Notas: ¿Quién creía que había muerto? :DDD Levanten la mano, sin pena (?) :DDD Aishiteru-sama al habla :DD Muy bien, luego de tanto tiempo traigo el siguiente capítulo. Tal vez tendrá un ritmo lento, pero ya es el previo para que de nuevo se agite la tormenta ;DDD ya saben que el drama nunca desaparece, ¡de eso vive la gente! (?). Habrá escenas complicadas, y espero que me disculpen si no consigo describirlas de la mejor manera.

Y por supuesto, ¡perdón por la tardanza! Pero no teman :DDD puedo tardar, pero nunca morir :333

¡Gracias!


Capítulo 18


Esbozó una sonrisa, haciendo un esfuerzo descomunal por terminar de abrir los ojos y de acostumbrarse a la luz de la habitación.

Sintió cosquillas en la nariz, en el estómago, y para cuando consiguió sentarse sobre la cómoda cama, bostezó sin delicadeza. Se estiró, llenó de aire sus pulmones con la sensación de que sería un gran día…

Rió por lo bajo, dirigiendo la mirada inmediatamente hacia la derecha.

Tuvo dentro del foco de vista el cuerpo de Alejandro aun dormido y desnudo cubierto por la sábana, aunque no lo suficiente para que no pudiese apreciar el hermoso color de su piel morena y el precioso juego de sombras que hacía por hallarse de espaldas a la luz.

Notó lo grácil de sus extremidades, la forma en que su pecho subía y bajaba por el tranquilo dormitar, las cicatrices que ahora se ocultaban por las marcas que él mismo dejó y que lucían tan orgullosas, pero dulces e incrédulas…

Se recargó sobre el respaldo del mueble, importándole poco su propia desnudez y la frescura característica de aquel día de otoño.

Aun no podía creerlo .

Su sonrisa se amplió más cuando percibió la inconsciente forma en que el otro se acercó a él, en busca del calor que no le brindaba la manta delgada. La manera en que su cabello se movió, la coordinación general de sus músculos y el aliento que pronto sintió cerca de su cadera…

Ese paisaje, el escenario del despertar al lado de Alexander con los evidentes rastros de su pasión pintando su cuerpo… con la espontaneidad, la naturalidad, con esa perceptible convicción que daba la impresión de que aquello siempre había ido así… aun le parecía increíble, con los tintes grises de la extrañeza…

No dejaba de pensar que aquello podía tratarse de una alucinación, de algún juego sádico de su mente como respuesta a la desesperación y a la tensión vivida durante tanto tiempo… existía el espacio para la duda y la desorientación, dejándole una sensación de vacío en la boca de su estómago que no le permitía respirar. Muchas veces llegó a despertar en la noche por pesadillas que le gritaban, o le recordaban, que jamás obtendría la compensación por sus desvelos, por los cuidados, por la manera tan sofocante en que amaba y en que esperaba ser amado…

Y en cada ocasión, luego de abrir los ojos con estrépito y buscar el aliento de nuevo, sentía los brazos del contrario alrededor de su cintura con el cariño que le erizaba la piel, como si fuese un calmante que alejaba cualquier temor mal infundado.

Aquello era real, y entonces el vacío ya no se debía a la confusión, sino a la emoción por sentirse correspondido, por ser tan fiel testigo de la infinidad de sus sentimientos y por el inquebrantable modo en que cada velada se demostraban su mutua necesidad.

¿Cuántas veces no había suspirado ya por los besos, las caricias y el modo placenteramente sofocante en que se hacían uno? Los gemidos y las respiraciones aceleradas que tenían como principio algo ya confesado… las charlas, las risas, las complicidades que se mantuvieron intactas a pesar de los problemas iniciales…

Era cuando lo creía, cuando lo sentía tan adentro muy por encima de sus entrañas, de su sangre, incluso de su corazón.

Se veía impresionado, abrumado por la magnitud de algo que se atrevió a denominar "amor"… y si llegó a inquietarle el modo en que se apoderaba de sí cuando el camino no tuvo salida, ahora que encontró su correspondencia en el otro… D-Dios, era muchísimo más grande y sofocante de lo que imaginó.

