo de la camisa.
Tuvo al deleitoso alcance un tórax con heridas viejas donde plasmaría las suyas. Las que se quedarían por siempre y que representarían más que todas las anteriores.
— ¿No se siente bien? — susurró contra su oído — ¿No te gusta lo que sientes?
— ¡Púdrete! — el tono de insulto le pareció más débil, pero mucho más ansioso que antes — ¡Hijo de puta, aleja tus jodidas manos de mí!
— No — apretó sin delicadeza uno de sus pezones. Un leve lamento vino con eso — Porque tengo el derecho de hacerlo, ¡todo el maldito derecho! ¡Tú más que nadie lo sabe!
Lo sintió inmóvil por un momento, tan corto y repentino que pensó que era producto de su imaginación.
Una respiración más acelerada chocando contra su oído.
Lo había presenciado demasiadas veces como para no distinguirlo ahora.
Pánico.
Histeria
Miedo
— ¡Eres mío, Alejandro! ¡Y si tengo que hacerte mil pedazos para que lo reconozcas, lo haré!
…
Y entonces…
… entonces hubo un grito.
Un grito… desgarrador, lastimero, casi plagado de horror que salió de la garganta de Fernández y se impuso en ese ambiente que cambió de golpe.
De pronto… vio al de ojos rojos ocultar el rostro con sus antebrazos y voltearse tanto como la posición se lo permitía, estremeciendo casi de forma convulsiva, latente, ajena que lo apartaba de todo lo existente… sobre todo de él y del acto que, hasta hacía unos segundos, no iba a detener.
…
No comprendió.
No sabía cómo reaccionar.
Lo había visto demasiadas veces como para no distinguirlo ahora… pero…
Pánico.
Histeria.
Miedo.
La imagen débil y acorralada de aquel Alejandro que lucía aterrado, enajenado en un pensamiento desconocido, le transmitía la clase de emociones que no pensó que tendría justo en aquel instante: comprensión, protección, compasión…
…
… estuvo latente la imperiosa necesidad de abrazarlo y prometerle que todo estaría bien, a pesar de ser el bastardo que estuvo dispuesto a quitarle sin piedad lo que tanto demandaba.
…
Se alejó un poco, lo suficiente para verlo desde arriba y apreciar el cuadro completo que ofrecía.
Con cierta libertad, instintivamente el moreno se colocó de lado y dobló un poco las piernas, en una posición fetal que adoptaría alguien que era atacado…
… como un niño que intentaba de cualquier modo evitar el dolor que le causaban.
…
Guardó absoluto silencio, intentando distinguir cualquier sonido que brindaba alguna aclaración…
…
… no entendía.
No después de que se estaba defendiendo con toda su convicción y cuando no había demostrado ni un ápice de arrepentimiento ni temor, ni siquiera de clemencia con sus sentimientos o con los reclamos que no guardaban su dignidad.
…
Respiraba con demasiada agitación, como si su pecho fuese a reventarse de tanto aire que intentaba contraer. Emitía jadeos que indicaban esa intención, pero que también trasmitía la sensación de una persecución, de un miedo que lo perseguía hasta hacerle pedazos la consciencia.
Verle en esa condición despertó su propia culpa.
Pensaba que quería amarlo, pero sólo estaba siendo egoísta.
¿Qué era lo que había hecho? ¿Qué estaba a punto de…?
— ¿Alejandro…?
— No quiero — susurró apenas, casi en un sonido que no se distinguía. El tono de su voz era rasgado, como si las palabras le cortaran la garganta — No quiero hacer esto… aléjate de mí…
— Pero yo no…
— ¿Por qué? Yo… no hice nada — no escuchaba. Lucía perdido en su propio recuerdo — No hice nada… yo no hice nada, Antonio…
… ¿Qué?
— No quiero… por favor, no quiero… — casi podía ahogarse con ese tono lejano — Antonio…
"Antonio"
…
…
Entonces, lo entendió.
Fue tan claro y preciso en su imaginario, que emitió un leve quejido por la repentina revelación.
