Legendary-HeavyMetalLovers, tienes toda la razón, voy a tomarlo en cuenta para que quede mejor. Y del odio al amor solo hay un paso, como dicen talvez le pase eso a Regina xD. es un honor leerlas y que les esté gustando la historia gracias por sus reviews.
A pesar de la poca anticipación, Emma consiguió espacio en su agenda, así que, cuando a la mañana siguiente apareció la detective Mills a las diez en punto conduciendo un Mercedez benz de color negro, estaba lista.
Regina la saludó con un sencillo «buenos días» y luego no volvió a despegar los labios durante la mayor parte del trayecto. A pesar de que el aire era fresco, no se habían subido las ventanas y Emma disfrutó de la estimulante sensación de rodar a toda velocidad por la carretera, mientras notaba los débiles rayos del sol otoñal sobre su rostro. Miró de reojo las pequeñas, hermosas y estilizadas manos, de la detective que sujetaban el volante con seguridad y pensó que eran de las pocas cosas que le gustaban de ella.. Por lo demás, era la típica chica que siempre le había desagradado: arrogante y demasiada segura de sí misma. Resultaba milagroso que, de pronto, hubiera decidido prestarle atención a Regina.
Una vez más, Emma se preguntó si ese cambio de actitud estaría relacionado de alguna manera con la herida de su cráneo. Hoy se había quitado la gasa y en el cuero cabelludo resaltaba una línea púrpura donde antes crecía más de ese cabello negro que a la luz del sol resultaba un hermoso castaño oscuro. Distraída, se dijo que la detective debía de tener algún ancestro latino; desde luego, por su color de pie nada que ver con la típica rubia y ojos azules, ella era hermosa, no cabía duda, su piel era Morena, y sus ojos marrones , y el color de su pelo resultaban bastante poco corrientes.
—Por cierto, ¿ha conseguido averiguar algo más del lugar en el que, según usted, está Katheryn? —preguntó la detective de sopetón.
—Por desgracia, mi ouija se quedó sin gasolina —respondió Emma con ironía. No sabía por qué, aquella mujer sacaba a relucir lo peor de ella.
—Ja, muy graciosa. Apreciaría un poco de colaboración, señorita Swan. Me estoy jugando mi reputación en esta historia demencial. —"
"La miró confundida y, enseguida, volvió la vista hacia la carretera.
Emma contempló su perfil de rasgos muy finos,, en especial, la pequeña nariz que le daba a su rostro un toque dulce.
—Disculpe, detective Mills, tiene razón. Quiero que sepa que le estoy muy agradecida por lo que está haciendo. —Con suavidad la joven posó la mano sobre su antebrazo y, aunque esta vez Regina no sintió ningún calambre, el calor de esos dedos esbeltos pareció traspasar la tela de su saco.
—Ya puede estarlo, seré el chiste de toda la comisaría —gruño, algo más calmada.
Emma se prometió a sí misma que esa malhumorada mujer no conseguiría sacarla de sus casillas, así que volvió la vista hacia los montes cubiertos de robles veteados en una cálida gama de color que iba del marrón al amarillo y recorrieron en silencio el resto de los pocos kilómetros que separaban Storybrooke de su destino. Cuando por fin llegaron al pantano, Emma no pudo evitar que se le escapara un suspiro de desaliento. El pantano era enorme y con los escasos recursos con que contaban —dos agentes y un golden que les esperaban en una explanada de tierra—, tuvo la impresión de que encontrar alguna pista iba a resultar una misión imposible. Al oír el suspiro, Regina se volvió hacia ella, divertida..
—No se venga abajo, señorita Swan, Mika es una de las mejores rastreadoras que tenemos en el cuerpo.
—Siento ser tan trasparente. —Ligeramente avergonzada, Emma le dirigió una dulce sonrisa, pero al ver que Regina fruncía de nuevo el ceño, se alejó un poco y miró a su alrededor.