Estaba feliz, y no cambiaría aquello por nada, cosa que le parecía insostenible si tomaba en cuenta que sólo habían pasado dos semanas desde la primera vez juntos, ¡era como si hubiese pasado toda una vida con aquel sentimiento! Siempre fortaleciéndose y evolucionando, sin nada que mermar, ni despreciar, ¡tan constante y perfecto…!

Rió de nuevo. De verdad era tan cursi que no podía concebirlo…

Observó con mayor detenimiento a Fernández: tenía un cabello muy hermoso, de un castaño oscuro que enmarcaba su rostro tan bien parecido; simpático y pícaro que, con sólo una sonrisa, lo había hecho sonrojar en más de una ocasión; las pestañas negras combinaban con las cejas, su nariz pequeña, muy bien formada y atractiva, que de estratégica forma enfocaban los labios que nunca quería dejar de besar… ¡cada elemento que resaltaba con ayuda del otro sin opacarlo…!

Cursi, por supuesto.

Si tan sólo pudieran quedarse así por siempre.

Si tan sólo el mundo pudiera detenerse en ese preciso instante.

Quizá… podrían volver a jugar como la primera vez que se vieron, ¿no? Fingir que él era sólo un chico que buscaba a sus parientes en Campeche, y Alejandro como el hijo de un acaudalado hombre de negocios. Permanecer en la farsa de que eran personas comunes y corrientes, libres y prósperas que podían pasar la vida juntos sin que importara otra cosa. Aparentar que lo único más importante que sus responsabilidades era aquella emoción que ahogaba el corazón…

Ojala nunca hubieran salido de la habitación en la casa del puerto.

Ojala que Alex nunca hubiese recibido el mensaje que marcó su despedida tan fugaz.

Hubiera sido preferible no volverlo a ver si eso hubiese evitado la demarcación de sus roles.

Pero por otra parte, aun lamentado todo lo anterior, no podría encontrarse más agradecido de llegar a ese punto, en que se unía a él de tantas maneras como nunca lo haría con nadie más.

Dentro de las circunstancias, todo era perfecto… sólo quería enfocarse en el moreno y en lo que sentían. Eso no tenía nada de malo.

Sólo un poco más, hasta que la vida terminara por tenerles envidia.

— U-Uhn… — de pronto lo sintió moverse con un poco más de consistencia. Sonrió por inercia, aun jugando con su cabello — ¿H-Hm? ¿Alfred…? — se talló un ojo instintivamente, tratando de enfocar algo — ¿Qué hora es…?

— Quizá cerca de medio día~ — respondió con tono alegre, esta vez tomando sus lentes del buró cercano para colocárselos — Así que todavía puedo decir "Buenos días".

— Buenos días — bostezó, no teniendo la intención de separarse o de reparar en la luz de afuera — Todavía me siento cansado…

— No me extraña~ ¡quiero decir! No es como si hubiéramos dormido demasiado.

— Cierto — lo vio sonreír de aquella forma que lo hacía colorarse — No es que me queje, pero alguien — recalcó — ayer estaba especialmente insaciable.

— ¡N-No tienes que decirlo de esa manera! — se quejó, formando un puchero aun con las mejillas rojas — Suena como si fuera un pervertido.

— Pues eso a mí no me molesta~ bueno, un poco, porque ahora mismo mi trasero no siente nada de nada, ¡en serio! — le dio unas palmaditas en la pierna ante el rojo que ahora amenazaba con quemarlo — También me sorprendió el número de veces que nos corrimos juntos.

— ¡¿Q-Qué?! ¡¿A-Acaso las has estado contando?!

— No precisamente — dijo como lo más natural, ¡¿cómo podía…?! — Aunque fue inevitable darse cuenta cuando ya estábamos en medio de la sexta vez, y si cuentas las "cosas" previas que hacíamos…

— ¡E-Entendí, entendí! — ¡ahh! ¡Qué vergüenza! — N-No tienes que ser tan específico.

— De acuerdo, pero déjame decirte una última cosa antes de que te dé un ataque.

— ¿C-Cual?

—… estuvo muy bien.

Tal comentario hizo que volteara mirarlo y distinguiera un ligero color en su rostro moreno, con esa sonrisa auténtica y tranquila que no buscaba dejarlo en evidencia, sino expresar únicamente un pensamiento sincero.