…
Arthur siempre le preguntaba por un "Antonio" sin obtener respuesta. Podría pensarse en un vínculo de familia o algo parecido, lo que explicaría su firmeza en permanecer callado… no obstante… que ahora mismo, en ese tipo de situación, hubiese susurrado ese nombre con aquella… impotencia, con ese tono resignado que emitía también desesperación…
…
Adoptar esa posición… decir semejantes palabras… rogar casi en silencio… hundirse en una memoria que lo dejaba en un estado lamentable y degradante, débil e indefenso…
…
…
Ese Antonio… él hizo…
… él le hizo…
…
…
…
— Alejandro… ¡Alejandro! – dijo con voz segura y fuerte, acariciando levemente el antebrazo que tembló ante su contacto — ¡Yo no soy Antonio!
Y lo dijo por todo.
Desde el momento en que comenzó a exigir compensaciones, hasta ese instante en que iba a arrebatárselas sin importar las consecuencias.
Estaba siendo egoísta, pero la verdad por encima de todas, era que quería amarlo.
Del mismo modo, quería ser tan desesperadamente amado como él lo hacía.
Tomó sus manos con suavidad, y aunque no volteó a verlo, las colocó sobre sus mejillas, haciendo que sintiera sus facciones jóvenes, su nariz pequeña, la frente y la comisura de sus grandes ojos azules. Las pasó por su cabello rubio oscuro, sus mejillas que lograban inflarse de manera graciosa ante un mohín, y con especial cuidado sobre sus labios, dejando que percibiera la auténtica y comprensiva sonrisa que le dirigía sólo a él.
…
Quizá eso lo sacó ligeramente de su ensoñación… quiso creerlo, porque enseguida de hacerlo, parte de sus ojos opacos recuperaron un poco de brillo y su respiración se hizo menos pesada.
Quería que se amaran.
Algo así no podía ser tan malo, ¿cierto?
— Yo no soy Antonio — repitió sin dudar, bajando poco a poco una de las manos hacia su pecho — Soy Alfred.
Y justo cuando llegó a ese sitio, la pegó contra sí con amabilidad, dejando que sintiera su calor, la textura de su piel, el latido de su corazón que escuchaba dentro de los oídos propios.
No se conocía esta faceta.
No sabía que podía llegar a ese extremo de la comprensión sólo por una persona.
No se sentía como él mismo, y a la vez, era como si hubiese encontrado la pieza que le faltaba.
— ¿Me escuchas, Alex? — buscó su mirada aun perdida y somnolienta — Soy Alfred, no Antonio.
Y fue grande su alegría cuando dirigió sus iris hacia él con lentitud, casi calculando cada movimiento que hacía. Tal vez fue prevención o instinto, pero le gustó que la mano en su pecho y la otra en su rostro adquirieran algo más de fuerza, percibiendo la intención auténtica de sentir sus facciones y su calidez.
Sonrió por eso. Fue inevitable.
…
…
En pocos minutos cruzaron miradas
…
…
Sintió que era la primera vez en mucho tiempo que se contemplaban de verdad.
Fernández parpadeó un poco, como si tratara de recordar en dónde estaba, o recuperar la noción del "ahora"… pero cuando lo hizo, su gesto adoptó una actitud tranquila, casi de alivio e irónica sorpresa que no se molestó en ocultar.
Aún con ello venía cierto recelo, el que se manifiesta ante una situación inesperada y confusa, tan alejada de las posibilidades que no dejaba espacio inmediato a la improvisación.
No quería que hubiese más dudas.
— No soy Antonio… — dijo mientras se acercaba despacio, pidiendo un permiso tácito que no fue rechazado propiamente — Tampoco soy un Primer Oficial. No soy la mano derecha del Capitán Kirkland… ni siquiera un pirata… — sonrió de nuevo con ligereza — No existe España ni Inglaterra… ninguna persona… y yo… — suspiró lo que pareció el último aliento de su agitación — Sólo soy yo… sólo quiero ser Alfred…
Sintió el pulgar ajeno que acariciaba su mejilla en un movimiento instintivo… o tal vez no tanto, ya que tuvo la impresión de hacía el intento de bajar más, culminando en una caricia que ambos necesitaban.