A pesar de su repentino abatimiento, Emma contempló maravillada el imponente paisaje y pensó que era increíble que pudiera estar tan cerca de una inmensa capital como Maine. A lo lejos, los picos azulados, espolvoreados por las primeras nieves, se elevaban majestuosos contra el cielo, donde unas pocas nubes blancas realzaban aún más el intenso tono azul, que se reflejaba a su vez en las tranquilas aguas.
—¡Bueno, a trabajar! —La voz emocionada de Regina la sacó de su ensueño—. ¡ Nolan, Mills, dirigiremos la búsqueda cerca de los pilares del viaducto! ¿Emma, ha traído lo que le pedí? Démelo.
Emma se dijo que en el vocabulario de esa tipa la palabra «por favor» no debía existir; sin embargo, sacó de su bolso una camiseta y se la tendió, obediente.
—No está lavada, creí que sería mejor...
—¡Vamos! —Mills la interrumpió sin miramientos, al tiempo que le arrebataba la prenda y se arrodillaba junto a la perra para que la oliera.
Emma tuvo que contar hasta diez para no estallar. Luego, algo más calmada, se acercó un poco y, con el corazón latiéndole a toda velocidad en el pecho, observó cómo Mika salía disparada, husmeando aquí y allá.
—Parece que ha olido algo —comentó, Emma notando que se le aceleraba la respiración.
"—Aún es pronto —respondió, indiferente Regina y, sin prestarle más atención, corrió detrás de la perra y de los agentes.
Emma permaneció donde estaba y se sentó a esperar en una roca no demasiado grande. Despacio, miró a su alrededor tratando de descubrir algún detalle que le resultara familiar, mientras escuchaba cómo el ruido de la búsqueda se iba haciendo cada vez más lejano. Sin saber muy bien por qué, se puso en pie de nuevo y empezó a caminar en dirección contraria a la que había tomado la cuadrilla. Trató de no pensar en nada mientras sus pies, como si tuvieran voluntad propia, la conducían por un estrecho sendero abierto por años de tránsito del ganado que pastaba suelto por la zona. Después de un rato deambulando sin rumbo, Emma llegó a un bosquecillo de sauces y fresnos, se internó en él y, a la sombra de las hojas naranjas y amarillas que permanecían aún en precario equilibrio sobre las ramas de los árboles, sintió frío. Emma siguió andando hasta detenerse junto a un vigoroso árbol que crecía algo apartado de los demás y apoyó la palma de la mano en su tronco rugoso. De inmediato, notó que se le congelaba el aliento y se quedó inmóvil.
...Ras, crac, las hojas y las ramitas secas crujen a su paso y se enganchan en su cazadora, intentando atraparla. No tiene ni idea de hacia dónde corre, solo sabe que tiene que escapar como sea. El sonido de su respiración silba, amplificado, en sus oídos y su aliento se desboca en ráfagas que se vuelven humo ante sus ojos. Sigue corriendo, mientras escucha el ruido de otros pasos que se acercan a toda velocidad. Le arde el pecho pero, sobre todo, le arde la herida del costado de la que no cesa de manar sangre. Sus movimientos se hacen cada vez más lentos, más pesados. Solo la fuerza de voluntad la impulsa a seguir adelante. De pronto, se le nubla la visión y no le queda más remedio que detenerse un segundo. Apoya la mano que lleva al costado sobre un árbol y, como si se
Tratara de algo ajeno a ella por completo, observa la huella ensangrentada que dejan sus dedos en el tronco. Las pisadas de su perseguidor se acercan más y más y, aterrorizada, emprende de nuevo la huida...
Regina seguía de cerca a la perra que había vuelto sobre sus pasos y olfateaba lo que parecía ser un rastro nítido, cuando un grito agudo desgarró La Paz del paisaje.
—¡Emma! ¡Emma, ¿qué ocurre?!
La detective sintió que se le subía el corazón a la garganta y salió corriendo en dirección a donde había brotado aquel lacerante sonido. Enseguida llegó a un pequeño bosquecillo que crecía cerca del agua y, pocos metros después, halló a Emma hecha un bola a los pies de un árbol. Regina se arrojó al suelo junto a ella, cogió su cara entre sus manos y la obligó a levantar la mirada hacia ella. Del rostro de Emma había desaparecido cualquier rastro de color y su cuerpo temblaba de forma incontrolable. Sus ojos, en los que brillaba un terror desnudo, la miraban sin ver.
