Notas del autor: Bueeeeno, aquí un capítulo más tranquilo luego de la tormenta del anterior (?). Advierto que podría parecerles aburrido, o que parezca que se quedó a la mitad, ¡pero no desesperen! Hay una explicación para todo... claro que más adelante ;DDD y si algunas cosas fueron obvias, disculpen mi falta de talento.
Con eso aclarado, continuemos.
Capítulo 16
Lo primero que distinguió cuando regresó su consciencia, fue la luz que notaba por debajo de los párpados.
Era muy clara, casi blanca, con leves toques azulados que dotaba de exacta iluminación al sitio y de una confortante calidez a su cuerpo, que pareció agradecerlo al recorrerle un leve escalofrío.
Se dio tiempo para percibir cada parte de su consistencia comenzando por los pies, que movió con ligera diversión, y subiendo sin prisa, en un inusual acto de relajación.
No pensó en nada…
…
…
Sin embargo, se olvidó por completo de ello cuando sintió de pronto una masa agradable entre los brazos. Una que se removió de forma agraciada y curiosa a la vez.
Cosquillas acudieron a su nariz, a su abdomen, y para cuando soltaba una leve risilla, ya había abierto los ojos.
…
…
Enfocó el perfil de Alejandro aún durmiente, con la respiración parsimoniosa y el gesto satisfecho, con la faz mucho más descansada y un color notoriamente saludable a comparación de los días anteriores. Todavía lucía los moretones en distintas partes, efecto de la pelea de la semana pasada, pero las marcas que él mismo realizó con satisfacción se identificaban sin error. Cínicas y orgullosas.
Distinguió también, no sin menos alivio, que la gasa de su tórax se encontraba intacta, tan blanca y firme como estaba al momento de colocársela. Indicaba que la curación seguía su curso final, lo que representaba una gran ventaja.
Estudió cuanto quiso sus pestañas oscuras, las atractivas y simpáticas facciones, el color de su piel… pero observó con más detalle sus labios ligeramente inflamados por los besos de anoche. Aquello, además de alegría, le inspiraba un ligero estremecimiento… como si hubiese obtenido algo tan anhelado, y después no creerse digno de poseerlo. Pero era real, y de eso no cabía duda.
No pudo más que suspirar y sonreír con desbordante emoción, recordando a detalle los sucesos que explicaban la posición y su carencia mutua de ropa, el abrazo y la sensación de estar más cerca que nunca. Quizá sería exagerado pensarlo como tal, empero, eso no quitaba el hecho de que aquella era su primera mañana juntos.
Juntos.
Contuvo la risa y acercó la nariz hacia su cabello, aspirando con discreción la natural esencia de lluvia y cedro. Era fantástico encontrase así con él, sin ninguna limitación u obstáculo que pudiese arruinar el momento.
No había títulos, ni cargos, obligaciones o lealtades. Simplemente eran ellos, y sólo le interesaba eso ahora.
Por eso aguantó con admirable valor el agresivo nudo que se formó en su estómago cuando el moreno se movió un poco, indicio de que estaba a punto de despertar.
Contuvo el aliento al escuchar un leve suspiro, al presenciar su ligero estiramiento, y más cuando sus párpados temblaron un poco, segundo en que se sintió dudar apenas.
…
…
Alejandro abrió poco a poco sus orbes, y por la perspectiva de la luz, pareció que el color rojo oscuro de las iris se aclaró de forma singular, preciosa. Respiró con parsimonia. Examinó por inercia el techo sobre él. Dio la impresión de que no pensó absolutamente nada por un momento…
Y sólo por un momento.
Antes de que se diera cuenta rodó un tanto sobre sí, quedando frente a frente de golpe, de repente, sin que pudiese evitar o hacer más ligero el peso de la realidad que estaba ahí, a una distancia mínima…
…
…
Ante esa mirada sorprendida, intentó decir algo. Cualquier cosa. Lo primero que llegara vendría bien, pues la confirmación que ansiaba tenía que ser resuelta enseguida, y del mismo modo, la incertidumbre del otro debía ser disipada de inmediato
Quiso expresar muchas cosas. Contar muchas cosas.
Señalar de la forma más torpe y emocionada posible lo que significó para él la velada anterior, lo que culminó después de meses de espera, y los alocados planes a futuro que formuló en segundos después de la más alta realización de sus sentimientos.