Justo ahora, tal vez…
…
…
—… entonces yo… — susurró cuando sus labios ya estaban a la mínima distancia. La respiración que percibió le hizo contener el propio — Yo sólo quiero soy Alejandro.
Vio cómo sonreía de manera sincera, ligera, tan auténtica y firme, que no contuvo la pequeña risilla de felicidad.
Eso le indicó ineludiblemente que al fin, desde que se volvieron a ver, ahí estaba el chico que conoció aquella tarde en Campeche, el que con tanta desesperación había buscado debajo de ese papel de Capitán que no terminaba de ser cruel con ambos.
Reconoció el atrayente cinismo en sus ojos, la misma aura libre y carente de prejuicios, la comprensión de alguien que nunca juzgaba… y junto a ello, la intención de aceptarlo con todo lo que eso implicaba.
Esto era lo que tenían que ser.
Lo que los dos querían ser.
Y por eso tuvo la entera confianza de cortar la distancia y besarlo de nuevo, con sus verdaderas intenciones y los sentimientos que deseaba mostrarle en su entero esplendor. Fue bien recibidos al encontrar una correspondencia ansiosa, adictiva y apasionada que hizo que su pecho se contrajera de emoción.
No reparó en acariciar su boca, en sentir la frescura y humedad de su cavidad a la que inmediatamente tuvo acceso, menos en danzar con la lengua que ahora le mostraba nuevos y atrevidos pasos. Se acoplaron en un ritmo constante y deleitoso, tan lento y rápido en un patrón que sólo ellos conocían, a pesar de ser la primera vez que se encontraban en tales condiciones.
Ya no estaba el miedo en ninguno de los dos.
Lo abrazó por la cintura, pegándolo más hacia sí cuanto pudo, y del mismo modo, el otro pasó las manos por su espalda y lo atrajo. El contacto lo hizo gruñir con ligereza en sus labios, recibiendo un marcado suspiro como respuesta que no terminó de escapar en medio del beso.
Aún si morían por falta de aire, estaba seguro que ninguno lo lamentaría.
Las manos del moreno eran hábiles, diestras, de modo que le fue imperceptible el instante en que tomó la parte baja de su camisa y se la alzó para quitársela, apenas alcanzado a levantar los brazos para que saliera de una vez por todas.
El primer contacto auténtico de sus pieles los estremeció, emitiendo un nuevo suspiro que no terminaba de describir la textura que ahora percibían.
Él mismo no tenía la manera de explicarse el efecto que tal acción ejerció, guiándose por el instinto que le pedía acariciar más, pegarse más a ese torso que tan desesperadamente quería besar y grabarse en la memoria. El otro tenía las mismas intenciones, pues las idas y venidas rápidas de sus manos, a la vez que cuidadosas y penetrantes, indicaba el predominio del sus impulsos inmediatos. Sin embargo, sería muy tonto limitarse a ello, porque dentro de las caricias en que buscaban marcarse, existía espacio para un placer consciente, únicamente proporcionado por el contrario.
Besó entonces con dedicación la marca que había dejado con anterioridad. Quizá buscaba reparar el momento en que la hizo, el modo y lo que irrumpía con ella, pero la intención original seguía ahí: que anunciara sin margen de error que Alexander le pertenecía.
Seguía transmitiendo el egoísmo que, en dicho caso, deseaba conservar. Pero la lamió despacio y continuó repartiendo besos en la zona con la mejor intención de llenarla del sentimiento que lo tragaba, y fue bastante motivador que el contrario emitiera pequeños gemidos de gozo. A la vez lo abrazó más y se restregaba de manera insinuante, pidiendo en silencio por más de aquello.
La temperatura subió de golpe, y él sólo podía pensar en recorrer más allá de lo que hasta ahora conocía.