—¡Emma! ¿Qué ha ocurrido? —La policía la sacudió sin miramientos—. Soy yo, Mills.
La palabras de la detective parecieron penetrar la gruesa capa de horror que la paralizaba y Emma parpadeó un par de veces, en un intento de enfocar sus pupilas sobre Regina que agarraba su cabeza de aquella manera tan dolorosa. Al ver su gesto de dolor, Regina aflojó el apretón y trató de suavizar el tono antes de volver a preguntar:
—Cuénteme, ¿por qué ha gritado?
—La persigue... —Las palabras parecían trepar por su garganta reseca con dificultad y Emma tragó saliva, tratando de aclararla—. Corre..., trata de escapar, pero sus pasos suenan... suenan cada vez más cerca...
El tono de su voz se hizo más agudo y Regina notó que hacía un esfuerzo sobrehumano para no perder el control de sus nervios. Sus ojos verdes, algo más lúcidos ahora, seguían reflejando un pánico infinito.
—¿Quién la perseguía? ¿Era un hombre? "—No sé, no puedo verlo..., solo siento el terror que la empuja a escapar, pero le duele, le duele mucho... —Emma se mordió con fuerza el labio inferior, como si fuera ella la que sintiera ese intenso dolor.
—¿Qué le duele? ¿Está herida?
—No puede seguir, se para. Está exhausta. Apoya la mano en el árbol... hay sangre, mucha sangre en sus dedos... ahora el tronco está rojo. —Emma había cerrado los párpados y hablaba en susurros.
Sin saber qué pensar, Regina alzó los ojos por encima de la cabeza de Emma y le pareció percibir algo en el árbol. Con agilidad, se incorporó y examinó con detenimiento el tronco del fresno a cuyos pies Emma Swan seguía acurrucada. Sobre la corteza arrugada había unas manchas como de óxido que tanto podrían ser líquenes, como la huella ensangrentada de una mano. En ese momento, uno de los agentes exclamó:
—¡Mika ha encontrado algo!
Regina se puso de rodillas junto Emma y, con suavidad, alzó su barbilla.
—¡Quédese aquí! —ordenó clavando sus pupilas en las angustiadas pupilas de Emma
Emma asintió en silencio y, al ver su expresión indefensa y asustada, Mills sintió unas ganas intensas de estrecharla contra su pecho para tranquilizarla. Arrepentida de su estúpido impulso, se incorporó con rapidez y se dirigió hacia donde se escuchaban los alegres ladridos de la perra. A unos trescientos metros del árbol donde se había detenido Emma había una pequeña depresión y Regina descendió con cuidado de no resbalar con las escurridizas hojas que alfombraban el suelo.
—¿De qué se trata, Zelena?"—Hay algo debajo de esas piedras. —Zelena señaló un montículo de rocas de buen tamaño que el otro agente Nolan ya había empezado a quitar, una a una.
Las piedras eran lo suficientemente pesadas para que un animal no pudiera moverlas, sin embargo, para un equipo sano desplazarlas no constituía ningún problema. Minutos después, entre los tres habían conseguido apartar la mayor parte de las rocas.
—¡Joder! —exclamó el agente Nolan al ver lo que había en el fondo de ese hoyo poco profundo, al tiempo que se tapaba la nariz y la boca con una mano.
—Sí, joder. —La cara de Regina era un poema.
La detective regresó al lugar donde había dejado a Emma y la encontró sentada en el mismo sitio, con los brazos rodeando sus piernas dobladas y la frente apoyada sobre sus rodillas. Al oírla llegar, Emma incorporó con rapidez, apoyándose en el tronco del árbol, y su pálido rostro se alzó hacia ella en una muda pregunta.