Quiso preguntarle muchas cosas.
Lo que pensaba, lo que sintió, lo que quería hacer a partir de ahora, y la intención de expresarle la esperanza de que él se encontrara en esas determinaciones, además de la firme resolución de no aceptar una negativa.
Quiso consultar qué harían con el asunto del pirata y del militar, de Arthur y Antonio, de Sevilla y el resto del mundo…
…
Pero no dijo nada.
No pudo, y no se atrevió.
Su capacidad para efectuarlo se esfumó junto con el suspiro previo.
Eso dejó a Fernández con la entera voluntad de efectuar el siguiente paso, con la última palabra para determinar qué pasaría con ellos.
Fue lo correcto.
…
…
Con el corazón contraído, observó cómo levantó ligeramente su mano y la guió despacio a su mejilla, donde descansó ligera, suave, no con la intención de una caricia, sino del simple contacto que acompañaba a la curiosidad.
…
… en base a ello, no fue extraño que se confundiera totalmente cuando atrapó parte de la piel entre los dedos principales y la estiró en un movimiento travieso, divertido, aunque doloroso que le arrancó un involuntario quejido.
— De verdad estás aquí — no cambió su gesto neutral, pero el implícito tono de simpatía se percibió natural por completo — No fue un sueño.
…
No encontró una respuesta que sirviera ante aquella oración…
No se escuchaba como reproche, pero no dejaba ver más allá de una sorpresa y una aceptación provisional.
…
No sabía qué pesar, y en tales circunstancias, eso amenazaba con llevarlo al borde de un ataque de ansiedad.
Necesitaba que dijera algo más concreto, ¡lo necesitaba! ¡Como nunca antes, necesitaba que le dijera que ellos eran…!
— Sólo eso, ¿no? — ladeó una sonrisa apenas, imperceptible. Dejó de jugar con su mejilla y esta vez, sin error, la acarició despacio — Si solamente eres "Alfred"… supongo que contigo podría ser sólo "Alejandro"
No pudo resistirlo. Tampoco quiso hacerlo.
En un instante cortó la poquísima distancia y atrapó sus labios, besándolo como se hacía la primera vez: con nervio, con torpeza, con un poco de pudor que era vencida por la emoción y la alegría de un roce esperado.
Encontró la correspondencia muchísima más dulce y embriagante de lo que imaginó, y no se detuvo a pensar en otra cosa mientras sus bocas estaban juntas, reconociéndose y confirmando mucho de lo sucedido el día anterior.
Confirmando que esto era lo que serían de ahora en adelante.
…
El beso fue amable en muchos sentidos, por lo que no hubo manera de determinar cuánto duro. No obstante, al momento de separarse, el modo en que el azul cielo y el rojo oscuro se cruzaron fue más intenso de lo que podría expresarse con palabras.
Sonrió con alegría. El otro lo hizo con complicidad.
De aquella forma estuvo acordado.
— Y es así como me volví débil — comentó de pronto, colocando de nuevo la espalda en el colchón — Pero básicamente fue tu culpa.
— ¿Mía? — rió con buen humor — Jajaja, sí, creo que tienes razón, ¡y estoy orgulloso de ello!
— Claro, como no eres el que ahora le cuesta trabajo moverse — parecía reclamo, pero era broma a juzgar por su sonrisa — Si trato de caminar, seguro que caeré como una damisela desfallecida.
— ¡No te preocupes! Aquí estoy para salvarte siempre que lo necesites.
— No, gracias, antes preferiría darme un tiro — intentó sentarse… y falló miserablemente, cayendo otra vez de espaldas — ¡Mierda!
— Está bien, no necesitas levantarte tan pronto — se recargó en sus codos para alzar un poco el cuerpo y mirarlo desde arriba — ¡Sería mejor que descansaras! No sólo debes reponerte de las heridas de la pelea, sino también de… u-uhn, de anoche.
— ¿Acaso estás sonrojándote? — le miró de forma provocativa, combinada con cinismo — Vaya, vaya, y eso que ayer te mostraste bastante abierto: hubo cosas que no pensé que harías… — sintió su rostro enrojecer. El otro se divirtió — Pero mírate ahora, con esa linda carita de pudor~
— E-Ese no es el punto — trató de tranquilizarse — Lo que quiero decir, es que has pasado por mucho como para que te esfuerces de repente.
