Notas del autor: ¡Hola a todos! Me alegra mucho volver por aquí, ¿pensaron que ya no habría actualizaciones? JAJAJAJAJAJAJAJA CLARO QUE NO. Como dije al inicio, nadie se queda sin final, pero eso está plagado de atrasos y bloqueos cof cof xDDD
Bueno, tenemos la continuación, y disculpen si no logré el nivel de drama necesario para conmoverlos. En particular me fue algo difícil trabajarlo por el tema que se trata, pero es un escalón básico para lo que viene. Recomiendo que lean esto mientras escuchan alguna canción particularmente triste, de esas que te obligan a cortarte las venas. Sería bueno para ponerse a tono xDDD
¡MUCHAS GRACIAS Y DISFRÚTENLO!
Por cierto, Feliz Día de los Chocolates Felices :DDD
Capítulo 17
— ¿Qué fue lo que te hizo?
Lo observó entrecerrar los ojos, contrariado. La extremidad suave se erizó de repente, casi con ira que buscó apartarse.
No lo permitió.
— ¿Qué insinúas exactamente?
— Ya lo sabes — no se apartó. Ya lo había dicho, no dejaría ningún elemento fuera de su conocimiento —Porque tiene que existir un motivo para aquella reacción…
— No hubo ninguna — se removió incómodo, con toda la intención de hacerse a un lado. Naturalmente se opuso y no relajó el agarre de sus manos — Tuvimos un buen momento, no lo arruines con tus paranoicas fantasías.
— ¡No son fantasías! ¿O crees que es normal reaccionar de aquella forma cuando yo…?
— De acuerdo a la situación, sí — interrumpió sin dudas. Frunció el ceño — No ibas a cometer un acto precisamente digno de un caballero, ¿o qué querías? ¿Qué abriera las putas piernas con gusto?
— ¡Lo reconozco, pero que me llamaras "Antonio" justo en ese instante no fue por nada!
Notó cómo bajaba la cabeza y ocultaba las pupilas con su flequillo, el cual cayó de manera preciosamente natural. Eso le dio a su silueta la misma represión y vacío que lo distinguió durante sus días en la antigua celda.
Otra vez no.
No dejaría que lo apartara como si no tuviera nada que ver.
— Dímelo — hizo a un lado la extremidad y le pasó el brazo por la espalda, acercándolo hacía sí. Buscaba recodarle su presencia, hacerle saber que no estaba solo y que no quería que lo estuviera — Yo no soy Antonio, ¿recuerdas?
Al ritmo del suspiro que lanzó, su cuerpo se relajó bastante. Le dio entonces la inquietante impresión de que se había dormido de pronto… pero no era así, y lo supo por la forma en que acomodó la cabeza sobre su hombro en busca de calor. Tal vez él también era consciente de que tenía que hablar por la promesa de un futuro tranquilo y mejor, uno junto al otro. Lo quería tanto como él, podría jurarlo en ese preciso momento.
No obstante, no significaba que sería fácil, y la prueba misma era aquel instante. Debían superar esto, y él lo ayudaría a hacerlo.
— Antonio nunca fue precisamente el tipo de hombre estable — inició despacio, en un susurro, como una lejana rememoración que se asentaba poco a poco — Siempre fue… extremo en sus emociones… en un momento podía ser el sujeto más amable de todos, y al otro, se convertía en… — lo sintió temblar, y él sólo lo abrazó más. Debía dejarlo seguir — Fui testigo de esos cambios de personalidad… y la mayoría de las veces, las consecuencias recaían sobre mí. No era extraño que por las mañanas, por ejemplo, me preparara el desayuno personalmente… y que para la tarde no pudiera moverme por las palizas que me daba…
Se abrumó, frunciendo el ceño mientras su toque en la espalda no perdía la suavidad. Sabía lo que era ser maltratado a tan temprana edad, lo que era guardar silencio en espera de un golpe injustificado; conocía la confusión, la ira, la frustración que no encontraba salida… pero era común en un orfanato, junto a los otros niños que pasaban por lo mismo… ¿pero por qué? ¿Por qué le sucedió? ¿No se suponía que ese español lo acogió para protegerlo? ¿No conocía su situación como para ser más amable, más consciente de un dolor que pocos entendían?