Con un nuevo beso en los labios, sencillo y tan irónicamente profundo, inició su camino descendente, deteniéndose un segundo en ese cuello que volvió a acariciar con la nariz, gustando mucho del aroma. Enseguida continuó hacia el pecho que ofreció una hermosa vista, pues a pesar de conservar aún la compresa sobre herida del balazo, en general se hallaba descubierto, con esas cicatrices que le brindaba un aire misterioso y con los músculos ligeramente marcados. Ya sabía cuán suave era, pero tenerlo a su entera disposición significaba una premisa que no desaprovecharía.
Definió con la punta de la lengua la marcada clavícula que ya había apreciado ocasiones anteriores; bajó por su pecho, depositando los labios sobre la venda que prevalecía. A esas alturas ya no tenía sentido, sin embargo, imaginar por un segundo qué hubiese pasado de no haber llegado a tierra a tiempo para curarlo, pero seguía teniendo en él un efecto de preocupación… de hecho, rememorar la manera en que se originó no podía más que marcarle lo cruel y sádico que podía ser el destino.
Empero, no importaba en tanto ese mismo destino los había llevado a ese preciso momento, y por eso no podía estar más que agradecido.
Debajo de la venda, besó la línea que separaba apenas los músculos, llamando de pronto su atención el erecto y oscuro pezón. Con ello vino el recuerdo previo de haberlo maltratado, y quiso compensarlo al lamerlo con suave agresión, acariciando el otro para que estuviese en la misma condición. El de ojos rojos emitió más sonidos que indicaba que le gustaba, y el que comenzara a acariciarle los hombros de una forma tan firme y erótica lo llevó a apresurar su tarea, casi queriendo devorar las zonas que al fin probaba.
Descendió un tanto más, llegando al estómago y topándose con el ombligo. Aquí tuvo una interesante y provechosa sorpresa, ya que al rozar apenas con ese pequeño hueco de piel, Fernández lanzó un gemido mucho más sonoro junto con un escalofrío que lo recorrió de pies a cabeza. Miró con curiosidad su gesto, y lo encontró con la mirada entrecerrada y las mejillas rojas, tratando de recuperar el aire perdido.
Quiso verificar que no fue mera coincidencia, por lo que pasó su índice lentamente por la orilla. La reacción se repitió con mayor fuerza, sintiendo de paso cómo las manos contrarias se aferraban a sus hombros con nervio más palpable. Sonrió con travesura, no creyendo el descubrimiento tan conveniente.
Esta vez pegó los labios por completo, y utilizó la habilidad que su lengua adquirió con los años para proporcionarle un placer que dejaba salir en suspiros, gimoteos, movimientos involuntarios y gestos que lograban despertar una cómoda molestia en su entrepierna. Mordió un poco, y al recibir como respuesta casi un grito de puro deleite, desató el cinturón con la intención de despojarlo de sus pantalones.
No obstante, la especial caricia que sintió en su cabeza, especificando cierto rulo en su cabello que le proporcionaba una reacción parecida a la de Alex, lo forzó no sólo a detener el objetivo inmediato, sino que lo inmovilizó de mero goce que expresó en un leve gruñido. Se quedó un instante inerte, llenándose de la sensación dignamente proporcionada.
Levantó una vez la mirada, y vio la sonrisa divertida del moreno. Claro, no era el único que tenía manera de jugar con el otro. Correspondió el gesto y subió el rostro a su altura, hundiéndose en una nueva danza de lenguas que adquirió ritmo y una profundidad asfixiante, donde ambos se encontraban jadeando entre sus labios. No podían expresar algo coherente, pero tampoco era como si lo necesitaran. No cuando el nuevo idioma que inventaban con sus cuerpos decía más que todas las palabras existentes.