— No soy tan delicado — lo dijo de un modo neutral, por lo que no quiso burlarse — Si soporté un balazo, un doloroso tratamiento, después una fatigosa pelea y ahora un excelente sexo… — el carmín plagó de nuevo sus mejillas. Rayos — puedo soportar mucho más. Pensé que ya lo sabías.
— Lo sé, pero no significa que quiera arriesgarte más de lo debido.
— No voy a morir.
— Si fuera por mí, ni siquiera hubieras estado lastimado desde el principio.
Se observaron por un momento… y enseguida sonrió, complacido por esa expresión auténtica de preocupación. Tal vez nunca le habían dicho algo similar, y eso explicaría el leve rojo que subió a su rostro de pronto. Fue un gesto que no olvidaría.
— Bueno, si tú lo dices — se rascó con despreocupación la cabeza, aunque cierto nerviosismo se distinguió. Le pareció adorable – Ahora, en vista de que eres el que puede moverse, pásame mi ropa, ¿quieres? No voy a quedarme desnudo todo el día, y parece que tú tampoco — levantó un poco la sábana, haciéndolo sonrojar una vez más por la forma tan descarada en que lo miró —… que bien, no me importaría que lo estuvieras~
— ¿Eres algún tipo de pervertido? — bajó la tela con un ligero manotazo. Se sentó de una vez para poner un pie afuera del colchón — Con tu actitud de las semanas pasadas, nunca lo hubiera imaginado.
— Yo no habría imaginado que el chico tan enérgico de anoche se pondría tan nervioso con estas cosas — se burlaba, y él sólo quedaba en evidencia. Era divertido a su modo — Estás lleno de contradicciones, ¿eh?
— Tú tampoco te quedas atrás — su pantalón estaba tirado justo al lado, así que no tuvo que levantarse para alcanzarlo. Se lo puso de un movimiento — Pero, para ser honesto… — sonrió de forma juguetona al tiempo que cerraba un ojo con coquetería — Me gustas mucho más así, porque siento que al fin estoy tratando con el verdadero Alejandro.
Entrecerró la mirada y soltó un suspiro largo, lleno de satisfacción y alivio — Es bueno escuchar eso.
Se puso de pie no sin exhalar un adormilado bostezo, escuchando una leve risa del contrario que le hizo imitarlo. Lo miró de reojo por un segundo, y le encantó verlo tan relajado, sin ninguna defensa que pudiese arruinar el momento.
Realmente se sentía como si hubiesen sido así siempre, con las frases espontáneas y los sentimientos correspondidos, al grado de que se preguntó si todos los meses anteriores de resentimiento y aversión habían sucedido.
Cuando pensó en ello, localizó el pantalón de Fernández del otro lado de la habitación. Era una tarea sobrehumana caminar hasta allá cuando, justo a milímetros, se hallaba el moreno desnudo y con sus marcas luciendo por todo su cuerpo. Vio la tela como si deseara tener algún poder mental que la obligara a "flotar" y acudir a sus pies, pero en vista de que no funcionaba, se obligó a caminar.
Cuando la tuvo a la mano, se inclinó un poco y la recogió, volviendo a erguirse sin problemas. Giró levemente sobre sí y, una vez más, observó al contrario…
…
…
… sus facciones formaron un gesto serio, casi de reflexión.
Había algo… que quería preguntar.
Algo que necesitaba preguntar puesto que provocó muchos de los males que los persiguieron desde el inicio.
Esta vez quería comenzar con el viento de su lado, y lo lograría si disipaba los cuestionamientos básicos que cada uno adoptó en lo que llevaban de vida. Debía hacerlo porque no permitiría que lo apartara de nuevo.
— Alex…
— ¿Hm?
— ¿Por qué odias a los piratas?
Cruzaron miradas por un momento…
…
…
Siguió con atención el modo en que lentamente se sentó, y cómo su cuerpo pareció hundirse en la almohada que acomodó como respaldo. Oyó el marcado suspiro, la respiración tranquila que delataba un control finamente calculado de sus latidos, sin embargo, podía pasar por apresurada, como si se encontrara en una situación contraproducente.