Nunca antes se preocupó por la satisfacción que brindaba a las personas con las que tenía relaciones sexuales –que eran más que nada prostitutas-, pero que fuera Alex, el único hombre que había tocado en su vida y que representaba lo más sagrado de todo, existía el deseo consiente de darle placer, hacerlo sentir de la mejor forma. Que se lo estuviera reconociendo con aquel gesto que agitaba miles de cosas en su interior, en verdad lo alegraba.

Respondió curveando los labios también, bajando un poco para darle un beso ligero, suave que sin duda marcaba el inicio de una buena mañana.

Quería quedarse así con él por siempre.

Nuevamente se acostó y se acomodó de lado, no perdiendo en ningún momento de vista al otro que seguía sonriéndole con sinceridad.

Lo observó por un rato, en silencio…

Sólo se distinguían sus respiraciones, por eso fue evidente la risilla que Fernández soltó.

— ¿Qué tanto me miras?

— Sólo estaba pensando…

— ¿En qué?

— Bueno… — suspiró aun conservando la sonrisa — Pensaba a qué me dedicaría si por alguna razón no me hubiera convertido en pirata.

La última palabra arrancó un gesto fastidiado en el contrario, cosa que le hizo reír un tanto nervioso. Desde que concluyeron la naturaleza de su relación, hubo un acuerdo implícito de no mencionar cualquier cosa que tuviera que ver con la piratería, la milicia, o la política de justicia a la que cada uno estaba consagrado.

No podía asegurar el motivo de ello, pero las posibilidades se abrían sin cuestionamientos: quizá por negación, como un modo de protección, tal vez sólo con el fin de disfrutar lo que tenían sin recordar lo que les esperaba afuera…

Casi era capaz de jurarlo: ambos tenían el mismo deseo de permanecer en ese estado de tiempo por lo que les quedaba de vida.

— ¿Y? — continuó, normalizando su mueca — ¿Qué harías? O más bien, ¿qué otra cosa sabes hacer?

— Cuando estaba en el orfanato, parte del tiempo la pasábamos cultivando, ¡tú sabes! Preparar la tierra, la selección de semillas… — naturalmente ya le había hablado de su pasado, el que tuvo en ese edificio gris junto al resto de sus compañeros que eran tan maltratados como él. Que conociera a Arthur en la costa cuando tenía 8 años lo seguía considerando como el inicio de una mejor vida, no ocultándoselo al otro. Por supuesto, era algo que Alex no quería escuchar, cómo un niño se involucró en una vida de pirata, pero conforme siguió con su relato observó que trataba de entenderlo sin juzgar. Adoraba eso de él — Casi todo lo que comíamos venía de la cosecha que hacíamos, así que trabajaría en eso…

— ¿Qué? ¿Tú, un campesino? — abrió los ojos, interesado — No lo imagino.

— No sería tan extraño, ¡y no sólo haría eso! Vendería lo que me sobrara, y conforme reuniera un poco de dinero, quizá compraría un establecimiento para que todas las personas pudieran adquirir productos recientemente cosechados.

— Jah, pareces muy entusiasmado con la idea.

— También… me gustaría regresar al orfanato — sintió la mirada curiosa del otro, así que prosiguió — Claro, no como un trabajador dependiente de ellos, pero sí tener la oportunidad de jugar con los niños… contarles historias, alegrarles un poco el día, ese tipo de cosas que hacen que las jornadas sean un tanto mejores.

—… es bastante noble de tu parte — fue un comentario tranquilo, por lo que sonrió con ligereza — Y en eso sí logro visualizarte… sería como ver a un montón de niños jugando con un niño aún más grande.

— Jajajaja, puede ser… — amplió la curvatura de sus labios — ¿Y tú? ¿Qué serías?

Lo vio dudar un momento, después pensar con cuidado… y luego de unos minutos, pareció un tanto complacido con su decisión.

— Creo que sería… un músico.

— ¡¿EH?! — nunca se lo esperó — ¡¿Músico?!