Continuó recorriendo el cuerpo con las manos que parecían quemársele a cada instancia, pero al igual que con la camisa, le fue ajeno el minuto en que de repente ya se hallaba sin pantalón y sin la ropa interior. Fernández tenía maneras bastante misteriosas de deshacerse de los ligeros estorbos, lo que podía convertirse en el más grande de sus placeres personales. Seguramente también se hizo cargo de su propia ropa, porque el primer contacto con la piel de las piernas ya no existía nada material que los separara.
Gimieron a la vez sin reparo, mirándose significativamente cuando sus pelvis hicieron contacto auténtico al fin.
Estaba desnudos, abrazados, sintiéndose como nunca imaginaron que lo estarían, llegando a un grado de intimidad que jamás conseguirían con alguien que no fuese el otro. Lo supieron en ese preciso segundo en que renovaron un beso más cálido, más lento, y más profundo que cualquiera que hubieran dado hasta entonces.
Un tipo de beso que hizo temblar el interior, el corazón mismo, cada centímetro del cuerpo que encontró refugió en abrazo ajeno. Ese tipo de beso sólo se sentía una vez en la vida, y claramente, con él se reafirmó lo ya sabido: que necesitaban ser esto por convicción propia.
El sonido que emanaba de sus bocas aumentó en tanto lo hizo el roce descarado entre sus miembros ya despiertos. Llegados a ese punto, la curiosidad podía abrirse tanto camino como deseaba, por lo que sintió la mano hábil de moreno bajando entre sus vientres y ganando posición sobre sus erecciones. Las empezó a masajear al mismo tiempo. Era un movimiento lo suficientemente brusco para nublarle el pensamiento de golpe, y tan dedicado como lo haría alguien que buscaba proporcionar un placer auténtico.
Fue un verdadero goce perderse en aquello.
Era tan increíble pensar siquiera que estaba sucediendo…
Había imaginado tantas veces esa situación.
Había intentado auto complacerse tantas veces con eso en mente que… no se comparaba a esa realidad. La ansiada realidad que recorría con avidez, con la pasión que no se conocía hasta entonces y en la que se asfixiaría con entero gusto.
Lo sentía. Realmente se estaba haciendo uno con él.
Aun masajeando, el de ojos rojos rompió provisionalmente el beso que mantenían, pasando los labios hacia su cuello. Percibió la forma tan insinuante en que lamió cerca de la yugular, seguido de sus finos dientes mordiendo la zona con la suficiente presión para dejar una marca. Hubo una succión que arrancó un marcado jadeo de su garganta.
Las excitantes punzadas de dolor, junto a las caricias en las hombrías duras y calientes, crearon una combinación magnífica que ajetreó sus sentidos como nada más.
Quiso acompañarlo, devolver con las más puras intenciones tanta complacencia, así que siguió el mismo camino y también llegó hasta sus miembros. Imitó los pasos marcados con tanta habilidad e imponiendo los propios, unos que hicieron al contrario retorcerse de delicia y dibujar gestos que sólo lograron que su excitación creciera. Sintieron cómo el líquido pre-seminal comenzó a inundar sus pelvis, y por la posición, parte interna de los muslos y del trasero del moreno se vieron humedecidos también.
Se trató de instinto cuando bajó la mano hasta la entrada ajena, pero fue cuestión de compresión cuando pidió un tácito permiso en el beso siguiente para continuar. Necesitaba que accediera por voluntad porque, al conocer lo profanación que sufrió en otro tiempo y que le causó una severa alteración, no quería que comparara aquello con lo que estaban haciendo.
No quería que lo asemejara con ese tal Antonio, el maldito bastardo que lo dañó y al que eliminaría por haber manchado lo que él consideraba lo más sagrado.
Ese acto que realizaban no era lo mismo. De ninguna forma lo era y necesitaba saber que lo entendía.
Necesitaba saber que entendía el sentimiento que le profesaba por medio de las caricias, los besos, los sonidos y las miradas que nunca expresó con alguien más. Que jamás expresaría con alguien más.
Sólo con Alejandro.
Sólo con él.
Y entonces, lo recibió una caricia en la espalda, un abrazo que sintió más cálido y más demandante que antes. Recibió un beso, un suspiro, unos ojos que le dieron el consentimiento esperado sin nada que recriminar y con todo para ofrecer.