Estudió su gesto natural, el que siempre transmitía simpatía y pícara sinvergüenza, aunque justo en ese instante la frustración abarcaba un espacio impresionante que le daba a sus rasgos una pesada nostalgia, y una burlona resignación.
Realmente no tenía idea de lo que pensaba.
…
…
— Nunca he hablado de eso con alguien — inició con un tono calmado, mordiendo apenas el interior de su labio — Pero de alguna manera tenía que hacerlo contigo, creo.
Regresó a su lado en silencio, en pocos pasos, y nuevamente se sentó en el colchón.
Le dio un poco de espacio, en espera de que eso le diera cierta confianza que estaba perdiendo al tocar un tema como aquel. No dibujó ningún gesto y tampoco hizo ruido en señal de que prestaría atención.
El otro pareció notarlo, y expresó un vago esbozo de sonrisa como agradecimiento, pero que no alcanzó a definirse en pos de aquel ambiente que pronto pareció fastidiarlo.
No le resultaría sencillo compartir sus motivos, y aun haciéndolo, quizá no alcanzaría a comprenderlos del todo. Quizá aquello no los acercaría más, sino que los alejaría, ya que no valía la pena comparar valores contrarios y definiciones distintas.
…
Cierto, "quizá", pero si no lo intentaba, nunca la descubriría.
Además, aunque así fuera, él era Alfred F. Jones, y por eso jamás se rendía.
Por pequeños detalles no iba a renunciar a lo más increíble que le había sucedido, y con todo, tampoco dejaría que Fernández lo hiciera.
Debían superar esto juntos, no existía opción.
…
…
— En realidad no sucedió nada impresionante — movió la mano en un intento de quitarse importancia, pero no se dejó engañar por la ligereza de su actitud — Supongo que me lo tomé bastante mal porque en ese entonces yo era un niño de 8 años… o también, porque no me había dado cuenta de la clase del mundo en que respiraba, y todo gracias al relativo aislamiento que mis padres se esforzaron en darme.
Padres.
Él no sabía lo que era eso, y lo más cercano que podría ocupar ese sitio era Arthur, pero ciertamente no se trataba de lo mismo.
No conocía la clase de sentimiento que el contacto con los progenitores provocaba, y por ello no envidiaba a aquellos que los habían tenido, ¿cómo desear algo que no conoció? Sin embargo, a pesar del leve desprecio que se notaba en sus palabras, percibía un poco de… añoranza.
— Vivía en frente de una playa, en una pequeña casa de madera — continuó — Mi madre era una mujer muy amorosa que se esforzaba en enseñarme el lado amable de las cosas, mientras que mi padre era un muy serio pero honorable – tal vez quiso sonreír, aunque no lo hizo. No supo por qué — Bajo su cuidado, crecí como un mocoso ingenuo que creía en la nobleza de las personas, o en que la vida era perfecta en ese pequeño pedazo de tierra…
Notó cómo parte de sus facciones se tensaban más de lo normal, cómo sus pupilas se afilaron en señal de ira reprimida… pero al mismo tiempo, transmitía indiferencia, normalidad que rayaba en la más cruenta monotonía.
Seguía sin entender cómo era que podía transmitir tantas ironías, combinando emociones que raras ocasiones se encontraban juntas con aquella precisión. Y eso, en consecuencia, le impedía ver lo que pensaba y sentía con claridad.
Tal cosas lo desesperaba, porque no comprendía. Le gustaba, porque invitaba al misterio… aunque justo en ese instante le daba tristeza, porque realmente no podía hacer nada.
Se esforzaría al máximo para que eso cambiara lo más pronto posible, para que nunca más tuviera que cargar con tantas ironías él solo.
Con dicho pensamiento lo invitó a continuar tocando apenas su mano, una que al inicio se contrajo por la inesperada acción y que no tardó en devolver el tacto, más consciente de su alrededor.
Había aprendido una cosa del moreno con ese simple acto.
— Podría decir que… — continuó con tranquilidad — Imaginaba que el mundo se reducía a mi hogar, a mis padres, al mar en el que jugaba — sonrió con sarcasmo, dolido — Y aprendí que… estaba muy equivocado…
Alejandro era una persona muy solitaria… lastimaba de una manera incomprensible, pero junto a eso… aun con las negaciones autoimpuestas, no quería ser así.