Lo imaginó golpeando a un niño como Alex, asustado y completamente solo…
Crujió su mandíbula. Sintió la sangre hervir.
No, no tenía sentido, no se mereció nada de eso, ¡no debió pagar por situaciones que no dependieron de él! ¡Era un niño, no una maldita mascota con la que se podía divertir!
Ese español… si tan sólo lo tuviera en frente…
— Pero conforme pasaron los años, dejó de importarme — siguió sin problemas, con el mismo tono que le erizaba la piel — Simplemente terminé por acostumbrarme, y para mí valía lo mismo un abrazo que un golpe… tal vez pude escapar, pero no había nada para mí afuera… en tanto, Antonio era la fuente que me atraía y que de cierta manera me complementaba. Era una dependencia que sigo sin poder explicar — quizá lo entendía. Le pasaba lo mismo con Arthur — Por ese maltrato físico pude soportar el entrenamiento militar. Supongo que no me hicieron nada que mi tutor no me hubiese hecho antes — no debió ser así —También ya sabía qué hacer para que el momento pasara rápido, o en el mejor de los casos, para huir… — de pronto se contrajo en sí mismo, soltando una exhalación que se notó forzada — Pero algo pasó… un día…
…
…
…
— ¿Alex? — frotó la piel con calma, recordándole que seguía ahí — ¿Qué sucedió?
…
…
Quizá no lo exteriorizaba del todo, sin embargo lo sabía.
Alejandro estaba sufriendo por recordar aquel evento… más aún, por contarlo por primera vez. Estaba seguro.
Su orgullo de hombre, la dignidad, el valor por su propia existencia se veía magullado por un evento de tales proporciones… como si nada de lo que hubiera hecho hasta entonces hubiese compensando la humillación del momento, los gritos y el miedo.
Tal vez intentó quitarle importancia, pero más que eso, lo bloqueó.
Lo borró de su mente para dejar de culparse y de sentirse rebajado. Los daños de tal tipo no eran propios de un hombre, y menos de uno como él, que consiguió lo que nadie en un periodo tan corto de tiempo. Ponía en duda su propio ser, todo lo que creía y lo que quería… y lo más lógico fue desaparecerlo de sus recuerdos…
Y él… ocasionó que todo regresara… revivió el momento y las emociones guiado por su impulso de… ¡maldición!
Chistó por lo bajo, sintiéndose como la peor inmundicia del mundo… empero, aun con todo, existía un lado bueno: era el momento para que Alejandro enfrentara el recuerdo y lo eliminara definitivamente. Era preciso para continuar y abrir un capítulo más puro de su vida… para que lo hicieran juntos.
No podía hacerle más fáciles las cosas. Aunque no lo pareciera, esto era por su bien. De ahí que contuviera el impulso de abrazarlo con su ser entero, con consuelo y cariño, mordiendo internamente el labio que ya sangraba.
Aún no. Todavía no era el momento.
…
…
Y era cierto, él estaba recordando todo. Era tan claro y nítido, como si sucediera frente a él.
Su respiración bajó de golpe, para después aumentar discretamente.
Lo que bloqueó regresaba sin piedad, y estaba indefenso. Era insignificante e inútil ante ello, gritando por una escapatoria.
No era un hombre. Sólo era un cobarde usando de escudo la muerte y la sangre de otros.
— Yo tenía 13 años — rompió el silencio sin emoción, sin fuerza y sin mirar nada. Daba la impresión de no estar ahí — No recuerdo por qué esa vez no había ningún sirviente en la casa, pero sí que era de noche y… estaba lloviendo.