Fue cuando, con el debido cuidado, tanteó la entrada con un dedo. Agradeció que la humedad hubiese llegado hasta ahí ya que serviría para deslizarse más fácil.
Introdujo poco a poco el índice, sintiendo las contracciones de Alex y cómo parecía controlar sus facciones para no demostrar más dolencia de la requerida. Trató de distraerlo al hacerle otras marcas en el pecho y en el cuello, logrando que jadeara con fuerza y le proporcionara esas caricias en los brazos que lo provocaban descontroladamente.
Con los minutos necesarios, el índice completo entró. Inició un pequeño masaje, sacándolo y metiéndolo a diferentes velocidades para relajarlo, aunque fue una gran alivio encontrar la resistencia natural que se cernía en su dedo.
No sólo parecía significar que no había tenido sexo en aquel sentido, sino que Antonio tenía tiempo de no haberlo agredido… o eso quería pensar, y lo haría hasta que el moreno quisiera hablar al respecto.
De alguna manera, saber que era el primero en tenerlo de aquella forma con su consentimiento lo hacía desmesuradamente feliz, casi como un sentimiento de auténtica realización y libertad.
Estarían juntos, eso nadie lo evitaría y tampoco lo permitiría. Simplemente no podría continuar si no lo tenía de aquella manera, con ese nivel de confianza y de pertenencia que le arrancaba las emociones que no pensó tener por alguien.
Lo amaba, y de igual modo, se sentía amado tanto como deseó.
Entonces se atrevió a invadir con otro dedo, tarea que realizó no con menos dificultades. Fernández se removió con algo más de molestia, aun resistiendo a quejarse y tratando de relajarse al demandarle un beso que lo hizo estremecer de pies a cabeza. Estaba recibiendo placer en la misma medida, nunca lo negaría, y por eso siguió ese baile de lenguas apresurado y hondo, completando la dilatación en la entrada con toda su dedicación.
…
No sabía decir cuánto tiempo pasó, pero llegó el punto en que sus dedos ya se deslizaban con mayor facilidad, y también en que la dureza en su miembro ya demandaba al borde de la desesperación el siguiente paso. Era la hora.
Acabando con sutileza la caricia de bocas que compartían y al alejar la extremidad de su entrada, le comunicó con la mirada lo que pretendía hacer. No podía negar que estaba nervioso por eso, por todo lo demás, y que él aprobara aquello era una necesidad que conllevaba casi su honor y su palabra.
…
Alejandro lo estudió un momento.
Le dio la impresión de que intentaba ver a través de él, tal vez lo más profundo de sí por medio de los ojos azules que lo observaban con un sinfín de emociones combinadas.
Quizá se grabó la expresión de su rostro, la forma en que su cabello rubio oscuro caía después de tantas cosas realizadas, o la manera en que se alzaba encima de él y lucía las marcas que le hizo en un momento que no recordaba.
Quizá buscaba darle sentido a los cambios repentinos previos a ese instante y al modo en que llegaron a ese preciso fragmento de espacio.
…
Por encima de todo, daba la impresión de que buscaba algo en él… no sabía qué, pero rogaba que lo encontrara.
…
…
Llegó una sonrisa leve, casi imperceptible, suave y llena de resolución como nunca presenció.
Vio en cámara lenta como el moreno buscaba una de sus manos y la entrelazaba con la propia. La que quedaba libre la pasó por debajo de su brazo y la colocó posesivamente sobre su espalda, acercándolo lo suficiente para que sus respiraciones chocaran. A la vez, abrió un poco más las piernas y las colocó a la altura de su cadera, resultando una posición más conveniente para lo que venía.
Soltó todo el aire de sus pulmones y no se negó a curvear los labios con evidencia, alegre y dulcemente emocionado, agradecido por aquel momento que tanto esperó, que incluso dudó en que sucedería, pero que ya estaba ahí para afirmar lo que habían sentido desde que se conocieron.