Ahora entendía que… había forjado aquel carácter por voluntad propia, arriesgando y sacrificando lo necesario sin ningún remordimiento. Del mismo modo, odiaba cada elemento que lo componía.
Llenaba su vida, pero casi podía escuchar sus gritos implorando que alguien lo sacara de ese camino… aunque… probablemente la aberración no se enfocaba en lo que hacía, o el modo, sino en cómo fue obligado a tomar la decisión. A eso se debía que los remordimientos, las culpas, la gloria que conllevaba se dibujaran como banalidades.
Unas que no podía dejar de ejecutar.
De alguna forma, eran iguales.
— Recuerdo que era de noche cuando empezaron los ruidos — alzó la mirada y la ubicó en algún punto de la pared sin especial atención, aunque muy fija — Mi padre apagó las velas y se asomó por la ventana… mientras que mi madre me abrazó. Repetía que "todo estaría bien" — soltó una risa irónica — Papá no lo creyó cuando tomó su machete… ni ella misma cuando se puso a rezar alguna cosa absurda, ¿de verdad creía que su Dios nos salvaría? Hasta me colocó en el cuello su rosario de plata.
Presentía lo que venía… y no interrumpió ni apartó la mirada: provocó la situación, así que debía tomar la responsabilidad y escucharlo… aunque no tenía que ver con honor u orgullo, sino por solidaridad.
Si pretendía cumplir su promesa de permanecer a su lado, era con todo lo que implicaba. Saber cada cosa se fijaba como necesario para tener un nuevo comienzo lejos de títulos y secretos que siempre terminaban poniéndolos en contra.
No lo permitiría otra vez.
— Hubo más ruidos. Más gritos. Muchos pasos acercándose… y para cuando me di cuenta, ella me estaba escondiendo dentro de un armario — mantuvo el mismo gesto, imperturbable. Eso no era normal en alguien que tuviera una experiencia de aquel tipo — No recuerdo si lloraba… pero me dio un perrito de madera, mi juguete preferido — suspiró — Tampoco recuerdo qué fue precisamente lo que dijo él cuando se acercó, sólo que me acarició la cabeza y me miró como si supiera que era la última vez.
Tuvo el auténtico propósito de abrazarlo, consolarlo, decirle alguna palabra de apoyo… no obstante, recuperando toda su naturalidad, Alexander bostezó de forma tranquila.
¿Por qué lo hacía? ¿Creía que así dolería menos?
Aquello no funcionaba, él más que nadie lo reconocía.
— Justo cuando me dejaron ahí, se escuchó cómo la puerta principal cayó al suelo… lo que siguió fue bastante simple: los hombres rompieron todo, robaron lo que podían, cada uno violó a mi madre y golpeaban a mi padre por intentar defenderla — sintió su estómago contraerse agresivamente. Conocía muy bien la escena, y por primera vez en su vida, sintió vergüenza de sí mismo — Ella gritaba. Él gritaba. El resto se reía a carcajadas… y yo… creo que estaba llorando porque lo veía todo por una pequeña rendija en la madera — volvió a suspirar — Cuando terminaron con ella, la apuñalaron hasta matarla y la arrojaron a un rincón como a una muñeca de trapo… fue cuando siguieron con mi padre.
— ¿Quieres decir que…?
— Así es — respondió sin inmutarse — Se dieron gusto con él exactamente como con ella… — y al fin, luego de no haber expresado algo en sus facciones durante aquel tiempo, una mueca inequívoca de asco se presentó — El líder parecía saber con exactitud lo que quería hacerle. Fue enfermizo — resopló de forma pesada — Mi último recuerdo fue estar afuera, en la playa, viendo de cerca cómo le prendían fuego a la casa con ellos adentro… eso creo… — le miró de reojo, sin algo que sentir en realidad. Fue estremecedor —Aquellos hombres eran piratas. Lo supe porque el barco anclado en la orilla ondeaba la bandera negra con un cráneo…
…
…
— Entonces… — buscó sus pupilas, sintiendo el peso de una pena que jamás conocería en toda su magnitud, pero que quería compartir — Todo lo que has hecho… los ataques, las ejecuciones… ¿ha sido por ellos? ¿Para vengar a tus…?