Casi podía escuchar el sonido del agua golpeando la madera del techo, de las ventanas, de las miles de puertas de la mansión…
— Ya era bastante tarde, y si me encontraba en el salón principal, era porque cuando Antonio salía quería que yo siempre lo recibiera. No importaba la hora o el sitio. Esa ocasión no fue distinto — suspiró, aunque sólo para sí mismo — Pero él… aquella vez…
Volvió a temblar. Emitió un quejido que murió en su garganta y un escalofrío recorrió su columna, hasta aturdirlo sin consideración
Volvió a recordar. Volvió a temer…
Se sentía allí de nuevo, como si nunca hubiese salido de esa enorme habitación, con el fuego implacable de la chimenea…
De nuevo, sobre la alfombra con la sombra de Fernández imponente, opacando las demás que provocaba la iluminación de las llamas.
Sus dientes brillando en una sonrisa…
Sus grandes manos, con los dedos largos y fríos.
Otra vez, ahí, por siempre…
— Entró de un momento a otro con normalidad, sin demasiado ruido… me levanté para darle las buenas noches… y cuando menos me di cuenta ya estaba en el suelo, con él encima de mí.
"— Alejandro. Mi querido Alejandro"
— Esperé el primer golpe… que llegó a mi cara y me hizo escupir sangre… era común, así que no sentí nada.
"— Mi precioso Alejandro"
— Esperé el segundo pero… pero hubo… un beso…
"— Te quiero. Te quiero tanto"
— Uno sobre mi boca… él lamió mi sangre y sonrió, como si…
Miedo.
Otra vez, ahí, por siempre.
Si tan sólo hubiese podido dejar de respirar.
Si tan sólo hubiera muerto.
— No podía soportarlo… me asfixiaba… me devoraba sin terminar de matarme… ni siquiera ese maldito consuelo me dio… ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no quería darme un poco de alegría acabando con mi vida? No era demasiado pedir… — su voz bajaba el volumen cada vez más — Sólo quería morir antes que seguir ese beso.
"— Quiero darte todo a ti, Alec. Solamente a ti"
— Traté de empujarlo, de sacarlo de encima… ¿pero qué demonios iba a lograr? Él me dominó fácilmente con unos golpes más… fueron los más fuertes que había sentido.
Si tan sólo hubiese muerto…
Si tan sólo lo hubiera hecho junto a sus padres, en vez de seguir ese curso para convertirse en lo que nunca deseó.
Compensación.
Quería una por cada maldito día en que se convenció que aquello no dolió.
Por los golpes que ardieron y que se esforzó por ignorar. Cuando salieron lágrimas que no lograron nada. Por sus quejidos, sus torpes movimientos… por el terror de percibir sus manos en lugares que nunca debían nombrarse…
Compensación.
La obtendría como fuera. No importaba el medio, porque de todos modos ya no tenía nada qué conservar.
Ni su honor, ni el orgullo, ni la dignidad o la inocencia que se fue perdiendo con cada movimiento. No tenía nada, y tampoco lo lamentaba.
Pero no fue justo.
De ninguna maldita forma lo fue.
Con qué esto era…
— De los besos pasó a tocarme… a deshacerse de mi ropa… — se cubrió la boca con una mano. De repente tenía la sensación de que… iba a vomitar — Recuerdo que gritaba… que lloraba… que le rogaba que se detuviera… N-No entendía por qué me estaba haciendo eso…
"— Eres lo único que me queda. Y yo soy lo único que te queda. Así es perfecto, ¿no lo crees?"
— Y entonces… entonces él…
De nuevo, ese momento…
Su completa desesperación.
— Entró.
El dolor… la desolación… las lágrimas que nunca dejaron de caer…
Lo que era perderse y caer en el abismo… rogar y rebajarse hasta el grado de la demencia…
Su aliento en el oído… los besos… el interminable sonido de su pene entrando y saliendo por su desgarrado ano…
Desaparecer.
"— Te amo, te amo"
Los golpes… el asqueroso calor de su cuerpo… los olores…
Esas caricias que le dejaron marcas profundas.