— Desde pequeño me gustaron los instrumentos musicales… de hecho, tuve varias clases de piano, violín, chelo, guitarra, flauta, clarinete… hasta de canto — s-sonaba como un niño rico… — Pero conforme crecí, me incliné más al violín… y podría decirse que lo tocó muy bien — suspiró sonriendo con ligereza — A veces me gustaba imaginar que, sin más, tomaba el violín y salía a la calle… quería viajar, recorrer el mundo tocando y cantando… no me importaría demasiado la fama, así que me conformaría con unas monedas para comer.

— ¿Sabes? Yo sí te imagino de ese modo~ — rió — Jajaja, ¡espero que pronto puedas tocar algo para mí!

— Siempre y cuando me des dinero~ — se estiró de mejor forma y se rascó la cabeza — Por cierto, como que ya hace hambre, ¿no?

— ¡Sí! — se sentó de nuevo, poniéndose el pantalón — Mandaré a Mad que te traiga el desayuno y un poco de agua para que te asees. Debes estar presentable para que Carlos revise la evolución de tu recuperación. Unas sábanas limpias también estarían bien.

— Como digas.

— Por cierto… — se acomodó las botas — No tiene nada de malo que seas un poco más amable con ambos, ¡te han ayudado mucho durante este tiempo, aunque no lo creas! Además, son buenas personas y…

— No es asunto mío — interrumpió sin agresión — Que tú y yo hayamos mejorado nuestra relación, no quiere decir que deba hacer lo mismo con el resto de tus conocidos.

— Pero…

— Sólo contigo puedo ser Alejandro.

Lo entendió.

Únicamente con él podía mostrarse como era, darle todos los elementos que lo distinguían como persona y hombre, presenciar esa personalidad que lo adormecía y despertaba lo mejor de sí.

Para el resto, continuaba siendo el "Capitán Fernández", prisionero del Capitán Kirkland y bajo el cuidado del Primer Oficial de tan temido pirata; el hombre que ejecutó a varios compañeros sin una pizca de arrepentimiento, y que estaría dispuesto a matarlos en cuanto la oportunidad se lo brindara… incluso a Madeline y a Carlos, porque no le interesaban sus motivos en tanto su lealtad permanecía con los piratas que tanto despreciaba.

Claro que lo entendió…

Seguía existiendo una barrera que no podía borrar.

— Bueno, de todos modos espero que no seas tan grosero con ellos — se levantó ya vestido, acomodándose un poco el cabello — Aunque no te interese, Mad cree que eres una persona agradable, pero muy seria — omitió aquello de "atractivo", no quería darle ideas extrañas — Y Carlos admira mucho tu resistencia, ya que la forma en que has soportado tantas heridas no es muy común, ni siquiera para alguien de tu edad.

— Supongo que fue cuestión de experiencia — suspiró, tapándose apenas con la manta y mirando ligeramente hacia la ventana — Algo bueno tenía que salir de todos los extraños caprichos de Antonio.

Fue su turno para emitir un leve carraspeó y fruncir el ceño.

El nombre de ese español también estaba implícitamente vetado de sus charlas, tanto por los recuerdos que le generaba al moreno -a pesar de insistir que no le afectaban-, y por la enorme ira que personalmente le provocaba. Era sorprendente que, a pesar de nunca haber visto a ese hombre, ya lo odiara a tal grado. Jamás sintió antes cosa parecida.

De ningún modo encontraba justificación en lo que le había hecho a Alejandro desde niño, y el que fuera ahora su heredero universal no borraba los errores que cometió.

Sobre todo por apoyar ese odio que Fernández convirtió en el eje de su vida.

No se trataba simplemente de su aberración a los piratas, la fama de las ejecuciones, o el prestigio que ahora envolvía su figura. Sabía que no tenía interés en esas cosas.

No hacía nada por el bien del prójimo, y ni siquiera por el propio: sólo estaba alimentando y despedazando su odio en un ciclo que no parecía tener final. Era una herida que él mismo no iba a permitir que sanara… y ni siquiera sabía qué tenía en mente cuando acabara con el último de los piratas.

Por otro lado, tampoco estaba seguro de que ese Antonio apoyara como tal semejante designio… ¡pero no lo salvaba de la peor de las maldiciones! ¡Ese bastardo…! ¡Todo lo que le hizo…! No crió a un infante, sino a una mascota, a un esclavo al que podía atormentar cuando le placiera.