— Por supuesto que no — afirmó sin nada que lamentar —Todo ha sido por mí y para mí, sólo eso.
¿Por él…?
— No pretendo que lo entiendas — le sonrió con más amabilidad — Lamentarse por los muertos es una pérdida de tiempo, y tampoco quiero pasarme la vida imaginando lo que pude ser en otras circunstancias — el tono en que lo dijo fue inquebrantable, pero… — Incluso la idea de una venganza en nombre de quienes ya no están me parece patética… pero si yo soy el que perdió todo… lo más natural es exigir una compensación, ¿no?
Una compensación por lo que se hacía, lo que se esperaba y lo que ya no estaba.
Una por las noches en vela, por los días en que no encontraba la forma de controlar la impaciencia, por los intentos fallidos y las humillaciones que alimentaba algo sin fin.
Por supuesto que sabía lo que era eso, pero a tal grado… en su sentido completo y en el camino que tuvo que recorrer para convertirse en todo, menos en lo que quería, escapaba a su imaginación por mucho.
Tenía razón.
Era innegable su derecho.
Tenía la completa justicia para ejecutar los planes y el poder suficiente de imponerse en nombre de su compensación.
Junto a eso, un pirata no significaba nada.
Cientos y miles de ellos no valían nada, y mucho menos lo que tuviera que hacer para borrarlos…
Francis, Gilbert, Bryan… sus vidas se esfumaron por tal designio, y el Capitán Fernández seguía ahí, inmune a todo, atrapado consigo mismo por siempre.
Todo por y para él…
…
…
Pero…
Pero si su carácter estaba predispuesto, ese tipo de doble personalidad debió ser impulsado por alguien.
Un detonante que permitiera un desarrollo de tal magnitud.
Un catalizador que otorgara el resto de las herramientas para que surgiera en toda su gloria militar.
Lo recordó, entonces…
— No pongas esa cara — bromeó — No es nada impresionante, así que si a mí no me importa, a ti tampoco… además, no soy al primero que le sucede algo parecido.
— Pero sí el primero que ha hechos cosas tan impresionantes a partir de ello — no era un reproche, mucho menos una felicitación. Lo dejó claro por la calma con que lo dijo —… aunque no lo hiciste tú solo, ¿cierto? Debiste tener el apoyo de alguien para moldearte de ese modo.
…
…
— Cierto — respondió — Un estúpido niño no habría podido encontrar el camino de la nada.
— ¿Y fue cuando conociste a Antonio?
La cuestión lo tensó visiblemente, al extremo de percibir cómo crujió su mandíbula.
No solamente el tema parecía fastidiarlo lo suficiente como para no disimularlo, sino que le provocó controversias al bajar la mirada y lucir irónicamente tranquilo. Era la piedra angular del problema.
No importaba la posición a la que lo orillaba, tenía que saber…
Quería saber qué le hizo aquel hombre al que nunca había visto, pero al que mataría a la primera oportunidad.
Necesitaba escucharlo, aún si el otro sufría en el proceso.
De nuevo estaba siendo egoísta…
— Para ser honesto, no recuerdo en qué momento lo conocí… — parpadeó despacio — Sólo que… ya estaba conmigo en la parroquia donde me escondía, diciéndole al fraile que me tomaría bajo su protección.
— ¿Desde entonces viviste con él?
— Lo suficiente como para que no solamente pagara mi educación militar, sino que me hiciera el único heredero de su excéntrica, asquerosa y colosal fortuna — sonrió cansado, confundido — ¿Quién demonios haría algo así por un maldito mocoso inútil y llorón?
Llamó su atención sujetando de nuevo su mano, apretándola con la fuerza suficiente para indicarle que… que sabía que existía otra cosa… algo que no podía dejar a la deriva… y el moreno lo entendió, puesto que correspondió el gesto y respiró con mayor tranquilidad.
Era maravillosa la confianza que ahora tenían, la que combinaba la complicidad propia de los mejores amigos y la intimidad de los amantes.
… sin embargo, lo siguiente no sería fácil…
No importaba, porque él estaría ahí para levantar los pedazos que quedarían de su consciencia.
Eran suyos.
Sin error.
— ¿Qué fue lo que te hizo?