La sangre…
No podía seguir.
"— Tú eres lo más importante para mí desde que Isabel y Fernando se fueron"
Podía verse sobre la alfombra de la estancia, con las piernas abiertas y llenas de moretones, rasguños, mordidas…
Sus gritos implorando que se detuviera.
El semen saliendo por su ano, combinado con carmín y saliva…
Podía ver al español moviéndose con dureza, sin control, sudando, jadeando, rogándole con la mirada algo que no quiso comprender.
Todo ese dolor…
"— Quiero estar contigo por siempre"
— ¡Yo no quería nada de eso! — ocultó la cara entre sus manos, doblándose al punto de que su frente tocó las rodillas — ¡No quería!
Tembló. Tragó las exclamaciones descontroladas que querían salir.
Otra vez ahí, con Antonio, para toda la eternidad.
Con toda esa desesperación.
— ¡TODO EL TIEMPO LE PREGUNTÉ POR QUÉ ME ESTABA HACIENDO ESO!
No sabía si lloraba. No importaba de todos modos.
Sólo quería huir a la parte más alejada del asqueroso mundo y acabar de pudrirse.
Olvidar con su patética muerte a Fernández, a sus padres, los piratas, al universo entero si eso pudiera borrar el dolor.
— ¿Por qué simplemente no me mató?
La soledad y la desesperanza.
— Estaría… tan agradecido si lo hubiese hecho…
Todo ese abismo de su vida.
— Morir…
Sólo quería morir…
¿Por qué no pasó? ¿Qué necesitaba hacer para que semejante regalo le fuese otorgado?
Miles de veces lo rogó ante ese crucifijo mudo que colgaba de la pared de su habitación. Lo imploró en silencio, devotamente por años.
Podía ver esas imágenes de santos que colgaban de las paredes mientras el mayor lo destrozó. Una y otra vez.
¿Se burlaban acaso? De un niño que no era nadie, ni siquiera digno para recibir el bálsamo de la muerte.
Sucio. Pecador. Impuro.
Magullado hasta donde el mismo Dios escupía sobre él, con toda su bondad y su desprecio.
No era justo.
¿Por qué seguía con vida? Lleno de dolor y de desesperación.
Esto era.
— ¡¿Por qué?! ¡¿Con qué motivo?! ¡Sólo quería morir! ¡Eso era lo único que le pedía a Dios!— gritó ensimismado, sin ver nada ni reparar en el mundo. Quizá buscaba al fin ser escuchado por esa entidad tan misteriosa y cruel — ¡¿Por diversión?! ¡¿Placer o aburrimiento?! ¡¿No era suficiente ver cómo Antonio lo hizo una y otra vez?! ¡¿Por cuántos años era necesario que me hiciera eso para que tuvieran piedad de mí?! ¡NO ME JODAN! ¡Si tan sólo pudiera…! - tomar un maldito cuchillo y cortarse el cuello – No era demasiado pedir… yo no quería nada de esto… ¿Por qué sigo con vida?
…
…
…
— Porque… — percibió apenas un roce en su hombro que lo hizo contraerse por reflejo. Sintió un abrazo, un latido amable… — Porque yo te necesito.
Abrió los ojos.
Volvió en sí, bajando las manos a una lentitud que pareció detener al tiempo mismo.
Sintió un latido y un calor familiar…
…
Fue entonces que… se dio cuenta que no estaba en aquella sala… no estaba con el español, ni siquiera enfrente de alguna imagen piadosa a la que dejó de exigirle su deseo… no era de noche, y no estaba lloviendo…
Sus manos, al observarlas como si fuese la primera vez, no eran las de un niño ya… sino las de un hombre, con sus cicatrices y la aspereza de alguien que ha sabido lo que significa el trabajo…
Percibió el cuerpo más grande, la voz más gruesa… y reparó en las palabras anteriores que le hicieron girar despacio la cabeza.