—¿Reconoce esto? —Con un rostro completamente inexpresivo, a pesar de que un pequeño músculo traidor latía en su mandíbula desmintiendo su aparente indiferencia, Regina alzó una mano de la que colgaba un llavero acabado en una pequeña zapatilla Converse de color rosa. Al verla fue como si a Emma le desconectaran la corriente. Sin hacer ningún ruido, se desmayó y hubiera caído al suelo si los rápidos reflejos de la detective no lo hubieran impedido. Regina estrechó la pequeña figura contra su pecho y miró a su alrededor sin saber muy bien qué hacer. Con un gruñido, alzó el ligero cuerpo entre sus brazos y se dirigió hacia el coche.
—¿Le ayudo, Mills?
—No es necesario, Nolan
Antes de llegar al vehículo, Emma recobró el conocimiento y con él el recuerdo de lo ocurrido. Aunque más tarde se sentiría tremendamente avergonzada al recordarlo,"
se aferró al cuello de Regina que cargaba con ella, ocultó la cara en la base de su garganta y empezó a llorar como si la angustia acumulada en los últimos días hubiera roto todas las compuertas.
Regina Mills sintió la humedad de sus lágrimas empapando el cuello de su camisa de seda y, a pesar de que hubiera sido más propio de ella soltarla de golpe y alejarse de Emma a toda velocidad, la apretó con más fuerza y empezó a emitir sonidos tranquilizadores, como si tratara de consolar a un niño pequeño. Cuando llegaron a donde estaba el coche, Emma alzó la cabeza por fin y, algo más serena, rogó abochornada:
—Ya puede soltarme, detective, siento mucho el espectáculo.
Con mucho cuidado, Regina la depositó en el suelo y clavó la mirada en su pálido rostro, uno de los pocos, pensó, que no se ponían horriblemente abotargados con el llanto.
—Voy a organizar el levantamiento del cadáver y luego iremos a un centro de salud. Me gustaría que la viera un médico —anunció con el ceño fruncido.
—No es necesario, detective, en serio. Estoy bien. Por favor, le ruego que me lleve a mi casa. —A pesar de que parecía serena, Regina detectó un matiz de ansiedad en su voz y decidió ceder.
—Muy bien. Métase en el coche y enseguida estoy con usted.
Emma le obedeció y desde el interior del vehículo la observó, aturdida, mientras ella hacía varias llamadas. Finalmente, la detective indicó a los agentes que esperaran al resto de los efectivos y se encaminó hacia el coche. Durante el trayecto de vuelta, el cansancio y la tensión hicieron que Emma se quedara dormida.
La detective condujo despacio, pensando en todo lo ocurrido. Miró el rostro dormido de Emma y percibió que, bajo las largas pestañas oscuras posadas sobre sus pálidas mejillas, unas profundas ojeras subrayaban su agotamiento. Estaba claro que las noches resultaban de todo menos plácidas para la señorita Swan.
Mills se sentía incapaz de procesar los acontecimientos de la mañana. En dos ocasiones, había sido testigo de algo en lo que jamás había creído y, a pesar de ello, seguía dando vueltas al asunto en su cabeza, en un fallido intento de encontrar alguna explicación lógica a lo ocurrido. Su mente racional no podía aceptar que la delicada joven que en ese momento descansaba, exhausta, en el asiento del copiloto de su coche fuera una bruja o una médium o como demonios se llamaran a esas personas que veían espíritus; si lo hiciera sería como abrir la mente, de par en par, a nuevas e inciertas arenas movedizas donde podría acabar hundiéndose. Sin embargo, la única alternativa para explicar el enigma era que hubiera sido la propia Emma Swan la que hubiera asesinado a la muchacha, y eso, no sabía por qué, no podría creerlo ni en un millón de años. Irritada y frustrada consigo misma por la confianza ciega que al parecer le merecía a Emma a la que no conocía en absoluto, decidió que lo mejor sería andarse con mucho cuidado y no bajar la guardia con la, en apariencia, inocente señorita Swan."
Ya saben como es esto, reviews y entre mas sea más rápido y extenso será. Gusto de leerlas hasta la próxima.