Se recargó un poco más en sus rodillas, y acomodando su hombría justo delante de la pequeña abertura, entró lentamente… tan lento que sentía en cada segundo cómo esas paredes estrechas se cernían y lo apretaban de manera deliciosa. Dejó salir un marcado gemido, uno que resonó junto al de Alex, que fruncía el ceño y apretaba su mano con insistencia, al punto del dolor que se armonizaba con los primeros indicios de goce.
Sin embargo, no se detuvo. Ninguno de los dos lo quería, y seguramente no se perdonaría si lo hacía, por lo que continuó hasta que su pelvis chocó con el bien formado trasero. Aquello indicó, sin margen de error, que estaba completamente adentro.
Quiso esperar unos minutos… realmente quería poner de su parte para no iniciar tan pronto, o al menos no en lo que el otro se acostumbraba lo suficiente. Empero, casi enseguida, Fernández movió la cadera de manera firme y segura, indicando que se apresurara en comenzar.
Se confundió un momento, pero la estrechez alrededor de su miembro en ese apretado espacio lo golpeó de mero placer, volviendo a expresarlo en un gemido sonoro. Un sonido que no terminó de llenar el ambiente en vista de que le cortó otro, y otro más, que venían con las sacudidas que ya ocasionaba el contrario.
Alejó cualquier pensamiento y tomó parte en ello, impulsándose y dando la primera embestida en su interior con fuerza. La reacción inmediata fue un jadeo prolongado y delicioso, acompañado de una natural dolencia que no acababa de desaparecer. Repitió la acción y el efecto se multiplicó, también los jadeos y las caricias torpes, apresuradas, excitadas que Alex daba inconscientemente sobre su espalda, provocándolo aún más.
Sus manos entrelazadas, el abrazo, el beso que vino con todo aquello, los ruidos que morían en sus labios y la calidez que no terminaba de embriagar marcó el verdadero inicio del vaivén.
Ambos estaban perdidos en ello y en las distintas estocadas que se coordinaban con la cadera ajena. Hubo muchas lentas y profundas, muchas rápidas y fugaces; tantas más tiernas, bruscas, instintivas y cariñosas; todas ellas contribuían en ese movimiento al unísono, perfecto como nadie lo hubiese previsto.
El nivel de placer, el contacto, la intimidad que no dejaba espacio para ninguna duda… era indescriptible… era tan propio de ellos, tan lacerante como ese amor que se clavó casi con odio y que ahora les mostraba su lado más amable y considerado.
— ¡Ah! — jadeó sin control al tiempo que su espalda se arqueaba — ¡A-Alfred…!
No lo dejó terminar, pues dio una nueva estocada en aquel punto especial que le nubló el sentido y encontró como respuesta gemidos y palabras carentes de sentido… o al menos la mayoría, ya que distinguía su nombre recitado bajo las distintas tonalidades del gozo.
Su cuerpo perlado por un fino sudor, las luces que conseguía su piel con las leves gotas repartidas; las manos que no trazaban rumbo fijo, su rostro reflejando la gama de sensaciones que sólo él provocaba era… precioso, valioso, una imagen rebosante que ya se había grabado en lo hondo de su memoria.
Alejandro al fin…
Ellos al fin eran uno.
Se contrajo de repente, temblando y respirando sonoramente. Entrecerró los ojos por reflejo y mordió un poco su labio, apretando con significativas intenciones la mano que no se había separado de la suya.
Estaba a punto de venirse y los espasmos previos no tenían piedad sobre él.
Eso lo llevó a aumentar a lo máximo la velocidad y fuerza de sus embestidas, que tuvo un efecto inmediato y agresivamente extasioso en el moreno.
Sintió sus uñas clavarse en su espalda, la columna arquearse como nunca, las bien definidas piernas cerniéndose con ímpetu a su cintura. La repetición de su nombre con aquel tono indicaba que alcanzarían el orgasmo juntos.