Nunca le perdonaría tal cosa.

Por lo que recordaba de sus charlas con Arthur, parecía tener un asunto pendiente con él… pero juraba desde ahora que, aún con el peligro de la ira de su Capitán, si tenía oportunidad de matarlo antes, lo haría.

Era irónico: a pesar de ser un pirata, Kirkland jamás lo lastimó ni lo trató como a un perro; Antonio, a pesar de ser un prestigiado miembro de la corona española, le importó una mierda y sometió a Alejandro hasta que ya no tuvo más dolor que sentir.

La sociedad era bastante hipócrita. Escupía sobre esa maldita doble moralidad que terminaba pudriéndolos a todos.

— Como sea, no prometo nada — lo escuchó más relajado, y eso de algún modo lo calmó de sus cavilaciones — Tampoco es como si fuera bueno haciendo amigos.

Pero no la de él.

No tenía una intención oculta, ni la intención de retroceder bajo cualquier circunstancia. No con ese sentimiento llenando su pecho con lo más precioso que conoció.

— Jajaja ¿estás hablando en serio? — le sonrió abiertamente, como si nada malo pasara — Que yo recuerde, fue bastante fácil para nosotros serlo.

— Todo lo que tiene que ver con los dos es inusual — le correspondió el gesto — No presumas.

— ¿Y por qué no? Es algo de lo que verdaderamente me enorgullezco.

Ahora que Alejandro le correspondía como sólo se podía hacer con la persona amada, no iba a permitir que ni siquiera él lo alejara.

Ese futuro sin respuesta, los planes improvisados, el impredecible mañana… aun con todas las variantes en el aire, se aseguraría de ser siempre la respuesta final.

— Pero por favor, si no puedes ser amable, al menos no los mates — se acercó a la puerta — Sería un verdadero problema si llegase a suceder…

— Lo dices como si fuera un peligro para cualquiera que no fueras tú.

— ¿Y me equivoco?

— Pues… no, en realidad no — suspiró ligeramente — De acuerdo, sólo esta vez… pero si no te apresuras en regresar, no me haré responsable de las consecuencias.

— Jajaja, ¿por qué no eres más honesto y admites que me extrañarías si tardo de más?

— El único que me extrañaría serías tú — u-uhn, ¿por qué de repente adoptó esa pose tan erótica? Y con la sábanas apenas cubriéndolo… — Te estoy haciendo un favor en recordártelo~

La forma en que ahora hablaban, en que se miraban y confiaban… ¿de verdad existían piratas allá afuera? ¿Jueces, soldados, fuertes y presidios? ¿Ellos de verdad habían sido enemigos alguna vez?

Le cerró un ojo con complicidad antes de salir de la habitación.

De nada serviría negar su realidad… pero quería hacerlo mientras se pudiera.

Deseaba ser feliz todo el tiempo que pudiera.

Ambos querían serlo, Alejandro y él.

Bajó las escaleras, recorrió un pasillo y ya estaba de nuevo en la sección de la taberna. Varios de los hombres estaban bebiendo o comiendo en el típico ambiente de la mañana; el resto se había ido a dar los últimos toques al barco que robaron. Por supuesto, hubo que hacerle modificaciones importantes en el mástil y en la proa, además de la sección de cañones para que pudiera soportar una mayor carga de disparo, pero podía estar satisfecho por el resultado de su diseño.

No quería fabricar una réplica del "Black Gold", ya que sería como traer la mala suerte y el constante recuerdo de una batalla catastrófica.

Era nostálgico a esas alturas: en aquel barco de madera negra y de olor a lluvia con ron pasó prácticamente su vida, conociendo nuevas tierras y enfrentando temibles enemigos; en la cubierta aprendió a amarrar una cuerda, a pelear, a ser un apoyo eficiente para Arthur. Aun podía ver hacia el horizonte y rememorar el primer encuentro con el barco, con esas sombras y los tonos naranjas del atardecer.

Las batallas, las celebraciones, las ejecuciones y los castigos… todo eso ahora estaba en el fondo del mar, junto al orgullo del Capitán y con su propia autosatisfacción…

No más. Era un nuevo comienzo. Necesitan dejar ese barco atrás para olvidar el pasado y mostrarle al mundo que no serían derrotados otra vez. Confiaba plenamente en que la nave que estaba a punto de ser terminada respaldaría tal designio.