…
Ahí, a su lado… estaba Alfred… con aquella mirada seria, determinada y comprensiva que sostenía lo que acababa de expresar… su abrazo, la calidez, la respiración que trataba de coordinarse con la suya… y el intento por comprenderlo…
¿Qué era aquello…?
¿Por qué, después de saber lo impura que era su existencia, afirmaba tal cosa?
¿Necesitarlo…?
"— Un día lo entenderás, hijo. La satisfacción que sientes cuando la persona que más amas te necesita y está dispuesta a quedarse contigo sin importar las consecuencias.
— ¿Así te pasó con papá, mami?
— Te lo diré cuando seas un poco más grande~"
Parpadeó cuando él acarició su mejilla con la intención de limpiarle, tal vez de acomodarle el cabello por la forma en que jugó con algunos de sus mechones…
"— ¿Qué se siente amar?
— Es diferente para cada uno, pero cuando lo sientas, sin duda lo sabrás.
— Papá, no entiendo nada de nada"
¿Por qué…?
— No puedes morir porque yo te necesito.
No pudo ver su rostro, ya que en ese instante lo abrazó, haciendo que sus cuerpos se juntaran y pudiera sentir en las palmas de las manos la intención de brindarle confianza y ternura. Su voz era suave, como si arrullara, invitándolo a perderse sin que importara lo que él mismo decía anhelar.
La fuerza, la firme convicción de no dejarlo ir, el escalofrío que parecía querer compartir su dolor y su desesperación.
… o más bien, apartarlo de ellas, como una luz destrozando la absoluta oscuridad…
Ser amado…
Vivir por alguien más.
Compartir la existencia.
La promesa de un futuro juntos…
¿Esto era lo que se sentía…?
— Así que no te vayas, por favor.
"— Comprenderás cuando conozcas a la persona indicada"
…
…
Correspondió el abrazo con cuidado, casi temiendo que el otro desapareciera.
La respiración acompasada, el latido que podía escuchar como el suyo.
El calor de alguien que quería permanecer a su lado a pesar de todo.
La ternura y el cariño, con ese consuelo en la cuidadosa caricia…
¿Esto era lo que se sentía…?
— Te amo, Alejandro.
Alfred tomó su rostro con ambas manos, y emitiendo una ligera sonrisa, lo besó.
Cerró los ojos y correspondió, resbalando unas lágrimas que no pudo contener.
Se llenó de lo que nunca antes había sentido, de aquello que se dibujó como hermoso y apreciado; buscó grabárselo en el fondo de la memoria por encima de Antonio, de sus padres, de la vida a la que no le encontraba suficiente valor.
Sólo con Alfred… sólo con él podría…
Se sintió amado por completo, y se estremeció puramente cuando el contrario le acarició los labios con devoción. Se dejó llevar por la caricia, esa que reafirmó mucho de lo que compartirían a partir de entonces.
Sólo con él, por esta vez…
La única ocasión en que se permitiría…
Una vez más sus cuerpos regresaron al colchón, donde continuaron el beso que no tardó en profundizarse. Percibió las manos que recorrieron muy despacio su cintura, y él no evitó definir con la punta de los dedos la espalda en que dejó sus marcas.
Alfred rió sobre su boca, para después abrazarlo con toda la emoción y alegría que no pensó que existirían. Era como si pudiera proporcionarle felicidad con su sola presencia, con el simple hecho de que se encontrara respirando y en medio de las sábanas donde compartieron un acto íntimo. Como si hiciera lo suficiente con sólo rodearlo con los brazos, permitiéndole hacer lo mismo con él.
Las lágrimas ya no estaban, sino sólo esa brillante sonrisa que opacaba al sol mismo.
Tal vez era cierto… tal vez ellos tenían razón… el sentirse necesitado, ser querido…
— Te amo, Alex.
Entonces tuvo sentido.