No se trataba simplemente de su ego de hombre, del deseo que ya no le cabía en cada parte de su anatomía, sino que quería reafirmar con ello todo lo que habían pasado, lo que sentían y lo que harían a partir de entonces.
Quería percibir la forma en que Fernández aceptaría el compromiso, la forma en que le diría al mundo entero que así serían las cosas de ahora en adelante, y por encima de cualquier cosa, que lo mantendría únicamente por amor.
Exhaló una última vez. Alejandro jadeó una última vez.
Tal como lo anheló, sintió la semilla ajena salir con furia y manchar sus vientres, mientras que la propia se adueñó del cálido interior con el mismo indescriptible arrebato.
Inhaló. Exhaló.
No tuvo consciencia de nada por incontables minutos, salvo ese descontrolado placer recorrerle cada centímetro de piel.
Pero no se trataba únicamente de eso.
La satisfacción física venía acompañada de un sentimiento que le llenaba el pecho y amenazaba con hacerse tan grande que podría estallar en cualquier segundo. Era tan cálido, tan dulce y gentil que con entera seguridad, que con todas las sensaciones que no podía expresar en palabras, sabía que se debía a Alejandro. Sólo por él y sólo para él.
Se dejó caer sobre el moreno sin energía, distinguiendo con satisfacción que estaba en las mismas condiciones, ya que su pecho subiendo y bajando con desacelerada prisa, más el jadeo que seguía escuchando tan de cerca, lo indicaba sin error.
Era feliz. Muy, muy feliz.
…
…
Cuando tuvo un leve control sobre sus extremidades, hizo un esfuerzo sobrehumano por hacerse a un lado y darle un poco de espacio al otro, mirando fijamente cómo su respiración se tranquilizaba poco a poco.
Eso le gustó mucho: le daba la impresión de que había adquirido la entera confianza para mostrarse tal y cómo era, sin ponerse a la defensiva u optar el papel de Capitán que detestaba de verdad.
No evitó sonreír, acercándose de nueva cuenta con la emoción surcando en sus gestos. Se recargó sobre su costado izquierdo para tenerlo dentro del foco de vista… pero deseaba que el contacto permaneciera, por lo que se aproximó lo suficiente para pasar una mano por su pecho y acercarlo, no encontrando ninguna resistencia… aunque tampoco ninguna respuesta.
Abrió los ojos con sorpresa.
Se había quedado profundamente dormido…
…
… en un caso normal, pensaría que el cansancio se debía a la actividad previa. Sin embargo, en vista de las ojeras que notó al principio y que ahora recordaba al observar su semblante, quería decir que no había dormido bien por un tiempo… tal vez ni siquiera lo hizo en pos de la vigilancia, la estrategia, o de algo que concebía como importante.
… aun así, era increíble poder observarlo a esa distancia, en aquellas condiciones tan íntimas y con las evidencias latentes de que lo realizado fue real. Por eso podía esperar hasta la mañana siguiente, ya que no era el único que necesitaba dormir, y no sería capaz de negarle algo que le haría tanto bien al moreno. Un poco de descanso siempre podía hacer la diferencia.
No negaba que estaba ansioso, empero.
No se trataba de desconfianza, no obstante, quería que ya fuese el día próximo para verlo despierto y…
Y…
…
…
No desapareció su sonrisa. Tampoco la intención de quedarse abrazado a él y caer en el mundo de los sueños con miles de sensaciones llenándolo sin parar.
El día próximo llegaría, y estaría ahí para recibirlo junto con el de ojos rojos con todo lo que significaba.
No había escapatoria.
Subió la manta hasta cubrirlos. Reforzó el abrazo entorno a Fernández y cerró sus orbes con tranquilidad. El olor de lluvia y madera le inundaba por completo, y el sonido del mar a lo lejos sirvió de arrullo.
Le deseó las buenas noches en silencio, acariciando con la frente el cabello oscuro que lucía preciosamente desarreglado.
Ahora más que nunca no retrocedería.
No permitiría que alguno de los dos lo hiciera.
Mañana sería un buen día.