Su única duda era el nombre que recibiría… pero bueno, de eso se encargaría el inglés: después de todo, él era el Capitán.

Después de comer debía ir a ver el barco… no sin antes esperar a que Carlos terminara de revisar a Fernández y le diera un reporte detallado de su condición. Claro que por la cercanía que ahora tenían lo había revisado por su cuenta, y alegremente concluía que ya estaba casi recuperado, pero no era lo mismo a que lo afirmara alguien instruido en la medicina.

Se quedaría más tranquilo si Levi le decía con sus propias palabras que estaba bien… lo único que lo inquietaba era que se diera cuenta de ciertas cosas… como algunos rasguños y mordeduras involuntarias… ¿qué tal si revisaba su…?

En un segundo ya sentía preocupación… aunque era del tipo que lo hacía sentir avergonzado y feliz, como si le ocultara a un amigo la identidad de su amante… y bueno, en realidad eso era lo que sucedía.

Sonrió apenas, emitiendo un suspiro de resignación.

No era tan simple como sólo ocultar que tenía una relación profunda con otra persona, sino de quien se trataba: el famoso Capitán Fernández, que era buscado por las autoridades españolas en todas las colonias del imperio, contando ahí, en La Juana, como si fuera la joya más preciosa de la milicia ibérica; el sujeto que acabó con tan temidos piratas y que dejó en ridículo al Capitán Kirkland, el más reconocido entre ellos; el prisionero tan odiado por los que quedaron de la tripulación original, que aprovecharon su breve distracción para jugar con su vida y a quien matarían si tuvieran al alcance; y no menos importante, un hombre, ¡un hombre, cuando estaban esos dementes de la Inquisición buscando sodomitas para torturarlos y condenarlos!

Esas dos semanas había sido muy cuidadoso para no levantar sospechas, y con mucho trabajo evitaba las preguntas bien intencionadas de Madeline, pero Carlos era demasiado perspicaz, al punto de que supo mucho antes que él mismo lo que lo guiaba tan desesperadamente hacia Alejandro.

Aunque tratara de pensar lo mejor, obviamente se daría cuenta… obviamente lo reprendería por cometer un "error" como ese… ¿y luego, qué haría? ¿Le diría a Arthur? ¿Intentaría hacerlo cambiar de parecer? ¿Se alegraría por él?

Lo sabía, no podía pasarse la existencia entera encerrado en aquella habitación, manteniéndose sordo y ciego de lo que ocurría afuera de las paredes que cálidamente lo acogían. No existía algo como la palpable utopía. Así no era la vida. Así no era la suya. Inevitablemente llegaría el momento de encarar al mundo y de sostener más allá de los pensamientos optimistas lo que tanto proclamaba.

¿Sería capaz de cargar con todo el peso de su decisión?

Su respuesta era afirmativa no por el método o el motivo, sino por lo que sucedería si fallaba.

No perdería a Alex. No podía, no ahora.

No esperaba que Carlos lo comprendiera.

No esperaba que alguien lo hiciera.

— Buenos días, Mad~ — la vio tan linda y tan fresca detrás de la barra, como siempre — ¿Dormiste bien?

— Buenos días, Alfred — sonrió con ese bonito sonrojo en las mejillas — Sí, gracias por preguntar, ¿qué hay de ti?
— ¡Jajaja! ¡Dormí como un bebé! — por muchas razones que no podía compartir — Y cuando eso sucede, me levanto con buen apetito.

— ¿Lo dices en serio? — vio que dibujó aquel gesto de preocupación, cosa que lo confundió — Quiero decir, tus rondas nocturnas para vigilar al Capitán Fernández se han extendido bastante… y me preguntaba si de verdad estabas bien.

— Bueno, sí, no se puede hacer nada con eso — trató de hablar con más seriedad: era necesario si no quería levantar más sospechas — Debo estar atento a cualquier movimiento que haga… después de todo, si su cuerpo soportó un alto nivel de desgaste aun en su estado previo, no es alguien a quien se deba subestimar: podría aprovechar el mínimo momento para escapar, sobre todo si es por la noche.