La aberración, la resistencia por hablar con él en los meses de prisión… las humillaciones, el silencio y el impulso de borrar cualquier cosa que compartieron en Campeche…
Odiaba a los piratas, y por asociación creyó que también a Jones… pero la verdad, era que estaba lastimado… de algún modo, sin palabras, el dolor le caló el pecho cuando supo que era un pirata… cuando se cerraron todas las posibilidades que se permitió mantener en su interior, de forma personal, como el que había hecho un amigo, o que existía alguien en quien podía confiar… un sujeto con el que pudiera compartir experiencias y complicidades, con el cual forjar uno de los pocos lazos que se permitió tener hasta entonces…
El hecho de que aquello tuviera que borrarse por la posición de cada uno fue… desastroso… lo sintió tan fuerte que, el justo espacio en que aquella bala de Kirkland lo atravesó, pensó que fue su interior destrozándose ante sus propios ojos… el tiempo en que estuvo inconsciente, los dolores del tratamiento que seguro le aplicaron, los imaginó como el castigo por su ingenuidad y estupidez.
Y todo eso era… todo fue porque él…
— Yo también te amo, Alfred.
Porque lo quería más que a nada, como nunca antes, como nunca imaginó que alguna vez lo haría.
Lo sentía ahí, vivaz e imponente, tan abrumador como el nuevo beso que compartieron por lo recién confesado.
El momento del que tanto le hablaron sus padres… del que se había olvidado, pero que anheló en lo profundo de su ser…
Lo escuchó reír, removiéndose con emoción encima suyo como lo haría un cachorro ante el cojín más cómodo de todo el palacio. Podía distinguir su voz temblorosa, producto de la incredulidad y la euforia que conllevaba un designio increíblemente realizado.
No era el único.
— J-Jajaja no puedo creer que esto de verdad esté pasando.
— Yo tampoco.
En serio, y se alegraba.
— Gracias — dijo de pronto, apartándose sólo un poco para mirarle bien. Fue curioso, porque hasta entonces reparó en cuan atractivo era el rubio — Gracias por decirme todo… sé que no fue fácil y que era lo último de lo que querías hablar… además d-de que fue mi culpa que tuvieras que recordarlo.
— Alfred, eso no…
— Pero estoy feliz — sonrió ampliamente, de aquella forma que se le figuraba resplandeciente — Porque significa que podemos empezar de nuevo.
Un nuevo comienzo… otro capítulo de sus vidas, juntos.
No sonaba tan mal…
— Y para iniciar con el pie derecho, ¿qué te parece si desayunamos algo? — tuvo la intención de levantarse, pero sólo se quedó en ello, porque lo abrazó por la espalda antes de que lo lograra — ¿Alex?
— Tengo una mejor idea — sonrió de lado, travieso — ¿Por qué no, para iniciar con el pie derecho, mejor atendemos "esto"? — coló la mano por debajo de la sábana hasta posarla en la hombría del otro, cosa que le provocó un agresivo sonrojo — Hey, no sabía que podías hacer esa cara~
— ¡E-Es que estas t-t-tocando mi…!
— ¿Y no te gusta? — le lamió el lóbulo, arrancándole un suspiro — Pensé que querías hacer esto bien.
Para cuando se dio cuenta, Jones ya estaba de nuevo encima de él, besándolo y ganando lugar entre sus piernas.
El tacto, la coordinación, la confianza en aquello… sus temblores, los sonidos que pronto salieron de sus gargantas…
Definitivamente no era lo mismo.
No era un acto de profanación, sino de voluntaria entrega.
El placer combinado con las emociones que amenazaban con reventar su pecho…
Quería pensar que aquello era suficiente.
Que era lo preciso para devolverle a la vida el poco color que alguna vez distinguió.
Lo necesario para hacerle olvidar el deber y la posición, el mundo que exigía de cada uno el rol que no se atreverían a cuestionar.
Quería pensar que era suficiente.
— ¡A-Ah! A-Alfred…
Sólo un poco más…
Antes de que tuvieran que perecer ante el peso de un camino del que ya no podían escapar.
— ¡N-Ngh…!
Un poco más estaría bien.
Por favor.