— Tienes razón… y más ahora, que parece que ya está mejor — suspiró — ¿Pero en serio estás bien? Necesitas descansar… y seguramente por observarlo no duermes del todo, además de que podría atacarte…

— No te preocupes, lo tengo bajo control — sonrió para darle confianza… aunque eso lo hizo sentir como un mentiroso — No sólo la habitación ya estaba adaptada para retenerlo, sino que me aseguré de que no tuviera nada a la mano que pudiera usar como arma. La que yo porto no podría quitármela sin armar un alboroto, y antes de que intentara otra cosa, los hombres lo apartarían sin problema — suspiró mientras seguía con la curvatura de labios — Ya está mejor, pero no es como si pudiera enfrentarse él sólo a toda la tripulación.

Sabía perfectamente que era lo contrario: era tan fuerte que podría matar a varios de ellos antes de que una cuchilla le rozara siquiera una extremidad, ¡incluso estuvo a punto de asesinar a Kirkland! Si no hubiera gritado su nombre en aquel momento, probablemente…

Existía el espacio para el horror y el desafío, como pirata. Para la preocupación y el alivio, como pupilo. Para la admiración y el encanto, como amante. Era sorprendente estar lidiando con emociones que se entretejían y deshacían a la vez.

— Alfred.

— ¿Sí?

— ¿No pasa nada más?

— Te lo dije, está bajo control.

— No es eso…

Reconoció ese tono… el que usaba Madeline cuando estaba angustiada y con dudas, callada pero a la expectativa de un verdadero problema. Cada que intentaba profundizar el tema de Fernández lo usaba, como si supiera que su presencia ya no era solamente la de un prisionero, o la de una orden de Kirkland… probablemente no alcanzaba a ver el final, pero ella sabía que las cosas habían cambiado.

Si se mantenía firme al ocultarle algo tan delicado a la que consideraba una hermana, debía serlo más ante Carlos, que muchas veces actuaba como su consciencia o la bien establecida voz de la razón.

No esperaba que alguien entendiera lo que estaba sucediendo.

Y Arthur… ¿qué pensaría él…?

— Vamos, estás actuando muy extraña~ — habló despreocupado, sin mirarle — ¿Podrías darme algo de desayunar? ¡Me muero de hambre! Además, Levi no tarda en llegar para revisar a Fernández, y también tengo que ver cómo sigue el barco.

— D-De acuerdo — ella no insistía… ojala todo el mundo fuera así — ¿Y qué es lo que le falta a la nave?

— ¡Prácticamente nada! Sólo le están dando los últimos detalles a las velas y a la proa — recargó la quijada en la barra en un acto descuidado — Lo único que se necesita es un buen nombre… por supuesto que "Black Gold" ya no es posible, pero no se me ocurre nada bueno.

— Jah, ¿y qué te parece entonces Morbid Trident?

Se irguió en un segundo, sintiendo como las manos comenzaban a temblarle sin control.

Reconoció la voz de inmediato. Ni siquiera en el mismo infierno podría confundirla.

De nada serviría negar su realidad…

No todo era felicidad. Así no era la vida.

Volteó antes de darse cuenta. Incluso le dolió el cuello por el movimiento forzado y se deslumbró un momento por la luz que se filtraba desde la puerta.

Reconoció el porte, las facciones, la sonrisa de quien no le temía al fin.

De nada serviría… y ahora más que nunca, ya no podía evitarla.

Había llegado el tiempo de sostenerlo, de probarse a sí mismo que ese sentimiento dentro de sí valía tanto como concebía.

¿Pero cómo?

— Vamos, ¿qué es ese gesto, Alfred? — su curvatura de labios se extendió al punto de que pudo notar su blancos colmillos — Parece como si hubieras visto un fantasma.

¿Cómo negar todo lo que era y lo que fue en nombre de aquella pasión? ¿Cómo mirarse después de que rechazara a una parte de sí mismo?

¿Cómo hacerlo real?

Deseaba ser feliz… ambos querían serlo, Alejandro y él, juntos…

¿Pero cómo…?

— ¡Es el Capitán!

— ¡El Capitán Kirkland ha regresado!

¿Cómo?